Citas con los libros.

Desapegos y otras ocupaciones.

viernes, 17 de julio de 2026

QUE NADA FALTE A LOS VARONES QUE TRAEN EL DINERO A CASA



Su madre se desentiende de Goyo, pero no deja en paz a Modes; y no porque su hija se encuentre enferma o preocupada, sino porque de Modes depende que su hermano esté atendido. Desde que Modes tiene uso de razón, como se dice, su madre le asignó a Goyo, y eso comporta cuidarlo hasta en el menor detalle —aunque a distancia, sin ponerse pesada—, algo que al revés no ocurre. Es obligación de las mujeres de la familia que nada falte a los varones que traen el dinero a casa. Eso dice su madre olvidando que es ella, y no el padre, quien cobra el sueldo de portera del inmueble de la calle Infantas.



   ¿Disfruta Modes algún rato de ocio? Aunque no comparable al de su hermano —que participa, por ejemplo, de la charla de sobremesa con sus padres mientras ella friega los platos—, cuando la tarde da un respiro a las obligaciones hogareñas, Modes pasea por el ala izquierda de la Gran Vía o sube dos pisos hasta la pensión de La Roncalesa, donde se alojó su padre de soltero, y se junta con Beni —la hija de doña Beni, la dueña—, que es de su misma edad.

   Alguna vez las interrumpe la madre de Modes para reclamar a su hija en la portería porque hay costura pendiente o un recado que hacer o va a calentar la plancha. Pero si no, las jóvenes, medio tumbadas en el sofá de la recepción, charlan de lo que les ocurre o les preocupa y también de lo que da reparo hablar con los chicos. Y la información de Beni, impartida con la retranca de quien, pese a sus años mozos, domina los resortes de la existencia, arraiga en las entendederas de Modes y no sale de ahí ni en forma de pesadilla, para no escandalizar a Goyo.



   Hay hermanos en el barrio que cuando sorprenden a su hermana en trance afectuoso —por ejemplo, charlando con un desconocido con la espalda apoyada en una tapia y mascando pipas— la devuelven a su casa entre gritos y cachetes y la agraviada arrastra su vergüenza por la calle sabiéndose infamada para el resto de su vida; y en efecto, después de aquel oprobio no levantará cabeza, a diferencia del hermano, que la llevará bien alta por haber reaccionado como un hombre —de los que se visten por abajo, precisan— contra la deshonra de su familia. Modes no ha tenido la experiencia de que su hermano la vea acompañada de un varón y se lo afee, ha sido ella la que le encontró una tarde —y en el lateral izquierdo de la Gran Vía que a ella le gusta pero a su hermano no— con una mujer más alta que él y con pinta de extranjera.

MANUEL LONGARES - "Los ingenuos" - (2003)


Imágenes: Ralph Peacock

martes, 14 de julio de 2026

QUÉ EXTRAÑO, EL ABUELO ESTABA ENAMORADO DE LA ABUELA

 



Tendemos a pensar que nuestros antepasados tenían pensamientos menos elaborados que nosotros. Imaginamos a toda aquella gente que hizo la guerra como adolescentes inocentes, alegres y primarios. Leemos sus cartas, enumeramos todas las cosas que no hicieron (imaginar que existirían los teléfonos móviles, viajar, sexo creativo, utilizar expresiones como «mi yo» o palabras como «objetivar», «relativizar») y, sobre todo, los analizamos con la perspectiva de quién sabe qué les pasó. Sabemos que perdieron la guerra, es fácil, ahora, dar categoría de símbolo a las veces que escribieron: «No sé si viviré o si me moriré, cuida de madre…». Tendemos a pensar que no amaron a sus hijos como nosotros, de la misma manera que lo pensamos, también, de los pobres que piden caridad, de los indígenas de selvas recién deforestadas, de nuestras señoras de la limpieza, que han dejado a sus hijos en Colombia. Yo no los dejaría, decimos. No somos malos, no somos poco empáticos, lo decimos con toda sinceridad. Nos parece, y no puede ser de otra manera, que no son como nosotros. Que sus penas y alegrías, sobre todo las penas, están filtradas como por un telón de terciopelo.

   Imaginamos, de estos abuelos, que se casaron menos locos de amor que nosotros. Que se amaron, que tuvieron ganas de sexo, pero que no tuvieron un enamoramiento «moderno». Como los imaginamos a todos como parte de un grupo homogéneo (esta generación, la llamamos), las pequeñas aristas de alguno de ellos se magnifican y celebran. El abuelo estaba enamorado de la abuela. ¿Por qué lo sabemos? Porque lo decían, no es normal. Qué extraño, el abuelo estaba enamorado de la abuela, no estaba previsto, no es como ahora.

EMPAR MOLINER - "La colaboradora" - (2012)


Imágenes: Andrew Salgado

sábado, 11 de julio de 2026

21 GRAMOS

 


Imagen: Alison Rebar


INTERIOR. SALA DE TERAPIA INTENSIVA - DÍA 

  -Paul, barba crecida, cabello un poco largo, que viste una bata blanca, se encuentra semisentado en una cama en la sala de terapia intensiva de una clínica modesta.

  -Se halla conectado a un respirador, con una sonda de suero en el brazo izquierdo y unos electrodos en el pecho. En un monitor brinca una discontinua linea verde.

   PAUL (Voice over)

-Conque esta es la antesala de la muerte, estos tubos ridículos, estas agujas que me hinchan los brazos...

   Voltea a ver a su alrededor. Al igual que él hay varios enfermos graves, la mayoría con semblante moribundo.

   -¿Que hago en este club de los precadáveres? ¿Qué tengo que ver con ellos?

   Mira hacia una anciana gorda cuya respiración infla y desinfla un globo de caucho a su lado.

   -Con ella y los tumores cancerosos que le  pudren el estómago.

   Luego voltea a ver un hombre joven con la cabeza vendada. 

  -... o con él que se cayó borracho de un tercer piso...

   Cierra los ojos. 

  -Ya no sé cuándo comenzó todo...

   Abre los ojos.  

  -... ni cuándo va a terminar.

   Voltea a ver a sus compañeros.  

  -Dicen que todos perdemos 21 gramos en el momento exacto de nuestra muerte. Todos: 21 gramos. Lo que pesan cinco nickels apilados, lo que pesa un colibrí, una barra de chocolate...

   Detiene su mirada en una joven mujer (26), inconsciente.

   -¿Quién  perderá  primero  sus  21 gramos? ¿Ella, que está en coma?

   Paul mira demudado el espectáculo de la pre-muerte. 

  - ¿O yo?

GUILLERMO ARRIAGA - "21 gramos" - (2007)


Imagen: Greg Corbino

miércoles, 8 de julio de 2026

PERO ESTE CADÁVER ERA DIFERENTE

 



Dalgliesh empezó a despejar su escritorio, rápida pero metódicamente, y después comprobó el contenido de la bolsa que se llevaba en casos de asesinato. Le había dicho a Massingham cuatro minutos y estaría allí puntualmente. Se había trasladado ya, como por un acto consciente de su voluntad, a un mundo en el que el tiempo era medido con precisión, los detalles eran observados obsesivamente y los sentidos se mostraban sobrenaturalmente alerta ante los sonidos, los olores, las imágenes, un simple parpadeo o el timbre de una voz. Había tenido que abandonar aquella oficina para ver numerosos cadáveres, en diferentes lugares y distintos estados de descomposición, jóvenes, viejos, patéticos, horripilantes y todos ellos con un solo hecho en común, el de que habían encontrado una muerte violenta a manos de otra persona. Pero este cadáver era diferente. Por primera vez en su carrera, la víctima era alguien a quien él había conocido y apreciado. Se dijo que era inútil especular sobre la diferencia, en caso de haberla, que esto introduciría en la investigación. Sabía ya que la diferencia estaba presente.



   El jefe de policía había dicho:

   —Tiene la garganta cortada, posiblemente por él mismo. Pero hay un segundo cadáver, el de un vagabundo. Es probable que este caso resulte complicado en más de un sentido.

   Su reacción ante la noticia había sido en parte previsible y en parte compleja y perturbadora. Se había producido ese impulso inicial de incredulidad tan lógico cuando uno se entera de la muerte inesperada de cualquier persona conocida, aunque sea casualmente. Habría experimentado lo mismo si le hubieran dicho que Berowne había muerto a causa de un infarto o de un accidente de coche. Sin embargo, a esta primera sensación la había seguido otra de afrenta personal, una vaciedad seguida por una oleada de melancolía, no lo suficiente intensa como para calificarla de dolor, pero más aguda que una mera pena, y le había sorprendido por su misma intensidad. Sin embargo, había tenido la fuerza suficiente para decir:

   —No puedo aceptar este caso. Estoy demasiado implicado, demasiado comprometido.

   Mientras esperaba el ascensor, se dijo que no estaba más implicado en este caso que en cualquier otro. Berowne había muerto. Su tarea consistía en averiguar cómo y por qué. Su compromiso residía en su trabajo con los vivos, no con los muertos.

P. D. JAMES - "Sabor a muerte" - (1985)


Imágenes: Caitlin McCormack

sábado, 4 de julio de 2026

LA HISTORIA DE UNA PROMESA INCUMPLIDA



Esta es la historia de una promesa incumplida, la que hizo un maestro a sus alumnos. El maestro era Antoni Benaiges. Los alumnos eran los niños de la escuela rural de Bañuelos de Bureba, un pueblo de la provincia de Burgos. La promesa la hizo un día de invierno del año 1936. Les prometió el mar…

  Esta es también la historia de un rompecabezas, porque está llena de incógnitas, de interrogantes y, hasta hace poco tiempo, de piezas que no encajaban. ¿Quién era Antoni Benaiges? ¿Por qué se hizo maestro? ¿Por qué se marchó de Cataluña? ¿Qué hacía en Bañuelos de Bureba? ¿Por qué no pudo cumplir su promesa? ¿Cómo murió? Si las pistas que dan las claves de su vida y que explican su muerte no encajaban era porque nadie las había reunido, porque estaban dispersas, diseminadas por los distintos lugares donde vivió y vivieron todos aquellos que lo conocieron y que, a pesar de los años transcurridos, no lo olvidaron.



  Esta es, sencillamente, la historia de Antoni Benaiges, un maestro. Las piezas de este rompecabezas se han localizado en Mont-roig del Camp, en la provincia de Tarragona, donde sus familiares todavía conservan sus fotografías y sus cuadernos; en Bañuelos de Bureba y en Briviesca, donde sus antiguos alumnos, pese al temor, el silencio y el olvido impuestos por la Guerra Civil, siguieron recordándole; y se han hallado también en México, donde viejos amigos y compañeros de profesión de Antoni, a pesar del tiempo y la distancia, supieron mantener viva su memoria. También se ha obtenido información consultando varios archivos y centros de documentación.

  Pero la pieza clave que permitió encajarlo todo no apareció hasta el mes de agosto de 2010. Fue a raíz de la exhumación de una fosa común en el paraje burgalés de La Pedraja. Entre los restos óseos que allí se hallaron, emergieron con fuerza la figura y la memoria de un maestro aparentemente olvidado: Antoni Benaiges.

  Los historiadores y los investigadores tienen aún bastante margen para profundizar en la biografía de este maestro freinetista, de esta figura singular y destacada del movimiento de renovación pedagógica de la década de los años treinta en España.  

  Por mi parte, me limito a contar quién era Antoni Benaiges y a tratar de aclarar por qué aquel maestro no pudo cumplir la promesa que hizo a sus alumnos.

FRANCESC ESCRIBANO, QUERALT SOLÉ, FRANCISCO FERRÁNDIZ, SERGI BERNAL - "El maestro que prometió el mar" - (2023)


Imágenes: Sergi Bernal
  

viernes, 3 de julio de 2026

ZONA LIBRE, PARA USO TÓPICO. CAPÍTULO 4 - AMBULANCIAS

 



Cuarto 
programa de ZONA LIBRE, PARA USO TÓPICO.

Capítulo 4 - Ambulancias.

Entrevistas a cargo de El Secretario dentro de la programación de RADIO FARMACIA en Unidad Cultural Terapéutica Changüí.


Imágenes: Kandenko

martes, 30 de junio de 2026

UN TRÍO, NADA DEL OTRO MUNDO




De la debilidad de Camila nacía su vigor. No puedo negar que esa maestría y soltura con que llevaba a cabo sus planes era una de las cosas que me fascinaban de ella. Sí, sus planes. Podría decir perfectamente que fue ella la encargada de las atracciones, la cohesión, las afecciones y la desintegración de nuestra historia. No era que yo no participara, lo que quiero decir es que Camila padecía de un apetito vital mayor al mío y yo no tenía problemas en acceder a sus propuestas. Padecer es sentir algo como perjudicial o dañino. Secretamente, creo que la ansiedad de Camila se la comía a ella, a la mujer que era, como si apuntara un revólver en direcciones contrarias y de pronto se disparara en la cara. Se la podía ver tranquila hasta que llegaba el momento de quemar otro cartucho: hablo desde tener una hija hasta experimentar cierto tipo de experiencias que en mí podrían haberse mantenido como simples fantasías.




   La etapa del hastío es la que considero la más álgida en nuestra relación. Cuando sientes rabia, tristeza, miedo o repulsión incluso, es que aún sigues ahí. Pero si con el paso de los días descubres que estás tan aburrido como un adolescente oyendo a un adulto, como un niño con pataletas, es porque has entrado en una extensa y honda llanura. Supongo que eso fue lo que le ocurrió a Camila cuando me expresó su urgencia. Fue la primera señal, pero eso lo distingo ahora. Un trío, nada del otro mundo en miles de parejas y su historial de incursiones sexuales. Le puso una sigla, como a casi todo lo que hacíamos afuera y adentro, porque siempre había que tener cuidado y establecer un sistema formal que también tuviera algo de juego, que también tuviera algo de oscuro. En su nueva obsesión había un componente distinto, una suerte de marcada imposición; mi diligencia esta vez era más necesaria que nunca y esto no era solo un experimento, pero no le pregunté nada, yo confiaba en ella. Quiero que quede claro: confiaba excesivamente en ella.



   Tenía que ser dentro de esos días, sin rango de demora. Coincidimos en que fuera con otra mujer: «Dos hombres por ningún motivo, exceso de energía masculina», ella tenía la última palabra pero yo también votaba por una mujer, no por cuestión de energías sino de gustos. La que elegimos era bella y exquisita. Suelo hacer distinciones detalladas de las cosas y de la gente, le dedico tiempo al tiempo que transcurre entre las personas. Esto es importante, pues es una de las cosas que Camila decía amar de mí. Entró con holgura y por mi mente pasaron escenas posibles que jamás hicimos, pero lo que hicimos estuvo bien. Me sentí afortunado de tener a merced a dos cuerpos y de yo estarlo también. No soy de los que da detalles técnicos, aunque sí me jacto de haber estado ahí. Pero no lo repetiría. Camila, en cambio, quería más. No le comenté nada, esperé a que ella me lo comunicara. No estaba seguro si quería repetir exactamente lo mismo y con la misma mujer, o si se abría un abanico de posibilidades y el sexo, lo sé ahora, era una excusa para lo que vendría a continuación, o lo que ya estaba sucediendo a mis espaldas. De Camila podían esperarse cosas así. No hay que ignorar esto.

BERNARDITA BRAVO PELIZZOLA - "Voraz" - (2024)


Imágenes: Ugo Rondinone