Desapegos y otras ocupaciones.

martes, 30 de diciembre de 2025

SOCIEDAD LIMITADA





Soy una sociedad limitada.

Limitada por sí misma.

Limitada por mí mismo

y por el borde corrosivo del mundo.


Soy una sociedad incapacitada

para actuar en sociedad:

limitada para adular,

constreñida en el mentir,

avezada en el huir.


Huir de mí mismo

y de la sociedad

que me dictó sus normas:

hipócritas,

inhóspitas,

insólitas

y excluyentes.


Soy un límite impuesto por mí mismo

a la sociedad.

A la saciedad.

Anhelante,

insistentemente adelante.





Adelantándoos a todos

en el camino al revés,

a contramarcha.

Después de la quinta

viene la marcha atrás:

la que no supiste,

la que no pudiste aplicar.


Siempre fuiste un niño aplicado

pero rebelde,

calculador...

Aunque no calculaste bien los riesgos.

La sociedad los calculó por ti

y por eso te limitó.


Ahora vives en tu gueto personal:

limitado,

anónimo,

apócrifo

y malsoñado.


27-12-2025


Imágenes: Morel Doucet

domingo, 28 de diciembre de 2025

ESTE PLANETA OCUPA EL CENTRO DE TODO LO QUE EXISTE

 



A veces miran la Tierra y podrían caer en la tentación de desdecirse de todo lo que saben cierto y creer que este planeta, sí, este planeta ocupa el centro de todo lo que existe. Parece tan espectacular, tan digno y majestuoso. Aún podrían dejarse convencer de que Dios lo puso allí personalmente, en el mismo centro de este universo en danza permanente, y podrían olvidar todas esas verdades que hombres y mujeres han desvelado a lo largo del tiempo (recorriendo a trompicones un camino de descubrimientos, a los que siguieron desmentidos, a los que siguieron nuevos descubrimientos, a los que siguieron cortinas de humo), podrían olvidar que la Tierra no es más que una mísera mota que no ocupa el centro de nada. Podrían pensar: algo tan nimio no debería brillar con tanta luz, un satélite tan ínfimo, arrojado a la lejanía, no debería molestarse en ofrecer estas demostraciones de belleza, una roca insignificante no debería ser capaz de organizar cosas tan complejas como los hongos y las mentes.


   Así que a veces piensan que sería más fácil darle la vuelta a todos esos siglos de heliocentrismo y regresar a los años de una Tierra divina y descomunal en torno a la cual orbitaba todo: el Sol, los planetas, el propio universo. Necesitarían disfrutar de una distancia con respecto a la Tierra mucho mayor para verla insignificante y pequeña, para comprender realmente su lugar en el cosmos. Aun así, está claro que ya no es la Tierra majestuosa de antaño, un terrón obsequiado por Dios demasiado robusto y señorial como para poder desplazarse por el salón de baile del espacio. No. Su belleza es un eco; su belleza es su propio eco, su propia levedad cantante, resonante. No es periférica y no es el centro; no es todo y no es nada, pero parece mucho más que algo.

 


Está hecha de roca pero, vista desde aquí, se presenta como fulgor y éter, un humilde planeta que se mueve de tres maneras distintas simultáneamente: gira sobre sí misma, su eje de rotación oscila, y gira alrededor del Sol. Este planeta que ha sido expulsado del centro y arrojado a los márgenes, esta cosa que gira sin que nada, salvo su humilde luna, gire a su alrededor. Esta cosa que nos alberga, a nosotros, los humanos, mientras pulimentamos las lentes cada vez más grandes de unos telescopios, los nuestros, que nos dicen que cada vez somos más pequeños. Y nos quedamos ahí pasmados. Y con el tiempo terminamos entendiendo que no solo estamos en los márgenes del universo, sino que además lo estamos en un universo hecho de márgenes, que no hay centro, solo una masa mareante de cosas que bailan, y que quizá la totalidad de nuestra comprensión consista en un saber sofisticado y en permanente evolución de nuestra propia insignificancia, una paliza para el ego de la humanidad asestada por los instrumentos de la investigación científica hasta que deviene, ese ego, un edificio lleno de grietas por las que pasa la luz.

SAMANTHA HARVEY - "Orbital" - (2023)


Imágenes: Martin Vargic

viernes, 26 de diciembre de 2025

COMER PERRO ES UNA BARBARIDAD



 Jack contempló los platos que había en el centro del círculo lamiéndose los labios con anticipación.

   —¿Qué hay para comer hoy?

   —Tofu de la esposa al mala —le informó Lily—. Tienes que tener cuidado. Tiene un sabor nuevo. Y carne del duque de Wei.

   —¿Qué clase de carne es esa?

   —Carne de perro asada con cebolletas y pepino amargo —respondió Logan.

   Lily, que estaba a punto de comerse un trozo de carne, dejó caer el cuenco al suelo. El arroz, el tofu, la carne y la salsa roja salieron volando por todas partes. Sintió ganas de vomitar.

   Jack la cogió en brazos y la abrazó con fuerza.

   —¿Cómo podéis hacer algo así? —preguntó—. ¿De quién era el perro que habéis matado? Esto os va a traer problemas. —En su entrecejo apareció una arruga más pronunciada de lo normal—. Elsie se va a poner histérica como se entere de esto.



   —No era de nadie. Era un perro salvaje que vagaba por el bosque. Lo debieron de abandonar allí de cachorro, o esa es la sensación que daba. Lo maté cuando trató de morderme —explicó Ah Yan, que había salido de la cocina con el cuenco de arroz para Jack.

   —Pero ¿es que vosotros no tenéis a los perros como mascotas? Comerse a un perro es como… como comerse un niño —dijo Jack.

   —Sí, nosotros también los tenemos como mascotas, y a esos no nos los comemos. Pero este era un perro salvaje, y Ah Yan tuvo que matarlo para defenderse. ¿Por qué dejar que esa carne se eche a perder si está deliciosa? —explicó Logan.

   Los otros chinos habían dejado de comer y seguían la conversación con interés.

   —Sea salvaje o no, comer perro es una barbaridad.

   —Vosotros no coméis perro porque os gustan demasiado. —Logan se quedó pensando—. Tenía entendido que tampoco coméis rata.



   —¡Por supuesto que no! ¡Qué idea tan repugnante! Las ratas son unas criaturas asquerosas llenas de enfermedades. —A Jack se le revolvió el estómago solo de pensarlo.

   —Nosotros por lo general tampoco comemos ratas —puntualizó Logan—. Pero si estás pasando hambre y no tienes otra carne, hay formas de cocinarlas con las que no están mal de todo.

   ¿Es que la depravación de los chinos no tiene límite?, pensó Jack antes de decir:

   —No se me ocurre en qué situación podría llegar a comer rata de buen grado.

    —Ya veo —dijo Logan—. Para que os comáis un animal os tiene que gustar un poco, pero no demasiado.

   Ante eso no había nada que responder. Abrazando contra su pecho a Lily, que estaba haciendo ímprobos esfuerzos para no vomitar, Jack Seaver abandonó el huerto camino de su propia casa. Elsie había preparado pastel de pollo, pero ni a él ni a Lily les apetecía ya comer. 

KEN LIU - "El zoo de papel y otros relatos" - (2016)


Imágenes: Quentin Trollip

miércoles, 24 de diciembre de 2025

SON ESCRITURAS DE SANGRE



 Son escrituras de sangre, Daniel.

   —¿Escrituras de sangre? ¿A qué te refieres? —Daniel no entendía nada. Y el gesto de estupor de Jesús revelaba que tampoco.

   —Tras la Guerra Civil se disparó el caciquismo en toda la cuenca, especialmente en el valle de Turón. Personas adineradas o con apellidos importantes, afines al Régimen y amparadas por él, se aprovecharon de su poder y de la vulnerabilidad de las gentes, ya de por sí empobrecidas por la guerra y por la precaria situación económica que reinaba en la región. Hubo familias ricas que despojaron a otras pobres de sus escasas propiedades, hablamos de un hórreo, de una cuadra, de una finca para pasto de ganado, a base de préstamos usureros. No les bastaba con ser los propietarios de la mayor parte de las minas y pozos de la zona. Lo querían todo. De modo que se hicieron con numerosas propiedades por dos duros sin que nadie pudiera negarse. —Hizo una pausa—. No olvidemos que si no estabas con el Régimen estabas contra él y el miedo reinante entre los menos favorecidos era la herramienta utilizada por esta gente refinada —lo dijo con desprecio— para quedarse con lo ajeno.



   Paulino Caicoya estaba blanco y temblaba de rabia.

   —Y luego están los que hicieron lo mismo, pero a costa de la vida de aquellos a quienes esquilmaron. —Echó el cuerpo hacia delante y cogió una de las escrituras—. Todas estas escrituras de cesiones son sinónimo de muerte.

   —¿Por qué? ¿Porque son cesiones?

   —¿Tú cederías tu casa, Daniel?

   —No.

   —¿Ves estas manchas en el papel?

   —Sí… ¿Humedad?

   —Sangre. —Caicoya dio un manotazo encima de la mesa—. ¡Sangre del cedente! Y fíjate en las fechas en las que están firmadas —insistió Paulino.

   Daniel pasó las páginas de varias escrituras.

   —1938, 1937, 1940 —leyó en voz alta—. ¿Estás diciendo que Severino obligó a que le cedieran todas estas propiedades usando la fuerza bruta? —Daniel estaba confundido.

   —Estoy diciendo que, durante la contienda y en la posguerra, en el valle hubo delatores. Gente que denunciaba a su vecino, a sus parientes, para quedarse con sus propiedades. En el colegio La Salle, los «convencían» a base de hostias de que firmaran la cesión. Y después los mataban.

LETICIA SIERRA - "Lo que oculta la tierra" - (2025)


Imágenes: Kristin Meyers

lunes, 22 de diciembre de 2025

POR DONDE PASABA LA NOTICIA, TODO SE HELABA DE MIEDO

 


Perseguido por una fragata francesa, el barco pirata Revenge enfiló el laberinto del delta, buscando la salvación en las aguas dulces y densas del río. Llevaban a bordo a un grumete indígena, decía haber nacido allí, entre el río y el mar, donde los peces eran serpientes. Le dijo al capitán que conocía el camino de entrada y el de salida. El capitán lo creyó, y con el viento a favor se metieron por el brazo principal del río, encomendándose a Nuestra Señora de las Cuatro Cruces e infligiendo a los franceses el movimiento del caballo. Los franceses amainaron y se quedaron allí, meciéndose delante del delta, como un jaguar estupefacto delante de la guarida en la que ha visto desaparecer a su presa.



         Con el grumete colocado en la proa para marcar el rumbo, el Revenge navegó río arriba, el fondo limoso bajo la panza, a veces rozándolo. Deslizándose entre los bancos de arena, el timonel escuchaba los números gritados por la sonda, casi una letanía. El sol pegaba implacable, los insectos eran voraces. No se cruzaron con ninguna barca, parecía que el río se hubiera detenido para dejarlos pasar. Bordaron las orillas en la brisa, maniobrando con indecible pericia entre un margen y el otro y añorando la inmensidad del mar. Llevaban nueve días sin tocar tierra, tanto había durado la cacería francesa y su huida. Solo querían dormir, agua limpia y una presa a la que hincarle el diente. Al atardecer llegaron a la vista de Magdalena, que era el primer y el último puerto del río: a partir de allí, las mercancías viajaban a lomos de animales por escarpadas montañas hacia el vientre del país, volviéndose más valiosas a cada paso. Arriaron las velas, echaron un ancla doble, dejando larga la cadena. El velero se deslizó hacia atrás, arrastrado por la corriente, en un dulce movimiento que a todos les pareció el final de una condena. Luego se detuvo y allí se quedó, flotando exhausto sobre la densa agua del río.



         En Magdalena vieron cómo el incongruente velero se detenía a una extraña distancia del pueblo. Estaban acostumbrados a las pequeñas barcas de remos y a algún barco de vapor, desgarbado e inseguro. Como el tráfico era escaso y valioso, estaba en su instinto gritar al primer avistamiento, premiado con una moneda de plata, y luego correr a preparar las calles y los cuerpos para la fiesta y el ritual de bienvenida. Pero aquella vez, en cambio, los afortunados que ganaron la plata susurraron, y, por donde pasaba la noticia, todo se helaba de miedo. El velero inmóvil, anclado, aterrador. Nunca habían visto nada tan grande. Un hombre que había viajado explicó lo que era un cañón y lo señaló con el dedo, deteniendo la mirada de todo el mundo sobre la proa. Lo más aterrador era no ver a ningún humano en cubierta. La enorme máquina de madera y hierro se mecía a ciegas, como una antigua ciudad inexplicablemente abandonada de un día para otro. A los habitantes de Magdalena les pareció inescrutable su propósito, y su silencio, siniestro. Un destino difícil de descifrar había traído, a contracorriente, una incertidumbre de la que en la memoria del hombre no había memoria. Por lo que sabían los ancianos, incluso podía tratarse del fin del mundo.

ALESSANDRO BARICCO - "Abel" - (2023)


Imágenes: Sebastiao Salgado

sábado, 20 de diciembre de 2025

LA BIBLIOMULA DE CÓRDOBA



 Abderramán III: A su muerte, entre sus papeles apareció un documento en el que había anotado los días que había sido feliz en su vida. Había contabilizado catorce.

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Alhakén II (carta testamentaria a su hijo Hisham): 

"No hagas la guerra sin necesidad. Mantén la paz, por tu bienestar y el de tu pueblo. Nunca saques la espada, salvo contra los que cometen injusticias.

¿Qué placer hay en invadir y saquear naciones y llevar el pillaje y la destrucción hasta los confines de la tierra? No te dejes deslumbrar por la vanidad: que la justicia sea siempre como un lago en calma".

WILFRID LUPANO & LÉONARD CHEMINEAU - "La bibliomula de Córdoba" - (2021)


Imágenes: Léonard Chemineau

jueves, 18 de diciembre de 2025

MI MADRE ES DIVINA Y SUICIDA



 Mi madre es divina y suicida, como las mujeres norteamericanas de los años cincuenta que se cansaban de sus maridos y metían la cabeza en el horno en el que iban a hacer la tarta de cumpleaños. O que se atiborraban de barbitúricos. Ya no se pueden conseguir los barbitúricos debido al brutal número de suicidios que los pusieron de moda. Pienso mucho en esas mujeres: no querían casarse, y se casaron; no querían tener hijos, y los tuvieron; no querían jabón para abrillantar suelos, y lo terminaron comprando. Mi madre no soporta ese desfase entre lo que quiso y lo que tuvo. Supongo que en eso nos parecemos. Yo no quería una madre como ella, y es todo lo que tengo.

   Lo que tuvo mi madre fue un conflicto demasiado pronto. Se quedó embarazada a los dieciséis. Y a los ocho meses quiso tirarse por un puente. Ahí estábamos: ella y yo dentro de ella. Con los coches pasando por debajo. Durante un segundo las dos estuvimos muertas. Soltó una de las manos y se inclinó hacia delante. Ahí estuvimos muertas. Algo instintivo y mamífero la hizo balancearse hacia atrás y fue cuando empezamos a estar vivas. «Me diste una patada», me contó mucho después, «y pensé que era mi corazón que había vuelto a latir. Pero ya ves, solo eras tú».

   No deja de resultarme fascinante que nuestra relación se iniciara antes de que yo naciera. Ya en ese puente las dos gestamos nuestros roles. El ratón y el gato. El coyote y el correcaminos. He tenido que darle muchas patadas después para que respirara, para que vomitara, para que abriera los ojos y me diera de comer.

   Ahora las patadas son cada vez más suaves: una llamada a la clínica para desearle buenas noches, un par de visitas a la semana. A veces, una caja de bombones. Algo de ropa nueva. Unos pendientes que puedan pasar el control, carísimos pero diminutos, con los que ni un bebé pueda atragantarse.

IRENE CUEVAS - "Un momento de ternura y de piedad" - (2024)


Imágenes: May Parlar 

lunes, 15 de diciembre de 2025

LA MALDAD OYÉNDOSE COMO UN SILBIDO

 



Por aquellos días un canal de televisión por cable se había dedicado a transmitir, sin interrupciones, las tediosas jornadas de la Comisión donde se escuchaban los testimonios de las víctimas.

   Desde campesinos analfabetos hasta viudas, todos de pie frente a un estrado desde el cual media docena de intelectuales escuchaban atentamente y, a veces, tomaban notas.

   ¿Qué gesto convincente podían poner ellos ante las cámaras que les hacían acercamientos?

   Indignación, horror, incredulidad.

   Curiosidad, sin duda; también curiosidad.

   Y asombro.

   Los detalles abundaban. Algunos testigos incluso ensayaban algo de mímica. Cortaban cuellos con un afilado dedo silbando en el aire. Rastrillaban fusiles imaginarios.

   Había lágrimas.

   El miedo, el crimen.

   Mónica me advirtió que me estaba enajenando.

   Me pasaba horas mirando las declaraciones por televisión. Reconozco que al principio lo hacía por morbo.



   La campaña de mi diario en defensa de la Comisión me permitió darle un conveniente giro laboral a mi curiosidad.

   Finalmente, entendí que mi obsesión iba por otro lado. No podía despegarme del espectáculo aquel del descubrimiento de la naturaleza humana.

   Era un striptease.

   En cada testimonio percibía el funcionamiento de un artefacto humano, el alambicado armazón de la maldad, instalado entre aquellas anécdotas y expuesto ante nuestros ojos.

   La maldad oyéndose como un silbido junto a la respiración de todos los que formábamos parte de esta historia; todos, incluyendo los simples observadores como yo.

   O más aún: el espectáculo era sobre todo para nosotros.

   Estaba convencido de ello.

   En las declaraciones a los diarios resultaba obvio que al presidente de la Comisión, un filósofo y rector universitario, le preocupaba el tema de la Verdad.

   A mí el tema que me atraía era el del Mal.

   Es decir: ¿es esto el ser humano?

   Alcancé a preguntarle eso mismo a Mónica un día en que se sentó a mi lado para compartir el televisor.

   ¿Es esto el ser humano, Mónica?

IVÁN THAYS - "Un lugar llamado Oreja de perro" - (2008)


Imágenes: Ana Flores

viernes, 12 de diciembre de 2025

MANTENER LAS ILUSIONES A RAYA

 



Fue el profesor Black quien me llamó para comunicarme que habías desaparecido. Sí, el famoso profesor del cual tú nos hablabas cuando aún nos escribías. Me contó que hacía tres semanas que no llegabas a hacer tus clases. Pensó que se trataba de uno de tus blues, esos que cada cierto tiempo te arrojaban a la cama y a las series policiales. Les preguntó por ti a tus amigos, a tus colegas y a los miembros de tu séquito, pero nadie te había visto. Por eso le pidió a uno de sus estudiantes que fuera a tu departamento. Después de tocar el timbre un buen rato, el chico habló con el conserje, a quien por suerte tú le habías dejado una llave. Raro en ti, aquel acto de confianza en el prójimo. Entraron, y un olor nauseabundo los golpeó. En la cocina encontraron una bolsa de basura destripada cuyo contenido yacía desparramado en el suelo. Pescado podrido, alimentos cuyos hongos habían hecho desaparecer su identidad, cajas de leche vacías, trozos de vidrio, facturas y otros papeles de índole incierta. Notaron que la ventana de la cocina estaba abierta, por lo que dedujeron que los destrozos debían ser obra de un gato. El resto de tu departamento tenía la pulcritud y el desamparo de un desalojo. No había ningún libro abierto, ni una taza de café sobre la mesa, ni una escobilla de dientes en el baño, ni una flor muerta en el florero de la sala. Los clósets y cajones estaban prácticamente vacíos. Limpiaron la cocina, sacaron la basura, y el estudiante llamó al profesor Black.



   Yo había visto hacía unos días una película en la que una concertista de piano retirada decide vivir dentro de una furgoneta maloliente aparcada en una calle de Londres por el resto de sus días. Te imaginé en la esquina de un andén del subway, acurrucada dentro de una caja de cartón, los ojos sucios, mientras el tumulto de las cinco de la tarde te atravesaba sin verte. Pero esa no eras tú. No, señora. Este debía ser otro de tus juegos, uno de esos con que divertías a tu corte. Y esta vez yo lo iba a jugar contigo. Desde el instante en que escuché al profesor Black, supe que saldría en tu busca.



   Llamé al editor cultural del periódico donde trabajaba y le dije que le enviaría la reseña de esa semana con unos días de retraso. Era una novela cuyo deprimido protagonista vagaba fumando y bebiendo en los bares de un pueblo perdido en un país sin nombre, intentando tirarse en su «desgracia» a cuanta mujer huérfana de amores encontrara. Me estaba sacando de quicio y ya había incubado los argumentos para destruirla. Juan, el editor cultural, me soltó una perorata que no recuerdo, porque mientras él hablaba yo ya estaba comprando el pasaje a Nueva York en mi computadora, al tiempo que hacía una anotación mental en mi libreta de tareas: Mantener las ilusiones a raya.

CARLA GUELFENBEIN -  "Mi vida robada" - (2024)


Imágenes: Hinke Schreuders

miércoles, 10 de diciembre de 2025

DIOS, Y SOLO DIOS, TENÍA EL PODER DE CREAR UN MUNDO



 Originario del sureste de Escocia, John Lorimer había viajado a América con su familia a la edad de once años. Habían montado una granja en una tierra sin colonizar, cuyo nombre Håkan no logró retener. El señor Lorimer quería que John se ordenara sacerdote, y le hacía recitar de memoria libros enteros de la Biblia y componer sermones biográficos, que profería ante los miembros de su familia cada domingo, antes del amanecer. Sin embargo, John, amante de la vida salvaje en todas sus formas, prefería las cuestiones terrenales a las celestiales. En un matorral cercano, el niño construyó una suerte de ciudad (fosos, baluartes, calles, establos) y la pobló de escarabajos, ranas y lagartos. Cada noche cubría la estructura amurallada y cada mañana la volvía a inspeccionar, tomando nota de qué criaturas habían desaparecido o perecido, de cuáles se habían trasladado de un compartimento a otro, de cuáles eran más temidas por las demás y de otros asuntos similares.



 Trabajó incansablemente en su ciudad de animales hasta que su padre, sospechoso de sus largas ausencias, lo siguió al matorral, derribó la estructura a patadas, pisoteó a sus habitantes y azotó a su hijo con una rama de un árbol cercano. Era —recordaba la rama claramente, y más adelante había aprendido su nombre— un abedul amarillo. Mientras le asestaba un latigazo tras otro, su padre le susurró que debía expiar su orgullo blasfemo; Dios, y solo Dios, tenía el poder de crear un mundo; cualquier intento de imitarlo suponía un arrogante insulto a Su labor. Pocos años después, John fue enviado a la universidad para estudiar teología, pero pronto la botánica y la zoología (disciplinas que al principio dejaron perplejo a Håkan) desplazaron a los estudios religiosos.



 No tardó mucho tiempo en viajar a Holanda para convertirse en alumno de uno de los principales botánicos de Europa, Carl Ludwig Blume; aquel nombre se quedaría grabado en la memoria de Håkan, pues le parecería graciosamente apropiado para su profesión
[1]. Una vez concluidos sus estudios, John regresó a América con la intención de clasificar especies del oeste que nunca antes habían sido descritas ni bautizadas. Pero, durante el transcurso de sus investigaciones, ideó una nueva teoría; y decía que, si su padre hubiera vivido para escucharla, no lo habría azotado con una rama de abedul, sino que directamente lo habría aplastado bajo una viga de roble. A lo largo de las siguientes semanas, en un sueco entrecortado, y con la ayuda de los especímenes de los tarros, de los nuevos animales que atrapaban por el camino y de las antiguas criaturas que hallaban cristalizadas en las rocas, Lorimer le explicó su teoría a su nuevo amigo, que casi siempre permanecía callado pero que claramente estaba desconcertado. Su propósito, decía el naturalista, era el de retroceder en el tiempo y revelar el origen del hombre.

[1] Debido a la similitud fonética del apellido Blume y la palabra sueca blomma: «flor»

HERNÁN DÍAZ - "A lo lejos" - (2017)


Imágenes: Mark Brooks

lunes, 8 de diciembre de 2025

INSTRUCCIONES PARA DAR CUERDA AL RELOJ



Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.

   ¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus pequeños rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

JULIO CORTÁZAR - "Historias de cronopios y de famas" - (1962)


Imágenes: Mike Howat

sábado, 6 de diciembre de 2025

PREÁMBULO A LAS INSTRUCCIONES PARA DAR CUERDA AL RELOJ

  


Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

JULIO CORTÁZAR - "Historias de cronopios y de famas" - (1962)


Imágenes: Guido Zimmerman

jueves, 4 de diciembre de 2025

LUEGO FUE QUE ME MORÍ

 



Luego fue que me morí. No sé cómo. Yo estaba ahí, afuera de la casa, sentada en el camino, y se apagó todo. Después me levanté y vi el cuerpo mío ahí tirado en la tierra y a los hermanos míos zarandeándome pa que despertara y a mi mamá corriendo a buscar a don Diego, que era un paisa que curaba a la gente de por ahí, sobre todo de mordidas de mapaná. Y pensé que era un fantasma porque yo estaba pero no me veía, veía en cambio todo lo demás. Mientras me cargaban mis hermanos pa dentro de la casa, veía los colores de sus pasos en la tierra y el movimiento de la sangre en sus brazos y veía el viento como si fuera agua y el mar como si fuera el cielo por la noche lleno de cosas vivas. Todo estaba lleno de cosas vivas que yo sentía y reconocía. Y entramos a la pieza mis hermanos y yo detrás de ellos sin que me vieran y mi cuerpo sobre el catre de madera todo desmadejado, todo muerto y yo sin saber qué hacer, pa donde coger. Podía oír cómo el pelo les crecía en la cabeza y sentía el temblor de sus llantos como olas sobre mí.



 Vi a mi mamá volver con don Diego, que intentó todo lo que sabía, todo lo que se le ocurría, pero nada me despertó. Nada, porque yo estaba muerta, de verdad y para siempre. Entonces salí de la casa y caminé por el caserío para comprobar si era cierto que nadie me podía ver. Todo era tan distinto que alcancé a sentir que los poderes me calentaban las manos, que como el cuerpo mío ya no estaba, yo podía ser muchas otras cosas y meterme y salirme de lo que quisiera y ser palmera o babilla o pescao o cangrejo o arena o lodo o madero que flota en el agua o agua. Podía ser mi mamá y entrar en ella y verla por dentro y moverle los músculos, los ojos. Pasé en esas como cinco horas, entendiendo todo, como si la muerte me hubiera abierto los ojos a lo que hay de verdad en el mundo aunque no lo veamos porque no somos capaces. Pero luego comprendí que era una visita no más, que no me tocaba morirme después de todo, que me morí solamente un rato para aprender unos asuntos que me faltaban, pero que tenía que vivir otro tiempo. Y volví a la casa donde ya me estaban velando y mi mamá lloraba sobre mi cuerpo, que tenía puesto el mejor vestido, el del matrimonio de mi mamá, que ella guardaba en una caja con naftalina pa que no se lo comieran las polillas y la humedad y aun así tenía ya huequitos de los bichos.



  Y vi en el vestido el amor de mi mamá por mi papá, vi el pasado que había estado reposando en esa caja con naftalina tantos años, vi el nacimiento de todos mis hermanos como si el tiempo fuera una tela que se desdoblaba delante mío. Vi que todo lo que va a ser ya fue. Y que todo lo que ya fue está siendo siempre. Luego me acosté sobre el cuerpo mío, que se sentía duro y helado, y me acomodé muy bien, hasta quedar perfectamente metida dentro de mí misma, y después me moví toda por dentro, la sangre en las venas, las fibras de los músculos, las junturas de los huesos, moví cada órgano dándole un masaje, moví mis intestinos y los dedos de las manos y los pies y finalmente me pude despertar en la vida de los vivos y abrir los párpados para que los que me lloraban vieran mis ojos negros de nuevo y supieran que ya no había que llorar ni hacer velorio ni comprar un cajón.

LINA MARÍA PARRA OCHOA - "La mano que cura" - (2023)


Imágenes: Felicia Chiao

martes, 2 de diciembre de 2025

HERMOSA VIUDA: EL ESTADO



 ¿Los mejores años de la vida de Bassepin? ¡La guerra! Vender tan caro como podía lo que compraba lejos por cuatro perras. Llenarse los bolsillos, trabajar día y noche, endosar a los oficiales de intendencia lo necesario y lo superfluo, recuperar, en ocasiones, lo que había vendido a los regimientos que se marchaban para vendérselo a los que llegaban, y así sucesivamente. Un caso digno de estudio. El comercio hecho hombre.

   La posguerra tampoco fue demasiado ingrata con él. Enseguida se percató del frenesí municipal por honrar a los caídos. Amplió el negocio y vendió héroes de bronce y toneladas de gallos galos. Los alcaldes del Gran Este le arrancaban de las manos sus estáticos guerreros, bandera al viento y fusil en ristre, que Bassepin encargaba a un pintor tuberculoso «galardonado en numerosas exposiciones». Los tenía para todos los gustos y todos los bolsillos: veintitrés modelos en catálogo, con opción a pedestal de mármol y letras de oro, obeliscos, niños de cinc tendiendo coronas de flores a los vencedores y alegorías de Francia como joven diosa consoladora con los pechos al aire. Bassepin vendía memoria y recuerdo. Los ayuntamientos saldaban su deuda con los caídos de forma bien visible y duradera, con monumentos rodeados de tilos y gravilla, ante los cuales, cada 11 de noviembre, una ardorosa fanfarria tocaría los aires marciales de la victoria y los patéticos del dolor, mientras que de noche los perros callejeros se meaban por todas partes y las palomas añadían sus inmundas condecoraciones a las concedidas por los hombres.



   Bassepin tenía una enorme barriga en forma de pera, un gorro de piel de topo que no se quitaba ni a sol ni a sombra, un sempiterno palo de regaliz en la boca y los dientes muy negros. Cincuentón y solterón, no se le conocía ninguna aventura. El dinero que ganaba se lo guardaba; no se lo bebía ni se lo jugaba, y tampoco se lo gastaba en los burdeles de V. No tenía vicios. Ni lujos. Ni caprichos. Sólo la obsesión de comprar y vender, de amontonar el oro porque sí, por amontonarlo. Como ésos que llenan el granero de heno hasta el techo, cuando lo cierto es que no tienen animales. Pero, después de todo, estaba en su derecho. Murió de septicemia, en el treinta y uno, hecho un Creso. Es increíble que una heridilla de nada pueda complicarte la vida de ese modo, e incluso abreviarla. En su caso, fue un corte en un pie, apenas un arañazo. Cinco días después estaba tieso como la mojama y completamente azul, lívido de pies a cabeza. Parecía un salvaje africano cubierto de pintura, pero sin el pelo crespo ni la lanza. Y sin heredero. Sin nadie que derramara una lágrima por él. Y no es que la gente lo odiara, no. Ni mucho menos; pero un hombre al que sólo le interesaba el dinero y que jamás miraba a nadie no merecía que lo compadecieran. Había tenido todo lo que deseaba. No todo el mundo puede decir lo mismo. Quizá la razón de su vida fue ésa: venir al mundo para coleccionar monedas. En el fondo, es una idiotez como cualquier otra. Le fue de gran provecho. Tras su muerte, todo el dinero fue a parar al Estado. Hermosa viuda, el Estado: siempre está alegre y nunca guarda luto.

PHILIPPE CLAUDEL - "Almas grises" - (2003)


Imágenes: Gideon Kiefer