Fue alumno mío. Hará unos veinte años. En una clase con distintos niveles. En primaria.
Era realmente alto. Mucho más alto que los de su edad. Incluso, diría, más alto que su madre. Pero puedo estar equivocada. Daba esa impresión. Era robusto para un chico de su edad. Ancho de espaldas. Realmente corpulento. Pero sobre todo, repito, realmente alto.
No, no acabó la primaria. La cosa, cómo decirlo, la cosa se torció. No por él, qué va, al fin y al cabo con él era todo bastante fácil. Por su madre. No quiso aceptarlo. No quiso seguir nuestros consejos. Rechazó el programa que le propusimos, el que suele aplicarse en estos casos. Se cerró en banda, obstinadamente. A partir de entonces, dejamos de verlo. No volvió nunca más a clase.
No, no le gustaba la escuela. Bueno, tampoco es que no le gustara. Digamos, más bien, que tenía miedo de los otros niños. Y creo que de mí, también. Tenía auténtico miedo —al menos yo lo interpretaba así, por cómo reaccionaba algunas veces—. Lo tenía sentado al final de la clase, completamente solo. Para él era importante estar solo. Y así lo habíamos acordado con los demás alumnos.
No se le acercaban, respetaban su soledad. Incluso yo intentaba aproximarme a él lo menos posible. Si lo dejábamos al final de la clase, solo, si nos olvidábamos de él —o sea, si fingíamos olvidarnos de él—, todo resultaba más sencillo. Y de verdad que habríamos podido olvidarnos de él. No hacía ruido, no decía nada. Nunca le oí pronunciar una sola palabra. Supongo que sería algo de nacimiento. Pero siempre ha sido complicado conseguir información al respecto. Lo más curioso era que, si nos acercábamos a él, se ponía a gruñir. A gruñir como un perro —sí, lo siento, ya sé que suena fatal, pero esa era la sensación que daba, la de un perro—. Si nos acercábamos, gruñía. Así que retrocedíamos. Para que se calmara. Pero también como acto reflejo, para protegernos. Retrocedíamos como ante un perro —me sabe mal decirlo de manera tan cruda, pero esa era la impresión que daba realmente—. En cuanto nos alejábamos, se calmaba. Era como si necesitara un perímetro de seguridad. Había unos límites que no podíamos franquear. Si nos acercábamos demasiado, parecía interpretar nuestra presencia como una intromisión. Como una provocación.
VIOLAINE BÉROT - "Como bestias" - (2021)




















