Se acerca a mí con un aire de desconcierto ingenuo y deferente: cada vez estoy más convencido de que está jugando conmigo.
—Dígame, señor, en confianza —dice—, ¿de qué se quejan los bárbaros? ¿Qué quieren de nosotros?
Debería ser cauteloso, pero no lo soy. Debería bostezar, eludir sus preguntas, acabar con la velada; pero me veo tragando el anzuelo. (¿Cuándo aprenderé a no decir lo que pienso?).
—Quieren que se acabe con la expansión de poblados en su territorio. Quieren que finalmente se les devuelvan sus tierras. Quieren tener la libertad de ir de un pasto a otro como hacían antes —todavía no es demasiado tarde para interrumpir el discurso. Sin embargo, oigo que mi voz sube de tono y, a disgusto, me dejo intoxicar por mi ira—. No mencionaré nada de las recientes incursiones llevadas a cabo contra ellos, totalmente injustificadas y seguidas de actos de violencia desenfrenada, ya que la seguridad del Imperio estaba en juego, o al menos eso me dijeron. Llevará años arreglar el daño causado en esos pocos días. Pero dejemos eso, déjeme más bien que le cuente lo que encuentro descorazonador en mi calidad de administrador, incluso en tiempo de paz, incluso cuando las relaciones fronterizas son buenas.
Sabe, hay una época del año en la que los nómadas nos visitan para comerciar. Bien: vaya a cualquiera de los puestos del mercado durante esa época y vea a quién roban en el peso, a quién engañan, a quién gritan e intimidan. Vea quién tiene que dejar a su mujer en el campamento por temor a que los soldados la insulten. Vea quién está tirado en el suelo borracho, y vea quién es el que le ha empujado hasta allí. Es contra este desprecio por los bárbaros, un desprecio que es compartido por el más insignificante mozo de cuadra o campesino, contra el que yo como magistrado he tenido que luchar durante veinte años. ¿Cómo se puede erradicar el desprecio, especialmente cuando este desprecio se basa únicamente en diferencias de modales en la mesa o en variaciones en la forma del párpado? ¿Quiere que le diga lo que desearía? Desearía que estos bárbaros se alzaran en armas y nos dieran una lección para que aprendiéramos a respetarles.
Creemos que esta tierra nos pertenece, es parte de nuestro Imperio, nuestro puesto fronterizo, nuestro pueblo, nuestro mercado. Pero esas gentes, esos bárbaros, no lo ven de la misma manera. Llevamos aquí más de cien años, hemos recuperado tierra del desierto y construido regadíos y cultivado los campos y levantado hogares sólidos y erigido una muralla alrededor de nuestro pueblo, pero ellos todavía nos consideran visitantes, viajeros de paso. Entre ellos hay ancianos que recuerdan lo que sus padres les contaban de cómo era este oasis hace años: un lugar sombreado junto al lago con abundantes pastos incluso en invierno. Esto es todavía lo que dicen de él, quizá todavía lo vean así, como si no se hubiera removido un grano de tierra ni se hubiera colocado un ladrillo sobre otro. No dudan de que en cualquier momento cargaremos nuestras carretas y volveremos a cualquiera que sea el lugar de donde vinimos, que nuestras edificaciones se convertirán en hogares de ratones y lagartijas, que sus animales pastarán en los fértiles campos que cultivamos.
¿Se sonríe? ¿Quiere que le diga algo? Cada año el agua del lago se vuelve un poco más salobre. Hay una explicación muy simple —pero esto es lo de menos—. Los bárbaros lo saben. En este momento se estarán diciendo, «seamos pacientes, uno de estos días la sal arruinará sus cosechas, no podrán alimentarse, tendrán que irse». Esto es lo que piensan. Que resistirán más que nosotros.
—Pero nosotros no nos vamos a marchar —dice el joven con calma.
—¿Está seguro?
—No nos vamos a marchar, y por lo tanto se equivocan. Incluso si llegara a ser necesario abastecer al pueblo con convoyes, no nos iríamos. Porque los enclaves fronterizos representan la primera línea de defensa del Imperio. Cuanto antes comprendan los bárbaros esto, mejor.
J. M. COETZEE - "Esperando a los bárbaros" - (1980)





















