Citas con los libros.

Desapegos y otras ocupaciones.

martes, 3 de noviembre de 2026

ANTIGUAMENTE LA GENTE ASOCIABA LOS BÚHOS CON LA MUERTE



Descorrí parte de la cortina y entré.

   Estaba sentado sonriente en la cama, con la cabeza vendada y un camisón azul del hospital.

   —Ya he oído que estás haciendo la ronda —dijo.

   —¿Cómo te encuentras? —pregunté.

   —Muy bien, gracias —contestó—. Con bastante dolor de cabeza, pero supongo que es normal. Estuvieron hurgando dentro de ella bastante tiempo. Y la parte de arriba me la serraron. Es algo que nadie me había hecho hasta ahora.

   —Eso espero de verdad —dije—. ¿Y por lo demás no has notado nada raro?

   —No —contestó—. Ni ataques epilépticos ni alucinaciones. Solo un aburrido día normal y corriente de hospital.

   —Eso está muy bien —dije y sonreí, en contra de mi deseo.

   —Sí —dijo él—. Mientras dure.

   Hubo una pequeña pausa.

   —¿Qué era lo que realmente veías?

   —¿Cuando tenía alucinaciones, quieres decir?

   —Sí.



   —En una ocasión vi dos árboles volar junto a la carretera. Me dirigía al trabajo, así que era temprano, el sol brillaba y los árboles volaban sobre los campos con raíces y todo colgando por el aire. Pero lo raro fue —dijo mirándome—, lo raro fue que no lo viví como una alucinación. ¡Lo vi! ¡Era algo real!

   Sacudió la cabeza.

   —En otra ocasión vi un coche ardiendo. También entonces había sol y nieve. El coche estaba en medio de la carretera, completamente envuelto en llamas. Frené en seco, salí, y no había ningún coche. Pensé que me había vuelto loco. ¡Porque lo había visto! No eran imaginaciones mías, estaba allí, delante de mí. Al final no sabía qué creer y qué no.

   —Tuvo que ser horrible —dije.

   —Sí que lo fue —dijo él.

   Hubo otra pausa.

   —Mañana te darán el alta —dije—. ¿Estás preparado para ello?

   —En cierto modo —contestó—. Me hace ilusión volver a casa.

   En la mesilla, al lado de la radio, había una foto enmarcada. No de su mujer o hijos, sino de un búho con las alas extendidas, sacada en el instante antes de posarse. Como las alas paraban el vuelo, y no lo facilitaban, daba la impresión de que el pájaro colgaba contra natura en el aire.



   Era una foto espectacular.

   —¿Te gusta? —preguntó.

   Asentí con la cabeza.

   —¿La has hecho tú?

   —¡Ojalá! No, fue un fotógrafo. Colocó un palo en un llano, y un disparador automático. Dijo que quería bajar los pájaros del cielo. Y eso hizo. Ese es un búho. ¿A que es fantástico?

   —Sí —asentí.

   Me pregunté si sabría que antiguamente la gente asociaba los búhos con la muerte. Si se oía un búho gritar cerca de una casa, alguien en ella iba a morir pronto. Se creía que los búhos se movían en la zona fronteriza entre la noche y el día, la vida y la muerte.

   Si no lo sabía, no sería yo quien se lo contara.

KARL OVE KNAUSGARD - "La estrella de la mañana" - (2020)


Imágenes: Yamamoto Masao

sábado, 31 de octubre de 2026

ME HABRÍA GUSTADO NACER CABALLO

   



Los mataron a todos. Solo la yegua sobrevivió. La salvaron sus coces y Eufrasia. Para recuperarla, la criadora devolvió a mis tíos los dos mil reales que mi padre pagó por ella. Si no pudo quedarse con Taíno, al menos le quedaba su hija, aquella yegua que atraía a los murciélagos las noches de luna llena. La primera vez que trepé a su grupa, obtuve otro corazón. El olor a cuero de las riendas, la sensación de habitar una bestia y ser capaz de echar a correr sobre ella me asignaron un nuevo lugar en el mundo. Tuve de pronto cuatro patas, una crin larga y áspera a la que sujetarme, y un cuerpo vivo latiendo entre mis piernas.



   Vi morir a papá y a Taíno. Los enterré a ambos. De aquella yegua recibí más amor que de todas mis hermanas. Me habría gustado nacer caballo, pero nací Nazarena. Me resigné a vivir con las patadas de mi imaginación. Me acostumbré a los gritos de Porcia, a la mirada ausente de mamá y a los espíritus que Aparecida escucha en sus ollas de caldo hirviendo. Aprendí a vivir sobre mis piernas, ansiando ser una bestia yo también.

KARINA SAINZ BORGO - "Nazarena" - (2026)


Imágenes: Claudia Fontes

miércoles, 28 de octubre de 2026

LA OSCURIDAD SOY YO ECHÁNDOME SOBRE LA MESA



—Céntrense, por favor —llamó de nuevo al orden el pintor surrealista.

   Todos los clientes y los artistas del bar se colocaron alrededor de la mesa. Se creó un silencio teatral y Dalí orquestó sus esqueléticas manos:

   —¿Ven estos siete castillos de naipes? Cada uno de ellos es una ciudad de Barcelona, pero pertenecen a épocas diferentes. He elegido cartas de colores diferentes para que los distingan bien. Así, una Barcelona pertenece a hace dos mil años, otra al Medievo, esta de aquí, a la época actual… ¡Bueno, a lo que cada uno considera su época actual! Esta, incluso, al futuro. Claro que, para algunos, será el pasado. Esto de los tiempos es relativo. ¿Entienden lo que digo?

   —Más o menos…

   —Pues observen con atención.

   El pintor dio un brinco y se echó sobre la mesa. Derribó los siete castillos de naipes. El público reunido enmudeció y esperó antes de opinar, siguiendo las indicaciones de las manos imponentes de Dalí, que les pedían que permanecieran callados y fueran pacientes. El surrealista comenzó a construir de nuevo un castillo, pero solo uno y no con las cartas de un solo color, sino de diferentes barajas. Cuando acabó, dijo:

   —Creo que sobran las palabras. Esta es, damas y caballeros, la Barcelona en la que nos encontramos: formada por partes de otras muchas y muy diferentes.



   Los reunidos aplaudieron emocionados. Parecían haber sacado algo en claro. Las ovaciones fueron interrumpidas por la sufragista del grupo.

   —Es todo muy elocuente, pero… ¿y la oscuridad? ¿A qué se debe?

   —Para eso me temo que no tengo explicación alguna, aunque sí sé que una cosa se debe a la otra. Digamos que la oscuridad soy yo echándome sobre la mesa.

   —Mal presagio es ese.

   Mientras aquella tertulia de la bohèmia daurada discutía las posibles causas del caos en la ciudad, en otro restaurante, La Puñalada, otro grupo de intelectuales, para dilucidar el origen de la oscuridad, se había reunido con la finalidad de encontrar formas de mejorar la situación de la ciudad y de que los barceloneses pudieran orientarse en el caos. Ambas reuniones estaban bien comunicadas gracias a los ágiles pies de un huésped de la pensión Els Quatre Gats que se había prestado a llevar la información de un restaurante al otro. Un tal Fermín, que decía estar en la ciudad para unas Olimpiadas de las que los comensales nada habían oído hablar.

   El grupo encabezado por Dalí escribió en una carta la hipótesis sobre la llegada de la oscuridad que más fuerza tenía de entre todas, que resultó ser la de los castillos de naipes, y se la dieron a Cacho.

DAVID UCLÉS - "La ciudad de las luces muertas" - (2026)


Imágenes: Karina Eibatova

domingo, 25 de octubre de 2026

SI NOS ACERCÁBAMOS A ÉL, SE PONÍA A GRUÑIR



Fue alumno mío. Hará unos veinte años. En una clase con distintos niveles. En primaria.

   Era realmente alto. Mucho más alto que los de su edad. Incluso, diría, más alto que su madre. Pero puedo estar equivocada. Daba esa impresión. Era robusto para un chico de su edad. Ancho de espaldas. Realmente corpulento. Pero sobre todo, repito, realmente alto.

   No, no acabó la primaria. La cosa, cómo decirlo, la cosa se torció. No por él, qué va, al fin y al cabo con él era todo bastante fácil. Por su madre. No quiso aceptarlo. No quiso seguir nuestros consejos. Rechazó el programa que le propusimos, el que suele aplicarse en estos casos. Se cerró en banda, obstinadamente. A partir de entonces, dejamos de verlo. No volvió nunca más a clase.

   No, no le gustaba la escuela. Bueno, tampoco es que no le gustara. Digamos, más bien, que tenía miedo de los otros niños. Y creo que de mí, también. Tenía auténtico miedo —al menos yo lo interpretaba así, por cómo reaccionaba algunas veces—. Lo tenía sentado al final de la clase, completamente solo. Para él era importante estar solo. Y así lo habíamos acordado con los demás alumnos.



  No se le acercaban, respetaban su soledad. Incluso yo intentaba aproximarme a él lo menos posible. Si lo dejábamos al final de la clase, solo, si nos olvidábamos de él —o sea, si fingíamos olvidarnos de él—, todo resultaba más sencillo. Y de verdad que habríamos podido olvidarnos de él. No hacía ruido, no decía nada. Nunca le oí pronunciar una sola palabra. Supongo que sería algo de nacimiento. Pero siempre ha sido complicado conseguir información al respecto. Lo más curioso era que, si nos acercábamos a él, se ponía a gruñir. A gruñir como un perro —sí, lo siento, ya sé que suena fatal, pero esa era la sensación que daba, la de un perro—. Si nos acercábamos, gruñía. Así que retrocedíamos. Para que se calmara. Pero también como acto reflejo, para protegernos. Retrocedíamos como ante un perro —me sabe mal decirlo de manera tan cruda, pero esa era la impresión que daba realmente—. En cuanto nos alejábamos, se calmaba. Era como si necesitara un perímetro de seguridad. Había unos límites que no podíamos franquear. Si nos acercábamos demasiado, parecía interpretar nuestra presencia como una intromisión. Como una provocación.

VIOLAINE BÉROT - "Como bestias" - (2021)


Imágenes: Jenna Barton

jueves, 22 de octubre de 2026

TENÍA DOS OJOS DE VIDRIO



La dueña de la pensión —a quien, por razones nobiliarias prefiero llamar Regenta y así seguirá denominándose durante la eterna minoría de edad del inexistente rey— era una madre para todos ellos.

   Tenía dos ojos de vidrio, Doña Clota en pantuflas. Dos ojos de vidrio y, sin embargo, veía perfectamente. A toda hora, invierno y verano, usaba desabillés acolchados y polícromos, sobre cuyas desgastadas superficies habíanse aglutinado inmundas y diminutas borlas. Qué incomparable su rodete de reina. Con seguridad primero vino al mundo su rodete, y luego la mujer. Aquí estaba su potencia, el secreto de su fuerza. Nadie lo sabía, pero, si un accidente la hubiese privado de esa verdadera torre, se habría producido no sólo el derrumbe psicótico, sino además la caída física de toda la pensión de Usher. Allí, pues, como una tabla esmeralda, estaba depositado su secreto filosofal. Sansón y los filisteos, como quien dice.

   La vieja, por épocas, procedía como si una expansión de su inquilinato fuese análoga al problema de agregar más compartimientos a la Gran Pirámide. Ya Faraona, pues, con la corona de los Dos Reinos sobre su cabeza y una barba postiza bien pegada por si alguien dudara de sus atributos masculinos, empuñando el garfio que detiene y encucha y el látigo que castiga si no le gusta vayasé, cual otro Kheops ordenaba a sus egipcios y nubios el pulido y traslado de nuevos bloques.

ALBERTO LAISECA - "Aventuras de un novelista atonal" - (1982)


Imágenes: Haoto Nattori

lunes, 19 de octubre de 2026

ABANDONAR A UN HOMBRE ASÍ ES AÚN MÁS PELIGROSO



—Sí. Pero entonces ella recibió una carta. Del tribunal o algo así. Y supo que él probablemente obtendría la custodia. Así que volvimos a casa y, en cierta forma, fue un alivio.

   Cian asiente.

   —Es comprensible.

   Maia fija la mirada en el parabrisas. En la nieve y el paisaje blanco y sin límites que se extiende más allá.

   —Yo tenía catorce años cuando pasó; los mismos que Julian ahora.

   —No tienes por qué contarme nada, pero si te ayuda, adelante.

   —¿Sabes algo? —le pregunta ella.

   —No mucho. La noticia no llegó a Irlanda, e internet no era como ahora. Tu abuela me comentó algo, pero no quise entrometerme, ya sabes. Aunque de vez en cuando la oigo hablar por la radio, cuando la entrevistan. Lo creas o no, todas las mañanas pongo Woman’s Hour en el taller.



   Suelta una risita y Maia también se ríe.

   —Debería haberlo adivinado.

   Él sonríe.

   —Creo que muchos hombres lo escuchan.

   —¿Qué dice?

   —Dice que el momento más peligroso es justo antes de que una mujer se vaya de casa, o justo después. Es entonces cuando su… su vida corre más peligro —responde, sin saber cómo manejar el asunto, intentando buscar las palabras adecuadas—. Dice que las mujeres se quedan por eso, porque abandonar a un hombre así es aún más peligroso.

   —Él siempre fue horrible con ella. Pero no como… No sabía de lo que era capaz hasta esa noche. Nosotros estábamos en la habitación de al lado. Él puso algo delante de la puerta, así que no pude entrar. No pude llegar a ella. No pude ayudarla. Le tapé los oídos a Julian con las manos. Por eso no pude taparme los míos. Así que lo oí.



   Cian niega con la cabeza.

   —Los ruidos. Todavía los oigo. Se repiten en mi mente como una cinta que suena una y otra vez. No sé cómo se enteró de que nos íbamos de casa otra vez.

   —¿Era médico?

   —Sí —contesta ella, que sabe lo que eso implica. Que él podría haberse enterado de mil maneras. Que su consulta, o sus colegas, podría estar vinculada con el centro de acogida o con el personal que atendía a las mujeres. Le ha dado muchas vueltas. Por su profesión, tenía aún menos credibilidad su madre. Por quién era—. Cabrón. —Y se le atasca la palabra en la garganta.

   Cian nunca ha oído a Maia decir palabrotas y, sin querer, arquea las cejas. Espera que ella no lo haya visto.

   —Los insultos se quedan cortos. Puedes decir lo que quieras de él. Lo entenderé. O al menos lo intentaré.

FLORENCE KNAPP - "Los nombres" - (2025)


Imágenes: Eva Navarro

viernes, 16 de octubre de 2026

LOS DÍAS PASAN MÁS RÁPIDOS (CADA VEZ)

 




Los días pasan más rápidos (cada vez).

Las riendas del tiempo se nos escapan

y se desbocan esos caballos

llamados días.


Los tramos,

los peldaños

se estrechan inflexiblemente.


El incesante movimiento

desmenuza los segundos

más rápidos (cada vez).


Y nos debatimos

entre milésimas

y diezmilésimas y...


La mandíbula del tiempo

nos sigue devorando,

más rápido, más rápido.




Y el futuro acelera

su obra de deconstrucción:

postre aplazado

e inevitable.


El reloj y el almanaque,

monstruos cotidianos

de amenazas y sacrificios,

se deslizan, sinuosos,

crueles ofidios.


Cada vez más rápido, cada vez.


08/08/2010


Imágenes: Steeven Salvat