Citas con los libros.

Desapegos y otras ocupaciones.

sábado, 1 de agosto de 2026

LONDRES ES MI CIUDAD FAVORITA DEL MUNDO

 



Londres es mi ciudad favorita del mundo. Lo digo, lo pienso, lo siento y lo sé. Podría trasladarme allí mañana mismo. Preparar una maleta bien grande con mis moldes, el rodillo de mármol que Samir me regaló por mi cumpleaños, la libreta con mis recetas y poco más. Huele siempre diferente: a lluvia, a sol a veces, a flores recién cortadas, a chocolate caliente… Me enamoré de la ciudad la primera vez que la vi, pese a que era de noche y una veintena de vagabundos dormían en el exterior de la Estación Victoria.

  Yo tenía dieciocho años y trabajé en todas las vacaciones escolares para reunir el dinero del viaje. Fue un vuelo chárter el que unió entonces mi isla con el segundo de los aeropuertos más visitados de Londres, el de Gatwick. Y tras cuatro horas encajonada en aquel asiento, donde el cinturón de seguridad era demasiado corto para abarcarme, crucé el acceso a la terminal de tren que me llevaría hasta el centro de la ciudad.



  Tenía tantos sueños por cumplir entonces… Allí vi por vez primera a una chica gorda como yo vestir con colores alegres, y causar admiración a su paso. Yo, que solo cambiaba una camisa ancha por otra en combinación con mis inalterables vaqueros. Recuerdo el momento exacto en el que salió de la librería Books for Cooks en Portobello, enfundada en un vestido color cereza. Quise ser esa chica de inmediato. Quise poder pintarme como ella, vestirme como ella, caminar como ella. Quise gustar como ella. Que los hombres se volteasen a mi paso y dijesen algo bonito. Nunca me habían dicho nada bonito, si obviaba a Aday, el malote de mi instituto. Él lo fingió todo. ¡Qué estúpida fui! ¿Cómo consiguió engatusarme con cuatro tonterías para que cediera, para que me dejara besar y sobar tan fácilmente? Yo pensé que no había mayor maldad en el mundo que la que había experimentado. Llega un momento en el que los insultos son tantos y tan habituales que acabas por asumirlos, por asimilarlos. Yo lo hice. Pero cuando días después de jurarme amor eterno se rio en mi cara delante de sus amigos, y Ramón le colocó un flamante billete de veinte euros en la mano, me di cuenta de que hay mucha más maldad en las personas de lo que uno aprecia al primer vistazo. Una maldad oscura y oculta que solo percibes si estás muy atento.

ANNIKA BRUNKE - "Bacon" - (2025)


Imágenes: Rong Bao

miércoles, 29 de julio de 2026

MARCAS ROJAS DE BESOS EN CARTAS





  I

  Estábamos sentados en la hierba, ella era más grande que yo, tenía el pelo castaño y espeso, alborotado en todas las direcciones, y los labios gruesos. Teníamos catorce años. Era en un encuentro de confirmandos de diferentes institutos. Ella tenía los pechos grandes. Tocó la guitarra sentada en la hierba. Intercambiamos nuestras direcciones. Cuando volví a casa, recibí una carta suya, con grandes marcas rojas de besos dentro de la carta. Le escribí una carta.


  II

  Nos encontramos un año más tarde en un café, se celebraba un concierto en una casa de la juventud justo a medio camino entre su casa y la mía. No me atreví a decirle nada, no me atreví a mirar hacia donde estaba ella. Pero durante el concierto estuvimos sentados el uno al lado del otro. Después nos escribimos más cartas. Me mandó cartas con marcas de besos.


III

  Vino en autobús, había veinte kilómetros hasta donde vivía yo, vinieron ella y una amiga. Era Semana Santa y nos fuimos de excursión a la montaña, no teníamos esquís, fuimos a pie, hacía calor y fue desagradable, la nieve estaba blanda, nos hundíamos. Nos dimos un poco la mano.


  IV

  Pienso que debo escribirle. Un año más tarde oigo que ha muerto en un accidente de tráfico, ocurrió una noche de sábado, de madrugada.

JON FOSSE - "Escenas de una infancia" - (2024)


Imágenes: Riitta Ikonen

domingo, 26 de julio de 2026

¿CÓMO SE PUEDE ERRADICAR EL DESPRECIO?

  



 Se acerca a mí con un aire de desconcierto ingenuo y deferente: cada vez estoy más convencido de que está jugando conmigo.

   —Dígame, señor, en confianza —dice—, ¿de qué se quejan los bárbaros? ¿Qué quieren de nosotros?

   Debería ser cauteloso, pero no lo soy. Debería bostezar, eludir sus preguntas, acabar con la velada; pero me veo tragando el anzuelo. (¿Cuándo aprenderé a no decir lo que pienso?).

   —Quieren que se acabe con la expansión de poblados en su territorio. Quieren que finalmente se les devuelvan sus tierras. Quieren tener la libertad de ir de un pasto a otro como hacían antes —todavía no es demasiado tarde para interrumpir el discurso. Sin embargo, oigo que mi voz sube de tono y, a disgusto, me dejo intoxicar por mi ira—. No mencionaré nada de las recientes incursiones llevadas a cabo contra ellos, totalmente injustificadas y seguidas de actos de violencia desenfrenada, ya que la seguridad del Imperio estaba en juego, o al menos eso me dijeron. Llevará años arreglar el daño causado en esos pocos días. Pero dejemos eso, déjeme más bien que le cuente lo que encuentro descorazonador en mi calidad de administrador, incluso en tiempo de paz, incluso cuando las relaciones fronterizas son buenas.



  Sabe, hay una época del año en la que los nómadas nos visitan para comerciar. Bien: vaya a cualquiera de los puestos del mercado durante esa época y vea a quién roban en el peso, a quién engañan, a quién gritan e intimidan. Vea quién tiene que dejar a su mujer en el campamento por temor a que los soldados la insulten. Vea quién está tirado en el suelo borracho, y vea quién es el que le ha empujado hasta allí. Es contra este desprecio por los bárbaros, un desprecio que es compartido por el más insignificante mozo de cuadra o campesino, contra el que yo como magistrado he tenido que luchar durante veinte años. ¿Cómo se puede erradicar el desprecio, especialmente cuando este desprecio se basa únicamente en diferencias de modales en la mesa o en variaciones en la forma del párpado? ¿Quiere que le diga lo que desearía? Desearía que estos bárbaros se alzaran en armas y nos dieran una lección para que aprendiéramos a respetarles.



  Creemos que esta tierra nos pertenece, es parte de nuestro Imperio, nuestro puesto fronterizo, nuestro pueblo, nuestro mercado. Pero esas gentes, esos bárbaros, no lo ven de la misma manera. Llevamos aquí más de cien años, hemos recuperado tierra del desierto y construido regadíos y cultivado los campos y levantado hogares sólidos y erigido una muralla alrededor de nuestro pueblo, pero ellos todavía nos consideran visitantes, viajeros de paso. Entre ellos hay ancianos que recuerdan lo que sus padres les contaban de cómo era este oasis hace años: un lugar sombreado junto al lago con abundantes pastos incluso en invierno. Esto es todavía lo que dicen de él, quizá todavía lo vean así, como si no se hubiera removido un grano de tierra ni se hubiera colocado un ladrillo sobre otro. No dudan de que en cualquier momento cargaremos nuestras carretas y volveremos a cualquiera que sea el lugar de donde vinimos, que nuestras edificaciones se convertirán en hogares de ratones y lagartijas, que sus animales pastarán en los fértiles campos que cultivamos.



  ¿Se sonríe? ¿Quiere que le diga algo? Cada año el agua del lago se vuelve un poco más salobre. Hay una explicación muy simple —pero esto es lo de menos—. Los bárbaros lo saben. En este momento se estarán diciendo, «seamos pacientes, uno de estos días la sal arruinará sus cosechas, no podrán alimentarse, tendrán que irse». Esto es lo que piensan. Que resistirán más que nosotros.

   —Pero nosotros no nos vamos a marchar —dice el joven con calma.

   —¿Está seguro?

   —No nos vamos a marchar, y por lo tanto se equivocan. Incluso si llegara a ser necesario abastecer al pueblo con convoyes, no nos iríamos. Porque los enclaves fronterizos representan la primera línea de defensa del Imperio. Cuanto antes comprendan los bárbaros esto, mejor.

J. M. COETZEE - "Esperando a los bárbaros" - (1980)

 

Imágenes: Dana Claxton

jueves, 23 de julio de 2026

ME PAGAN POR LEER




Al año siguiente de empezar el taller de poesía, me pidieron en la universidad que llevara el club de lectura. Igual que con el taller, yo nunca había ido a un club de lectura antes, así que investigué por internet y descubrí que, más allá de las preguntas trilladas —¿qué os ha parecido el personaje X?—, no había gran ciencia detrás. Al principio programé títulos que ya conocía, mis libros favoritos, pero pronto me cansé de releer lo mismo. Me arriesgué y elegí novelas que no había leído, recomendaciones de amigas con un gusto imprevisible y algún experimento editorial al azar.

   Se trata, sin duda, de los trabajos más satisfactorios. Es como si me pagaran por comer o dormir. En mi familia siempre han esperado que les toque la lotería y yo creo que este trabajo es lo más parecido que voy a tener a que me toque algo. Aunque sea simbólico, no me puedo creer que me paguen por esto. Es lo más fácil que he hecho en mi vida. Literalmente, me pagan por leer. Me siento como un fraude, como si estuviera recibiendo dinero por algo que cualquiera podría hacer.



  ¿Es correcto recibir dinero por algo así? A veces, me pregunto si debería sentirme mal por esto. ¿Es correcto recibir dinero por algo que podría hacer cualquiera? Pero mi grupo —de las personas más agradecidas que conozco— me ratifica el valor de la curaduría. Puede que sean las dos horas del mes con las que mejor me siento. Siempre me pasa que voy con miedo: temo haber elegido un libro que no les interese, que es, básicamente, lo único que tengo que hacer. Soy su seleccionadora oficial. Eso e ir dando el turno de palabra a las personas que van pidiendo la vez con un gesto de la mano, la parte que peor se me da. En el grupo de WhatsApp tengo a cincuenta que están calladitos, pero me consta que siguen mis recomendaciones, porque me lo confiesan en mensajes privados.

   Ahora que estoy escribiendo este libro, se me ha añadido un miedo nuevo: con lo críticos que son, sesión tras sesión me arrepiento más de que mi libro vaya a salir al mercado. Siempre me preguntan cuándo se publicará y dónde y yo solo pienso en ponerme un pseudónimo para que lo despellejen a gusto.

VIOLETA NIEBLA - "Todo lo que hice por dinero" - (2025)


Imágenes: Museo Victoria y Alberto

lunes, 20 de julio de 2026

INVÍTAME

 




Invítame a formar parte de tu rebaño,

incítame a reventar los desengaños,

inclínate ante mí

y excítame con tus trucos baratos.


Imítame con tus caras de gato,

limítate a alejarte de mi lado.

Hemos llegado demasiado tarde

y el barco ya ha zarpado.


Aunque no te lo creas

no me has dejado tirado.

Explícame la suerte que tengo

de encontrármelo todo

atado y bien atado.


Aunque las fuerzas me falten

irrumpiré, como una lanza,

en tu divino costado.


No me ha costado nada.

No me he acostado en tu cama.

Sólo escribo esto para dejar constancia

de que todo, ya, ha explotado.


18/05/2026


Imágenes: Jeongmin Lee

viernes, 17 de julio de 2026

QUE NADA FALTE A LOS VARONES QUE TRAEN EL DINERO A CASA



Su madre se desentiende de Goyo, pero no deja en paz a Modes; y no porque su hija se encuentre enferma o preocupada, sino porque de Modes depende que su hermano esté atendido. Desde que Modes tiene uso de razón, como se dice, su madre le asignó a Goyo, y eso comporta cuidarlo hasta en el menor detalle —aunque a distancia, sin ponerse pesada—, algo que al revés no ocurre. Es obligación de las mujeres de la familia que nada falte a los varones que traen el dinero a casa. Eso dice su madre olvidando que es ella, y no el padre, quien cobra el sueldo de portera del inmueble de la calle Infantas.



   ¿Disfruta Modes algún rato de ocio? Aunque no comparable al de su hermano —que participa, por ejemplo, de la charla de sobremesa con sus padres mientras ella friega los platos—, cuando la tarde da un respiro a las obligaciones hogareñas, Modes pasea por el ala izquierda de la Gran Vía o sube dos pisos hasta la pensión de La Roncalesa, donde se alojó su padre de soltero, y se junta con Beni —la hija de doña Beni, la dueña—, que es de su misma edad.

   Alguna vez las interrumpe la madre de Modes para reclamar a su hija en la portería porque hay costura pendiente o un recado que hacer o va a calentar la plancha. Pero si no, las jóvenes, medio tumbadas en el sofá de la recepción, charlan de lo que les ocurre o les preocupa y también de lo que da reparo hablar con los chicos. Y la información de Beni, impartida con la retranca de quien, pese a sus años mozos, domina los resortes de la existencia, arraiga en las entendederas de Modes y no sale de ahí ni en forma de pesadilla, para no escandalizar a Goyo.



   Hay hermanos en el barrio que cuando sorprenden a su hermana en trance afectuoso —por ejemplo, charlando con un desconocido con la espalda apoyada en una tapia y mascando pipas— la devuelven a su casa entre gritos y cachetes y la agraviada arrastra su vergüenza por la calle sabiéndose infamada para el resto de su vida; y en efecto, después de aquel oprobio no levantará cabeza, a diferencia del hermano, que la llevará bien alta por haber reaccionado como un hombre —de los que se visten por abajo, precisan— contra la deshonra de su familia. Modes no ha tenido la experiencia de que su hermano la vea acompañada de un varón y se lo afee, ha sido ella la que le encontró una tarde —y en el lateral izquierdo de la Gran Vía que a ella le gusta pero a su hermano no— con una mujer más alta que él y con pinta de extranjera.

MANUEL LONGARES - "Los ingenuos" - (2003)


Imágenes: Ralph Peacock

martes, 14 de julio de 2026

QUÉ EXTRAÑO, EL ABUELO ESTABA ENAMORADO DE LA ABUELA

 



Tendemos a pensar que nuestros antepasados tenían pensamientos menos elaborados que nosotros. Imaginamos a toda aquella gente que hizo la guerra como adolescentes inocentes, alegres y primarios. Leemos sus cartas, enumeramos todas las cosas que no hicieron (imaginar que existirían los teléfonos móviles, viajar, sexo creativo, utilizar expresiones como «mi yo» o palabras como «objetivar», «relativizar») y, sobre todo, los analizamos con la perspectiva de quién sabe qué les pasó. Sabemos que perdieron la guerra, es fácil, ahora, dar categoría de símbolo a las veces que escribieron: «No sé si viviré o si me moriré, cuida de madre…». Tendemos a pensar que no amaron a sus hijos como nosotros, de la misma manera que lo pensamos, también, de los pobres que piden caridad, de los indígenas de selvas recién deforestadas, de nuestras señoras de la limpieza, que han dejado a sus hijos en Colombia. Yo no los dejaría, decimos. No somos malos, no somos poco empáticos, lo decimos con toda sinceridad. Nos parece, y no puede ser de otra manera, que no son como nosotros. Que sus penas y alegrías, sobre todo las penas, están filtradas como por un telón de terciopelo.

   Imaginamos, de estos abuelos, que se casaron menos locos de amor que nosotros. Que se amaron, que tuvieron ganas de sexo, pero que no tuvieron un enamoramiento «moderno». Como los imaginamos a todos como parte de un grupo homogéneo (esta generación, la llamamos), las pequeñas aristas de alguno de ellos se magnifican y celebran. El abuelo estaba enamorado de la abuela. ¿Por qué lo sabemos? Porque lo decían, no es normal. Qué extraño, el abuelo estaba enamorado de la abuela, no estaba previsto, no es como ahora.

EMPAR MOLINER - "La colaboradora" - (2012)


Imágenes: Andrew Salgado