Citas con los libros.

Desapegos y otras ocupaciones.

viernes, 15 de mayo de 2026

ADEMÁS, TENÍA UN GATO Y TOCABA LA GUITARRA

 





Pero si Miss Golightly no llegó a enterarse de mi existencia, excepto en mi calidad de práctico portero, a lo largo de aquel verano yo acabé convirtiéndome en toda una autoridad sobre la suya. Descubrí, observando la papelera que dejaba junto a su puerta, que sus lecturas normales eran la prensa popular, los folletos de viajes y las cartas astrales; que fumaba unos pitillos esotéricos de la marca Picayune; que sobrevivía a base de requesón y tostaditas; que su cabello multicolor no era obra de la naturaleza. La misma fuente de información me permitió saber que recibía montones de cartas del frente. Siempre estaban rotas a tiras alargadas, como registros. A veces me llevaba uno de esos registros para utilizarlo en mis lecturas. Recuerdo y te echo de menos y llueve y escribe, por favor, y maldita y condenada eran las palabras que más a menudo se repetían en esas tiras de papel; estas, y soledad y te quiero.



   Además, tenía un gato y tocaba la guitarra. Los días de mucho sol se lavaba el pelo y, junto con el gato, un rojizo macho atigrado, se sentaba en la escalera de incendios y rasgaba la guitarra mientras se le secaba el pelo. Cada vez que oía la música, yo me acercaba silenciosamente a la ventana. Tocaba muy bien, y a veces también cantaba. Cantaba con el acento afónico y quebrado de un muchacho. Se sabía todas las canciones de los musicales de éxito, de Cole Porter y Kurt Weill; le gustaban sobre todo las canciones de Oklahoma!, recién estrenada aquel verano. Pero en algunos momentos tocaba melodías que hacían que me preguntase de dónde podía haberlas sacado, de dónde podía haber salido aquella chica. Canciones nómadas, agridulces, con letras que sabían a pinar o pradera. Una de ellas decía: No quiero dormir, no quiero morir, sólo quiero seguir viajando por los prados del cielo; y parecía que esta fuese la que más la complacía, pues a menudo seguía cantándola mucho después de que se le hubiera secado el pelo, cuando el sol ya se había puesto y se veían ventanas iluminadas en el anochecer.



   Pero nuestra relación personal no empezó hasta septiembre, una noche atravesada por los primeros y fríos estremecimientos del otoño. Yo había ido al cine, regresado a casa, y estaba acostado con un bourbon y el último Simenon: lo cual constituía hasta tal punto mi ideal de comodidad que no conseguí entender cierta sensación de inquietud que fue creciendo poco a poco, tanto que llegué a oír mis propios latidos. Era una sensación acerca de la cual había leído y hasta escrito, pero que jamás había experimentado. La sensación de estar siendo vigilado. De una presencia invisible. Luego: un repentino golpeteo en la ventana, el vislumbre de un gris fantasmal: derramé el bourbon. Transcurrieron unos momentos antes de que tuviera arrestos para abrir la ventana, y preguntarle a Miss Golightly qué quería.



   —Tengo abajo a un hombre horripilante —dijo, saltando de la escalera de incendios al interior de la habitación—. Bueno, cuando no está bebido es encantador, pero tan pronto prueba el vino, ¡Santo Dios, quel animal! No hay nada en el mundo que deteste tanto como los hombres que te dan mordiscos. —Se abrió un poco el albornoz gris para mostrarme las pruebas de lo que ocurre cuando un hombre da un mordisco. No llevaba más que el albornoz—. Siento haberte pegado un susto. Pero cuando ese animal se ha puesto imposible, he salido por la ventana. Me parece que cree que estoy en el baño, y me importa un cuerno lo que piense, que se vaya al infierno, se cansará, se dormirá, Dios mío, tiene que dormirse, se ha tomado ocho martinis antes de cenar y suficiente vino como para que se bañe un elefante. Oye, si quieres echarme, me echas. Ya sé que es mucha jeta eso de entrometerme aquí de esta forma. Pero ahí afuera hace un frío que pela. Y parecía que aquí se estuviera tan bien. Me has recordado a mi hermano Fred. Dormíamos cuatro en la misma cama, y él era el único que me dejaba abrazarle las noches más frías. Por cierto, ¿te importa que te llame Fred?

TRUMAN CAPOTE - "Desayuno en Tiffany's" - (1958)


Imágenes: Tim Flach

martes, 12 de mayo de 2026

NUESTRAS MENTES ESTÁN INTOXICADAS DE PÍXELES Y CANCIONES EN BUCLE

 



A veces creo que ya no existe el silencio, que hemos desatendido la capacidad para no oír y la capacidad para callar. Siento que vivimos en un ruido de constante pensamiento volátil e inútil, en consante distracción destructiva, en una soledad llena de gente y cosas que no nos interesan realmente.

Tengo la sensación de que en los tiempos que corren es un esfuerzo encontrar la calma, encontrar la nada, la paz. Nuestras mentes están intoxicadas de píxeles y canciones en bucle, cada dos días un nuevo estribillo trillado, una nueva tendencia y una nueva guerra sin piel. Las palabras escritas gritan, los audios gritan. Estamos sometidos a la falta de espacio que brota del exceso de presencia.Estamos demasiado, demasiado tiempo.  

Hay un superpoder que siempre me ha parecido una condena, y es el de conocer en todo momento lo que todas las personas piensan. Vivimos en esa maldición. Cada día nos pronunciamos sobre mil asuntos, nos exponemos al juicio y enjuiciamos sin piedad, por inercia, sin darnos cuenta. Es la nueva normalidad.


Quiero más piel,

                más mirada, 

                más silencio.



SARA BÚHO - "Donde descansan las flores" - (2024)


Imágenes: Laura Agustí

sábado, 9 de mayo de 2026

DONDE DUELE




El corazón roto es un lugar

donde nadie entra

y nadie sale. 

No asimila el cambio,

todo está igual

pero doliendo;

igual, pero quemando.


Piensas,

estás en bucle,

la mente es una centrifugadora

que mantiene el cuerpo en tensión.

La memoria no calla,

no deja espacio para la razón.

La emoción inunda todo

hasta la asfixia.


Hay desorden,

el alma está

en el lugar equivocado.

Quiere quitar el daño,

arrancar lo que ya forma parte de la piel

creyendo que así dolerá menos,

pero solo deja una herida mayor.


No se puede desbesar,

no se puede dessentir,

ojalá.


Despensar sería suficiente:

el olvido es un lugar demasiado grande,

demasiado injusto

para todo lo que de verdad

ha sido amado.


SARA BÚHO - "Donde descansan las flores" - (2024)


Imágenes: Laura Agustí

jueves, 7 de mayo de 2026

PARA PRECIPITARSE AL PROFUNDO POZO DEL OLVIDO



En ocasiones, vuelvo a preguntarme qué fue lo que desapareció de nuestra isla en primer lugar.

    —Mucho antes de que vinieras a este mundo —me decía mi madre cuando yo no era más que una niña—, la isla estaba repleta de cosas que han desaparecido paulatinamente y que ya no se encuentran entre nosotros. Se trataba de objetos, conceptos e incluso seres vivos de lo más variado y con las más diversas características: transparentes, aromáticos, zigzagueantes como culebrillas o brillantes como diamantes… Cosas maravillosas que ni siquiera tú, mi niña, eres capaz de imaginar.

    Yo escuchaba embelesada, con los ojos bien abiertos y sin perder detalle, cada una de las palabras de mi madre.



    —Desgraciadamente, tras su desaparición, el recuerdo de cada uno de esos objetos va escurriéndose poco a poco de nuestra memoria y desbordándose, como gotas de agua, para precipitarse al profundo pozo del olvido. Si vives aquí, ten por seguro que a ti también te sucederá, y lo único que cabe preguntarse es qué será lo primero que olvides.

    —Pero dime, mamá, ¿sentiré miedo cuando eso suceda? —preguntaba yo, llena de aprensión.

    —Ni lo más mínimo —replicaba ella—. Sucede sin que apenas te enteres. No sentirás dolor ni fatiga. Una mañana de un día cualquiera, al despertar, algo se habrá esfumado de tu vida, dejando intacto lo demás, y, entonces, tan solo percibirás un tibio desajuste con respecto al día anterior. Te recomiendo cerrar los ojos y aguzar el oído, captar la sutil diferencia que vibra en el aire como una especie de señal. Y si prestas suficiente atención, es posible que se te desvele la identidad de aquello que habrá dejado de existir en la isla y, por tanto, habrá salido también de tu vida para siempre.

YOKO OGAWA - "La policía de la memoria" - (1994)


Imágenes: Fatinha Ramos

martes, 5 de mayo de 2026

ZONA LIBRE, PARA USO TÓPICO. CAPÍTULO 2 - DEPENDENCIAS/ADICCIONES

 



Segundo
 programa de ZONA LIBRE, PARA USO TÓPICO.

Capítulo 2 - Dependencias/Adicciones.

Entrevistas a cargo de El Secretario dentro de la programación de RADIO FARMACIA en Unidad Cultural Terapéutica Changüí.


Imágenes: Paul Villinski

sábado, 2 de mayo de 2026

LA COCINA ES ARTE IMPRESIONISTA



Gustaba de comer lo que ella cocinaba. Ella cocinaba muy pocas veces, porque eso la hacía perder el apetito. Lo que perdía de apetito propio, lo ganaba en ver el apetito de su marido:

   —¡Donde tú pones la mano!… —decía él, galante. Pero no por galantería, sino por gusto verdadero.

   Ella, sin tener amor propio de cocinera, lo era excelente. Él nunca podía entender cómo era posible poseer una cualidad sin jactarse de ella. Y puesto que ésta es, casi, la definición de la virtud, él consideraba la buena mano de su mujer para la cocina como el ejemplo más puro de la virtud, y aun la virtud misma.

   Pero ella se resolvía muy pocas veces a perder el apetito: es decir: muy pocas veces se decidía a cocinar.

   —Guisar, hijo mío, es cosa que estraga al estómago.

   Y aunque no lo decía tan claro, de sus vagas explicaciones, de sus semi-ideas, de sus larvas o fintas de pensamiento (nunca iba ella a fondo) he aquí lo que se sacaba en limpio:



   Que la cocina, aunque procede por recetas como la química y la farmacia, no es una ciencia exacta, sino más bien un arte impresionista.

   Que la misma receta, en cada ocasión, produce un resultado completamente distinto. En eso se diferencian (¿por qué, señor por qué?) los verdaderos alimentos de las medicinas. No hay otra regla mejor para distinguirlos: medicina es lo que, a fórmulas iguales, produce resultados iguales. Alimento es lo que, a fórmulas iguales, produce resultados diversos.

   —Como que, hijo mío —apoyaba—, a veces hasta la forma, la presentación sola cambia el sabor de un alimento. Mira lo que pasa con el pan: si con igual masa haces una rosca y un trenzado, aquélla no sabe lo mismo que éste, ni tienen la misma consistencia, ni el mismo tacto, ni el mismo olor, ni tardan lo mismo en enfriarse, ni…

   Así pues, la cocina es arte impresionista. No se puede sazonar con tabla de logaritmos, sino con la punta de la lengua. Para dar el punto al guiso, hay que estarlo probando. Y estar probando —y probando un guiso a medio hacer— es perder, al menos, la primera mitad del apetito. Primera razón.



   Segunda razón: que el olor, como en los cuentos utópicos, es un alimento verdadero. Y quien cocina, se pasa una hora, y a veces más, envuelto en una nube de olores. Los absorbe y pierde el apetito.

   Por fortuna, a él sólo le gustaba que su mujer cocinara por lujo o por excepción. Lujo, excepción, que pagaba siempre con un regocijo sólido y sin palabras.

   A diario, no le hubiera agradado. Los menesteres domésticos, pensaba, empequeñecen el alma de la mujer, le gastan los sentidos, la hacen perder la buena conversación y la finura de las manos. Dos visitas diarias a la cocina envejecen a la mujer más que un parto. Y así, a través de la excesiva modestia de su primera época y del buen pasar que la siguió, se esforzaba por apartar a su mujer, casi siempre, de los abusos de la cocina.

   Y así, en esto del ir como del no ir a la cocina —cuando sí, porque sí, y cuando no, porque no— reinaba en aquel matrimonio el acuerdo más edificante. Y él veía, en aquella virtud de su mujer, virtud para los días de fiesta, el perfecto símbolo de dicha, el árbol central de su tienda plantando en este desierto de la vida.

ALFONSO REYES - "La cena y otras historias" - (1956)


Imágenes: Mikkel Jul Hvilshoj

miércoles, 29 de abril de 2026

TUS SECRETOS PUEDEN CONVERTIRSE EN ARMAS CONTRA TI



NOTAS PRIVADAS DE: J. GABRIEL
 
  


   Paciente: L. Crayne

   Fecha/Hora: 24 de junio, 10.30 a. m.

   Sesión: 3   


   Empiezo la sesión de hoy hablando sobre el momento en que L. me tomó la mano la semana pasada. L. ha estado probando los límites en otras ocasiones. Era necesario abordar el tema de manera directa; quería entender mejor qué motivaba ese comportamiento.

   Le he dicho que tenía la impresión de que sus sentimientos hacia mí se habían complicado un poco. Me he apresurado a normalizarlo; le he dicho que se trata de un proceso de transferencia en el que se asigna a una tercera persona —en este caso, a mí— lo que se siente por una figura relevante en su vida. Ocurre a menudo en terapia (aunque nunca había visto que se desarrollara tan pronto): paciente en estado vulnerable, y terapeuta, como receptor único, que empieza a tener mayor significado. Pero tengo la obligación de procurar que se mantengan los límites profesionales de la relación paciente-terapeuta.

   La respuesta de L. ha sido fascinante. Comprende el concepto de transferencia, pero discrepa de que pueda aplicarse en este caso. A continuación, ha dicho que el incidente no sucedió como yo lo he descrito.

   Si bien la negación no resulta del todo sorprendente (L. podría haberse sentido incómoda, avergonzada), su comportamiento sí. Ha defendido su postura con tenacidad; parecía calmada, tranquila. Era evidente que estaba convencida de lo que decía.



   Me ha recordado que, al final de la sesión anterior, ella estaba inquieta, preocupada. Ha dicho que yo seguramente me había percatado, porque había sido yo quien le había cogido la mano. Lo he repetido a modo de aclaración: ¿L. creía que yo había sido el iniciador?

   —No es que lo crea, es que lo sé. Lo recuerdo, claro como el agua. Me cogiste la mano y me diste un suave apretón. Y me dijiste que podía confiar en ti.

   Antes de poder responder, ha añadido:

   —¡Pero no te preocupes! ¡No me lo tomé por el lado que no es! Y lamento si de alguna manera he dado la impresión de lo contrario. Tú solo pretendías reconfortarme. Sabías exactamente lo que necesitaba en ese momento, y funcionó. No deberías sentirte incómodo; no hay nada de lo que disculparse.

   Yo no albergaba ninguna duda acerca de lo que recordaba —mis notas detallando el incidente lo refrendan—, pero he decidido no insistir. No he querido que L. sintiera que no confiaba en ella.

   En su lugar, he dicho que me parecía fascinante que los dos creyéramos que el iniciador había sido el otro. He reconocido lo difícil, si no imposible, que es ser objetivo del todo. Le he preguntado cómo la hacía sentir que discrepáramos. La respuesta de L. ha sido muy intuitiva:

   —Creo que la mente es capaz de modificar nuestros recuerdos sin que nos demos cuenta siquiera. Quizá, de manera subconsciente, creamos nuestro propio relato para justificar una secuencia de sucesos y así otorgarle sentido a nuestra historia. Puede que sea nuestra manera de editar y dar forma al relato que queremos contarnos.



    Digo que tal vez lo que ocurrió de verdad quede a mitad de camino entre su versión y la mía. Si bien uno de los dos tuvo que iniciarlo, él/ella probablemente reaccionó ante algo que percibió en el otro.

   Pregunto si eso afecta a su confianza en mí, si le parezco un terapeuta menos fiable.

   Dice que, en todo caso, hace que confíe más en mí. Agradece que haya abordado un tema incómodo. Empieza a sentir que puede confiar en mí más que en nadie. Si bien la dimensión de lo que expresa es peligrosa, también supone una clara oportunidad de entender mejor qué motiva la transferencia. Le pido que se explique.

   —Es lo que siento desde que hemos empezado a vernos. Solo llevamos tres sesiones y ya hemos hablado de cosas que nunca le he contado a nadie. Es como si me entendieras como jamás lo ha hecho ninguna persona. Me asusta un poco.

   Comento que la vulnerabilidad puede asustar.

   —Pero contigo me siento segura. Nunca le he podido contar a nadie algunas de las cosas de las que hemos hablado. No me malinterpretes, tengo amigos maravillosos, amigos por los que haría cualquier cosa, pero, cuando se vive tan expuesta al público como yo, aprendes deprisa. No debes confiar en alguien por completo, porque si, por lo que fuera, ocurre algo y la relación se rompe, tus secretos pueden convertirse en armas contra ti.

SASH BISCHOFF - "Suave es la furia" - (2025)


Imágenes: Anders Krisár