Citas con los libros.

Desapegos y otras ocupaciones.

sábado, 31 de enero de 2026

CREO QUE ESTÁS DESPEDIDA

 



Intento concentrarme en la viñeta en la que trabajo con la tableta gráfica, pero mi mano se mueve sola y termina dibujando con el rotulador como tantas veces, como siempre, avispas en un papel. Las avispas que pueblan mis cuadernos, el corcho de la cocina, las servilletas del desayuno que se van a la basura junto a la corteza del pan de molde. El rotulador amarillo y el negro las trazan solas. La semana pasada dibujé avispas en chándal de tactel, en kimono, en posturas imposibles para una avispa, para el Kamasutra, y esta mañana a una le he puesto bigote y quizá la convierta en nazi. Ni lo pienso, la mano se mueve sola desde que empecé a dibujarlas en clase en lugar de tomar apuntes y aún hoy, como cuando era niña, me siento Batman, que vence su miedo a los murciélagos aliándose con ellos. A golpe de trazos amarillos y negros me crezco frente a esos aguijones afilados que de pequeña eran para mí más que un pinchazo caliente y doloroso, de hecho, representaban el final del juego.

   Mi móvil vibra con insistencia y al final respondo. No es Juan, a pesar del martilleo de mensajes al que me ha sometido a lo largo de la mañana, se trata de un número que desconozco, pero es una voz que he oído antes, desgastada, de hombre mayor, una voz que me dice qué tal Nuria, pero la llamada se corta antes de que me dé tiempo a preguntar quién es, qué quiere, quién habla. Esa breve conversación me deja una sensación extraña, la vista clavada en la pantalla del teléfono, donde el reloj parece detenido, mientras mi mano se queda estancada sobre la ilustración sin acabar.



   Apenas faltan diez minutos para salir, cuando termino la viñeta. ¿Qué tal vas?, pregunta mi jefe. Ya está, le digo. Él la mira en la pantalla del ordenador, el sol, los cráteres planetarios, la pierna trazada con ligereza, como si fuera real aun siendo un dibujo. Mañana a primera hora me pongo con el artículo ese de las madres, le digo. Y hace un gesto raro. Le encanta, sé que el dibujo le encanta, pero ni una palmadita en la espalda, ni un Buen trabajo, Nuria. Bien, bien. Mándame la viñeta y mañana vemos eso. ¿Querías hablar conmigo?, le pregunto. Pero Héctor le zarandea, tira de la manga de su camiseta, KEEP CALM AND LOVE YOUR BOSS. ¿Unas cañitas? Ese zarandeo es el salvavidas al que se aferra mi jefe, que mira el reloj y claro, claro, anda si ya es la hora. Unas cañas, ¿por qué no? Y está incómodo. Bajáis, ¿verdad, Nuria? Y va a decir Lucas, pero siempre se queda en blanco y le llama Nicolás o Luis o tú, sin más, tú. Tú, ¿bajas?

   El bar huele a humo, aunque no se pueda fumar. Quizá sigue allí ahogando los poros de los sillones de escay desde el último cigarrillo que se disfrutó antes de la prohibición. Héctor pide cañas para todos sin preguntar si las queremos, como tampoco preguntó si queríamos salir de la oficina, ni nos pidió permiso para interrumpirnos cuando al fin empezábamos a hablar.



   Lucas, también sin consultarme, le dice al camarero que me traiga un sándwich con mucha mayonesa, con muchos pepinillos. Sabe que es lo único que puede evitar la hecatombe, la explosión de la resaca a media tarde. En la facultad escribí y dirigí un corto bélico, nos cuenta mi jefe al ver mi sándwich, en él los alemanes perdían la Segunda Guerra Mundial porque los Aliados tenían dos botes que parecían de pepinillos, pero en realidad contenían parte de los sesos encurtidos de un espía soviético que había implantado un sistema por el que vivía con solo medio cerebro, mientras la otra mitad estaba en ese bote viscoso y verde y seguía conectado a él, de manera que cuando recibía información la procesaba desde donde estuviera, y gracias a él los soviéticos ganaban la batalla de Stalingrado. Desde entonces no como pepinillos, dice, son resbalosos y siento que al comerlos podría estar cambiando el curso de la historia. ¿Por qué no utilizaste un bote de chucrut?, le pregunta Lucas. Es un plato muy alemán y recuerda a un montón de sesos hechos trizas. Mi jefe cree que el chucrut resultaría predecible y los tres empiezan a enumerar encurtidos, sus múltiples posibilidades en el espionaje. Héctor me pregunta cómo es que el sándwich no se me atraganta. Me gustan los sesos y me gusta perder batallas, ¿qué más se puede pedir?, le respondo antes de dar el último bocado, que me deja los labios llenos de mayonesa.

    Vamos a fumar un cigarro, Nuria, propone mi jefe, y Héctor quiere venir, pero él lo detiene y le dice que le pida otra caña, que ahora entramos.

   Estoy nerviosa, está nervioso, pero sigue hablando de los puñeteros encurtidos. Me cae un poco de tabaco a la acera mientras me lío el cigarrillo porque me tiemblan las manos. ¿Qué pasa?, pregunto. En serio, ¿qué pasa? Mi jefe me mira sin atreverse a mirarme. Mañana te lo dirán, susurra, los de recursos humanos, creo que estás despedida. ¿Crees? Bueno, no, lo estás. Estás despedida.

ELISA FERRER - "Temporada de avispas" - (2019)


Imágenes: Edouard Martinet

jueves, 29 de enero de 2026

¿PARÍS, CORTÁZAR Y YO?

 


¿París, Cortázar y yo? ¿Qué teníamos que ver? Yo era solamente el «curador» de una muestra encargada por el Museo Nacional de Bellas Artes, una tarea que había aceptado pensando menos en Cortázar que en sacar de la agencia Vanity Cars de City Bell mi Volskwagen Vento 2.5 que había señado sin tener la plata para retirarlo. Cortázar me parecía una figura pop inflada como todas las celebridades, de una escala mucho mayor a la obra infantiloide en la que se apoyaba y que solo podía ser leída por jóvenes indefensos o adultos infradotados como Samurai. Y el adulto infradotado o el joven indefenso que lo leyera ya no leería a Cortázar: sería Cortázar. Con el perramus de Cortázar, los Galoises y la forma sobreactuada de fumarlos de Cortázar, la arrogancia melómana de Cortázar, el vanguardismo tardío de Cortázar, el provincianismo francófilo de Cortázar y los aires de superioridad de Cortázar, en los que siempre creí ver agazapado un fantasma de inferioridad social.

   Su triunfo sucedía en el terreno de la cultura general, no en el del arte literario. Con esa idea sencilla (sin una idea sencilla no se obtiene nada) conseguí que me dieran la curaduría sin tener ninguna experiencia, salvo la de haber adorado a Cortázar con pasión juvenil y haberlo defenestrado en la madurez sin tomarme la molestia de releerlo. ¿Para qué? La relectura es una cosa de neuróticos que no conduce a ningún lado. No ayuda a revelar los errores de una primera lectura, ni a alumbrar los aciertos de una segunda. Más bien sirve para la autoafirmación, como cualquier acto que se repite por hábito.

JUAN JOSÉ BECERRA - "¡Felicidades!" - (2019)


Imágenes: Stefano Zanarello

lunes, 26 de enero de 2026

LA SUTIL CLIMATOLOGÍA DE SUS ESTADOS DE ÁNIMO



La semana después de quedar a comer con Xavier fue un período de extraordinaria sintonía en mi matrimonio, un período que posteriormente examinaría, que recordaría. Hacía años que no estaba así con Tomas, con la sutil climatología de sus estados de ánimo, la cartografía de sus gestos. No sería exagerado afirmar que vibraba con su presencia o que valoraba de un modo nuevo su inteligencia y su cortesía. Sin duda esto sucedía porque, por primera vez en muchos años, veía nuestro matrimonio como lo que realmente era, algo frágil que podía apagarse o perderse. Tomas era casi exactamente el mismo de siempre. No volvió a sacar el tema de la infidelidad, y a medida que los días fueron transcurriendo, aunque yo mantenía esa sensación de hipersintonía, empecé a pensar que quizá le había atribuido un sentido falso a su pregunta susurrada. No se interesaba por dónde pasaba yo el día, cosa que sí había hecho antes, como es lógico, ni con quién hablaba: se comportaba como si nada entre nosotros hubiera cambiado.



  Pasó otra semana. Desayunábamos juntos, como siempre, y me estaba preparando para salir a la calle cuando de repente Tomas dijo que me acompañaba, quería que le diera un poco el aire y estirar las piernas antes de sentarse a escribir. Dije que me encantaría que lo hiciera y esbozó una sonrisa leve, distraída. Mientras se ponía el abrigo, noté que estaba ensimismado, estaba en pleno proceso de escritura de un ensayo larguísimo sobre el cubismo checo para el catálogo de una futura exposición. Lo miré con cariño y alargué el brazo para acariciarle la cara. Se sobresaltó, salió de su abstracción, me cogió la mano y me la sostuvo mientras bajábamos las escaleras y salíamos al aire frío. Recuerdo que sentí una felicidad absoluta, recuerdo que no deseaba nada más. Del apartamento se llegaba al teatro con un paseo corto y lamenté que no estuviera más lejos, muchísimo más lejos, para que pudiéramos seguir caminando juntos y no llegar nunca.



  Pero enseguida estuvimos a una manzana del teatro. Tomas se detuvo y dijo: Me despido aquí. Y vi que algo se había desbloqueado en su mente, que ya estaba listo para volver al escritorio, y que el paseo en silencio y el aire frío le habían sentado bien. ¿Me acompañas hasta la cafetería?, pregunté y dijo que no con la cabeza, el café le gustaba tomarlo en casa, tenerlo a mano mientras trabajaba, eso yo ya lo sabía. Prefiero volver, dijo. Accedí con un gesto, le di un beso de despedida con cierta desgana y crucé sola la calle.

  Un ciclista se me cruzó, di un paso atrás y luego seguí, y a lo mejor porque esto me dejó desconcertada no vi a Xavier hasta que yo ya estaba llegando al otro lado de la calle. Estaba en la esquina con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y su aliento humeaba en el aire. Me miraba fijamente, por su postura me pareció que igual llevaba ahí un tiempo, que igual había observado el beso que le había dado a Tomas, el conato de choque con el ciclista.

KATIE KITAMURA - "Audición" - (2025)


Imágenes: Antonín Procházka

viernes, 23 de enero de 2026

PSILOCYBE OS HARÁ CÓSMICOS

 



Aquí tenemos a Psilocybe.

   Psilocybe, que se yergue, se alza sobre la tierra, no muy alto.

   Psilocybe parece poca cosa, el muy discreto. Pasa desapercibido. Un cuerpo flaco, esbelto, de una sola pieza; en lo alto, un simple sombrero marrón beis terroso, un poco desgastado por los bordes. Lo encontraréis a menudo cerca de un maizal o en una pradera, a resguardo del sol. Psilocybe, como todos los demás, se mantiene en la sombra. Y, como todos los demás, solo está ahí unos pocos días, después de la lluvia. Solo está de paso.

   Nada llamativo, Psilocybe. Nada que ver con Amanita muscaria y su sombrero rojo de lunares blancos, salida directamente de un cuento infantil.

   Pero las mata callando bajo esa apariencia de tipo común. Bajo la capa y el sombrero color tierra, pese a su corta estatura y su silueta filiforme, Psilocybe tiene las hechuras de un mago. Higrófano como es, su piel cambia de color según el clima. Si os empeñáis en cruzaros en su camino, ojo: sus poderes son diversos.

   Psilocybe no os concederá deseos de riqueza, no os ofrecerá la juventud eterna. Psilocybe no es ese tipo de genio benefactor. Actuará en vosotros según su propia voluntad, en la oscuridad, en la claridad o en el gris intermedio. No os dejará decidir casi nada.



   Con toda seguridad, os acelerará o ralentizará el corazón, os dilatará las pupilas. Es lo que suele hacer. Sin ningún género de duda, os hará experimentar la euforia y las lágrimas. No os mostrará nada suyo, más bien os hará ver dentro de vosotros mismos.

   Tal vez os enseñe a vuestros muertos, los que os precedieron. Vuestros muertos y también vuestra muerte próxima. Será aterrador o tranquilizador, imposible saberlo de antemano.

   Si tenéis un más allá, Psilocybe os lo hará tocar con los dedos. Os hará tutear a vuestro dios, a vuestros dioses.

   Si creéis en el tiempo de los relojes, en el tiempo regular, resuelto y rectilíneo de los relojes, Psilocybe lo volverá líquido y sinuoso como el arroyo, lo espesará, lo hará sólido, gaseoso, convertirá las horas en segundos.

   Si creéis en los contornos de vuestra persona, Psilocybe los abolirá. Psilocybe os amplificará, levantará las barreras aduaneras de vuestro diminuto ego, hará de vosotros un árbol entre los árboles. Olvidaréis lo que os distingue de la silla que os sostiene, del aire que os llena, de la lluvia que cae sobre vosotros, de la mosca que se os posa encima. Psilocybe os hará cósmicos.

   De todo esto es capaz, a pesar de sus escasos cinco o diez centímetros, a pesar de su apariencia de don nadie. De todo esto no decidiréis nada.

BENOÎT COQUIL - "Cositas" - (2023)


Imágenes: Bella Ormseth

martes, 20 de enero de 2026

HAMNET ES UN CHICO DESPIERTO

 



Hamnet es un chico despierto: en la escuela, entiende bien las lecciones del maestro. Comprende la lógica y el significado de lo que le explican y tiene buena memoria. Se le dan bien los verbos, la gramática, las conjugaciones, la retórica, los números y los cálculos, tanto que a veces despierta la envidia de sus compañeros. Pero también se distrae con facilidad. Si en clase de griego oye un carro que pasa por la calle, enseguida desatiende la pizarra y se pone a pensar en qué llevará el carro y en lo bien que se lo pasaron aquel día sus hermanas y él, cuando su tío los llevó a dar una vuelta en el carro del heno entre pinchazos y olor a hierba recién segada, y las ruedas arrastrándose al ritmo de los cascos de la cansada yegua. En las últimas semanas lo han azotado más de dos veces en la escuela por no prestar atención (su abuela ha dicho que si esto se repite una sola vez más, se lo contará a su padre). El maestro no lo entiende. Hamnet aprende rápidamente, recita de memoria, pero no pone la cabeza en la tarea.



   El aleteo de un pájaro en el aire puede hacerlo callar en mitad de una frase, como si el mismísimo cielo lo hubiera dejado sordo y mudo de un plumazo. Si ve por el rabillo del ojo que entra alguien en una habitación, puede dejar de hacer lo que sea —comer, leer, copiar los deberes— y quedarse mirándolo como si le trajera un mensaje muy importante solo para él. Tiene tendencia a escurrirse por los límites del mundo real y tangible para irse a otro sitio. Puede estar con el cuerpo en una habitación y la cabeza en otro lado, ser otra persona en un sitio que solo él conoce. Despierta, niño, le dice su abuela, chascando los dedos en sus narices. Vuelve, le dice al oído Susanna, su hermana mayor, tirándole de la oreja. Presta atención, le grita el maestro. ¿Dónde estabas?, le susurra su hermana Judith cuando por fin vuelve al mundo, cuando vuelve en sí, mira a uno y otro lado y ve que está otra vez en casa, a la mesa, rodeado por su familia, y que su madre lo observa casi sonriendo, como si supiera exactamente dónde ha estado.

MAGGIE O'FARRELL - "Hamnet" - (2020)


Imágenes: Steeven Salvat

sábado, 17 de enero de 2026

ES UNA EMANACIÓN NATURAL DE LAS PAREDES



Sucede así: ve al niño el primer día de venta de la casa, mientras limpia la cocina entre las visitas de dos clientes. Abre el grifo para aclarar el trapo y, al cerrarlo y darse la vuelta, se lo encuentra en una de las sillas. Tiene unos siete años, aspecto embobado y un uniforme de escuela marrón. No es una entelequia, sino un cuerpo tan real como la balda o el fregadero. A primera vista le produce el leve rechazo que siempre le ha producido la gente rica; ese aire teatral, de figurín, aunque suavizado por la infancia. Las manos reposan sobre las rodillas y lleva unos botines negros, sin calcetines, el flequillo le cae sobre la frente con una pulcritud distante. Parece un ladrón, un ladrón pequeño cuyo ideal secreto fuera ser admitido, pero no hace ningún intento por parecer simpático, ni por disculparse. Tras la primera sorpresa, sin poder determinar qué tiene de extraño, se concentra en su mirada. El niño parece tan familiarizado con el espacio que resulta absurdo preguntarle de dónde ha salido, es una emanación natural de las paredes, de ese aire repleto de polvo dorado en suspensión. Ni siquiera se mueve, como si esperara la merienda desde un tiempo remoto. Por su parte, ella no siente ningún miedo, solo un leve estremecimiento. Un abejorro de verano golpea el cristal desde el interior y durante unos segundos eso es lo único que ocurre: la insistencia del abejorro, la cocina vacía de una casa vacía, la sorpresa de una agente inmobiliaria de treinta y seis años ante un niño de siete que la observa. Un niño, lo descubre ahora, que no ha pestañeado una sola vez.

   Piensa que es una señal de que esta casa no se venderá nunca. Es como ese niño: demasiado refinada y poco práctica, una casa para ese tipo de ricos de mediados del siglo XX que privilegiaban la arquitectura racionalista sobre la comodidad y la ostentación. Hoy nadie estaría dispuesto a pagar tanto dinero por una casa que ni es cómoda ni muestra abiertamente el dinero que vale. Se lo dijo a su jefe de la inmobiliaria la primera vez que se la enseñó, que la casa era un hueso, que se iban a pasar meses enseñándola a estudiantes de arquitectura y al final la iban a dar por imposible. Ahora, tras una semana arreglando las dos plantas, el garaje y el jardín, estudiándose el dosier del arquitecto y dando instrucciones a los pintores para que la dejen impecable, esto. Casi está a punto de echarse a reír, pero hay algo en la mirada del niño que se lo impide. No es solo el anacronismo de su ropa; el hecho de que no pestañee le da a su mirada una condición neutralizante, como si todo lo que captaran esos ojos quedara inmediatamente impregnado de algo desnudo, reducido a un esquema elemental. Y sin embargo no es siniestro, aunque podría serlo, como un muñeco demasiado realista no es siniestro cuando se lo confunde con lo que parece pero sí cuando se descubre lo que es. Su misma presencia, a pesar de ser sólida, tiene algo inestable. También sus sentimientos hacia él son inestables.



   Es la primera vez que le ocurre algo así y, paradójicamente, no le produce la inquietud que había imaginado. Durante años, en otras casas, la sensación de ser observada a veces la ha llevado a caminar con el corazón en la boca hacia la salida, ahora este niño la mira sin pestañear y ella no siente ningún temor, solo un vago rechazo por sus privilegios.

   —¿Qué quieres? —le dice. Y como el niño no contesta, vuelve a preguntarle, casi de mal humor—: ¿Qué quieres?

   Entonces él hace ademán de levantarse y ella da un paso atrás. Todavía tiene en las manos los guantes de goma con los que ha repasado la cocina y eso le da un aspecto entre oficinista y empleada del hogar que hace sonreír al niño, o eso le parece a ella.

   —Escucha —continúa un poco absurdamente, como si hablara a un perro—, no puedes estar aquí, ¿entiendes? Van a venir unas personas.

   Piensa que tal vez, aunque lo está viendo, la distancia entre los dos es infinita, y eso le produce cierto alivio. Hay tantas formas de no responsabilizarse que esa no parece la peor de todas. Y sin embargo el niño sí reacciona. Se incorpora y alza la mano para despedirse. Ella hace lo mismo. Y en ese último instante, en el breve intervalo en que se da la vuelta y sale hacia el pasillo y ya no lo ve más, a ella le parece que en ese cuerpo diminuto hay una angustia animal, una angustia casi insoportable.

ANDRÉS BARBA - "El último día de la vida anterior" - (2023)


Imágenes: Lene Kilde

miércoles, 14 de enero de 2026

¿POR QUÉ ESTÁ SENTADO CON LA GENTE DE COLOR?

 



En un rincón alejado de la plaza, los negros estaban sentados en silencio bajo el sol comiendo sardinas y galletas saladas, entre los aromas, más intensos, de Nehi-Cola. El señor Dolphus Raymond estaba sentado con ellos.

   —Jem —dijo Dill—, está bebiendo de una bolsa.

   Efectivamente, el señor Dolphus Raymond parecía estar haciendo eso: dos pajitas amarillas iban desde su boca hasta las profundidades de una bolsa de papel marrón.

   —Nunca había visto a nadie hacer eso —murmuró Dill—. ¿Cómo no se le cae lo que hay dentro?

   —Dentro tiene una botella de Coca-Cola llena de whisky —se rio Jem. Lo hace para no alarmar a las señoras. Le verás dando sorbos toda la tarde, se irá durante un rato y volverá a llenarla.

   —¿Por qué está sentado con la gente de color?

   —Siempre lo hace. Le caen mejor que nosotros, creo. Vive solo cerca de los límites del condado. Tiene una mujer de color y muchos hijos mestizos. Te enseñaré a alguno de ellos si los vemos.

   —Él no parece gentuza —dijo Dill.

   —No lo es. Es dueño de toda una ribera del río, y proviene de una familia verdaderamente antigua.



   —Entonces, ¿por qué hace eso?

   —Así es él —dijo Jem—. Dicen que nunca se recuperó de su boda. Iba a casarse con una de las señoritas de los… los Spender, creo. Iban a celebrar una gran boda, pero no lo hicieron… Después del ensayo, la novia subió a su cuarto y se voló la cabeza. Con una escopeta. Apretó el gatillo con los dedos del pie.

   —¿Y llegaron a saber por qué?

   —No —dijo Jem—, nadie llegó a saber el motivo salvo el señor Dolphus. Dicen que fue porque ella descubrió que tenía una mujer de color, y él pensaba que podría seguir con ella y también casarse. Desde entonces ha estado medio borracho. Sin embargo, es muy bueno con esos niños…

   —Jem —le pregunté—, ¿qué es un niño mestizo?

   —Mitad blanco y mitad de color. Tú los has visto, Scout. Ya conoces a ese de pelo rojizo y rizado que reparte para la droguería. Es mitad blanco. Son realmente tristes.

   —¿Tristes? ¿Y eso?

   —No pertenecen a ninguna parte. La gente de color no los quiere porque son medio blancos; la gente blanca no los quiere porque son de color, de modo que están entre medias y no pertenecen a ninguna parte.



   Dicen que el señor Dolphus envió a dos al norte, porque allí no les importa. Un niño pequeño, cogido de la mano de una mujer negra, caminaba hacia nosotros. A mí me parecía totalmente negro: era de un intenso color chocolate, tenía la nariz ancha y hermosos dientes. A veces daba saltos alegremente, y la mujer negra tiraba de su mano para que se estuviera quieto.

   Jem esperó hasta que hubieron pasado.

   —Ese es uno de esos pequeños —dijo.

   —¿Cómo puedes saberlo? —preguntó Dill—. A mí me parece negro.

   —A veces no se puede saber, no a menos que sepas quiénes son. Pero él es mitad Raymond, seguro.

   —Pero ¿cómo puedes saberlo? —insistí.

   —Ya te lo he dicho, Scout, tienes que saber quiénes son.

   —¿Y cómo sabes que nosotros no somos negros?

   —El tío Jack Finch dice que en realidad no lo sabemos. Dice que hasta donde ha podido rastrear a los Finch, no lo somos, pero, que por lo que él sabe, bien podríamos provenir directamente de Etiopía en tiempos del Antiguo Testamento.

   —Bueno, si provenimos del Antiguo Testamento, ha pasado ya mucho tiempo y no importa.

   —Eso pensé yo —dijo Jem—, pero por aquí, cuando tienes una gota de sangre negra, eso te hace completamente negro. Eh, mirad…

HARPER LEE - "Matar a un ruiseñor" - (1960)


Imágenes: CreativeSoul Photography