Citas con los libros.

Desapegos y otras ocupaciones.

lunes, 23 de marzo de 2026

UN DOCTORADO EN HOSTIAS COMO PANES

 



Solo te dejé el ojo a la funerala, pedazo de cabrón, y ahora me arrepiento de no haberte matado. Nunca pensé que fueras a llegar tan lejos con tus aires, doutorciño, y mira que tenía datos suficientes como para que no me pillase por sorpresa, años y años a mis espaldas aturando tus caralladas. Pero tú siempre lo consigues, ¿no? Abraiarme, digo. A mí y a todos, claro: Cosme, Cosmiño, don Cosme, el escogido por pai para seguir sus pasos, el ojo derecho de doña Carmen en la escuela, el más repeinado, el más gilipollas. Pero yo sí sabía que eras un cabronazo. Lo aprendí a la fuerza casi el mismo día que salí por la cona de tu madre, la primera vez que intentaste dejarme sin aire. Cosas de rapaces, dijo nai, como siempre que quisiste joderme. Manda truco: eres el hijo de puta más grande que me encontré y resulta, ya es mala hostia, que eres mi hermano. Te reconozco que hasta fue enternecedor que intentases pegarme, meu pobre. Casi siempre me ganaste en todo, pero hay dos cosas en las que soy más hábil que tú: con las manos y con las mujeres. Además, en todos los años que no supiste de mí me dio tiempo de sacarme un doctorado en hostias como panes, nen, aunque creo que eso ya lo comprobaste por tu cuenta.



  ¿También le zurrabas a tu mujer? Cuéntaselo a tu hermanito. No creo que tuvieras los huevos de ponerle la mano encima con Aida en casa. Luego… ya es otro cantar. ¿Por eso te dejó, cabronazo? Ay, Cosmiño, Cosmiño, yo nunca supe muy bien lo que pasara con la Marisol, pero así y todo me alegro de que te dejase. Mira que era sosa la pava, vamos, un muermo, parecía hecha a medida para soportar toda la mierda que el santo don Cosme quisiera echarle encima. Contra todas mis apuestas, hasta ella terminó por abrirse, y tu hija nunca te perdonará que la dejases sin nada cuando se piró. De hecho, Aida es la única en la aldea que te tiene calado. No se parece a su madre, la gorda, ella es brava como un carneiro. Igual por eso me pone tanto. ¿Qué? No te escandalices, meu. Será hija tuya, tranquilo, que nadie lo duda, pero desde luego no lo parece. Para mí ella es todo lo que tú nunca fuiste: un origen, una familia y un refugio. Por eso me largué del ático sin decirte nada, para protegerla del mierdas de su padre. También de mí, no te lo voy negar, pero sobre todo de ti, de tus neuras, de tu juego sucio, de tu vigilancia enfermiza a través de mis ojos. Me dejaste que compartiese piso y cubierto con Aida a cambio de que fuese cómplice de tus movidas, pero pronto empecé a desearla, diría que hasta a quererla, y entonces el precio a pagar se volvió demasiado alto.



   Lo supiste muy tarde, cabrón, jugué bien mis cartas y por eso tu hija pudo terminar la carrera sin volver a dirigirte la palabra. Sé que después de la hostia que te di en la aldea no volviste a llamar, ni siquiera en horario de clase, para recordarme otra vez que dependía de tu caridad, que yo era un pobre hombre y tú, más ruin de lo que me imaginara cuando acepté aquel trato. Pero tampoco me habrías encontrado, Cosme, nadie te habría descolgado el teléfono porque me piré de Santiago y ya no volví, pero lo que cuenta es que nunca más me exigiste que te contase detalles de la vida de Aida que le pertenecían solo a ella. Aun así, y eso es verdad, ni un mes faltaron los cartos para tu hija. Sí, has oído bien, para tu hija, porque yo no me quedé nada, miñoca, ni un solo duro. Yo no soy como tú, yo soy legal, aunque por mis venas también corra la sangre de pai. En menor proporción que en las tuyas, eso está claro.



   No llegué a decírtelo, pero cada día te pareces más a él. Y yo, de fillos de tres mil putas como vosotros, no quiero ni la hora. No solo me fui del ático por Aida: también me abrí porque te odio. Lo mismo la palabra es muy grande, pero no sé explicar de otra forma mejor que no soportaba vivir bajo un techo tuyo, ni comer un grano de arroz pagado con tu dinero. Durante ese tiempo le pasé a tu hija hasta la última peseta y dejé que siguiera su camino sin mí, sin mi devoción y sin la mirada inquisidora de su padre tras la mirilla. A la vista está que la rapaza se apañó. ¿No estás orgulloso, Cosmiño? Pues deberías. Igual que no deberías olvidar mientras vivas que Lolo, el pequeño, el hijo aborrecido por pai, lo supo casi todo sobre el cabrón de su hermano. Ni tampoco que por eso ahora está muerto.

ALBA CARBALLAL - "Bailaréis sobre mi tumba" - (2023)


Imágenes: Ben Zank


viernes, 20 de marzo de 2026

DIVINOS REGALOS ENVENENADOS




El Dios Supremo estaba cansado de ver siempre las mismas caras: las de sus hermanos y hermanas -prepotentes, envidiosas, iracundas-; la de su esposa -aburrida como la de Él, de eternidad y de inacción; las de sus hijos e hijas -estúpidas, lascivas, llenas de desidia-.

Pretendió dar un giro a sus infinitos días y se dispuso a elaborar un juguete: para Él, aunque sabía que toda la antojadiza parentela se iría incorporando a su nuevo pasatiempo.

Así, creó al hombre: hombre y mujer los creó.

En un principio, lo distrajeron: los mimaba, los tentaba, les prohibía algunas cosas y les impelía a realizar otras, a veces de una forma contradictoria y siempre caprichosa.

Sus juguetes se reprodujeron como conejillos en libertad. Así, toda la caterva divina se fue inclinando por unos o por otros. Tenían sus favoritos, sus protegidos y también sus objetos de burla y/o castigo.

Los hombres y mujeres se fueron organizando. Adoraban y llevaban a cabo sacrificios a los divinos para conquistar sus favores.

Pero la especie humana no era feliz. Todo era demasiado complicado y penoso, por lo que un infausto día designaron un portavoz y una portavoza (¿se dice así?) que se dirigieron a su creador.

-Tú, en tu infinita sabiduría y con tu omnipotencia, nos creaste-proclamó el hombre-. Pero mira: somos desgraciados. Incluso los que poseen más riquezas tienen sus problemas: enfermedades, vejez, impuestos, cuernos, sacerdotes, políticos, militares...



Y agregó la mujer:

-Y todo para que tú y tu familia estéis un poco más entretenidos...

En ese momento, el Dios -que era bastante machista-, se enfadó ante este alegato inesperado y subidito-de-tono.

-¡Desgraciados! -bramó-. Yo os regalé la vida, el don más valioso que se puede otorgar. Y os regalé el conocimiento, y vuestros sentidos, y un cuerpo hermoso y grácil, y vuestro sentido del humor, y...

-Para, para. Ya sabemos todo lo que nos has regalado -se volvió a crecer el portavoz humano-. Y no lo queremos. Todos son regalos envenenados que nos conducen a la desgracia, al dolor,...

Y aquí ya, el Dios no aguantó más y los fulminó: a los portavoces, a los que los acompañaban y a toda, todita la humanidad. Los convirtió en piedras. Eso sí: en piedras hermosas, diferentes, con brillos y colores inusitados.

Y desde entonces, toda la divina familia se entretiene con sus colecciones mineralógicas y gemológicas. Lo cual no quita que, de vez en cuando, surja alguna disputa entre ellos por un quítame allá esos rubíes o un ese-ópalo-era-mío. Eso sí: nunca llega la divina sangre al río.

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NOTAS DEL AUTOR:

1.- Este fenómeno se viene repitiendo periódicamente cada X eones, con ligeras variantes que introducen diluvios, guerras nucleares, meteoritos, terremotos, etc.

Y yo, que estoy contando todo esto -no sé para quién-, soy el único superviviente, por la Gracia del Dios.

2.- Existe una leyenda, corre un oscuro rumor, por los más bajos fondos, por los antros de los asentamientos humanos: este Dios es sólo UNO de una infinita cadena de dioses sucesivos. No se prestará el menor crédito a dichas habladurías. Si estas fuesen ciertas, ¿qué sería de mí?


Imágenes: Bryan D. Drummond


martes, 17 de marzo de 2026

REGÁLAME




Regálame

que yo te regalaré.


Regálame con tus cuidados,

con tus caricias,

con tus apaños,

que yo te regalaré

con mis desbordes,

con mis desplantes,

con mis engaños.


Regálame con tu simpatía,

con tus historias,

con tus encantos,

que yo te regalaré

con mis mentiras,

mis influencias

y mis amaños.

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No me regales nada,

nunca más,

porque sólo te corresponderé

con mis miserias,

mis artimañas,

mis desengaños.


Regálame a las fieras:

que me devoren,

que me corrompan,

que me destrocen...

Y ahórrate el envoltorio

no sea que les siente mal.


28-12-2025


Imágenes (Óleos): Yrjö Edelmann


sábado, 14 de marzo de 2026

MIS-ANTROPÍA



En la Unidad Cultural Terapéutica CHANGÜÍ, concretamente en su apartado RADIO FARMACIA, se produce el programa “Filosofía Barata”. En él se van abordando temas tan dispares (y disparatados) como Flores de plástico, Lavadoras, Dinosaurios, Herencias, Bidés, Dinero...

Todos ellos se englobaron, luego, en un maxi-tema: REGALOS, con el cual se confeccionó el primer número del Fanzine “SALA DE ESPERA”.

Mi contribución al mismo consistió en escribir un relato en el que apareciesen todos los tópicos anteriores. Este es:

MIS-ANTROPÍA

He recibido en herencia un dinosaurio.

Como venía un poco sucio, lo metí en la lavadora.

Esta lavadora fue el único regalo que me dejaron mis padres antes de abandonarme a mi suerte.

Diréis:

-¡Qué tío más afortunado! Regalos, herencias, ...

Pero no. No es oro todo lo que reluce. Hay herencias, regalos más que envenenados. Sólo los recuerdos que me traen, me dejan en un estado que roza la catatonia más delirante.

No nos enredemos en el manglar del pasado; volvamos al dinosaurio y la lavadora del rígido, seco presente. [Por cierto, presente: sinónimo de regalo].

Ella sola se programó. Yo, en realidad, no sé. No venía con instrucciones y, por supuesto, no sabía a quién consultar. Pero es de penúltima generación y, supongo, lleva incorporado un programa para lavar dinosaurios de color rosado.

Cuando terminó, me avisó con la intermitencia de sus pitidos cuasi acusatorios.

Al abrir la portezuela, sólo encontré unas escamas: del mismo color rosáceo que el dinosaurio.

Extraje un puñado de ellas y, al verlas más de cerca, pude comprobar que se trataba de lo más parecido a pétalos: pétalos de una flor de plástico desconocida.

Los recogí con sumo cuidado: tenían aspecto de ser muy frágiles y, además, se ve que la lavadora no había terminado de acertar con el programa que eligió: salieron cubiertos de una espuma un poco asquerosa. (¿Veis? No era tan bueno el regalo.... Ya me la ha jugado más de una vez, especialmente cuando sabe -de alguna manera, sabe- que estoy intentando lavar algo preciado para mí...)



Haciendo cuenco con las dos manos, los deposité en el cercano bidé para proceder a un prolijo lavado.

Y he aquí el milagro:

Cada uno de los pétalos se fue transformando graciosamente en un pequeño dinosaurio que emitía dulces gemiditos.

Adorables, encantadoras crías antediluvianas de una especie extinta hace no sé cuántos millones de años.

Se acabó mi soledad, mi abandono. A todas horas me veía rodeado por esos diminutos monstruitos que parecían sonreírme y agradecerme mis cuidados como si de crías gatunas o cachorrillos del más simpático ejemplar canino se tratase.

Al poco tiempo, su belleza y amabilidad llegó a oídos de mis pocos y “alejados” amigos que, ahora, ahora sí, se fueron acercando a mí.

Me daba pena desprenderme de los animalillos, pero la insistencia de los interesados fue tanta y, ¿por qué no decirlo?, mis carencias económicas tan apremiantes, que terminé por ceder, empujado por las cantidades generosas de dinero que me iban ofreciendo.

Yo me quedé con una parejita. Crecieron. Claro que crecieron.



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A los pocos meses empezaron a volver a mi humilde morada todos los que habían salido con diferentes destinos. Y, sin rencores, me volvieron a demostrar su cariñoso apego. Se alegraron de verme tanto como yo a ellos.

De aquellos amigos -falsos amigos-, no supe nada. De momento.

Con el tiempo, me fui enterando de que todos ellos habían fallecido, de muerte violenta por más señas. No quise indagar demasiado.

Ahora soy feliz con mis rosadas mascotas. Y en el planeta, cada vez hay menos gente. Mucha menos gente...


Imágenes: Raku Inoue


martes, 10 de marzo de 2026

SIENTO UNA VERDADERA FASCINACIÓN POR LOS ÁNGELES

 



Llegué a este lugar gracias a Almut. El abuelo de Almut es alemán, como el mío. Juntas somos Almut y Alma, ya desde que éramos compañeras de colegio. Nuestros abuelos llegaron a Brasil después de la guerra. Juntas nos reímos de nuestros abuelos, ambos tienen un acento extraño y se niegan a hablar del pasado. En realidad, lo que les sucede es que están enfermos de nostalgia, pero no regresan a su país, sino que lloran al escuchar a Fischer-Diskau y las Canciones a los niños muertos y están siempre deseando que Alemania gane el mundial de fútbol. No quieren hablar de la guerra. Y nuestros padres no quieren hablar de sus padres. Tampoco han querido aprender el alemán. Nosotras sí, pese a lo jodida que es esa lengua. El alemán siempre lo invierte todo, lo masculino lo convierte en femenino y viceversa: la muerte es un hombre, el sol una mujer, la luna un hombre. Absurdo. Cuando digo que es una lengua jodida, quiero decir que es jodida de aprender, no de oír, salvo cuando se pronuncia a gritos. Almut es una mujer grande y rubia, los brasileños se chiflan por ella. Yo le llego al hombro, desde siempre, ya de niñas. Almut me dijo en cierta ocasión: «Me encanta que seas bajita, así puedo pasarte el brazo por los hombros». Mi amiga siempre me pareció guapísima, pero ella tenía complejo de alta. «Soy el arquetipo de madre germánica», se quejaba ella, «me tendrían que haber llamado Brunhilde. Fíjate qué tetas tengo. En cuanto salgo a la calle, me persigue media escuela de samba. Tú no tienes ese problema. Eso es por la sombra».



  Lo de la sombra era una teoría de Almut. «Llevas una sombra dentro de ti», solía decirme. «¿Qué clase de sombra?». «En los ojos. Debajo de los ojos, en la piel, por todas partes». «Pero ¿qué es?». «Es tu misterio». Y luego, por la noche, yo me miraba al espejo pero no veía nada. Mejor dicho, me veía la cara y nada más. «Oye, Almut, no sé si hay un misterio dentro de mí». «No, mujer, no es eso», me contestaba mi amiga. «El misterio lo eres tú, aunque no seas consciente de ello. El misterio lo eres tú porque es imposible adivinar tus pensamientos; cuando hablas, tu mirada no se corresponde con lo que estás diciendo, es como si estuvieras ocultando algo dentro de ti, impenetrable para los demás. Esta forma de ser te causará problemas, pero no debes temerla».

   No recuerdo cuándo tuvo lugar esta conversación, tendríamos unos quince años tal vez, lo cierto es que nunca la he olvidado. «Es como si anduvieras permanentemente acompañada de otra persona», añadió Almut. Mi amiga y yo siempre lo hemos hecho todo juntas, algo que nuestros primeros novios no soportaban. Pasábamos largas horas tumbadas en las hamacas de la galería hablando de nuestros planes de futuro. Estudiaríamos historia del arte, eso estaba decidido. Ella, arte moderno; yo, renacentista. Almut solía decir que le ponían mala todas esas crucifixiones y anunciaciones. En eso nunca estuvimos de acuerdo. No es que a mí me gusten particularmente las crucifixiones, pero me parece fascinante ver los diferentes tratamientos que los artistas han hecho del tema. Ahora bien, las anunciaciones sí que me apasionan. Siento una verdadera fascinación por los ángeles. Rafael, Botticelli, Giotto… la cuestión es que tengan alas. «Eso es porque desearías poder volar», dice Almut.



   «¿Y tú no?». «No, yo no». En la pared de casa de mi amiga colgaban Willem de Kooning y Dubuffet, y todos esos cuerpos y rostros cubistas en estado de desintegración que me parecían horrorosos. A mí me iban los ángeles. Almut los llamaba «tu pajarera». «Lo que no soporto», repetía con frecuencia, «es que no se sepa si son hombres o mujeres».

   —Son hombres.

   —¿Cómo lo sabes?

   —Tienen nombre de varón. Miguel, Gabriel.

   —Pues hubiera sido más lógico que una mujer anunciara a María su estado de buena esperanza.

   —Las mujeres tienen otra manera de volar.

   Esa afirmación era absurda, obviamente, pues yo nunca había visto volar a una mujer. Pero hay cosas que uno sabe por intuición. Los ángeles de Giotto di Bondone realizan vuelos en picado. El artista debió de inspirarse en un cometa. Sus ángeles surcan el cielo a una velocidad tal que dejan tras de sí una estela luminosa en la que ya no se les ven los pies. Una mujer jamás volaría así.

CEES NOOTEBOOM - "Perdido en el paraíso" - (2004)


Imágenes: Paul Klee

sábado, 7 de marzo de 2026

MI ABUELO ALIMENTABA PERROS

 



Desde de la muerte de mi abuela, el abuelo se dio el lujo de tener más perros. Se entretenía con eso. Porque a mi abuela no le gustaba que él le metiera todos esos perros en la casa. Había tomado la costumbre de ir a la carnicería de Tito; le vendía carne barata, porque sabía que era para los animales: todos perros de la calle que lo esperaban en la puerta porque él les daba de comer. Como las viejas que alimentan gatos, o palomas. Mi abuelo alimentaba perros. Mientras mi abuela vivía, no los dejaba entrar en la casa. Decía que le ensuciaban todo. Solo aceptó a Lola: era tan callejera como todos, pero tenía unos ojos raros, un poco caídos, como necesitados, y miraba fijo, entre sus pelos lánguidos, y era imposible bajar la vista, uno se la quedaba mirando, como si sus ojos hablaran. Acabaron por dormir con Lola en la cama. Si hubiera sido por mi abuelo, los hubiera metido a todos, porque sé que a él le daba mucha pena dejarlos afuera, sobre todo cuando llovía: no le gustaba nada que se mojaran.



   A veces yo lo llamaba por teléfono y me daba cuenta de que estaba preocupado: mañana va a llover, me avisaba, y yo sabía que me lo decía por los perros. Pero viste cómo es tu abuela. Sí, abuelo, pero no te preocupes, ellos van a estar bien, le decía yo. Eran nueve perros estables, a veces se sumaba alguno, o alguno moría, pero recuerdo que nueve venían siempre, con Lola eran diez. Y la cosa es que cuando murió la abuela, ya el viejo los metió a todos adentro. No lo decía. Supongo que no quería que supiéramos que contradecía a la abuela, pero yo sé que los dejaba entrar, porque nunca más me avisó si iba a llover o no. Me imagino al abuelo durmiendo en esa casa con sus tantos perros y supongo que se sentiría acompañado.

MARIANA TRAVACIO - "Cenizas de carnaval" - (2018)


Imágenes: Alison Friend

miércoles, 4 de marzo de 2026

MATAR A ALGUIEN NO ES NADA DEL OTRO MUNDO

 


Matar a alguien no es nada del otro mundo. Basta con observar, vigilar, reflexionar mucho y, llegado el momento, vaciarse. Eso es. Vaciarse. Apañárselas para que el universo se contraiga, para que se contraiga hasta condensarse en el cañón de un fusil o en la punta de un cuchillo. Eso es todo. No hacerse preguntas, no dejarse llevar por la furia, seguir el protocolo, actuar metódicamente. Blake sabe cómo hacerlo, y lo sabe desde hace tanto que ya ni sabe cuándo empezó a saberlo. El resto cae por su propio peso.

   Blake hace de la muerte de los demás su vida. Que nadie le venga con lecciones de moral. A la ética responde con estadísticas. Porque a Blake que lo perdonen, pero cuando un ministro de Sanidad recorta los presupuestos, cuando suprime un escáner aquí, un médico allá y un servicio de reanimación acullá, ya se imagina que está acortando considerablemente la vida de miles de desconocidos. Responsable, no culpable, dicen. Blake es justo lo contrario. Y, de todos modos, no tiene por qué justificarse, le trae sin cuidado.



   Matar no es una vocación, es una inclinación. Un estado de ánimo, si se quiere. Blake tiene once años y aún no se llama Blake. Está junto a su madre, subido a un Peugeot, en una carretera comarcal cerca de Burdeos. No van muy rápido, un perro cruza la calzada, el impacto apenas los desvía, la madre grita, frena demasiado fuerte, el vehículo zigzaguea, el motor se cala. Quédate en el coche, mi vida, por Dios, quédate en el coche y no te muevas. Blake no obedece, sigue a su madre. Es un collie de pelo gris, el golpe le ha hundido el tórax, la sangre se derrama por el arcén, pero no está muerto, gimotea, parece el llanto de un bebé. La madre corre en todas direcciones, presa del pánico, tapa con las manos los ojos de Blake, balbucea palabras inconexas, quiere llamar a una ambulancia, Pero, mamá, si es un chucho, nada más que un chucho. El collie jadea sobre el asfalto agrietado, su cuerpo quebrado, retorcido, adopta un ángulo extraño, aquejado de espasmos que van debilitándose. El animal agoniza bajo la mirada de Blake, y Blake observa con curiosidad cómo la vida lo abandona. Se acabó. El chaval pone cara de tristeza, o más bien de lo que supone que es la tristeza, para no desconcertar a su madre, pero no siente nada. La madre no se mueve, contempla petrificada el pequeño cadáver, Blake se impacienta, le tira de la manga, Venga, mamá, no sirve de nada quedarse aquí, está muerto, míralo, vámonos ya, voy a llegar tarde al fútbol.



   Matar es también una cuestión de capacidad. Blake descubre que tiene todo lo necesario el día en que su tío Charles lo lleva a cazar. Tres disparos, tres liebres, un auténtico don. Apunta rápido y bien, da igual que las escopetas estén hechas polvo, que los fusiles no estén bien regulados. Las chicas se lo llevan a las ferias, Va, porfi, consígueme la jirafa, el elefante, la Game Boy, ¡sí, venga, hazlo otra vez!, y Blake reparte peluches, consolas, se convierte en el terror de las casetas de tiro, antes de optar por la discreción. A Blake también le encanta lo que le enseña el tío Charles, degollar corzos, despedazar conejos. Entendámonos: no es que disfrute matando, rematando al animal herido. No es ningún depravado. No, lo que lo atrae es el gesto técnico, la rutina infalible que se alcanza a fuerza de repeticiones.

HERVÉ LE TELLIER - "La anomalía" - (2020)


Imágenes: Ángela Ferrari