Desapegos y otras ocupaciones.

jueves, 30 de octubre de 2025

NO TENÍA MÁS REFERENCIA QUE LOS RITMOS DE MI CUERPO

 



Fuera, más allá de los muros, en ese mundo exterior del que nos ocultaban todo, salvo los alimentos que comíamos y las telas que nos daban, habían tenido lugar unos hechos y sus consecuencias llegaban hasta nosotras. Los guardianes siempre habían sido tan viejos que no los veíamos envejecer. Yo había llegado de niña, era una mujer, definitivamente virgen, pero adulta a pesar de mis pechos inacabados y mi pubertad abortada: había crecido, se podía medir en mi cuerpo el paso del tiempo. Las mujeres ancianas no cambiaban, como tampoco los guardias más viejos, el pelo se volvía blanco, pero tan lentamente que no llamaba la atención. Yo había sido un reloj: al mirarme, las mujeres miraban cómo pasaba el tiempo para ellas. Quizá por eso no me querían, quizá mi mera existencia las hacía llorar. El joven guardia no era un niño cuando llegó, ya era mayor, con su pelo hirsuto, su rostro sin arrugas: aparecerían las primeras marcas de la edad y yo me tocaría la piel para saber si también me llegaban a mí. Él también sería un reloj, envejeceríamos al mismo ritmo, podría observarle y juzgar, por la flexibilidad de sus andares, el tiempo que me quedaba.



   En cualquier caso, había habido un cambio. En algún lugar, alguien había tomado una decisión que nos afectaba, cuyos efectos podíamos comprobar, uno de los viejos había desaparecido, quizá había muerto y lo habían sustituido por otro. ¿Se habría escapado esa información a la atención de quienes regían nuestras vidas?, ¿no les importaba que la tuviéramos?, o bien, ¿habían aflojado la vigilancia?

   No quitaba los ojos de los guardias. Siempre eran tres, iban y venían por la galería. No se hablaban. Cuando se cruzaban, no se miraban, pero me parecía que se vigilaban entre sí tanto como nos vigilaban a nosotras. Quizá temieran que uno de ellos se saltara las consignas, que nos dirigiera la palabra. Tuve de nuevo una intuición fulgurante, comprendía por qué tenían que ser tres: eso impedía que entre ellos naciera una complicidad, no les permitían conversaciones privadas cuya exhibición nos hubiera podido dar información, debían mantener todo el rato su posición de carceleros suspicaces. Los dos hombres que hacían la ronda con el joven guardia ya llevaban mucho tiempo allí. En los primeros años, las mujeres habían intentado hablar con ellos, exigir algo o darles lástima, pero nada había logrado quebrar su impasibilidad hiriente, así que renunciaron y actuaban como si no los vieran, como si hubieran borrado esa presencia de sus mentes, o como si fueran como los barrotes: ya sabemos dónde están y dejamos de tropezar con ellos. Nadie esperaba que les molestara lo más mínimo, pero el orgullo de las prisioneras estaba a salvo. Ya no les pedían nada ni sufrían su carácter imperturbable como un insulto. Eso daría más fuerza a la mirada de una chica sentada, inmóvil.



   Ya no me contaba historias, así que cuando miraba al guardia estaba creando una. Hacía falta paciencia, pero tenía de sobra. Ni sé cuántos periodos de vigilia pasaron así. Reflexionaba mucho, me pareció que ya no había que pensar en términos de días y de noches, sino de periodos de vigilia y de sueño. Cada vez estaba más segura: no vivíamos en ciclos de veinticuatro horas. Cuando bajaba la luz, no estábamos cansadas: las mujeres decían que era porque no tenían nada que hacer. Quizá llevaran razón, yo no sabía lo que era trabajar. Al observar constantemente al joven guardia me convencí de ello. El relevo no tenía lugar cuando nos levantábamos, comíamos o nos acostábamos, cuando circulábamos en todos los sentidos, sino en periodos neutros e irregulares. La gran puerta se entreabría, los tres hombres que giraban alrededor de la jaula se reunían, a veces se marchaban mientras que los siguientes entraban, a veces solo sustituían a uno o dos de ellos. ¿Había alguna relación entre sus horarios y los nuestros? ¿Cómo podría medir el paso del tiempo? No tenía más referencia que los ritmos de mi cuerpo.

JACKELINE HARPMAN - "Yo que nunca supe de los hombres" - (1995)


Imágenes: Ayako Kita

martes, 28 de octubre de 2025

LE DIJE CON UN TARTAMUDEO QUE LA ESTABA BUSCANDO



 La lit
eratura se me apareció bajo los rasgos de una mujer de aterradora belleza. Le dije con un tartamudeo que la estaba buscando. Ella se rio con crueldad y dijo que no le pertenecía a nadie. Me puse de rodillas y le supliqué: Pasa una noche conmigo, una mísera noche solo. Ella desapareció sin decir palabra. Me puse a perseguirla, lleno de determinación y de desprecio: ¡Te atraparé, te sentaré en mi regazo, te obligaré a mirarme a los ojos, seré escritor! Pero siempre llega ese momento terrible, en mitad del camino, en plena noche, en que retumba una voz y te alcanza como un rayo; y la voz te revela, o te recuerda, que la voluntad no basta, que el talento no basta, que la ambición no basta, que tener una buena pluma no basta, que haber leído mucho no basta, que ser famoso no basta, que tener una vasta cultura no basta, que ser sensato no basta, que el compromiso no basta, que la paciencia no basta, que emborracharse de pura vida no basta, que apartarse de la vida no basta, que creer en tus sueños no basta, que descomponer la realidad no basta, que la inteligencia no basta, que emocionarse no basta, que la estrategia no basta, que la comunicación no basta, que ni siquiera basta con tener cosas que decir, igual que tampoco basta el trabajo apasionado; y la voz dice además que todo esto puede ser, y a menudo es, una condición, una ventaja, un atributo, una fuerza, sí, pero la voz añade enseguida que, en esencia, ninguna de estas cualidades basta nunca cuando se trata de literatura, ya que escribir exige siempre otra cosa, otra cosa, otra cosa. Luego la voz se calla y te deja solo, en mitad del camino, con el eco de otra cosa, otra cosa, que rebota y se escapa, otra cosa ante ti, escribir exige siempre otra cosa, en esta noche sin amanecer seguro.

MOHAMED MBOUGAR SARR - "La más recóndita memoria de los hombres" - (2022)


Imágenes: Tarta Kings

domingo, 26 de octubre de 2025

YO AQUÍ NO PINTO NADA

 


Yo aquí no pinto nada.

Y tú, ¿qué pintas?

Yo aquí estoy de reserva,

en el banquillo

de los que esperan.

En el banquillo

de los acusados

de no haber actuado.


Yo, ni pincho ni corto.

Ni corto ni perezoso,

pero aburrido,

pero sumido

en el más absoluto caos

mental,

fundamental,

monumental

e instrumental.





Yo, aquí, pinto poco.

Poco a poco,

sin pausa pero sin prisa:

ya me he vuelto loco.

Hace tiempo...

Pero ni siquiera yo lo noto.


16-09-2025


Imágenes: Karla Ortiz

viernes, 24 de octubre de 2025

ESA NEBLINA MENTAL CARACTERÍSTICA



Era agosto. El mar estaba templado, y más templado cada día.

   Alex esperó a que terminara una racha de olas para meterse en el agua, y luego vadeó trabajosamente hasta que fue lo bastante hondo para zambullirse. Una tanda de brazadas enérgicas y ya estaba fuera, al otro lado del rompiente. La superficie se movía en calma.

   Desde ahí la playa se veía inmaculada. La luz —la famosa luz— hacía que todo pareciese ambarino y apacible: el verde oscuro y europeo de los arbustos, los matojos de barrón susurrando al unísono. Los coches del aparcamiento. Hasta el enjambre de gaviotas saqueando una papelera.

   En la arena, las toallas estaban ocupadas por plácidos bañistas. Un hombre con un bronceado como el cuero de una maleta cara soltó un bostezo; una madre joven contemplaba corretear a sus hijos, que iban y venían jugando con las olas.

   ¿Qué verían si miraban a Alex?

   En el agua, era como los demás. No tenía nada de peculiar una chica nadando sola. No había manera de saber si aquel era o no su sitio.

   La primera vez que Simon la llevó a la playa, él se descalzó en la entrada. Lo hacía todo el mundo, por lo visto: había pilas de zapatos y sandalias junto a la baranda baja de madera. «¿No se los llevan?», le preguntó Alex. Simon arqueó las cejas. ¿Quién se iba a llevar unos zapatos que no eran suyos?



   Pero fue lo primero que pensó: lo fácil que sería llevarse cosas en aquel lugar. De todo tipo. Las bicis apoyadas en la cerca. Las bolsas descuidadas en las toallas. Los coches abiertos, porque nadie quería ir con las llaves encima en la playa. Un sistema que solo se sostenía porque todos creían estar entre iguales.

   Antes de salir hacia la playa, Alex se había tomado un calmante de los de Simon, sobras de una antigua operación, y había descendido ya sobre ella esa neblina mental característica, con el agua salada envolviéndola como segundo narcótico. El corazón le latía agradable, perceptiblemente en el pecho. ¿Por qué sería que bañarse en el mar lo hacía sentir a uno tan buen ser humano? Hizo el muerto, con el cuerpo meciéndose un poco en el vaivén, los ojos cerrados al sol.



   Había una fiesta esa noche, la daba uno de los amigos de Simon. O un colega de negocios: todos sus amigos eran colegas de negocios. Hasta entonces, horas por llenar. Simon pasaría el resto del día trabajando, y Alex abandonada a su suerte, como siempre desde que habían llegado, hacía cerca de dos semanas. No le importaba. Había ido a la playa casi todos los días. Mientras, iba vaciando el alijo de calmantes de Simon a un ritmo sostenido pero indetectable, o eso esperaba. E ignorando los mensajes cada vez más desquiciados de Dom, cosa bastante fácil. Dom no tenía ni idea de dónde estaba. Había intentado bloquearlo en el móvil, pero él conseguía contactarla desde números nuevos. Alex se cambiaría el suyo en cuanto tuviera ocasión. Esa mañana le había pegado otro toque:

   

     Alex

     Alex

     Dime algo


   Pese a que los mensajes seguían haciéndole un nudo en el estómago, solo tenía que apartar la vista del móvil y todo pasaba a parecer controlable. Estaba en casa de Simon; las ventanas con vistas a puro verdor. Dom estaba en otra esfera, una que podía hacer como si ya no existiera del todo.

EMMA CLINE - "La invitada" - (2023)


Imágenes: Tom Hegen

miércoles, 22 de octubre de 2025

LAS CONNOTACIONES ERÓTICAS DE LA GRANADA


Me parece importante resaltar que Granada no debe su nombre, como se suele creer, a la hermosa fruta así llamada en español, sino a un topónimo muy antiguo, prerromano, Karnattah o Garnata, de significación incierta y quizá de raíz púnica. Cuando la ciudad fue tomada por Fernando e Isabel prevaleció la etimología popular al constatar sus nuevos dueños la proliferación del granado en los jardines y huertas árabes de la misma (debido al hecho de ser el frutal por excelencia del Paraíso coránico). Convertida en símbolo oficial del reino cristiano, la granada se añadió al escudo real. Cabe deducir que favoreció su incorporación la coincidencia de que, caída su hermosísima flor bermellón, los puntiagudos sépalos del cáliz se van abriendo para figurar una llamativa corona invertida.

  Richard Ford comenta que, de haber querido los árabes dar el nombre de la granada a la ciudad, hubiesen utilizado el que les proporcionaba su propio idioma, Romman. Le entusiasmó descubrir que los granadinos comían todavía una ensalada, conocida como ensalada romana, hecha con los suculentos granos de la fruta.

  Al recibir el encargo de diseñar una entrada monumental a la Alhambra, Pedro Machuca, discípulo de Miguel Ángel y arquitecto del palacio de Carlos V, decidió adornar su frontón, centrado por el escudo del emperador, con tres enormes ejemplares, medio abiertos, de la simbólica fruta. Se trata de la hoy conocida Puerta de las Granadas, situada en la empinada cuesta de Gomérez, que arranca en Plaza Nueva.



  Hoy no se puede dar un paso por la ciudad sin tropezar enseguida con representaciones de la granada. Figura en todos los rótulos callejeros de cerámica —la famosa cerámica azul y verde del barrio albaicinero de Fajalauza—, en los célebres empedrados de la ciudad (con su mezcla de guijos blancos y negros), en las bocas de riego y hasta en los innumerables bolardos instalados en filas, como soldados diminutos, para impedir el indebido aparcamiento de coches en las aceras. En medio de Puerta Real, epicentro de la ciudad, el Ayuntamiento ha plantado un granado que, en mi última visita, ya prometía una cosecha abundante. La insistencia sobre la etimología popular y errónea del nombre de la ciudad es, pues, absoluta. ¡Granada está llena de… granadas!

  El nombre procede del latín malus granata, o sea «fruta llena de granos». Y se entiende porque, cuando en otoño se empieza a abrir su dura coraza protectora, revela dentro centenares de semillas repletas de zumo rojo. ¿Quién fue el primero en intuir, contemplándola así, la posibilidad de fabricar un pequeño artefacto metálico, redondo como ella, que cupiera en la mano como una pelota y llevara en sus entrañas semillas mortíferas? No lo he podido descubrir, pero hay que reconocer la genialidad del invento. Desde entonces, la granada (en inglés y francés grenade) ha causado muchos estragos en el mundo.

  Por otro lado habría que tener en cuenta las connotaciones eróticas de la granada, relacionada de manera estrecha, en la cultura grecorromana, con Afrodita o Venus, diosa del amor, quien, según uno de sus mitos, se la regaló al pueblo de Chipre nada más poner los pies en tierra tras su nacimiento de la espuma del mar. Hay incluso quienes mantienen que la fruta prohibida del Edén, no especificada en el Génesis, fue en realidad, más que manzana, una granada. ¡Quién sabe!

IAN GIBSON - "Poeta en Granada" - (2015)


Imágenes: Sonia Rentsch

lunes, 20 de octubre de 2025

A MAMÁ LE DECÍAMOS LA ROCA

 


A mamá le decíamos La Roca. En la historieta de Stan Lee que se llama Los Cuatro Fantásticos, uno de los Cuatro es un tipo hecho de piedras a quien se llama The Thing, La Cosa. Esa fue la inspiración. A mamá no le gustaba demasiado que la comparásemos con un tipo calvo y patizambo, pero comprendía el reconocimiento a su autoridad que el mote escondía. Eso la dejaba contenta, siempre y cuando fuésemos el Enano y yo quienes hiciésemos uso del alias. Cuando era papá quien la llamaba así —y papá era el peor—, el tema adquiría características sensurround, como las películas de catástrofes que hacían vibrar la butaca del cine.

Mamá siempre fue rubia para nosotros, aunque las fotos más viejas revelen que se volvió rubia con el tiempo. Era menuda y vivaz, en esto era la antítesis de The Thing. Cuando yo era más chico le gustaban los crucigramas y las películas. En su mesa de luz tenía una foto de Montgomery Clift, de la época en que todavía era lindo, antes del accidente de auto que le arruinó la cara. Además era fanática de Liza Minnelli. Por las mañanas nos despertaba con la música de Cabaret. Mamá cantaba bien y se sabía las letras de memoria, desde el wilkommen, bienvenue, welcome del inicio hasta el aufwiedersehen, à bientôt que precedía al platillazo final. En el contexto de sus adoraciones está claro que yo debería ser gay, pero esa es tan sólo una de las cosas que se torció por el camino.



Yo la veía lindísima. Todos los varones piensan eso de sus madres, pero debo decir, en mi favor, que la mía tenía la Sonrisa Desintegradora, un superpoder por el que Stan Lee pagaría buen dinero: cada vez que se sabía en falta, por ejemplo cuando le reclamaba la plata que recaudé en mi cumpleaños y que me pidió prestada, recurría a la Sonrisa Desintegradora y a mí se me derretía algo adentro y me quedaba sin fuerzas para seguir la marca a presión. (Esa plata no me la devolvió nunca, si vamos al caso.) Papá decía que no nos quejásemos, que en el dormitorio mamá solía utilizar la Sonrisa para fines más siniestros, y se quedaba en silencio, mientras la imaginación hacía su trabajo en nuestras febriles cabezas.

Pero los poderes que le valieron su alias eran otros, que la misma Cosa habría envidiado. Mamá podía recurrir a la Mirada de Hielo, al Grito Paralizador y, en el caso más extremo, al Pellizco Fatal. Para peor, no le conocíamos talón de Aquiles alguno. Con mamá no había kriptonita que valiera. Lo cual no impedía que la pusiésemos a prueba diariamente, que nos expusiésemos de forma intrépida a la Mirada, el Grito y el Pellizco y que, vulnerables, sucumbiésemos al fin. En nuestros enfrentamientos siempre hubo algo atávico, como entre lobos y hombres, como entre Superman y Lex Luthor, una contienda que era más grande que la vida misma y que repetíamos a sabiendas de que se trataba de un drama escrito para deleite de alguna deidad de sensibilidad isabelina. Combatíamos porque el combate nos definía, a unos y a otros. En la batalla éramos.



Mamá se doctoró en Física y trabajaba como profesora en la Universidad. Siempre decía que en realidad quiso estudiar biología, y que su desvío hacia las leyes del universo había que atribuírselo a su también inflexible madre, la abuela Matilde. Hay que conocer a la abuela Matilde para darse cuenta de lo absurdo de la alegación. No creo que a la abuela le interesase otra cosa del futuro de mamá que su capacidad de seducir a un muchacho de buen pasar. (Otra de las frases que hacía las delicias del Enano: ¿significaba ese buen pasar lo opuesto a, por ejemplo, pasar tropezándose?) Descartada esa posibilidad tras la aparición de mi padre —que tenía un pasar, simplemente—, a la abuela Matilde le debe haber dado igual la física, la biología o la acupuntura. Y además me resulta difícil imaginar a mamá sometiéndose a sus designios. Ignoro a qué se debe este mito fundacional de la familia. Pero lo cierto es que mi afición por las ciencias que estudian lo que el mexicano llamó el misterio de la vida se la debo a mamá.

Eso y el fanatismo por Liza. ¿Algún problema?

MARCELO FIGUERAS - "Kamchatka" - (2003)


Imágenes: DU Kun

sábado, 18 de octubre de 2025

SIN MÍ EL MUNDO FUNCIONARÍA PEOR



 —Sí, igual que cuando te dio a luz.

   —Estaba de guardia en el hospital y cuando empezaron las contracciones se limitó a seguir trabajando. Hasta que no sintió las contracciones de presión no se tumbó en una habitación libre, y cuando salí, pinzó el cordón umbilical a la altura del ombligo y se concentró en echar la placenta. Tiró del cordón y le dijo a una enfermera que se ocupara de mí. Después siguió trabajando.

   —No.

   —Sí. Había que hacer varias cesáreas esa noche y mi parto no tuvo complicaciones.

   —Es una historia increíble.

   —Y eso no es todo. Cuando acabó la guardia a la mañana siguiente, se le había olvidado que había tenido un bebé. Al menos eso es lo que lleva diciendo todos estos años, y yo me lo creo. Me creo que se le hubiera olvidado. Solo se acordó cuando la enfermera entró en la sala de guardia conmigo en brazos.



   —Pero entonces llamó a tu padre, ¿no?

   —Sí, entonces llamó por fin a mi padre. Él no sabía nada. Él quería divorciarse y venir a vivir con nosotras, pero mi madre no quiso. Desde el primer momento, contrató a una estudiante que me cuidaba a cambio de alojamiento y manutención, y así siguieron las cosas, una estudiante después de otra, hasta el día en que mi madre descubrió que yo llevaba varios meses yendo y viniendo sola del colegio, y entonces no contrató a nadie más, y desde ese momento, yo tendría unos cinco años, me las he arreglado sola. Cuando se fue la última estudiante, ya nadie hacía las tareas domésticas, y cuando cumplí siete u ocho años me empecé a fijar en que las casas de los demás estaban mucho más limpias y ordenadas. Si nunca hubiera salido de Oscars gate, tal vez no me habría dado cuenta de nada, pero cada vez que iba a casa de unos amigos y a ver a mi padre en Drammen y volvía a casa, sentía el fuerte olor a suciedad y a polvo y a basura. La comida del frigorífico a menudo estaba verde de moho. En el alféizar de las ventanas había una capa de polvo tan gruesa que yo creía que era gris, hasta que lo limpié con un trapo húmedo y descubrí que en realidad era blanco.



   Bjørn me mira recostado. De vez en cuando niega con la cabeza y profiere algún sonido de incredulidad.

   —Mucha gente no se lo cree. Creen que exagero o que me lo invento. Pero cuando veo reportajes del Tercer Mundo, con fotos de niños que llevan a sus hermanos a la espalda, hay algo en sus rostros en lo que me reconozco. Un gesto serio y formal, porque se les ha confiado un puesto importante, una tarea fundamental. Pienso en ello a menudo cuando vienen pacientes jóvenes y deprimidos a la consulta; jóvenes que aparentemente lo tienen todo, unos padres que los quieren más que a nada en el mundo y que los cubren de amor, de atenciones, de dinero y de ayuda, y, sin embargo, a estos jóvenes les falta algo que yo sí tenía: la sensación fundamental de que «sin mí el mundo funcionaría peor».

NINA LYKKE - "Estado del malestar" - (2020)


Imágenes: Brooke DiDonato

jueves, 16 de octubre de 2025

SOMOS LA PRIMERA GENERACIÓN QUE VIVE PEOR QUE SUS PADRES

 




Me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad. Cuando lo digo en alto siempre hay quien pone cara de extrañeza y me responde cosas como que a mi edad mis padres habían viajado la mitad que yo o que a ellos envidia ninguna, que tienen que hacer muchas cosas «antes de asentarse». Que ahora somos más libres y que nuestros padres no pudieron estudiar dos carreras y un máster en inglés ni se pegaron un año comiendo Doritos y copulando desordenadamente en Bruselas gracias a eso que llaman Erasmus y que no es sino una estrategia de unión dinástica del siglo XXI, una subvención para que las clases medias europeas se crucen entre ellas y pillen ETS europeas y celebren que eso era Europa y eso era la europeidad y que para eso hemos quedado los nietos de Homero y Platón.

   El caso es que con mi edad mis padres tenían una cría de siete años y un adosado en Ontígola, provincia de Toledo. La Ana Mari acababa de dejar de fumar y con el dinero que se ahorró en tabaco se compró la Thermomix y eso a mí me da envidia, y cuando lo digo la gente piensa con frecuencia que soy gilipollas y en respuesta lo que pienso yo es «tienes treinta y dos, cobras mil euros al mes, compartes piso y las muchas cosas que tienes que hacer “antes de asentarte” son ahorrar durante un año para irte a Tailandia diez días aunque en la vida te hayas interesado por qué pasa o qué hay en Tailandia, comerte una pastilla y hacerle arrumacos a tus colegas en festivales en los que no conoces ni a medio cartel pero tienes que fingir que sí y creer que las series que eliges ver y los libros de Blackie que eliges leer forman parte de tu identidad como individuo». Esto no lo digo, claro, esto me lo callo.



   Lo que sí digo es que nuestros padres parecían mayores de lo que eran en las fotos y mayores que nosotros a su edad. Hay mucho treintañero convencido de que es lícito llevar gorra en interior, de que es lícito, incluso, llevar gorra con treinta, poniéndome ya rigorista. También digo que seguramente nuestros padres se casaron y tuvieron hijos y se metieron en hipotecas por eso que se ha convenido en llamar «imperativo social», porque «era lo que había que hacer», pero que creer que sobre nuestras cabezas no sobrevuelan otros imperativos igual es la mayor prueba de que lo hacen y de que quizá nos hemos creído lo de la libre elección y lo del progreso y lo de la democracia liberal como única arcadia posible. Y menuda arcadia.

   Nos lo llevan diciendo diez años y nos negamos a creerlo. Somos la primera generación que vive peor que sus padres, somos los que se comieron 2008 saliendo de o entrando a la universidad o al grado o al instituto y lo del coronavirus cuando empezábamos a plantearnos que igual en unos años podríamos incluso alquilar un piso para nosotros solos.



   Nuestros imperativos existen y son materiales y a menudo hablo con mi amiga Cynthia de que para mí o para ella o para nuestra amiga Tamara era sencillo lo del ascensor social, era fácil superar el estilo de vida de nuestros padres carteros y camareros y limpiadoras y barrenderos y de nuestros abuelos obreros industriales o campesinos o feriantes, pero no es así para el resto de nuestros amigos, para los de clase media, para los hijos de profesores y médicos y abogados y empresarios. Y, aun así, aunque nuestros padres tenían menos papeles académicos que un galgo, sí que tenían, con nuestra edad, hijos e hipotecas y pisos en propiedad. Porque era lo que había que hacer, seguramente. Pero también porque podían hacerlo.

   Nosotros, sin embargo, ni tenemos hijos ni casa ni coche. En propiedad no tenemos nada más que un iPhone y una estantería del Ikea de treinta euros porque no podemos tener más y ese es nuestro imperativo y es material. Pero nos autoconvencemos pensando que la libertad era prescindir de críos y casa y coche porque «quién sabe dónde estaré mañana». Nos han hecho creer que saber dónde estaremos mañana es una imposición con la que menos mal que hemos roto, que la emigración y la inmigración son oportunidades para aprender nuevas culturas y para convertir el mundo en un crisol de lenguas y colores en lugar de una putada, y que compartir piso es una experiencia de vida en lugar de, llegada una edad, un detalle denigrante que da vergüenza confesar.

ANA IRIS SIMÓN - "Feria" - (2020)


Imágenes: Ana Iris Simón
 

martes, 14 de octubre de 2025

ÉL ES TAN SOLO UN PERUANO



Josefina lo mira y él hace una pausa porque al principio se resiste a decirlo y luego comprende que es inevitable, pero aprovecha el silencio para darle un efecto artificial. De modo que lo pronuncia suavemente, como si se tratara de un secreto. Y ella lo recibe con los ojos abiertos.

     —Sí que es un nombre —dice—. Tiene misterio… Y además suena marino, más allá de que sea claramente literario. El nombre de un hombre que ha hecho un largo viaje por el mar.

     —Por eso quizás he llegado hasta aquí —dice él.

     —¿Y para qué has venido desde tan lejos? —dice Josefina.

     —Para vivir estose lanza él—, para estar aquí.

     Josefina parpadea y se toma la nuca con una de sus manos, luego se acaricia la oreja desnuda. Él se está arrepintiendo mientras ella se lleva la copa a la boca más para cubrírsela que para beber. Después la ve dejarla sobre la mesa para decirle que la espere un momento, que ya viene. Él piensa cómo retroceder, pero ella coge su cartera y su chaqueta algo apurada y se pierde hacia los baños. Al verla de espaldas se da cuenta de lo femenina que es y siente también cómo el terror se apodera de todos los nervios de su columna vertebral. No hay música en el local a pesar de todas las alusiones al jazz. Josefina se ha ido y apenas se queda solo en la mesa absorbe el remanente del olor que ella ha dejado sobre el ambiente. Una chica caribeña crecida en Venezuela y obligada a hacerse en los Estados Unidos, con sangre india, latina, francesa, quizás negra, y al menos el dominio de tres idiomas que habla a la perfección. Él es tan solo un peruano. Es todo lo que es.



     El mozo se acerca a la mesa y él descubre que su copa está casi vacía y también la de Josefina, no recuerda en qué momento se las tomaron. Atina a hacer un gesto nervioso con la mano de dos más y el mozo se retira. Al cabo de unos minutos, Josefina sigue sin aparecer y él se los ha pasado mirando los carteles de los músicos cercanos y de aquellos que se encuentran más lejos —Sonny Rollins, Chet Baker— mientras se pregunta qué ha podido ocurrirle a su compañera. Se dice que tal vez ha tenido un percance en el baño, o se ha encontrado con alguien en el camino, o le ha provocado salir a fumar como a él le provoca ahora y lo hizo sin llamarlo, o si lo llamo él no lo notó porque observaba como un tarado los pósteres. Todo eso es posible. Podría haberle pasado también que la mezcla de este trago con otros que tomó antes en el Trilogy le sentó mal y por eso ha sufrido un accidente; quizás sería mejor levantarse y preguntarle a alguien dónde quedan los baños. ¿Y si se cruzaban? Se queda donde está porque además el mozo le trae las dos copas de margarita. Luego de un par de minutos se forma en su mente la idea absurda de que tal vez ella ha huido por una puerta oculta, una de escape, con su cartera y su chaqueta y todo por razones que él no se quiere imaginar. Se dice que no, pero con el paso del tiempo la idea absurda ya no lo parece tanto y siente un miedo sólido y sobre todo una humillación anticipada ante la posibilidad de que algo así ocurra. Trata de sonreír, pero no puede. Piensa en uno de esos cuentos derrotados de Julio Ramón Ribeyro que leía en la universidad cuando tenía la edad de ella. El cuento le está pasando a él y terminaría con la triste perspectiva de tener que pagar los tragos no bebidos. Posiblemente Ribeyro le habría quitado la billetera al personaje y él no tendría cómo saldar la deuda. Cierra los ojos. Tremendo recorrido hasta tan lejos para vivir una aventura nocturna patéticamente limeña. Ha llegado a la mitad de su primera copa y ha decidido tomarse la de ella e irse a casa caminando. Tiene la vista hundida en la superficie de la mesa a la espera de que —como en un cuento de Ribeyro— aparezca un insecto de alas rotas que se arrastre penosamente por la mesa para lanzarse al vacío desde el borde.

JEREMÍAS GAMBOA - "Animales luminosos" - (2021)


Imágenes: Issa Watanabe

domingo, 12 de octubre de 2025

ARRASANDO




Y ya veo cómo pasa el tiempo:

A R R A S A N D O .

Y ya lo voy viendo pasar,

pájaro traicionero,

leche que se derrama,

los días como fuego:

H I R V I E N D O .





Lava de volcán

que todo lo entierra

bajo segundos que son cenizas,

manchas, arrugas, duelos...


Huesos que ya no aguantan,

tantos años, tanto peso...

Piel sacrificada,

dolor concentrado,

inoculado como veneno.


Estamos hechos de paja

y el tiempo es nuestro fuego.

19/03/2023


Imágenes: Stuart Palley


viernes, 10 de octubre de 2025

SUEÑO CON CIELOS BELLÍSIMOS PLAGADOS DE ESTRELLAS TERRIBLES



Sueño con cielos bellísimos plagados de estrellas terribles, cielos negros y hermosos en los que aparecen estrellas que me dan miedo. Sueño que miro cielos conocidos en los que descubro de repente estrellas que no conozco. Esta noche sueño con asteroides que amenazan con caer y acaban cayendo cerca, aunque no tanto como para despertarme, caen y estallan sin llegar a tocarme, no me hacen daño pero queman y destruyen todo lo que hay a mi alrededor. Me despierto tarde, pero agotada, y miro, como cada mañana, mi cuerpo desnudo y flaco en el espejo del armario y me avergüenzo y me refugio en un pantalón de pijama que me queda grande y un jersey viejo y gastado que recojo de la montaña de ropa que hay en el suelo.



 Ayer puse a marinar unas costillas y tendría que haberme despertado antes, requieren mucho tiempo de horneado y me doy cuenta de que hay que cubrir la bandeja con papel albal y no queda, así que bajo al chino en pijama y chanclas y la luz de esta mañana de mayo es tan clara que duele. Y la mujer que me atiende me pregunta, ¿hoy no trabaja?, y yo, no, hoy no, y me dice, ¿mañana?, y yo, sí, mañana sí. Y es mentira y salgo llorando con el rollo de papel albal bajo el brazo. Llego a casa y cubro las costillas, programo el horno una hora, luego les daré la vuelta. Llega Ari, viene a por la cazadora que me dejó el otro día, y la invito a quedarse un rato, nos sentamos en el sofá y me enciendo un cigarro tras otro, trato de mantener una conversación ligera. Tengo resaca, tengo sueño y no quiero hablar de nada importante, en realidad, preferiría no hablar en absoluto, pero de repente ella me agarra de una muñeca con fuerza y me dice, Inés, tu vida lleva parada desde que te conozco y te conozco desde hace mucho, haz algo, retoma la carrera o al menos ve a psicoterapia, por favor. Y no sé qué decir. Ojalá cayera ahora un asteroide. Ella tiene razón y yo tengo unas costillas en el horno.

LUCÍA ALBA MARTÍNEZ - "Animalitos" - (2024)


Imágenes: Mihoko Ogaki

miércoles, 8 de octubre de 2025

ERA UNA ANSIEDAD TEÓRICA Y PRECAVIDA



 ¿Qué más compró? Pasta de dientes, pañuelos de papel, detergente para vajillas, bacon, una pierna de cordero, carne, pimientos verdes y rojos, patatas, una lata de aceite y una botella de scotch. ¿Y quién estaba allí cuando su mano cogía esas cosas? ¿Alguien que le seguía mientras empujaba a Kate a lo largo de los atestados pasillos, que permanecía varios pasos por detrás cuando él se detenía, y que fingía interesarse en una etiqueta para luego continuar andando cuando él lo hacía? El había regresado mil veces para ver su propia mano, una estantería y la acumulación de objetos, o para oír la charla de Kate; y había tratado de mover los ojos, levantarlos contra el peso del tiempo para ver en la periferia de su campo visual la velada figura que siempre permanecía a un lado y ligeramente atrás y que, imbuida de un extraño deseo, acechaba la oportunidad o, sencillamente, aguardaba. Pero el tiempo había congelado para siempre sus miradas durante aquel día, y en torno a él formas indefinibles desaparecían y se disolvían sin posibilidad de categorizarlas.



   Quince minutos más tarde estaban en la caja. Había ocho colas paralelas. Se puso en la que estaba más cercana a la puerta porque sabía que la chica de esa caja trabajaba deprisa. Había tres personas delante de él cuando detuvo el carrito, y no vio a nadie detrás cuando se volvió para bajar a Kate. Ella se estaba divirtiendo y se mostró reacia a ser interrumpida. Protestó y encajó los pies contra el asiento. Tuvo que levantarla mucho para sacarla de allí. Advirtió su irritación con distraída satisfacción: era un claro síntoma de cansancio. Cuando acabaron esa pequeña escaramuza, sólo quedaban delante dos personas, y una de ellas estaba a punto de irse. Él se puso en la parte delantera del carrito para descargar el contenido sobre la cinta transportadora de la caja. Kate se agarraba a un travesaño del carrito haciendo como que empujaba desde el otro lado. No había nadie detrás de ellos. En ese momento, la persona que tenían delante en la cola, un hombre encorvado, se disponía a pagar varias latas de comida para perros. Stephen fue poniendo las cosas en la cinta. Cuando se incorporó, es posible que fuera consciente de una figura con un abrigo negro detrás de Kate. Pero a duras penas podría considerarse una percepción consciente, sino más bien la levísima sospecha urdida por una memoria desesperada. El abrigo podría haber sido un traje o una bolsa de la compra, o un producto de su imaginación. Estaba concentrado en gestos cotidianos, absorto en llevarlos a cabo. Su nivel de consciencia era muy bajo.



   El hombre con la comida para perros estaba saliendo. La chica de la caja ya trabajaba, deslizando los dedos de una mano sobre el teclado mientras con la otra atraía hacia sí los paquetes de Stephen. Al recoger el salmón del carrito, miró a Kate y guiñó un ojo. Ella le imitó, pero desmañadamente, arrugando la nariz y cerrando ambos ojos. Puso el salmón en la cinta y le pidió a la cajera una bolsa. Ella buscó bajo un estante y sacó una. El la tomó y se volvió. Kate había desaparecido. No había nadie en la cola detrás de él. Empujó sin prisas el carrito pensando que estaría escondida al final del mostrador. Luego dio varios pasos y miró en dirección al único pasillo que ella podía haber alcanzado. Retrocedió y miró a derecha e izquierda. A un lado había hileras de compradores y al otro un espacio vacío, luego las barras giratorias cromadas y más allá las puertas automáticas que daban a la calle. Es posible que hubiera una figura con abrigo alejándose aprisa, pero en ese momento Stephen buscaba una niña de tres años, y su temor más inmediato era el tráfico.



   Era una ansiedad teórica y precavida. Mientras se abría paso a empujones entre los clientes y emergía a la ancha acera, sabía que no iba a encontrarla allí. Kate no era de esa clase de aventureros. No era de las que se perdían. Además, era demasiado sociable y prefería la compañía de quien estuviera con ella. Por otra parte la aterrorizaba la calle. Dio media vuelta y se tranquilizó. Tenía que estar en el súper y allí no podía correr verdadero peligro. Esperaba verla aparecer por detrás de las filas de clientes ante las cajas. Era fácil pasar por alto a un niño en la primera oleada de preocupación, buscar demasiado y sin fijarse bien. Sin embargo, al regresar seguía sintiendo una náusea y un endurecimiento en la garganta, y una desagradable ligereza en los pies. Cuando recorrió todas las cajas, ignorando a la chica de la suya que trataba de llamarle la atención, irritada, sintió frío en la boca del estómago. Corriendo controladamente —aún no había llegado al punto en que no le importaría parecer un atolondrado— recorrió todos los pasillos entre montañas de naranjas, rollos de papel higiénico y sopas. Hasta que no regresó al punto de partida, no abandonó el decoro: hinchó los oprimidos pulmones y llamó a Kate a gritos.

IAN McEWAN - "Niños en el tiempo" - (1987)


Imágenes: José Luis Ceña

lunes, 6 de octubre de 2025

SIEMPRE ODIÓ EL KITSCH

  

Su cuñada acomodaba la mesa con unos mantelitos individuales de hule que Marcela odiaba. Siempre odió el kitsch, desde mucho tiempo antes de que en la facultad le enseñaran el kitsch como un valor. Nunca le había encontrado la gracia a esas flores en los manteles, a los angelitos de los calendarios o a esas novelas argentinas en que las mujeres tejían en punto cruz mientras hablaban de cualquier cosa.

   Pero sobre todo, odiaba a su cuñada a quien conocía bien, mejor de lo que la conocía su hermano. Había sido novia del mejor amigo de Marcela de la adolescencia. Era de esas chicas absorbentes, esponjas de amor que chupan el alma de sus parejas. Difícil ver a alguien más enamorado que a esa clase de mujeres: llaman a sus novios con las expresiones más edulcoradas, hablan de ellos con una pasión que hace sentir un témpano a sus interlocutores, parecen vivir por los ojos de sus parejas y son terriblemente celosas.



   Celosas de las otras mujeres, de los amigos, de los familiares, hasta del club de fútbol del que el novio es hincha. Pero llega un día en que se cansan o cambian de objeto de deseo. Así hizo su cuñada. Un día dejó a su amigo y se puso de novia con su hermano. Casi termina en tragedia porque su amigo tomó pastillas en un patético intento de suicidio y su hermano intentó pegarle a su vez en un par de reuniones en las que se cruzaron. El resultado fue que Marcela terminó perdiendo a su amigo (cada vez resultaba más difícil verse sin que surgiera el tema de su cuñada) y su hermano se convirtió en la muestra más acabada de la estupidez masculina siguiéndole el jueguito de apelativos azucarados, de miradas apasionadas hasta para pasarse el salero, de no poder despegarse ni un segundo.

SERGIO OLGUÍN - "Filo" - (2003)


Imágenes: Magnhild Kennedy