Nos despertaron a gritos.
Estábamos boca arriba en nuestros catres, dentro de la enorme carpa verde. Ninguno de los doce se atrevía a decir algo. Ninguno osaba moverse en su saco de dormir. Volví la cabeza hacia el catre de al lado. En la luz opaca de la madrugada encontré el rostro de mi hermano observándome de vuelta, preguntándome con la mirada qué estaba pasando allá fuera, qué significaban tantos gritos. Le respondí, también con la mirada, que no tenía ni idea. Pero de pronto los gritos se hicieron más fuertes e histéricos. Alguien se estaba acercando a nuestra carpa. Hubo un silencio breve —aunque sobradamente claro para detectar el llanto de uno de los niños en la parte trasera—, antes de que tiraran a un lado la portezuela de lona verde y todo nuestro mundo se inundara de luz. En el umbral estaba la silueta de Samuel Blum, nuestro instructor, nuestro amigo y protector incondicional, pero ahora uniformado de negro y con un garrote en la mano y lanzando alaridos y órdenes que ningún niño ahí entendía. En su brazo izquierdo, tardé en notar, caminaba una enorme tarántula.
Yo tenía trece, mi hermano doce. Llevábamos entonces tres años viviendo en Estados Unidos, tras haber huido del caos político y social que era la Guatemala de los ochenta. Aunque a mis padres no les gustaba que yo se lo explicara así a mis nuevos compañeros en el colegio, que al describirles nuestra partida de Guatemala yo les dijera que habíamos huido. Pero eso fue, una huida. Eso hicimos. Mis padres habían vendido precipitadamente no solo nuestra casa recién construida sino también todo lo que aquella casa tenía dentro —los muebles y las alfombras y los cuadros en las paredes y los utensilios de la cocina y los carritos y juguetes que yo guardaba en el armario—, y habíamos salido huyendo a la Florida al final del verano del 81 con nada más que unas cuantas maletas. Ahora, tres años después, mis padres habían decidido que mi hermano y yo viajaríamos de vuelta a Guatemala durante las vacaciones escolares de diciembre para participar en un campamento de niños judíos.
Nos dijeron que volaríamos mi hermano y yo solos, sin ellos (no recuerdo la razón por la cual mi hermana menor no fue con nosotros, aunque hoy, que ya entiendo bien a qué nos estaban mandando, puedo conjeturar que ella era todavía demasiado niña y demasiado inocente). El campamento, nos dijeron mis padres, se llamaba majané, en hebreo, y estaría situado en medio de un bosque enorme y salvaje a un centenar de kilómetros de la capital. Pasaríamos unos días viviendo en carpas y haciendo fogatas, nos dijeron, unos días aprendiendo no solo técnicas de sobrevivencia en la naturaleza sino también técnicas de sobrevivencia en la naturaleza para niños judíos. No es lo mismo, nos dijeron.
EDUARDO HALFON - "Tarántula" - (2024)


























