Citas con los libros.

Desapegos y otras ocupaciones.

viernes, 26 de junio de 2026

LO CONOCÍ HACE TODA UNA VIDA DE MARIPOSA



Lo conocí hace toda una vida de mariposa, lo cual equivale a seis meses si eres una mariposa excepcionalmente fuerte, grande y afortunada. Fue a principios de mayo. Yo estaba tendido junto a un río en las montañas Catskill, leyendo y fumando, cuando me quedé dormido y comencé a soñar. Fue uno de esos hermosos sueños vagos que te llegan al dormir superficialmente. Había estado leyendo sobre Rip van Winkle, el tipo que tomó una siesta al aire libre y despertó veinte años después en un mundo que había seguido sin él, y ese hombre estaba en mi sueño. Había una mariposa amarilla, blanca y negra. Y estaba en el funeral de mi padre, esparciendo sus cenizas. Sabía que estaba durmiendo y disfrutaba la ilógica avalancha de disparates que acontecían uno tras otro. Pero alguien intentaba meterse en mi sueño. Escuché una voz desde afuera que me despertó de golpe. Incluso recuerdo que, en mi sueño, pensé: «¡No despiertes, no despiertes!». Pero la voz intrusa tenía la insistencia y el entusiasmo de un bebé. Era la voz de alguien que disfruta interrumpir y a quien le importa un pepino lo que la gente piense.

—Es un monstruo. ¡Es todo un monstruo!

Era una voz estadounidense. Pero, claro, estaba en Estados Unidos.

Abrí los ojos y ahí estaba él, eclipsando al sol. Iba desnudo de la cintura para arriba, descalzo, con una red para cazar mariposas en una mano y una sonrisa en el rostro. Los cristales de sus lentes le agrandaban los ojos, dándole la apariencia de un gálago. Tenía el cabello corto arriba y largo abajo, lo cual lo hacía parecer menos inteligente de lo que resultó ser en realidad. Le calculé unos veintitantos, quizá un par de años más que yo. Un chico en el cuerpo de un superhombre.



—No se mueva, señor —dijo. Soltó un ruidito por la nariz e hizo un gesto de concentración—. Tienes que ver esto, Mary. ¡Es gigante!

Le estaba hablando a alguien en el agua. Me incorporé y vi a una chica de unos diecisiete o dieciocho años, nadando en el remanso detrás de la cascada mayor. Estaba completamente desnuda, con la piel color aceituna y su largo cabello serpenteándole por la espalda. Me pregunté si un espíritu de aquellos bosques embrujados me había lanzado un hechizo y, como Rip, desperté en un mundo que siguió sin mí.

—¡Es una Papilio glaucus! —le dijo a la chica.

—No es tan especial —respondió ella a gritos.

¿Qué eran? ¿Entomólogos naturistas? ¿Hippies prelapsarios? (Los Woodstocks no estaban muy lejos). O, quizá, considerando que estábamos en lo más lejano de los Apalaches, eran un par de endógamos salvajes. 

—No se mueva, señor. Haga favor de quedarse… muy… quieto.

Bajó la red sobre la enorme mariposa amarilla, negra y blanca que se estaba asoleando en la roca junto a mí. El tipo metió la mano en la red y mató a la mariposa aplastándole el tórax entre sus dedos pulgar e índice (si no escuché realmente un crujido, lo imaginé). Luego se puso la mariposa en la palma y extendió el brazo hacia mí.

    Papilio glaucus. Mariposa tigre cola de golondrina para usted. ¿A poco no es superhermosa?

Con las alas dobladas y por el hecho de que estaba muerta, era difícil reconocer su belleza.

—Ay, no ponga esa cara. Hará más feliz a la gente estando muerta que viva. Ya verá.

Metió el espécimen en un triángulo de papel glassine que sacó de un Tupperware.

—«Lo bello es un gozo eterno» —dije.



Él respondió con un «mmm», aunque no estoy seguro de que haya captado el sarcasmo. Volvió a mirarme, pero ahora con curiosidad. ¿Quizá me estaba evaluando antes de lanzar la red, atraparme y aplastarme? De pronto extendió una mano.

—Joe Bosco, Alexandre boscensis.

—Llewellyn Jones.

—¿Llewequé?

—Lew es más sencillo.

—Okey. Lew. Ella es mi hermana Mary-Anne. Paradoxa boscensis. Una disculpa de antemano por lo que haga.

No sabía hacia dónde mirar, al coloso en la roca o a la náyade en el agua. Joe era inmenso: un metro noventa sin un gramo de grasa en su cuerpo atlético; tenía la proporción perfecta, con la constitución de una estatua griega de lanzador de disco. Su impactante presencia física provocaba que su voz fuera aún más incongruente. Era aguda, infantil, y tan poco creíble que pensé que podría estar fingiéndola, una voz para convencerte de subestimarlo.

—¿Qué está leyendo?

—Un libro de historias —dije.

Le mostré la portada de mi libro: Historias clásicas de América. Tenía la imagen del jinete sin cabeza de Sleepy Hollow.

Miró el libro con desconfianza e hizo un gesto de desinterés. Luego me mostró, con un movimiento de su mano, la cascada y los árboles más allá. 

—La verdadera historia está aquí, amigo mío. Aquí, allá y más allá. —Abrió los brazos y dio una vuelta de trescientos sesenta grados mostrándome la cascada, los árboles de cicuta y toda aquella cornucopia de vida—. ¿No le dan ganas de meterse?

—Me estoy preparando —respondí.

Intentaba no mirar a la figura en el agua, pero aun sin verla podía sentirla, con su desnudez más amenazante que cualquier depredador.

—No le haga caso —dijo él—. Mi hermana odia a los hombres.

—¿Que yo qué? —gritó ella, que claramente estaba escuchando y su desinterés solo era fingido.

—¡Dije que odias a los hombres!

—¡No conozco a ninguno!

RHIDIAN BROOK - "El asesinato de Butterfly Joe" - (2018)


Imágenes: Zaneta Antosik

martes, 23 de junio de 2026

NO ESTARÍA BIEN AFINADO EL PIANO

 



Fue entonces cuando Cadafells, sentándose al piano, comenzó a improvisar unas divagaciones que el onorevole Gelli identificó en seguida con un suspiro de pesar.

   —Oliveira —dijo—. El concierto de Berna. El del setenta y siete.

   —Lástima que ese piano no sea un Fujisutmi —se apresuró a decir el concejal Gómez Ochoa, que era un risueño ignorante educado en el ramo de la peluquería.

   —Cada vez que oigo esa música se me eriza el pelo —dijo el segundo regente del Auditorio de Valladolid—. Si yo les contara el calvario que me hizo pasar Oliveira hace tres años…

   —¿A eso lo llama usted música? —rugió el comodoro Hoffmann Goicoechea—. El tipo llega y se sienta, sin partitura ni nada, con esas gafas, con esas zapatillas de deporte. Me dio un sofoco cuando lo vi aparecer así en el escenario del Nacional. Imagínense que mi señora lo tomaba por un electricista. ¿Y lo han visto cómo toca? Parece un miope que está aprendiendo mecanografía. Con dos horas de retraso empezó el concierto. Y lo peor fue que luego estuvo tocando casi cuatro horas. El presidente de la República se marchó de su palco y me dio una orden terminante: «Hoffmann, que ese indeseable no vuelva a poner los pies en el Paraguay».

   —Tuvo usted suerte, comodoro —dijo el onorevole Gelli—. En Parma no tocó ni veinticinco minutos.

   —Qué alivio —murmuró el concejal Gómez Ochoa.

   —¿Alivio? —dijo Gelli—. ¿Con el cachet de prima donna que cobra? El teatro estaba lleno. Tuve que llamar a los carabinieri para que contuvieran el tumulto.

   —No estaría bien afinado el piano. —Cadafells se había acercado a nosotros—. Ahí nunca transige.



   —No me hable de afinación —dijo Gelli—. Oliveira atormentó durante un día entero al mejor afinador de Parma, y ya sabe usted que allí los tenemos magníficos. El pobre hombre se fue llorando a su casa aquella noche, presa de un ataque de nervios. No. Ése no fue el problema.

   —Estaría muy fuerte la calefacción —apuntó el segundo regente de Valladolid—. Si hace calor, dice que le sale un sarpullido.

   —Un caramelo —dijo Gelli, suspirando—. El papel de un caramelo. Había alguien en la tercera fila que tomaba caramelos para la tos. Ya conocen la acústica del Liceo de Parma. Cuando oí por segunda vez el ruido del envoltorio me dio un sudor frío. Ese hombre, Oliveira, tiene un oído sobrehumano. Levantó la cabeza y puso cara de dolor o de rabia, ya saben, con los ojos cerrados, mostrando los dientes. A la tercera vez ya supe que se avecinaba la catástrofe. Oliveira se levantó, miró al hombre de la tercera fila y lo insultó en inglés. Luego dio media vuelta y se fue del escenario tan tranquilamente como si saliera de su casa. Imaginen los gritos.

   Por momentos la conversación se acaloraba, rozando ese estado colectivo de ánimo que preludia las apelaciones a la ley de Lynch. El comodoro Hoffmann Goicoechea contó el rumor de que en Cochabamba, Bolivia, Oliveira fue arrestado en 1979, y lamentó que una llamada telefónica de la embajada estadounidense lo salvara in extremis de recibir una sesión de picana. Disgustado por ciertas colgaduras que decoraban el teatro, se había negado a tocar si no las retiraban, y no lo hicieron, porque era la fiesta de la Raza, y Oliveira no tocó. En Valladolid, dijo el segundo regente del Auditorio, Oliveira notó minutos antes del concierto que el escenario tenía una ligera inclinación hacia el público, lo cual es muy común en los teatros antiguos. Urgentemente hubo que evacuar la sala y pasaron tres horas hasta que los carpinteros municipales instalaron una tarima de dos centímetros de espesor que corregía la pendiente. Pero Oliveira, aburrido, no tocó ni una hora, limitándose a una serie de desganados ejercicios, y luego, cuando salía del teatro, le dio una certera patada en la espinilla al fotógrafo de un periódico local, y trató con una frialdad rayana en el desprecio al alcalde de Valladolid, diciéndole —mediante intérprete, aunque es bien sabido que habla español— que no podía asistir a la recepción organizada en su honor porque tenía sueño.

   —Gente rara, los artistas —concluyó el onorevole Gelli.

ANTONIO MUÑOZ MOLINA - "Nada del otro mundo" - (2011)


Imágenes: Dan McPharlin

viernes, 19 de junio de 2026

LOS PIES NO SE ESTABAN QUIETOS NUNCA



 La sangre divina fluye de forma diferente en cada uno de los hijos de los dioses. La voz de Orfeo hacía llorar a los árboles. Heracles mató a un hombre de una palmada en la espalda. El milagro de Aquiles era la velocidad. Después de la primera lanzada, mis ojos eran incapaces de seguir su planta. Daba vueltas, avanzaba y retrocedía a una velocidad fulgurante. El asta daba la impresión de nacer en sus manos y la punta oscura y grisácea parecía la lengua de una serpiente. Los pies no se estaban quietos nunca, rozaban el suelo como los de una bailarina.

   Me quedé observando, incapaz de moverme. Apenas respiraba. Su rostro inexpresivo estaba en calma, no denotaba esfuerzo alguno. Sus movimientos eran tan precisos que apenas si había podido ver los hombres imaginarios contra los que había combatido, diez o tal vez veinte, atacándole por doquier. Dio un salto y lanzó un movimiento de guadaña con la lanza mientras desenfundaba la espada. Después empezó a maniobrar con ambas armas, moviéndose con la soltura de un pez entre las olas.



   De pronto, se detuvo. En la silenciosa atmósfera vespertina pude escuchar el sonido de su respiración, apenas más fuerte de lo normal.

   —¿Quién te ha enseñado? —pregunté. No sabía muy bien qué otra cosa decir.

   —Mi padre…, un poco.

   Un poco. Casi me daba miedo.

   —¿Y nadie más?

   —No.

   Me adelanté un paso.

   —Lucha conmigo.

   Profirió un sonido muy similar a una risotada.

   —No, claro que no.

   —Lucha conmigo.

   Me sentí como si estuviera en trance. Su padre le había entrenado un poco. El resto era… ¿Qué? ¿Divinidad? Aquello era lo más divino que había visto en toda mi vida. Ese sudoroso arte nuestro de trocear al prójimo era hermoso cuando lo realizaba él. Comprendí por qué su progenitor no le dejaba luchar a la vista de los demás. ¿Cómo iba a enorgullecerse un hombre normal de su habilidad en el combate cuando había aquello en el mundo?

MADELINE MILLER - "La canción de Aquiles" - (2011)


Imágenes: Zachary Eastwood-Bloom

lunes, 15 de junio de 2026

COMERCIANTES DE PALABRAS

 



Pero he aquí que en nuestra fuga dimos con una tierra si cabe más fabulosa, de la que según nos consta no se ha escrito nada hasta la fecha, por quedar muy distante de las principales rutas. Tal es el caso de la tierra de los biroches, que se llaman a sí mismos comerciantes de palabras y que, en su ignorancia, se tienen por el pueblo más justo sobre la tierra. Es su isla no mucho más grande que la de Trinidad, si bien más dotada de riquezas y población, la cual es por cierto tan gentil y hospitalaria que las tres semanas que pasamos entre ellos lo hicimos honrados como sus huéspedes. Al principio nos sorprendió en el trato la parquedad de sus palabras, sobre todo entre los muy pobres. Más tarde averiguamos que ello era debido a una insólita costumbre según la cual el Emperador es el único dueño y señor de la lengua biroche, no pudiendo sus súbditos disponer libremente de las palabras sin antes pagar por cada una de ellas un precio convenido. Pues consideran que, de entre todos los patrimonios humanos, es con mucho el lenguaje el más valioso y útil, por lo que los biroches exigen que las palabras sean tasadas como una mercancía más, e intercambiadas y vendidas de tal manera que los compradores puedan hacer uso de ellas. Tan grave como el asesinato o el robo es emplear en un discurso una palabra cuyos derechos no se han adquirido, y existen magistrados imperiales que velan por que tal no suceda y cada biroche pronuncie únicamente aquellas palabras que por su economía le correspondan. Son en esta prohibición inflexibles, de tal manera que desde antaño se castiga a los infractores con la muerte.



 De ahí que nuestro intérprete se viera obligado a emplear nuestras arcas en la compra de un vocabulario básico, para ser así uno más entre ellos y poder transmitir rudimentariamente nuestras preguntas y deseos.

   Otra peculiaridad de los biroches es que, si bien estipulan con gran precisión el valor de cada palabra, no tasan el precio de objeto alguno, pues consideran que saber nombrar algo es equivalente a poseerlo —cuando nos interesamos por el precio de una túnica bordada en oro, respondieron que su valor era el resultado de comprar las palabras «túnica» y «oro»—. De lo que fácilmente dedujimos que las palabras tienen valores muy dispares; así, mientras que las preposiciones, ciertos verbos y algunos nombres de valor ínfimo como «mazorca» o «guijarro» se pagan casi a precio de regalo, palabras como «tesoro», «ciudad» o «reino» tienen un valor incalculable. Baste decir que nunca conocimos el nombre del Emperador —aunque nos recibió con gran cortesía en su palacio—, pues ningún gentilhombre era entre los biroches lo suficientemente rico para permitirse pronunciarlo. Por otra parte, parece costumbre entre los muy pobres, cuando ya lo han perdido todo, vender a hombres más poderosos su única posesión: su propio nombre. Así, pasan desde ese mismo momento a ser sus esclavos y a servirlos en todo aquello que sus protectores ordenaren.

JUAN GÓMEZ BÁRCENA - "Los que duermen" - (2012)


Imágenes: Riki Blanco

viernes, 12 de junio de 2026

INVERIFICABLE INVERIFICABLE INVERIFICABLE



Todos, excepto los niños pequeños, alzaron sus copas y sus vasos y brindaron por Brice/Briar y Rose de Allendale. Fue apabullante pero también encantador, como si un halo luminoso nos rodeara, como si realmente le importáramos a una sala llena de gente que no conocíamos. Oona había cantado esa canción con una voz natural que sonaba tan robusta como una buena mesa de madera, y por primera vez comprendí que pensar en una mesa de madera corriente podía ser en sí una especie de consuelo. Oír su voz fue impresionante, el sonido tan joven que salía de una figura en apariencia anciana. Era como si todo lo que creíamos saber pudiera reescribirse.

  Como aprender que el tiempo puede cantar y que es viejo y joven, susurré.

   Todos los que vivían aquí, incluidos los niños asilvestrados, eran inverificables. Lo eran sobre todo debido a palabras. A una persona de aquí la habían declarado inverificable por decir en público que una guerra era una guerra cuando no estaba permitido llamarla guerra. Otra había descubierto que la habían declarado inverificable por escribir en línea que el asesinato de muchas personas a manos de otro pueblo era un genocidio. A otra la habían declarado inverificable por decir que las empresas petroleras eran directamente responsables de la catástrofe climática. Y otra era ahora inverificable por hablar en una manifestación sobre el derecho a manifestarse.

  A los niños asilvestrados los habían declarado inverificables simplemente porque nadie sabía qué les había pasado a los adultos responsables de ellos y no podía demostrarse su identidad.

  Inverificable inverificable inverificable.

ALI SMITH - "Gliff" - (2024)


Imágenes: MIZU

martes, 9 de junio de 2026

ZONA LIBRE, PARA USO TÓPICO. CAPÍTULO 3 - VEGANISMO



Tercer programa de ZONA LIBRE, PARA USO TÓPICO.

Capítulo 3 - Veganismo.

Entrevistas a cargo de El Secretario dentro de la programación de RADIO FARMACIA en Unidad Cultural Terapéutica Changüí.


Imágenes: Maciek Jasik

sábado, 6 de junio de 2026

ERA PARTICULARMENTE SENSIBLE AL TEMA DE LA MUERTE



El doctor Gabriel Palou no podía dejar de establecer la relación y tenerla presente mientras aquella mañana atendía con normalidad a sus obligaciones como Jefe de Servicio de la séptima planta. Con independencia de la noticia que lo había cogido desprevenido, el doctor Palou era particularmente sensible al tema de la muerte. Constituía una humillación permanente, que a pesar de los años de profesión no había logrado neutralizar. Como médico optaba a ojos cerrados por la vida. La defendía encarnizadamente con los medios que le procuraba el ejercicio de la medicina. Su vocación era clarísima desde el día en que presenció, a los siete años, cómo el doctor Mestres Esplà intentaba en vano reanimar a su padre, inconsciente a causa de una angina de pecho.

   Desde entonces hasta ahora la práctica continuada le había enseñado a aceptar las derrotas. Eran las reglas que el juego imponía. Pero cuando la muerte rehusaba, el combate cara a cara y saltaba de improviso como una hiena ávida de carroña, entonces el doctor Gabriel Palou se sentía personalmente afectado. Alimentaba la idea peregrina de que convenía rebelarse ante la injusticia que la muerte encarnaba. ¿Cómo se planteaba el reto?

    «Palabras y nada más que palabras —⁠alegaba Eli⁠—. Parece mentira que la teoría de la rebelión la defiendas precisamente tú. Te consta que no hay nada que hacer cuando llega la hora».



    Se ahorraba decirle a Eli que, ciertamente, las palabras sin sentido ocultaban el miedo que se derivaba de la impotencia. La muerte lo aterrorizaba y desde hacía quién sabe cuánto no sólo evitaba el tema con Eli, sino que seguía su recomendación de no pensar en ello. Por lo tanto no quería pensar que Claris estuviera muerta. Ni se le ocurrió asistir al sepelio. Se fue convenciendo, a lo largo de todo aquel día, de que el mejor sistema de olvidar la muerte de Claris era intentar no evocar su recuerdo.

    Se le ocurrieron abundantes argumentos para apoyar semejante decisión, todos ellos de lo más elemental: la vida proseguía su ritmo inalterable; él se sentía prodigiosamente vivo, sobre todo cuando se contrastaba, si bien transitoriamente, con la negación que llevaba implícita la muerte; disfrutaba de una etapa espléndida en el terreno profesional; aún tenía por delante un futuro que con dedicación y un poco de suerte podía ser magnífico; había creado una familia que no presentaba fisuras, etc. Por otra parte, si en el transcurso de los últimos veintisiete años sólo muy raramente Claris había emergido en su memoria, siempre de manera fugaz y acompañada de un signo de interrogación que apenas lo mantenía unos minutos en suspenso, era absurdo que ahora se atormentase por el hecho de saber que Claris ya no existía.

ROBERT SALADRIGAS - "Claris" - (1990)


Imágenes: Jeanne Vicerial