Desapegos y otras ocupaciones.

miércoles, 3 de septiembre de 2025

VIVÍ CINCO AÑOS EN MIAMI

 


Parada en una esquina, dejo pasar varios taxis libres. Siento, cada vez, el tironcito del azar. ¿Dónde me iré a meter? Hay esos taxis con olor a humedad (en el mejor de los casos) y otros impolutos, con el plumerito de colores en la luneta, listo para combatir cada mota de polvo. Aunque eso no es garantía de nada. Están los taxistas felizmente callados (tal vez felizmente casados) y los habladores. Entre los habladores es donde se encuentran los mayores peligros. Una enorme variedad de taxistas que son, fueron o van a ser —cuando pase la actual crisis— otra cosa: cantantes de tango, futbolistas, gastronómicos o millonarios. Cualquier porteño lo sabe. También hay correspondencias misteriosas entre taxistas y pasajeros. Ante la intimidad —también pasajera— que propone el taxi, algunos se repliegan con horror (como yo), otros encuentran la oportunidad de quejarse, explayarse, dar cátedra o extraer una lección de moral. Confesores y penitentes de diversas religiones. A veces la conversación funciona como una especie de I Ching, el azar de los encuentros provoca una suerte de revelación, o de inminencia de revelación, como diría un grande de nuestras letras. Bueno, me decido y paro a un Renault (o tal vez un Chevrolet) que parece recién lavado y lustrado.



 Subo apurada, doblegando esa culpa económica que siento cada vez que tomo un taxi, cuando me rebelo contra los colectivos repletos, o contra la inconstancia de sus frecuencias, quince minutos de espera y justo cuando uno se sube a un taxi, ve llegar a través de la ventanilla un cortejo: tres colectivos uno tras otro que si uno hubiera esperado un instante más…

   Pero me voy por las ramas.

   Me instalo en el taxi, entonces y, como cada vez que se abre un blanco en mi tiempo en estos últimos días, aparece Tato y el vértigo de su propuesta de mudanza. Pienso en nuestro amor y el extraño animalito (¿o bicho?) en que se ha ido transformando. Animalito que uno sigue alimentando: le das agua, le das croquetas, lo tapás por las noches, pero ya no sabés muy bien de qué se trata aquello, qué son aquellos ojos saltones, esas orejas inesperadas, ese olor constante que ocupa el cuarto. ¿Y trasladar todo aquello al interior? ¿Enjaularlo? Para detener los símiles crueles que se me van ocurriendo, inspecciono la ficha del conductor. Es curiosa también esa forma de conocimiento. Uno solo ve la nuca del taxista. Esta no tiene ningún hilito de sangre que le manche la camisa, pero sí dos pliegues profundos y gordezuelos que dividen el cuello ancho de una primera franja de pelo hirsuto. (¡He comprendido hace poco el significado de hirsuto!). La cara se puede ver en la foto de la ficha y, cada tanto, en retazos de miradas a través del espejito retrovisor. Así vamos componiendo nuestro Frankestein. El mío se llama Gregorio Liberato.



   A Roseti y Dorrego, le digo. ¿Qué camino quiere que tome?, me pregunta con gentileza. Levanto los hombros. Eso de tirarle a uno la responsabilidad de sus decisiones es una avivada. Solo uno es el artífice, etcétera. Le tiro la pelota afuera. Le digo que me da igual, que elija él, para qué se llama Liberato si no, que se haga cargo. Yo tengo que seguir pensando en el animalito, en la posibilidad de abandonar a la mascota o de seguirla a donde vaya, moviendo la cola. Definiendo así, de una buena vez, quién es la mascota de quién. Claro que esto no se lo digo. All right, me contesta él en inglés. ¿Le molesta si pongo la radio bajita?, me pregunta a continuación. No, no, me apuro en contestarle. All right, vuelve a decirme. Dos veces en dos minutos, así que, sin poder evitarlo, le pregunto si habla inglés. Sé que acabo de pisar el palito, de abrir la caja de Pandora. Gira un poco la cabeza para mirarme encantado. Me sobresalto porque el auto pega un ligero barquinazo. Pero Gregorio contiene la euforia y vuelve a mostrarme la nuca gordezuela. ¡Que si hablo inglés!, resopla. Señora, viví cinco años en Miami. Le sigue un silencio fúnebre y después un sonido difícil de catalogar entre suspiro y gemido. Cinco años, repite, como si no se resignara a enterrarlos. 

   Es mucho tiempo cinco años, digo. Yo hace diez que estoy con Tato, dos veces cinco. Por mí, hubiera sido toda la vida, dice Gregorio. ¿Y yo, toda la vida con Tato? ¿En un campito perdido de la provincia? Pienso si hay manera de evitar lo que vendrá. Qué tráfico, lanzo al azar, mire lo que es Córdoba. Y eso que ahora está el puente, dice él. Se abre un breve intermedio de comentario vial. Pero dura un suspiro, los años de Miami están allí agazapados, pugnando por saltar sobre mí.

INÉS FERNÁNDEZ MORENO -  "No te hagas ilusiones" - (2023)


Imágenes: Cristóbal Toral

lunes, 1 de septiembre de 2025

MI MADRE CREE EN LA REDISTRIBUCIÓN DE LA RIQUEZA

 


 Mis padres discrepan. Se dedican a eso. No sólo discrepan. Discuten. Sobre cualquier cosa. Aún no estoy segura de entender que en algún momento dejaran de discutir el tiempo suficiente como para casarse, por no hablar de tenernos a mí y a mi hermana.

   Mi madre cree en la redistribución de la riqueza y considera que el problema del comunismo es que no es lo bastante radical. Mi padre tiene una fotografía enmarcada de la reina en su lado de la cama y vota al partido más conservador que haya. Mi madre quería llamarme Susan. Mi padre quería ponerme Henrietta, como su tía. Ninguno de los dos cedió ni un ápice. Soy la única Susietta de mi colegio y, probablemente, del mundo. Mi hermana se llama Alismima, por motivos parecidos.

   Nunca se ponen de acuerdo en nada, ni siquiera en la temperatura. Mi padre siempre tiene demasiado calor, y mi madre, demasiado frío. Cada vez que el otro sale de la habitación encienden y apagan los radiadores, y abren y cierran las ventanas. Mi hermana y yo nos pasamos todo el año acatarradas, y creemos que es muy probable que ése sea el motivo.



   Ni siquiera se ponían de acuerdo acerca del mes en que nos iríamos de vacaciones. Papá decía que definitivamente en agosto, y mamá opinaba que sin duda alguna en julio. Y eso significaba que tendríamos que acabar haciendo las vacaciones en junio, lo cual no le iría bien a nadie.

   Luego no se decidían con el destino. Papá estaba empeñado en hacer trekking con ponis en Islandia, mientras que mamá sólo estaba dispuesta a aceptar una caravana de camellos por el Sáhara, y ambos nos miraron como si fuéramos un poco tontas cuando sugerimos que nos gustaría mucho sentarnos en una playa del sur de Francia o en cualquier otra parte. Dejaron de discutir el tiempo suficiente para decirnos que eso no ocurriría, y que tampoco iríamos a Disneylandia, y a continuación volvieron a discutir entre ellos.

   Pusieron fin al debate sobre el destino de nuestras vacaciones de junio dando muchos portazos y gritándose muchas cosas como «¡pues muy bien!» desde el otro lado de la puerta.



   Cuando llegaron las inconvenientes vacaciones, mi hermana y yo sólo estábamos seguras de una cosa: no íbamos a ir a ninguna parte. Cogimos un montón de libros de la biblioteca, tantos como pudimos entre las dos, y nos preparamos para oír muchas peleas durante los diez días siguientes.

   Entonces llegaron los hombres en furgonetas y trajeron cosas a casa y empezaron a colocarlas.

   Mamá hizo instalar una sauna en el sótano. Esparcieron un montón de arena por el suelo. Colgaron una lámpara solar en el techo. Ella extendió una toalla en la arena bajo la lámpara solar y se tumbó encima. Tenía fotografías de dunas de arena y camellos pegadas a las paredes del sótano, pero acabaron despegándose por culpa del calor extremo.



   Papá hizo que los hombres instalaran el refrigerador en el garaje (el refrigerador más grande que encontró, era tan grande que podías meterte dentro). Ocupaba tanto espacio en el garaje que tuvo que empezar a aparcar el coche en el camino. Se levantaba por la mañana, se abrigaba con un jersey de lana islandesa, cogía un libro, un termo lleno de chocolate caliente y bocadillos de pepino y Marmite, se metía allí por la mañana con una enorme sonrisa en la cara y no salía hasta la hora de cenar.

   Me pregunto si habrá alguien más que tenga una familia tan rara como la mía. Mis padres nunca se ponen de acuerdo en nada.

   —¿Sabías que mamá se pone el abrigo y se cuela en el garaje por las tardes? —me dijo mi hermana de repente, mientras estábamos sentadas en el jardín leyendo nuestros libros de la biblioteca.

   Yo no lo sabía, pero esa mañana había visto a papá con el bañador y un albornoz bajando al sótano para estar con mamá, con una enorme sonrisa boba en la cara.

   No entiendo a los padres. Sinceramente, no creo que nadie los comprenda.

NEIL GAIMAN - "Material sensible" - (2015)

Imágenes: Bajju Shyam

sábado, 30 de agosto de 2025

PERO SIGUE SIENDO EL MISMO DÍA

 


Me he instalado junto a la ventana. En la pequeña pila de papeles pone que hay alguien en la casa, que oigo cuando él va de un lado a otro. He escrito que está esperando y que es a mí a quien espera. He escrito que el tiempo se ha roto. Empiezo a hacerme a la idea. He escrito que empiezo a hacerme a la idea y que en cierto modo las frases son sanadoras. A lo mejor.

  Pero sigue siendo el mismo día y, en breve, una vez que me traiga provisiones de la cocina, tras ir al aseo y lavarme los dientes, después de cerrar la puerta y sentarme de nuevo en la habitación, oiré que Thomas regresa con su compra. Oiré el ruido que hace al sacar los artículos de las bolsas y colocarlos en su sitio. Oiré que ha abierto el frigorífico cuando este choque contra la encimera de la cocina. Oiré a Thomas en el despacho del piso de arriba, en la cocina y en la entrada, también el roce de una mano o una manga contra la pared de la escalera y el leve golpe sobre las tablas del suelo de madera cuando deje los paquetes y las cartas en la entrada.



  Lo descubrí ya durante el desayuno. Poco antes de las siete y media me desperté en mi habitación del Hôtel du Lison junto a una toalla mojada y una quemadura que prácticamente había dejado de dolerme. Me di un baño rápido y bajé a desayunar. Pedí café, escogí algo de comer del bufé y me llevé un periódico a la mesa, pero nada más echar un vistazo a la primera página me percaté de que se trataba del mismo periódico que había leído el día anterior. Entonces fui a la recepción del hotel a preguntar por el periódico actual y me respondieron que era el que yo tenía en la mano, que estábamos a dieciocho de noviembre y que el día anterior fue diecisiete. Ni aun teniendo razón, rara vez me pongo a discutir ese tipo de cosas, de modo que elegí otro periódico del día anterior, volví a mi mesa y me terminé el café.

  Pero cuando a uno de los otros huéspedes del hotel se le cayó un trozo de pan al suelo, entonces sí me asusté. Y no porque ignore que esas situaciones se dan continuamente en todos los hoteles del mundo, sino porque fue precisamente a ese huésped a quien el día anterior se le había caído un trozo de pan en ese mismo lugar.



  Era una rebanada de pan blanco de igual tamaño que la que se le cayó el día anterior; la caída ocurrió a idéntica velocidad, casi como si el pan flotara, una lentitud que indicaba que se trataba de un trozo muy liviano. El huésped efectuó los mismos ademanes, idéntico titubeo cuando, tras agacharse a por el pan, pareció no saber qué debía hacer con él una vez recogido del suelo. Obviamente se hallaba escindido entre dos normas: una según la cual no se deben tirar alimentos a la basura, y otra que prescribe que la comida que se cae de fuentes, cestas y platos civilizados ha de considerarse desperdicio. Entonces advertí el mismo gesto discreto del día precedente cuando, tras haber inspeccionado el local con la mirada, decidió deshacerse del pan en un cubo de basura y tomar un cruasán en su lugar.

  En el momento en que vi aquel titubeo supe que me encontraba ante una repetición. Aún no imaginaba que el día siguiente volvería a ser dieciocho de noviembre, ni que después de ese vendría otro y luego otro y otro más, pero supe que algo iba mal.

SOLVEJ BALLE - "El volumen del tiempo I" - (2024)


Imágenes: Terézia Krnácová

jueves, 28 de agosto de 2025

TODAS SE REÍAN DE MÍ


Las mujeres de las que me he enamorado tenían algo en común: el sentido del humor. Todas se reían de mí. Pero hubo una excepción en la época en que me convertí en un detective: tenía una novia tan ninfómana que no encontraba tiempo ni para reírse. Hablaré de ella más adelante, pues su destino fue vital para el desarrollo de esta historia.

    Qué años locos. Esta es una frase que los viejos decimos muy a menudo pensando sobre la juventud, y yo he llegado a cumplir muchos años, lo cual no deja de ser un milagro o una constelación entera de milagros. Si Dios existe, está claro que no me quiere ver por sus dominios. Tiene sentido que así sea porque he matado a mucha gente.

    En aquel tiempo todavía no había matado a nadie. Mi vida se había metido en lo que me parecía un callejón sin salida. Yo era un negro, y después de la noche en que comienza todo este tinglado dejé de serlo. Mi piel era tan blanca como la de cualquier otro español que no sea un político de los que veranean en cápsulas de rayos ultravioleta. Si digo que era negro es porque escribía novelas y las firmaba otro.



    Quizás los más jóvenes no recordéis cómo triunfaban en esa época las novelas policíacas. Su lectura era un asunto tan masivo que el negocio editorial estaba en su apogeo. Cada mes salían de las imprentas bosques enteros convertidos en novelas. La mayor parte estaban impresas en un papel tan barato que frecuentemente lo más negro eran las líneas, emborronadas e ininteligibles porque se transparentaba el dorso de la hoja. Cualquier persona que desease tener amigos necesitaba estar al día del desarrollo de las tramas policíacas de estos librejos. No se hablaba de otra cosa. No se pensaba en otra cosa. Su influencia hacía que proliferase el crimen y también los detectives quijotescos. Si cada época tiene un héroe, en aquel mundo oscuro y peligroso había uno en España cuya popularidad superaba a la de los políticos, los actores, los físicos e incluso a la de los hombres más admirados y respetados de cualquier sociedad civilizada: los futbolistas.

    Este detective legendario era Marcos Lapiedra. Su figura estaba iluminada por el fuego de muchos muertos. Había amasado una grandiosa fortuna resolviendo calamidades. Corría en coches descapotables y los incendiaba si no encontraba aparcamiento, los bomberos le perseguían. Era un conversador admirable, pero no necesitaba hablar con una mujer para que ella cayera rendida. Aquella noche en que vi a Lapiedra por primera vez, me llamó la atención esta disposición permanente al cortejo y cómo las mujeres caían rendidas de amor sin que él tuviera que hacer nada. Parecía un asunto sobrenatural, pero era su carisma y su leyenda que trabajaban por él para ponerle cualquier falda al alcance de la mano.

JUAN SOTO IVARS - "Ajedrez para un detective novato" - (2013)


Imágenes: Delphine Lebourgeois

martes, 26 de agosto de 2025

RECURRES A UN PERRO PARA DESCUBRIR CÓMO SE ES FELIZ


 —En serio, Lily —dijo él, conduciendo en la noche—. ¿De verdad te has muerto?

   —Quizá me quedé atrapada en la puerta giratoria del bardo —dijo ella—. No estoy segura. Creo que todo esto puede ser una pendiente resbaladiza por la que puedes volver a subir si consigues suficiente tracción.

   El arenero del gato se movió en el asiento trasero.

   Ella se volvió para echar un vistazo.

   —¿Has estado viviendo en tu coche? —preguntó.

   Para alguien que había vivido cubierta de tierra, el comentario parecía desconsiderado e insensible.

   —No. ¿Qué te lo hace pensar?

   —Nadie lleva un arenero en el coche a menos que viva en el coche. Con su gato.

   —No tengo gato.

   —Ostras, Finn. Eso es incluso peor. Es como si… Bueno, ni siquiera me atrevo a pensarlo.



   Le dirigiría una sonrisa si se volvía para mirarlo, pero pudo ver, porque en todo momento la mantenía en el campo de visión periférico de su ojo derecho, que ella se limitaba a mirar al frente.

   Encendió la radio para que pudieran escuchar alguna noticia sobre glaciares derretidos y niveles del mar en aumento y nominaciones a premios para la mejor interpretación en una comedia o en un musical.

   —¿No te buscaste otro gato cuando murió Crater? —preguntó ella finalmente. Le habían puesto el nombre de un juez famoso. En honor. En honor de las reapariciones.

   —Lamentablemente, no —dijo él. Durante el resto de su vida podría empezar cada frase con un «lamentablemente» y no mentir nunca.

   —Supongo que un perro habría sido mejor opción…

   —Es probable. Recurres a un perro para descubrir cómo se es feliz. Recurrimos a ellos para averiguar cómo saben que el mundo está bien.

   —Recurres a los gatos para verlos ir y venir, ir y venir.



   Finn continuó internándose en la noche, siguiendo sus propios faros. ¿Qué otra cosa iba a hacer?

   —¿Crees que las estrellas pueden cambiar el curso de nuestras vidas? —preguntó él.

   —Por supuesto —dijo ella—. ¿Quién podría no creerlo?

   —A mí, las estrellas me parecen un lío. —Suspiró—. Cien billones de estrellas y aun así no son infinitas.

   —Supongo que tendrán que bastarnos. Tendrán que bastarnos como infinitud.

   —Supongo.

   —Brillan. Titilan. Comparten el espacio. Tienen buenos modales. ¿Crees que cada una de esa millonada de estrellas podría ser alguien que murió?

   —Cada una de esas estrellas es una estrella que murió. O podría estar muriéndose. ¿Mantienen conversaciones? ¿Son parte de un diseño general? Diría que no parecen saber nada las unas de las otras. Y como ignoramos si están vivas o muertas, porque sus vidas se remontan muchos años atrás a su apariencia de vida, cuando brillan sobre nuestras cabezas, aquí, en la Tierra, da lo mismo si estamos mirando un brillo muerto o un brillo vivo. La luz de las estrellas es performativa, y punto.

LORRIE MOORE - "Si este no es mi hogar, no tengo un hogar" - (2023)


Imágenes: Elke Vogelsang

sábado, 23 de agosto de 2025

QUIERO CASARME CON SU NIETA.

 


La vieja Tomasina, la partera se lo dijo, tas preñada, le dijo, y ella sintió un miedo oscuro y pegajoso: llevar una criatura adentro como un bicho enrollado, un hijo, que a lo mejor un día iba a tener los mismos ojos duros, la misma piel áspera del viejo. Estás segura, Tomasina, preguntó, pero no preguntó: asintió. Porque ya lo sabía; siempre supo que el viejo iba a salirse con la suya. Pero m’hija, había dicho la mujer, llevo anunciando más partos que potros tiene tu marido. La miraba. Va a estar contento Antenor, agregó. Y Paula dijo sí, claro. Y aunque ya no se acordaba, una tarde, hacía cuatro años, también había dicho:

—Sí, claro.

Esa tarde quería decir que aceptaba ser la mujer de don Antenor Domínguez, el dueño de La Cabriada: el amo.

—Mire que no es obligación. —La abuela de Paula tenía los ojos bajos y se veía de lejos que sí, que era obligación—. Ahora que usté sabe cómo ha sido siempre don Antenor con una, lo bien que se portó de que nos falta su padre. Eso no quita que haga su voluntad.



Sin querer, las palabras fueron ambiguas; pero nadie dudaba de que, en toda La Cabriada, su voluntad quería decir siempre lo mismo. Y ahora quería decir que Paula, la hija de un puestero de la estancia vieja —muerto, achicharrado en los corrales por salvar la novillada cuando el incendio aquel del 30— podía ser la mujer del hombre más rico del partido, porque, un rato antes, él había entrado al rancho y había dicho:

—Quiero casarme con su nieta —Paula estaba afuera, dándoles de comer a las gallinas; el viejo había pasado sin mirarla—. Se me ha dado por tener un hijo, sabés. —Señaló afuera, el campo, y su ademán pasó por encima de Paula que estaba en el patio, como si el ademán la incluyera, de hecho, en las palabras que iba a pronunciar después—.

Mucho para que se lo quede el gobierno, y muy mío. ¿Cuántos años tiene la muchacha?



—Diecisiete, o dieciséis —la abuela no sabía muy bien; tampoco sabía muy bien cómo hacer para disimular el asombro, la alegría, las ganas de regalar, de vender a la nieta. Se secó las manos en el delantal.

Él dijo:

—Qué me miras. ¿Te parece chica? En los bailes se arquea para adelante, bien pegada a los peones. No es chica. Y en la casa grande va a estar mejor que acá. Qué me contestas.

—Y yo no sé, don Antenor. Por mí no hay… —y no alcanzó a decir que no había inconveniente porque no le salió la palabra. Y entonces todo estaba decidido. Cinco minutos después él salió del rancho, pasó junto a Paula y dijo «vaya, que la vieja quiere hablarla». Ella entró y dijo:

—Sí, claro.

Y unos meses después el cura los casó. Hubo malicia en los ojos esa noche, en el patio de la estancia vieja. Vino y asado y malicia. Paula no quería escuchar las palabras que anticipaban el miedo y el dolor.

—Un alambre parece el viejo.

Duro, retorcido como un alambre, bailando esa noche, demostrando que de viejo sólo tenía la edad, zapateando un malambo hasta que el peón dijo está bueno, patrón, y él se rió, sudado, brillándole la  piel curtida. Oliendo a padrillo.

ABELARDO CASTILLO - "Cuentos crueles" - (1966)


Imágenes: José Manuel Castro López

jueves, 21 de agosto de 2025

LAS TRES VÍCTIMAS TENÍAN LA MENSTRUACIÓN

 


Un indicio y un montón de aspectos en contra, la razón principal para descartar a Johnny Clyde fue cuestión de carácter. Johnny Clyde simplemente le había parecido demasiado pueril como para tener el buen criterio de parar, de tomar distancia de sus crímenes, de no

regresar una vez más a aquel territorio de caza que le había sido tan propicio, pero sobre todo de evolucionar, de llevar sus actos a otro nivel. John Biblia había evolucionado desde su primer crimen. A su

primera víctima la había abandonado en la calle, frente a un garaje; para la segunda había elegido un parque oscuro y silencioso en la noche donde no pudiera ser hallada hasta la mañana siguiente; a la tercera la

había abandonado en una «propiedad condenada».

Tardaron veinticuatro horas en encontrar el cadáver. A la primera la había estrangulado con sus propias medias, con la segunda y la tercera se había garantizado el arma llevando un trozo de cuerda común de tender. Aprendía rápido y sobre la marcha.



Tres mujeres captadas en la misma discoteca, que fueron vistas con un hombre que casi nadie recordaba demasiado bien, ni siquiera la hermana de la última víctima, Helen Puttock, que pasó parte de la noche con ellos y los acompañó un tramo en taxi; aunque a partir de su descripción se realizó el primer retrato robot. El resto de los testigos estaba de acuerdo en que había dicho que se llamaba John. El apodo Biblia fue, como suele serlo casi siempre, un invento de la prensa

basado en que uno de los testigos recordaba vagamente haberle oído citar las Escrituras (aunque no estaba muy seguro). Pero la posibilidad de que lo hubiera hecho, unida a la descripción de un hombre educado, correcto y tan relamido como para citar los salmos, dio con el nombre «John Biblia», y esa fue la otra razón de peso para descartar a Johnny Clyde. No encajaba con un asesino como John Biblia la temeridad de presentarse con su verdadero nombre.

Los periódicos de la época los habían catalogado de «crímenes salvajes». Las tres víctimas tenían la menstruación. En un análisis de lo más simplista, este aspecto llevó a los investigadores a pensar que de

algún modo eso irritaba al asesino; que era el mismo hecho de que tuvieran la regla lo que motivaba que acabaran muertas, quizá porque se negaban a tener sexo por esa razón, y eso lo enfurecía.



Scott Sherrington había revisado casi todo el material relativo a John Biblia. Cientos de policías habían terminado trabajando en aquel caso, pero era un hecho que a finales de los sesenta la recogida y

custodia de pruebas no era el fuerte de la policía escocesa, ni de la de ningún lugar. Los restos biológicos no se habían conservado debidamente en un tiempo en el que realizar un análisis de ADN era menos probable que viajar a la Luna. Los pocos objetos recuperados habían permanecido años abandonados y mohosos en el sótano de «La Marina» hasta que, al cierre de aquella comisaría, fueran trasladados a las oficinas del DIC de Edimburgo a seguir criando moho. Por suerte había fotos. No eran magníficas, pero Scott Sherrington las había estudiado al milímetro y lo que había visto en ellas trascendía bastante más allá de los crímenes violentos, salvajes e irracionales que aparentaban ser a primera vista.

Entre el anárquico caos que reinaba en las escenas de los crímenes, con los objetos de los bolsos desperdigados a veces más cerca, a veces más lejos de los cuerpos, sin ningún sentido, Scott Sherrington había hallado el ritmo, la cadencia. Todo aquel desbarajuste escondía una intención, una búsqueda, la de un objeto: una toalla sanitaria, una compresa o un tampón. A pesar del desorden reinante habían aparecido cuidadosamente colocados bajo la espalda o en las axilas de las víctimas, de un modo tan estudiado que para un ojo no entrenado era simplemente aleatorio. Nadie se percató hasta la tercera víctima.



 A Scott Sherrington no le gustaban las leyendas del crimen, jamás iba a alimentarlas, pero había algo que le fascinaba en John Biblia y tenía que ver con haber descubierto que tenía un propósito. Que las tres

estuvieran menstruando en el momento en que fueron asesinadas no podía ser una casualidad. Noah era consciente de que, en los ochenta, igual que en los sesenta, la menstruación era, para la mayoría de los

hombres de la época, un impedimento transitorio para tener relaciones sexuales esos días en que las esposas estaban doloridas e irritables y, en algunos pocos casos, la garantía de soslayar un embarazo.

Había una cosa en la que el detective Gibson tenía razón: Noah Scott Sherrington creía que John Biblia seguía vivo y que seguía matando, pero también estaba seguro de que en aquellos catorce años había evolucionado lo suficiente como para ser consciente de los avances de la ciencia forense. Cualquier delincuente sabía que un cadáver era un testigo y que, con los medios con los que se contaba en 1983, las huellas, los restos y los indicios que dejó desperdigados alrededor de las tres mujeres que asesinó en 1968 y 1969 habrían llevado muy probablemente a detenerlo.

DOLORES REDONDO - "Esperando a la tormenta" - (2022)


Imágenes: Elisa Anfuso