Pesan los años entre cuatro paredes con desconchones. Y si uno entra con veinte parece que sale con cuarenta, aunque salga con veintitrés. Ese tiempo estuvo el cojo Grabiel metido en el penal de Guadix: tres añicos enteros con sus veranos y sus Pascuas. Ni rastro quedó del zagal que era Grabi antes de esos tres años de fatigas.
El cojo Grabiel no era cojo.
Aunque su padre sí. Y se quedó con el cojo Grabiel para toda la vida. Era un hombre guapo. Arrugao por el sol. De zagalico se le veía por los alijares. Retorcío como un olivo viejo, recogía judías y berenjenas con el desgraciao de su padre. Otras veces ayudaba con el tropel de ovejas de un tío suyo que era pastor y al que mató un rayo. O doblando el lomo como un peón caminero de los que cultivan cebada.
A los dieciocho se le hincharon los cojones de tanto sol y tanta espalda reventá y tanta mierda oveja y se fue a Almería con su compadre Rojo el Alparguetero y una escopeta de cañones recortaos.
Pegaban dos hostias, cuatro tiros al aire y salían por la puerta de donde fuera con una bolsa de Deportes Trevenque llena de billeticos ricos. Cuatro tiros al aire y una bolsa con buenos jurdeles que olían a colonia de señora y a cabello de ángel. Para fundírselos en vinazo, gambas rojas de Garrucha, una furgoneta o en la casa la Petro, que era la que mejores gachís tenía.
Les daba igual.
Podía ser un banco en Carboneras, una fonda de un pueblico de esos de interior llenos de degraciaos sin dientes a los que no iban a volver a ver nunca, algún cortijo de un señoritingo cabrón, y una vez una furgoneta con dos despistados de Barcelona que nadie sabe qué hacían por estas tierras secas. Ya no creo que vuelvan después del mal rato que pasaron, le dijo Rojo el Alparguetero al cojo Grabiel partiéndose el culo de risa y empinando otra. Echa ahí ese anís y ponte unas olivas, copón.
Les gustaban tela los coches.
Los arrancaban sin usar la llave. Rápido y ligero: juntaban dos cables pelaos y eso prendía candela que daba gusto. Quemando rueda por las calles de los pueblos. A veces por los caminos del desierto. Levantando una polvareda que parecía una tropilla de caballos moros. Ahí van los tropilleros, bromeaban los viejos y los niños. Los tropilleros pacá, los tropilleros pallá y la Guardia Civil hasta el cipote de los tropilleros, ni que fueran Robinjú, me cago en sus muertos, que han dejao ciego de un ojo al dueño de una joyería de Baza, capital de comarca, que es medio cuñao del gobernador civil, me cago en sus muertos los tropilleros.
Les pirraban los coches.
El Renault 8 el que más. Eso de que era el coche de las viudas era una mentira como una casa. Quien decía eso no había escuchado el rugido de aquel Renault. Gobernado por el Grabiel dándole misto parecía igualico que un animal salvaje en una jungla como las de Sandokán. Qué rugido. Como un tigre agazapao. Alerta. A punto de atacar.
A veces el Grabiel se levantaba él solo uno de esos Renaults por el gusto que le daba escucharlo.
Lo llevaba hasta mitad de un campo seco y allí se quedaba el cojo. Los ojos cerrados y el motor encendío: y venga a darle runrún. Y venga a darle mecha para escuchar el motor, que lo iba adormilando poco a poco. Para él era tan bonito ese runrún como el rumorcillo de las olas en la playa de las Negras. Tan profundo como el levante soplando entre las chumberas. Igualico a aquellas veces, pocas, en que, siendo zagal, se echaba la siesta en el bancal y pasaba una cascada de golondrinas camino de vete a saber dónde. Qué suerte tienen que se van de aquí, pensaba el zagal que una vez fue el cojo.
Luego Grabiel dejaba el coche arrumbiao de cualquier manera en una rambla. A su suerte. Como abandonan los pastores a los perros.
FERNANDO NAVARRO - "Malaventura" - (2022)

























