La dueña de la pensión —a quien, por razones nobiliarias prefiero llamar Regenta y así seguirá denominándose durante la eterna minoría de edad del inexistente rey— era una madre para todos ellos.
Tenía dos ojos de vidrio, Doña Clota en pantuflas. Dos ojos de vidrio y, sin embargo, veía perfectamente. A toda hora, invierno y verano, usaba desabillés acolchados y polícromos, sobre cuyas desgastadas superficies habíanse aglutinado inmundas y diminutas borlas. Qué incomparable su rodete de reina. Con seguridad primero vino al mundo su rodete, y luego la mujer. Aquí estaba su potencia, el secreto de su fuerza. Nadie lo sabía, pero, si un accidente la hubiese privado de esa verdadera torre, se habría producido no sólo el derrumbe psicótico, sino además la caída física de toda la pensión de Usher. Allí, pues, como una tabla esmeralda, estaba depositado su secreto filosofal. Sansón y los filisteos, como quien dice.
La vieja, por épocas, procedía como si una expansión de su inquilinato fuese análoga al problema de agregar más compartimientos a la Gran Pirámide. Ya Faraona, pues, con la corona de los Dos Reinos sobre su cabeza y una barba postiza bien pegada por si alguien dudara de sus atributos masculinos, empuñando el garfio que detiene y encucha y el látigo que castiga si no le gusta vayasé, cual otro Kheops ordenaba a sus egipcios y nubios el pulido y traslado de nuevos bloques.
ALBERTO LAISECA - "Aventuras de un novelista atonal" - (1982)





















