Citas con los libros.

Desapegos y otras ocupaciones.

jueves, 2 de abril de 2026

YA ESTOY ALGO VIEJO PARA LAS PRÁCTICAS ATLÉTICAS



 Ya estoy algo viejo para las prácticas atléticas, pero creo que, ni siquiera en mis mejores tiempos, cuando mis arterias eran tan flexibles como mis pensamientos, hubiera sobrevivido a los hábitos del grupo de los deportistas. Jamás me han invitado, pero creo que casi es mejor así. Después de desayunar precipitadamente, montan a caballo y no regresan al establo más que para correr a zambullirse en la piscina de uno de ellos, no importa de quién. Entran y salen, y se mueven con tales prisas, que no hay posibilidad de reconocerlos. Luego, juegan al tenis, se llegan a la playa para remojarse otra vez y juegan al frontón hasta la hora de la cena. Después de cenar juegan al ping-pong, hasta que otra vez llega el momento de montar a caballo. Mientras estos supermen galopan por colinas y cañadas, yo me dirijo a tientas al cuarto de baño, tropezando con todo, en busca de una píldora que me sirva de pasaporte para el país de los sueños.



   En el grupo de los intelectuales, tampoco me tienen en gran estima. Físicamente, podría pasar por uno de ellos. Tengo el cabello gris en las sienes, cojeo ligeramente al andar y uso unos lentes bastante gruesos. Pero, mentalmente, me consideran deficiente. A causa de un error que nunca me he explicado, me invitaron a una de sus cenas. En cuanto recibí la invitación, me fui corriendo a la biblioteca pública y me empollé sobre una docena de temas elegidos al azar. Indagué sobre Platón, estudié las ideas de Spinoza, y me tragué íntegras las Guerras de las Galias. Cuando llegó la noche de la cena, fui a ella con la seguridad de poder disertar sabiamente durante toda la velada. Ahora pienso de otro modo. Se trataba de un grupo de escritores. La mayor parte de las mujeres llevaban el pelo corto y botas de montañero, y casi todos los hombres tenían úlcera de estómago e iban descalzos. Hasta que no encendieron todas las luces, no resultó fácil distinguir entre los dos sexos.



   Todavía estaba tratando de limpiar unas manchas de mantecado que deslucían mis solapas, cuando la dueña de la casa nos condujo a la sala de estar, donde nos equipó con lápices y papel. Entonces, cada cual eligió su bando y dio comienzo a un bombardeo de preguntas que hubieran dejado perplejos a Bertrand Russell, Nathan Pusey y Arthur Schlesinger, padre e hijo. Después de algunas escaramuzas preliminares, quedé desplazado de aquel tejemaneje y me escabullí hacia la cocina, donde reanudé la limpieza de mis solapas.

   Hay, aún, otros muchos grupos y grupitos, en Hollywood. Difieren entre sí en muchos aspectos, pero en todos coincide un factor común: me evitan por todos los medios. No paso de ser una ola solitaria, perdida en la inmensidad del océano social.

   Tengo el deber de admitir que me encuentro descorazonado, mas, sin embargo, me hallo firmemente resuelto a escalar la cima social de Hollywood, un día u otro. Aquel día, estacionaré mi coche en el Sunset Boulevard, y por una escasa paga, mostraré a los turistas el exterior de las casas a cuyo interior no fui nunca invitado.

GROUCHO MARX - "Memorias de un amante sarnoso" - (1963)


Imágenes: Raya Sader Bujana

lunes, 30 de marzo de 2026

LO ÚNICO QUE VIO FUE A UN PERRO SIN DUEÑO



Las hojas mojadas de los árboles que adornaban la pequeña estación, ahora ocultos en la oscuridad de la noche, se habían agrupado en pequeños remolinos que iban a chocar contra las puertas cerradas de los vagones. El revisor se acercó a cada una de las ventanas para iluminarlas con una linterna que emitía una luz turbia, y dijo en voz alta, con ese lenguaje propio de los jefes de estación, el nombre del lugar al que habían llegado. Solo había un billete que recoger.

   A aquel hombre siempre le había parecido que los pasajeros que venían de otras partes del país, de lugares lejanos, resultaban interesantes por sus distintas peculiaridades. Cuando fue a recoger el billete, puso la linterna al lado del rostro de la pasajera y lo iluminó de lleno. Ella también le miró mientras hablaba con el vigilante, atenta al sonido de su voz. Años atrás, había conocido a todos y cada uno de los que trabajaban en aquella estación. En la actualidad, el revisor también conocía a todos y cada uno de los que vivían en la zona. Y esta viajera le resultaba completamente desconocida.



   Si su carta hubiera llegado a su destino, alguien habría venido a esperarla en un coche. Recorrió la estación y lo único que vio fue a un perro sin dueño, acurrucado, mojado y temblando en un rincón. Dejándose llevar sobre todo por el sonido, se giró para mirar la calle desierta del pueblo. Entre las casuarinas, que bordeaban el río que ella conocía tan bien, el viento producía una música fantasmal, desatendida por unas gentes que en ese momento dormían. No había más sonidos que pudieran llamar su atención, y se giró de nuevo hacia el perro con una sensación de afinidad. No obstante, quizá el revisor tuviera un mensaje para ella. Regresó al andén y vio que el hombre estaba cerrando la puerta de la oficina. Al verla, dejó de hacerlo, como si esperara que la mujer fuera a decirle algo.

   —¡Una noche húmeda! —exclamó él por fin, rompiendo el silencio.

   Lo que hizo que la pasajera cambiara de opinión y que, en vez de consultarle lo que tenía previsto, le preguntara qué hora era, algo que ya sabía. Se alejó y se echó cuidadosamente la capa por encima.



   El viento hacía del paraguas un objeto inútil, incapaz de protegerla. El viento, la lluvia y la oscuridad serían sus acompañantes a lo largo de los cinco kilómetros de matorral que la separaban de la casa de su madre. Aquel había sido el hogar de su niñez, y se sabía de memoria cada centímetro del camino.

   Comenzó a recorrer la calle dormida y no vio señales de vida hasta llegar casi al final, donde distinguió una luz en una pequeña tienda y captó un rápido golpeteo. «Trabajan hasta tarde esta noche», pensó, y, recordando la horrible tarea a la que se dedicaban aquellos hombres, dudó, llena de reparos, entre si acercarse y preguntarles o no a los trabajadores nocturnos para quién era lo que estaban fabricando. ¿Sería para alguien a quien ella hubiera conocido en el pasado? Tenía por delante un largo recorrido, en medio de la oscuridad, y no les preguntó nada. Se alejó a toda prisa con la intención de olvidarse de aquel sonido.

BARBARA BAYNTON - "Estudios de lo salvaje" - (1902)


Imágenes: Anthony Cavo

viernes, 27 de marzo de 2026

Y DE MAL NOMBRE OJODEJIBIA

 



Los nunca sosegados escarceos de Pedro Lambert por aquellos —y otros inciertos— andurriales, fueron acrecentando con veloz codicia el volumen de sus finanzas y el archivo de sus vanaglorias, a la vez que lo hacían ingresar poco a poco en una especie de incontrolada apetencia de ilustración. Aquellas primeras cartillas malamente tramitadas por la partera con dobleces de acercamiento a la madre, terminaron por aflorar entonces como una rudimentaria fórmula de penetración en el arcano de libros de historias espurias y artes inconexas. En principio, y para fomentar tales enseñanzas, se puso Pedro Lambert en las sospechosas manos de un presunto ex mampostero de diezmos del señorío, versado en letras y números de muy varia naturaleza y que, al parecer, acababa de cumplir condena en un penal portuario, no sabiéndose con seguridad si por cohecho o por estupro.



   El tal ex mampostero —que se jactaba de descender de almohades—, de nombre don Juan Crisóstomo Centurión y de mal nombre Ojodejibia, solía malvivir por tierras diversas en funciones de apañador de apaños difíciles y comisionista de nada, si bien las malquerencias lo habían ido arrinconando en una penuria no muy alejada de la mendicidad. Bruno y carniseco, ni viejo ni joven, con una cara portentosamente similar a la del molusco de su apodo, ostentaba también en una oreja el atávico bulto que reproduce el del simio y tenía una boca como desangrada y de dientes imprevisiblemente parejos y níveos. Rehuido en público y buscado a escondidas por el movedizo padrón comarcano, don Juan Crisóstomo gozaba fama de vidente y curandero.



  Al margen de sus locuacidades de rufián, padecía de saberes extraños e inaccesibles para la entera población de la marisma y zonas periféricas, siendo especialmente ducho en nigromancias y horóscopos, antídotos y conjuros, alumbramientos de aguas y composturas de virgos, amén de poseer la poco frecuente facultad de escuchar los ruidos antes de que se produjeran. De ahí que cuando llegó a oídos de Pedro Lambert que tan prolijo repertorio de ciencias concurrían en una sola persona, le mandara aviso a don Juan Crisóstomo para que se presentase en el casal, con el fin de ponerlo al corriente de sus todavía inciertas pretensiones y de ajustar sus servicios a ser posible. Y así se cerró sobre la marcha y sin mayores cortapisas un trato que convertía a Ojodejibia en dómine exclusivo del joven monopolizador de fortunas por nadie explicadas.

JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD - "Ágata ojo de gato" - (1974)


Imágenes: Lilian Randall

lunes, 23 de marzo de 2026

UN DOCTORADO EN HOSTIAS COMO PANES

 



Solo te dejé el ojo a la funerala, pedazo de cabrón, y ahora me arrepiento de no haberte matado. Nunca pensé que fueras a llegar tan lejos con tus aires, doutorciño, y mira que tenía datos suficientes como para que no me pillase por sorpresa, años y años a mis espaldas aturando tus caralladas. Pero tú siempre lo consigues, ¿no? Abraiarme, digo. A mí y a todos, claro: Cosme, Cosmiño, don Cosme, el escogido por pai para seguir sus pasos, el ojo derecho de doña Carmen en la escuela, el más repeinado, el más gilipollas. Pero yo sí sabía que eras un cabronazo. Lo aprendí a la fuerza casi el mismo día que salí por la cona de tu madre, la primera vez que intentaste dejarme sin aire. Cosas de rapaces, dijo nai, como siempre que quisiste joderme. Manda truco: eres el hijo de puta más grande que me encontré y resulta, ya es mala hostia, que eres mi hermano. Te reconozco que hasta fue enternecedor que intentases pegarme, meu pobre. Casi siempre me ganaste en todo, pero hay dos cosas en las que soy más hábil que tú: con las manos y con las mujeres. Además, en todos los años que no supiste de mí me dio tiempo de sacarme un doctorado en hostias como panes, nen, aunque creo que eso ya lo comprobaste por tu cuenta.



  ¿También le zurrabas a tu mujer? Cuéntaselo a tu hermanito. No creo que tuvieras los huevos de ponerle la mano encima con Aida en casa. Luego… ya es otro cantar. ¿Por eso te dejó, cabronazo? Ay, Cosmiño, Cosmiño, yo nunca supe muy bien lo que pasara con la Marisol, pero así y todo me alegro de que te dejase. Mira que era sosa la pava, vamos, un muermo, parecía hecha a medida para soportar toda la mierda que el santo don Cosme quisiera echarle encima. Contra todas mis apuestas, hasta ella terminó por abrirse, y tu hija nunca te perdonará que la dejases sin nada cuando se piró. De hecho, Aida es la única en la aldea que te tiene calado. No se parece a su madre, la gorda, ella es brava como un carneiro. Igual por eso me pone tanto. ¿Qué? No te escandalices, meu. Será hija tuya, tranquilo, que nadie lo duda, pero desde luego no lo parece. Para mí ella es todo lo que tú nunca fuiste: un origen, una familia y un refugio. Por eso me largué del ático sin decirte nada, para protegerla del mierdas de su padre. También de mí, no te lo voy negar, pero sobre todo de ti, de tus neuras, de tu juego sucio, de tu vigilancia enfermiza a través de mis ojos. Me dejaste que compartiese piso y cubierto con Aida a cambio de que fuese cómplice de tus movidas, pero pronto empecé a desearla, diría que hasta a quererla, y entonces el precio a pagar se volvió demasiado alto.



   Lo supiste muy tarde, cabrón, jugué bien mis cartas y por eso tu hija pudo terminar la carrera sin volver a dirigirte la palabra. Sé que después de la hostia que te di en la aldea no volviste a llamar, ni siquiera en horario de clase, para recordarme otra vez que dependía de tu caridad, que yo era un pobre hombre y tú, más ruin de lo que me imaginara cuando acepté aquel trato. Pero tampoco me habrías encontrado, Cosme, nadie te habría descolgado el teléfono porque me piré de Santiago y ya no volví, pero lo que cuenta es que nunca más me exigiste que te contase detalles de la vida de Aida que le pertenecían solo a ella. Aun así, y eso es verdad, ni un mes faltaron los cartos para tu hija. Sí, has oído bien, para tu hija, porque yo no me quedé nada, miñoca, ni un solo duro. Yo no soy como tú, yo soy legal, aunque por mis venas también corra la sangre de pai. En menor proporción que en las tuyas, eso está claro.



   No llegué a decírtelo, pero cada día te pareces más a él. Y yo, de fillos de tres mil putas como vosotros, no quiero ni la hora. No solo me fui del ático por Aida: también me abrí porque te odio. Lo mismo la palabra es muy grande, pero no sé explicar de otra forma mejor que no soportaba vivir bajo un techo tuyo, ni comer un grano de arroz pagado con tu dinero. Durante ese tiempo le pasé a tu hija hasta la última peseta y dejé que siguiera su camino sin mí, sin mi devoción y sin la mirada inquisidora de su padre tras la mirilla. A la vista está que la rapaza se apañó. ¿No estás orgulloso, Cosmiño? Pues deberías. Igual que no deberías olvidar mientras vivas que Lolo, el pequeño, el hijo aborrecido por pai, lo supo casi todo sobre el cabrón de su hermano. Ni tampoco que por eso ahora está muerto.

ALBA CARBALLAL - "Bailaréis sobre mi tumba" - (2023)


Imágenes: Ben Zank


viernes, 20 de marzo de 2026

DIVINOS REGALOS ENVENENADOS




El Dios Supremo estaba cansado de ver siempre las mismas caras: las de sus hermanos y hermanas -prepotentes, envidiosas, iracundas-; la de su esposa -aburrida como la de Él, de eternidad y de inacción; las de sus hijos e hijas -estúpidas, lascivas, llenas de desidia-.

Pretendió dar un giro a sus infinitos días y se dispuso a elaborar un juguete: para Él, aunque sabía que toda la antojadiza parentela se iría incorporando a su nuevo pasatiempo.

Así, creó al hombre: hombre y mujer los creó.

En un principio, lo distrajeron: los mimaba, los tentaba, les prohibía algunas cosas y les impelía a realizar otras, a veces de una forma contradictoria y siempre caprichosa.

Sus juguetes se reprodujeron como conejillos en libertad. Así, toda la caterva divina se fue inclinando por unos o por otros. Tenían sus favoritos, sus protegidos y también sus objetos de burla y/o castigo.

Los hombres y mujeres se fueron organizando. Adoraban y llevaban a cabo sacrificios a los divinos para conquistar sus favores.

Pero la especie humana no era feliz. Todo era demasiado complicado y penoso, por lo que un infausto día designaron un portavoz y una portavoza (¿se dice así?) que se dirigieron a su creador.

-Tú, en tu infinita sabiduría y con tu omnipotencia, nos creaste-proclamó el hombre-. Pero mira: somos desgraciados. Incluso los que poseen más riquezas tienen sus problemas: enfermedades, vejez, impuestos, cuernos, sacerdotes, políticos, militares...



Y agregó la mujer:

-Y todo para que tú y tu familia estéis un poco más entretenidos...

En ese momento, el Dios -que era bastante machista-, se enfadó ante este alegato inesperado y subidito-de-tono.

-¡Desgraciados! -bramó-. Yo os regalé la vida, el don más valioso que se puede otorgar. Y os regalé el conocimiento, y vuestros sentidos, y un cuerpo hermoso y grácil, y vuestro sentido del humor, y...

-Para, para. Ya sabemos todo lo que nos has regalado -se volvió a crecer el portavoz humano-. Y no lo queremos. Todos son regalos envenenados que nos conducen a la desgracia, al dolor,...

Y aquí ya, el Dios no aguantó más y los fulminó: a los portavoces, a los que los acompañaban y a toda, todita la humanidad. Los convirtió en piedras. Eso sí: en piedras hermosas, diferentes, con brillos y colores inusitados.

Y desde entonces, toda la divina familia se entretiene con sus colecciones mineralógicas y gemológicas. Lo cual no quita que, de vez en cuando, surja alguna disputa entre ellos por un quítame allá esos rubíes o un ese-ópalo-era-mío. Eso sí: nunca llega la divina sangre al río.

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NOTAS DEL AUTOR:

1.- Este fenómeno se viene repitiendo periódicamente cada X eones, con ligeras variantes que introducen diluvios, guerras nucleares, meteoritos, terremotos, etc.

Y yo, que estoy contando todo esto -no sé para quién-, soy el único superviviente, por la Gracia del Dios.

2.- Existe una leyenda, corre un oscuro rumor, por los más bajos fondos, por los antros de los asentamientos humanos: este Dios es sólo UNO de una infinita cadena de dioses sucesivos. No se prestará el menor crédito a dichas habladurías. Si estas fuesen ciertas, ¿qué sería de mí?


Imágenes: Bryan D. Drummond


martes, 17 de marzo de 2026

REGÁLAME




Regálame

que yo te regalaré.


Regálame con tus cuidados,

con tus caricias,

con tus apaños,

que yo te regalaré

con mis desbordes,

con mis desplantes,

con mis engaños.


Regálame con tu simpatía,

con tus historias,

con tus encantos,

que yo te regalaré

con mis mentiras,

mis influencias

y mis amaños.

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No me regales nada,

nunca más,

porque sólo te corresponderé

con mis miserias,

mis artimañas,

mis desengaños.


Regálame a las fieras:

que me devoren,

que me corrompan,

que me destrocen...

Y ahórrate el envoltorio

no sea que les siente mal.


28-12-2025


Imágenes (Óleos): Yrjö Edelmann


sábado, 14 de marzo de 2026

MIS-ANTROPÍA



En la Unidad Cultural Terapéutica CHANGÜÍ, concretamente en su apartado RADIO FARMACIA, se produce el programa “Filosofía Barata”. En él se van abordando temas tan dispares (y disparatados) como Flores de plástico, Lavadoras, Dinosaurios, Herencias, Bidés, Dinero...

Todos ellos se englobaron, luego, en un maxi-tema: REGALOS, con el cual se confeccionó el primer número del Fanzine “SALA DE ESPERA”.

Mi contribución al mismo consistió en escribir un relato en el que apareciesen todos los tópicos anteriores. Este es:

MIS-ANTROPÍA

He recibido en herencia un dinosaurio.

Como venía un poco sucio, lo metí en la lavadora.

Esta lavadora fue el único regalo que me dejaron mis padres antes de abandonarme a mi suerte.

Diréis:

-¡Qué tío más afortunado! Regalos, herencias, ...

Pero no. No es oro todo lo que reluce. Hay herencias, regalos más que envenenados. Sólo los recuerdos que me traen, me dejan en un estado que roza la catatonia más delirante.

No nos enredemos en el manglar del pasado; volvamos al dinosaurio y la lavadora del rígido, seco presente. [Por cierto, presente: sinónimo de regalo].

Ella sola se programó. Yo, en realidad, no sé. No venía con instrucciones y, por supuesto, no sabía a quién consultar. Pero es de penúltima generación y, supongo, lleva incorporado un programa para lavar dinosaurios de color rosado.

Cuando terminó, me avisó con la intermitencia de sus pitidos cuasi acusatorios.

Al abrir la portezuela, sólo encontré unas escamas: del mismo color rosáceo que el dinosaurio.

Extraje un puñado de ellas y, al verlas más de cerca, pude comprobar que se trataba de lo más parecido a pétalos: pétalos de una flor de plástico desconocida.

Los recogí con sumo cuidado: tenían aspecto de ser muy frágiles y, además, se ve que la lavadora no había terminado de acertar con el programa que eligió: salieron cubiertos de una espuma un poco asquerosa. (¿Veis? No era tan bueno el regalo.... Ya me la ha jugado más de una vez, especialmente cuando sabe -de alguna manera, sabe- que estoy intentando lavar algo preciado para mí...)



Haciendo cuenco con las dos manos, los deposité en el cercano bidé para proceder a un prolijo lavado.

Y he aquí el milagro:

Cada uno de los pétalos se fue transformando graciosamente en un pequeño dinosaurio que emitía dulces gemiditos.

Adorables, encantadoras crías antediluvianas de una especie extinta hace no sé cuántos millones de años.

Se acabó mi soledad, mi abandono. A todas horas me veía rodeado por esos diminutos monstruitos que parecían sonreírme y agradecerme mis cuidados como si de crías gatunas o cachorrillos del más simpático ejemplar canino se tratase.

Al poco tiempo, su belleza y amabilidad llegó a oídos de mis pocos y “alejados” amigos que, ahora, ahora sí, se fueron acercando a mí.

Me daba pena desprenderme de los animalillos, pero la insistencia de los interesados fue tanta y, ¿por qué no decirlo?, mis carencias económicas tan apremiantes, que terminé por ceder, empujado por las cantidades generosas de dinero que me iban ofreciendo.

Yo me quedé con una parejita. Crecieron. Claro que crecieron.



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A los pocos meses empezaron a volver a mi humilde morada todos los que habían salido con diferentes destinos. Y, sin rencores, me volvieron a demostrar su cariñoso apego. Se alegraron de verme tanto como yo a ellos.

De aquellos amigos -falsos amigos-, no supe nada. De momento.

Con el tiempo, me fui enterando de que todos ellos habían fallecido, de muerte violenta por más señas. No quise indagar demasiado.

Ahora soy feliz con mis rosadas mascotas. Y en el planeta, cada vez hay menos gente. Mucha menos gente...


Imágenes: Raku Inoue