Tercer programa de ZONA LIBRE, PARA USO TÓPICO.
Entrevistas a cargo de El Secretario dentro de la programación de RADIO FARMACIA en Unidad Cultural Terapéutica Changüí.
Desapegos y otras ocupaciones.
Entrevistas a cargo de El Secretario dentro de la programación de RADIO FARMACIA en Unidad Cultural Terapéutica Changüí.
Desde entonces hasta ahora la práctica continuada le había enseñado a aceptar las derrotas. Eran las reglas que el juego imponía. Pero cuando la muerte rehusaba, el combate cara a cara y saltaba de improviso como una hiena ávida de carroña, entonces el doctor Gabriel Palou se sentía personalmente afectado. Alimentaba la idea peregrina de que convenía rebelarse ante la injusticia que la muerte encarnaba. ¿Cómo se planteaba el reto?
«Palabras y nada más que palabras —alegaba Eli—. Parece mentira que la teoría de la rebelión la defiendas precisamente tú. Te consta que no hay nada que hacer cuando llega la hora».
Se ahorraba decirle a Eli que, ciertamente, las palabras sin sentido ocultaban el miedo que se derivaba de la impotencia. La muerte lo aterrorizaba y desde hacía quién sabe cuánto no sólo evitaba el tema con Eli, sino que seguía su recomendación de no pensar en ello. Por lo tanto no quería pensar que Claris estuviera muerta. Ni se le ocurrió asistir al sepelio. Se fue convenciendo, a lo largo de todo aquel día, de que el mejor sistema de olvidar la muerte de Claris era intentar no evocar su recuerdo.
Se le ocurrieron abundantes argumentos para apoyar semejante decisión, todos ellos de lo más elemental: la vida proseguía su ritmo inalterable; él se sentía prodigiosamente vivo, sobre todo cuando se contrastaba, si bien transitoriamente, con la negación que llevaba implícita la muerte; disfrutaba de una etapa espléndida en el terreno profesional; aún tenía por delante un futuro que con dedicación y un poco de suerte podía ser magnífico; había creado una familia que no presentaba fisuras, etc. Por otra parte, si en el transcurso de los últimos veintisiete años sólo muy raramente Claris había emergido en su memoria, siempre de manera fugaz y acompañada de un signo de interrogación que apenas lo mantenía unos minutos en suspenso, era absurdo que ahora se atormentase por el hecho de saber que Claris ya no existía.
ROBERT SALADRIGAS - "Claris" - (1990)
Objetos hechos de papel y cartón, pensados para su lectura . Cuánto desperdicio y qué toscos me parecieron: un objeto que has de sostener con las manos (porque para leer hace falta pasar las páginas). Solo se podían llevar sin problemas cinco o seis libros a un tiempo, mientras que en cualquier soporte electrónico se tiene acceso a miles. Pero entonces me di cuenta de que, si se iba la luz, podías seguir «leyendo», dado que el libro que tenías entre las manos no iba a desaparecer. Lo curioso del libro es que, al sostenerlo y «leerlo», alcanzas con él una conexión íntima, como con algo vivo, cosa que no se sentía con un libro electrónico; tan pronto como terminabas con el texto electrónico, lo almacenabas o lo borrabas; no tenías un sentimiento especial de propiedad. No lo podías ver en la estantería ni sobre la mesa, ni tampoco podías admirar su diseño. A todos los efectos, había sido Aniquilado.
JOYCE CAROL OATES - "Riesgos de los viajes en el tiempo" - (2018)
ISAAC ROSA - "Las buenas noches" - (2025)
Tras escuchar mutuamente el sincero relato de sus vidas, mi padre dijo que iba a escribir al Comité del Partido para la Ciudad de Jinzhou solicitando permiso para «hablar de amor» (tan-lian-ai) con mi madre, con vistas a un futuro matrimonio. Tal era el procedimiento obligatorio. Mi madre supuso que debía de ser similar al permiso que se solicita del cabeza de familia, y de hecho eso era exactamente: el Partido Comunista era el nuevo patriarca. Aquella noche, después de su conversación, mi madre recibió el primer regalo de mi padre, una novela romántica rusa titulada Es simplemente amor.
Al día siguiente, mi madre escribió a casa para contar que había conocido un hombre que le gustaba mucho. La reacción inmediata de su madre y del doctor Xia no fue de entusiasmo sino de inquietud, ya que mi padre era funcionario, y los funcionarios siempre habían sido mal vistos entre los chinos corrientes. Aparte de otros vicios, su poder arbitrario hacía que no se les supusiera capaces de tratar a las mujeres dignamente. La presunción inmediata de mi abuela fue que mi padre ya estaba casado y quería a mi madre como concubina. Después de todo, ya había superado con mucho la edad masculina habitual en Manchuria para el matrimonio.
Transcurrido aproximadamente un mes, se juzgó que el grupo de Harbin podía retornar sin peligro a Jinzhou. El Partido dijo a mi padre que tenía permiso para «hablar de amor» con mi madre. Otros dos hombres habían solicitado la misma autorización, pero llegaron demasiado tarde. Uno de ellos era Liang, su antiguo control en la clandestinidad. Despechado, pidió ser trasladado de Jinzhou. Ni él ni el otro hombre habían dicho lo más mínimo a mi madre sobre sus intenciones.
Cuando mi padre regresó, le comunicaron que había sido nombrado jefe del Departamento de Asuntos Públicos de Jinzhou. Pocos días después, mi madre le llevó a conocer a su familia. Tan pronto como traspasó el umbral de la puerta, mi abuela le hizo el vacío, y cuando él intentó saludarla, se negó a responderle. Mi padre mostraba un aspecto oscuro y terriblemente demacrado como resultado de las penurias que había sufrido durante su época de guerrillero, y mi abuela estaba convencida de que debía de tener bastante más de cuarenta años y que, por ello, era imposible que no se hubiera casado anteriormente. El doctor Xia le trató cortésmente, pero con distante formalidad.
Mi padre no se quedó mucho rato. Cuando partió, mi abuela se deshizo en lágrimas. Ningún funcionario podía ser bueno, gritaba. Pero el doctor Xia había comprendido ya a través de la entrevista con mi padre y de las explicaciones de mi madre que los comunistas ejercían un control tan estrecho sobre sus miembros que un funcionario como mi padre no tendría posibilidad alguna de engañarles. Mi abuela se tranquilizó, pero sólo en parte: «Pero es de Sichuan. ¿Qué pueden saber de él los comunistas si procede de tan lejos?».
JUNG CHAN - "Cisnes salvajes" - (1993)
No había hostilidad entre nosotros, simplemente nos veíamos alejarnos con pena: era una lástima. Yo rumiaba mi incapacidad de amar, tanto más patente porque Hélène era una persona muy amable. Pensaba que envejecería solo. Ella pensaba en otras cosas: en su hermana Juliette, que justo antes de partir nosotros había sido hospitalizada a causa de una embolia pulmonar. Hélène tenía miedo de que cayera gravemente enferma, de que se muriera. Yo alegaba que aquel miedo no era racional, pero colonizó enseguida todo el estado de ánimo de Hélène, y yo le reprochaba que se dejase invadir por algo en lo que yo no tenía ninguna participación. Salió a fumar un cigarrillo a la terraza del bungalow. La esperé tumbado en la cama, diciéndome: si vuelve pronto, si hacemos el amor, quizá no nos separemos, quizá envejezcamos juntos. Pero ella no volvió, se quedó sola en la terraza mirando cómo se iluminaba poco a poco el cielo, escuchando los primeros trinos de los pájaros, y yo, por mi lado, me quedé dormido, solo y triste, convencido de que mi vida iba a empeorar cada vez más.
EMMANUEL CARRÈRE - "De vidas ajenas" - (2009)
Ni un poema, amor,
ni un poema haría falta.
SARA BÚHO - "Si el mar no regresa" - (2026)