Intento concentrarme en la viñeta en la que trabajo con la tableta gráfica, pero mi mano se mueve sola y termina dibujando con el rotulador como tantas veces, como siempre, avispas en un papel. Las avispas que pueblan mis cuadernos, el corcho de la cocina, las servilletas del desayuno que se van a la basura junto a la corteza del pan de molde. El rotulador amarillo y el negro las trazan solas. La semana pasada dibujé avispas en chándal de tactel, en kimono, en posturas imposibles para una avispa, para el Kamasutra, y esta mañana a una le he puesto bigote y quizá la convierta en nazi. Ni lo pienso, la mano se mueve sola desde que empecé a dibujarlas en clase en lugar de tomar apuntes y aún hoy, como cuando era niña, me siento Batman, que vence su miedo a los murciélagos aliándose con ellos. A golpe de trazos amarillos y negros me crezco frente a esos aguijones afilados que de pequeña eran para mí más que un pinchazo caliente y doloroso, de hecho, representaban el final del juego.
Mi móvil vibra con insistencia y al final respondo. No es Juan, a pesar del martilleo de mensajes al que me ha sometido a lo largo de la mañana, se trata de un número que desconozco, pero es una voz que he oído antes, desgastada, de hombre mayor, una voz que me dice qué tal Nuria, pero la llamada se corta antes de que me dé tiempo a preguntar quién es, qué quiere, quién habla. Esa breve conversación me deja una sensación extraña, la vista clavada en la pantalla del teléfono, donde el reloj parece detenido, mientras mi mano se queda estancada sobre la ilustración sin acabar.
Apenas faltan diez minutos para salir, cuando termino la viñeta. ¿Qué tal vas?, pregunta mi jefe. Ya está, le digo. Él la mira en la pantalla del ordenador, el sol, los cráteres planetarios, la pierna trazada con ligereza, como si fuera real aun siendo un dibujo. Mañana a primera hora me pongo con el artículo ese de las madres, le digo. Y hace un gesto raro. Le encanta, sé que el dibujo le encanta, pero ni una palmadita en la espalda, ni un Buen trabajo, Nuria. Bien, bien. Mándame la viñeta y mañana vemos eso. ¿Querías hablar conmigo?, le pregunto. Pero Héctor le zarandea, tira de la manga de su camiseta, KEEP CALM AND LOVE YOUR BOSS. ¿Unas cañitas? Ese zarandeo es el salvavidas al que se aferra mi jefe, que mira el reloj y claro, claro, anda si ya es la hora. Unas cañas, ¿por qué no? Y está incómodo. Bajáis, ¿verdad, Nuria? Y va a decir Lucas, pero siempre se queda en blanco y le llama Nicolás o Luis o tú, sin más, tú. Tú, ¿bajas?
El bar huele a humo, aunque no se pueda fumar. Quizá sigue allí ahogando los poros de los sillones de escay desde el último cigarrillo que se disfrutó antes de la prohibición. Héctor pide cañas para todos sin preguntar si las queremos, como tampoco preguntó si queríamos salir de la oficina, ni nos pidió permiso para interrumpirnos cuando al fin empezábamos a hablar.
Lucas, también sin consultarme, le dice al camarero que me traiga un sándwich con mucha mayonesa, con muchos pepinillos. Sabe que es lo único que puede evitar la hecatombe, la explosión de la resaca a media tarde. En la facultad escribí y dirigí un corto bélico, nos cuenta mi jefe al ver mi sándwich, en él los alemanes perdían la Segunda Guerra Mundial porque los Aliados tenían dos botes que parecían de pepinillos, pero en realidad contenían parte de los sesos encurtidos de un espía soviético que había implantado un sistema por el que vivía con solo medio cerebro, mientras la otra mitad estaba en ese bote viscoso y verde y seguía conectado a él, de manera que cuando recibía información la procesaba desde donde estuviera, y gracias a él los soviéticos ganaban la batalla de Stalingrado. Desde entonces no como pepinillos, dice, son resbalosos y siento que al comerlos podría estar cambiando el curso de la historia. ¿Por qué no utilizaste un bote de chucrut?, le pregunta Lucas. Es un plato muy alemán y recuerda a un montón de sesos hechos trizas. Mi jefe cree que el chucrut resultaría predecible y los tres empiezan a enumerar encurtidos, sus múltiples posibilidades en el espionaje. Héctor me pregunta cómo es que el sándwich no se me atraganta. Me gustan los sesos y me gusta perder batallas, ¿qué más se puede pedir?, le respondo antes de dar el último bocado, que me deja los labios llenos de mayonesa.
Vamos a fumar un cigarro, Nuria, propone mi jefe, y Héctor quiere venir, pero él lo detiene y le dice que le pida otra caña, que ahora entramos.
Estoy nerviosa, está nervioso, pero sigue hablando de los puñeteros encurtidos. Me cae un poco de tabaco a la acera mientras me lío el cigarrillo porque me tiemblan las manos. ¿Qué pasa?, pregunto. En serio, ¿qué pasa? Mi jefe me mira sin atreverse a mirarme. Mañana te lo dirán, susurra, los de recursos humanos, creo que estás despedida. ¿Crees? Bueno, no, lo estás. Estás despedida.
ELISA FERRER - "Temporada de avispas" - (2019)





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