Citas con los libros.

Desapegos y otras ocupaciones.

lunes, 18 de mayo de 2026

PAPÁ HABÍA MUERTO Y YA NO TENÍA QUE ESPERAR A QUE MURIESE MÁS



El día en el que mi padre murió, hacía sol y yo tenía hambre. Mi padre murió y bajé a Frida a hacer pis. Mi padre muerto y yo lavándome el pelo, eligiendo pendientes, probándome blusas. Ese día tuve que comprar el pan exactamente como cada día, ni muy tostado ni muy crudo, tender la ropa a la vuelta del tanatorio y ponerme los retenedores antes de dormir. Esa noche, vi a mi sobrino llorar y reír. Yo también lloré y reí. No sabíamos qué hacer con tanto dolor en los pulmones. Por las mañanas, me despertaba como si me hubiese quitado un peso de encima. El de la espera constante a la muerte desde la silla para las visitas. Papá había muerto y ya no tenía que esperar a que muriese más. Escuchaba sus zapatillas arrastrándose por el pasillo a la misma hora a la que él se levantaba de madrugada para ir al baño, pero papá ya estaba muerto y sus zapatillas guardadas en el neceser que trajimos de vuelta del hospital. Su teléfono seguía sonando, porque su operador no sabía aún que papá estaba muerto.



  Al principio, no quisimos dar de baja la línea. No por si volvía, sino porque la muerte es contagiosa y se nos quitaron un poco las ganas de vivir o, al menos, las de continuar con los trámites. A veces, contestaba esas llamadas. Eran de algún conocido despistado que decía: jefe, ¡que hace mucho que no te molesto! Y tenía que decirle que papá había muerto y que sí, que ya fue el funeral y que sí, que llevaba unos meses muy mal y que sí, que era normal que no se hubiese dado cuenta si no lo había visto últimamente por la calle con veinte kilos menos, un bastón y un parche en el ojo. Otras veces, era un amigo con alzhéimer que lo quería invitar a comer lamprea. Algunos días le explicaba que papá ya no estaba y otros le decía que le pasaría el recado. Mamá, aún hoy, cuando se encuentra a alguien que no se ha enterado todavía, se bloquea y se desangra y escarba y se va, porque siente que al decir que papá ha muerto lo está volviendo a matar. No dice muerto. Nunca. Yo tampoco fui capaz hasta muchos meses después. Mientras tanto, dije mi padre no está, se fue, nos dejó, no tengo padre, falleció. No sé si es verdad eso de que no tengo padre, pero sí que tardé mucho en decir que el padre que yo tenía murió.



  Antes de morir, papá me dijo: piojita, el amor es lo más importante que hay en la vida. Y yo le creí tanto que casi me quedo sin aire. Tanto le creí que no le pregunté el amor de quién, qué amor, papá, ¿el de Diana vale o tiene que ser otro? ¿Un amor como el de mamá y tú, que nunca discutís, o un amor como el de Alberto y Bea, que se odian pero se defienden? ¿Un amor como el de la tía Loli hacia la abuela, aunque le tenga que recordar cada tarde que es su hija, o como el de mis tíos los que no quisieron tener hijos y viajan todo el rato y mamá tuerce el morro no sé si porque vosotros tenéis tres hijos o porque tú solo quisiste viajar a Portugal? Antes de morir, papá estuvo casi un año ingresado en el Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela. Mis hermanos y yo hacíamos turnos. Yo dormía con él los domingos, lunes y martes. Tres días y tres noches que me tiraban de los párpados hacia arriba y que me llenaban el estómago de murciélagos y de restos de puré. Desde mis siete años, esperaba la muerte de mis padres imaginándome una y otra vez qué edad tendría yo cuando ellos fueran viejos. Cuatro angelitos tiene mi cama, cuatro angelitos que me acompañan, cuarenta y ocho que tiene mamá menos siete míos son cuarenta y uno, con Dios me acuesto con Dios me levanto, ochenta y cinco, que es la edad con la que murió la abuela, menos cuarenta y uno son. Necesito un papel. Cinco menos uno, cuatro, y ocho menos cuatro, cuatro. La Virgen María y el Espíritu Santo. Si papá o mamá mueren con ochenta y cinco años, yo tendré cuarenta y cuatro y Alberto y Bea todavía podrán cuidarme para que no esté triste y me dejarán ver La pajarería de Transilvania  siempre que quiera y comer regalices de los gordos, de los rellenos de blanco, siempre que quiera también. Amén.

LUCÍA SOLLA SOBRAL - "Comerás flores" - (2025)


Imágenes: Cinta Vidal

viernes, 15 de mayo de 2026

ADEMÁS, TENÍA UN GATO Y TOCABA LA GUITARRA

 





Pero si Miss Golightly no llegó a enterarse de mi existencia, excepto en mi calidad de práctico portero, a lo largo de aquel verano yo acabé convirtiéndome en toda una autoridad sobre la suya. Descubrí, observando la papelera que dejaba junto a su puerta, que sus lecturas normales eran la prensa popular, los folletos de viajes y las cartas astrales; que fumaba unos pitillos esotéricos de la marca Picayune; que sobrevivía a base de requesón y tostaditas; que su cabello multicolor no era obra de la naturaleza. La misma fuente de información me permitió saber que recibía montones de cartas del frente. Siempre estaban rotas a tiras alargadas, como registros. A veces me llevaba uno de esos registros para utilizarlo en mis lecturas. Recuerdo y te echo de menos y llueve y escribe, por favor, y maldita y condenada eran las palabras que más a menudo se repetían en esas tiras de papel; estas, y soledad y te quiero.



   Además, tenía un gato y tocaba la guitarra. Los días de mucho sol se lavaba el pelo y, junto con el gato, un rojizo macho atigrado, se sentaba en la escalera de incendios y rasgaba la guitarra mientras se le secaba el pelo. Cada vez que oía la música, yo me acercaba silenciosamente a la ventana. Tocaba muy bien, y a veces también cantaba. Cantaba con el acento afónico y quebrado de un muchacho. Se sabía todas las canciones de los musicales de éxito, de Cole Porter y Kurt Weill; le gustaban sobre todo las canciones de Oklahoma!, recién estrenada aquel verano. Pero en algunos momentos tocaba melodías que hacían que me preguntase de dónde podía haberlas sacado, de dónde podía haber salido aquella chica. Canciones nómadas, agridulces, con letras que sabían a pinar o pradera. Una de ellas decía: No quiero dormir, no quiero morir, sólo quiero seguir viajando por los prados del cielo; y parecía que esta fuese la que más la complacía, pues a menudo seguía cantándola mucho después de que se le hubiera secado el pelo, cuando el sol ya se había puesto y se veían ventanas iluminadas en el anochecer.



   Pero nuestra relación personal no empezó hasta septiembre, una noche atravesada por los primeros y fríos estremecimientos del otoño. Yo había ido al cine, regresado a casa, y estaba acostado con un bourbon y el último Simenon: lo cual constituía hasta tal punto mi ideal de comodidad que no conseguí entender cierta sensación de inquietud que fue creciendo poco a poco, tanto que llegué a oír mis propios latidos. Era una sensación acerca de la cual había leído y hasta escrito, pero que jamás había experimentado. La sensación de estar siendo vigilado. De una presencia invisible. Luego: un repentino golpeteo en la ventana, el vislumbre de un gris fantasmal: derramé el bourbon. Transcurrieron unos momentos antes de que tuviera arrestos para abrir la ventana, y preguntarle a Miss Golightly qué quería.



   —Tengo abajo a un hombre horripilante —dijo, saltando de la escalera de incendios al interior de la habitación—. Bueno, cuando no está bebido es encantador, pero tan pronto prueba el vino, ¡Santo Dios, quel animal! No hay nada en el mundo que deteste tanto como los hombres que te dan mordiscos. —Se abrió un poco el albornoz gris para mostrarme las pruebas de lo que ocurre cuando un hombre da un mordisco. No llevaba más que el albornoz—. Siento haberte pegado un susto. Pero cuando ese animal se ha puesto imposible, he salido por la ventana. Me parece que cree que estoy en el baño, y me importa un cuerno lo que piense, que se vaya al infierno, se cansará, se dormirá, Dios mío, tiene que dormirse, se ha tomado ocho martinis antes de cenar y suficiente vino como para que se bañe un elefante. Oye, si quieres echarme, me echas. Ya sé que es mucha jeta eso de entrometerme aquí de esta forma. Pero ahí afuera hace un frío que pela. Y parecía que aquí se estuviera tan bien. Me has recordado a mi hermano Fred. Dormíamos cuatro en la misma cama, y él era el único que me dejaba abrazarle las noches más frías. Por cierto, ¿te importa que te llame Fred?

TRUMAN CAPOTE - "Desayuno en Tiffany's" - (1958)


Imágenes: Tim Flach

martes, 12 de mayo de 2026

NUESTRAS MENTES ESTÁN INTOXICADAS DE PÍXELES Y CANCIONES EN BUCLE

 



A veces creo que ya no existe el silencio, que hemos desatendido la capacidad para no oír y la capacidad para callar. Siento que vivimos en un ruido de constante pensamiento volátil e inútil, en consante distracción destructiva, en una soledad llena de gente y cosas que no nos interesan realmente.

Tengo la sensación de que en los tiempos que corren es un esfuerzo encontrar la calma, encontrar la nada, la paz. Nuestras mentes están intoxicadas de píxeles y canciones en bucle, cada dos días un nuevo estribillo trillado, una nueva tendencia y una nueva guerra sin piel. Las palabras escritas gritan, los audios gritan. Estamos sometidos a la falta de espacio que brota del exceso de presencia.Estamos demasiado, demasiado tiempo.  

Hay un superpoder que siempre me ha parecido una condena, y es el de conocer en todo momento lo que todas las personas piensan. Vivimos en esa maldición. Cada día nos pronunciamos sobre mil asuntos, nos exponemos al juicio y enjuiciamos sin piedad, por inercia, sin darnos cuenta. Es la nueva normalidad.


Quiero más piel,

                más mirada, 

                más silencio.



SARA BÚHO - "Donde descansan las flores" - (2024)


Imágenes: Laura Agustí

sábado, 9 de mayo de 2026

DONDE DUELE




El corazón roto es un lugar

donde nadie entra

y nadie sale. 

No asimila el cambio,

todo está igual

pero doliendo;

igual, pero quemando.


Piensas,

estás en bucle,

la mente es una centrifugadora

que mantiene el cuerpo en tensión.

La memoria no calla,

no deja espacio para la razón.

La emoción inunda todo

hasta la asfixia.


Hay desorden,

el alma está

en el lugar equivocado.

Quiere quitar el daño,

arrancar lo que ya forma parte de la piel

creyendo que así dolerá menos,

pero solo deja una herida mayor.


No se puede desbesar,

no se puede dessentir,

ojalá.


Despensar sería suficiente:

el olvido es un lugar demasiado grande,

demasiado injusto

para todo lo que de verdad

ha sido amado.


SARA BÚHO - "Donde descansan las flores" - (2024)


Imágenes: Laura Agustí

jueves, 7 de mayo de 2026

PARA PRECIPITARSE AL PROFUNDO POZO DEL OLVIDO



En ocasiones, vuelvo a preguntarme qué fue lo que desapareció de nuestra isla en primer lugar.

    —Mucho antes de que vinieras a este mundo —me decía mi madre cuando yo no era más que una niña—, la isla estaba repleta de cosas que han desaparecido paulatinamente y que ya no se encuentran entre nosotros. Se trataba de objetos, conceptos e incluso seres vivos de lo más variado y con las más diversas características: transparentes, aromáticos, zigzagueantes como culebrillas o brillantes como diamantes… Cosas maravillosas que ni siquiera tú, mi niña, eres capaz de imaginar.

    Yo escuchaba embelesada, con los ojos bien abiertos y sin perder detalle, cada una de las palabras de mi madre.



    —Desgraciadamente, tras su desaparición, el recuerdo de cada uno de esos objetos va escurriéndose poco a poco de nuestra memoria y desbordándose, como gotas de agua, para precipitarse al profundo pozo del olvido. Si vives aquí, ten por seguro que a ti también te sucederá, y lo único que cabe preguntarse es qué será lo primero que olvides.

    —Pero dime, mamá, ¿sentiré miedo cuando eso suceda? —preguntaba yo, llena de aprensión.

    —Ni lo más mínimo —replicaba ella—. Sucede sin que apenas te enteres. No sentirás dolor ni fatiga. Una mañana de un día cualquiera, al despertar, algo se habrá esfumado de tu vida, dejando intacto lo demás, y, entonces, tan solo percibirás un tibio desajuste con respecto al día anterior. Te recomiendo cerrar los ojos y aguzar el oído, captar la sutil diferencia que vibra en el aire como una especie de señal. Y si prestas suficiente atención, es posible que se te desvele la identidad de aquello que habrá dejado de existir en la isla y, por tanto, habrá salido también de tu vida para siempre.

YOKO OGAWA - "La policía de la memoria" - (1994)


Imágenes: Fatinha Ramos

martes, 5 de mayo de 2026

ZONA LIBRE, PARA USO TÓPICO. CAPÍTULO 2 - DEPENDENCIAS/ADICCIONES

 



Segundo
 programa de ZONA LIBRE, PARA USO TÓPICO.

Capítulo 2 - Dependencias/Adicciones.

Entrevistas a cargo de El Secretario dentro de la programación de RADIO FARMACIA en Unidad Cultural Terapéutica Changüí.


Imágenes: Paul Villinski

sábado, 2 de mayo de 2026

LA COCINA ES ARTE IMPRESIONISTA



Gustaba de comer lo que ella cocinaba. Ella cocinaba muy pocas veces, porque eso la hacía perder el apetito. Lo que perdía de apetito propio, lo ganaba en ver el apetito de su marido:

   —¡Donde tú pones la mano!… —decía él, galante. Pero no por galantería, sino por gusto verdadero.

   Ella, sin tener amor propio de cocinera, lo era excelente. Él nunca podía entender cómo era posible poseer una cualidad sin jactarse de ella. Y puesto que ésta es, casi, la definición de la virtud, él consideraba la buena mano de su mujer para la cocina como el ejemplo más puro de la virtud, y aun la virtud misma.

   Pero ella se resolvía muy pocas veces a perder el apetito: es decir: muy pocas veces se decidía a cocinar.

   —Guisar, hijo mío, es cosa que estraga al estómago.

   Y aunque no lo decía tan claro, de sus vagas explicaciones, de sus semi-ideas, de sus larvas o fintas de pensamiento (nunca iba ella a fondo) he aquí lo que se sacaba en limpio:



   Que la cocina, aunque procede por recetas como la química y la farmacia, no es una ciencia exacta, sino más bien un arte impresionista.

   Que la misma receta, en cada ocasión, produce un resultado completamente distinto. En eso se diferencian (¿por qué, señor por qué?) los verdaderos alimentos de las medicinas. No hay otra regla mejor para distinguirlos: medicina es lo que, a fórmulas iguales, produce resultados iguales. Alimento es lo que, a fórmulas iguales, produce resultados diversos.

   —Como que, hijo mío —apoyaba—, a veces hasta la forma, la presentación sola cambia el sabor de un alimento. Mira lo que pasa con el pan: si con igual masa haces una rosca y un trenzado, aquélla no sabe lo mismo que éste, ni tienen la misma consistencia, ni el mismo tacto, ni el mismo olor, ni tardan lo mismo en enfriarse, ni…

   Así pues, la cocina es arte impresionista. No se puede sazonar con tabla de logaritmos, sino con la punta de la lengua. Para dar el punto al guiso, hay que estarlo probando. Y estar probando —y probando un guiso a medio hacer— es perder, al menos, la primera mitad del apetito. Primera razón.



   Segunda razón: que el olor, como en los cuentos utópicos, es un alimento verdadero. Y quien cocina, se pasa una hora, y a veces más, envuelto en una nube de olores. Los absorbe y pierde el apetito.

   Por fortuna, a él sólo le gustaba que su mujer cocinara por lujo o por excepción. Lujo, excepción, que pagaba siempre con un regocijo sólido y sin palabras.

   A diario, no le hubiera agradado. Los menesteres domésticos, pensaba, empequeñecen el alma de la mujer, le gastan los sentidos, la hacen perder la buena conversación y la finura de las manos. Dos visitas diarias a la cocina envejecen a la mujer más que un parto. Y así, a través de la excesiva modestia de su primera época y del buen pasar que la siguió, se esforzaba por apartar a su mujer, casi siempre, de los abusos de la cocina.

   Y así, en esto del ir como del no ir a la cocina —cuando sí, porque sí, y cuando no, porque no— reinaba en aquel matrimonio el acuerdo más edificante. Y él veía, en aquella virtud de su mujer, virtud para los días de fiesta, el perfecto símbolo de dicha, el árbol central de su tienda plantando en este desierto de la vida.

ALFONSO REYES - "La cena y otras historias" - (1956)


Imágenes: Mikkel Jul Hvilshoj