Desapegos y otras ocupaciones.

jueves, 28 de mayo de 2026

SOLICITANDO PERMISO "PARA HABLAR DE AMOR"



 Aquella noche, mi padre preguntó a mi madre si se hallaba prometida con alguna otra persona. Ella le contó sus relaciones anteriores, y dijo que el único hombre al que realmente había amado era su primo Hu, pero que éste había sido ejecutado por el Kuomintang. A continuación, y de acuerdo con el nuevo código comunista de moralidad, el cual se apartaba radicalmente del pasado para imponer la igualdad entre hombres y mujeres, también él le reveló a ella las relaciones que había mantenido hasta entonces. Le contó que había estado enamorado de una mujer de Yibin, pero que la historia había concluido cuando él partió hacia Yan’an. En Yan’an y en la guerrilla había tenido algunas amigas, pero la guerra había hecho imposible pensar siquiera en la posibilidad del matrimonio. Una de sus antiguas novias había de casarse con Chen Boda, el jefe de la sección de mi padre en la Academia de Yan’an, quien posteriormente alcanzaría un poder inmenso como secretario de Mao.



   Tras escuchar mutuamente el sincero relato de sus vidas, mi padre dijo que iba a escribir al Comité del Partido para la Ciudad de Jinzhou solicitando permiso para «hablar de amor» (tan-lian-ai) con mi madre, con vistas a un futuro matrimonio. Tal era el procedimiento obligatorio. Mi madre supuso que debía de ser similar al permiso que se solicita del cabeza de familia, y de hecho eso era exactamente: el Partido Comunista era el nuevo patriarca. Aquella noche, después de su conversación, mi madre recibió el primer regalo de mi padre, una novela romántica rusa titulada Es simplemente amor.

   Al día siguiente, mi madre escribió a casa para contar que había conocido un hombre que le gustaba mucho. La reacción inmediata de su madre y del doctor Xia no fue de entusiasmo sino de inquietud, ya que mi padre era funcionario, y los funcionarios siempre habían sido mal vistos entre los chinos corrientes. Aparte de otros vicios, su poder arbitrario hacía que no se les supusiera capaces de tratar a las mujeres dignamente. La presunción inmediata de mi abuela fue que mi padre ya estaba casado y quería a mi madre como concubina. Después de todo, ya había superado con mucho la edad masculina habitual en Manchuria para el matrimonio.



   Transcurrido aproximadamente un mes, se juzgó que el grupo de Harbin podía retornar sin peligro a Jinzhou. El Partido dijo a mi padre que tenía permiso para «hablar de amor» con mi madre. Otros dos hombres habían solicitado la misma autorización, pero llegaron demasiado tarde. Uno de ellos era Liang, su antiguo control en la clandestinidad. Despechado, pidió ser trasladado de Jinzhou. Ni él ni el otro hombre habían dicho lo más mínimo a mi madre sobre sus intenciones.

   Cuando mi padre regresó, le comunicaron que había sido nombrado jefe del Departamento de Asuntos Públicos de Jinzhou. Pocos días después, mi madre le llevó a conocer a su familia. Tan pronto como traspasó el umbral de la puerta, mi abuela le hizo el vacío, y cuando él intentó saludarla, se negó a responderle. Mi padre mostraba un aspecto oscuro y terriblemente demacrado como resultado de las penurias que había sufrido durante su época de guerrillero, y mi abuela estaba convencida de que debía de tener bastante más de cuarenta años y que, por ello, era imposible que no se hubiera casado anteriormente. El doctor Xia le trató cortésmente, pero con distante formalidad.



   Mi padre no se quedó mucho rato. Cuando partió, mi abuela se deshizo en lágrimas. Ningún funcionario podía ser bueno, gritaba. Pero el doctor Xia había comprendido ya a través de la entrevista con mi padre y de las explicaciones de mi madre que los comunistas ejercían un control tan estrecho sobre sus miembros que un funcionario como mi padre no tendría posibilidad alguna de engañarles. Mi abuela se tranquilizó, pero sólo en parte: «Pero es de Sichuan. ¿Qué pueden saber de él los comunistas si procede de tan lejos?».

JUNG CHAN - "Cisnes salvajes" - (1993)


Imágenes: Deniz Kurdak

lunes, 25 de mayo de 2026

LA NOCHE ANTES DE LA OLA



Me acuerdo de que, la noche antes de la ola, Hélène y yo habíamos hablado de separarnos. No era complicado: no vivíamos bajo el mismo techo, no teníamos hijos en común, hasta podíamos pensar en seguir siendo amigos; sin embargo, era triste. Conservábamos en la memoria otra noche, justo después de habernos conocido, que pasamos repitiendo que nos habíamos encontrado, que viviríamos juntos el resto de nuestra vida, que envejeceríamos juntos e incluso que tendríamos una niña. Más tarde tuvimos una niña, en el momento en que escribo seguimos esperando envejecer juntos y nos complace pensar que lo comprendimos todo desde el principio. Pero desde aquel comienzo había transcurrido un año complicado, caótico, y lo que nos parecía cierto en el otoño de 2003, en el embeleso del flechazo, lo que nos sigue pareciendo cierto, en todo caso deseable, cinco años más tarde, ya no nos parecía en absoluto cierto ni deseable aquella noche de la Navidad de 2004, en nuestro bungalow del Hotel Eva Lanka. Por el contrario, estábamos seguros de que aquellas vacaciones eran las últimas, y que a pesar de nuestra buena voluntad habían sido un error. Acostados uno junto al otro, no nos atrevíamos a hablar de la primera vez, de aquella promesa en la que los dos habíamos creído con tanto fervor y que era evidente que no se cumpliría.



  No había hostilidad entre nosotros, simplemente nos veíamos alejarnos con pena: era una lástima. Yo rumiaba mi incapacidad de amar, tanto más patente porque Hélène era una persona muy amable. Pensaba que envejecería solo. Ella pensaba en otras cosas: en su hermana Juliette, que justo antes de partir nosotros había sido hospitalizada a causa de una embolia pulmonar. Hélène tenía miedo de que cayera gravemente enferma, de que se muriera. Yo alegaba que aquel miedo no era racional, pero colonizó enseguida todo el estado de ánimo de Hélène, y yo le reprochaba que se dejase invadir por algo en lo que yo no tenía ninguna participación. Salió a fumar un cigarrillo a la terraza del bungalow. La esperé tumbado en la cama, diciéndome: si vuelve pronto, si hacemos el amor, quizá no nos separemos, quizá envejezcamos juntos. Pero ella no volvió, se quedó sola en la terraza mirando cómo se iluminaba poco a poco el cielo, escuchando los primeros trinos de los pájaros, y yo, por mi lado, me quedé dormido, solo y triste, convencido de que mi vida iba a empeorar cada vez más.

EMMANUEL CARRÈRE - "De vidas ajenas" - (2009)


Imágenes: Gerlanda di Francia

viernes, 22 de mayo de 2026

SIN CONEXIÓN

 



Si lo que pasa en la tierra nos doliera en el cuerpo, no arrancaríamos las flores para arrancar un suspiro. Si estuviéramos conectados como un solo ser, quererse significaría otra cosa. El amor olería a mar y dama de noche, a bosque y océano. El fuego lo apagarían las lágrimas y las riadas viajarían a saciar la sed. Si lo que pasa en la tierra doliera como duele un golpe en las costillas, bajarían las estrellas a rezar a los cementerios de sal. No hay piedad en el asfalto, no hay piedad en las nuevas orillas, ni en los muros, ni en los sueños. Solo en el viento, que desordena a su antojo; que recuerda que los cuerpos están donde cayeron. Si un sistema nervioso nos conectara al centro de la tierra... ni mares de plástico, ni sangre derramada, ni nubes de petróleo, ni sierras, ni balas.


Ni un poema, amor,

ni un poema haría falta.

SARA BÚHO - "Si el mar no regresa" - (2026)


Imágenes: Berta Llonch

lunes, 18 de mayo de 2026

PAPÁ HABÍA MUERTO Y YA NO TENÍA QUE ESPERAR A QUE MURIESE MÁS



El día en el que mi padre murió, hacía sol y yo tenía hambre. Mi padre murió y bajé a Frida a hacer pis. Mi padre muerto y yo lavándome el pelo, eligiendo pendientes, probándome blusas. Ese día tuve que comprar el pan exactamente como cada día, ni muy tostado ni muy crudo, tender la ropa a la vuelta del tanatorio y ponerme los retenedores antes de dormir. Esa noche, vi a mi sobrino llorar y reír. Yo también lloré y reí. No sabíamos qué hacer con tanto dolor en los pulmones. Por las mañanas, me despertaba como si me hubiese quitado un peso de encima. El de la espera constante a la muerte desde la silla para las visitas. Papá había muerto y ya no tenía que esperar a que muriese más. Escuchaba sus zapatillas arrastrándose por el pasillo a la misma hora a la que él se levantaba de madrugada para ir al baño, pero papá ya estaba muerto y sus zapatillas guardadas en el neceser que trajimos de vuelta del hospital. Su teléfono seguía sonando, porque su operador no sabía aún que papá estaba muerto.



  Al principio, no quisimos dar de baja la línea. No por si volvía, sino porque la muerte es contagiosa y se nos quitaron un poco las ganas de vivir o, al menos, las de continuar con los trámites. A veces, contestaba esas llamadas. Eran de algún conocido despistado que decía: jefe, ¡que hace mucho que no te molesto! Y tenía que decirle que papá había muerto y que sí, que ya fue el funeral y que sí, que llevaba unos meses muy mal y que sí, que era normal que no se hubiese dado cuenta si no lo había visto últimamente por la calle con veinte kilos menos, un bastón y un parche en el ojo. Otras veces, era un amigo con alzhéimer que lo quería invitar a comer lamprea. Algunos días le explicaba que papá ya no estaba y otros le decía que le pasaría el recado. Mamá, aún hoy, cuando se encuentra a alguien que no se ha enterado todavía, se bloquea y se desangra y escarba y se va, porque siente que al decir que papá ha muerto lo está volviendo a matar. No dice muerto. Nunca. Yo tampoco fui capaz hasta muchos meses después. Mientras tanto, dije mi padre no está, se fue, nos dejó, no tengo padre, falleció. No sé si es verdad eso de que no tengo padre, pero sí que tardé mucho en decir que el padre que yo tenía murió.



  Antes de morir, papá me dijo: piojita, el amor es lo más importante que hay en la vida. Y yo le creí tanto que casi me quedo sin aire. Tanto le creí que no le pregunté el amor de quién, qué amor, papá, ¿el de Diana vale o tiene que ser otro? ¿Un amor como el de mamá y tú, que nunca discutís, o un amor como el de Alberto y Bea, que se odian pero se defienden? ¿Un amor como el de la tía Loli hacia la abuela, aunque le tenga que recordar cada tarde que es su hija, o como el de mis tíos los que no quisieron tener hijos y viajan todo el rato y mamá tuerce el morro no sé si porque vosotros tenéis tres hijos o porque tú solo quisiste viajar a Portugal? Antes de morir, papá estuvo casi un año ingresado en el Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela. Mis hermanos y yo hacíamos turnos. Yo dormía con él los domingos, lunes y martes. Tres días y tres noches que me tiraban de los párpados hacia arriba y que me llenaban el estómago de murciélagos y de restos de puré. Desde mis siete años, esperaba la muerte de mis padres imaginándome una y otra vez qué edad tendría yo cuando ellos fueran viejos. Cuatro angelitos tiene mi cama, cuatro angelitos que me acompañan, cuarenta y ocho que tiene mamá menos siete míos son cuarenta y uno, con Dios me acuesto con Dios me levanto, ochenta y cinco, que es la edad con la que murió la abuela, menos cuarenta y uno son. Necesito un papel. Cinco menos uno, cuatro, y ocho menos cuatro, cuatro. La Virgen María y el Espíritu Santo. Si papá o mamá mueren con ochenta y cinco años, yo tendré cuarenta y cuatro y Alberto y Bea todavía podrán cuidarme para que no esté triste y me dejarán ver La pajarería de Transilvania  siempre que quiera y comer regalices de los gordos, de los rellenos de blanco, siempre que quiera también. Amén.

LUCÍA SOLLA SOBRAL - "Comerás flores" - (2025)


Imágenes: Cinta Vidal

viernes, 15 de mayo de 2026

ADEMÁS, TENÍA UN GATO Y TOCABA LA GUITARRA

 





Pero si Miss Golightly no llegó a enterarse de mi existencia, excepto en mi calidad de práctico portero, a lo largo de aquel verano yo acabé convirtiéndome en toda una autoridad sobre la suya. Descubrí, observando la papelera que dejaba junto a su puerta, que sus lecturas normales eran la prensa popular, los folletos de viajes y las cartas astrales; que fumaba unos pitillos esotéricos de la marca Picayune; que sobrevivía a base de requesón y tostaditas; que su cabello multicolor no era obra de la naturaleza. La misma fuente de información me permitió saber que recibía montones de cartas del frente. Siempre estaban rotas a tiras alargadas, como registros. A veces me llevaba uno de esos registros para utilizarlo en mis lecturas. Recuerdo y te echo de menos y llueve y escribe, por favor, y maldita y condenada eran las palabras que más a menudo se repetían en esas tiras de papel; estas, y soledad y te quiero.



   Además, tenía un gato y tocaba la guitarra. Los días de mucho sol se lavaba el pelo y, junto con el gato, un rojizo macho atigrado, se sentaba en la escalera de incendios y rasgaba la guitarra mientras se le secaba el pelo. Cada vez que oía la música, yo me acercaba silenciosamente a la ventana. Tocaba muy bien, y a veces también cantaba. Cantaba con el acento afónico y quebrado de un muchacho. Se sabía todas las canciones de los musicales de éxito, de Cole Porter y Kurt Weill; le gustaban sobre todo las canciones de Oklahoma!, recién estrenada aquel verano. Pero en algunos momentos tocaba melodías que hacían que me preguntase de dónde podía haberlas sacado, de dónde podía haber salido aquella chica. Canciones nómadas, agridulces, con letras que sabían a pinar o pradera. Una de ellas decía: No quiero dormir, no quiero morir, sólo quiero seguir viajando por los prados del cielo; y parecía que esta fuese la que más la complacía, pues a menudo seguía cantándola mucho después de que se le hubiera secado el pelo, cuando el sol ya se había puesto y se veían ventanas iluminadas en el anochecer.



   Pero nuestra relación personal no empezó hasta septiembre, una noche atravesada por los primeros y fríos estremecimientos del otoño. Yo había ido al cine, regresado a casa, y estaba acostado con un bourbon y el último Simenon: lo cual constituía hasta tal punto mi ideal de comodidad que no conseguí entender cierta sensación de inquietud que fue creciendo poco a poco, tanto que llegué a oír mis propios latidos. Era una sensación acerca de la cual había leído y hasta escrito, pero que jamás había experimentado. La sensación de estar siendo vigilado. De una presencia invisible. Luego: un repentino golpeteo en la ventana, el vislumbre de un gris fantasmal: derramé el bourbon. Transcurrieron unos momentos antes de que tuviera arrestos para abrir la ventana, y preguntarle a Miss Golightly qué quería.



   —Tengo abajo a un hombre horripilante —dijo, saltando de la escalera de incendios al interior de la habitación—. Bueno, cuando no está bebido es encantador, pero tan pronto prueba el vino, ¡Santo Dios, quel animal! No hay nada en el mundo que deteste tanto como los hombres que te dan mordiscos. —Se abrió un poco el albornoz gris para mostrarme las pruebas de lo que ocurre cuando un hombre da un mordisco. No llevaba más que el albornoz—. Siento haberte pegado un susto. Pero cuando ese animal se ha puesto imposible, he salido por la ventana. Me parece que cree que estoy en el baño, y me importa un cuerno lo que piense, que se vaya al infierno, se cansará, se dormirá, Dios mío, tiene que dormirse, se ha tomado ocho martinis antes de cenar y suficiente vino como para que se bañe un elefante. Oye, si quieres echarme, me echas. Ya sé que es mucha jeta eso de entrometerme aquí de esta forma. Pero ahí afuera hace un frío que pela. Y parecía que aquí se estuviera tan bien. Me has recordado a mi hermano Fred. Dormíamos cuatro en la misma cama, y él era el único que me dejaba abrazarle las noches más frías. Por cierto, ¿te importa que te llame Fred?

TRUMAN CAPOTE - "Desayuno en Tiffany's" - (1958)


Imágenes: Tim Flach

martes, 12 de mayo de 2026

NUESTRAS MENTES ESTÁN INTOXICADAS DE PÍXELES Y CANCIONES EN BUCLE

 



A veces creo que ya no existe el silencio, que hemos desatendido la capacidad para no oír y la capacidad para callar. Siento que vivimos en un ruido de constante pensamiento volátil e inútil, en consante distracción destructiva, en una soledad llena de gente y cosas que no nos interesan realmente.

Tengo la sensación de que en los tiempos que corren es un esfuerzo encontrar la calma, encontrar la nada, la paz. Nuestras mentes están intoxicadas de píxeles y canciones en bucle, cada dos días un nuevo estribillo trillado, una nueva tendencia y una nueva guerra sin piel. Las palabras escritas gritan, los audios gritan. Estamos sometidos a la falta de espacio que brota del exceso de presencia.Estamos demasiado, demasiado tiempo.  

Hay un superpoder que siempre me ha parecido una condena, y es el de conocer en todo momento lo que todas las personas piensan. Vivimos en esa maldición. Cada día nos pronunciamos sobre mil asuntos, nos exponemos al juicio y enjuiciamos sin piedad, por inercia, sin darnos cuenta. Es la nueva normalidad.


Quiero más piel,

                más mirada, 

                más silencio.



SARA BÚHO - "Donde descansan las flores" - (2024)


Imágenes: Laura Agustí

sábado, 9 de mayo de 2026

DONDE DUELE




El corazón roto es un lugar

donde nadie entra

y nadie sale. 

No asimila el cambio,

todo está igual

pero doliendo;

igual, pero quemando.


Piensas,

estás en bucle,

la mente es una centrifugadora

que mantiene el cuerpo en tensión.

La memoria no calla,

no deja espacio para la razón.

La emoción inunda todo

hasta la asfixia.


Hay desorden,

el alma está

en el lugar equivocado.

Quiere quitar el daño,

arrancar lo que ya forma parte de la piel

creyendo que así dolerá menos,

pero solo deja una herida mayor.


No se puede desbesar,

no se puede dessentir,

ojalá.


Despensar sería suficiente:

el olvido es un lugar demasiado grande,

demasiado injusto

para todo lo que de verdad

ha sido amado.


SARA BÚHO - "Donde descansan las flores" - (2024)


Imágenes: Laura Agustí

jueves, 7 de mayo de 2026

PARA PRECIPITARSE AL PROFUNDO POZO DEL OLVIDO



En ocasiones, vuelvo a preguntarme qué fue lo que desapareció de nuestra isla en primer lugar.

    —Mucho antes de que vinieras a este mundo —me decía mi madre cuando yo no era más que una niña—, la isla estaba repleta de cosas que han desaparecido paulatinamente y que ya no se encuentran entre nosotros. Se trataba de objetos, conceptos e incluso seres vivos de lo más variado y con las más diversas características: transparentes, aromáticos, zigzagueantes como culebrillas o brillantes como diamantes… Cosas maravillosas que ni siquiera tú, mi niña, eres capaz de imaginar.

    Yo escuchaba embelesada, con los ojos bien abiertos y sin perder detalle, cada una de las palabras de mi madre.



    —Desgraciadamente, tras su desaparición, el recuerdo de cada uno de esos objetos va escurriéndose poco a poco de nuestra memoria y desbordándose, como gotas de agua, para precipitarse al profundo pozo del olvido. Si vives aquí, ten por seguro que a ti también te sucederá, y lo único que cabe preguntarse es qué será lo primero que olvides.

    —Pero dime, mamá, ¿sentiré miedo cuando eso suceda? —preguntaba yo, llena de aprensión.

    —Ni lo más mínimo —replicaba ella—. Sucede sin que apenas te enteres. No sentirás dolor ni fatiga. Una mañana de un día cualquiera, al despertar, algo se habrá esfumado de tu vida, dejando intacto lo demás, y, entonces, tan solo percibirás un tibio desajuste con respecto al día anterior. Te recomiendo cerrar los ojos y aguzar el oído, captar la sutil diferencia que vibra en el aire como una especie de señal. Y si prestas suficiente atención, es posible que se te desvele la identidad de aquello que habrá dejado de existir en la isla y, por tanto, habrá salido también de tu vida para siempre.

YOKO OGAWA - "La policía de la memoria" - (1994)


Imágenes: Fatinha Ramos

martes, 5 de mayo de 2026

ZONA LIBRE, PARA USO TÓPICO. CAPÍTULO 2 - DEPENDENCIAS/ADICCIONES

 



Segundo
 programa de ZONA LIBRE, PARA USO TÓPICO.

Capítulo 2 - Dependencias/Adicciones.

Entrevistas a cargo de El Secretario dentro de la programación de RADIO FARMACIA en Unidad Cultural Terapéutica Changüí.


Imágenes: Paul Villinski

sábado, 2 de mayo de 2026

LA COCINA ES ARTE IMPRESIONISTA



Gustaba de comer lo que ella cocinaba. Ella cocinaba muy pocas veces, porque eso la hacía perder el apetito. Lo que perdía de apetito propio, lo ganaba en ver el apetito de su marido:

   —¡Donde tú pones la mano!… —decía él, galante. Pero no por galantería, sino por gusto verdadero.

   Ella, sin tener amor propio de cocinera, lo era excelente. Él nunca podía entender cómo era posible poseer una cualidad sin jactarse de ella. Y puesto que ésta es, casi, la definición de la virtud, él consideraba la buena mano de su mujer para la cocina como el ejemplo más puro de la virtud, y aun la virtud misma.

   Pero ella se resolvía muy pocas veces a perder el apetito: es decir: muy pocas veces se decidía a cocinar.

   —Guisar, hijo mío, es cosa que estraga al estómago.

   Y aunque no lo decía tan claro, de sus vagas explicaciones, de sus semi-ideas, de sus larvas o fintas de pensamiento (nunca iba ella a fondo) he aquí lo que se sacaba en limpio:



   Que la cocina, aunque procede por recetas como la química y la farmacia, no es una ciencia exacta, sino más bien un arte impresionista.

   Que la misma receta, en cada ocasión, produce un resultado completamente distinto. En eso se diferencian (¿por qué, señor por qué?) los verdaderos alimentos de las medicinas. No hay otra regla mejor para distinguirlos: medicina es lo que, a fórmulas iguales, produce resultados iguales. Alimento es lo que, a fórmulas iguales, produce resultados diversos.

   —Como que, hijo mío —apoyaba—, a veces hasta la forma, la presentación sola cambia el sabor de un alimento. Mira lo que pasa con el pan: si con igual masa haces una rosca y un trenzado, aquélla no sabe lo mismo que éste, ni tienen la misma consistencia, ni el mismo tacto, ni el mismo olor, ni tardan lo mismo en enfriarse, ni…

   Así pues, la cocina es arte impresionista. No se puede sazonar con tabla de logaritmos, sino con la punta de la lengua. Para dar el punto al guiso, hay que estarlo probando. Y estar probando —y probando un guiso a medio hacer— es perder, al menos, la primera mitad del apetito. Primera razón.



   Segunda razón: que el olor, como en los cuentos utópicos, es un alimento verdadero. Y quien cocina, se pasa una hora, y a veces más, envuelto en una nube de olores. Los absorbe y pierde el apetito.

   Por fortuna, a él sólo le gustaba que su mujer cocinara por lujo o por excepción. Lujo, excepción, que pagaba siempre con un regocijo sólido y sin palabras.

   A diario, no le hubiera agradado. Los menesteres domésticos, pensaba, empequeñecen el alma de la mujer, le gastan los sentidos, la hacen perder la buena conversación y la finura de las manos. Dos visitas diarias a la cocina envejecen a la mujer más que un parto. Y así, a través de la excesiva modestia de su primera época y del buen pasar que la siguió, se esforzaba por apartar a su mujer, casi siempre, de los abusos de la cocina.

   Y así, en esto del ir como del no ir a la cocina —cuando sí, porque sí, y cuando no, porque no— reinaba en aquel matrimonio el acuerdo más edificante. Y él veía, en aquella virtud de su mujer, virtud para los días de fiesta, el perfecto símbolo de dicha, el árbol central de su tienda plantando en este desierto de la vida.

ALFONSO REYES - "La cena y otras historias" - (1956)


Imágenes: Mikkel Jul Hvilshoj

miércoles, 29 de abril de 2026

TUS SECRETOS PUEDEN CONVERTIRSE EN ARMAS CONTRA TI



NOTAS PRIVADAS DE: J. GABRIEL
 
  


   Paciente: L. Crayne

   Fecha/Hora: 24 de junio, 10.30 a. m.

   Sesión: 3   


   Empiezo la sesión de hoy hablando sobre el momento en que L. me tomó la mano la semana pasada. L. ha estado probando los límites en otras ocasiones. Era necesario abordar el tema de manera directa; quería entender mejor qué motivaba ese comportamiento.

   Le he dicho que tenía la impresión de que sus sentimientos hacia mí se habían complicado un poco. Me he apresurado a normalizarlo; le he dicho que se trata de un proceso de transferencia en el que se asigna a una tercera persona —en este caso, a mí— lo que se siente por una figura relevante en su vida. Ocurre a menudo en terapia (aunque nunca había visto que se desarrollara tan pronto): paciente en estado vulnerable, y terapeuta, como receptor único, que empieza a tener mayor significado. Pero tengo la obligación de procurar que se mantengan los límites profesionales de la relación paciente-terapeuta.

   La respuesta de L. ha sido fascinante. Comprende el concepto de transferencia, pero discrepa de que pueda aplicarse en este caso. A continuación, ha dicho que el incidente no sucedió como yo lo he descrito.

   Si bien la negación no resulta del todo sorprendente (L. podría haberse sentido incómoda, avergonzada), su comportamiento sí. Ha defendido su postura con tenacidad; parecía calmada, tranquila. Era evidente que estaba convencida de lo que decía.



   Me ha recordado que, al final de la sesión anterior, ella estaba inquieta, preocupada. Ha dicho que yo seguramente me había percatado, porque había sido yo quien le había cogido la mano. Lo he repetido a modo de aclaración: ¿L. creía que yo había sido el iniciador?

   —No es que lo crea, es que lo sé. Lo recuerdo, claro como el agua. Me cogiste la mano y me diste un suave apretón. Y me dijiste que podía confiar en ti.

   Antes de poder responder, ha añadido:

   —¡Pero no te preocupes! ¡No me lo tomé por el lado que no es! Y lamento si de alguna manera he dado la impresión de lo contrario. Tú solo pretendías reconfortarme. Sabías exactamente lo que necesitaba en ese momento, y funcionó. No deberías sentirte incómodo; no hay nada de lo que disculparse.

   Yo no albergaba ninguna duda acerca de lo que recordaba —mis notas detallando el incidente lo refrendan—, pero he decidido no insistir. No he querido que L. sintiera que no confiaba en ella.

   En su lugar, he dicho que me parecía fascinante que los dos creyéramos que el iniciador había sido el otro. He reconocido lo difícil, si no imposible, que es ser objetivo del todo. Le he preguntado cómo la hacía sentir que discrepáramos. La respuesta de L. ha sido muy intuitiva:

   —Creo que la mente es capaz de modificar nuestros recuerdos sin que nos demos cuenta siquiera. Quizá, de manera subconsciente, creamos nuestro propio relato para justificar una secuencia de sucesos y así otorgarle sentido a nuestra historia. Puede que sea nuestra manera de editar y dar forma al relato que queremos contarnos.



    Digo que tal vez lo que ocurrió de verdad quede a mitad de camino entre su versión y la mía. Si bien uno de los dos tuvo que iniciarlo, él/ella probablemente reaccionó ante algo que percibió en el otro.

   Pregunto si eso afecta a su confianza en mí, si le parezco un terapeuta menos fiable.

   Dice que, en todo caso, hace que confíe más en mí. Agradece que haya abordado un tema incómodo. Empieza a sentir que puede confiar en mí más que en nadie. Si bien la dimensión de lo que expresa es peligrosa, también supone una clara oportunidad de entender mejor qué motiva la transferencia. Le pido que se explique.

   —Es lo que siento desde que hemos empezado a vernos. Solo llevamos tres sesiones y ya hemos hablado de cosas que nunca le he contado a nadie. Es como si me entendieras como jamás lo ha hecho ninguna persona. Me asusta un poco.

   Comento que la vulnerabilidad puede asustar.

   —Pero contigo me siento segura. Nunca le he podido contar a nadie algunas de las cosas de las que hemos hablado. No me malinterpretes, tengo amigos maravillosos, amigos por los que haría cualquier cosa, pero, cuando se vive tan expuesta al público como yo, aprendes deprisa. No debes confiar en alguien por completo, porque si, por lo que fuera, ocurre algo y la relación se rompe, tus secretos pueden convertirse en armas contra ti.

SASH BISCHOFF - "Suave es la furia" - (2025)


Imágenes: Anders Krisár

domingo, 26 de abril de 2026

DESCENDEMOS DE NEURÓTICOS

 



La intranquilidad y la neurosis no son excepciones ni enfermedades, sino nuestro estado más básico, porque si tuviéramos la capacidad natural e innata para vivir en armonía aquí y ahora, nuestros antepasados habrían sido devorados y exterminados antes de conseguir salir reptando del mar. Estamos aquí porque descendemos de una lista interminable de neuróticos inquietos que no se rindieron, que a base de ensayo y error y fracasos y angustia y noches sin dormir descubrieron cómo conseguir que sus hijos sobrevivieran y cómo defenderse de los animales salvajes. No estamos aquí para divertirnos, y quienes no comprendieron esto y se sentaron tranquilamente a descansar, sin prestar atención a los peligros y sin prepararse para evitar ataques o accidentes, murieron sin poder terminar de reírse y mucho menos de reproducirse. Estamos aquí porque nuestros antepasados consiguieron reproducirse antes de morir asesinados o de hambre, y lo consiguieron porque fueron lo suficientemente inteligentes para descubrir a los depredadores que se escondían entre la hierba en lugar de disfrutar de las bellas flores que crecían entre esa misma hierba. Descendemos de neuróticos como ellos y a ellos tenemos que agradecerles nuestra existencia.

NINA LYKKE - "Estado del malestar" - (2020)


Imágenes: Nicole McLaughlin

jueves, 23 de abril de 2026

EN UN TRILLÓN DE AÑOS ESTAREMOS A OSCURAS

 



Multivac se autoajustaba y autocorregía. Así tenía que ser, porque nada que fuera humano podía ajustarla y corregirla con la rapidez suficiente o siquiera con la eficacia suficiente. De manera que Adell y Lupov atendían al monstruoso gigante solo en forma ligera y superficial, pero lo hacían tan bien como podría hacerlo cualquier otro hombre. La alimentaban con información, adaptaban las preguntas a sus necesidades y traducían las respuestas que aparecían. Por cierto, ellos, y todos los demás asistentes tenían pleno derecho a compartir la gloria de Multivac.

    Durante décadas, Multivac ayudó a diseñar naves y a trazar las trayectorias que permitieron al hombre llegar a la Luna, a Marte y a Venus, pero después de eso, los pobres recursos de la Tierra ya no pudieron serles de utilidad a las naves. Se necesitaba demasiada energía para los viajes largos y pese a que la Tierra explotaba su carbón y uranio con creciente eficacia, había una cantidad limitada de ambos.

    Pero lentamente, Multivac aprendió lo suficiente como para responder a las preguntas más complejas en forma más profunda, y el 14 de mayo de 2061 lo que hasta ese momento era teoría se convirtió en realidad.

    La energía del Sol fue almacenada, modificada y utilizada directamente en todo el planeta. Cesó en todas partes el hábito de quemar carbón y fisionar uranio y toda la Tierra se conectó con una pequeña estación —⁠de un kilómetro y medio de diámetro— que circundaba el planeta a mitad de distancia de la Luna, para funcionar con rayos invisibles de energía solar.



    Siete días no habían alcanzado para empañar la gloria del acontecimiento, y Adell y Lupov finalmente lograron escapar de la celebración pública, para refugiarse donde nadie pensaría en buscarlos: en las desiertas cámaras subterráneas, donde se veían partes del poderoso cuerpo enterrado de Multivac. Sin asistentes, ociosa, clasificando datos con clicks satisfechos y perezosos, Multivac también se había ganado sus vacaciones y los asistentes la respetaban y originalmente no tenían intención de perturbarla.

    Se habían llevado una botella y su única preocupación en ese momento era relajarse y disfrutar de la bebida.

    —Es asombroso, cuando uno lo piensa —dijo Adell. En su rostro ancho se veían huellas de cansancio, y removió lentamente la bebida con una varilla de vidrio, observando el movimiento de los cubos de hielo en su interior⁠—. Toda la energía que podremos usar de ahora en adelante, gratis. Suficiente energía, si quisiéramos emplearla, como para derretir a toda la Tierra y convertirla en una enorme gota de hierro líquido impuro, y no echar de menos la energía empleada. Toda la energía que podremos usar por siempre y siempre y siempre.



    Lupov ladeó la cabeza. Tenía el hábito de hacerlo cuando quería oponerse a lo que oía, y en ese momento quería oponerse; en parte porque había tenido que llevar el hielo y los vasos.

    —No para siempre —dijo.

    —Ah, vamos, prácticamente para siempre. Hasta que el Sol se apague, Bert.

    —Entonces no es para siempre.

    —Muy bien, entonces. Durante miles de millones de años. Veinte mil millones, tal vez. ¿Estás satisfecho?

    Lupov se pasó los dedos por los escasos cabellos como para asegurarse que todavía le quedaban algunos y tomó un pequeño sorbo de su bebida.

    —Veinte mil millones de años no es «para siempre».

    —Bien, pero superará nuestra época, ¿verdad?

    —También la superarán el carbón y el uranio.

    —De acuerdo, pero ahora podemos conectar cada nave espacial individualmente con la Estación Solar, y hacer que vaya y regrese de Plutón un millón de veces sin que tengamos que preocuparnos por el combustible. No puedes hacer eso con carbón y uranio. Pregúntale a Multivac, si no me crees.

    —No necesito preguntarle a Multivac. Lo sé.

    —Entonces deja de quitarle méritos a lo que Multivac ha hecho por nosotros —⁠dijo Adell, malhumorado—. Se portó muy bien.

    —¿Quién dice que no? Lo que yo sostengo es que el Sol no durará eternamente. Eso es todo lo que digo. Estamos a salvo por veinte mil millones de años pero, ¿y luego? —⁠Lupov apuntó con un dedo tembloroso al otro—. Y no me digas que nos conectaremos con otro sol.



    Durante un rato hubo silencio. Adell se llevaba la copa a los labios solo de vez en cuando, y los ojos de Lupov se cerraron lentamente. Descansaron.

    De pronto Lupov abrió los ojos.

    —Piensas que nos conectaremos con otro sol cuando el nuestro muera, ¿verdad?

    —No estoy pensando nada.

    —Seguro que estás pensando. Eres malo en lógica, ese es tu problema. Eres como ese tipo del cuento a quien lo sorprendió un chaparrón, corrió a refugiarse en un monte y se paró bajo un árbol. No se preocupaba porque pensaba que cuando un árbol estuviera totalmente mojado, simplemente iría a guarecerse bajo otro.

    —Entiendo —dijo Adell—, no grites. Cuando el Sol muera, las otras estrellas habrán muerto también.

    —Por supuesto —murmuró Lupov—. Todo comenzó con la explosión cósmica original, fuera lo que fuese, y todo terminará cuando todas las estrellas se extingan. Algunas se agotan antes que otras. Por Dios, las gigantes no durarán cien millones de años. El Sol durará veinte mil millones de años y tal vez las enanas durarán cien mil millones por mejores que sean. Pero en un trillón de años estaremos a oscuras. La entropía tiene que incrementarse al máximo, eso es todo.

ISAAC ASIMOV - "El hombre bicentenario y otras historias" - (1976)


Imágenes: Toni Garcés