Citas con los libros.

Desapegos y otras ocupaciones.

jueves, 7 de mayo de 2026

PARA PRECIPITARSE AL PROFUNDO POZO DEL OLVIDO



En ocasiones, vuelvo a preguntarme qué fue lo que desapareció de nuestra isla en primer lugar.

    —Mucho antes de que vinieras a este mundo —me decía mi madre cuando yo no era más que una niña—, la isla estaba repleta de cosas que han desaparecido paulatinamente y que ya no se encuentran entre nosotros. Se trataba de objetos, conceptos e incluso seres vivos de lo más variado y con las más diversas características: transparentes, aromáticos, zigzagueantes como culebrillas o brillantes como diamantes… Cosas maravillosas que ni siquiera tú, mi niña, eres capaz de imaginar.

    Yo escuchaba embelesada, con los ojos bien abiertos y sin perder detalle, cada una de las palabras de mi madre.



    —Desgraciadamente, tras su desaparición, el recuerdo de cada uno de esos objetos va escurriéndose poco a poco de nuestra memoria y desbordándose, como gotas de agua, para precipitarse al profundo pozo del olvido. Si vives aquí, ten por seguro que a ti también te sucederá, y lo único que cabe preguntarse es qué será lo primero que olvides.

    —Pero dime, mamá, ¿sentiré miedo cuando eso suceda? —preguntaba yo, llena de aprensión.

    —Ni lo más mínimo —replicaba ella—. Sucede sin que apenas te enteres. No sentirás dolor ni fatiga. Una mañana de un día cualquiera, al despertar, algo se habrá esfumado de tu vida, dejando intacto lo demás, y, entonces, tan solo percibirás un tibio desajuste con respecto al día anterior. Te recomiendo cerrar los ojos y aguzar el oído, captar la sutil diferencia que vibra en el aire como una especie de señal. Y si prestas suficiente atención, es posible que se te desvele la identidad de aquello que habrá dejado de existir en la isla y, por tanto, habrá salido también de tu vida para siempre.

YOKO OGAWA - "La policía de la memoria" - (1994)


Imágenes: Fatinha Ramos

martes, 5 de mayo de 2026

ZONA LIBRE, PARA USO TÓPICO. CAPÍTULO 2 - DEPENDENCIAS/ADICCIONES

 



Segundo
 programa de ZONA LIBRE, PARA USO TÓPICO.

Capítulo 2 - Dependencias/Adicciones.

Entrevistas a cargo de El Secretario dentro de la programación de RADIO FARMACIA en Unidad Cultural Terapéutica Changüí.


Imágenes: Paul Villinski

sábado, 2 de mayo de 2026

LA COCINA ES ARTE IMPRESIONISTA



Gustaba de comer lo que ella cocinaba. Ella cocinaba muy pocas veces, porque eso la hacía perder el apetito. Lo que perdía de apetito propio, lo ganaba en ver el apetito de su marido:

   —¡Donde tú pones la mano!… —decía él, galante. Pero no por galantería, sino por gusto verdadero.

   Ella, sin tener amor propio de cocinera, lo era excelente. Él nunca podía entender cómo era posible poseer una cualidad sin jactarse de ella. Y puesto que ésta es, casi, la definición de la virtud, él consideraba la buena mano de su mujer para la cocina como el ejemplo más puro de la virtud, y aun la virtud misma.

   Pero ella se resolvía muy pocas veces a perder el apetito: es decir: muy pocas veces se decidía a cocinar.

   —Guisar, hijo mío, es cosa que estraga al estómago.

   Y aunque no lo decía tan claro, de sus vagas explicaciones, de sus semi-ideas, de sus larvas o fintas de pensamiento (nunca iba ella a fondo) he aquí lo que se sacaba en limpio:



   Que la cocina, aunque procede por recetas como la química y la farmacia, no es una ciencia exacta, sino más bien un arte impresionista.

   Que la misma receta, en cada ocasión, produce un resultado completamente distinto. En eso se diferencian (¿por qué, señor por qué?) los verdaderos alimentos de las medicinas. No hay otra regla mejor para distinguirlos: medicina es lo que, a fórmulas iguales, produce resultados iguales. Alimento es lo que, a fórmulas iguales, produce resultados diversos.

   —Como que, hijo mío —apoyaba—, a veces hasta la forma, la presentación sola cambia el sabor de un alimento. Mira lo que pasa con el pan: si con igual masa haces una rosca y un trenzado, aquélla no sabe lo mismo que éste, ni tienen la misma consistencia, ni el mismo tacto, ni el mismo olor, ni tardan lo mismo en enfriarse, ni…

   Así pues, la cocina es arte impresionista. No se puede sazonar con tabla de logaritmos, sino con la punta de la lengua. Para dar el punto al guiso, hay que estarlo probando. Y estar probando —y probando un guiso a medio hacer— es perder, al menos, la primera mitad del apetito. Primera razón.



   Segunda razón: que el olor, como en los cuentos utópicos, es un alimento verdadero. Y quien cocina, se pasa una hora, y a veces más, envuelto en una nube de olores. Los absorbe y pierde el apetito.

   Por fortuna, a él sólo le gustaba que su mujer cocinara por lujo o por excepción. Lujo, excepción, que pagaba siempre con un regocijo sólido y sin palabras.

   A diario, no le hubiera agradado. Los menesteres domésticos, pensaba, empequeñecen el alma de la mujer, le gastan los sentidos, la hacen perder la buena conversación y la finura de las manos. Dos visitas diarias a la cocina envejecen a la mujer más que un parto. Y así, a través de la excesiva modestia de su primera época y del buen pasar que la siguió, se esforzaba por apartar a su mujer, casi siempre, de los abusos de la cocina.

   Y así, en esto del ir como del no ir a la cocina —cuando sí, porque sí, y cuando no, porque no— reinaba en aquel matrimonio el acuerdo más edificante. Y él veía, en aquella virtud de su mujer, virtud para los días de fiesta, el perfecto símbolo de dicha, el árbol central de su tienda plantando en este desierto de la vida.

ALFONSO REYES - "La cena y otras historias" - (1956)


Imágenes: Mikkel Jul Hvilshoj

miércoles, 29 de abril de 2026

TUS SECRETOS PUEDEN CONVERTIRSE EN ARMAS CONTRA TI



NOTAS PRIVADAS DE: J. GABRIEL
 
  


   Paciente: L. Crayne

   Fecha/Hora: 24 de junio, 10.30 a. m.

   Sesión: 3   


   Empiezo la sesión de hoy hablando sobre el momento en que L. me tomó la mano la semana pasada. L. ha estado probando los límites en otras ocasiones. Era necesario abordar el tema de manera directa; quería entender mejor qué motivaba ese comportamiento.

   Le he dicho que tenía la impresión de que sus sentimientos hacia mí se habían complicado un poco. Me he apresurado a normalizarlo; le he dicho que se trata de un proceso de transferencia en el que se asigna a una tercera persona —en este caso, a mí— lo que se siente por una figura relevante en su vida. Ocurre a menudo en terapia (aunque nunca había visto que se desarrollara tan pronto): paciente en estado vulnerable, y terapeuta, como receptor único, que empieza a tener mayor significado. Pero tengo la obligación de procurar que se mantengan los límites profesionales de la relación paciente-terapeuta.

   La respuesta de L. ha sido fascinante. Comprende el concepto de transferencia, pero discrepa de que pueda aplicarse en este caso. A continuación, ha dicho que el incidente no sucedió como yo lo he descrito.

   Si bien la negación no resulta del todo sorprendente (L. podría haberse sentido incómoda, avergonzada), su comportamiento sí. Ha defendido su postura con tenacidad; parecía calmada, tranquila. Era evidente que estaba convencida de lo que decía.



   Me ha recordado que, al final de la sesión anterior, ella estaba inquieta, preocupada. Ha dicho que yo seguramente me había percatado, porque había sido yo quien le había cogido la mano. Lo he repetido a modo de aclaración: ¿L. creía que yo había sido el iniciador?

   —No es que lo crea, es que lo sé. Lo recuerdo, claro como el agua. Me cogiste la mano y me diste un suave apretón. Y me dijiste que podía confiar en ti.

   Antes de poder responder, ha añadido:

   —¡Pero no te preocupes! ¡No me lo tomé por el lado que no es! Y lamento si de alguna manera he dado la impresión de lo contrario. Tú solo pretendías reconfortarme. Sabías exactamente lo que necesitaba en ese momento, y funcionó. No deberías sentirte incómodo; no hay nada de lo que disculparse.

   Yo no albergaba ninguna duda acerca de lo que recordaba —mis notas detallando el incidente lo refrendan—, pero he decidido no insistir. No he querido que L. sintiera que no confiaba en ella.

   En su lugar, he dicho que me parecía fascinante que los dos creyéramos que el iniciador había sido el otro. He reconocido lo difícil, si no imposible, que es ser objetivo del todo. Le he preguntado cómo la hacía sentir que discrepáramos. La respuesta de L. ha sido muy intuitiva:

   —Creo que la mente es capaz de modificar nuestros recuerdos sin que nos demos cuenta siquiera. Quizá, de manera subconsciente, creamos nuestro propio relato para justificar una secuencia de sucesos y así otorgarle sentido a nuestra historia. Puede que sea nuestra manera de editar y dar forma al relato que queremos contarnos.



    Digo que tal vez lo que ocurrió de verdad quede a mitad de camino entre su versión y la mía. Si bien uno de los dos tuvo que iniciarlo, él/ella probablemente reaccionó ante algo que percibió en el otro.

   Pregunto si eso afecta a su confianza en mí, si le parezco un terapeuta menos fiable.

   Dice que, en todo caso, hace que confíe más en mí. Agradece que haya abordado un tema incómodo. Empieza a sentir que puede confiar en mí más que en nadie. Si bien la dimensión de lo que expresa es peligrosa, también supone una clara oportunidad de entender mejor qué motiva la transferencia. Le pido que se explique.

   —Es lo que siento desde que hemos empezado a vernos. Solo llevamos tres sesiones y ya hemos hablado de cosas que nunca le he contado a nadie. Es como si me entendieras como jamás lo ha hecho ninguna persona. Me asusta un poco.

   Comento que la vulnerabilidad puede asustar.

   —Pero contigo me siento segura. Nunca le he podido contar a nadie algunas de las cosas de las que hemos hablado. No me malinterpretes, tengo amigos maravillosos, amigos por los que haría cualquier cosa, pero, cuando se vive tan expuesta al público como yo, aprendes deprisa. No debes confiar en alguien por completo, porque si, por lo que fuera, ocurre algo y la relación se rompe, tus secretos pueden convertirse en armas contra ti.

SASH BISCHOFF - "Suave es la furia" - (2025)


Imágenes: Anders Krisár

domingo, 26 de abril de 2026

DESCENDEMOS DE NEURÓTICOS

 



La intranquilidad y la neurosis no son excepciones ni enfermedades, sino nuestro estado más básico, porque si tuviéramos la capacidad natural e innata para vivir en armonía aquí y ahora, nuestros antepasados habrían sido devorados y exterminados antes de conseguir salir reptando del mar. Estamos aquí porque descendemos de una lista interminable de neuróticos inquietos que no se rindieron, que a base de ensayo y error y fracasos y angustia y noches sin dormir descubrieron cómo conseguir que sus hijos sobrevivieran y cómo defenderse de los animales salvajes. No estamos aquí para divertirnos, y quienes no comprendieron esto y se sentaron tranquilamente a descansar, sin prestar atención a los peligros y sin prepararse para evitar ataques o accidentes, murieron sin poder terminar de reírse y mucho menos de reproducirse. Estamos aquí porque nuestros antepasados consiguieron reproducirse antes de morir asesinados o de hambre, y lo consiguieron porque fueron lo suficientemente inteligentes para descubrir a los depredadores que se escondían entre la hierba en lugar de disfrutar de las bellas flores que crecían entre esa misma hierba. Descendemos de neuróticos como ellos y a ellos tenemos que agradecerles nuestra existencia.

NINA LYKKE - "Estado del malestar" - (2020)


Imágenes: Nicole McLaughlin

jueves, 23 de abril de 2026

EN UN TRILLÓN DE AÑOS ESTAREMOS A OSCURAS

 



Multivac se autoajustaba y autocorregía. Así tenía que ser, porque nada que fuera humano podía ajustarla y corregirla con la rapidez suficiente o siquiera con la eficacia suficiente. De manera que Adell y Lupov atendían al monstruoso gigante solo en forma ligera y superficial, pero lo hacían tan bien como podría hacerlo cualquier otro hombre. La alimentaban con información, adaptaban las preguntas a sus necesidades y traducían las respuestas que aparecían. Por cierto, ellos, y todos los demás asistentes tenían pleno derecho a compartir la gloria de Multivac.

    Durante décadas, Multivac ayudó a diseñar naves y a trazar las trayectorias que permitieron al hombre llegar a la Luna, a Marte y a Venus, pero después de eso, los pobres recursos de la Tierra ya no pudieron serles de utilidad a las naves. Se necesitaba demasiada energía para los viajes largos y pese a que la Tierra explotaba su carbón y uranio con creciente eficacia, había una cantidad limitada de ambos.

    Pero lentamente, Multivac aprendió lo suficiente como para responder a las preguntas más complejas en forma más profunda, y el 14 de mayo de 2061 lo que hasta ese momento era teoría se convirtió en realidad.

    La energía del Sol fue almacenada, modificada y utilizada directamente en todo el planeta. Cesó en todas partes el hábito de quemar carbón y fisionar uranio y toda la Tierra se conectó con una pequeña estación —⁠de un kilómetro y medio de diámetro— que circundaba el planeta a mitad de distancia de la Luna, para funcionar con rayos invisibles de energía solar.



    Siete días no habían alcanzado para empañar la gloria del acontecimiento, y Adell y Lupov finalmente lograron escapar de la celebración pública, para refugiarse donde nadie pensaría en buscarlos: en las desiertas cámaras subterráneas, donde se veían partes del poderoso cuerpo enterrado de Multivac. Sin asistentes, ociosa, clasificando datos con clicks satisfechos y perezosos, Multivac también se había ganado sus vacaciones y los asistentes la respetaban y originalmente no tenían intención de perturbarla.

    Se habían llevado una botella y su única preocupación en ese momento era relajarse y disfrutar de la bebida.

    —Es asombroso, cuando uno lo piensa —dijo Adell. En su rostro ancho se veían huellas de cansancio, y removió lentamente la bebida con una varilla de vidrio, observando el movimiento de los cubos de hielo en su interior⁠—. Toda la energía que podremos usar de ahora en adelante, gratis. Suficiente energía, si quisiéramos emplearla, como para derretir a toda la Tierra y convertirla en una enorme gota de hierro líquido impuro, y no echar de menos la energía empleada. Toda la energía que podremos usar por siempre y siempre y siempre.



    Lupov ladeó la cabeza. Tenía el hábito de hacerlo cuando quería oponerse a lo que oía, y en ese momento quería oponerse; en parte porque había tenido que llevar el hielo y los vasos.

    —No para siempre —dijo.

    —Ah, vamos, prácticamente para siempre. Hasta que el Sol se apague, Bert.

    —Entonces no es para siempre.

    —Muy bien, entonces. Durante miles de millones de años. Veinte mil millones, tal vez. ¿Estás satisfecho?

    Lupov se pasó los dedos por los escasos cabellos como para asegurarse que todavía le quedaban algunos y tomó un pequeño sorbo de su bebida.

    —Veinte mil millones de años no es «para siempre».

    —Bien, pero superará nuestra época, ¿verdad?

    —También la superarán el carbón y el uranio.

    —De acuerdo, pero ahora podemos conectar cada nave espacial individualmente con la Estación Solar, y hacer que vaya y regrese de Plutón un millón de veces sin que tengamos que preocuparnos por el combustible. No puedes hacer eso con carbón y uranio. Pregúntale a Multivac, si no me crees.

    —No necesito preguntarle a Multivac. Lo sé.

    —Entonces deja de quitarle méritos a lo que Multivac ha hecho por nosotros —⁠dijo Adell, malhumorado—. Se portó muy bien.

    —¿Quién dice que no? Lo que yo sostengo es que el Sol no durará eternamente. Eso es todo lo que digo. Estamos a salvo por veinte mil millones de años pero, ¿y luego? —⁠Lupov apuntó con un dedo tembloroso al otro—. Y no me digas que nos conectaremos con otro sol.



    Durante un rato hubo silencio. Adell se llevaba la copa a los labios solo de vez en cuando, y los ojos de Lupov se cerraron lentamente. Descansaron.

    De pronto Lupov abrió los ojos.

    —Piensas que nos conectaremos con otro sol cuando el nuestro muera, ¿verdad?

    —No estoy pensando nada.

    —Seguro que estás pensando. Eres malo en lógica, ese es tu problema. Eres como ese tipo del cuento a quien lo sorprendió un chaparrón, corrió a refugiarse en un monte y se paró bajo un árbol. No se preocupaba porque pensaba que cuando un árbol estuviera totalmente mojado, simplemente iría a guarecerse bajo otro.

    —Entiendo —dijo Adell—, no grites. Cuando el Sol muera, las otras estrellas habrán muerto también.

    —Por supuesto —murmuró Lupov—. Todo comenzó con la explosión cósmica original, fuera lo que fuese, y todo terminará cuando todas las estrellas se extingan. Algunas se agotan antes que otras. Por Dios, las gigantes no durarán cien millones de años. El Sol durará veinte mil millones de años y tal vez las enanas durarán cien mil millones por mejores que sean. Pero en un trillón de años estaremos a oscuras. La entropía tiene que incrementarse al máximo, eso es todo.

ISAAC ASIMOV - "El hombre bicentenario y otras historias" - (1976)


Imágenes: Toni Garcés

lunes, 20 de abril de 2026

QUE SE LEA COMO SE ESCUCHA UNA CANCIÓN

 



Sentí que estábamos reivindicando con la naturalidad de Rita Indiana o Cortázar o quien sea, clamando por que la literatura sea un fluido que se cuele en el cerebro de forma compacta, sin detenerse en un eventual tropezón lingüístico. Que se lea como se escucha una canción, una canción en un idioma extraño que el cerebro, a fuerza de escucharla, vaya desentrañando. Además, casi nadie quiere viajar a un lugar donde lo entienda todo perfectamente.

SABINA URRACA [en el prólogo de ANDREA ABREU - "Panza de burro" - (2020)] 


Imágenes: Stéphanie Kilgast