Citas con los libros.

Desapegos y otras ocupaciones.

domingo, 11 de octubre de 2026

CUANDO LLORO, ME GUSTA MIRARME EN EL ESPEJO



«Hablas como una funcionaria de clase C de medio pelo, Patri, hija, qué lástima. Con lo quinqui que tú has sido», va y me dice la Nati, y ya me harté y las mandé a todas a «tomar por culo». Me fui a preparar el almuerzo y al pegarle un tijeretazo a la esquina del cartón de tomate frito me saltó un poco al vestido y a las gafas y me puse a llorar. Habían vuelto a poner Los Simpson y no oían mi lamento, y eso me hizo llorar más fuerte. Desde chiquitita, cuando lloro, me gusta mirarme en el espejo. Llorar, como dicen todos los psicólogos del mundo sean de la corriente que sean, será no reprimirse y será sano, vale; pero verte a ti misma llorar te deja nueva. El llanto se alarga, toses, escupes, te quedas afónica, zapateas, golpeas las cosas, revoleas el tomate frito, lanzas al suelo todo lo que encuentras en la alacena, vacías la leche y el aceite, muerdes los estropajos, vuelcas la basura y al final ya no lloras por el motivo que te hizo llorar sino de puro gusto. ¿Y cuando se te acaba el fuelle, la modorra que te entra? Ni Valium ni Tranquimacin ni «hostias»: «llantoterapia» en el espejo. Hay que aprovechar el llorar cuando se presenta, así que en esas estaba yo, mirándome en la tapa de una olla de aluminio porque en la cocina no hay ningún espejo salvo el de un «imán-souvenir» diminuto del frigorífico.



  Tampoco tenía cerca el bolso para socorrerme con el espejito de mano, y no podía salir de la cocina si quería mover la compasión de alguna de esas tres gordas que ya estaban peleándose como todos los santos lunes: la Nati diciendo que era su día de elegir lo que se veía en la tele y que ella elegía no ver nada, o sea, que la tele se quedaba apagada; la Àngels diciendo que si no hacía uso de su derecho lo perdía y pasaba a otro, porque los derechos no se pueden desperdiciar con lo que ha costado conquistarlos; y la Marga diciendo que por qué ese otro al que pasaba el derecho tenía que ser la Àngels y no ella, que no quería ver Los Simpson sino ponerse una peli guarra. Pero como la Marga, con la depresión, no tiene ánimo para discutir, fue la primera en asomarse a la cocina y me dijo lo que me faltaba oír aquella mañana para agarrar el cuchillo de picar verdura: «Patricia, eres subnormal perdida». Dice subnormal para «joderme», la «cabrona» de la Marga y de su conciencia de discapacidad. Ella y yo estuvimos en el colegio de PRONISA hasta los diecisiete años. Pues bueno, pues ahora la Marga ya no dice «el colegio de PRONISA» sino que despliega las siglas una por una y dice «el colegio Pro Niños Subnormales de Arcos». ¿Tú sabes la cara que se le queda a la gente cuando escucha eso? ¡Entonces sí que se me pone a mí cara de subnormal! Y ya tampoco dice FEAPS, sino que desenrolla las mayúsculas y el otro día va y dice «la Federación Española de Asociaciones Pro Subnormales nos invita a una charla que va a dar Pablo Pineda, primer síndrome de Down europeo en sacarse un título universitario y en ganar una Concha de Plata».

 


Pero ahí yo le replico, porque con muy buen criterio y después de cincuenta y un años FEAPS se ha cambiado el nombre. Desde septiembre de 2014 se llama Plena Inclusión, ¿eh, doña Margarita? ¿Qué pega le pones a eso, eh, eh, eh? Pues con tal de «joderla» a una, se la pone, oiga, pero se lo tiene que pensar un rato más largo y en ese tiempo en que se lo piensa Plena Inclusión y yo ya hemos ganado el asalto.

   Total, que me dice que soy subnormal perdida y yo le doy la respuesta que en legítima defensa, excepcional, proporcionada y contundentemente, siempre hay que dar en estos casos: «Subnormal será tu tía». Sonrió con su sonrisa de deprimida, esos separados dientes sarrosos que se le transforman en los barrotes de una jaula detrás de los cuales revolotea algo con desesperación, un gorrioncillo milagrosamente cazado y jamás acostumbrado al cautiverio, una mariposilla a la que se le pegan las alas por la amarilla saliva, y respondió: «Mi tía, mira tú por dónde, es tu madre». Eso ya no es conciencia de discapacidad, perdona que te diga. Eso, en mi pueblo, es mala leche y ganas de hacer daño. Tenía agarrado el cuchillo bueno, pero como soy pacifista cogí la tapa de la olla y reanudé la «llantoterapia».

CRISTINA MORALES - "Lectura fácil" - (2018)


Imágenes: Sebastian Magnani

miércoles, 7 de octubre de 2026

LOS PERROS Y LOS GATOS NO ESCRIBEN LIBROS



—Pero ¿por qué libros? —planteó Lily al cabo de un rato—. ¿Por qué son los libros, estos libros en concreto, los que son capaces de canalizar o de contener esa fuerza, la magia?

   —Es una buena pregunta —reconoció Wagner—. Una pregunta para la que no tengo respuesta. —El alemán se metió un trozo de cordero en la boca y masticó—. Este cordero está muy bueno, Drummond. Buenísimo.

   Fox agachó la cabeza para agradecer el cumplido.

   —Los libros son un objeto específicamente humano, ¿no? —dijo Yasmin—. No puede decirse que se encuentren en el mundo natural. Los perros y los gatos no escriben libros.

   —Yo leería un libro escrito por un perro —comentó Lily, y Wagner sonrió de oreja a oreja.

   —Pero, a lo que me refiero —continuó Yasmin— es a que esta magia, esta fuerza que todavía no entendemos… Alguien debe de haberla metido en los libros de algún modo. O, en el caso de que se trate de fragmentos de otro universo, como sugiere Wagner, ¿cómo se resquebrajaron los límites y por qué terminaron esos fragmentos dentro de los libros?



   —Siempre he creído que fue una persona —admitió Drummond—. Puede que alguien de hace siglos, alguien con la capacidad de crear estos libros mágicos. Esa persona canalizó algo o encontró alguna cosa y luego, con el paso de los siglos, los libros viajaron y se dispersaron por todo el mundo.

   —¿Crees que una sola persona hizo todo esto? —preguntó Wagner con el ceño fruncido—. ¿Que una sola persona los creó todos?

   —Alguien que amara los libros —contestó Drummond, consciente, aunque no avergonzado, de que se trataba de una idea estúpida y romántica.

   Lily empezó a asentir.

   —Sí —dijo—. Solo un amante de los libros podría crear estos ejemplares tan especiales. Son demasiado bonitos para ser una casualidad.



   —Estoy de acuerdo —dijo Yasmin—. No es casualidad que la magia resida en ellos. No sé si fue alguien quien los creó, ni si esa persona amaba los libros, pero la magia está contenida ahí por alguna razón.

   —Ja —convino Wagner—. Todos comparten un montón de características similares, como si formaran parte de un solo conjunto. Da la sensación de que todos se crearon siguiendo el mismo proceso. Quizá los fabricara la misma mano humana.

   —¿Y una mano no humana? —inquirió Lily.

   Drummond sonrió.

   —¿Un extraterrestre?

   —¿Un dios? —propuso ella—. La historia está llena de dioses, igual que las historias humanas están llenas de magia. Quizá también hubiera dioses en algún momento. Tal vez estos libros sean reliquias o artefactos de algún ser sobrenatural.

GARETH BROWN - "El libro de las puertas" - (2024)


Imágenes: Jeremy May

lunes, 5 de octubre de 2026

SONRISA SARDÓNICA


   Hoy se inaugura una nueva etiqueta: MATERIAL INFLAMABLE, que recogerá parte de la obra gráfica realizada por el autor de este blog.




03/07/2026

 

sábado, 3 de octubre de 2026

SE CONVIRTIÓ EN EL SER MÁS HERMOSO DEL PLANETA



El rostro de la Santita, su radiante piel de madera, sus hermosos ojos abiertos que miraban con mirada de carey hacia una esquina mohosa de la pared, eran de una belleza inabordable. Era tan guapa que no se la podía mirar apenas. Era tan hermosa que resultaba difícil imaginar que no existiese, pero al mismo tiempo, también era difícil imaginar que existiese. La Santita era tan pero tan espléndida que no era de este mundo. Era un alien, una diosa astral, un demonio, un extraterrestre andino, una yachaq de oro, un hada de las nieves del Chimborazo, un jaguar sagrado.

   Era tan hermosa que fue canonizada y convertida en ícono popular. La iglesia que la acogía se había convertido en un centro de peregrinación. Cientos de fieles llegaban solo para contemplarla. Las colas de la pequeña ciudad en la que había nacido la Santa eran interminables porque nadie deseaba morir sin haberla visto por lo menos una vez en vida.

   Wilfrida la hermosa, la rockera hermosa, la Santa, murió a los diecisiete años. Era la nieta número uno de la tía Charo, pies de pajarito. La tía Charo, hija de Carolina y Arsenio, había dado a luz a cinco hijos y una hija. Antonia, su hija mayor, se casó con Antonio. Antonio y Antonia formaron una familia nuclear católica cuyo fruto fueron Antonio, Antonia y Wilfrida. Al nacer, la criatura señaló hacia su abuela. Wilfrida fue bautizada como Wilfrido en la iglesia un sábado por la mañana, amadrinada por la tía Charo quien, además, era asidua de la misa de las 6:00 que tenía lugar allí mismo, en la parroquia que luego sería la morada de su nieta, su niña bonita, su niña rockera, su niña huraña.



   Al nacer Wilfrida, la curandera del barrio pasó sus dedos de bruja por la diminuta y blanda espina dorsal de la criatura, sostuvo el cuerpo pegajoso y tierno del bebé entre sus manos, buscó las pupilas oscuras de la tía Charo y dijo: Es una niña especial. No va a tener una larga vida porque no es de este mundo.

   Antonia, la madre, corrigió: Es un niño.

   Hasta los trece años Wilfrida, a quien desde chica le dijeron que era especial, estuvo convencida de que era el mesías. Su presencia en el mundo era como un valle de cacao dulce, un venado que jugaba discretamente, un montoncito de guijarros que alegraban a quienes lo podían observar. Sin amigos, la niña huraña vagaba por las calles de la ciudad vestida siempre de negro, con su walkman a todo volumen, sudamerican rocker siempre. Paseaba por las habitaciones de su casa, por los pasillos de la escuela, sin apenas ser vista, sin apenas ser escuchada, sin apenas ser notada. Sin embargo, al cumplir los trece años, ocurrió algo que alertó a todos, menos a la propia Wilfrida, Wilfrida la hermosa.



   En lugar de devenir en un joven mozo, como se esperaba, a Wilfrida le crecieron los pechos, su manzana de Adán no se hinchó dentro de su garganta, sangre menstrual roja cayó por sus rodillas y su voz no se transformó. El venadito era un alien, el octavo pasajero, un bicho, una criatura parasitoide que hacía su aparición. A los ojos del vecindario el mesías, el soldadito de dios, desaparecía un poco cada día, devorado por fuerzas desconocidas, maliciosas, endemoniadas.

   La tía Charo, sin embargo, apenas le daba importancia al fenómeno. Cuando las avispas le preguntaban por Wilfrida, respondía: Es una criatura particular. La respuesta de la tía Charo se abrazaba con la fuerza de un felino a la profecía de la curandera y la ayudaba a nombrar con amor una diferencia que ella no sabía ni quería explicar. El resto de la ciudad, en cambio, contemplaba atónita la lenta y, sin embargo, incontenible transformación de la Santita. El monstruo era un capullito, una crisálida, una oruga que poquito a poquito, suave, suavecito, había iniciado un proceso de conversión. Sus rasgos se volvieron tersos como las hojas de plátano, su estómago se abultó formando masitas, su piel emanaba un olor dulce como de chocolate de Zamora, sus labios se redondearon, su cintura se estrechó, sus pechos se hincharon como mangos dulces, su pelo creció convirtiéndose en una cascada amazónica que caía sobre su espalda. Bendecida por los espíritus y los apus, la criatura había iniciado un proceso de transfiguración cosmológica de dimensiones espíritu-tekno-fluviales impredecibles.

   Pero, sobre todo, Wilfrida la rockera se convirtió en el ser más hermoso del planeta.

MAFE MOSCOSO - "La Santita" - (2024)


Imágenes: Antoine Verglas

jueves, 1 de octubre de 2026

UNA CALCULADORA DE LA VIDA



¿A ti cómo te habría sentado? Porque, más allá de preguntarnos qué clase de persona es el conserje, que también es un planteamiento pertinente, no digo yo que no, lo que en realidad deberíamos procurar es meternos en su pellejo. Llevo días intentando unir la línea de puntitos que dibuja su personalidad, su vida, sus circunstancias, para ver si así entiendo la reacción que tuvo, cómo demonios se le ocurrió hacer algo así. Y aunque supongo que no llego a entenderla en toda su complejidad, concluyo lo siguiente: yo habría hecho, si no lo mismo, sí algo igual de desesperado. Es verdad que en todo este disparate, porque tiene bastante de disparate, eso no me lo puedes negar, lo más llamativo está en los matices, en los pequeños detalles que le dan cera abrillantadora al conjunto, pero aun así, ya existía una serie de hechos que permitían prever que habría un gran acto final. Imagina que tenemos aquí una calculadora de la vida, de la suya, de la del conserje, en mayúscula la palabra Vida, por favor, y comenzamos a teclear todos estos datos. Voy a ello: El conserje nunca, ni antes ni ahora, fue una persona muy normalita + Su madre se murió cuando él tenía trece o catorce años + Se quedó solo junto a su padre, con todo lo que se dice de ese hombre + Se independizó cuando se largó a la conserjería con veintipocos años + Cuando su padre murió, que nosotros sepamos, solo quedó él en esa breve saga familiar + El director le comunicó de buenas a primeras que lo jubilaban y, por tanto, debía abandonar la casa del colegio. Te doy unos segundos para que lo sumes todo y me digas un resultado.



   ¿Qué? Te sale lo mismo que a mí, ¿no? Por supuesto. Ese tío hizo poco para lo que podría haber hecho. Es obvio que mi suma es muy elemental y que una ecuación o un logaritmo podrían aportar algo más de precisión al asunto, pero tú y yo sabemos que la precisión no tiene por qué equivaler a más verdad. Así que si tú me pidieras, ya sé que no me lo has pedido ni me lo vas a pedir, pero si tú me pidieras que trabajara en intentar esclarecer un poquito todo esto, creo que me adentraría en cada uno de los elementos de esa suma. Ahí es donde están las claves de interpretación. Porque, en el fondo, a lo máximo que nosotros podemos aspirar es a reunir un buen puñado de notas, armar una partitura e intentar interpretar la música de ese hombre. Esta metáfora se la escuché a un tertuliano de la televisión por otro tema que ahora no viene al caso, pero que encaja aquí a la perfección. Si además me pidieras, que ya sé que no, tranquilo, que te dijera por dónde deberíamos empezar a rebuscar, yo lo tendría muy claro: su madre se murió cuando él apenas era un chaval. Y no escojo este comienzo porque convenga hacer un balance psicoanalítico de lo ocurrido. A fin de cuentas, a todos, antes o después, se nos mueren las madres. Lo escojo porque tú y yo sabemos de sobra que esa mujer no estaba para morirse. Cosa que le viene muy bien a tu libro, por cierto. De hecho, creo que una de las razones por las que has metido las zarpas en la historia del conserje es por eso. Por la madre. ¿A que no me equivoco?



    A mí ni me tienes que contestar porque yo te conozco mejor que tus padres. Sé que los ojitos se te llenan de amor y pecado cuando hablamos de este tema. Y además es muy comprensible. Precisamente por eso, porque es un buen lugar por el que empezar, me voy a permitir la confianza de compartir contigo la identidad de una de las personas que más sabe sobre esa mujer, sin saber demasiado, supongo, puesto que aquí las claves fueron el misterio y la contradicción. La conoces bastante bien. Y nadie se explica cómo sigue respirando a estas alturas, así que es una oportunidad providencial que te brinda la vida. ¿Sabes ya de quién te hablo? De la vecina de la que entonces era la casa de los padres del conserje. En esa mujer hay una veta de oro que va a cruzar tu novela de la primera a la última página. ¿Sí o no? Dicen que esa señora tiene gracia de Dios. Que lloró en la barriga de su madre un mes antes de nacer. Que era la quinta de siete hermanos y que dejó sin leche materna a la que vino después de ella. Que sana imponiendo las manos en la cabeza, sobre las tripas y entre los muslos. Que con un poco de alcohol de romero consigue más cosas que con un antibiótico de amplio espectro. Y lo más importante de todo: que ella fue la última persona que vio con vida a la madre del conserje. Me entra frío con solo decirlo. Si quieres, yo mismo te acompaño a su casa.

JUAN MANUEL GIL - "Majareta" - (2026)


Imágenes: Jon Ching

lunes, 28 de septiembre de 2026

EL MUNDO SE ACABA

 



El segundo cataclismo dio comienzo durante mi undécima vida, en 1996. Me encontraba a las puertas de una de mis habituales muertes, desvaneciéndome en un cálido sopor de morfina, que ella interrumpió como si fuera un cubito de hielo que me recorriera el espinazo.

   Ella tenía siete años, yo setenta y ocho. Ella tenía el pelo liso y rubio recogido en una larga coleta que le caía sobre la espalda, yo tenía el cabello níveo, al menos lo que quedaba de él. Yo vestía una bata de hospital, aséptica y austera; ella, un uniforme escolar de color azul chillón y una gorra de fieltro. Estaba sentada en el borde de mi cama, con los pies colgando, y me miraba a los ojos. Examinó el monitor cardíaco que tenía conectado al pecho, comprobó que hubiera desconectado la alarma, me tomó el pulso y dijo:

   —Por poco no llego a tiempo, doctor August. Hablaba alemán con un marcado acento de Berlín, pero cualquier idioma del mundo habría seguido pareciendo respetable en sus labios. Se rascó la pantorrilla izquierda, en el punto donde las medias blancas que llevaba subidas hasta las rodillas comenzaron a picarle por efecto de la lluvia que caía en el exterior. Mientras se rascaba, dijo:

   —Necesito enviar un mensaje a través del tiempo. Si es que se puede considerar que el tiempo tiene alguna importancia en este caso. Aprovechando que te estás muriendo, te pido que se lo transmitas a los Clubes de tu época, del mismo modo que me lo han transmitido a mí.



   Intenté decir algo, pero las palabras se me atascaron en la garganta y al final me quedé callado.

   —El mundo se acaba —dijo—. El mensaje se ha ido transmitiendo de niños a adultos a través de generaciones durante un periodo de mil años. El mundo se acaba y no podemos impedirlo. Así que ahora depende de ti.

   Me di cuenta de que el tailandés era el único idioma que me veía capaz de articular con cierta coherencia, y las únicas palabras que conseguí formular fueron: ¿por qué?

   No pregunté, debo aclarar, por qué se estaba acabando el mundo.

   Más bien: ¿Por qué debería importarnos?

   Ella sonrió y comprendió lo que intentaba transmitirle sin necesidad de que lo expresara con palabras. Se inclinó hacia mí y me murmuró al oído:

   —El mundo se acaba, siempre ha sido así. Pero el final se está acelerando.

   Aquello fue el principio del fin.

CLAIRE NORTH - "Las primeras quince vidas de Harry August" - (2014)


Imágenes: Harriet Mena Hill