Faltando tres minutos para las siete de la tarde, en la galería de arte solo había una mujer. En realidad, también estaba el encargado que la seguía sin saber dónde poner las manos. Supuse que estaba acostumbrado a descolgar los cuadros de las exposiciones por sí mismo y no en compañía de la artista. Ella, la artista, llevaba ropa sencilla negra y zoquetes rojos, era delgada y seria, con los labios rosa claro. A las siete en punto, siempre desde la vereda, la observé acercarse a una de sus pinturas colgadas en la pared. Distinguí unas manchas naranjas, no parecía una pintura realista o figurativa. La artista comenzó a hablar, y no era al encargado que tenía a su espalda. Lo único que había adelante era el cuadro. La artista le hablaba a su cuadro. Me pregunté si su idea original fue hacerlo delante del público, que no se presentó. En un intento por escuchar lo que decía, el encargado acercó la cabeza y quedó equilibrándose. No supe si tenía dificultades para oír o no entendía lo que ella decía. De cualquier manera prefirió retroceder. La artista descolgó el cuadro y lo bajó al piso. Creí que iba a apoyarlo contra la pared; con extrema delicadeza lo puso boca abajo como si quisiera evitarle la visión de lo que iba a ocurrir. Se acercó a la pared donde estuvo colgada la pintura los días que duró la exposición y se la quedó observando. Había algo tan desolador en su espera.
La artista desplazó sus dedos por la pared y palpó lenta, cuidadosamente la superficie… Imaginé que buscaba una sombra, un rastro de polvo, un rasguño, algo que indicara que la pintura estuvo a la vista de un público que no se presentó, y solo se encontró con la pared blanca, vacía, hostil.
Por Dios, no tiene una amiga, un familiar, alguien que la acompañe, me pregunté.
Los dedos de la artista subieron hasta el tornillo del que estuvo colgada la pintura y lo envolvieron. La vi tirar con fuerza de él, como si quisiera comprobar su firmeza. Satisfecha, se alejó a buscar una escalerita de tres peldaños que había en la sala y la puso bajo el tornillo. Subió al peldaño de más arriba, se dio vuelta para mirar al público que no vino y, por medio de un gancho que debió de coser a su chaqueta, se colgó del tornillo. Soy un sentimental. Mis lágrimas quedaron colgando junto con ella. El encargado me instó con un gesto a entrar a la exposición; supongo que lo hacía a escondidas para no ilusionar a la artista por si yo seguía de largo, que es lo que hice.
CYNTHIA RIMSKY - "Clara y confusa" - (2024)

























