Desapegos y otras ocupaciones.

jueves, 14 de agosto de 2025

¡ES TAN DURO DORMIR SOLA!

 


Sonia volvía de un aburridísimo curso de gestión de nóminas cuando encontró la nota: «Me marcho, Sonia, te lo puedes quedar todo: la casa, el coche, los peces. Estás insoportable desde que has dejado de fumar». Sonia, con la nota en la mano, miró el enorme acuario: nunca le habían gustado los puñeteros peces. Y ahora ella tenía que cuidar del pez diablo azul de Kevin, del pez globo con cara de perro, del pez cirujano. Cojonudo. Para colmo de males, le habían cortado la línea de teléfono por impago. Había tenido un problema con el consumo de datos. Adiós, WhatsApp. Se quedaba offline. Fuera del mundo. Sin teléfono, hoy día, estás muerto. Recordó la canción de Robe Iniesta, Locura transitoria: «Se mete en mi cabeza / se enciende dentro / un puto rayo que no cesa». Sonia pensó en lo fácil que es descentrarse, a veces.

   Entonces lo decidió. Ya no tenía nada que perder. Con la marcha de Kevin ya lo había perdido todo. Llevaba años buscando trabajo, sin éxito. Había echado mil ochenta y cuatro currículum, sabía la cifra exacta porque los había contado, para trabajar como auxiliar administrativa por menos (cada vez menos) de mil euros en la recepción de hoteles, despachos de abogados, fábricas, almacenes, tiendas de ropa y todo tipo de empresas. Y nada. Al país le sobraban administrativos. Desde que perdiera su trabajo en la antigua Caja de Ahorros de Madrid, renombrada, quebrada e intervenida casi en el mismo acto, no había conseguido recolocarse. Y de eso hacía ya cuatro años.



   Había conseguido algún trabajo esporádico, nada del otro mundo, que no le había servido para mucho. El mejor, como asistente personal del detective privado Méndez. Fue el más divertido y le hizo darse cuenta de lo fácil que es, a veces, resolver los problemas de otros. Pero a Méndez, que era buen tipo en general, le gustaba contratar a becarias guapas, con buenas piernas, y nadie duraba en su despacho más de dos meses. Así que ella, Sonia Ruiz, tampoco lo había hecho.

   Dos meses de contrato por obra y fuera, otra chica con buena predisposición ocuparía su mesa barata de Ikea, le prepararía el café a Méndez y sería testigo de todos los chismes de su extraño trabajo. Una verdadera lástima. A Sonia le había gustado trabajar con Méndez; mientras lo hacía se dio cuenta de que tenía más aptitudes de las que creía, y hasta le había ayudado a resolver, con éxito, varios casos.

   La mayoría de los casos que había conocido en el despacho de Méndez habían sido investigaciones sobre infidelidades. Un hombre o una mujer preocupados acudían al despacho del detective para saber si su esposa o su marido le era infiel; Méndez los seguía y, a veces, pedía a Sonia que lo acompañara. Casi siempre eran culpables.



   Él solía decirle que no le gustaba hacer «el trabajo de campo» solo y que ella le caía bien porque le recordaba a la detective Sonya Cross, miembro del departamento de policía de El Paso en la serie de televisión The Bridge. Por recomendación de Méndez, que le prestó los DVD originales, Sonia vio las dos temporadas de esa serie, con Kevin, y ambos bromeaban sobre la curiosa coincidencia de que ella también se llamara Sonia y que, además, llevara como apellido el mismo que el compañero accidental de Sonya Cross, el detective Marco Ruiz, investigador de homicidios de la policía estatal de Chihuahua.

   Pero aunque Sonia le caía bien a Méndez y él le caía bien a Sonia, la cosa no duró porque no podía durar. Méndez era un tipo listo, buen conocedor de la ley de la oferta y la demanda, y no podía pagarle mucho tiempo un sueldo a Sonia, sabiendo que tenía a mucha gente dispuesta a hacer su trabajo gratis, tan solo por ampliar currículum.

   Sonia estaba casi sin dinero, Kevin siempre fue un manirroto y de pronto recaían sobre ella más cargas de las que podía afrontar. La hipoteca de su piso de Getafe, la comunidad, la luz, el coche, los peces, vivir. ¡Es tan horriblemente caro vivir! Kevin se había marchado y Sonia sabía que no volvería. Había ocurrido lo que más temía desde la muerte de su padre: se había quedado sola. Sufría una ansiedad terrible desde que había dejado de fumar. Se pasaba el día comiendo pistachos y había engordado nueve kilos. Se veía al borde del abismo.



   Y ahora, encima, las noches sola. ¡Es tan duro dormir sola! Sola y sin un jodido euro. Sola para todo. Sola con sus canciones de Robe. Solo le quedaban las letras de Extremoduro y la enfermedad de su madre. «No sé qué haría sin ti, hija», solía decirle ella, y a Sonia, claro, se le partía el corazón al escucharlo. Esas eran exactamente sus palabras, todos los días y todas las noches, «No sé qué haría sin ti, hija». Lo decía siempre que ella le daba dinero, que era con cierta frecuencia.

   Así que no dudaría en hacer lo que tuviera que hacer: si era necesario, no le importaba, incluso, vivir al margen de la ley. Ya que no encontraba trabajo, se inventaría uno, ella siempre había sido una chica lista, eso le decía su padre, «chica lista», y ella lo había demostrado. La primera de su promoción, siempre la número uno, y ahora, a sus treinta y tres años, no le servían para nada todas sus matrículas de honor. Mierda de matrículas de honor. Toda la vida estudiando para nada. Una carrera de Filología y dos másteres. Y sin curro porque no había trabajado fuera, si no trabajas en el extranjero un par de años no te quieren en ningún sitio porque presumen que tu nivel de inglés es patético. Y el nivel de inglés de Sonia era, efectivamente, patético.

LORENZO SILVA Y NOEMÍ TRUJILLO - "Nada sucio" - (2016)


Imágenes: Millo

martes, 12 de agosto de 2025

NO PUEDO PROBAR NADA CON ESTAS COSAS

 


Falta poco más de una semana para que deje el trabajo y forme parte de un jurado. Voy a entregar unos papeles a la nueva jefa del departamento de inglés y tengo que pasar por delante de la puerta azul de tu despacho. Está abierta, a pesar de la placa que anuncia que es una puerta de incendios y que debe permanecer cerrada. El despacho está vacío. Pero descubro algo que me detiene, la respiración se me acelera, estoy nerviosa porque en cualquier instante aparecerás en el pasillo. Aun así, tengo que mirar.

     Sólo yo reconocería como un minialtar la colección de objetos depositados encima de tu archivero. ¿Tienes pensado usarlos para un extraño ritual vudú? Un sobre con mi letra dirigido a ti que debe de haber contenido un aburrido impreso administrativo para posgraduados. Una taza de café amarilla con dibujos de margaritas naranjas y verdes; yo la usaba todas las mañanas hasta que desapareció hace un mes; no la has limpiado. Un recipiente de plástico del yogur de fresas que a veces llevo al trabajo, veteado con los vestigios ahora marrones de lo que no pude raspar del envase. No entiendo cómo lo has conseguido. Un tubo vacío de la crema de manos que siempre tengo en mi mesa. Folletos y revistas de fotografía para aficionados. Algunos papeles desechados de una reunión, con garabatos de los tulipanes que siempre hago.

     110. Dicen que hace falta un promedio de 110 incidentes de acoso para que una mujer vaya a la policía. Me digo que en absoluto estoy cerca de 110, aunque me pregunto si eso depende de cómo los cuenten.



     ¿Cada objeto encima de tu archivero cuenta como un incidente? En realidad, probablemente no cuentan para nada. Parecería una idiota si aludo a ellos y tú puedes explicarlo todo para que yo parezca una paranoica y una estúpida. Prácticamente oigo tu risa de complicidad ante la total insensatez de una acusación semejante.     

       ¿Cada hombre que se olvida de lavar una taza de té debe comparecer ante el comité universitario contra el acoso?

       ¿Soy el único que se ha llevado por error la taza de té de otra persona? Culpable del cargo. Pero si ella quería que se la devolviera podría habérmela pedido. No sabía que fuera suya.

       Escribiré a los servicios de limpieza una carta formal de disculpa por mi negligencia al no tratar de un modo responsable los residuos de comida.

       Admito que me sonrojo por lo de la crema de manos, pero es invierno y a los hombres también se nos reseca la piel.

       Reconozco que debería haber desarrollado un método mejor para reciclar sobres y papeles. Llévenme ante un tribunal competente. Castíguenme con un programa de educación permanente.

     No voy a ninguna parte denunciándolo. No puedo probar nada con estas cosas.

CLAIRE KENDALL - "Sé dónde estás" - (2014)


Imágenes: Carol Long

sábado, 9 de agosto de 2025

ARTE Y REALIDAD CARECÍAN DE PUNTOS EN COMÚN


A los veinticinco años lancé por la borda mis estudios universitarios para dedicarme al periodismo —⁠ésa fue la justificación aparente⁠—, pero en vez de aclararme me confundí aún más. Sustituí de mi biblioteca las novelas sofisticadas y los poemas herméticos por ensayos de filosofía e historia: la situación del país requería ese esfuerzo y aunque mi indignación por lo ocurrido persiste, y en cuanto puedo no ahorro las críticas más lacerantes, mi compromiso no pasó de ahí. El día que cumplí veintiséis años, y aprovechando la celebración del cumpleaños, mis padres me reconvinieron sobre la inviabilidad económica de mi proyecto de vida, les contesté, bastante ofendido, que había comenzado a colaborar en distintos periódicos, y argüí, de forma algo dramática, que arte y realidad carecían de puntos en común, es más, se repelían. No sé por qué dije eso, pero lo cierto es que surtió el efecto deseado y jamás volvieron a inmiscuirse.

   Justamente gracias a mis colaboraciones en prensa conocí a la directa culpable de que tomara más en serio la creación literaria; entablé amistad con Clara Millán.



  A Clara —⁠mediana edad, muy atractiva y bien conservada, solvente aura de decisión⁠— confié mis relatos secretos, relatos que leyó con sumo interés, corrigió sus más perversos estilemas y prometió publicarlos en la editorial a la que pertenecía como lectora pero también como directora de la colección literaria y principal accionista.

   Por mucho que yo lo intentara en una época, Clara nunca quiso mezclar nuestra relación intelectual con los asuntos epidérmicos, y no es que no lo pensara alguna vez —⁠estoy seguro de que sí⁠—, pero es que su elegancia moral le impedía, y le impide, aprovecharse de su relevante posición para alcanzar objetivos de ese tipo: Clara busca sus preferencias sentimentales en otros sectores profesionales por lo que resulta imposible, siendo escritor o artista plástico, traspasar los límites de su dormitorio.

   Clara también fue, de alguna manera, la culpable de que Mario Pineda me enviase su novela con la dedicatoria que les referí antes, y de que, meses después, Catrina y yo perdiéramos la cabeza de nuestros hombros; y lo fue porque sin su insistencia para que le acompañara aquella noche a la exposición de Lidy Prati, nunca hubiera conocido a la fatal pareja. A decir verdad, una amistad que se exhibiría, durante más de un año, como una alhaja montada con suma delicadeza y meticulosidad, un centro órfico.

ALFREDO TAJÁN - "El pasajero" - (1997)


Imágenes: Alfonso Ponce de León

jueves, 7 de agosto de 2025

EN ESTA CASA NOS CAGAMOS EN MARIE KONDO


 Día 31. No compro nada que contenga la palabra ergonómico

 Cuando vuelvo del trabajo y entro en casa, veo que Pequeño está arrojando piezas de Lego contra el ventanal del patio ante la mirada pasiva de Horacio. A la vez tengo la visión de mi hijo con dieciocho años lanzando piedras contra el escaparate de El Corte Inglés, y no sé por qué la visión no me intranquiliza, sino al contrario. Me acerco para abrazarlo y noto que el pañal está a punto de reventar.

 —¿No lo has cambiado?

 —No quedaban pañales. He reciclado los que había en la papelera del baño, los que no estaban tan meados.

 —¿No has ido a comprar más?

 —Solo había de esos ergonómicos que son carísimos y que tú no quieres que compre.

 Esto es lo que hacemos los publicistas con las palabras: nos inventamos nombres que no existen y los usamos para contener la mierda.

 —Quizá ya va siendo hora de que le quitemos los pañales al pibe.

 —Pero no hoy.

 —Pues ¿cuándo?

 —No lo sé. La próxima semana.

 —Siempre decís eso, flaca.

 Voy desabrochando los corchetes del body y noto la cálida emanación de las deposiciones cerca de mis manos. Cada vez que un Lego impacta contra el cristal, mi hijo suelta una carcajada.



 —Mirá, todo esto… —dice Horacio, pero no termina la frase, sino que exhala como si fuese a apagar una vela de cumpleaños imaginaria.

 —¿El qué? ¿Ir a comprar pañales?

 —No, todo. —Su mano intenta abarcar el espacio a nuestro alrededor, como si este espacio también incluyese el planeta entero, el universo.

 Sé de lo que habla. Puedo sentir su mismo cansancio en mi interior. Puedo notar las réplicas de su resoplido arrasando mi paisaje interior de casitas con tejados rojos y chimeneas expulsando nubes infantiles de humo y caminitos amarillos serpenteando hasta una puerta donde viven familias felices.

 Me levanto y me alejo por el pasillo hasta la habitación de los niños para ver si queda algún pañal de los del verano, de los de la piscina, y al pasar por delante de nuestra habitación veo que Horacio tampoco ha hecho la cama, que la ropa sucia está tirada por el suelo junto a una taza de café vacía, que hay un plato encima del colchón con un montón de migas que se propagan más allá de su diámetro.

 «En esta casa nos cagamos en Marie Kondo y sus teorías del orden», pienso.

 Me dispongo a recoger todo porque ordenar ayuda a no pensar.

 Y de repente estoy en la habitación de los niños y ya no recuerdo qué había venido a buscar.

 —¡Hay que ir al cole a por el mayor, ¿vas tú o voy yo?! —le grito a Horacio, y mis palabras suenan como el estallido sordo de ese paracaídas que se abre de repente evitando que te des de bruces contra el suelo.

GLÒRIA DE CASTRO - "El instante antes del impacto" - (2022)


Imágenes: Artez

martes, 5 de agosto de 2025

EL HERALDO DE ALGO GRANDIOSO Y TERRIBLE


 En este mundo solo hay dos tipos de personas: Jancsi von Neumann y el resto de nosotros.

   Iba un curso inferior que yo en el Fasori Gimnázium, una escuela secundaria luterana en Budapest, probablemente la más rigurosa del mundo en ese momento, parte de un sistema educativo nacional diseñado específicamente para la élite, que produjo una sorprendente camada de científicos, músicos, artistas y matemáticos del más alto calibre, pero solo un verdadero genio. Recuerdo perfectamente la primera vez que lo vi, porque llegó en 1914, el mismo año en que estalló la Gran Guerra, así que esas dos cosas —Jancsi y la guerra— están unidas inseparablemente en mi memoria.



  Ese chico luciferino nos cayó encima al igual que un meteorito, como si fuese el heraldo de algo grandioso y terrible, uno de esos mensajeros celestiales que merodean por la oscuridad de nuestro sistema solar, y que la gente supersticiosa siempre ha asociado con grandes calamidades, desastres y plagas. Yo aún recuerdo cuando pasó el cometa Halley en 1910, tan brillante que lo podíamos ver a simple vista, y mi madre, una mujer profundamente religiosa pero también una racionalista feroz, cerró algunas de las puertas de nuestra casa con llave (la que conducía al sótano y la que franqueaba la habitación que había sido nuestra guardería, para entonces convertida en el estudio de mi padre) y no dejó que nadie las abriera, nos impidió comer cualquier alimento que hubiese estado al aire libre, y no pudimos beber nada más que pequeños sorbos de agua hasta que la cola de la estrella errante desapareció del cielo por completo, porque tenía miedo de que hubiese contaminado la Tierra con sus vapores pestilentes. Estaba tan convencida de ello que incluso trató de obligar a mi padre a comprar máscaras de gas para toda la familia, petición a la que él se negó a pesar de que los deseos de esa mujer solían ser órdenes, desatando un pequeño cataclismo en un hogar donde acostumbraba reinar una armonía paradisiaca. Mi madre sentía un recelo similar hacia Jancsi, y mantuvo su rechazo incluso después de que nos convirtiéramos en amigos del alma, algo que siempre me molestó, porque nuestra amistad fue, en cierto sentido, culpa suya, ya que ella fue la primera persona que me habló de él. Me contó que uno de los maestros de mi escuela, Gábor Szegő, famoso y respetado matemático húngaro y amigo de la infancia de mi madre, había sido contratado por los padres de Jancsi (en la vieja patria, Johnny aún era conocido como János o Jancsi) para darle al niño clases privadas antes de que comenzara el periodo escolar.



  Según la historia que nos relató durante la cena —completamente incapaz de disimular los celos que sentía hacia la madre de Jancsi por haber parido tal milagro—, cuando Szegő regresó a su casa después de conocer al joven prodigio, tenía lágrimas en los ojos; se dejó caer en un sofá y llamó a gritos a su esposa, quien lo encontró sollozando, sosteniendo las páginas donde ese niño de diez años había resuelto, en un instante y sin esfuerzo alguno, problemas que le habrían devanado los sesos a cualquier matemático competente. Eran ecuaciones en las que Szegő llevaba meses trabajando, expuestas sobre el papel en una caligrafía torpe que el pobre profesor miraba sin poder pestañear, escudriñando cada símbolo y cada número como si esas hojas hubiesen sido arrancadas directamente de la Torá. Yo siempre pensé que esa historia era solo una leyenda —¡hay tantos mitos sobre Jancsi!—, pero muchos años después tuve la oportunidad de hablar con Szegő, y él me confesó, con algo de vergüenza, que aún atesoraba esos cálculos, escritos en el papel del banco donde trabajaba el padre de Jancsi. Me dijo que había sabido, en ese mismo instante, que von Neumann cambiaría el mundo, aunque no fuese capaz de imaginar cómo. Le pregunté qué lo había llevado a creer algo tan extravagante de un niño, y según él le bastó vislumbrar la monumental cabeza de mi amigo para sentirse, inmediatamente, en presencia de un Otro.

BENJAMÍN LABATUT - "MANIAC" - (2023)


Imágenes: Zolloc

domingo, 3 de agosto de 2025

ME HIERO

 


A CAYETANO ARROYO,

IN MEMORIAM.


Me hiero para despertar,

para sentirme me hiero.

Me quemo para estar vivo,

llaga viva de carne y fuego.


Para sentirme me lastimo

y así despierto y me duelo.

Duelo de carne viva,

muerto de carne incierta.


Así vivo la muerte:

de cerca.

Así vivo la vida

mientras me va consumiendo,

hasta la médula.


Mientras, me debato

entre lastimeras tormentas.

Mientras, vosotros,

quizás voléis a otras estrellas.


02-08-2025


Imágenes: Thomas Doyle

viernes, 1 de agosto de 2025

¿QUIÉN PIDIÓ NACER? PORQUE YO NO

 


La escuela era un antiguo sanatorio rodeado de pinos infestados de escarabajos en el que trabajaban con nervioso amor propio las que supuestamente eran las mentes más inteligentes del país. Todos los estudiantes vivían solos en cuartos pequeños y sin apenas muebles. Todos eran hijos del divorcio. Era prácticamente un requisito. El lugar era monacal y en las habitaciones siempre hacía frío. No había campos de deporte ni gimnasios. Me di cuenta de que en cierta manera había estado esperando jardines, laboratorios y bibliotecas. No había ni libros ni papel. Se suponía que tenías que acordarte de los pensamientos gnómicos que los instructores articulaban. La mayoría de las escuelas les decían muchas cosas a sus cautivos sin enseñarles nada, llenándolos no de sabiduría sino de la pretensión de sabiduría. Aquello estaba mal, nos dijeron. Allí las cosas serían distintas.

Durante la orientación, llevada a cabo en un trozo de bosque despejado pero lleno de tocones, un profesor bajito con voz resonante se dirigió a nosotros:



—¿Qué pasaría si un demonio se colara en vuestra soledad más solitaria un día o una noche y os dijera: «Esta vida, tal como la vivís en el presente y la habéis vivido, la tenéis que vivir otra vez y después incontables veces más, y no habrá nada nuevo en ella, sino que todos los dolores y placeres y tristezas y todas las cosas indeciblemente pequeñas y grandes de vuestras vidas han de volver a vosotros nuevamente y en el mismo orden y lugar; incluyendo esta araña y esta luz de luna entre los árboles, incluyendo este momento, y a mí mismo»?

Un niño que había a mi lado se echó a llorar. Otro murmuró:

—No quiero estar aquí. Nadie me ha preguntado si quería.

Y un tercero dijo:

—¿Quién pidió nacer? Porque yo no.

Yo había tenido un trato tan limitado con otra gente que aquella última queja me resultó intrigante, igual que me había maravillado lo fuerte que se había reído Freida.

El hombrecillo del claro continuó:



—¿Acaso no os tiraríais al suelo y rechinaríais los dientes y maldeciríais a ese demonio? ¿O acaso experimentaríais un momento tremendo en el que le contestaríais: «¡Eres un dios y nunca he oído nada tan divino!»? Si la idea de esa araña y esa luz de luna adquiriera poder sobre vosotros, os transformaría y quizá os aplastaría, porque la respuesta a la pregunta con relación a todo lo que existe, ¿queréis todo esto una vez más e innumerables veces después?, se convertiría en la mayor carga de vuestras vidas. O bien os causaría la mayor felicidad santificada y sellada eternamente.

—Eso es pedirnos muchísimo —se quejó alguien por lo bajo.

Los estudiantes-reclusos estaban sentados en bancos, en un círculo mal hecho. Cuando se volvió a hacer el silencio total, el profesor, regresando a su terrorífico tema, gritó:

—¡Pero me he saltado una línea!

Y los alumnos de último curso, los nueve que había, gritaron:

—¡¡¡El eterno reloj de arena de la existencia volverá a dar la vuelta y tú con él, mota de polvo!!!

Nietzsche siempre había sido el principio y el final de la ceremonia de iniciación. Era una tradición.

JOY WILLIAMS - "La rastra" - (2021)


Imágenes: Eli McMullen