Citas con los libros.

Desapegos y otras ocupaciones.

viernes, 16 de octubre de 2026

LOS DÍAS PASAN MÁS RÁPIDOS (CADA VEZ)

 




Los días pasan más rápidos (cada vez).

Las riendas del tiempo se nos escapan

y se desbocan esos caballos

llamados días.


Los tramos,

los peldaños

se estrechan inflexiblemente.


El incesante movimiento

desmenuza los segundos

más rápidos (cada vez).


Y nos debatimos

entre milésimas

y diezmilésimas y...


La mandíbula del tiempo

nos sigue devorando,

más rápido, más rápido.




Y el futuro acelera

su obra de deconstrucción:

postre aplazado

e inevitable.


El reloj y el almanaque,

monstruos cotidianos

de amenazas y sacrificios,

se deslizan, sinuosos,

crueles ofidios.


Cada vez más rápido, cada vez.


08/08/2010


Imágenes: Steeven Salvat

miércoles, 14 de octubre de 2026

YA SABES CÓMO SON LAS GRINGAS



Me habían educado para tener un solo hombre y yo no quería más. Ni siquiera me preguntaba si podía ser de otro modo. Pero en cambio me habría decepcionado que el único hombre que yo iba a tener en mi vida resultara insulso… Mil veces mejor que fuera un experto. Que supiera qué hacer conmigo. Cómo tratarme en la cama o donde se le ocurriera. No me importaba que su experiencia la hubiera adquirido con otras. Yo estaba satisfecha con ser la última. Es decir, la primera. Su esposa. Y desde esa posición me parecía ridículo sentir celos por lo que hubiera pasado antes de mí… Los problemas surgieron más tarde. Cuándo exactamente, no sé. Quizá empezaron con mis embarazos. Sería lógico. Tres hijos eran pocos para esa época, pero a mí se me volvieron eternas las temporadas en que no podía hacer nada salvo recuperarme del parto y amamantar a mis bebés… Donde ya no me quedaron dudas de que algo había pasado fue en Washington. Cuando Miguel iba y venía para trabajar en la creación del Fondo Monetario Internacional. Ya sabes cómo son las gringas y él era un hombre atractivo. Economista, inteligente, maduro aunque todavía joven. Además de que yo desde México, atareada con los niños y la casa, no tenía manera de vigilarlo… ¿Mande? Después. Yo me enteré después. Como siempre. Casi siempre… Miguel acababa de regresar a México para tomar posesión como subsecretario en Hacienda. A mí, por supuesto, me tocó desempacar sus maletas. En una caja que traía libros y papeles encontré un atado de cartas. Más bien tarjetas con recados íntimos… Claro que las leí. Ninguna mujer que yo conozca habría dejado de leerlas. Eran de varias tipas. Una tal Lynn y otra Bárbara y dos o tres más. No recuerdo sus nombres ni me importan.



  Pero no había posibilidad de equivocarme. Todas se habían acostado con él… Cada vez que releía esas notas se me subía la sangre a la cabeza. Pensé en aventárselas a la cara a Miguel. Pensé en quemarlas. Al final las metí en lo más hondo de un archivero y no las volví a tocar… No. Nunca le dije a Miguel que las había leído. ¿Para qué?… De ahí en adelante pensé que tampoco ganaba nada con preguntarle de dónde venía cuando me llegaba tarde a la casa. Yo sabía que no era el marido ideal y no quería seguirlo confirmando. Mientras regresara bañado y dispuesto a tomarse un coñaquito conmigo, lo demás no me incumbía… Como ves, yo tenía una idea absolutamente higiénica del matrimonio. Era Miguel quien se ensuciaba cuando iba a hacer sus cochinadas a otra parte. Yo, siempre que no supiera nada a ciencia cierta, me sentía limpia… ¿Feliz? Digamos que los momentos buenos eran más que los malos. Pero yo no pensaba en la felicidad o en la infelicidad, sino en el arrepentimiento. Y no me arrepentía de haberme casado con Miguel… No. Tampoco me arrepiento ahora que está muerto. Si fuera posible regresar al pasado, lo viviría todo otra vez.

ÁLVARO URIBE - "El taller del tiempo" - (2003)


Imágenes: Rafael Silveira

domingo, 11 de octubre de 2026

CUANDO LLORO, ME GUSTA MIRARME EN EL ESPEJO



«Hablas como una funcionaria de clase C de medio pelo, Patri, hija, qué lástima. Con lo quinqui que tú has sido», va y me dice la Nati, y ya me harté y las mandé a todas a «tomar por culo». Me fui a preparar el almuerzo y al pegarle un tijeretazo a la esquina del cartón de tomate frito me saltó un poco al vestido y a las gafas y me puse a llorar. Habían vuelto a poner Los Simpson y no oían mi lamento, y eso me hizo llorar más fuerte. Desde chiquitita, cuando lloro, me gusta mirarme en el espejo. Llorar, como dicen todos los psicólogos del mundo sean de la corriente que sean, será no reprimirse y será sano, vale; pero verte a ti misma llorar te deja nueva. El llanto se alarga, toses, escupes, te quedas afónica, zapateas, golpeas las cosas, revoleas el tomate frito, lanzas al suelo todo lo que encuentras en la alacena, vacías la leche y el aceite, muerdes los estropajos, vuelcas la basura y al final ya no lloras por el motivo que te hizo llorar sino de puro gusto. ¿Y cuando se te acaba el fuelle, la modorra que te entra? Ni Valium ni Tranquimacin ni «hostias»: «llantoterapia» en el espejo. Hay que aprovechar el llorar cuando se presenta, así que en esas estaba yo, mirándome en la tapa de una olla de aluminio porque en la cocina no hay ningún espejo salvo el de un «imán-souvenir» diminuto del frigorífico.



  Tampoco tenía cerca el bolso para socorrerme con el espejito de mano, y no podía salir de la cocina si quería mover la compasión de alguna de esas tres gordas que ya estaban peleándose como todos los santos lunes: la Nati diciendo que era su día de elegir lo que se veía en la tele y que ella elegía no ver nada, o sea, que la tele se quedaba apagada; la Àngels diciendo que si no hacía uso de su derecho lo perdía y pasaba a otro, porque los derechos no se pueden desperdiciar con lo que ha costado conquistarlos; y la Marga diciendo que por qué ese otro al que pasaba el derecho tenía que ser la Àngels y no ella, que no quería ver Los Simpson sino ponerse una peli guarra. Pero como la Marga, con la depresión, no tiene ánimo para discutir, fue la primera en asomarse a la cocina y me dijo lo que me faltaba oír aquella mañana para agarrar el cuchillo de picar verdura: «Patricia, eres subnormal perdida». Dice subnormal para «joderme», la «cabrona» de la Marga y de su conciencia de discapacidad. Ella y yo estuvimos en el colegio de PRONISA hasta los diecisiete años. Pues bueno, pues ahora la Marga ya no dice «el colegio de PRONISA» sino que despliega las siglas una por una y dice «el colegio Pro Niños Subnormales de Arcos». ¿Tú sabes la cara que se le queda a la gente cuando escucha eso? ¡Entonces sí que se me pone a mí cara de subnormal! Y ya tampoco dice FEAPS, sino que desenrolla las mayúsculas y el otro día va y dice «la Federación Española de Asociaciones Pro Subnormales nos invita a una charla que va a dar Pablo Pineda, primer síndrome de Down europeo en sacarse un título universitario y en ganar una Concha de Plata».

 


Pero ahí yo le replico, porque con muy buen criterio y después de cincuenta y un años FEAPS se ha cambiado el nombre. Desde septiembre de 2014 se llama Plena Inclusión, ¿eh, doña Margarita? ¿Qué pega le pones a eso, eh, eh, eh? Pues con tal de «joderla» a una, se la pone, oiga, pero se lo tiene que pensar un rato más largo y en ese tiempo en que se lo piensa Plena Inclusión y yo ya hemos ganado el asalto.

   Total, que me dice que soy subnormal perdida y yo le doy la respuesta que en legítima defensa, excepcional, proporcionada y contundentemente, siempre hay que dar en estos casos: «Subnormal será tu tía». Sonrió con su sonrisa de deprimida, esos separados dientes sarrosos que se le transforman en los barrotes de una jaula detrás de los cuales revolotea algo con desesperación, un gorrioncillo milagrosamente cazado y jamás acostumbrado al cautiverio, una mariposilla a la que se le pegan las alas por la amarilla saliva, y respondió: «Mi tía, mira tú por dónde, es tu madre». Eso ya no es conciencia de discapacidad, perdona que te diga. Eso, en mi pueblo, es mala leche y ganas de hacer daño. Tenía agarrado el cuchillo bueno, pero como soy pacifista cogí la tapa de la olla y reanudé la «llantoterapia».

CRISTINA MORALES - "Lectura fácil" - (2018)


Imágenes: Sebastian Magnani

miércoles, 7 de octubre de 2026

LOS PERROS Y LOS GATOS NO ESCRIBEN LIBROS



—Pero ¿por qué libros? —planteó Lily al cabo de un rato—. ¿Por qué son los libros, estos libros en concreto, los que son capaces de canalizar o de contener esa fuerza, la magia?

   —Es una buena pregunta —reconoció Wagner—. Una pregunta para la que no tengo respuesta. —El alemán se metió un trozo de cordero en la boca y masticó—. Este cordero está muy bueno, Drummond. Buenísimo.

   Fox agachó la cabeza para agradecer el cumplido.

   —Los libros son un objeto específicamente humano, ¿no? —dijo Yasmin—. No puede decirse que se encuentren en el mundo natural. Los perros y los gatos no escriben libros.

   —Yo leería un libro escrito por un perro —comentó Lily, y Wagner sonrió de oreja a oreja.

   —Pero, a lo que me refiero —continuó Yasmin— es a que esta magia, esta fuerza que todavía no entendemos… Alguien debe de haberla metido en los libros de algún modo. O, en el caso de que se trate de fragmentos de otro universo, como sugiere Wagner, ¿cómo se resquebrajaron los límites y por qué terminaron esos fragmentos dentro de los libros?



   —Siempre he creído que fue una persona —admitió Drummond—. Puede que alguien de hace siglos, alguien con la capacidad de crear estos libros mágicos. Esa persona canalizó algo o encontró alguna cosa y luego, con el paso de los siglos, los libros viajaron y se dispersaron por todo el mundo.

   —¿Crees que una sola persona hizo todo esto? —preguntó Wagner con el ceño fruncido—. ¿Que una sola persona los creó todos?

   —Alguien que amara los libros —contestó Drummond, consciente, aunque no avergonzado, de que se trataba de una idea estúpida y romántica.

   Lily empezó a asentir.

   —Sí —dijo—. Solo un amante de los libros podría crear estos ejemplares tan especiales. Son demasiado bonitos para ser una casualidad.



   —Estoy de acuerdo —dijo Yasmin—. No es casualidad que la magia resida en ellos. No sé si fue alguien quien los creó, ni si esa persona amaba los libros, pero la magia está contenida ahí por alguna razón.

   —Ja —convino Wagner—. Todos comparten un montón de características similares, como si formaran parte de un solo conjunto. Da la sensación de que todos se crearon siguiendo el mismo proceso. Quizá los fabricara la misma mano humana.

   —¿Y una mano no humana? —inquirió Lily.

   Drummond sonrió.

   —¿Un extraterrestre?

   —¿Un dios? —propuso ella—. La historia está llena de dioses, igual que las historias humanas están llenas de magia. Quizá también hubiera dioses en algún momento. Tal vez estos libros sean reliquias o artefactos de algún ser sobrenatural.

GARETH BROWN - "El libro de las puertas" - (2024)


Imágenes: Jeremy May

lunes, 5 de octubre de 2026

SONRISA SARDÓNICA


   Hoy se inaugura una nueva etiqueta: MATERIAL INFLAMABLE, que recogerá parte de la obra gráfica realizada por el autor de este blog.




03/07/2026

 

sábado, 3 de octubre de 2026

SE CONVIRTIÓ EN EL SER MÁS HERMOSO DEL PLANETA



El rostro de la Santita, su radiante piel de madera, sus hermosos ojos abiertos que miraban con mirada de carey hacia una esquina mohosa de la pared, eran de una belleza inabordable. Era tan guapa que no se la podía mirar apenas. Era tan hermosa que resultaba difícil imaginar que no existiese, pero al mismo tiempo, también era difícil imaginar que existiese. La Santita era tan pero tan espléndida que no era de este mundo. Era un alien, una diosa astral, un demonio, un extraterrestre andino, una yachaq de oro, un hada de las nieves del Chimborazo, un jaguar sagrado.

   Era tan hermosa que fue canonizada y convertida en ícono popular. La iglesia que la acogía se había convertido en un centro de peregrinación. Cientos de fieles llegaban solo para contemplarla. Las colas de la pequeña ciudad en la que había nacido la Santa eran interminables porque nadie deseaba morir sin haberla visto por lo menos una vez en vida.

   Wilfrida la hermosa, la rockera hermosa, la Santa, murió a los diecisiete años. Era la nieta número uno de la tía Charo, pies de pajarito. La tía Charo, hija de Carolina y Arsenio, había dado a luz a cinco hijos y una hija. Antonia, su hija mayor, se casó con Antonio. Antonio y Antonia formaron una familia nuclear católica cuyo fruto fueron Antonio, Antonia y Wilfrida. Al nacer, la criatura señaló hacia su abuela. Wilfrida fue bautizada como Wilfrido en la iglesia un sábado por la mañana, amadrinada por la tía Charo quien, además, era asidua de la misa de las 6:00 que tenía lugar allí mismo, en la parroquia que luego sería la morada de su nieta, su niña bonita, su niña rockera, su niña huraña.



   Al nacer Wilfrida, la curandera del barrio pasó sus dedos de bruja por la diminuta y blanda espina dorsal de la criatura, sostuvo el cuerpo pegajoso y tierno del bebé entre sus manos, buscó las pupilas oscuras de la tía Charo y dijo: Es una niña especial. No va a tener una larga vida porque no es de este mundo.

   Antonia, la madre, corrigió: Es un niño.

   Hasta los trece años Wilfrida, a quien desde chica le dijeron que era especial, estuvo convencida de que era el mesías. Su presencia en el mundo era como un valle de cacao dulce, un venado que jugaba discretamente, un montoncito de guijarros que alegraban a quienes lo podían observar. Sin amigos, la niña huraña vagaba por las calles de la ciudad vestida siempre de negro, con su walkman a todo volumen, sudamerican rocker siempre. Paseaba por las habitaciones de su casa, por los pasillos de la escuela, sin apenas ser vista, sin apenas ser escuchada, sin apenas ser notada. Sin embargo, al cumplir los trece años, ocurrió algo que alertó a todos, menos a la propia Wilfrida, Wilfrida la hermosa.



   En lugar de devenir en un joven mozo, como se esperaba, a Wilfrida le crecieron los pechos, su manzana de Adán no se hinchó dentro de su garganta, sangre menstrual roja cayó por sus rodillas y su voz no se transformó. El venadito era un alien, el octavo pasajero, un bicho, una criatura parasitoide que hacía su aparición. A los ojos del vecindario el mesías, el soldadito de dios, desaparecía un poco cada día, devorado por fuerzas desconocidas, maliciosas, endemoniadas.

   La tía Charo, sin embargo, apenas le daba importancia al fenómeno. Cuando las avispas le preguntaban por Wilfrida, respondía: Es una criatura particular. La respuesta de la tía Charo se abrazaba con la fuerza de un felino a la profecía de la curandera y la ayudaba a nombrar con amor una diferencia que ella no sabía ni quería explicar. El resto de la ciudad, en cambio, contemplaba atónita la lenta y, sin embargo, incontenible transformación de la Santita. El monstruo era un capullito, una crisálida, una oruga que poquito a poquito, suave, suavecito, había iniciado un proceso de conversión. Sus rasgos se volvieron tersos como las hojas de plátano, su estómago se abultó formando masitas, su piel emanaba un olor dulce como de chocolate de Zamora, sus labios se redondearon, su cintura se estrechó, sus pechos se hincharon como mangos dulces, su pelo creció convirtiéndose en una cascada amazónica que caía sobre su espalda. Bendecida por los espíritus y los apus, la criatura había iniciado un proceso de transfiguración cosmológica de dimensiones espíritu-tekno-fluviales impredecibles.

   Pero, sobre todo, Wilfrida la rockera se convirtió en el ser más hermoso del planeta.

MAFE MOSCOSO - "La Santita" - (2024)


Imágenes: Antoine Verglas