«Hablas como una funcionaria de clase C de medio pelo, Patri, hija, qué lástima. Con lo quinqui que tú has sido», va y me dice la Nati, y ya me harté y las mandé a todas a «tomar por culo». Me fui a preparar el almuerzo y al pegarle un tijeretazo a la esquina del cartón de tomate frito me saltó un poco al vestido y a las gafas y me puse a llorar. Habían vuelto a poner Los Simpson y no oían mi lamento, y eso me hizo llorar más fuerte. Desde chiquitita, cuando lloro, me gusta mirarme en el espejo. Llorar, como dicen todos los psicólogos del mundo sean de la corriente que sean, será no reprimirse y será sano, vale; pero verte a ti misma llorar te deja nueva. El llanto se alarga, toses, escupes, te quedas afónica, zapateas, golpeas las cosas, revoleas el tomate frito, lanzas al suelo todo lo que encuentras en la alacena, vacías la leche y el aceite, muerdes los estropajos, vuelcas la basura y al final ya no lloras por el motivo que te hizo llorar sino de puro gusto. ¿Y cuando se te acaba el fuelle, la modorra que te entra? Ni Valium ni Tranquimacin ni «hostias»: «llantoterapia» en el espejo. Hay que aprovechar el llorar cuando se presenta, así que en esas estaba yo, mirándome en la tapa de una olla de aluminio porque en la cocina no hay ningún espejo salvo el de un «imán-souvenir» diminuto del frigorífico.
Tampoco tenía cerca el bolso para socorrerme con el espejito de mano, y no podía salir de la cocina si quería mover la compasión de alguna de esas tres gordas que ya estaban peleándose como todos los santos lunes: la Nati diciendo que era su día de elegir lo que se veía en la tele y que ella elegía no ver nada, o sea, que la tele se quedaba apagada; la Àngels diciendo que si no hacía uso de su derecho lo perdía y pasaba a otro, porque los derechos no se pueden desperdiciar con lo que ha costado conquistarlos; y la Marga diciendo que por qué ese otro al que pasaba el derecho tenía que ser la Àngels y no ella, que no quería ver Los Simpson sino ponerse una peli guarra. Pero como la Marga, con la depresión, no tiene ánimo para discutir, fue la primera en asomarse a la cocina y me dijo lo que me faltaba oír aquella mañana para agarrar el cuchillo de picar verdura: «Patricia, eres subnormal perdida». Dice subnormal para «joderme», la «cabrona» de la Marga y de su conciencia de discapacidad. Ella y yo estuvimos en el colegio de PRONISA hasta los diecisiete años. Pues bueno, pues ahora la Marga ya no dice «el colegio de PRONISA» sino que despliega las siglas una por una y dice «el colegio Pro Niños Subnormales de Arcos». ¿Tú sabes la cara que se le queda a la gente cuando escucha eso? ¡Entonces sí que se me pone a mí cara de subnormal! Y ya tampoco dice FEAPS, sino que desenrolla las mayúsculas y el otro día va y dice «la Federación Española de Asociaciones Pro Subnormales nos invita a una charla que va a dar Pablo Pineda, primer síndrome de Down europeo en sacarse un título universitario y en ganar una Concha de Plata».
Pero ahí yo le replico, porque con muy buen criterio y después de cincuenta y un años FEAPS se ha cambiado el nombre. Desde septiembre de 2014 se llama Plena Inclusión, ¿eh, doña Margarita? ¿Qué pega le pones a eso, eh, eh, eh? Pues con tal de «joderla» a una, se la pone, oiga, pero se lo tiene que pensar un rato más largo y en ese tiempo en que se lo piensa Plena Inclusión y yo ya hemos ganado el asalto.
Total, que me dice que soy subnormal perdida y yo le doy la respuesta que en legítima defensa, excepcional, proporcionada y contundentemente, siempre hay que dar en estos casos: «Subnormal será tu tía». Sonrió con su sonrisa de deprimida, esos separados dientes sarrosos que se le transforman en los barrotes de una jaula detrás de los cuales revolotea algo con desesperación, un gorrioncillo milagrosamente cazado y jamás acostumbrado al cautiverio, una mariposilla a la que se le pegan las alas por la amarilla saliva, y respondió: «Mi tía, mira tú por dónde, es tu madre». Eso ya no es conciencia de discapacidad, perdona que te diga. Eso, en mi pueblo, es mala leche y ganas de hacer daño. Tenía agarrado el cuchillo bueno, pero como soy pacifista cogí la tapa de la olla y reanudé la «llantoterapia».
CRISTINA MORALES - "Lectura fácil" - (2018)





















