A veces miran la Tierra y podrían caer en la tentación de desdecirse de todo lo que saben cierto y creer que este planeta, sí, este planeta ocupa el centro de todo lo que existe. Parece tan espectacular, tan digno y majestuoso. Aún podrían dejarse convencer de que Dios lo puso allí personalmente, en el mismo centro de este universo en danza permanente, y podrían olvidar todas esas verdades que hombres y mujeres han desvelado a lo largo del tiempo (recorriendo a trompicones un camino de descubrimientos, a los que siguieron desmentidos, a los que siguieron nuevos descubrimientos, a los que siguieron cortinas de humo), podrían olvidar que la Tierra no es más que una mísera mota que no ocupa el centro de nada. Podrían pensar: algo tan nimio no debería brillar con tanta luz, un satélite tan ínfimo, arrojado a la lejanía, no debería molestarse en ofrecer estas demostraciones de belleza, una roca insignificante no debería ser capaz de organizar cosas tan complejas como los hongos y las mentes.
Así que a veces piensan que sería más fácil darle la vuelta a todos esos siglos de heliocentrismo y regresar a los años de una Tierra divina y descomunal en torno a la cual orbitaba todo: el Sol, los planetas, el propio universo. Necesitarían disfrutar de una distancia con respecto a la Tierra mucho mayor para verla insignificante y pequeña, para comprender realmente su lugar en el cosmos. Aun así, está claro que ya no es la Tierra majestuosa de antaño, un terrón obsequiado por Dios demasiado robusto y señorial como para poder desplazarse por el salón de baile del espacio. No. Su belleza es un eco; su belleza es su propio eco, su propia levedad cantante, resonante. No es periférica y no es el centro; no es todo y no es nada, pero parece mucho más que algo.
Está hecha de roca pero, vista desde aquí, se presenta como fulgor y éter, un humilde planeta que se mueve de tres maneras distintas simultáneamente: gira sobre sí misma, su eje de rotación oscila, y gira alrededor del Sol. Este planeta que ha sido expulsado del centro y arrojado a los márgenes, esta cosa que gira sin que nada, salvo su humilde luna, gire a su alrededor. Esta cosa que nos alberga, a nosotros, los humanos, mientras pulimentamos las lentes cada vez más grandes de unos telescopios, los nuestros, que nos dicen que cada vez somos más pequeños. Y nos quedamos ahí pasmados. Y con el tiempo terminamos entendiendo que no solo estamos en los márgenes del universo, sino que además lo estamos en un universo hecho de márgenes, que no hay centro, solo una masa mareante de cosas que bailan, y que quizá la totalidad de nuestra comprensión consista en un saber sofisticado y en permanente evolución de nuestra propia insignificancia, una paliza para el ego de la humanidad asestada por los instrumentos de la investigación científica hasta que deviene, ese ego, un edificio lleno de grietas por las que pasa la luz.
SAMANTHA HARVEY - "Orbital" - (2023)





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