Creía saberlo todo sobre sí mismo. Había pasado tanto tiempo a solas, escrutado su alma e intentado rastrear hasta sus orígenes cuanto hacía, pensaba y necesitaba, que habría jurado que jamás volvería a sorprenderse.
Desde hacía muchísimo tiempo sabía lo que debía hacer y por qué razones. Sabía que lo que le proporcionaba satisfacción siempre era transitorio: las piezas del conocimiento que gradualmente formaban un todo. Jamás le habían interesado demasiado la persecución y la captura. Sólo se trataba de medios para alcanzar un fin. Tenía que encontrar a las personas, seleccionarlas con gran cuidado, acecharlas, rastrearlas, seguirlas por última vez y, por pura necesidad, inmovilizarlas. Evitaba el uso de palabras como asesinato, matanza y muerte. Nada de eso le daba placer. Los sádicos y los psicópatas, seres malos, obtenían gratificación del asesinato y probablemente de todo lo que conducía a ese acto. Él no era así. La mera idea lo horrorizaba.
Lo que hacía era del todo distinto.
Se llevó una sorpresa mayúscula al percatarse de que deseaba regresar a la Colina, justo ahora que, provisionalmente, no podía ir. Deseaba desandar lo recorrido, detenerse donde había estado con cada uno y recordarlo todo. Probablemente no lo habría descubierto si la policía no hubiese acordonado la zona. La noche anterior había consultado la lista y otra cuestión lo perturbó. Faltaban tres ejemplares: Hombre maduro, Mujer anciana y Hombre anciano.
Los demás estaban atrapados y habían sido examinados, diseccionados, registrados y archivados. Su investigación era única. Nadie había experimentado como él, comparando el modo en el que cada uno había muerto y las pequeñas diferencias que los caracterizaban.
Pronto todo habría terminado. Habría cumplido lo que se había propuesto. No haría falta nada más. Fue entonces cuando comprendió que no era obseso, sino adicto. La idea de quedar privado para siempre de lo que necesitaba y frases como «el fin», «la última vez» y «nunca más» le provocaron un sudor frío y desagradable que descendió por su columna vertebral. Tuvo que ponerse de pie, deambular, salir y caminar por la calle para calmarse.
¿Era posible que se acabase alguna vez? En ese caso no tendría motivos para seguir viviendo. Si se acababa el trabajo, debería encontrar otra razón para continuar, ya que necesitaba seguir haciéndolo. Necesitaba el estímulo. Le era imprescindible para seguir vivo y funcionar, para no volverse loco, para mantener el control.
SUSAN HILL - "Las distintas guaridas de los hombres" - (2004)


























