Desapegos y otras ocupaciones.

martes, 10 de marzo de 2026

SIENTO UNA VERDADERA FASCINACIÓN POR LOS ÁNGELES

 



Llegué a este lugar gracias a Almut. El abuelo de Almut es alemán, como el mío. Juntas somos Almut y Alma, ya desde que éramos compañeras de colegio. Nuestros abuelos llegaron a Brasil después de la guerra. Juntas nos reímos de nuestros abuelos, ambos tienen un acento extraño y se niegan a hablar del pasado. En realidad, lo que les sucede es que están enfermos de nostalgia, pero no regresan a su país, sino que lloran al escuchar a Fischer-Diskau y las Canciones a los niños muertos y están siempre deseando que Alemania gane el mundial de fútbol. No quieren hablar de la guerra. Y nuestros padres no quieren hablar de sus padres. Tampoco han querido aprender el alemán. Nosotras sí, pese a lo jodida que es esa lengua. El alemán siempre lo invierte todo, lo masculino lo convierte en femenino y viceversa: la muerte es un hombre, el sol una mujer, la luna un hombre. Absurdo. Cuando digo que es una lengua jodida, quiero decir que es jodida de aprender, no de oír, salvo cuando se pronuncia a gritos. Almut es una mujer grande y rubia, los brasileños se chiflan por ella. Yo le llego al hombro, desde siempre, ya de niñas. Almut me dijo en cierta ocasión: «Me encanta que seas bajita, así puedo pasarte el brazo por los hombros». Mi amiga siempre me pareció guapísima, pero ella tenía complejo de alta. «Soy el arquetipo de madre germánica», se quejaba ella, «me tendrían que haber llamado Brunhilde. Fíjate qué tetas tengo. En cuanto salgo a la calle, me persigue media escuela de samba. Tú no tienes ese problema. Eso es por la sombra».



  Lo de la sombra era una teoría de Almut. «Llevas una sombra dentro de ti», solía decirme. «¿Qué clase de sombra?». «En los ojos. Debajo de los ojos, en la piel, por todas partes». «Pero ¿qué es?». «Es tu misterio». Y luego, por la noche, yo me miraba al espejo pero no veía nada. Mejor dicho, me veía la cara y nada más. «Oye, Almut, no sé si hay un misterio dentro de mí». «No, mujer, no es eso», me contestaba mi amiga. «El misterio lo eres tú, aunque no seas consciente de ello. El misterio lo eres tú porque es imposible adivinar tus pensamientos; cuando hablas, tu mirada no se corresponde con lo que estás diciendo, es como si estuvieras ocultando algo dentro de ti, impenetrable para los demás. Esta forma de ser te causará problemas, pero no debes temerla».

   No recuerdo cuándo tuvo lugar esta conversación, tendríamos unos quince años tal vez, lo cierto es que nunca la he olvidado. «Es como si anduvieras permanentemente acompañada de otra persona», añadió Almut. Mi amiga y yo siempre lo hemos hecho todo juntas, algo que nuestros primeros novios no soportaban. Pasábamos largas horas tumbadas en las hamacas de la galería hablando de nuestros planes de futuro. Estudiaríamos historia del arte, eso estaba decidido. Ella, arte moderno; yo, renacentista. Almut solía decir que le ponían mala todas esas crucifixiones y anunciaciones. En eso nunca estuvimos de acuerdo. No es que a mí me gusten particularmente las crucifixiones, pero me parece fascinante ver los diferentes tratamientos que los artistas han hecho del tema. Ahora bien, las anunciaciones sí que me apasionan. Siento una verdadera fascinación por los ángeles. Rafael, Botticelli, Giotto… la cuestión es que tengan alas. «Eso es porque desearías poder volar», dice Almut.



   «¿Y tú no?». «No, yo no». En la pared de casa de mi amiga colgaban Willem de Kooning y Dubuffet, y todos esos cuerpos y rostros cubistas en estado de desintegración que me parecían horrorosos. A mí me iban los ángeles. Almut los llamaba «tu pajarera». «Lo que no soporto», repetía con frecuencia, «es que no se sepa si son hombres o mujeres».

   —Son hombres.

   —¿Cómo lo sabes?

   —Tienen nombre de varón. Miguel, Gabriel.

   —Pues hubiera sido más lógico que una mujer anunciara a María su estado de buena esperanza.

   —Las mujeres tienen otra manera de volar.

   Esa afirmación era absurda, obviamente, pues yo nunca había visto volar a una mujer. Pero hay cosas que uno sabe por intuición. Los ángeles de Giotto di Bondone realizan vuelos en picado. El artista debió de inspirarse en un cometa. Sus ángeles surcan el cielo a una velocidad tal que dejan tras de sí una estela luminosa en la que ya no se les ven los pies. Una mujer jamás volaría así.

CEES NOOTEBOOM - "Perdido en el paraíso" - (2004)


Imágenes: Paul Klee

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