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viernes, 27 de marzo de 2026

Y DE MAL NOMBRE OJODEJIBIA

 



Los nunca sosegados escarceos de Pedro Lambert por aquellos —y otros inciertos— andurriales, fueron acrecentando con veloz codicia el volumen de sus finanzas y el archivo de sus vanaglorias, a la vez que lo hacían ingresar poco a poco en una especie de incontrolada apetencia de ilustración. Aquellas primeras cartillas malamente tramitadas por la partera con dobleces de acercamiento a la madre, terminaron por aflorar entonces como una rudimentaria fórmula de penetración en el arcano de libros de historias espurias y artes inconexas. En principio, y para fomentar tales enseñanzas, se puso Pedro Lambert en las sospechosas manos de un presunto ex mampostero de diezmos del señorío, versado en letras y números de muy varia naturaleza y que, al parecer, acababa de cumplir condena en un penal portuario, no sabiéndose con seguridad si por cohecho o por estupro.



   El tal ex mampostero —que se jactaba de descender de almohades—, de nombre don Juan Crisóstomo Centurión y de mal nombre Ojodejibia, solía malvivir por tierras diversas en funciones de apañador de apaños difíciles y comisionista de nada, si bien las malquerencias lo habían ido arrinconando en una penuria no muy alejada de la mendicidad. Bruno y carniseco, ni viejo ni joven, con una cara portentosamente similar a la del molusco de su apodo, ostentaba también en una oreja el atávico bulto que reproduce el del simio y tenía una boca como desangrada y de dientes imprevisiblemente parejos y níveos. Rehuido en público y buscado a escondidas por el movedizo padrón comarcano, don Juan Crisóstomo gozaba fama de vidente y curandero.



  Al margen de sus locuacidades de rufián, padecía de saberes extraños e inaccesibles para la entera población de la marisma y zonas periféricas, siendo especialmente ducho en nigromancias y horóscopos, antídotos y conjuros, alumbramientos de aguas y composturas de virgos, amén de poseer la poco frecuente facultad de escuchar los ruidos antes de que se produjeran. De ahí que cuando llegó a oídos de Pedro Lambert que tan prolijo repertorio de ciencias concurrían en una sola persona, le mandara aviso a don Juan Crisóstomo para que se presentase en el casal, con el fin de ponerlo al corriente de sus todavía inciertas pretensiones y de ajustar sus servicios a ser posible. Y así se cerró sobre la marcha y sin mayores cortapisas un trato que convertía a Ojodejibia en dómine exclusivo del joven monopolizador de fortunas por nadie explicadas.

JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD - "Ágata ojo de gato" - (1974)


Imágenes: Lilian Randall

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