Desapegos y otras ocupaciones.

viernes, 28 de agosto de 2026

CADA RINCÓN ERA UN EXTRAÑAMIENTO

 



Los amigos no me dejaron volver a casa durante muchos días pero tarde o temprano tenía que suceder y el piso entero era una gran pregunta, cada objeto me miraba espantadísimo de ausencia y cada rincón era un extrañamiento, nada de aquello tenía derecho a existir sin André, era necesario revelar a cada cojín que de ahí en adelante ya no existiría su abrazo, a las toallas, a las sábanas, era necesario explicárselo a nuestras bebidas guardadas, era necesario que yo me quedara paralizada al descubrir nuevos detalles de André, detalles que me asaltaban, André muerto de repente y revelándome una obsesión por acumular pasta de dientes, por guardar calcetines dentro de los zapatos, es menester que el apartamento muera con él, no se puede permitir que sobreviva porque todo adquiere un aire fantasmagórico, las paredes, las escuadras, yo, el vértigo de las ventanas las plantas deshojadas los tallos encrespados los tiestos agrietados deshaciéndose en avalanchas de tierra seca. La espalda de su camisa vestida sobre los hombros de la silla.



   El apartamento y yo tuvimos que presentarnos de nuevo, esta soy yo, soy yo sin André, ya, yo tampoco me reconozco, no sé cómo será, y tú también estás distinto, ya no tienes música, los culantrillos no han resistido, tienen muchas manías, lo siento mucho, no se me dan bien, él nunca me explicó lo que necesitaban. Conversé con el apartamento, el sol del salón calentando la mitad de mi rostro, yo me llamo Ana, si haces el esfuerzo te acordarás de mí, querido hogar, yo solía reír mientras me duchaba, ¿te acuerdas? Me ponía más champú de la cuenta en la mano y apretaba el bote encima del excedente para que hiciera vacío y lo absorbiera, y a mí eso me parecía la bomba, siento mucho no estar sabiendo vivir en ti, pero mira, tú tampoco me estás ayudando, esa corriente que de pronto vuelca un vaso de encima del fregadero, el alboroto como metralla dentro de mi soledad, como si pudiera haber alguien en la cocina, no debes hacer esos simulacros, el ascensor vacío no puede pararse en esta planta como si fuera André llegando, tienes que dejar de abrir en mi mesilla de noche los libros que él subrayó, no puedes matar una por una las plantas que no saben vivir sin él, tenemos que aprender, ¿entiendes?

MARIANA SALOMAO CARRARA - "Si no fuera por las sílabas de los sábados" - (2022)


Imágenes: Kenny Harris

martes, 25 de agosto de 2026

COMO UN TIGRE SIN HAMBRE



Ella entró así, entonces, atraída por esa música que era como una catedral hecha de descartes atraídos a su vez por una mosca. La vi entrar y me pasó lo que a tanto negro: me gustó por alta, por rubia, por musculosa, por llevar la ropa de lino con la elegancia con la que Aquiles llevaría la bandera griega cabalgando una yegua negra acerada a la orilla del mar azul profundo de Troya, quiero decir que me gustó y se me armó de atardecer en el mar con poema rosa y con música de fondo, con otra, no con la de la catedral-mosca, con una música de esas que ponen en las comedias románticas cuando lo que se va a precipitar es un intercambio de fluidos cuya inminencia seguramente se venía sosteniendo o más bien inflando capítulos y capítulos como un globo cada vez más lleno de flujos con ganas de estallar mezclados: le flameaban las pilchas de lino a la chica y ella avanzaba ligera y fuerte, como un tanque ultraliviano, como un tigre sin hambre, como una Napoleona de vacaciones en Cancún, como Walt Disney navegando hacia un glaciar, como un misil que atraviesa la atmósfera certero pero apenas arañándola como si fuera un barquito y no un arma de destrucción masiva. Algo de eso tenía Elena: algo de barquito de papel con torpedera. Para mí, claro, que podría decirse que me enamoré en cuanto la vi. Y no solo para mí, para muchos que no se le enamoraban también pero de eso voy a hablar después.

GABRIELA CABEZÓN CÁMARA - "Romance de la negra rubia" - (2014)


Imágenes: Patrick Cabral

sábado, 22 de agosto de 2026

ELLOS NO ADVIRTIERON NADA EXTRAÑO



Mientras regreso a la cama, los miro alternativamente, pero soy incapaz de descifrarlos.

   —¿El senador está fuera? —pregunto.

   —Anna, el senador no es un problema —contesta Hollinger en tono paternalista. Aparta la vista de la ventana y me mira largamente, como si quisiera decirme algo que no puede—. Voy a hablarte de lo que sucedió esa noche.

   Asiento, sin entender realmente a qué se refiere con esa noche.

   —Todo irá bien —me anima la doctora Katz.

   Hollinger inspira profundamente antes de empezar.

   —Oliver Cohen, el hijo del senador Cohen, era tu novio. Te invitó una noche a la casa de la familia, donde ocurrió la tragedia que le costó la vida. El senador y su esposa tenían un compromiso, así que se despidieron de vosotros y os dejaron solos. Ellos no advirtieron nada extraño, al igual que el resto de las personas que te vieron ese día. El consenso general es que erais una pareja que no discutía ni tenía mayores problemas; os conocíais desde hacía menos de un año, así que es probable que todavía no hubiera tensiones entre vosotros.

   Mientras el comisario habla, repito en mi cabeza el nombre de Oliver Cohen una y otra vez. No hay ningún rostro asociado a ese nombre, ni recuerdo alguno. Nada.

   —¿Qué sucedió?

   —La casa de la familia Cohen tiene un sistema de cámaras, así que las pruebas eran muy claras. Estabais en la cocina. A Oliver Cohen le gustaba cocinar y esa noche te preparó tu comida favorita. Tú estabas sentada en la isla, donde había una botella de vino que os bebisteis casi completamente.



   —Lasaña —digo de repente.

   Hollinger y la doctora Katz se miran.

   —Lasaña es mi comida favorita.

   —Exacto —dice Hollinger—. La lasaña ya estaba en el horno y Oliver Cohen fue hasta donde tú estabas sentada y empezó a besarte. Primero en la boca, después en el cuello. No sabemos si él te dijo algo al oído, pero lo que se observa en la grabación es cómo en ese momento tú tenías los ojos cerrados y de repente los abres, sobresaltada. A continuación cogiste un cuchillo del soporte que estaba a tu lado.

   Un escalofrío me recorre el cuerpo.

   —¿Lo maté?

   Hollinger suspira.

   —Me temo que sobre eso no hay duda —dice el comisario—. Lo apuñalaste primero en el costado y luego repetidas veces cuando él cayó al suelo. Parecías bajo algún tipo de emoción violenta. No sabemos qué lo desencadenó. Diez minutos después saliste de la casa, manchada de sangre y en estado de shock. Una vecina te asistió y avisó a la policía.

   —No puede ser —digo—. Tiene que haber una explicación. Tuvo que haberme hecho algo antes, tengo golpes en el cuerpo.

   Exhibo mis brazos a modo de prueba.

   Otra vez las miradas suspicaces.

   —¡¿Qué?! —digo levantando el tono de voz—. ¿Doctora?

   —Anna, eso sucedió hace poco más de dos años —dice la doctora Katz con calma—. Estamos en el año dos mil veintidós.

FEDERICO AXAT - "El día de mi muerte" - (2025)


Imágenes: Francesco Pirazzi

miércoles, 19 de agosto de 2026

MEZCLA DE MARAVILLA Y PRESENCIA INEXPLICABLE



 Había llegado a Stanford después de que las olas de su novela debut la arrojaran a las playas de cierto prestigio impetuoso, en un momento en el que ser “mujer y de color” constituía, en el vademécum del racismo bondadoso de Estados Unidos, una forma de capital. Las universidades compartían valores esenciales con los zoológicos clásicos, donde la diversidad marcaba su atracción y prestigio; en su rol de latina sobreeducada en plena administración Trump, Mona experimentaba su sereno cautiverio como una forma de libertad. A todos los doctorandos se les preguntaba, al ingresar, por su ethnicity: Mona había clickeado, debajo de Hispánica, Indígena y debajo había tipeado Inca, pensando que anclar su persona a un brutal y exquisito imperio del que tan poco se sabía era el antifaz ideal para el baile de máscaras tribales de la universidad. Aunque había nacido en Perú, en cualquier otra circunstancia le hubiera parecido delirante asumirse de ascendencia incaica, así como tampoco hubiera dicho de sí misma, antes de llegar a Estados Unidos, que era una “persona de color”.



  Tenía el glamour de ser un animalito en extinción, como si su misterioso ADN fuera una lujosa diadema nacarada y la universidades elite fueran arcas masivas navegando el diluvio de Estados Unidos, llevando heroicas su misión de albergar dos de cada, aunque en rigor Mona se sentía más bien una sirena, mezcla de maravilla y presencia inexplicable cuyo destino real era vivir bajo el agua, flotando junto a los muertos. Por lo demás, no podía evitar sentirse una observadora
externa, una sirena turista: todo el asunto le parecía una burocracia más o menos pintoresca, y la elección de subtipos raciales debajo de hispánica era obligatoria.

POLA OLOIXARAC - "Mona" - (2019)


Imágenes: Alejandro Aguilar Canela

domingo, 16 de agosto de 2026

SUPE QUE ERA ELLA LA QUE YO HABÍA ESTADO ESPERANDO



Cuando ella regresaba del internado y pasaba alguna temporada en la ciudad, solía verla casi todos los días porque la casa en la que vivía estaba justo enfrente del anexo del ayuntamiento. Salía y entraba con su hermana pequeña, acompañada a menudo de otros chicos jóvenes, cosa que, como es lógico, no me agradaba. Cuando las carpetas y los libros me daban un respiro me ponía de pie junto a la ventana y miraba sobre la carretera esperando encontrarla. A última hora de la tarde lo consignaba en mi diario de notas, al principio con una X y luego, cuando supe su nombre, con una M. También la vi en la calle varias veces. En una ocasión estuve justo detrás de ella en una cola en la biblioteca pública de Crossfield Street. No me miró ni una sola vez, pero pude observar su cabeza por detrás y su pelo recogido en una larga coleta. Era muy pálido y sedoso, como los capullos de Burnet
[1]. Siempre llevaba el pelo recogido en una única coleta que casi le llegaba hasta la cintura y que a veces le caía por la espalda, otras de lado y otras por delante. Hubo sólo una ocasión, antes de que viniera aquí como mi huésped, en la que tuve el privilegio de vérselo suelto. Era tan hermoso que casi me dejó sin respiración; parecía una sirena.



   Hubo también otra ocasión, un sábado libre, en que fui al Museo de Historia Natural y regresamos en el mismo tren. Se sentó a tres filas de distancia de donde yo estaba sentado y en el mismo lado y se puso a leer un libro. Pude observarla durante treinta y cinco minutos. Siempre que tenía ocasión de observarla tenía la sensación de estar atrapando un ejemplar muy raro, de que mis movimientos debían ser muy cautelosos. Tenía siempre el corazón en la boca, como suele decirse. Una amarilla pálida[2], por poner un ejemplo. Siempre pensé en ella de esa forma; utilizando palabras y formas esporádicas y elusivas, y muy refinadas también…, no como las otras, ni siquiera las hermosas, palabras de verdadero conocedor.

   El año que todavía iba al colegio no sabía quién era, sólo que su padre era el doctor Grey y que una vez escuché por casualidad en una de las reuniones de la Sección de Insectos algo acerca de que su madre bebía demasiado. El comentario consistía en que alguien la había visto en una tienda y que tenía todas las señales típicas de la gente que bebe; la voz pastosa, demasiado maquillaje, etc.



   En fin, luego apareció aquello del periódico local en donde se decía que había ganado una beca y lo inteligente que era, y también su precioso nombre: Miranda. Así fue como me enteré de que vivía en Londres y de que estudiaba arte. Aquel pequeño artículo marcó un antes y un después. Fue como si de pronto nos hubiésemos vuelto íntimos, aunque, por supuesto, ni siquiera nos conocíamos en la realidad.

   No podría decir qué fue lo que sucedió exactamente, pero desde la primera vez que la vi supe que era ella la que yo había estado esperando. No estoy loco, por supuesto, ya entonces sabía que era un sueño inalcanzable, y habría seguido siéndolo si no hubiese sido por el dinero. Solía fantasear con ella, imaginaba episodios en los que nos conocíamos de pronto, situaciones en las que yo me comportaba de una manera admirable, me casaba con ella y todo eso. Nada de cosas desagradables, eso no sucedió hasta lo que explicaré luego.

   Ella pintaba sus cuadros y yo cuidaba de mi colección (hablo de mis fantasías). Ella me amaba tanto a mí como a mi colección, no dejaba de dibujarlas y colorearlas y los dos trabajábamos juntos en una habitación de esas casas modernas que tienen unos ventanales enormes. Íbamos juntos a las reuniones de la Sección de Insectos y en vez de estar callado por temor a equivocarme y hacer el ridículo, los dos hablábamos mucho y éramos de lo más populares. Ella estaba preciosa con su pelo rubio platino y sus ojos grises, y el resto de los hombres, por supuesto, estaban verdes de envidia.



   Sólo había cierta situación en la que no tenía bonitos sueños con ella; cuando la veía con cierto joven, el típico gallito de colegio de ricos con coche deportivo. Recuerdo una ocasión en la que estaba a su lado en el Barclays esperando para hacer un ingreso y que le oí decir: «Démelo todo en billetes de cinco». La gracia era que estaba cobrando un cheque de diez libras. Todos se comportan de la misma forma. En fin, la vi varias veces subiéndose a su coche, o a los dos en él cruzando la ciudad, y cuando eso ocurría me comportaba muy secamente con mis compañeros de trabajo en la oficina y no ponía la X en mi diario de notas entomológicas. Todo eso sucedió antes de que ella se fuera a Londres y lo dejara. Aquéllos eran los días en los que me permitía a mí mismo tener sueños malos. Ella casi siempre lloraba y estaba arrodillada. Hubo una ocasión en la que incluso me permití soñar que le cruzaba la cara igual que un tío que había visto en una obra de teatro que pusieron en la tele. Tal vez empezó todo en ese instante.

Notas:

1.- Pimpinella Saxifaga.

2.- Colias Alfacariensis.

JOHN FOWLES - "El coleccionista" - (1963)


Imágenes: John Abbott

jueves, 13 de agosto de 2026

EL CEREBRO ACTIVADO DE PRONTO POR EL MIEDO



 


Marianne se había dormido cuando sonó el teléfono, sumergida en una urdimbre de sueños pálidos que tamizaban la luz del día y la estridencia de las voces sintéticas de un dibujo animado japonés en la televisión –más adelante vería en ello alguna señal, pero en vano: cuanto más avivaba el recuerdo, más se disolvía el ensueño, no extraía nada tangible de él, nada que pudiera conferir un sentido a esa conmoción que tenía lugar a treinta kilómetros de allí, en el mismo momento, en el lodo de los caminos–, y no cogió el teléfono ella sino su hija Lou, siete años, que entró corriendo en su habitación porque no quería perderse una imagen de lo que estaba mirando en el salón, y que se limitó a pegar el teléfono al oído de su madre para luego salir con la misma celeridad, por lo que la voz que salía del auricular se tejía con los sueños de Marianne, subía de tono, insistente, y al final sólo al oír aquellas palabras por favor, contésteme: ¿es usted la madre de Simon Limbres? se incorporó Marianne en la cama, el cerebro activado de pronto por el miedo.


  

 Debió de gritar muy fuerte, lo bastante desde luego para que la niña reapareciese, lenta y seria, los ojos como platos, y se quedase paralizada ante la habitación, la cabeza apoyada en el marco de la puerta, la mirada fija en su madre, que no la ve sino que jadea como un perro, gestos precipitados y rostro contraído, golpetea su móvil para llamar a Sean, que no se pone –ponte, ponte joder–, su madre que se viste aprisa y corriendo, botas altas, amplio abrigo, bufanda, y sale disparada hacia el cuarto de baño para rociarse la cara con agua fría, pero ninguna crema, nada, cuando, alzando la cabeza del lavabo, se cruza con su mirada en el espejo –iris gélidos bajo los párpados hinchados, como tumefactos por un golpe, ojos Signoret, ojos Rampling, el rayo verde a ras de las pestañas–, impresionada al no reconocerse, como si hubiera comenzado ya a desfigurarse, como si fuera ya otra mujer: un retazo de su vida, un retazo macizo, aún caliente, compacto, se despega del presente para bascular a un tiempo pasado, para caer, y desaparecer. Vislumbra desprendimientos, corrimientos de terreno, fallas que seccionan el suelo a sus pies: algo se cierra, algo se sitúa fuera ya de su alcance –un trozo de acantilado se separa de la meseta y se desploma en el mar, una península se arranca poco a poco del continente y deriva hacia mar adentro, solitaria, la abertura de una caverna maravillosa queda de repente obstruida por una roca–; el pasado se ha agrandado de golpe, ogro engullidor de vida, y el presente es un simple y delgadísimo umbral, una línea más allá de la cual no existe ya nada conocido. El timbre del teléfono ha quebrado la continuidad del tiempo, y ante el espejo donde se fija su imagen, las manos aferradas al lavabo, Marianne se queda paralizada de la impresión.

MAYLIS DE KERANGAL - "Reparar a los vivos" - (2013)


Imágenes: JeeYoung Lee

lunes, 10 de agosto de 2026

NOS DESPERTARON A GRITOS



Nos despertaron a gritos.

   Estábamos boca arriba en nuestros catres, dentro de la enorme carpa verde. Ninguno de los doce se atrevía a decir algo. Ninguno osaba moverse en su saco de dormir. Volví la cabeza hacia el catre de al lado. En la luz opaca de la madrugada encontré el rostro de mi hermano observándome de vuelta, preguntándome con la mirada qué estaba pasando allá fuera, qué significaban tantos gritos. Le respondí, también con la mirada, que no tenía ni idea. Pero de pronto los gritos se hicieron más fuertes e histéricos. Alguien se estaba acercando a nuestra carpa. Hubo un silencio breve —aunque sobradamente claro para detectar el llanto de uno de los niños en la parte trasera—, antes de que tiraran a un lado la portezuela de lona verde y todo nuestro mundo se inundara de luz. En el umbral estaba la silueta de Samuel Blum, nuestro instructor, nuestro amigo y protector incondicional, pero ahora uniformado de negro y con un garrote en la mano y lanzando alaridos y órdenes que ningún niño ahí entendía. En su brazo izquierdo, tardé en notar, caminaba una enorme tarántula.



   Yo tenía trece, mi hermano doce. Llevábamos entonces tres años viviendo en Estados Unidos, tras haber huido del caos político y social que era la Guatemala de los ochenta. Aunque a mis padres no les gustaba que yo se lo explicara así a mis nuevos compañeros en el colegio, que al describirles nuestra partida de Guatemala yo les dijera que habíamos huido. Pero eso fue, una huida. Eso hicimos. Mis padres habían vendido precipitadamente no solo nuestra casa recién construida sino también todo lo que aquella casa tenía dentro —los muebles y las alfombras y los cuadros en las paredes y los utensilios de la cocina y los carritos y juguetes que yo guardaba en el armario—, y habíamos salido huyendo a la Florida al final del verano del 81 con nada más que unas cuantas maletas. Ahora, tres años después, mis padres habían decidido que mi hermano y yo viajaríamos de vuelta a Guatemala durante las vacaciones escolares de diciembre para participar en un campamento de niños judíos.



   Nos dijeron que volaríamos mi hermano y yo solos, sin ellos (no recuerdo la razón por la cual mi hermana menor no fue con nosotros, aunque hoy, que ya entiendo bien a qué nos estaban mandando, puedo conjeturar que ella era todavía demasiado niña y demasiado inocente). El campamento, nos dijeron mis padres, se llamaba majané, en hebreo, y estaría situado en medio de un bosque enorme y salvaje a un centenar de kilómetros de la capital. Pasaríamos unos días viviendo en carpas y haciendo fogatas, nos dijeron, unos días aprendiendo no solo técnicas de sobrevivencia en la naturaleza sino también técnicas de sobrevivencia en la naturaleza para niños judíos. No es lo mismo, nos dijeron.

EDUARDO HALFON - "Tarántula" - (2024)


Imágenes: Maria Fernanda Cardoso

viernes, 7 de agosto de 2026

SUS MAYORES TESOROS ERAN LOS TRES O CUATRO ESPÍRITUS QUE HABITABAN EN SU CASA




—Si me permite —dijo Strange—, para empezar, me gustaría hacerle unas preguntas. Confieso que lo que el otro día le oí decir a propósito de los duendes y demás seres sobrenaturales me dejó perplejo, y si no fuera mucho pedir, le rogaría que me hablara de esa cuestión. ¿A qué peligros se expone un mago al utilizarlos? ¿Y qué opinión le merece su utilidad?

   —Su utilidad se ha exagerado mucho y el peligro se ha minimizado.

   —Entonces ¿cree que los duendes son demonios, como piensan algunos?

   —Al contrario, estoy seguro de que la opinión general que se tiene de ellos es la acertada. ¿Conoce los escritos de Chaston al respecto? No me sorprendería que Chaston se hubiera acercado mucho a la verdad. No; mi objeción a los duendes responde a otro concepto. Dígame, ¿por qué cree que la magia inglesa depende, o parece depender, en tan gran medida de la ayuda de los seres sobrenaturales?



   Strange reflexionó un momento.

   —Seguramente porque toda la magia inglesa arranca del Rey Cuervo, que fue educado en una corte feérica, donde aprendió su magia.

   —Estoy de acuerdo en que el Rey Cuervo es la causa, pero no en el sentido que usted supone. Tenga en cuenta, señor Strange, que, mientras gobernaba Inglaterra del Norte, el Rey Cuervo también regía un país de duendes. Tenga en cuenta que nunca hubo otro monarca que reinara sobre dos razas tan distintas. Tenga en cuenta que era tan gran rey como mago, circunstancia que casi todos los historiadores tienden a pasar por alto. No me cabe duda de que su mayor preocupación era unir a sus dos pueblos y que, a fin de realizar esta tarea, exageraba deliberadamente el papel que hadas y duendes desempeñaban en la magia. Con ello fomentaba entre sus súbditos humanos la estima hacia las criaturas sobrenaturales, proporcionaba a estas una ocupación útil y hacía que cada pueblo deseara la compañía del otro.

   —Sí —dijo Strange, pensativo—. Comprendo.



   —Yo creo que hasta los más grandes aureates se equivocaban al calcular la medida en que hadas y duendes son necesarios en la magia de los humanos —prosiguió Norrell—. ¡Fíjese en Pale! Consideraba a sus criados duendes esenciales para la práctica de su arte, y llegó a escribir que sus mayores tesoros eran los tres o cuatro espíritus que habitaban en su casa. No obstante, yo soy el ejemplo de que casi todas las clases de magia respetables son perfectamente posibles sin ayuda de nadie. ¿He hecho yo algo que precisara la ayuda de un duende?

   —Lo comprendo —dijo Strange, imaginando que la pregunta de Norrell era retórica—. Y confieso que esa idea es nueva para mí. No la he visto en ningún libro.



   —Yo tampoco. Desde luego, hay clases de magia totalmente imposibles sin los duendes. Habrá ocasiones, y confío de corazón en que sean pocas, en que usted y yo tendremos que tratar con criaturas perniciosas. Por supuesto, será necesario obrar con la mayor precaución. Es casi seguro que cualquier duende que invoquemos ya habrá tratado con magos ingleses y estará ansioso por recitar los nombres de todos los grandes magos a los que ha servido y los servicios que ha prestado a cada uno de ellos. Entenderá las fórmulas y los procedimientos de esas relaciones mucho mejor que nosotros. Eso nos sitúa (nos situará) en desventaja. Puede estar seguro, señor Strange, de que en ningún sitio se conoce la decadencia de la magia inglesa mejor que en las Otras Tierras.

   —No obstante, esas criaturas ejercen gran fascinación en el común de las gentes —observó Strange, meditabundo—. Quizá si de vez en cuando emplease usted a alguna en su trabajo, eso ayudara a hacer nuestro arte más popular. Existen todavía muchos prejuicios contra el uso de la magia en la guerra.

   —¡Oh, por supuesto! —exclamó Norrell airadamente—. ¡La gente cree que sin hadas ni duendes no puede haber magia! Para nada se toma en consideración la habilidad y la ciencia del mago.

SUSANNA CLARKE - "Jonathan Strange y el Sr. Norrell" - (2004)


Imágenes: En Iwamura

martes, 4 de agosto de 2026

NADIE LE HABÍA DICHO EL MOTIVO POR EL QUE CAVABA



Nadie le había dicho el motivo por el que cavaba. No le importaba. Sólo le importaba que la paga fuera suficiente y de eso no podía quejarse. Desde que su mujer había caído enferma, Abel necesitaba de todo el dinero que pudiera conseguir, y si el doctor Andrade le hubiera pedido que cavara un pozo hasta el centro de la tierra, él sólo hubiera preguntado qué tan ancho lo quería.

   Hacía muchos años, el abuelo de Abel había ayudado a levantar el casco de la estancia de los Andrade. Eran los tiempos en que ambas familias eran numerosas y la región parecía augurar un gran futuro a sus habitantes. Luego la peste alteraría drásticamente los planes, reduciendo a menos de un tercio la población del lugar. El doctor Andrade estaba lejos cuando aquello ocurrió.



 Desde muy joven había mostrado una lucidez y una originalidad asombrosas en la comprensión de los fenómenos del mundo físico, y su precoz y meteórica carrera lo había llevado con honores hasta la Universidad de Leipzig. Fue allí donde, bajo la tutela del doctor Armand Güber von Selles, tuvo lugar el primer acercamiento a las disciplinas que más tarde lo harían poseedor del secreto que hoy guardaba y que, como el mismo doctor gustaba de aclarar, tenían más que ver con la fe que con otra cosa. Cuando la peste asoló sus tierras, él se encontraba tan ocupado en desenredar los misterios del cosmos que para cuando quiso darse cuenta ya sólo su padre quedaba. Decidió entonces volver junto con su esposa a la casa familiar, pero al llegar la encontró vacía; nadie había sobrevivido. El golpe fue duro para el doctor, y su carácter acusó el recibo. A excepción de su esposa Estela, prácticamente no volvió a hablar con nadie, y refugiado en la soledad de la gran casona —⁠una soledad que se transformó en el más absoluto de los aislamientos luego de la muerte de Estela⁠—, se abocó a sus estudios con la devoción de un monje, para lo cual se proveyó de un cuarto de trabajo y voló el techo de la habitación de sus padres con el fin de instalar allí el observatorio.



  Y es que era allí, en el cielo, donde el doctor buscaba las respuestas, donde hallaba las compuertas que le permitían escapar del laberinto imposible al que sus juegos lo habían conducido. Porque no eran más que eso y el doctor lo sabía: juegos estelares, mecánicas caprichosas que cobraban forma y vida de pronto en su cabeza. Relatos afortunados que hablaban de la historia de la historia del universo, y que en alguna época gustaba de relatar con la pasión de un violinista a quien los quisiera escuchar; alumnos, colegas o cualquiera que se le pusiera enfrente. Ahora el silencio se había quedado con todo. Con todo, excepto con ese murmullo celeste que no cesaba de susurrarle al oído los más inquietantes secretos. Y ninguno tan inquietante como este que lo había embarcado en la empresa de la cual sólo Abel estaba enterado. «Estricta reserva» habían sido las palabras del doctor al contratarlo. «Sólo usted sabrá los detalles de la obra y no los comentará con nadie». Es verdad que el doctor podría haber intentado advertir a la humanidad acerca de lo que sabía, pero ocurre que, más allá de que su salud mental había sido puesta en duda —⁠y no sin algo de razón⁠— en más de una oportunidad, la humanidad para él se había terminado el día en que Estela había dejado este mundo.

JAVIER ARGÜELLO - "Siete cuentos imposibles" - (2002)


Imágenes: M. C. Escher

sábado, 1 de agosto de 2026

LONDRES ES MI CIUDAD FAVORITA DEL MUNDO

 



Londres es mi ciudad favorita del mundo. Lo digo, lo pienso, lo siento y lo sé. Podría trasladarme allí mañana mismo. Preparar una maleta bien grande con mis moldes, el rodillo de mármol que Samir me regaló por mi cumpleaños, la libreta con mis recetas y poco más. Huele siempre diferente: a lluvia, a sol a veces, a flores recién cortadas, a chocolate caliente… Me enamoré de la ciudad la primera vez que la vi, pese a que era de noche y una veintena de vagabundos dormían en el exterior de la Estación Victoria.

  Yo tenía dieciocho años y trabajé en todas las vacaciones escolares para reunir el dinero del viaje. Fue un vuelo chárter el que unió entonces mi isla con el segundo de los aeropuertos más visitados de Londres, el de Gatwick. Y tras cuatro horas encajonada en aquel asiento, donde el cinturón de seguridad era demasiado corto para abarcarme, crucé el acceso a la terminal de tren que me llevaría hasta el centro de la ciudad.



  Tenía tantos sueños por cumplir entonces… Allí vi por vez primera a una chica gorda como yo vestir con colores alegres, y causar admiración a su paso. Yo, que solo cambiaba una camisa ancha por otra en combinación con mis inalterables vaqueros. Recuerdo el momento exacto en el que salió de la librería Books for Cooks en Portobello, enfundada en un vestido color cereza. Quise ser esa chica de inmediato. Quise poder pintarme como ella, vestirme como ella, caminar como ella. Quise gustar como ella. Que los hombres se volteasen a mi paso y dijesen algo bonito. Nunca me habían dicho nada bonito, si obviaba a Aday, el malote de mi instituto. Él lo fingió todo. ¡Qué estúpida fui! ¿Cómo consiguió engatusarme con cuatro tonterías para que cediera, para que me dejara besar y sobar tan fácilmente? Yo pensé que no había mayor maldad en el mundo que la que había experimentado. Llega un momento en el que los insultos son tantos y tan habituales que acabas por asumirlos, por asimilarlos. Yo lo hice. Pero cuando días después de jurarme amor eterno se rio en mi cara delante de sus amigos, y Ramón le colocó un flamante billete de veinte euros en la mano, me di cuenta de que hay mucha más maldad en las personas de lo que uno aprecia al primer vistazo. Una maldad oscura y oculta que solo percibes si estás muy atento.

ANNIKA BRUNKE - "Bacon" - (2025)


Imágenes: Rong Bao

miércoles, 29 de julio de 2026

MARCAS ROJAS DE BESOS EN CARTAS





  I

  Estábamos sentados en la hierba, ella era más grande que yo, tenía el pelo castaño y espeso, alborotado en todas las direcciones, y los labios gruesos. Teníamos catorce años. Era en un encuentro de confirmandos de diferentes institutos. Ella tenía los pechos grandes. Tocó la guitarra sentada en la hierba. Intercambiamos nuestras direcciones. Cuando volví a casa, recibí una carta suya, con grandes marcas rojas de besos dentro de la carta. Le escribí una carta.


  II

  Nos encontramos un año más tarde en un café, se celebraba un concierto en una casa de la juventud justo a medio camino entre su casa y la mía. No me atreví a decirle nada, no me atreví a mirar hacia donde estaba ella. Pero durante el concierto estuvimos sentados el uno al lado del otro. Después nos escribimos más cartas. Me mandó cartas con marcas de besos.


III

  Vino en autobús, había veinte kilómetros hasta donde vivía yo, vinieron ella y una amiga. Era Semana Santa y nos fuimos de excursión a la montaña, no teníamos esquís, fuimos a pie, hacía calor y fue desagradable, la nieve estaba blanda, nos hundíamos. Nos dimos un poco la mano.


  IV

  Pienso que debo escribirle. Un año más tarde oigo que ha muerto en un accidente de tráfico, ocurrió una noche de sábado, de madrugada.

JON FOSSE - "Escenas de una infancia" - (2024)


Imágenes: Riitta Ikonen

domingo, 26 de julio de 2026

¿CÓMO SE PUEDE ERRADICAR EL DESPRECIO?

  



 Se acerca a mí con un aire de desconcierto ingenuo y deferente: cada vez estoy más convencido de que está jugando conmigo.

   —Dígame, señor, en confianza —dice—, ¿de qué se quejan los bárbaros? ¿Qué quieren de nosotros?

   Debería ser cauteloso, pero no lo soy. Debería bostezar, eludir sus preguntas, acabar con la velada; pero me veo tragando el anzuelo. (¿Cuándo aprenderé a no decir lo que pienso?).

   —Quieren que se acabe con la expansión de poblados en su territorio. Quieren que finalmente se les devuelvan sus tierras. Quieren tener la libertad de ir de un pasto a otro como hacían antes —todavía no es demasiado tarde para interrumpir el discurso. Sin embargo, oigo que mi voz sube de tono y, a disgusto, me dejo intoxicar por mi ira—. No mencionaré nada de las recientes incursiones llevadas a cabo contra ellos, totalmente injustificadas y seguidas de actos de violencia desenfrenada, ya que la seguridad del Imperio estaba en juego, o al menos eso me dijeron. Llevará años arreglar el daño causado en esos pocos días. Pero dejemos eso, déjeme más bien que le cuente lo que encuentro descorazonador en mi calidad de administrador, incluso en tiempo de paz, incluso cuando las relaciones fronterizas son buenas.



  Sabe, hay una época del año en la que los nómadas nos visitan para comerciar. Bien: vaya a cualquiera de los puestos del mercado durante esa época y vea a quién roban en el peso, a quién engañan, a quién gritan e intimidan. Vea quién tiene que dejar a su mujer en el campamento por temor a que los soldados la insulten. Vea quién está tirado en el suelo borracho, y vea quién es el que le ha empujado hasta allí. Es contra este desprecio por los bárbaros, un desprecio que es compartido por el más insignificante mozo de cuadra o campesino, contra el que yo como magistrado he tenido que luchar durante veinte años. ¿Cómo se puede erradicar el desprecio, especialmente cuando este desprecio se basa únicamente en diferencias de modales en la mesa o en variaciones en la forma del párpado? ¿Quiere que le diga lo que desearía? Desearía que estos bárbaros se alzaran en armas y nos dieran una lección para que aprendiéramos a respetarles.



  Creemos que esta tierra nos pertenece, es parte de nuestro Imperio, nuestro puesto fronterizo, nuestro pueblo, nuestro mercado. Pero esas gentes, esos bárbaros, no lo ven de la misma manera. Llevamos aquí más de cien años, hemos recuperado tierra del desierto y construido regadíos y cultivado los campos y levantado hogares sólidos y erigido una muralla alrededor de nuestro pueblo, pero ellos todavía nos consideran visitantes, viajeros de paso. Entre ellos hay ancianos que recuerdan lo que sus padres les contaban de cómo era este oasis hace años: un lugar sombreado junto al lago con abundantes pastos incluso en invierno. Esto es todavía lo que dicen de él, quizá todavía lo vean así, como si no se hubiera removido un grano de tierra ni se hubiera colocado un ladrillo sobre otro. No dudan de que en cualquier momento cargaremos nuestras carretas y volveremos a cualquiera que sea el lugar de donde vinimos, que nuestras edificaciones se convertirán en hogares de ratones y lagartijas, que sus animales pastarán en los fértiles campos que cultivamos.



  ¿Se sonríe? ¿Quiere que le diga algo? Cada año el agua del lago se vuelve un poco más salobre. Hay una explicación muy simple —pero esto es lo de menos—. Los bárbaros lo saben. En este momento se estarán diciendo, «seamos pacientes, uno de estos días la sal arruinará sus cosechas, no podrán alimentarse, tendrán que irse». Esto es lo que piensan. Que resistirán más que nosotros.

   —Pero nosotros no nos vamos a marchar —dice el joven con calma.

   —¿Está seguro?

   —No nos vamos a marchar, y por lo tanto se equivocan. Incluso si llegara a ser necesario abastecer al pueblo con convoyes, no nos iríamos. Porque los enclaves fronterizos representan la primera línea de defensa del Imperio. Cuanto antes comprendan los bárbaros esto, mejor.

J. M. COETZEE - "Esperando a los bárbaros" - (1980)

 

Imágenes: Dana Claxton

jueves, 23 de julio de 2026

ME PAGAN POR LEER




Al año siguiente de empezar el taller de poesía, me pidieron en la universidad que llevara el club de lectura. Igual que con el taller, yo nunca había ido a un club de lectura antes, así que investigué por internet y descubrí que, más allá de las preguntas trilladas —¿qué os ha parecido el personaje X?—, no había gran ciencia detrás. Al principio programé títulos que ya conocía, mis libros favoritos, pero pronto me cansé de releer lo mismo. Me arriesgué y elegí novelas que no había leído, recomendaciones de amigas con un gusto imprevisible y algún experimento editorial al azar.

   Se trata, sin duda, de los trabajos más satisfactorios. Es como si me pagaran por comer o dormir. En mi familia siempre han esperado que les toque la lotería y yo creo que este trabajo es lo más parecido que voy a tener a que me toque algo. Aunque sea simbólico, no me puedo creer que me paguen por esto. Es lo más fácil que he hecho en mi vida. Literalmente, me pagan por leer. Me siento como un fraude, como si estuviera recibiendo dinero por algo que cualquiera podría hacer.



  ¿Es correcto recibir dinero por algo así? A veces, me pregunto si debería sentirme mal por esto. ¿Es correcto recibir dinero por algo que podría hacer cualquiera? Pero mi grupo —de las personas más agradecidas que conozco— me ratifica el valor de la curaduría. Puede que sean las dos horas del mes con las que mejor me siento. Siempre me pasa que voy con miedo: temo haber elegido un libro que no les interese, que es, básicamente, lo único que tengo que hacer. Soy su seleccionadora oficial. Eso e ir dando el turno de palabra a las personas que van pidiendo la vez con un gesto de la mano, la parte que peor se me da. En el grupo de WhatsApp tengo a cincuenta que están calladitos, pero me consta que siguen mis recomendaciones, porque me lo confiesan en mensajes privados.

   Ahora que estoy escribiendo este libro, se me ha añadido un miedo nuevo: con lo críticos que son, sesión tras sesión me arrepiento más de que mi libro vaya a salir al mercado. Siempre me preguntan cuándo se publicará y dónde y yo solo pienso en ponerme un pseudónimo para que lo despellejen a gusto.

VIOLETA NIEBLA - "Todo lo que hice por dinero" - (2025)


Imágenes: Museo Victoria y Alberto

lunes, 20 de julio de 2026

INVÍTAME

 




Invítame a formar parte de tu rebaño,

incítame a reventar los desengaños,

inclínate ante mí

y excítame con tus trucos baratos.


Imítame con tus caras de gato,

limítate a alejarte de mi lado.

Hemos llegado demasiado tarde

y el barco ya ha zarpado.


Aunque no te lo creas

no me has dejado tirado.

Explícame la suerte que tengo

de encontrármelo todo

atado y bien atado.


Aunque las fuerzas me falten

irrumpiré, como una lanza,

en tu divino costado.


No me ha costado nada.

No me he acostado en tu cama.

Sólo escribo esto para dejar constancia

de que todo, ya, ha explotado.


18/05/2026


Imágenes: Jeongmin Lee