NOTAS PRIVADAS DE: J. GABRIEL
Paciente: L. Crayne
Fecha/Hora: 24 de junio, 10.30 a. m.
Sesión: 3
Empiezo la sesión de hoy hablando sobre el momento en que L. me tomó la mano la semana pasada. L. ha estado probando los límites en otras ocasiones. Era necesario abordar el tema de manera directa; quería entender mejor qué motivaba ese comportamiento.
Le he dicho que tenía la impresión de que sus sentimientos hacia mí se habían complicado un poco. Me he apresurado a normalizarlo; le he dicho que se trata de un proceso de transferencia en el que se asigna a una tercera persona —en este caso, a mí— lo que se siente por una figura relevante en su vida. Ocurre a menudo en terapia (aunque nunca había visto que se desarrollara tan pronto): paciente en estado vulnerable, y terapeuta, como receptor único, que empieza a tener mayor significado. Pero tengo la obligación de procurar que se mantengan los límites profesionales de la relación paciente-terapeuta.
La respuesta de L. ha sido fascinante. Comprende el concepto de transferencia, pero discrepa de que pueda aplicarse en este caso. A continuación, ha dicho que el incidente no sucedió como yo lo he descrito.
Si bien la negación no resulta del todo sorprendente (L. podría haberse sentido incómoda, avergonzada), su comportamiento sí. Ha defendido su postura con tenacidad; parecía calmada, tranquila. Era evidente que estaba convencida de lo que decía.
Me ha recordado que, al final de la sesión anterior, ella estaba inquieta, preocupada. Ha dicho que yo seguramente me había percatado, porque había sido yo quien le había cogido la mano. Lo he repetido a modo de aclaración: ¿L. creía que yo había sido el iniciador?
—No es que lo crea, es que lo sé. Lo recuerdo, claro como el agua. Me cogiste la mano y me diste un suave apretón. Y me dijiste que podía confiar en ti.
Antes de poder responder, ha añadido:
—¡Pero no te preocupes! ¡No me lo tomé por el lado que no es! Y lamento si de alguna manera he dado la impresión de lo contrario. Tú solo pretendías reconfortarme. Sabías exactamente lo que necesitaba en ese momento, y funcionó. No deberías sentirte incómodo; no hay nada de lo que disculparse.
Yo no albergaba ninguna duda acerca de lo que recordaba —mis notas detallando el incidente lo refrendan—, pero he decidido no insistir. No he querido que L. sintiera que no confiaba en ella.
En su lugar, he dicho que me parecía fascinante que los dos creyéramos que el iniciador había sido el otro. He reconocido lo difícil, si no imposible, que es ser objetivo del todo. Le he preguntado cómo la hacía sentir que discrepáramos. La respuesta de L. ha sido muy intuitiva:
—Creo que la mente es capaz de modificar nuestros recuerdos sin que nos demos cuenta siquiera. Quizá, de manera subconsciente, creamos nuestro propio relato para justificar una secuencia de sucesos y así otorgarle sentido a nuestra historia. Puede que sea nuestra manera de editar y dar forma al relato que queremos contarnos.
Digo que tal vez lo que ocurrió de verdad quede a mitad de camino entre su versión y la mía. Si bien uno de los dos tuvo que iniciarlo, él/ella probablemente reaccionó ante algo que percibió en el otro.
Pregunto si eso afecta a su confianza en mí, si le parezco un terapeuta menos fiable.
Dice que, en todo caso, hace que confíe más en mí. Agradece que haya abordado un tema incómodo. Empieza a sentir que puede confiar en mí más que en nadie. Si bien la dimensión de lo que expresa es peligrosa, también supone una clara oportunidad de entender mejor qué motiva la transferencia. Le pido que se explique.
—Es lo que siento desde que hemos empezado a vernos. Solo llevamos tres sesiones y ya hemos hablado de cosas que nunca le he contado a nadie. Es como si me entendieras como jamás lo ha hecho ninguna persona. Me asusta un poco.
Comento que la vulnerabilidad puede asustar.
—Pero contigo me siento segura. Nunca le he podido contar a nadie algunas de las cosas de las que hemos hablado. No me malinterpretes, tengo amigos maravillosos, amigos por los que haría cualquier cosa, pero, cuando se vive tan expuesta al público como yo, aprendes deprisa. No debes confiar en alguien por completo, porque si, por lo que fuera, ocurre algo y la relación se rompe, tus secretos pueden convertirse en armas contra ti.
SASH BISCHOFF - "Suave es la furia" - (2025)





















