Desapegos y otras ocupaciones.

lunes, 26 de enero de 2026

LA SUTIL CLIMATOLOGÍA DE SUS ESTADOS DE ÁNIMO



La semana después de quedar a comer con Xavier fue un período de extraordinaria sintonía en mi matrimonio, un período que posteriormente examinaría, que recordaría. Hacía años que no estaba así con Tomas, con la sutil climatología de sus estados de ánimo, la cartografía de sus gestos. No sería exagerado afirmar que vibraba con su presencia o que valoraba de un modo nuevo su inteligencia y su cortesía. Sin duda esto sucedía porque, por primera vez en muchos años, veía nuestro matrimonio como lo que realmente era, algo frágil que podía apagarse o perderse. Tomas era casi exactamente el mismo de siempre. No volvió a sacar el tema de la infidelidad, y a medida que los días fueron transcurriendo, aunque yo mantenía esa sensación de hipersintonía, empecé a pensar que quizá le había atribuido un sentido falso a su pregunta susurrada. No se interesaba por dónde pasaba yo el día, cosa que sí había hecho antes, como es lógico, ni con quién hablaba: se comportaba como si nada entre nosotros hubiera cambiado.



  Pasó otra semana. Desayunábamos juntos, como siempre, y me estaba preparando para salir a la calle cuando de repente Tomas dijo que me acompañaba, quería que le diera un poco el aire y estirar las piernas antes de sentarse a escribir. Dije que me encantaría que lo hiciera y esbozó una sonrisa leve, distraída. Mientras se ponía el abrigo, noté que estaba ensimismado, estaba en pleno proceso de escritura de un ensayo larguísimo sobre el cubismo checo para el catálogo de una futura exposición. Lo miré con cariño y alargué el brazo para acariciarle la cara. Se sobresaltó, salió de su abstracción, me cogió la mano y me la sostuvo mientras bajábamos las escaleras y salíamos al aire frío. Recuerdo que sentí una felicidad absoluta, recuerdo que no deseaba nada más. Del apartamento se llegaba al teatro con un paseo corto y lamenté que no estuviera más lejos, muchísimo más lejos, para que pudiéramos seguir caminando juntos y no llegar nunca.



  Pero enseguida estuvimos a una manzana del teatro. Tomas se detuvo y dijo: Me despido aquí. Y vi que algo se había desbloqueado en su mente, que ya estaba listo para volver al escritorio, y que el paseo en silencio y el aire frío le habían sentado bien. ¿Me acompañas hasta la cafetería?, pregunté y dijo que no con la cabeza, el café le gustaba tomarlo en casa, tenerlo a mano mientras trabajaba, eso yo ya lo sabía. Prefiero volver, dijo. Accedí con un gesto, le di un beso de despedida con cierta desgana y crucé sola la calle.

  Un ciclista se me cruzó, di un paso atrás y luego seguí, y a lo mejor porque esto me dejó desconcertada no vi a Xavier hasta que yo ya estaba llegando al otro lado de la calle. Estaba en la esquina con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y su aliento humeaba en el aire. Me miraba fijamente, por su postura me pareció que igual llevaba ahí un tiempo, que igual había observado el beso que le había dado a Tomas, el conato de choque con el ciclista.

KATIE KITAMURA - "Audición" - (2025)


Imágenes: Antonín Procházka

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