Citas con los libros.

Desapegos y otras ocupaciones.

martes, 14 de abril de 2026

EL RÍO ERA ESPESO COMO BREA

 



Cuando se perdió Eusebio lo encontraron los buzos. En esa parte el río era espeso como brea. Abajo del agua no se ve nada. Buscan, los tipos, al tanteo.

   El Negro quería ayudar.

   Enero quería ayudar.

   Los isleros querían ayudar.

   Pero no.

   Sólo gente especialista.

   Si ustedes no lo encontraron en su tiempo.

   Dijo el prefecto.

   Dejó flotando en el aire el reproche o la explicación o las dos cosas. Ahora hay que dejarlo a la gente que sabe y puede, quería decir.

   Pero no dijo.

   Y a Enero le dio una rabia.

   Parecía que les echara la culpa.

   Qué podía saber el prefecto si no los conocía. Si no conocía a Eusebio. Ni al Negro. Si no sabía lo que se querían. Si no sabía que si uno se iba, se llevaba una parte de todos.



   En la orilla esperaron horas enteras. Fumando. Frotándose los brazos por encima de la camisa. No hacía frío. Era pura sensación solamente.

   Con el Negro miraban fijo el trabajo de los buzos. Unos arriba de los botes. Otros desapareciendo y apareciendo en el agua como tinta. Espesa, oscura. Como tinta.

   Los buzos con trajes de goma, antiparras. Los que se zambullen. Los otros agarrando la soga que mantiene unidos a los de abajo con los de arriba del bote. Uno con un handy.

   Los de traje de goma desapareciendo y apareciendo en el agua. Espesa, oscura. Sin novedad.

   Enero sentía un nudo acá.

   Nunca más se le iría ese nudo. Esa congoja. Le agarra todavía dos por tres. Le agarra ahora mismo mientras fuma solo.

   En el río.

   En la noche.

SELVA ALMADA - "No es un río" - (2020)


Imágenes: Ornella Pocetti

domingo, 12 de abril de 2026

ZONA LIBRE, PARA USO TÓPICO. CAPÍTULO 1 - UCRANIA

 



Primer programa de ZONA LIBRE, PARA USO TÓPICO.

Capítulo 1 - Ucrania.

Entrevistas a cargo de El Secretario dentro de la programación de RADIO FARMACIA en Unidad Cultural Terapéutica Changüí.


Imágenes: Mark Neville

miércoles, 8 de abril de 2026

EL ARTE ES LA CIENCIA DE LO INÚTIL

 



—¿Qué piensa usted de las artes?

   —El arte es la ciencia de lo inútil.

   El médico frunció la frente, sorprendido. Aquella respuesta no cuadraba con la personalidad que había creído adivinar en su paciente.

   —¿Quiere decir que desprecia usted las artes; que las considera algo trivial, y a quienes las practican gentes desocupadas que no tienen otra cosa mejor que hacer?

   —¡Nada de eso, doctor! ¡Considero que el arte es tanto más sublime cuanto mayor es su inutilidad!

   —Explíquese mejor.



   —El hombre es el único animal que se crea necesidades que nada tienen que ver con la subsistencia del individuo y con la reproducción de la especie. No le basta comer para alimentarse, sino que condimenta los alimentos, de modo que añadan placer a la satisfacción de su necesidad. No le basta vestirse para abrigarse, sino que añade, a esta función tan elemental, la exigencia de confeccionar su ropa con determinadas formas y colores. No se contenta con cobijarse, sino que construye edificios con líneas armoniosas y caprichosas que exceden de su necesidad: lo cual no ocurre con la guarida del zorro, la madriguera del conejo o el nido de la cigüeña. ¿Hay algo más inútil que la corbata que lleva usted puesta? ¿De qué le sirve al estómago una salsa cumberland o un Chateaubriand a la Périgord? ¿Qué añade al cobijo del hombre el friso de una escayola o las orlas en forma de signos de interrogación de los hierros que sostienen el pasamanos de una escalera? Pues bien: todo eso que está inútilmente «añadido a la pura necesidad»… ¡ya es arte! La gastronomía, la hoy llamada alta costura y la decoración son las primeras artes creadas por nuestra especie, porque representan los excesos inútiles añadidos a las necesidades primarias de comer, abrigarse y guarecerse.

TORCUATO LUCA DE TENA - "Los renglones torcidos de Dios" - (1979)


Imágenes: Massimiliano Pelletti

domingo, 5 de abril de 2026

LOS CERDOS SON INTELIGENTES, MÁS QUE LOS PERROS

 



Una de las escuelas a las que fui de niña organizó para nuestra clase una visita al matadero. El objetivo era prepararnos para lo que las autoridades llamaban el mundo real, y también para enseñarnos en qué consistía un trabajo real frente a lo que suele caracterizar a la actividad intelectual. Nos llevaron en autocar, pero no bien llegamos alguien con más cabeza puso orden y no nos permitieron entrar. No vimos ni oímos a ningún cerdo, pero sí vimos unas enormes lagunas marrones que, según nos dijeron, formaban parte del funcionamiento de aquel sitio, así como varios camiones refrigerados relucientes, con los motores al ralentí. También notamos un olor al que nunca antes habíamos sido expuestos.

  Ese mismo semestre alguien nos comentó que el periódico traía un artículo sobre una cerda que había salvado a un hombre de ahogarse. La cerda, que era una mascota, estaba nadando en un lago con su ama. Había varias personas jugando en el lago en aquel momento, porque era un fin de semana de vacaciones.



 La cerda, al ver a aquel hombre en apuros, nadó hasta llegar a su lado y con sus movimientos le dio a entender que se agarrara a su arnés, que siempre llevaba puesto, pues era un animal de compañía. Luego arrastró al tipo hasta un lugar seguro.

  El periódico, que era de los fiables, sostenía que la historia era cierta. Más adelante, el reportero planteaba pícaramente esta pregunta:

  ¿La cerda habría rescatado a aquel hombre si hubiera sabido que él y sus acompañantes acababan de disfrutar de una merienda de sándwiches de jamón?

  La dueña de la cerda respondía que los cerdos son inteligentes, más que los perros, pero que no son omniscientes.

  IGNORANCIA

JOY WILLIAMS - "Noventa y nueve cuentos divinos" - (2016)


Imágenes: Kirsty Elson

jueves, 2 de abril de 2026

YA ESTOY ALGO VIEJO PARA LAS PRÁCTICAS ATLÉTICAS



 Ya estoy algo viejo para las prácticas atléticas, pero creo que, ni siquiera en mis mejores tiempos, cuando mis arterias eran tan flexibles como mis pensamientos, hubiera sobrevivido a los hábitos del grupo de los deportistas. Jamás me han invitado, pero creo que casi es mejor así. Después de desayunar precipitadamente, montan a caballo y no regresan al establo más que para correr a zambullirse en la piscina de uno de ellos, no importa de quién. Entran y salen, y se mueven con tales prisas, que no hay posibilidad de reconocerlos. Luego, juegan al tenis, se llegan a la playa para remojarse otra vez y juegan al frontón hasta la hora de la cena. Después de cenar juegan al ping-pong, hasta que otra vez llega el momento de montar a caballo. Mientras estos supermen galopan por colinas y cañadas, yo me dirijo a tientas al cuarto de baño, tropezando con todo, en busca de una píldora que me sirva de pasaporte para el país de los sueños.



   En el grupo de los intelectuales, tampoco me tienen en gran estima. Físicamente, podría pasar por uno de ellos. Tengo el cabello gris en las sienes, cojeo ligeramente al andar y uso unos lentes bastante gruesos. Pero, mentalmente, me consideran deficiente. A causa de un error que nunca me he explicado, me invitaron a una de sus cenas. En cuanto recibí la invitación, me fui corriendo a la biblioteca pública y me empollé sobre una docena de temas elegidos al azar. Indagué sobre Platón, estudié las ideas de Spinoza, y me tragué íntegras las Guerras de las Galias. Cuando llegó la noche de la cena, fui a ella con la seguridad de poder disertar sabiamente durante toda la velada. Ahora pienso de otro modo. Se trataba de un grupo de escritores. La mayor parte de las mujeres llevaban el pelo corto y botas de montañero, y casi todos los hombres tenían úlcera de estómago e iban descalzos. Hasta que no encendieron todas las luces, no resultó fácil distinguir entre los dos sexos.



   Todavía estaba tratando de limpiar unas manchas de mantecado que deslucían mis solapas, cuando la dueña de la casa nos condujo a la sala de estar, donde nos equipó con lápices y papel. Entonces, cada cual eligió su bando y dio comienzo a un bombardeo de preguntas que hubieran dejado perplejos a Bertrand Russell, Nathan Pusey y Arthur Schlesinger, padre e hijo. Después de algunas escaramuzas preliminares, quedé desplazado de aquel tejemaneje y me escabullí hacia la cocina, donde reanudé la limpieza de mis solapas.

   Hay, aún, otros muchos grupos y grupitos, en Hollywood. Difieren entre sí en muchos aspectos, pero en todos coincide un factor común: me evitan por todos los medios. No paso de ser una ola solitaria, perdida en la inmensidad del océano social.

   Tengo el deber de admitir que me encuentro descorazonado, mas, sin embargo, me hallo firmemente resuelto a escalar la cima social de Hollywood, un día u otro. Aquel día, estacionaré mi coche en el Sunset Boulevard, y por una escasa paga, mostraré a los turistas el exterior de las casas a cuyo interior no fui nunca invitado.

GROUCHO MARX - "Memorias de un amante sarnoso" - (1963)


Imágenes: Raya Sader Bujana

lunes, 30 de marzo de 2026

LO ÚNICO QUE VIO FUE A UN PERRO SIN DUEÑO



Las hojas mojadas de los árboles que adornaban la pequeña estación, ahora ocultos en la oscuridad de la noche, se habían agrupado en pequeños remolinos que iban a chocar contra las puertas cerradas de los vagones. El revisor se acercó a cada una de las ventanas para iluminarlas con una linterna que emitía una luz turbia, y dijo en voz alta, con ese lenguaje propio de los jefes de estación, el nombre del lugar al que habían llegado. Solo había un billete que recoger.

   A aquel hombre siempre le había parecido que los pasajeros que venían de otras partes del país, de lugares lejanos, resultaban interesantes por sus distintas peculiaridades. Cuando fue a recoger el billete, puso la linterna al lado del rostro de la pasajera y lo iluminó de lleno. Ella también le miró mientras hablaba con el vigilante, atenta al sonido de su voz. Años atrás, había conocido a todos y cada uno de los que trabajaban en aquella estación. En la actualidad, el revisor también conocía a todos y cada uno de los que vivían en la zona. Y esta viajera le resultaba completamente desconocida.



   Si su carta hubiera llegado a su destino, alguien habría venido a esperarla en un coche. Recorrió la estación y lo único que vio fue a un perro sin dueño, acurrucado, mojado y temblando en un rincón. Dejándose llevar sobre todo por el sonido, se giró para mirar la calle desierta del pueblo. Entre las casuarinas, que bordeaban el río que ella conocía tan bien, el viento producía una música fantasmal, desatendida por unas gentes que en ese momento dormían. No había más sonidos que pudieran llamar su atención, y se giró de nuevo hacia el perro con una sensación de afinidad. No obstante, quizá el revisor tuviera un mensaje para ella. Regresó al andén y vio que el hombre estaba cerrando la puerta de la oficina. Al verla, dejó de hacerlo, como si esperara que la mujer fuera a decirle algo.

   —¡Una noche húmeda! —exclamó él por fin, rompiendo el silencio.

   Lo que hizo que la pasajera cambiara de opinión y que, en vez de consultarle lo que tenía previsto, le preguntara qué hora era, algo que ya sabía. Se alejó y se echó cuidadosamente la capa por encima.



   El viento hacía del paraguas un objeto inútil, incapaz de protegerla. El viento, la lluvia y la oscuridad serían sus acompañantes a lo largo de los cinco kilómetros de matorral que la separaban de la casa de su madre. Aquel había sido el hogar de su niñez, y se sabía de memoria cada centímetro del camino.

   Comenzó a recorrer la calle dormida y no vio señales de vida hasta llegar casi al final, donde distinguió una luz en una pequeña tienda y captó un rápido golpeteo. «Trabajan hasta tarde esta noche», pensó, y, recordando la horrible tarea a la que se dedicaban aquellos hombres, dudó, llena de reparos, entre si acercarse y preguntarles o no a los trabajadores nocturnos para quién era lo que estaban fabricando. ¿Sería para alguien a quien ella hubiera conocido en el pasado? Tenía por delante un largo recorrido, en medio de la oscuridad, y no les preguntó nada. Se alejó a toda prisa con la intención de olvidarse de aquel sonido.

BARBARA BAYNTON - "Estudios de lo salvaje" - (1902)


Imágenes: Anthony Cavo

viernes, 27 de marzo de 2026

Y DE MAL NOMBRE OJODEJIBIA

 



Los nunca sosegados escarceos de Pedro Lambert por aquellos —y otros inciertos— andurriales, fueron acrecentando con veloz codicia el volumen de sus finanzas y el archivo de sus vanaglorias, a la vez que lo hacían ingresar poco a poco en una especie de incontrolada apetencia de ilustración. Aquellas primeras cartillas malamente tramitadas por la partera con dobleces de acercamiento a la madre, terminaron por aflorar entonces como una rudimentaria fórmula de penetración en el arcano de libros de historias espurias y artes inconexas. En principio, y para fomentar tales enseñanzas, se puso Pedro Lambert en las sospechosas manos de un presunto ex mampostero de diezmos del señorío, versado en letras y números de muy varia naturaleza y que, al parecer, acababa de cumplir condena en un penal portuario, no sabiéndose con seguridad si por cohecho o por estupro.



   El tal ex mampostero —que se jactaba de descender de almohades—, de nombre don Juan Crisóstomo Centurión y de mal nombre Ojodejibia, solía malvivir por tierras diversas en funciones de apañador de apaños difíciles y comisionista de nada, si bien las malquerencias lo habían ido arrinconando en una penuria no muy alejada de la mendicidad. Bruno y carniseco, ni viejo ni joven, con una cara portentosamente similar a la del molusco de su apodo, ostentaba también en una oreja el atávico bulto que reproduce el del simio y tenía una boca como desangrada y de dientes imprevisiblemente parejos y níveos. Rehuido en público y buscado a escondidas por el movedizo padrón comarcano, don Juan Crisóstomo gozaba fama de vidente y curandero.



  Al margen de sus locuacidades de rufián, padecía de saberes extraños e inaccesibles para la entera población de la marisma y zonas periféricas, siendo especialmente ducho en nigromancias y horóscopos, antídotos y conjuros, alumbramientos de aguas y composturas de virgos, amén de poseer la poco frecuente facultad de escuchar los ruidos antes de que se produjeran. De ahí que cuando llegó a oídos de Pedro Lambert que tan prolijo repertorio de ciencias concurrían en una sola persona, le mandara aviso a don Juan Crisóstomo para que se presentase en el casal, con el fin de ponerlo al corriente de sus todavía inciertas pretensiones y de ajustar sus servicios a ser posible. Y así se cerró sobre la marcha y sin mayores cortapisas un trato que convertía a Ojodejibia en dómine exclusivo del joven monopolizador de fortunas por nadie explicadas.

JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD - "Ágata ojo de gato" - (1974)


Imágenes: Lilian Randall