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jueves, 1 de octubre de 2026

UNA CALCULADORA DE LA VIDA



¿A ti cómo te habría sentado? Porque, más allá de preguntarnos qué clase de persona es el conserje, que también es un planteamiento pertinente, no digo yo que no, lo que en realidad deberíamos procurar es meternos en su pellejo. Llevo días intentando unir la línea de puntitos que dibuja su personalidad, su vida, sus circunstancias, para ver si así entiendo la reacción que tuvo, cómo demonios se le ocurrió hacer algo así. Y aunque supongo que no llego a entenderla en toda su complejidad, concluyo lo siguiente: yo habría hecho, si no lo mismo, sí algo igual de desesperado. Es verdad que en todo este disparate, porque tiene bastante de disparate, eso no me lo puedes negar, lo más llamativo está en los matices, en los pequeños detalles que le dan cera abrillantadora al conjunto, pero aun así, ya existía una serie de hechos que permitían prever que habría un gran acto final. Imagina que tenemos aquí una calculadora de la vida, de la suya, de la del conserje, en mayúscula la palabra Vida, por favor, y comenzamos a teclear todos estos datos. Voy a ello: El conserje nunca, ni antes ni ahora, fue una persona muy normalita + Su madre se murió cuando él tenía trece o catorce años + Se quedó solo junto a su padre, con todo lo que se dice de ese hombre + Se independizó cuando se largó a la conserjería con veintipocos años + Cuando su padre murió, que nosotros sepamos, solo quedó él en esa breve saga familiar + El director le comunicó de buenas a primeras que lo jubilaban y, por tanto, debía abandonar la casa del colegio. Te doy unos segundos para que lo sumes todo y me digas un resultado.



   ¿Qué? Te sale lo mismo que a mí, ¿no? Por supuesto. Ese tío hizo poco para lo que podría haber hecho. Es obvio que mi suma es muy elemental y que una ecuación o un logaritmo podrían aportar algo más de precisión al asunto, pero tú y yo sabemos que la precisión no tiene por qué equivaler a más verdad. Así que si tú me pidieras, ya sé que no me lo has pedido ni me lo vas a pedir, pero si tú me pidieras que trabajara en intentar esclarecer un poquito todo esto, creo que me adentraría en cada uno de los elementos de esa suma. Ahí es donde están las claves de interpretación. Porque, en el fondo, a lo máximo que nosotros podemos aspirar es a reunir un buen puñado de notas, armar una partitura e intentar interpretar la música de ese hombre. Esta metáfora se la escuché a un tertuliano de la televisión por otro tema que ahora no viene al caso, pero que encaja aquí a la perfección. Si además me pidieras, que ya sé que no, tranquilo, que te dijera por dónde deberíamos empezar a rebuscar, yo lo tendría muy claro: su madre se murió cuando él apenas era un chaval. Y no escojo este comienzo porque convenga hacer un balance psicoanalítico de lo ocurrido. A fin de cuentas, a todos, antes o después, se nos mueren las madres. Lo escojo porque tú y yo sabemos de sobra que esa mujer no estaba para morirse. Cosa que le viene muy bien a tu libro, por cierto. De hecho, creo que una de las razones por las que has metido las zarpas en la historia del conserje es por eso. Por la madre. ¿A que no me equivoco?



    A mí ni me tienes que contestar porque yo te conozco mejor que tus padres. Sé que los ojitos se te llenan de amor y pecado cuando hablamos de este tema. Y además es muy comprensible. Precisamente por eso, porque es un buen lugar por el que empezar, me voy a permitir la confianza de compartir contigo la identidad de una de las personas que más sabe sobre esa mujer, sin saber demasiado, supongo, puesto que aquí las claves fueron el misterio y la contradicción. La conoces bastante bien. Y nadie se explica cómo sigue respirando a estas alturas, así que es una oportunidad providencial que te brinda la vida. ¿Sabes ya de quién te hablo? De la vecina de la que entonces era la casa de los padres del conserje. En esa mujer hay una veta de oro que va a cruzar tu novela de la primera a la última página. ¿Sí o no? Dicen que esa señora tiene gracia de Dios. Que lloró en la barriga de su madre un mes antes de nacer. Que era la quinta de siete hermanos y que dejó sin leche materna a la que vino después de ella. Que sana imponiendo las manos en la cabeza, sobre las tripas y entre los muslos. Que con un poco de alcohol de romero consigue más cosas que con un antibiótico de amplio espectro. Y lo más importante de todo: que ella fue la última persona que vio con vida a la madre del conserje. Me entra frío con solo decirlo. Si quieres, yo mismo te acompaño a su casa.

JUAN MANUEL GIL - "Majareta" - (2026)


Imágenes: Jon Ching

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