El segundo cataclismo dio comienzo durante mi undécima vida, en 1996. Me encontraba a las puertas de una de mis habituales muertes, desvaneciéndome en un cálido sopor de morfina, que ella interrumpió como si fuera un cubito de hielo que me recorriera el espinazo.
Ella tenía siete años, yo setenta y ocho. Ella tenía el pelo liso y rubio recogido en una larga coleta que le caía sobre la espalda, yo tenía el cabello níveo, al menos lo que quedaba de él. Yo vestía una bata de hospital, aséptica y austera; ella, un uniforme escolar de color azul chillón y una gorra de fieltro. Estaba sentada en el borde de mi cama, con los pies colgando, y me miraba a los ojos. Examinó el monitor cardíaco que tenía conectado al pecho, comprobó que hubiera desconectado la alarma, me tomó el pulso y dijo:
—Por poco no llego a tiempo, doctor August. Hablaba alemán con un marcado acento de Berlín, pero cualquier idioma del mundo habría seguido pareciendo respetable en sus labios. Se rascó la pantorrilla izquierda, en el punto donde las medias blancas que llevaba subidas hasta las rodillas comenzaron a picarle por efecto de la lluvia que caía en el exterior. Mientras se rascaba, dijo:
—Necesito enviar un mensaje a través del tiempo. Si es que se puede considerar que el tiempo tiene alguna importancia en este caso. Aprovechando que te estás muriendo, te pido que se lo transmitas a los Clubes de tu época, del mismo modo que me lo han transmitido a mí.
Intenté decir algo, pero las palabras se me atascaron en la garganta y al final me quedé callado.
—El mundo se acaba —dijo—. El mensaje se ha ido transmitiendo de niños a adultos a través de generaciones durante un periodo de mil años. El mundo se acaba y no podemos impedirlo. Así que ahora depende de ti.
Me di cuenta de que el tailandés era el único idioma que me veía capaz de articular con cierta coherencia, y las únicas palabras que conseguí formular fueron: ¿por qué?
No pregunté, debo aclarar, por qué se estaba acabando el mundo.
Más bien: ¿Por qué debería importarnos?
Ella sonrió y comprendió lo que intentaba transmitirle sin necesidad de que lo expresara con palabras. Se inclinó hacia mí y me murmuró al oído:
—El mundo se acaba, siempre ha sido así. Pero el final se está acelerando.
Aquello fue el principio del fin.
CLAIRE NORTH - "Las primeras quince vidas de Harry August" - (2014)




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