Marianne se había dormido cuando sonó el teléfono, sumergida en una urdimbre de sueños pálidos que tamizaban la luz del día y la estridencia de las voces sintéticas de un dibujo animado japonés en la televisión –más adelante vería en ello alguna señal, pero en vano: cuanto más avivaba el recuerdo, más se disolvía el ensueño, no extraía nada tangible de él, nada que pudiera conferir un sentido a esa conmoción que tenía lugar a treinta kilómetros de allí, en el mismo momento, en el lodo de los caminos–, y no cogió el teléfono ella sino su hija Lou, siete años, que entró corriendo en su habitación porque no quería perderse una imagen de lo que estaba mirando en el salón, y que se limitó a pegar el teléfono al oído de su madre para luego salir con la misma celeridad, por lo que la voz que salía del auricular se tejía con los sueños de Marianne, subía de tono, insistente, y al final sólo al oír aquellas palabras por favor, contésteme: ¿es usted la madre de Simon Limbres? se incorporó Marianne en la cama, el cerebro activado de pronto por el miedo.
Debió de gritar muy fuerte, lo bastante desde luego para que la niña reapareciese, lenta y seria, los ojos como platos, y se quedase paralizada ante la habitación, la cabeza apoyada en el marco de la puerta, la mirada fija en su madre, que no la ve sino que jadea como un perro, gestos precipitados y rostro contraído, golpetea su móvil para llamar a Sean, que no se pone –ponte, ponte joder–, su madre que se viste aprisa y corriendo, botas altas, amplio abrigo, bufanda, y sale disparada hacia el cuarto de baño para rociarse la cara con agua fría, pero ninguna crema, nada, cuando, alzando la cabeza del lavabo, se cruza con su mirada en el espejo –iris gélidos bajo los párpados hinchados, como tumefactos por un golpe, ojos Signoret, ojos Rampling, el rayo verde a ras de las pestañas–, impresionada al no reconocerse, como si hubiera comenzado ya a desfigurarse, como si fuera ya otra mujer: un retazo de su vida, un retazo macizo, aún caliente, compacto, se despega del presente para bascular a un tiempo pasado, para caer, y desaparecer. Vislumbra desprendimientos, corrimientos de terreno, fallas que seccionan el suelo a sus pies: algo se cierra, algo se sitúa fuera ya de su alcance –un trozo de acantilado se separa de la meseta y se desploma en el mar, una península se arranca poco a poco del continente y deriva hacia mar adentro, solitaria, la abertura de una caverna maravillosa queda de repente obstruida por una roca–; el pasado se ha agrandado de golpe, ogro engullidor de vida, y el presente es un simple y delgadísimo umbral, una línea más allá de la cual no existe ya nada conocido. El timbre del teléfono ha quebrado la continuidad del tiempo, y ante el espejo donde se fija su imagen, las manos aferradas al lavabo, Marianne se queda paralizada de la impresión.
MAYLIS DE KERANGAL - "Reparar a los vivos" - (2013)


























