—Si me permite —dijo Strange—, para empezar, me gustaría hacerle unas preguntas. Confieso que lo que el otro día le oí decir a propósito de los duendes y demás seres sobrenaturales me dejó perplejo, y si no fuera mucho pedir, le rogaría que me hablara de esa cuestión. ¿A qué peligros se expone un mago al utilizarlos? ¿Y qué opinión le merece su utilidad?
—Su utilidad se ha exagerado mucho y el peligro se ha minimizado.
—Entonces ¿cree que los duendes son demonios, como piensan algunos?
—Al contrario, estoy seguro de que la opinión general que se tiene de ellos es la acertada. ¿Conoce los escritos de Chaston al respecto? No me sorprendería que Chaston se hubiera acercado mucho a la verdad. No; mi objeción a los duendes responde a otro concepto. Dígame, ¿por qué cree que la magia inglesa depende, o parece depender, en tan gran medida de la ayuda de los seres sobrenaturales?
Strange reflexionó un momento.
—Seguramente porque toda la magia inglesa arranca del Rey Cuervo, que fue educado en una corte feérica, donde aprendió su magia.
—Estoy de acuerdo en que el Rey Cuervo es la causa, pero no en el sentido que usted supone. Tenga en cuenta, señor Strange, que, mientras gobernaba Inglaterra del Norte, el Rey Cuervo también regía un país de duendes. Tenga en cuenta que nunca hubo otro monarca que reinara sobre dos razas tan distintas. Tenga en cuenta que era tan gran rey como mago, circunstancia que casi todos los historiadores tienden a pasar por alto. No me cabe duda de que su mayor preocupación era unir a sus dos pueblos y que, a fin de realizar esta tarea, exageraba deliberadamente el papel que hadas y duendes desempeñaban en la magia. Con ello fomentaba entre sus súbditos humanos la estima hacia las criaturas sobrenaturales, proporcionaba a estas una ocupación útil y hacía que cada pueblo deseara la compañía del otro.
—Sí —dijo Strange, pensativo—. Comprendo.
—Yo creo que hasta los más grandes aureates se equivocaban al calcular la medida en que hadas y duendes son necesarios en la magia de los humanos —prosiguió Norrell—. ¡Fíjese en Pale! Consideraba a sus criados duendes esenciales para la práctica de su arte, y llegó a escribir que sus mayores tesoros eran los tres o cuatro espíritus que habitaban en su casa. No obstante, yo soy el ejemplo de que casi todas las clases de magia respetables son perfectamente posibles sin ayuda de nadie. ¿He hecho yo algo que precisara la ayuda de un duende?
—Lo comprendo —dijo Strange, imaginando que la pregunta de Norrell era retórica—. Y confieso que esa idea es nueva para mí. No la he visto en ningún libro.
—Yo tampoco. Desde luego, hay clases de magia totalmente imposibles sin los duendes. Habrá ocasiones, y confío de corazón en que sean pocas, en que usted y yo tendremos que tratar con criaturas perniciosas. Por supuesto, será necesario obrar con la mayor precaución. Es casi seguro que cualquier duende que invoquemos ya habrá tratado con magos ingleses y estará ansioso por recitar los nombres de todos los grandes magos a los que ha servido y los servicios que ha prestado a cada uno de ellos. Entenderá las fórmulas y los procedimientos de esas relaciones mucho mejor que nosotros. Eso nos sitúa (nos situará) en desventaja. Puede estar seguro, señor Strange, de que en ningún sitio se conoce la decadencia de la magia inglesa mejor que en las Otras Tierras.
—No obstante, esas criaturas ejercen gran fascinación en el común de las gentes —observó Strange, meditabundo—. Quizá si de vez en cuando emplease usted a alguna en su trabajo, eso ayudara a hacer nuestro arte más popular. Existen todavía muchos prejuicios contra el uso de la magia en la guerra.
—¡Oh, por supuesto! —exclamó Norrell airadamente—. ¡La gente cree que sin hadas ni duendes no puede haber magia! Para nada se toma en consideración la habilidad y la ciencia del mago.
SUSANNA CLARKE - "Jonathan Strange y el Sr. Norrell" - (2004)
























