Citas con los libros.

Desapegos y otras ocupaciones.

sábado, 26 de septiembre de 2026

PRESENTO EL PRIMER PROGRAMA QUÍMICO DEL MUNDO

 



Presento el primer programa químico del mundo. A buen seguro me habréis visto en mi chemical show en YouTube, donde no rigen las leyes francesas y donde la televisión tiene todos los derechos, sin la menor censura. Es un programa de debate en el que organizo discusiones sobre temas de actualidad. La originalidad del concepto es que todos los invitados están obligados a tomarse un comprimido una hora antes de la emisión: Ritaline, metadona, Captagon, Xanax, Synapsyl, Rohypnol, LSD, MDMA, Modafinil, Cialis, Solupred, ketamina o Stilnox, al azar. Extraen la píldora de una vasija cubierta con seda negra sin saber qué molécula van a ingerir. Anfetaminas, opiáceos, cortisona, somníferos, ansiolíticos, excitantes sexuales o alucinógenos psicodélicos: ignoran en qué estado abordarán la conversación más mediática de su vida. El resultado alcanza millones de visualizaciones en todas las plataformas. En el estilo de presentación, me sitúo entre Yann Moix y Monsieur Poulpe, intelectual pero cachondo (la nota de prensa dice «pertinente e impertinente»). Tengo una pátina de cultura general pero no alardeo de ella para no provocar la huida de los incultos: soy el tipo de cabrón capaz de navegar cómodamente entre la teología y la escatología.



La semana pasada, un ministro se durmió sobre mi hombro chupándose el pulgar en lugar de defender su proyecto de ley, una actriz deslizó su lengua en mi boca mostrando sus pechos (tuve que llamar al servicio de orden para impedirle que se masturbara con un dedo frente a la cámara 3) y un cantante se echó a llorar y luego se meó encima hablando de su madre. En cuanto a mí, depende: una vez me llevó diez minutos articular «Buenas noches, señoras y señores», en otra ocasión entrevisté a mi sillón durante media hora (yo hacía las preguntas y daba las respuestas) y el mes pasado vomité sobre mis blue suede shoes. El programa más famoso es uno en el que azoté a los invitados con mi cinturón Gucci y, a continuación, regué el decorado con champán mientras anunciaba que mi madre había sufrido un infarto. No recuerdo en absoluto ese largo monólogo paranoico que ha alcanzado cuatro millones de visualizaciones en YouTube: me niego a verlo; al parecer, yo babeaba. Cuando mis invitados no se pelean bastante, consulto mis fichas: mi asistente prepara antes de cada programa una lista de preguntas embarazosas para desestabilizarlos. Siempre se marchan furiosos. Algunos me piden que lo «arregle» en el montaje. Entonces les digo, con sincera compasión, que el programa se emite en directo.

FRÉDÉRIC BEIGBEDER - "Una vida sin fin" - (2018)


Imágenes: Leah Yerpe

miércoles, 23 de septiembre de 2026

LA ARTISTA LE HABLABA A SU CUADRO

 



Faltando tres minutos para las siete de la tarde, en la galería de arte solo había una mujer. En realidad, también estaba el encargado que la seguía sin saber dónde poner las manos. Supuse que estaba acostumbrado a descolgar los cuadros de las exposiciones por sí mismo y no en compañía de la artista. Ella, la artista, llevaba ropa sencilla negra y zoquetes rojos, era delgada y seria, con los labios rosa claro. A las siete en punto, siempre desde la vereda, la observé acercarse a una de sus pinturas colgadas en la pared. Distinguí unas manchas naranjas, no parecía una pintura realista o figurativa. La artista comenzó a hablar, y no era al encargado que tenía a su espalda. Lo único que había adelante era el cuadro. La artista le hablaba a su cuadro. Me pregunté si su idea original fue hacerlo delante del público, que no se presentó. En un intento por escuchar lo que decía, el encargado acercó la cabeza y quedó equilibrándose. No supe si tenía dificultades para oír o no entendía lo que ella decía. De cualquier manera prefirió retroceder. La artista descolgó el cuadro y lo bajó al piso. Creí que iba a apoyarlo contra la pared; con extrema delicadeza lo puso boca abajo como si quisiera evitarle la visión de lo que iba a ocurrir. Se acercó a la pared donde estuvo colgada la pintura los días que duró la exposición y se la quedó observando. Había algo tan desolador en su espera.



  La artista desplazó sus dedos por la pared y palpó lenta, cuidadosamente la superficie… Imaginé que buscaba una sombra, un rastro de polvo, un rasguño, algo que indicara que la pintura estuvo a la vista de un público que no se presentó, y solo se encontró con la pared blanca, vacía, hostil.

     Por Dios, no tiene una amiga, un familiar, alguien que la acompañe, me pregunté.

     Los dedos de la artista subieron hasta el tornillo del que estuvo colgada la pintura y lo envolvieron. La vi tirar con fuerza de él, como si quisiera comprobar su firmeza. Satisfecha, se alejó a buscar una escalerita de tres peldaños que había en la sala y la puso bajo el tornillo. Subió al peldaño de más arriba, se dio vuelta para mirar al público que no vino y, por medio de un gancho que debió de coser a su chaqueta, se colgó del tornillo. Soy un sentimental. Mis lágrimas quedaron colgando junto con ella. El encargado me instó con un gesto a entrar a la exposición; supongo que lo hacía a escondidas para no ilusionar a la artista por si yo seguía de largo, que es lo que hice.

CYNTHIA RIMSKY - "Clara y confusa" - (2024)


Imágenes: Kristof Santy

domingo, 20 de septiembre de 2026

ME DESARMAS

 



Me desarmas con tus pócimas lisérgicas,

me devanas con tus vértigos litúrgicos,

me trepanas con tus chácharas quirúrgicas.


Alteras la química de mis pensamientos,

alteras la física de mis sentimientos.

Mi cerebro se rearma contra ti,

a pesar de mis buenas intenciones,

la tormenta se apodera de mi ser

y me estalla dentro:

escalada de ávidas pasiones,

torbellino doloroso e infinito.


Las respuestas se disparan

sin previos razonamientos,

sin prever los desenlaces

ni las consecuencias.

Y ya quedan sueltas

y no hay quien las amarre.


Las miradas torvas y sangrantes,

acumulan basura sobre basura,

y asoman desde dentro

los más bajos instintos,

los mórbidos pensamientos

que resumen una vida

plena de fallidos intentos.


Me maltratas con tus códices ilógicos,

me destartalas con tus máquinas vernáculas,

me desatas con tus códigos mnemónicos.

Y todo esto, para nada...


Agosto 2025


Imágenes: Nunzio Paci


viernes, 18 de septiembre de 2026

LA IGLESIA NECESITA AL DIABLO





—¿Cómo creer en algo que no existe? —preguntó teatralmente al aire—. Por mucho que el papa Pablo IV afirmase en su día que el Diablo existe no solamente como símbolo del Mal, sino como realidad física, y que durante los procesos de la Inquisición no había bruja que no asegurase que había tenido en sus brazos un niño imposible de calzar debido a sus pezuñas de cabra, su existencia aún no ha podido ser demostrada, Alberto.

   Durante unos segundos, contempló con ternura la máscara que tenía entre las manos; luego la arrojó sobre el sofá sin ningún cuidado, como si quisiera ratificar sus palabras con aquel gesto irreverente. La cabeza de cabra rodó unos instantes sobre los cojines, hasta detenerse y quedar mirando hacia mí, intimidándome con sus cuencas vacías y su sonrisa de herbívoro perturbado.

   —La Iglesia, sin embargo, sigue insistiendo en la existencia del Maligno —dijo, sonriendo casi con melancolía—. Prohíbe las invocaciones satánicas en el Nuevo Catecismo, y continúa engrosando su ejército de exorcistas, como si realmente tuviesen un enemigo al que combatir físicamente. En el fondo, es lógico que actúen así, no en vano el cristianismo ha sido el mayor patrocinador que el Diablo ha tenido nunca.



   Pero ¿dónde está Satanás? —volvió a preguntar al aire—. El mundo moderno no le ha dejado muchos sitios donde esconderse, ¿no te parece? Las posesiones diabólicas, tan célebres en el pasado, han sido relegadas por la ciencia médica a simples crisis histéricas. Su único refugio ahora son los fenómenos sobrenaturales, la mayoría de los cuales pueden desmontarse con terrible facilidad. Tal vez se esconda en el infierno, que si hemos de hacer caso a los cristianos se halla enclavado en el centro de la Tierra. Aunque San Juan Crisóstomo lo situó en el aire, San Próspero en las nieblas del mar, y alguno hubo que lo emplazó hasta en el sol. Sin embargo, la propia palabra lo dice: Inferi, los lugares inferiores. ¿Sabías que una de sus posibles localizaciones se encuentra en la cumbre del Teide, donde se muestra a los viajeros no sólo la puerta, sino los respiraderos y lucernas del reino de Satanás?



   (...) —Pero a pesar de no existir, de no ser más que un engañabobos, una entelequia, Satán está entre nosotros, Alberto —dijo, en el tono de quien transmite una confidencia—. Y lo seguirá estando porque es una de las herramientas más útiles que nadie ha inventado nunca. Satán es la encarnación del Mal absoluto, la perfecta antítesis del Dios judeocristiano, imprescindible como detonante bíblico. ¿Acaso no es el Diablo quien impulsa a Judas? Jesús y los fariseos se acusan mutuamente de ser agentes suyos. Incluso Jesucristo viene a la tierra para el gran combate contra el mal: Satán es su coartada. —Enterró las manos en los bolsillos y resopló ruidosamente—. Matar al Diablo ahora sería como decirle a un niño que ya no habrá más castigos, como invitar a la humanidad entera a revolcarse de nuevo en el fango de sus instintos. El cristianismo lo creó para hacernos circular aplicadamente por el carril del Bien. Aunque más que crearlo, lo que hizo fue adaptarlo a los nuevos tiempos de las mitologías babilonias y cananeas, otorgándole su forma más universal, como su asesor de imagen. La Iglesia, en fin, necesita al Diablo para atar los cabos sueltos, es el subterfugio que le permite explicar cómo es posible el Mal en el mundo si todo ha sido creado por un Dios presuntamente misericordioso. A alguien hay que responsabilizar del sufrimiento físico y moral del hombre, ¿no? Y ese alguien tiene un nombre. Su nombre es Legión. Si no fuera por el Diablo, Dios sería un redomado hijo de puta.

FÉLIX J. PALMA - "Las corrientes oceánicas" - (2006)


Imágenes: Kevin Horan

martes, 15 de septiembre de 2026

¿DÓNDE SE ALOJA REALMENTE LA PERSONA?



Desde que empezaron a aparecer los cuerpos ya no bajo tanto a ver al Celador. Él me reclama: ¡Me tiene abandonado!, y yo le respondo con alguna excusa: Mucho trabajo, o: Mucha maleza. Mucha lluvia, todo inundado. Mucho viento, otra vez tocó arreglar el techo. Guardo el secreto de los cuerpos porque él no lo entendería. El secreto queda en mí como las fotos en la cámara (digámoslo así), porque mientras la imagen está adentro, sin revelar, no es lo uno ni lo otro: todavía no es una fotografía pero existe como una anticipación. Igual pasa con los cuerpos.

   Pienso mucho en estas cosas ahora que no bajo tanto a ver al Celador y que los cuerpos ocupan buena parte de mi tiempo.

   Si uno aparece, debo levantarlo en la carretilla y buscar un pedazo de tierra que no esté demasiado duro y lleno de roca. A veces empiezo a cavar y tengo que abandonar la tarea porque el terreno se revela como una maraña impenetrable.



  Mucho se aprende cavando, conociendo el interior de la montaña. Su olor a oscuridad… y el crujido de la arenisca. Brilla como si se hubiera derramado un poco de sol ahí adentro. Después debo acomodar el cuerpo, que no siempre entra estirado en el hueco, y cubrirlo bien para no atraer a la jauría. La tierra se resiste a ser agujereada, eso también lo aprendí cavando. Pero una vez que recibe su alimento la tierra es agradecida. No se queda yerma, quejándose de la intrusión de la pala: enseguida se va brotando de pasto.

   El otro día le pregunté al Celador:

   Cuando alguien muere, ¿de quién es el cuerpo?

   ¿De quién?, dijo él, haciendo puchero con el labio, De los hijos, será.

   Y si es de los hijos, ¿por qué no pueden venderlo? ¿Por qué no pueden guardarlo en el placar?

   Él no supo qué responder.



   Yo pensé: si me cortan una mano, ¿de quién es la mano? ¿Y por qué, si me cortan una mano, mi yo se queda en el cuerpo y no se va con la mano? ¿La mano no soy yo? ¿O yo sigo siendo sin mi mano? Y si mi mano no soy yo, ¿dónde se aloja realmente la persona?

   ¿Y qué pasa si esa persona no tiene familia?, le dije al Celador. ¿De quién es el cuerpo, entonces?

   Él agitó la cabeza. Seguía dele que te dele moviendo la antena para sintonizar algún canal.

   Entonces es basura, dijo.

   Ahora, cada vez que aparece uno le limpio la cara con el trapo que até al mango de la carretilla. No me gusta mezclar el trapo de los cuerpos con los trapos de la casa. Sería como decir que los cuerpos son cosas. No me gusta que los cuerpos se confundan con basura. Cuando no aparece ninguno me dedico a aprontar las herramientas: afilo la pala (porque si le saco filo entra mejor en la tierra), limpio la carretilla, lavo los trapos, rastrillo las protuberancias que fueron quedando sobre la superficie y emparejo el terreno.



   El otro día apareció uno que era distinto. Para empezar, no tenía el pelo negro sino clarito tirando a rojo, aunque a la altura de la nuca estaba mochado (una lástima). Lo giré para que quedara bocarriba y le pasé el trapo por la cara. La tierra se le había endurecido sobre la piel y no salía. Lo mismo en las manos, donde no faltaba ningún dedo. Froté duro con el trapo y por un segundo pensé: lo voy a lastimar. Después hice toda la maniobra de subirlo a la carretilla, pero en vez de enfilar para los lados de la quebrada me lo llevé al jardín. Quería sacarle ese negro de la cara y para eso necesitaba humedecer el trapo con un poquito de jabón.

   En el jardín, por la cercanía con la casa, el cuerpo parecía más una persona. Era chico y no pesaba tanto como los anteriores. De largo le calculé un metro cincuenta. Extendí una manta en la entradita del jardín y lo bajé con cuidado de la carretilla. Pasé el trapo húmedo alrededor de los ojos y sobre el puente de la nariz. Tenía pecas, tal cual me imaginé. La piel se sentía irreal, gomosa y fría, como si rezumara algún tipo de sebo, pero excepto por esa sensación el cuerpo era lindo. Ojalá pudiera guardarlo clarito en la memoria, me dije. Pero ¿cómo iba a hacer para recordarlo? Ya los cuerpos se me confundían, en parte porque no había pasado tanto tiempo con ellos como para grabármelos en la mente, y en parte porque siempre estaban demasiado sucios, envueltos en barro como una mortaja negra, vestidos con esas ropas desencajadas y también mugrientas.

FERNANDA TRÍAS -  "El monte de las furias" - (2025)


Imágenes: Yuichi Ikehata

sábado, 12 de septiembre de 2026

PERSEGUÍAN EL PLACER COMO LOS LOBOS PERSIGUEN A LOS CABALLOS


   


Las dos personas que estaban bajo el árbol hacían ruidos furiosos como si se pelearan. En particular la mujer gorda gritaba ahora como una lechuza y Lok oía que Tuami jadeaba como un hombre que lucha con un animal y no cree que vencerá. Los miró y vio que Tuami no sólo estaba acostado con la mujer gorda, sino que además la comía, pues del lóbulo de la oreja de ella manaba una sangre negra.

   Lok se sintió excitado. Tendió una mano y la puso sobre Fa, pero ella sólo tuvo que volver hacia él unos ojos de piedra para que inmediatamente quedase envuelta en aquella misma sensación incomprensible, aquella sensación peor que la de Oa y que Lok reconocía pero no podía entender. Se apresuró a retirar la mano del cuerpo de Fa y abrió de nuevo las hojas para mirar el fuego y el claro. La mayoría de la gente había entrado en las cuevas. Del anciano sólo se veían los pies, apoyados en los lados del tronco hueco. El hombre que se había arrastrado alrededor del fuego estaba tendido de bruces entre las piedras redondas que contenían el agua de abejas, y el cazador que hacía la guardia seguía en pie junto a la cerca de espinos apoyado en un palo. Mientras Lok lo observaba ese hombre comenzó a dejarse caer hasta que quedó tendido e inmóvil cerca de los espinos, y la luz de la luna se le reflejó débilmente en la piel desnuda. Tanakil había desaparecido y las mujeres arrugadas también; el claro era poco más que un espacio alrededor de un montón de madera rojiza.



   Lok se volvió y miró a Tuami y la mujer gorda, quienes habían llegado a la culminación de la lucha y en aquel momento estaban inmóviles, y los cuerpos brillantes de sudor olían a carne y a miel de las piedras. Lok miró a Fa, que seguía silenciosa y terrible y contemplaba una imagen que no estaba en la oscuridad de la hiedra. Lok bajó la vista y automáticamente se puso a palpar la madera podrida en busca de comida. Pero de pronto descubrió su sed, y una vez descubierta ya no podía ignorarla. Impaciente, volvió a mirar a Tuami y la mujer gorda, pues de todos los acontecimientos pasmosos e inexplicables que se habían producido en el claro ellos eran el más comprensible y al mismo tiempo el más interesante.

   La batalla feroz y como de lobos había terminado. Al parecer no sólo se habían acostado juntos; habían luchado entre ellos y se habían devorado mutuamente, pues había sangre en la cara de la mujer y en la espalda del hombre. Ahora, terminada la pelea y restablecida entre ellos la paz, o lo que fuera, jugaban juntos. El juego era complicado y absorbente. No había animal en la montaña o la llanura, ni criatura en los matorrales y el bosque bastante flexible y hábil y con la sutileza y la imaginación necesarias para inventar juegos como aquéllos, ni con el ocio y la vigilia imprescindibles para jugarlos. Perseguían el placer como los lobos persiguen a los caballos; parecían seguir las huellas de la presa invisible, escuchar con la cabeza inclinada y el rostro concentrado y retirarse a la luz pálida de los primeros pasos de un acercamiento secreto. Jugaban con el placer cuando lo alcanzaban como juega una zorra con un pájaro gordo, aplazando la muerte de la presa para gozar doblemente del placer de comérsela. Guardaban silencio aparte de los gruñidos y jadeos y un gorgoteo ocasional de risa oculta de la mujer gorda.

WILLIAM GOLDING - "Los herederos" - (1955)


Imágenes: Ancient Art Archive

miércoles, 9 de septiembre de 2026

ME DESCUBRÍ EMPAPADA DE MÍ MISMA




Una sensación caliente, húmeda, abrazadora como un fluido maternal, me despertó. Pero, tras ese segundo que necesita la conciencia para encontrar la cama donde ha dormido el cuerpo, la sensación se transformó en el abrazo de algo viscoso, pegajoso del pijama a la piel, espeso como un vómito. Era sangre, mi sangre. Lo supe antes de encender la luz: el acto reflejo de buscar el cable de la lamparilla de noche no funciona tan automáticamente cuando duermes en una habitación que no es la tuya, o que hace demasiado tiempo que dejó de serlo.

  Me descubrí empapada de mí misma. Y, al asco, se sumó el miedo. Ni me tocaba la regla ni semejante abundancia podía ser la menstruación. Sin embargo, no dudé del grifo por el que había salido aquel derroche.

  A saber cuánto tiempo llevaba sangrando… La sangre es tan caliente, que puede manar sin que la piel la note durante un buen rato; supongo que hasta que se enfrían los primeros borbotones. Me levanté de un lodazal cuajado y granate. Asustada, sí. Me encontré franjeada como una bandera de las rodillas a la cintura. Y no supe qué hacer.




  No tenía a quién llamar. Estaba sola en la casa de mis padres, a las afueras del pueblo, rodeada de olivos, sin vecinas que pudieran acudir a mis gritos. No grité. Allí, de pie, di dos o tres vueltas sobre mí misma mirándome el vientre y los muslos, con los brazos separados del cuerpo y crispados hasta la punta de los dedos, igual que las bailaoras antes de arrancarse por algún desgarro. Luego fui a encender la luz grande, la del techo, como si la visión no fuera lo bastante terrible, o como si necesitara más que la de la mesilla para empezar a hacerme cargo del horror. O quizá con la esperanza de que la abundancia de luz pudiera disolver las manchas del mismo modo inmediato que borra las sombras.Llegué al interruptor, junto a la puerta, andando hacia atrás lentamente y tanteando; así se retrocede cuando algo asesino y de movimientos impredecibles se nos acerca de frente. No podía perderle la cara a mi cama, la miraba fijamente, hipnotizada, temiendo que de ella surgiera una rapidísima y voraz criatura de los infiernos. Lo encendí, pero me quedé apoyada en el quicio de la puerta abierta, agarrada al marco. No sé durante cuánto tiempo. Hasta que me convencí de que nada sobrenatural había dormido conmigo. Hasta que tuve valor para acercarme de nuevo a la cama. Tenía que saber cuánta sangre había perdido.



  Con una aprensión casi invencible, retiré las mantas. Las retiré completamente y con un movimiento brusco, lo mismo que si de sorprender a una alimaña se tratara y la velocidad contase a mi favor. Una enorme amapola aplastada apareció entre las sábanas como entre las hojas de un libro. Algo tenía de pétalos el dibujo de mi sangre en ellas.

  La mente sigue una lógica propia que la hace parecer caprichosa en los momentos en que más la necesitamos sensata. A la mía se le ocurrió recuperar un fragmento de mi infancia, de pupitres con tapa levadiza y libros forrados de plástico, con hojas sublevadas también, revenidas por las puntas, romas para siempre… Pero hay que tener confianza y dejarla llegar adonde quiere, a la mente… ella buscaba un fragmento de cierta remota lección de las Ciencias Naturales de la escuela según la cual, o bien es que tenemos cinco litros de sangre en total, o bien —porque lo único claro del recuerdo era ese número— es que cinco litros es el máximo que podemos perder antes de morir. Así que me vi intentando calcular a ojo cuántos litros hacían falta para producir aquella inundación. ¿Dos, tres, cuatro? O tal vez sólo uno debidamente extendido con el movimiento del cuerpo que sueña. Pero ¿y la cantidad filtrada, la que no se veía, la que se había tragado mi colchón sediento, tan seco y tan en barbecho desde que dejé de ser una niña a la que se le olvidaba hacer pis antes de acostarse?



  Impaciente, acelerada por la urgencia del cálculo, desenfundé la sábana de abajo. La mancha era idéntica sin ella. Desenfundé después la gruesa funda del colchón, de rizo tupido de toalla, y la mancha seguía siendo idéntica sin ella. Otro capricho de la mente fue recordar entonces aquellos librillos regordetes, cuadrados y pequeños, que tenían en la esquina derecha de arriba de todas las páginas un monigote dibujado idéntico al de la página anterior, e igualito que el de la página siguiente, que sólo se movía y aparecía distinto si escurrías por el pulgar muy de prisa y en cascada todas las páginas a la vez. Imaginé el grosor del colchón como el tocho de hojas de uno de esos libros animados y frenéticamente lo levanté para examinar la última hoja. Levanté el colchón ¡y la mancha lo había traspasado! Era mucho más pequeña, pero lo había calado del todo y había llegado hasta allí nítida y perfectamente redonda, del tamaño de un plato de sopa.

PILAR BELLVER - "A todos nos matan antes de morir" - (2010)


Imágenes: Marina Núñez