Las hojas mojadas de los árboles que adornaban la pequeña estación, ahora ocultos en la oscuridad de la noche, se habían agrupado en pequeños remolinos que iban a chocar contra las puertas cerradas de los vagones. El revisor se acercó a cada una de las ventanas para iluminarlas con una linterna que emitía una luz turbia, y dijo en voz alta, con ese lenguaje propio de los jefes de estación, el nombre del lugar al que habían llegado. Solo había un billete que recoger.
A aquel hombre siempre le había parecido que los pasajeros que venían de otras partes del país, de lugares lejanos, resultaban interesantes por sus distintas peculiaridades. Cuando fue a recoger el billete, puso la linterna al lado del rostro de la pasajera y lo iluminó de lleno. Ella también le miró mientras hablaba con el vigilante, atenta al sonido de su voz. Años atrás, había conocido a todos y cada uno de los que trabajaban en aquella estación. En la actualidad, el revisor también conocía a todos y cada uno de los que vivían en la zona. Y esta viajera le resultaba completamente desconocida.
Si su carta hubiera llegado a su destino, alguien habría venido a esperarla en un coche. Recorrió la estación y lo único que vio fue a un perro sin dueño, acurrucado, mojado y temblando en un rincón. Dejándose llevar sobre todo por el sonido, se giró para mirar la calle desierta del pueblo. Entre las casuarinas, que bordeaban el río que ella conocía tan bien, el viento producía una música fantasmal, desatendida por unas gentes que en ese momento dormían. No había más sonidos que pudieran llamar su atención, y se giró de nuevo hacia el perro con una sensación de afinidad. No obstante, quizá el revisor tuviera un mensaje para ella. Regresó al andén y vio que el hombre estaba cerrando la puerta de la oficina. Al verla, dejó de hacerlo, como si esperara que la mujer fuera a decirle algo.
—¡Una noche húmeda! —exclamó él por fin, rompiendo el silencio.
Lo que hizo que la pasajera cambiara de opinión y que, en vez de consultarle lo que tenía previsto, le preguntara qué hora era, algo que ya sabía. Se alejó y se echó cuidadosamente la capa por encima.
El viento hacía del paraguas un objeto inútil, incapaz de protegerla. El viento, la lluvia y la oscuridad serían sus acompañantes a lo largo de los cinco kilómetros de matorral que la separaban de la casa de su madre. Aquel había sido el hogar de su niñez, y se sabía de memoria cada centímetro del camino.
Comenzó a recorrer la calle dormida y no vio señales de vida hasta llegar casi al final, donde distinguió una luz en una pequeña tienda y captó un rápido golpeteo. «Trabajan hasta tarde esta noche», pensó, y, recordando la horrible tarea a la que se dedicaban aquellos hombres, dudó, llena de reparos, entre si acercarse y preguntarles o no a los trabajadores nocturnos para quién era lo que estaban fabricando. ¿Sería para alguien a quien ella hubiera conocido en el pasado? Tenía por delante un largo recorrido, en medio de la oscuridad, y no les preguntó nada. Se alejó a toda prisa con la intención de olvidarse de aquel sonido.
BARBARA BAYNTON - "Estudios de lo salvaje" - (1902)





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