Citas con los libros.

Desapegos y otras ocupaciones.

sábado, 6 de junio de 2026

ERA PARTICULARMENTE SENSIBLE AL TEMA DE LA MUERTE



El doctor Gabriel Palou no podía dejar de establecer la relación y tenerla presente mientras aquella mañana atendía con normalidad a sus obligaciones como Jefe de Servicio de la séptima planta. Con independencia de la noticia que lo había cogido desprevenido, el doctor Palou era particularmente sensible al tema de la muerte. Constituía una humillación permanente, que a pesar de los años de profesión no había logrado neutralizar. Como médico optaba a ojos cerrados por la vida. La defendía encarnizadamente con los medios que le procuraba el ejercicio de la medicina. Su vocación era clarísima desde el día en que presenció, a los siete años, cómo el doctor Mestres Esplà intentaba en vano reanimar a su padre, inconsciente a causa de una angina de pecho.

   Desde entonces hasta ahora la práctica continuada le había enseñado a aceptar las derrotas. Eran las reglas que el juego imponía. Pero cuando la muerte rehusaba, el combate cara a cara y saltaba de improviso como una hiena ávida de carroña, entonces el doctor Gabriel Palou se sentía personalmente afectado. Alimentaba la idea peregrina de que convenía rebelarse ante la injusticia que la muerte encarnaba. ¿Cómo se planteaba el reto?

    «Palabras y nada más que palabras —⁠alegaba Eli⁠—. Parece mentira que la teoría de la rebelión la defiendas precisamente tú. Te consta que no hay nada que hacer cuando llega la hora».



    Se ahorraba decirle a Eli que, ciertamente, las palabras sin sentido ocultaban el miedo que se derivaba de la impotencia. La muerte lo aterrorizaba y desde hacía quién sabe cuánto no sólo evitaba el tema con Eli, sino que seguía su recomendación de no pensar en ello. Por lo tanto no quería pensar que Claris estuviera muerta. Ni se le ocurrió asistir al sepelio. Se fue convenciendo, a lo largo de todo aquel día, de que el mejor sistema de olvidar la muerte de Claris era intentar no evocar su recuerdo.

    Se le ocurrieron abundantes argumentos para apoyar semejante decisión, todos ellos de lo más elemental: la vida proseguía su ritmo inalterable; él se sentía prodigiosamente vivo, sobre todo cuando se contrastaba, si bien transitoriamente, con la negación que llevaba implícita la muerte; disfrutaba de una etapa espléndida en el terreno profesional; aún tenía por delante un futuro que con dedicación y un poco de suerte podía ser magnífico; había creado una familia que no presentaba fisuras, etc. Por otra parte, si en el transcurso de los últimos veintisiete años sólo muy raramente Claris había emergido en su memoria, siempre de manera fugaz y acompañada de un signo de interrogación que apenas lo mantenía unos minutos en suspenso, era absurdo que ahora se atormentase por el hecho de saber que Claris ya no existía.

ROBERT SALADRIGAS - "Claris" - (1990)


Imágenes: Jeanne Vicerial

miércoles, 3 de junio de 2026

AL PRINCIPIO, LOS LIBROS ME HABÍAN PARECIDO MUY EXTRAÑOS



Al principio, los libros me habían parecido muy extraños.

     Objetos hechos de papel y cartón, pensados para su lectura . Cuánto desperdicio y qué toscos me parecieron: un objeto que has de sostener con las manos (porque para leer hace falta pasar las páginas). Solo se podían llevar sin problemas cinco o seis libros a un tiempo, mientras que en cualquier soporte electrónico se tiene acceso a miles. Pero entonces me di cuenta de que, si se iba la luz, podías seguir «leyendo», dado que el libro que tenías entre las manos no iba a desaparecer. Lo curioso del libro es que, al sostenerlo y «leerlo», alcanzas con él una conexión íntima, como con algo vivo, cosa que no se sentía con un libro electrónico; tan pronto como terminabas con el texto electrónico, lo almacenabas o lo borrabas; no tenías un sentimiento especial de propiedad. No lo podías ver en la estantería ni sobre la mesa, ni tampoco podías admirar su diseño. A todos los efectos, había sido Aniquilado.

JOYCE CAROL OATES - "Riesgos de los viajes en el tiempo" - (2018)


Imágenes: Xiaoze Xie

domingo, 31 de mayo de 2026

CREO QUE DEBERÍAMOS DEJAR DE DORMIR JUNTOS

 



Por eso recibí bien su propuesta de dormir separados; si no me lo hubiera pedido ella, lo habría acabado sugiriendo yo. Una noche, estando en la cama juntos ya a oscuras, todavía ella despierta y yo sin poder dormir como de costumbre, se giró hacia mí y me habló, lo dijo sin rodeos: creo que deberíamos dejar de dormir juntos. Esperó unos segundos y, ante mi falta de reacción, al no mostrar yo sorpresa ni malestar, siguió hablando: me dijo que así tal vez dormiríamos mejor, que llega un momento en que uno duerme mejor solo, que nuestra cama no era muy grande, teníamos temperaturas corporales opuestas y así podríamos usar edredones de grosor al gusto de cada uno y no tendría ella que pasar frío ni yo destaparme por calor; teníamos horarios diferentes de acostarnos y levantarnos, yo leía en la cama y le molestaba la luz, yo me movía mucho y me levantaba en mitad de la noche y la despertaba, yo roncaba a veces, cosa que creo que no era cierto pero ella siguió dando motivos más o menos razonables hasta soltar la excusatio non petita: en ningún momento yo le planteé temor alguno de que una separación de lechos pudiera poner en riesgo nuestro futuro como pareja, pero ella debía de traer la conversación ya ensayada, quizás imaginada en alguna noche de no dormir, quizás ella también últimamente insomne sin contármelo: me dijo, sin yo necesitar la aclaración, que dormir separados no significaba que nos separásemos como pareja, no era un primer paso para después pedirme un divorcio total, al contrario: dormir en habitaciones diferentes podía ser una oportunidad para revitalizar la pareja, podía favorecer el deseo y renovar la intimidad, lo había leído en algún artículo,



prometió que lo buscaría al día siguiente y me lo compartiría: sleep divorce se llamaba la tendencia, divorcio del sueño, la palabra divorcio no debía asustarme, lo practicaban cada vez más parejas, no sé qué actriz famosa había contado que su marido y ella llevaban años durmiendo en habitaciones separadas sin por eso quererse menos, la clase alta lo había hecho siempre, históricamente solo dormían juntos los pobres por no tener más camas o más habitaciones, había psicólogos que lo recomendaban para un óptimo descanso, y por tanto podía mejorar la relación, las parejas se volvían menos irritables tras una noche de buen dormir, no había reproche ni resentimiento hacia quien sí descansaba bien, incluso servía para recuperar la vida sexual, las parejas que duermen separadas tienen más sexo, no compartir cama no significa en realidad nada, una amiga suya lo había probado con su marido y les iba muy bien. Inma se esforzó por convencerme sin necesidad, me pareció una idea magnífica separar nuestras noches, supongo que íntima e inconscientemente yo ya no quería dormir con ella, o no quería no dormir con ella, quizás las parejas comienzan a resquebrajarse por la noche cuando uno de los dos deja de dormir, sin que esté clara la relación casual, si duermes mal porque tu matrimonio se está acabando, o tu matrimonio se está acabando porque duermes mal.

ISAAC ROSA - "Las buenas noches" - (2025)


Imágenes: Virginia Mori

jueves, 28 de mayo de 2026

SOLICITANDO PERMISO "PARA HABLAR DE AMOR"



 Aquella noche, mi padre preguntó a mi madre si se hallaba prometida con alguna otra persona. Ella le contó sus relaciones anteriores, y dijo que el único hombre al que realmente había amado era su primo Hu, pero que éste había sido ejecutado por el Kuomintang. A continuación, y de acuerdo con el nuevo código comunista de moralidad, el cual se apartaba radicalmente del pasado para imponer la igualdad entre hombres y mujeres, también él le reveló a ella las relaciones que había mantenido hasta entonces. Le contó que había estado enamorado de una mujer de Yibin, pero que la historia había concluido cuando él partió hacia Yan’an. En Yan’an y en la guerrilla había tenido algunas amigas, pero la guerra había hecho imposible pensar siquiera en la posibilidad del matrimonio. Una de sus antiguas novias había de casarse con Chen Boda, el jefe de la sección de mi padre en la Academia de Yan’an, quien posteriormente alcanzaría un poder inmenso como secretario de Mao.



   Tras escuchar mutuamente el sincero relato de sus vidas, mi padre dijo que iba a escribir al Comité del Partido para la Ciudad de Jinzhou solicitando permiso para «hablar de amor» (tan-lian-ai) con mi madre, con vistas a un futuro matrimonio. Tal era el procedimiento obligatorio. Mi madre supuso que debía de ser similar al permiso que se solicita del cabeza de familia, y de hecho eso era exactamente: el Partido Comunista era el nuevo patriarca. Aquella noche, después de su conversación, mi madre recibió el primer regalo de mi padre, una novela romántica rusa titulada Es simplemente amor.

   Al día siguiente, mi madre escribió a casa para contar que había conocido un hombre que le gustaba mucho. La reacción inmediata de su madre y del doctor Xia no fue de entusiasmo sino de inquietud, ya que mi padre era funcionario, y los funcionarios siempre habían sido mal vistos entre los chinos corrientes. Aparte de otros vicios, su poder arbitrario hacía que no se les supusiera capaces de tratar a las mujeres dignamente. La presunción inmediata de mi abuela fue que mi padre ya estaba casado y quería a mi madre como concubina. Después de todo, ya había superado con mucho la edad masculina habitual en Manchuria para el matrimonio.



   Transcurrido aproximadamente un mes, se juzgó que el grupo de Harbin podía retornar sin peligro a Jinzhou. El Partido dijo a mi padre que tenía permiso para «hablar de amor» con mi madre. Otros dos hombres habían solicitado la misma autorización, pero llegaron demasiado tarde. Uno de ellos era Liang, su antiguo control en la clandestinidad. Despechado, pidió ser trasladado de Jinzhou. Ni él ni el otro hombre habían dicho lo más mínimo a mi madre sobre sus intenciones.

   Cuando mi padre regresó, le comunicaron que había sido nombrado jefe del Departamento de Asuntos Públicos de Jinzhou. Pocos días después, mi madre le llevó a conocer a su familia. Tan pronto como traspasó el umbral de la puerta, mi abuela le hizo el vacío, y cuando él intentó saludarla, se negó a responderle. Mi padre mostraba un aspecto oscuro y terriblemente demacrado como resultado de las penurias que había sufrido durante su época de guerrillero, y mi abuela estaba convencida de que debía de tener bastante más de cuarenta años y que, por ello, era imposible que no se hubiera casado anteriormente. El doctor Xia le trató cortésmente, pero con distante formalidad.



   Mi padre no se quedó mucho rato. Cuando partió, mi abuela se deshizo en lágrimas. Ningún funcionario podía ser bueno, gritaba. Pero el doctor Xia había comprendido ya a través de la entrevista con mi padre y de las explicaciones de mi madre que los comunistas ejercían un control tan estrecho sobre sus miembros que un funcionario como mi padre no tendría posibilidad alguna de engañarles. Mi abuela se tranquilizó, pero sólo en parte: «Pero es de Sichuan. ¿Qué pueden saber de él los comunistas si procede de tan lejos?».

JUNG CHAN - "Cisnes salvajes" - (1993)


Imágenes: Deniz Kurdak

lunes, 25 de mayo de 2026

LA NOCHE ANTES DE LA OLA



Me acuerdo de que, la noche antes de la ola, Hélène y yo habíamos hablado de separarnos. No era complicado: no vivíamos bajo el mismo techo, no teníamos hijos en común, hasta podíamos pensar en seguir siendo amigos; sin embargo, era triste. Conservábamos en la memoria otra noche, justo después de habernos conocido, que pasamos repitiendo que nos habíamos encontrado, que viviríamos juntos el resto de nuestra vida, que envejeceríamos juntos e incluso que tendríamos una niña. Más tarde tuvimos una niña, en el momento en que escribo seguimos esperando envejecer juntos y nos complace pensar que lo comprendimos todo desde el principio. Pero desde aquel comienzo había transcurrido un año complicado, caótico, y lo que nos parecía cierto en el otoño de 2003, en el embeleso del flechazo, lo que nos sigue pareciendo cierto, en todo caso deseable, cinco años más tarde, ya no nos parecía en absoluto cierto ni deseable aquella noche de la Navidad de 2004, en nuestro bungalow del Hotel Eva Lanka. Por el contrario, estábamos seguros de que aquellas vacaciones eran las últimas, y que a pesar de nuestra buena voluntad habían sido un error. Acostados uno junto al otro, no nos atrevíamos a hablar de la primera vez, de aquella promesa en la que los dos habíamos creído con tanto fervor y que era evidente que no se cumpliría.



  No había hostilidad entre nosotros, simplemente nos veíamos alejarnos con pena: era una lástima. Yo rumiaba mi incapacidad de amar, tanto más patente porque Hélène era una persona muy amable. Pensaba que envejecería solo. Ella pensaba en otras cosas: en su hermana Juliette, que justo antes de partir nosotros había sido hospitalizada a causa de una embolia pulmonar. Hélène tenía miedo de que cayera gravemente enferma, de que se muriera. Yo alegaba que aquel miedo no era racional, pero colonizó enseguida todo el estado de ánimo de Hélène, y yo le reprochaba que se dejase invadir por algo en lo que yo no tenía ninguna participación. Salió a fumar un cigarrillo a la terraza del bungalow. La esperé tumbado en la cama, diciéndome: si vuelve pronto, si hacemos el amor, quizá no nos separemos, quizá envejezcamos juntos. Pero ella no volvió, se quedó sola en la terraza mirando cómo se iluminaba poco a poco el cielo, escuchando los primeros trinos de los pájaros, y yo, por mi lado, me quedé dormido, solo y triste, convencido de que mi vida iba a empeorar cada vez más.

EMMANUEL CARRÈRE - "De vidas ajenas" - (2009)


Imágenes: Gerlanda di Francia

viernes, 22 de mayo de 2026

SIN CONEXIÓN

 



Si lo que pasa en la tierra nos doliera en el cuerpo, no arrancaríamos las flores para arrancar un suspiro. Si estuviéramos conectados como un solo ser, quererse significaría otra cosa. El amor olería a mar y dama de noche, a bosque y océano. El fuego lo apagarían las lágrimas y las riadas viajarían a saciar la sed. Si lo que pasa en la tierra doliera como duele un golpe en las costillas, bajarían las estrellas a rezar a los cementerios de sal. No hay piedad en el asfalto, no hay piedad en las nuevas orillas, ni en los muros, ni en los sueños. Solo en el viento, que desordena a su antojo; que recuerda que los cuerpos están donde cayeron. Si un sistema nervioso nos conectara al centro de la tierra... ni mares de plástico, ni sangre derramada, ni nubes de petróleo, ni sierras, ni balas.


Ni un poema, amor,

ni un poema haría falta.

SARA BÚHO - "Si el mar no regresa" - (2026)


Imágenes: Berta Llonch

lunes, 18 de mayo de 2026

PAPÁ HABÍA MUERTO Y YA NO TENÍA QUE ESPERAR A QUE MURIESE MÁS



El día en el que mi padre murió, hacía sol y yo tenía hambre. Mi padre murió y bajé a Frida a hacer pis. Mi padre muerto y yo lavándome el pelo, eligiendo pendientes, probándome blusas. Ese día tuve que comprar el pan exactamente como cada día, ni muy tostado ni muy crudo, tender la ropa a la vuelta del tanatorio y ponerme los retenedores antes de dormir. Esa noche, vi a mi sobrino llorar y reír. Yo también lloré y reí. No sabíamos qué hacer con tanto dolor en los pulmones. Por las mañanas, me despertaba como si me hubiese quitado un peso de encima. El de la espera constante a la muerte desde la silla para las visitas. Papá había muerto y ya no tenía que esperar a que muriese más. Escuchaba sus zapatillas arrastrándose por el pasillo a la misma hora a la que él se levantaba de madrugada para ir al baño, pero papá ya estaba muerto y sus zapatillas guardadas en el neceser que trajimos de vuelta del hospital. Su teléfono seguía sonando, porque su operador no sabía aún que papá estaba muerto.



  Al principio, no quisimos dar de baja la línea. No por si volvía, sino porque la muerte es contagiosa y se nos quitaron un poco las ganas de vivir o, al menos, las de continuar con los trámites. A veces, contestaba esas llamadas. Eran de algún conocido despistado que decía: jefe, ¡que hace mucho que no te molesto! Y tenía que decirle que papá había muerto y que sí, que ya fue el funeral y que sí, que llevaba unos meses muy mal y que sí, que era normal que no se hubiese dado cuenta si no lo había visto últimamente por la calle con veinte kilos menos, un bastón y un parche en el ojo. Otras veces, era un amigo con alzhéimer que lo quería invitar a comer lamprea. Algunos días le explicaba que papá ya no estaba y otros le decía que le pasaría el recado. Mamá, aún hoy, cuando se encuentra a alguien que no se ha enterado todavía, se bloquea y se desangra y escarba y se va, porque siente que al decir que papá ha muerto lo está volviendo a matar. No dice muerto. Nunca. Yo tampoco fui capaz hasta muchos meses después. Mientras tanto, dije mi padre no está, se fue, nos dejó, no tengo padre, falleció. No sé si es verdad eso de que no tengo padre, pero sí que tardé mucho en decir que el padre que yo tenía murió.



  Antes de morir, papá me dijo: piojita, el amor es lo más importante que hay en la vida. Y yo le creí tanto que casi me quedo sin aire. Tanto le creí que no le pregunté el amor de quién, qué amor, papá, ¿el de Diana vale o tiene que ser otro? ¿Un amor como el de mamá y tú, que nunca discutís, o un amor como el de Alberto y Bea, que se odian pero se defienden? ¿Un amor como el de la tía Loli hacia la abuela, aunque le tenga que recordar cada tarde que es su hija, o como el de mis tíos los que no quisieron tener hijos y viajan todo el rato y mamá tuerce el morro no sé si porque vosotros tenéis tres hijos o porque tú solo quisiste viajar a Portugal? Antes de morir, papá estuvo casi un año ingresado en el Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela. Mis hermanos y yo hacíamos turnos. Yo dormía con él los domingos, lunes y martes. Tres días y tres noches que me tiraban de los párpados hacia arriba y que me llenaban el estómago de murciélagos y de restos de puré. Desde mis siete años, esperaba la muerte de mis padres imaginándome una y otra vez qué edad tendría yo cuando ellos fueran viejos. Cuatro angelitos tiene mi cama, cuatro angelitos que me acompañan, cuarenta y ocho que tiene mamá menos siete míos son cuarenta y uno, con Dios me acuesto con Dios me levanto, ochenta y cinco, que es la edad con la que murió la abuela, menos cuarenta y uno son. Necesito un papel. Cinco menos uno, cuatro, y ocho menos cuatro, cuatro. La Virgen María y el Espíritu Santo. Si papá o mamá mueren con ochenta y cinco años, yo tendré cuarenta y cuatro y Alberto y Bea todavía podrán cuidarme para que no esté triste y me dejarán ver La pajarería de Transilvania  siempre que quiera y comer regalices de los gordos, de los rellenos de blanco, siempre que quiera también. Amén.

LUCÍA SOLLA SOBRAL - "Comerás flores" - (2025)


Imágenes: Cinta Vidal