Cuarto programa de ZONA LIBRE, PARA USO TÓPICO.
Entrevistas a cargo de El Secretario dentro de la programación de RADIO FARMACIA en Unidad Cultural Terapéutica Changüí.
Desapegos y otras ocupaciones.
Entrevistas a cargo de El Secretario dentro de la programación de RADIO FARMACIA en Unidad Cultural Terapéutica Changüí.
La etapa del hastío es la que considero la más álgida en nuestra relación. Cuando sientes rabia, tristeza, miedo o repulsión incluso, es que aún sigues ahí. Pero si con el paso de los días descubres que estás tan aburrido como un adolescente oyendo a un adulto, como un niño con pataletas, es porque has entrado en una extensa y honda llanura. Supongo que eso fue lo que le ocurrió a Camila cuando me expresó su urgencia. Fue la primera señal, pero eso lo distingo ahora. Un trío, nada del otro mundo en miles de parejas y su historial de incursiones sexuales. Le puso una sigla, como a casi todo lo que hacíamos afuera y adentro, porque siempre había que tener cuidado y establecer un sistema formal que también tuviera algo de juego, que también tuviera algo de oscuro. En su nueva obsesión había un componente distinto, una suerte de marcada imposición; mi diligencia esta vez era más necesaria que nunca y esto no era solo un experimento, pero no le pregunté nada, yo confiaba en ella. Quiero que quede claro: confiaba excesivamente en ella.
Tenía que ser dentro de esos días, sin rango de demora. Coincidimos en que fuera con otra mujer: «Dos hombres por ningún motivo, exceso de energía masculina», ella tenía la última palabra pero yo también votaba por una mujer, no por cuestión de energías sino de gustos. La que elegimos era bella y exquisita. Suelo hacer distinciones detalladas de las cosas y de la gente, le dedico tiempo al tiempo que transcurre entre las personas. Esto es importante, pues es una de las cosas que Camila decía amar de mí. Entró con holgura y por mi mente pasaron escenas posibles que jamás hicimos, pero lo que hicimos estuvo bien. Me sentí afortunado de tener a merced a dos cuerpos y de yo estarlo también. No soy de los que da detalles técnicos, aunque sí me jacto de haber estado ahí. Pero no lo repetiría. Camila, en cambio, quería más. No le comenté nada, esperé a que ella me lo comunicara. No estaba seguro si quería repetir exactamente lo mismo y con la misma mujer, o si se abría un abanico de posibilidades y el sexo, lo sé ahora, era una excusa para lo que vendría a continuación, o lo que ya estaba sucediendo a mis espaldas. De Camila podían esperarse cosas así. No hay que ignorar esto.
BERNARDITA BRAVO PELIZZOLA - "Voraz" - (2024)
—Es un monstruo. ¡Es todo un monstruo!
Era una voz estadounidense. Pero, claro, estaba en Estados Unidos.
Abrí los ojos y ahí estaba él, eclipsando al sol. Iba desnudo de la cintura para arriba, descalzo, con una red para cazar mariposas en una mano y una sonrisa en el rostro. Los cristales de sus lentes le agrandaban los ojos, dándole la apariencia de un gálago. Tenía el cabello corto arriba y largo abajo, lo cual lo hacía parecer menos inteligente de lo que resultó ser en realidad. Le calculé unos veintitantos, quizá un par de años más que yo. Un chico en el cuerpo de un superhombre.
—No se mueva, señor —dijo. Soltó un ruidito por la nariz e hizo un gesto de concentración—. Tienes que ver esto, Mary. ¡Es gigante!
Le estaba hablando a alguien en el agua. Me incorporé y vi a una chica de unos diecisiete o dieciocho años, nadando en el remanso detrás de la cascada mayor. Estaba completamente desnuda, con la piel color aceituna y su largo cabello serpenteándole por la espalda. Me pregunté si un espíritu de aquellos bosques embrujados me había lanzado un hechizo y, como Rip, desperté en un mundo que siguió sin mí.
—¡Es una Papilio glaucus! —le dijo a la chica.
—No es tan especial —respondió ella a gritos.
¿Qué eran? ¿Entomólogos naturistas? ¿Hippies prelapsarios? (Los Woodstocks no estaban muy lejos). O, quizá, considerando que estábamos en lo más lejano de los Apalaches, eran un par de endógamos salvajes.
—No se mueva, señor. Haga favor de quedarse… muy… quieto.
Bajó la red sobre la enorme mariposa amarilla, negra y blanca que se estaba asoleando en la roca junto a mí. El tipo metió la mano en la red y mató a la mariposa aplastándole el tórax entre sus dedos pulgar e índice (si no escuché realmente un crujido, lo imaginé). Luego se puso la mariposa en la palma y extendió el brazo hacia mí.
—Papilio glaucus. Mariposa tigre cola de golondrina para usted. ¿A poco no es superhermosa?
Con las alas dobladas y por el hecho de que estaba muerta, era difícil reconocer su belleza.
—Ay, no ponga esa cara. Hará más feliz a la gente estando muerta que viva. Ya verá.
Metió el espécimen en un triángulo de papel glassine que sacó de un Tupperware.
—«Lo bello es un gozo eterno» —dije.
Él respondió con un «mmm», aunque no estoy seguro de que haya captado el sarcasmo. Volvió a mirarme, pero ahora con curiosidad. ¿Quizá me estaba evaluando antes de lanzar la red, atraparme y aplastarme? De pronto extendió una mano.
—Joe Bosco, Alexandre boscensis.
—Llewellyn Jones.
—¿Llewequé?
—Lew es más sencillo.
—Okey. Lew. Ella es mi hermana Mary-Anne. Paradoxa boscensis. Una disculpa de antemano por lo que haga.
No sabía hacia dónde mirar, al coloso en la roca o a la náyade en el agua. Joe era inmenso: un metro noventa sin un gramo de grasa en su cuerpo atlético; tenía la proporción perfecta, con la constitución de una estatua griega de lanzador de disco. Su impactante presencia física provocaba que su voz fuera aún más incongruente. Era aguda, infantil, y tan poco creíble que pensé que podría estar fingiéndola, una voz para convencerte de subestimarlo.
—¿Qué está leyendo?
—Un libro de historias —dije.
Le mostré la portada de mi libro: Historias clásicas de América. Tenía la imagen del jinete sin cabeza de Sleepy Hollow.
Miró el libro con desconfianza e hizo un gesto de desinterés. Luego me mostró, con un movimiento de su mano, la cascada y los árboles más allá.
—La verdadera historia está aquí, amigo mío. Aquí, allá y más allá. —Abrió los brazos y dio una vuelta de trescientos sesenta grados mostrándome la cascada, los árboles de cicuta y toda aquella cornucopia de vida—. ¿No le dan ganas de meterse?
—Me estoy preparando —respondí.
Intentaba no mirar a la figura en el agua, pero aun sin verla podía sentirla, con su desnudez más amenazante que cualquier depredador.
—No le haga caso —dijo él—. Mi hermana odia a los hombres.
—¿Que yo qué? —gritó ella, que claramente estaba escuchando y su desinterés solo era fingido.
—¡Dije que odias a los hombres!
—¡No conozco a ninguno!
RHIDIAN BROOK - "El asesinato de Butterfly Joe" - (2018)
—Oliveira —dijo—. El concierto de Berna. El del setenta y siete.
—Lástima que ese piano no sea un Fujisutmi —se apresuró a decir el concejal Gómez Ochoa, que era un risueño ignorante educado en el ramo de la peluquería.
—Cada vez que oigo esa música se me eriza el pelo —dijo el segundo regente del Auditorio de Valladolid—. Si yo les contara el calvario que me hizo pasar Oliveira hace tres años…
—¿A eso lo llama usted música? —rugió el comodoro Hoffmann Goicoechea—. El tipo llega y se sienta, sin partitura ni nada, con esas gafas, con esas zapatillas de deporte. Me dio un sofoco cuando lo vi aparecer así en el escenario del Nacional. Imagínense que mi señora lo tomaba por un electricista. ¿Y lo han visto cómo toca? Parece un miope que está aprendiendo mecanografía. Con dos horas de retraso empezó el concierto. Y lo peor fue que luego estuvo tocando casi cuatro horas. El presidente de la República se marchó de su palco y me dio una orden terminante: «Hoffmann, que ese indeseable no vuelva a poner los pies en el Paraguay».
—Tuvo usted suerte, comodoro —dijo el onorevole Gelli—. En Parma no tocó ni veinticinco minutos.
—Qué alivio —murmuró el concejal Gómez Ochoa.
—¿Alivio? —dijo Gelli—. ¿Con el cachet de prima donna que cobra? El teatro estaba lleno. Tuve que llamar a los carabinieri para que contuvieran el tumulto.
—No estaría bien afinado el piano. —Cadafells se había acercado a nosotros—. Ahí nunca transige.
—No me hable de afinación —dijo Gelli—. Oliveira atormentó durante un día entero al mejor afinador de Parma, y ya sabe usted que allí los tenemos magníficos. El pobre hombre se fue llorando a su casa aquella noche, presa de un ataque de nervios. No. Ése no fue el problema.
—Estaría muy fuerte la calefacción —apuntó el segundo regente de Valladolid—. Si hace calor, dice que le sale un sarpullido.
—Un caramelo —dijo Gelli, suspirando—. El papel de un caramelo. Había alguien en la tercera fila que tomaba caramelos para la tos. Ya conocen la acústica del Liceo de Parma. Cuando oí por segunda vez el ruido del envoltorio me dio un sudor frío. Ese hombre, Oliveira, tiene un oído sobrehumano. Levantó la cabeza y puso cara de dolor o de rabia, ya saben, con los ojos cerrados, mostrando los dientes. A la tercera vez ya supe que se avecinaba la catástrofe. Oliveira se levantó, miró al hombre de la tercera fila y lo insultó en inglés. Luego dio media vuelta y se fue del escenario tan tranquilamente como si saliera de su casa. Imaginen los gritos.
Por momentos la conversación se acaloraba, rozando ese estado colectivo de ánimo que preludia las apelaciones a la ley de Lynch. El comodoro Hoffmann Goicoechea contó el rumor de que en Cochabamba, Bolivia, Oliveira fue arrestado en 1979, y lamentó que una llamada telefónica de la embajada estadounidense lo salvara in extremis de recibir una sesión de picana. Disgustado por ciertas colgaduras que decoraban el teatro, se había negado a tocar si no las retiraban, y no lo hicieron, porque era la fiesta de la Raza, y Oliveira no tocó. En Valladolid, dijo el segundo regente del Auditorio, Oliveira notó minutos antes del concierto que el escenario tenía una ligera inclinación hacia el público, lo cual es muy común en los teatros antiguos. Urgentemente hubo que evacuar la sala y pasaron tres horas hasta que los carpinteros municipales instalaron una tarima de dos centímetros de espesor que corregía la pendiente. Pero Oliveira, aburrido, no tocó ni una hora, limitándose a una serie de desganados ejercicios, y luego, cuando salía del teatro, le dio una certera patada en la espinilla al fotógrafo de un periódico local, y trató con una frialdad rayana en el desprecio al alcalde de Valladolid, diciéndole —mediante intérprete, aunque es bien sabido que habla español— que no podía asistir a la recepción organizada en su honor porque tenía sueño.
—Gente rara, los artistas —concluyó el onorevole Gelli.
ANTONIO MUÑOZ MOLINA - "Nada del otro mundo" - (2011)
Me quedé observando, incapaz de moverme. Apenas respiraba. Su rostro inexpresivo estaba en calma, no denotaba esfuerzo alguno. Sus movimientos eran tan precisos que apenas si había podido ver los hombres imaginarios contra los que había combatido, diez o tal vez veinte, atacándole por doquier. Dio un salto y lanzó un movimiento de guadaña con la lanza mientras desenfundaba la espada. Después empezó a maniobrar con ambas armas, moviéndose con la soltura de un pez entre las olas.
De pronto, se detuvo. En la silenciosa atmósfera vespertina pude escuchar el sonido de su respiración, apenas más fuerte de lo normal.
—¿Quién te ha enseñado? —pregunté. No sabía muy bien qué otra cosa decir.
—Mi padre…, un poco.
Un poco. Casi me daba miedo.
—¿Y nadie más?
—No.
Me adelanté un paso.
—Lucha conmigo.
Profirió un sonido muy similar a una risotada.
—No, claro que no.
—Lucha conmigo.
Me sentí como si estuviera en trance. Su padre le había entrenado un poco. El resto era… ¿Qué? ¿Divinidad? Aquello era lo más divino que había visto en toda mi vida. Ese sudoroso arte nuestro de trocear al prójimo era hermoso cuando lo realizaba él. Comprendí por qué su progenitor no le dejaba luchar a la vista de los demás. ¿Cómo iba a enorgullecerse un hombre normal de su habilidad en el combate cuando había aquello en el mundo?
MADELINE MILLER - "La canción de Aquiles" - (2011)
De ahí que nuestro intérprete se viera obligado a emplear nuestras arcas en la compra de un vocabulario básico, para ser así uno más entre ellos y poder transmitir rudimentariamente nuestras preguntas y deseos.
Otra peculiaridad de los biroches es que, si bien estipulan con gran precisión el valor de cada palabra, no tasan el precio de objeto alguno, pues consideran que saber nombrar algo es equivalente a poseerlo —cuando nos interesamos por el precio de una túnica bordada en oro, respondieron que su valor era el resultado de comprar las palabras «túnica» y «oro»—. De lo que fácilmente dedujimos que las palabras tienen valores muy dispares; así, mientras que las preposiciones, ciertos verbos y algunos nombres de valor ínfimo como «mazorca» o «guijarro» se pagan casi a precio de regalo, palabras como «tesoro», «ciudad» o «reino» tienen un valor incalculable. Baste decir que nunca conocimos el nombre del Emperador —aunque nos recibió con gran cortesía en su palacio—, pues ningún gentilhombre era entre los biroches lo suficientemente rico para permitirse pronunciarlo. Por otra parte, parece costumbre entre los muy pobres, cuando ya lo han perdido todo, vender a hombres más poderosos su única posesión: su propio nombre. Así, pasan desde ese mismo momento a ser sus esclavos y a servirlos en todo aquello que sus protectores ordenaren.
JUAN GÓMEZ BÁRCENA - "Los que duermen" - (2012)
Como aprender que el tiempo puede cantar y que es viejo y joven, susurré.
Todos los que vivían aquí, incluidos los niños asilvestrados, eran inverificables. Lo eran sobre todo debido a palabras. A una persona de aquí la habían declarado inverificable por decir en público que una guerra era una guerra cuando no estaba permitido llamarla guerra. Otra había descubierto que la habían declarado inverificable por escribir en línea que el asesinato de muchas personas a manos de otro pueblo era un genocidio. A otra la habían declarado inverificable por decir que las empresas petroleras eran directamente responsables de la catástrofe climática. Y otra era ahora inverificable por hablar en una manifestación sobre el derecho a manifestarse.
A los niños asilvestrados los habían declarado inverificables simplemente porque nadie sabía qué les había pasado a los adultos responsables de ellos y no podía demostrarse su identidad.
Inverificable inverificable inverificable.
ALI SMITH - "Gliff" - (2024)