Desapegos y otras ocupaciones.

domingo, 1 de diciembre de 2024

ODIO EL BAILE DESDE QUE TENGO MEMORIA

     


Odio el baile desde que tengo memoria. No de un modo envidioso y frustrado, sino con beligerancia. El baile es pasatiempo de descerebrados e irreflexivos, de arrogantes e indignos: nada arruina tanto la imagen que tenemos de alguien como verlo sacudirse en una pista, girar o contraerse o incluso dar de brincos como un escolar.

     He procurado siempre escuchar música violenta, incapaz de provocar las fraternidades asnales de la danza. Mi peor desprecio para el hombre que se crea aquello de que a la mujer se la conquista bailando. Condescender al baile es el mejor modo de pertenecerle, convertirse en mascota.

     —Ven. Baila esto.



     Es fácil darse cuenta de que Carla ha consumido algún estupefaciente y bebido un mar de alcohol. Fuma y se bambolea. Pero el frío que me corroe desde hace unos días, desde mi ascenso y aumento para ser precisos, me impide levantarme y convertir su invitación en manoseo o cópula.

     Famélica como una hiena, drogada como un criminal, Carla se menea junto a mis manos, entrecierra unos ojos saltones, infectados de algo más que cansancio.

     Alguna vez, hace años, fui débil y bailé. Empeñado en la patética seducción de una mujer casualmente conocida en una fiesta, acepté levantarme de mi silla y mecerme a su ritmo. Demostré cierta habilidad mínima para hacerlo; al menos ninguna risotada ajena me fue dedicada. Pero la humillación me marcó: aquella mujer merecía que le robara el bolso y la ropa íntima, tal y como hice por la madrugada, en el hotel donde la dejé dormida y cuya cuenta me cobré con el dinero de su cartera.



     Carla no debería correr mejor suerte. La dejo allí, no estática sino mutable y monótona, como una nube de humo entre la pedorrera del radio.

     —Traeré a mi jefe. No lo olvides —le indico.

     —Sí, tráelo. Puedes darme dinero desde ahora, si quieres que sea sorpresa.

     —Harías eso por mí —no pregunto: afirmo.

     —Haré lo que pagues. Y nada menos.

     Se afana en acercarse. Me besa la cara y trata de acariciarme el pecho. Le entrego unos billetes y le prometo más, le prometo drogas o un arma, lo que prefiera. Ella asiente y baila. Sólo baila.

     Estoy por quedarme dormido, en el taxi que me lleva a casa, cuando Verónica llama.

     No saluda. Tampoco pregunta dónde estoy metido hace días, por qué no la busco, por qué no la veo.

     Me explica en voz muy baja que su marido ha estado entrevistándose con detectives o algo así.

     No le presto demasiada atención. Estoy ocupado.

     Respirando. Respirando. Respirando.

ANTONIO ORTUÑO - "Recursos humanos" - (2007)


Imágenes: Jean-Yves Lemoigne

viernes, 29 de noviembre de 2024

TODO ME ABURRE


Recibí un mensaje de Saya por Line en el que me anunciaba que tenía novio. Le pregunté cómo era, pero ella se limitó a responderme: «Es médico».

   Yo le había preguntado por él como persona, pero ella había eludido referirse a su forma de ser o a su aspecto físico para mencionar directamente su profesión, aunque médicos debe de haber de muchos tipos.

   No obstante, seguramente Saya me lo había dicho para que yo entendiera qué clase de persona era, como si la profesión describiera el carácter de uno. A decir verdad, al comentarme que era médico, en cierta medida me imaginé cómo sería según la imagen estereotipada y subjetiva que yo misma me había creado de su profesión.

   Me pregunté qué personalidad debía de proyectar mi trabajo a ojos de los demás. ¿Qué debía de decir de mí a las personas que no me conocen?

   En el fondo de pantalla azul celeste de mi teléfono, la conversación sobre ese nuevo novio que había conocido en una cita múltiple de solteros fue avanzando poco a poco.

   Saya era del mismo pueblo que yo. Éramos amigas desde el instituto y, aunque al terminar yo me fuera a Tokio a estudiar un grado de formación profesional y después me quedara a trabajar allí, ella todavía seguía contactando conmigo de vez en cuando.

   «¿Cómo va todo últimamente, Tomoka?»

   Tras leer ese mensaje, mis dedos se detuvieron unos instantes. No tenía novedades. Empecé a escribir «Todo» y el sistema de redacción automática me sugirió un «Todo bien», así que eso fue lo que le mandé, pero en realidad lo que quería responderle era un «Todo me aburre».

MICHIKO AOYAMA - "La biblioteca de los nuevos comienzos" - (2020)


Imágenes: Miyabi Matsuyama

miércoles, 27 de noviembre de 2024

LOS MOMENTOS DE ESTREMECIMIENTO QUE A VECES TOCA VIVIR


Más o menos entonces vos te asomaste a la terraza y dijiste que ya tendríamos que estar vestidos y listos para salir. Yo sentí tu perfume. Un rato antes, ya te dije, te había visto pasar del baño al dormitorio, casi vestida, y dejame decir esto: toda mujer maquillada para salir pero en ropa interior, con los zapatos ya elegidos y puestos pero aún deliberando frente al ropero acerca del resto de su vestuario, es no sólo ella sino otra también. Y hasta otras: un montón de variantes, eligiendo cada una lo que se va a poner. Me gustó pensar en ese momento que, después, en las fiestas en que estuviésemos, todas ellas estarían ahí también, secretamente, dentro de tu cuerpo. Vos sabés cuánto me gustaba hacer películas en mi cabeza. Era para entrenarme, para el día en que hiciera películas por fin. Porque algún día, ¿te acordás?, yo iba a hacer películas.

   Entonces volví a oír en mi cabeza aquella canción que era nuestra: El futuro llegó hace rato. Y pensé: un carajo llegó. Ya era de noche. Un vientito movía el aire caliente, invisible, en la penumbra que me rodeaba, pero tu perfume no se terminaba de ir. En este mundo vivo, pensé entonces. Que se lleven todo lo demás, pero esto no es negociable.



   Estaba decidido: iba a aprender italiano. Y al año siguiente, cuando volviera a ese departamento para despedir el año, hiciera o no películas, sería por fin un miembro cabal de esa cofradía: el más flamante de esos veteranos, hasta que se sumara uno más joven que yo. Sería el mismo, pero levemente distinto. Porque te llevaría a vos, y porque por fin me habría convertido en uno de esos hombres de bien que saben resistir sin delatarse los momentos de estremecimiento que a veces toca vivir. Y, de la mano de mis venerables amigos, estaríamos a salvo, vos y yo, de ese mundo que, vertiginoso y parodiándose un poco a sí mismo, cambia de dígitos y costumbres, como si fuesen diferentes números coreográficos en uno de esos musicales pretenciosos que a vos tanto te gustaban y a mí tanto me gustaba detestar.

JUAN FORN - "Puras mentiras" - (2001)


Imágenes: Portia Munson

domingo, 24 de noviembre de 2024

A LOS HUMANOS NOS INQUIETA CÓMO SE MUEVEN LOS PÁJAROS


Hace poco que se conocen —semanas, unos meses— pero han alquilado un coche y dicen que se van a la costa. Parece fácil. Autopista, la pausa en las garitas de peaje naranjísimas —el tiempo justo para meter la lengua entre los labios del otro y arrancar de nuevo—, carreteras, la llanura de un verde despampanante, el azul escaso y lastimoso que se vislumbrará entre los grises del muestrario de nubes. Es invierno y la luz es más blanca.

   Al final del trayecto, una casa o una masía, quizá un desván reformado, las paredes serán de piedra, eso seguro, y en su interior, una chimenea negruzca los esperará con ganas de quemar las naves. Ella, que es química, sabe que una acumulación excesiva de hollín puede provocar un incendio.

   Pero todavía están en un túnel, el más largo del cinturón de la circunvalación. Hay tráfico. Es el último día del año y todo el mundo, liberado durante tres o cuatro días del yugo del trabajo, se apresura a huir de la ciudad, de la misma manera que los perros se desfogan correteando por el prado los diez minutos que su amo los deja sueltos.

   La procesión de vehículos se detiene en seco. Al fondo palpita una sirena azul que mancha las paredes sucias del túnel. Un accidente, una avería, un pelotón de policías trastornados que bloquean las salidas de la ciudad. Bocinas e impaciencias.



   Y un petirrojo se posa en el capó. Los mira con ojillos como balines a través del parabrisas, haciendo micromovimientos con la cabeza, torciéndola ligeramente, como nosotros delante de un cuadro que no sabemos descifrar. No debe de pesar ni veinte gramos. Medio croissant. O menos. Un halcón se lo zamparía de un bocado. Quizá se ha metido en el túnel huyendo de un halcón. O quizá sea un petirrojo intrépido que se ha hartado del tedio de la vida silvestre. Da unos saltitos hacia el cristal para verlos mejor. Quizá, además, sea miope.

   Los dos especímenes de ciudad lo contemplan maravillados. A los humanos nos inquieta cómo se mueven los pájaros, a sobresaltos, sin fluidez, como si les faltaran fotogramas. O como si les sobraran. Pero ellos dos, intoxicados con el suflé del amor, interpretan la visita animal como un buen augurio para el año que estrenarán mañana y para su historia recién comenzada. Ella le pone la mano en la rodilla:

   —¿Abrimos la ventanilla, a ver si entra?

   —¿Cómo quieres que…?, —pero pulsa el botón.

   Bzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz.

   El petirrojo alza el vuelo.

   —¡Oh!, —exclaman al unísono.

   Lo siguen con la mirada, va derecho hacia la pared; justo antes de estrellarse, vira y se dirige hacia la de enfrente. Pádel aviar. Los extractores tubulares del techo rugen, las paletas giran y giran. Turbinas que aspiran el aire viciado del túnel; el aire y todo lo que se les ponga por delante. Ay, si el petirrojo… Chac-chac-chac, albóndigas de pájaro miope. Y si no son las turbinas, se lo cargará el dióxido de nitrógeno.

   —Pobrecillo, no sabe cómo salir de aquí —dice él.

   —Si ha sabido entrar, sabrá salir.

   —Mmm… No sé, de pequeño me perdí en el Museo de la Ciencia y no habría encontrado la salida aunque me hubiera ido la vida en ello.

   —Ajá —dice ella mientras continúa acariciándole la rodilla en círculos, una bola adivina hecha de carne en vez de cristal; la cola no avanza—. ¿Y cómo es que te perdiste?



   —Fuimos a una exposición. Dinosaurios. Yo alucinaba, claro: fémures de dos metros, mandíbulas de Rex, y mis padres bastante tenían ya con controlar a las gemelas.

   —¿Son más pequeñas que tú?

   —Sí, y eran tremendas. Cuando me di cuenta de que no veía a mis padres, me quedé clavado donde estaba. Mi madre siempre me decía: «Si un día te pierdes, no te muevas del sitio». Como si supiera que me perdería. Pensé que tal vez era una de las pruebas. De pequeño creía que el mundo era una pantomima que habían montado solo para mí, para ponerme a prueba, ¿sabes?, que un ser superior me observaba y que si lo hacía todo bien me dejarían pasar de pantalla.

   —Delirios narcisistas desde la infancia. Interesante —dice con tono de diagnóstico, fingiendo que toma nota en la palma de la mano con un bolígrafo invisible. Le planta un beso sonoro, muac—. Tengo que decirte una cosa —añade, muy seria.

   Él se pone tenso:

   —¿Qué? Dime.

   —Yo también soy una prueba. Me ha enviado Dios para ver qué pasa si me haces el amor a todas horas.

   —Qué boba. —Y se ríen—. El caso es que no me moví ni un milímetro. Estaba delante de un panel con textos y aves dibujadas, y una de las frases se me quedó grabada, debí de leerla cien veces mientras esperaba a que me encontraran: «Actualmente, hay unas 10 000 especies vivientes de dinosaurios, conocidas como pájaros». Al otro lado de la pared de cristal pasaban volando las palomas, y a la izquierda tenía los dientes de una mandíbula terrorífica, y me vinieron a la mente las gaviotas que veíamos en verano, con esa mancha roja que tienen en el pico, como de sangre, gaviotas carnívoras. Gaviosauros. Me cagué de miedo y justo cuando mi madre me…

   —¡Mira, por fin, ya tiramos!, —exclama ella mientras pone primera y arranca—. ¿Y el petirrojo?

   Los dos lo buscan.



   —Tú concéntrate en el carril, no vayamos a estamparnos contra el de delante.

   Al cabo de unos metros:

   —¡Ahí!

   El petirrojo continúa revoloteando de un lado a otro.

   Adelantan a una ambulancia fosforescente mientras el personal sanitario cierra el portón trasero. A su lado, el camión de bomberos y un Clio carbonizado.

   —¿Crees que hoy nevará?

   —Bah, seguro que no, siempre que lo dicen acaba siendo un chasco. Pero estaría bien, ¿eh? Que nevase y nosotros achicharrándonos delante de la chimenea.

   —Pon la radio, a ver qué dicen.

   Y sin darse cuenta, esperando la previsión meteorológica, entre noticias políticas y otras aberraciones, ya han llegado a la autopista. Se deslizan por la aorta del país; coches circulando como glóbulos rojos, nudos viarios que ni invocando a la Trinidad son capaces de evitar las embolias diarias, la válvula mitral de los peajes. El sistema cardiovascular de una civilización anémica.

   Sobre sus cabezas, una bandada de pequeños dinosaurios huye hacia climas más templados. No vaya a ser que los sorprenda la nevada. ¿A qué temperatura se congela un animal?, se pregunta él. Una bolsa de aire ártico empujada por vientos huracanados podría irrumpir de repente y hacer bajar en picado las temperaturas, provocar un descenso de diez o quince grados en cuestión de minutos. Un montón de dinosaurios congelados caerían del cielo. Como pollos asados, pero al revés. Señales apocalípticas.

CARLOTA GURT - "Biografía del fuego" - (2023)


Imágenes: Barbara Schelling

jueves, 21 de noviembre de 2024

YA SABÍAMOS QUE LA IBAN A DERRIBAR


La mañana en que pusimos un pie por primera vez en aquella casa ya sabíamos que la iban a derribar. Era solo cuestión de unos pocos meses, un año, a lo sumo: el tiempo que tardara el propietario en gestionar los permisos y reunir el dinero necesario para construir varios apartamentos en el terreno en el que se levantaba aquella vivienda, abandonada tantos años atrás. Que aquel lugar terminara siendo una parte importante de mi vida, casi una extensión de mi cuerpo, es algo cuya responsabilidad solo puedo atribuirme a mí mismo. Porque fui yo, sin que nadie me obligara, el que le entregué a la casa una parte sustancial de lo que soy: mis manos.



   Allí trabajé de principio a fin, en los días cálidos de verano y en los húmedos del otoño. La mayor parte de las veces, sin saber bien cómo hacer lo que me proponía. Junto con Juanlu derribé el tabique de la cocina, tapé innumerables grietas y cerré el paso al agua que se filtraba desde la azotea. Y cuando las goteras mancharon de nuevo los techos, volvimos a repararlas. Juntos despejamos de hierbas el corral pequeño y en su lugar creció un montón de chatarra. En ese corral improvisaríamos más tarde una especie de tenderete para que Beleña, la única burra que había en la casa por entonces, se protegiera de la lluvia. Y después, en el mismo lugar en el que estuvo el tenderete, yo construí una escalera con los restos de un andamio para que las niñas pudieran subir al gallinero, que también nosotros levantaríamos. Y recondujimos la parra del patio delantero, que llevaba tantos años desatendida que había arrancado de la pared los alambres con los que la habían guiado los primeros moradores. Un tiempo después aprovecharíamos una vieja pérgola de hierro para extender la sombra de la parra, como una visera, sobre la puerta de acceso a la vivienda. Y todavía más tarde, a punto ya de marcharnos para siempre, reemplazaríamos esa estructura por un emparrado nuevo.


   Visto ahora que el tiempo ha pasado, quizá fue esa primera mejora del emparrado la que marcó el punto de inflexión a partir del cual la casa empezó a importarnos. Porque ni aquella mañana en que llegamos, ni tampoco en los meses siguientes, la casa nos importó demasiado. Era tal su deterioro que parecía imposible que llegáramos a sentirnos cómodos allí. Saber, además, que pronto sería derribada no ayudaba a que nos comprometiéramos con ella. ¿Qué pasó, entonces? ¿Qué nos llevó a trabajar tanto por algo que sabíamos que terminaría más pronto que tarde? ¿Por qué no reservamos la esperanza y las fuerzas para objetivos más plausibles? De todas las preguntas que la casa me ha formulado en este tiempo esta última es, sin duda, la pregunta crucial.

JESÚS CARRASCO - "Elogio de las manos" - (2024)


Imágenes: Heather Benning

martes, 19 de noviembre de 2024

LOS JÓVENES NO TEMEN A LA MUERTE


Fui joven en una época en que el futuro parecía también joven y nuevo, no una mera prolongación de años tristes que se arrastraban y olían a polvo y encierro. Mis contemporáneos y yo estábamos convencidos de que nuestras vidas serían mejores, más prósperas, más libres que las de nuestros padres, de quienes renegábamos, de los que nos avergonzábamos, como si fuera su culpa haber crecido y vivido bajo la dictadura.

   Los jóvenes no temen a la muerte, o no les preocupa, la saben lejana, es algo que llegará, sin duda, pero no les acaecerá a ellos, sino a los seres incoloros y dóciles en que se habrán transformado por el paso del tiempo, tan similares a esos padres que les repugnan; los jóvenes, si tienen miedo a algo, es a dejar de serlo, a convertirse en adultos con ataduras, rutinas, responsabilidades, de ahí proviene la urgencia y el ahínco y la pasión que ponen en ser jóvenes, en dedicarse a eso, a disfrutar y alargar cuanto puedan las prerrogativas de una edad llena de posibilidades y nuevas experiencias y casi, casi, sin obligaciones. O al menos así viví yo mi juventud, así la vivió mi generación.



 Queríamos divertirnos, queríamos ser modernos (por contraposición a nuestros padres, esos hijos de Franco, a quienes llamábamos «viejos»), queríamos probarlo todo, ¡queríamos ser europeos!, y no, no teníamos ningún miedo a la muerte, nos daba la impresión de que nuestra juventud nos hacía invulnerables, pero la vida nos sorprendió alternando los funerales de nuestros amigos con los de nuestros abuelos.

   Cuál sea el sentido de la vida, si es que lo tiene, y si hay que buscarlo en la trascendencia o en un ser superior, es asunto que vienen dilucidando desde hace milenios filósofos y teólogos y hasta los poetas; el común de los mortales está demasiado ocupado en los afanes del quehacer diario: trabajar, comer, dormir, criar a los hijos, pagar las deudas, y no tiene tiempo ni ganas de reflexionar sobre ello. El sentido de la vida, dirán, es sobrevivir. ¿Para qué?, preguntan los filósofos y los teólogos y los poetas. Pero la pregunta queda sin respuesta.

   Un adolescente —o una adolescente, hablo por mí, de cuando lo era— no alberga duda: el sentido de la vida es el amor, el Amor con mayúsculas, y está bien que sea así; si esa adolescente intuyera o adivinara que al hacerse adulta lo que le impedirá dormir por las noches no serán zozobras del corazón, sino apuros de dinero o inquietudes del trabajo, quizá perdiera el deseo o el interés en seguir viviendo.

CLARA USÓN - "El asesino tímido" - (2018)


Imágenes: Clementine Keith-Roach

domingo, 17 de noviembre de 2024

LOS PAPALAGI


Los Papalagi viven como los crustáceos, en sus casas de hormigón. Viven entre las piedras, del mismo modo que un ciempiés; viven dentro de las grietas de la lava. Hay piedras sobre él, alrededor de él y bajo él. Su cabaña parece una canasta de piedra. Una canasta con agujeros y dividida en cubículos.

   Sólo por un punto puedes entrar y abandonar estas moradas. Los Papalagi llaman a este punto la entrada cuando se usa para entrar en la cabaña y la salida cuando se deja, aunque es el mismo y único punto. Atada a este punto hay un ala de madera enorme que uno debe empujar fuertemente hacia un lado para poder entrar. Pero esto es sólo el principio; muchas alas de madera tienen que ser empujadas antes de encontrar la que verdaderamente da al interior de la choza.

   En la mayoría de estas cabañas vive más gente que en un poblado entero de Samoa. Por consiguiente, cuando devuelves a alguien la visita, debes saber el nombre exacto de la familia que quieres ver, ya que cada familia tiene su parte propia en la canasta de piedra para vivir: la superior o la inferior, la central o la de la derecha, la izquierda o la de enfrente. A menudo, un aiga no sabe nada de la otra familia, aunque sólo estén separadas por una pared de piedra y no por Manono, Apolina o Savaii [1].


   Generalmente, apenas conocen los nombres de los otros y cuando se encuentran en el agujero por el que pasan furtivamente, se saludan con un corto movimiento de la cabeza o gruñen como insectos hostiles, como si estuvieran enfadados por vivir tan cerca.

   Cuando un familia vive en la parte más alta de todo, justo debajo del tejado de la choza, el que quiera visitarlos debe escalar muchas ramas que conducen arriba, en círculo o en zig-zag, hasta que se llega a un sitio donde el nombre de la familia está escrito en la pared. Entonces, ve delante de sus ojos una elegante imitación de una glándula pectoral femenina, que cuando la aprieta emite un grito que llama a la familia. La familia mira por un pequeño atisbadero para ver si es un enemigo el que ha tocado la glándula; en ese caso, no abrirá. Pero si ve a un amigo, desata el ala de madera y abre de un tirón. Así el invitado puede entrar en la verdadera cabaña a través de la abertura.


   Incluso esta cabaña está dividida por paredes de piedra en pequeños cubículos. Para pasar de una parte a otra, entras en cubículos cada vez más pequeños. Cada cubículo, llamado habitación por los Papalagi, tiene un agujero en la pared, y los mayores a veces tienen dos o tres para dejar pasar la luz. Estos agujeros están tapados con una pieza de vidrio que puede ser movida cuando ha de entrar aire fresco en la habitación, lo cual es muy necesario. Hay también muchos cubículos sin agujeros para la luz y el aire.

   La gente como nosotros se sofocaría rápidamente en canastas como éstas, porque no hay nunca una brisa fresca como en una choza samoana. Los humos de las chozas-cocina tampoco pueden salir. La mayor parte del tiempo el aire que viene de afuera no es mucho mejor. Es difícil entender que la gente sobreviva en estas circunstancias, que no se conviertan por deseo en pájaros, les crezcan las alas y vuelen para buscar el sol y el aire fresco. Pero los Papalagi son muy aficionados a sus canastas de piedra y ni siquiera sienten lo malas que son.

[1] Tres islas pertenecientes al grupo de Samoa.


ERICH SCHEUERMANN/TUIAVII DE TIAVEA - "Los Papalagi" - (1929)


Imágenes: Joost Swarte