Mi nombre es Juan de Tartáz. El primer Tartáz que pisó estas tierras en la época colonial fue el fundador del legado familiar. José de Tartáz era su nombre. Dedicaba sus horas de ocio a concurrir a velorios ajenos. No le interesaba el muerto, su único objetivo era evitar las lágrimas. No podía soportarlas bajo ninguna forma. En el libro que dejó como Manifiesto Integral de sus nobles acciones, Velorio, Familia y Tartáz, explica que él jamás derramó una lágrima. Nunca. Mi padre, Joaquín de Tartáz, me leía el Manifiesto de los Tartáz todas las noches, durante la cena, y de esa manera aprendí el arte de hacer reír a aquellos que no pueden dejar de llorar. Lógicamente mi padre me entrenó para evitar las lágrimas. Las mías y las ajenas. Los dos nos enorgullecíamos de no haber llorado jamás. Nunca. Cuando él murió sus últimas palabras fueron: «No abandones la tradición familiar y nunca llores. Nunca». Ese fue su último deseo.
El nuestro, señores, es un arte, un trabajo de orfebrería, una obra que, si caben las comparaciones, me permito poner como ejemplo a las Puertas del Paraíso de Ghiberti que enaltecen el Baptisterio de Florencia. Porque el nuestro es un trabajo de esa categoría, un trabajo superior y dentro del círculo familiar somos respetados y admirados por el nivel, el compromiso que asumimos en todo momento. Como primera medida hay que lograr que los parientes del muerto no se pregunten qué hace un total desconocido contando chistes en medio del velorio del ser querido. Pero también hay que saber cuándo es el momento para empezar, hay que aprender a leerlo en el aire, en los rostros. Luego uno debe elegir el repertorio adecuado porque los públicos son numerosos, así como también las reacciones. Una sola vez en mi vida, en mi juventud, tuve que correr bajo una lluvia de rosarios, biblias y calas. Claro que yo no podía saber que el muerto se había tirado de un noveno piso cuando conté el chiste del hombre que quería volar. Pero sobre todo hay que aprender a contener la repulsión por las lágrimas, las ganas de vomitar cuando uno ve que ese líquido transparente repta por las caras, moja la ropa, la comida, se mezcla con el humo de los cigarrillos y con los pañuelos sucios, húmedos, se mete en la boca como miles de gusanos blancos, recorre las manos, se mezcla con los mechones de pelo, descansa en las uñas, devora los ojos, nubla la mirada, traspasa la piel entera y deja una mancha permanente, que no se ve, una mancha que va creciendo dentro de las venas, ensuciando la sangre, tiñéndola de tristeza, de muerte. Quizás eso sea lo más difícil.
AGUSTINA BAZTERRICA - "Diecinueve garras y un pájaro oscuro" - (2020)























