Desapegos y otras ocupaciones.

lunes, 22 de diciembre de 2025

POR DONDE PASABA LA NOTICIA, TODO SE HELABA DE MIEDO

 


Perseguido por una fragata francesa, el barco pirata Revenge enfiló el laberinto del delta, buscando la salvación en las aguas dulces y densas del río. Llevaban a bordo a un grumete indígena, decía haber nacido allí, entre el río y el mar, donde los peces eran serpientes. Le dijo al capitán que conocía el camino de entrada y el de salida. El capitán lo creyó, y con el viento a favor se metieron por el brazo principal del río, encomendándose a Nuestra Señora de las Cuatro Cruces e infligiendo a los franceses el movimiento del caballo. Los franceses amainaron y se quedaron allí, meciéndose delante del delta, como un jaguar estupefacto delante de la guarida en la que ha visto desaparecer a su presa.



         Con el grumete colocado en la proa para marcar el rumbo, el Revenge navegó río arriba, el fondo limoso bajo la panza, a veces rozándolo. Deslizándose entre los bancos de arena, el timonel escuchaba los números gritados por la sonda, casi una letanía. El sol pegaba implacable, los insectos eran voraces. No se cruzaron con ninguna barca, parecía que el río se hubiera detenido para dejarlos pasar. Bordaron las orillas en la brisa, maniobrando con indecible pericia entre un margen y el otro y añorando la inmensidad del mar. Llevaban nueve días sin tocar tierra, tanto había durado la cacería francesa y su huida. Solo querían dormir, agua limpia y una presa a la que hincarle el diente. Al atardecer llegaron a la vista de Magdalena, que era el primer y el último puerto del río: a partir de allí, las mercancías viajaban a lomos de animales por escarpadas montañas hacia el vientre del país, volviéndose más valiosas a cada paso. Arriaron las velas, echaron un ancla doble, dejando larga la cadena. El velero se deslizó hacia atrás, arrastrado por la corriente, en un dulce movimiento que a todos les pareció el final de una condena. Luego se detuvo y allí se quedó, flotando exhausto sobre la densa agua del río.



         En Magdalena vieron cómo el incongruente velero se detenía a una extraña distancia del pueblo. Estaban acostumbrados a las pequeñas barcas de remos y a algún barco de vapor, desgarbado e inseguro. Como el tráfico era escaso y valioso, estaba en su instinto gritar al primer avistamiento, premiado con una moneda de plata, y luego correr a preparar las calles y los cuerpos para la fiesta y el ritual de bienvenida. Pero aquella vez, en cambio, los afortunados que ganaron la plata susurraron, y, por donde pasaba la noticia, todo se helaba de miedo. El velero inmóvil, anclado, aterrador. Nunca habían visto nada tan grande. Un hombre que había viajado explicó lo que era un cañón y lo señaló con el dedo, deteniendo la mirada de todo el mundo sobre la proa. Lo más aterrador era no ver a ningún humano en cubierta. La enorme máquina de madera y hierro se mecía a ciegas, como una antigua ciudad inexplicablemente abandonada de un día para otro. A los habitantes de Magdalena les pareció inescrutable su propósito, y su silencio, siniestro. Un destino difícil de descifrar había traído, a contracorriente, una incertidumbre de la que en la memoria del hombre no había memoria. Por lo que sabían los ancianos, incluso podía tratarse del fin del mundo.

ALESSANDRO BARICCO - "Abel" - (2023)


Imágenes: Sebastiao Salgado

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