Los mataron a todos. Solo la yegua sobrevivió. La salvaron sus coces y Eufrasia. Para recuperarla, la criadora devolvió a mis tíos los dos mil reales que mi padre pagó por ella. Si no pudo quedarse con Taíno, al menos le quedaba su hija, aquella yegua que atraía a los murciélagos las noches de luna llena. La primera vez que trepé a su grupa, obtuve otro corazón. El olor a cuero de las riendas, la sensación de habitar una bestia y ser capaz de echar a correr sobre ella me asignaron un nuevo lugar en el mundo. Tuve de pronto cuatro patas, una crin larga y áspera a la que sujetarme, y un cuerpo vivo latiendo entre mis piernas.
Vi morir a papá y a Taíno. Los enterré a ambos. De aquella yegua recibí más amor que de todas mis hermanas. Me habría gustado nacer caballo, pero nací Nazarena. Me resigné a vivir con las patadas de mi imaginación. Me acostumbré a los gritos de Porcia, a la mirada ausente de mamá y a los espíritus que Aparecida escucha en sus ollas de caldo hirviendo. Aprendí a vivir sobre mis piernas, ansiando ser una bestia yo también.
KARINA SAINZ BORGO - "Nazarena" - (2026)
Imágenes: Claudia Fontes




No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.