Últimamente cuando se metía en la cama y echaba un vistazo rápido a su alrededor se decía que una cama doble era una tontería si estaba sola y no se colocaba en medio. Se estaba planteando comprarse una cama individual y ganar espacio en la habitación. Mejor encontrarse allí con una planta o un sillón para leer que con el recuerdo de un lugar incompleto que solo funcionaba a medias. Para ella, las costumbres adquiridas eran complicadas de alterar, y todavía dormía en el lado derecho como cuando compartía cama con Biel, junto a la ventana, lado mar. Ocupaba un espacio mínimo. Al levantarse cada mañana, la otra mitad permanecía intacta. Después de cinco años y medio, ya había perdido la costumbre de palpar el lado izquierdo vacío. Ya no se levantaba sobresaltada cada mañana por el hecho de reconocer que era una persona separada. Había conseguido colocar eso en su sitio. Lo aceptaba. Según cómo, incluso le gustaba.
Y sin embargo, esa noche, cogió el libro que estaba leyendo de encima de la mesilla, unas memorias de Lucia Berlin con una selección de cartas y fotografías, y subrayó este fragmento en el que la escritora describe a uno de sus maridos: «Buddy se sabía divertir. Lo hacía tan bien. Disfrutaba de la gente y de la música, de los libros y de los cuadros. Sus siguientes obsesiones fueron la cultura y la historia de los indígenas americanos, la fotografía y volar. Ah, y nosotros tres». Levantó la vista del libro y se le llenó la mirada de nostalgia. Tragó saliva. Hacía una semana, cuando los niños habían vuelto de casa de su padre, le habían dado la noticia desde el recibidor, con gritos de entusiasmo, de que tendrían un hermanito. Clara estaba embarazada. Ella se los había quedado mirando con los ojos muy abiertos y expresión de sorpresa mientras seguía removiendo el sofrito para la pasta. Se alegró delante de ellos y, a continuación, mientras iba recogiendo las cosas que sacaban de las mochilas y dejaban esparcidas por todas partes, tuvo que convencerse de que todo estaba bien.
Sintió cómo se formaba un nudo en su interior que no sabía de qué estaba hecho. Recordó que unos años atrás a ella también le había parecido que llegados a aquel punto de desencanto lo mejor era separarse. La tiranía de la monotonía afianzada. Ninguna estrategia nueva que pudiera volver a inyectar en ellos emoción e ímpetu a los días. Como casi todo el mundo que conocía de una edad similar a la suya, había perdido el interés en el matrimonio. Incluso la palabra le sonaba totalmente obsoleta. Había sido cosa de los dos, como si cada uno hubiera estado esperando a que el otro abordara la cuestión. Ya no recordaba quién había dado el primer paso, quién había autorizado aquel movimiento.
MARTA ORRIOLS - "Al otro lado del miedo" - (2025)





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