Mi madre apenas se deshace de las cosas, encuentra tranquilidad en tenerlo todo cerca, perfectamente categorizado. Camino por la casa intentando no hacer ruido para que no despierte. Duerme durante el día y por la noche cambia los muebles de sitio o hace cantidades de comida que luego hay que tirar. Me llama desde su cuarto. {¿No ibas a ver a Abuela?} Sí, pero perdí la guagua y la siguiente no pasa hasta las cinco. Recuerdo la única vez que fui caminando entre los dos pueblos. Era de noche y yo me guiaba por el miedo. No recuerdo cuánto tardé, solo avanzaba sujetándome el corazón con las manos. Me mira desde la cama y me pide un abrazo. El contacto físico con ella siempre me ha dado calambre, pero soy incapaz de negárselo. Así que la abrazo y noto cómo me aprieta contra su cuerpo. El pelo le huele a tabaco y a cerveza. {Levántame en una horita y te hago de comer} Me suelta para volver a quedarse dormida. Cuando voy hacia nuestro cuarto, paso por delante del muro de pladur y la puerta de aluminio que hace años dividió la casa en dos. Al otro lado está papá; en este, mamá. A mí me tienen en las dos partes, una que está vacía y la otra, llena. Una que cree y la otra que no. Yo, traspasando la frontera según lo necesiten. Me tumbo en la litera de abajo y miro las tablas de arriba, donde dormía Aleja.
Me giro. La cama está blandita, hecha con sábanas de dibujos.
Miro la sillita de plástico que usábamos cuando éramos pequeñas. Me encanta esa silla y en todo lo que la convertíamos.
Nos sentábamos en ella cuando queríamos leer.
O pintar.
O jugar en la mesa.
La usábamos de escenario.
De apoyo para ir más arriba.
Era la colina de nuestra casa de muñecas.
Si le poníamos una toalla azul, entonces era una cascada.
Un túnel para los coches.
Una mesa para la lamparita cuando una quería dormir y la otra no.
Un caballo.
Un perro.
Una isla.
Una frontera,
que apoyábamos contra la puerta cuando ellos bebían.
Les impedíamos la entrada por unos segundos. Hasta que conseguían entrar y la arrastraban (a veces la tiraban) y nos hablaban con su voz transformada en algo lento y perdido y frustrante y doloroso. Nos dejaban, en un beso, el pringue del ron con refresco. Cuando se iban y apagaban la luz, en esa parte de oscuridad, Aleja y yo continuábamos fingiendo que dormíamos. A mí las noches siempre me costaron. El sueño tardaba tanto en llegarme que podía ver cómo los monstruos se aparecían. Entonces yo sabía que me miraban con pena y movían la silla para que al día siguiente pudiésemos volver a jugar con ella.
LANA CORUJO - "Han cantado bingo" - (2025)

























