El doctor Gabriel Palou no podía dejar de establecer la relación y tenerla presente mientras aquella mañana atendía con normalidad a sus obligaciones como Jefe de Servicio de la séptima planta. Con independencia de la noticia que lo había cogido desprevenido, el doctor Palou era particularmente sensible al tema de la muerte. Constituía una humillación permanente, que a pesar de los años de profesión no había logrado neutralizar. Como médico optaba a ojos cerrados por la vida. La defendía encarnizadamente con los medios que le procuraba el ejercicio de la medicina. Su vocación era clarísima desde el día en que presenció, a los siete años, cómo el doctor Mestres Esplà intentaba en vano reanimar a su padre, inconsciente a causa de una angina de pecho.
Desde entonces hasta ahora la práctica continuada le había enseñado a aceptar las derrotas. Eran las reglas que el juego imponía. Pero cuando la muerte rehusaba, el combate cara a cara y saltaba de improviso como una hiena ávida de carroña, entonces el doctor Gabriel Palou se sentía personalmente afectado. Alimentaba la idea peregrina de que convenía rebelarse ante la injusticia que la muerte encarnaba. ¿Cómo se planteaba el reto?
«Palabras y nada más que palabras —alegaba Eli—. Parece mentira que la teoría de la rebelión la defiendas precisamente tú. Te consta que no hay nada que hacer cuando llega la hora».
Se ahorraba decirle a Eli que, ciertamente, las palabras sin sentido ocultaban el miedo que se derivaba de la impotencia. La muerte lo aterrorizaba y desde hacía quién sabe cuánto no sólo evitaba el tema con Eli, sino que seguía su recomendación de no pensar en ello. Por lo tanto no quería pensar que Claris estuviera muerta. Ni se le ocurrió asistir al sepelio. Se fue convenciendo, a lo largo de todo aquel día, de que el mejor sistema de olvidar la muerte de Claris era intentar no evocar su recuerdo.
Se le ocurrieron abundantes argumentos para apoyar semejante decisión, todos ellos de lo más elemental: la vida proseguía su ritmo inalterable; él se sentía prodigiosamente vivo, sobre todo cuando se contrastaba, si bien transitoriamente, con la negación que llevaba implícita la muerte; disfrutaba de una etapa espléndida en el terreno profesional; aún tenía por delante un futuro que con dedicación y un poco de suerte podía ser magnífico; había creado una familia que no presentaba fisuras, etc. Por otra parte, si en el transcurso de los últimos veintisiete años sólo muy raramente Claris había emergido en su memoria, siempre de manera fugaz y acompañada de un signo de interrogación que apenas lo mantenía unos minutos en suspenso, era absurdo que ahora se atormentase por el hecho de saber que Claris ya no existía.
ROBERT SALADRIGAS - "Claris" - (1990)






















