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sábado, 3 de octubre de 2026

SE CONVIRTIÓ EN EL SER MÁS HERMOSO DEL PLANETA



El rostro de la Santita, su radiante piel de madera, sus hermosos ojos abiertos que miraban con mirada de carey hacia una esquina mohosa de la pared, eran de una belleza inabordable. Era tan guapa que no se la podía mirar apenas. Era tan hermosa que resultaba difícil imaginar que no existiese, pero al mismo tiempo, también era difícil imaginar que existiese. La Santita era tan pero tan espléndida que no era de este mundo. Era un alien, una diosa astral, un demonio, un extraterrestre andino, una yachaq de oro, un hada de las nieves del Chimborazo, un jaguar sagrado.

   Era tan hermosa que fue canonizada y convertida en ícono popular. La iglesia que la acogía se había convertido en un centro de peregrinación. Cientos de fieles llegaban solo para contemplarla. Las colas de la pequeña ciudad en la que había nacido la Santa eran interminables porque nadie deseaba morir sin haberla visto por lo menos una vez en vida.

   Wilfrida la hermosa, la rockera hermosa, la Santa, murió a los diecisiete años. Era la nieta número uno de la tía Charo, pies de pajarito. La tía Charo, hija de Carolina y Arsenio, había dado a luz a cinco hijos y una hija. Antonia, su hija mayor, se casó con Antonio. Antonio y Antonia formaron una familia nuclear católica cuyo fruto fueron Antonio, Antonia y Wilfrida. Al nacer, la criatura señaló hacia su abuela. Wilfrida fue bautizada como Wilfrido en la iglesia un sábado por la mañana, amadrinada por la tía Charo quien, además, era asidua de la misa de las 6:00 que tenía lugar allí mismo, en la parroquia que luego sería la morada de su nieta, su niña bonita, su niña rockera, su niña huraña.



   Al nacer Wilfrida, la curandera del barrio pasó sus dedos de bruja por la diminuta y blanda espina dorsal de la criatura, sostuvo el cuerpo pegajoso y tierno del bebé entre sus manos, buscó las pupilas oscuras de la tía Charo y dijo: Es una niña especial. No va a tener una larga vida porque no es de este mundo.

   Antonia, la madre, corrigió: Es un niño.

   Hasta los trece años Wilfrida, a quien desde chica le dijeron que era especial, estuvo convencida de que era el mesías. Su presencia en el mundo era como un valle de cacao dulce, un venado que jugaba discretamente, un montoncito de guijarros que alegraban a quienes lo podían observar. Sin amigos, la niña huraña vagaba por las calles de la ciudad vestida siempre de negro, con su walkman a todo volumen, sudamerican rocker siempre. Paseaba por las habitaciones de su casa, por los pasillos de la escuela, sin apenas ser vista, sin apenas ser escuchada, sin apenas ser notada. Sin embargo, al cumplir los trece años, ocurrió algo que alertó a todos, menos a la propia Wilfrida, Wilfrida la hermosa.



   En lugar de devenir en un joven mozo, como se esperaba, a Wilfrida le crecieron los pechos, su manzana de Adán no se hinchó dentro de su garganta, sangre menstrual roja cayó por sus rodillas y su voz no se transformó. El venadito era un alien, el octavo pasajero, un bicho, una criatura parasitoide que hacía su aparición. A los ojos del vecindario el mesías, el soldadito de dios, desaparecía un poco cada día, devorado por fuerzas desconocidas, maliciosas, endemoniadas.

   La tía Charo, sin embargo, apenas le daba importancia al fenómeno. Cuando las avispas le preguntaban por Wilfrida, respondía: Es una criatura particular. La respuesta de la tía Charo se abrazaba con la fuerza de un felino a la profecía de la curandera y la ayudaba a nombrar con amor una diferencia que ella no sabía ni quería explicar. El resto de la ciudad, en cambio, contemplaba atónita la lenta y, sin embargo, incontenible transformación de la Santita. El monstruo era un capullito, una crisálida, una oruga que poquito a poquito, suave, suavecito, había iniciado un proceso de conversión. Sus rasgos se volvieron tersos como las hojas de plátano, su estómago se abultó formando masitas, su piel emanaba un olor dulce como de chocolate de Zamora, sus labios se redondearon, su cintura se estrechó, sus pechos se hincharon como mangos dulces, su pelo creció convirtiéndose en una cascada amazónica que caía sobre su espalda. Bendecida por los espíritus y los apus, la criatura había iniciado un proceso de transfiguración cosmológica de dimensiones espíritu-tekno-fluviales impredecibles.

   Pero, sobre todo, Wilfrida la rockera se convirtió en el ser más hermoso del planeta.

MAFE MOSCOSO - "La Santita" - (2024)


Imágenes: Antoine Verglas

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