Según le dictaba su propia experiencia como psiquiatra, la categoría «personas normales» era una falacia. Las «personas normales» no existían. Nunca habían existido. Ni antes ni después de la guerra. En todo caso, había dos clases de seres: los que prevalecían sobre sus demonios, encerrándolos bajo siete llaves en las regiones más remotas de sus psiquis, y aquellos que terminaban por ceder a su influjo. Las situaciones extremas —un hecho en apariencia anodino, una tragedia personal o, por caso, un holocausto como el que recientemente había sacudido al mundo, horadando los cimientos de supuestas sociedades civilizadas— favorecían el desmoronamiento de esa fachada de normalidad debajo de la cual maduraba otro, un parásito en estado larval. Pierce solía referirse a la guerra como «La gran cerrajera del abismo». Desde aquella noche en la que Anne le había mostrado por primera vez las ilustraciones de Alicia en el país de las maravillas realizadas por John Tenniel, Pierce ya no lograba representársela como un dios griego o romano —armado de yelmo, lanza y escudo—, sino más bien como una niña de bucles y ojos alucinados que, con un tintineante manojo de llavecitas, iba abriendo las recámaras mentales que mantenían encerradas vociferantes legiones de demonios.
DIEGO MUZZIO - "El ojo de Goliat" - (2024)



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