Desde de la muerte de mi abuela, el abuelo se dio el lujo de tener más perros. Se entretenía con eso. Porque a mi abuela no le gustaba que él le metiera todos esos perros en la casa. Había tomado la costumbre de ir a la carnicería de Tito; le vendía carne barata, porque sabía que era para los animales: todos perros de la calle que lo esperaban en la puerta porque él les daba de comer. Como las viejas que alimentan gatos, o palomas. Mi abuelo alimentaba perros. Mientras mi abuela vivía, no los dejaba entrar en la casa. Decía que le ensuciaban todo. Solo aceptó a Lola: era tan callejera como todos, pero tenía unos ojos raros, un poco caídos, como necesitados, y miraba fijo, entre sus pelos lánguidos, y era imposible bajar la vista, uno se la quedaba mirando, como si sus ojos hablaran. Acabaron por dormir con Lola en la cama. Si hubiera sido por mi abuelo, los hubiera metido a todos, porque sé que a él le daba mucha pena dejarlos afuera, sobre todo cuando llovía: no le gustaba nada que se mojaran.
A veces yo lo llamaba por teléfono y me daba cuenta de que estaba preocupado: mañana va a llover, me avisaba, y yo sabía que me lo decía por los perros. Pero viste cómo es tu abuela. Sí, abuelo, pero no te preocupes, ellos van a estar bien, le decía yo. Eran nueve perros estables, a veces se sumaba alguno, o alguno moría, pero recuerdo que nueve venían siempre, con Lola eran diez. Y la cosa es que cuando murió la abuela, ya el viejo los metió a todos adentro. No lo decía. Supongo que no quería que supiéramos que contradecía a la abuela, pero yo sé que los dejaba entrar, porque nunca más me avisó si iba a llover o no. Me imagino al abuelo durmiendo en esa casa con sus tantos perros y supongo que se sentiría acompañado.
MARIANA TRAVACIO - "Cenizas de carnaval" - (2018)























