El Dios Supremo estaba cansado de ver siempre las mismas caras: las de sus hermanos y hermanas -prepotentes, envidiosas, iracundas-; la de su esposa -aburrida como la de Él, de eternidad y de inacción; las de sus hijos e hijas -estúpidas, lascivas, llenas de desidia-.
Pretendió dar un giro a sus infinitos días y se dispuso a elaborar un juguete: para Él, aunque sabía que toda la antojadiza parentela se iría incorporando a su nuevo pasatiempo.
Así, creó al hombre: hombre y mujer los creó.
En un principio, lo distrajeron: los mimaba, los tentaba, les prohibía algunas cosas y les impelía a realizar otras, a veces de una forma contradictoria y siempre caprichosa.
Sus juguetes se reprodujeron como conejillos en libertad. Así, toda la caterva divina se fue inclinando por unos o por otros. Tenían sus favoritos, sus protegidos y también sus objetos de burla y/o castigo.
Los hombres y mujeres se fueron organizando. Adoraban y llevaban a cabo sacrificios a los divinos para conquistar sus favores.
Pero la especie humana no era feliz. Todo era demasiado complicado y penoso, por lo que un infausto día designaron un portavoz y una portavoza (¿se dice así?) que se dirigieron a su creador.
-Tú, en tu infinita sabiduría y con tu omnipotencia, nos creaste-proclamó el hombre-. Pero mira: somos desgraciados. Incluso los que poseen más riquezas tienen sus problemas: enfermedades, vejez, impuestos, cuernos, sacerdotes, políticos, militares...
Y agregó la mujer:
-Y todo para que tú y tu familia estéis un poco más entretenidos...
En ese momento, el Dios -que era bastante machista-, se enfadó ante este alegato inesperado y subidito-de-tono.
-¡Desgraciados! -bramó-. Yo os regalé la vida, el don más valioso que se puede otorgar. Y os regalé el conocimiento, y vuestros sentidos, y un cuerpo hermoso y grácil, y vuestro sentido del humor, y...
-Para, para. Ya sabemos todo lo que nos has regalado -se volvió a crecer el portavoz humano-. Y no lo queremos. Todos son regalos envenenados que nos conducen a la desgracia, al dolor,...
Y aquí ya, el Dios no aguantó más y los fulminó: a los portavoces, a los que los acompañaban y a toda, todita la humanidad. Los convirtió en piedras. Eso sí: en piedras hermosas, diferentes, con brillos y colores inusitados.
Y desde entonces, toda la divina familia se entretiene con sus colecciones mineralógicas y gemológicas. Lo cual no quita que, de vez en cuando, surja alguna disputa entre ellos por un quítame allá esos rubíes o un ese-ópalo-era-mío. Eso sí: nunca llega la divina sangre al río.
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NOTAS DEL AUTOR:
1.- Este fenómeno se viene repitiendo periódicamente cada X eones, con ligeras variantes que introducen diluvios, guerras nucleares, meteoritos, terremotos, etc.
Y yo, que estoy contando todo esto -no sé para quién-, soy el único superviviente, por la Gracia del Dios.
2.- Existe una leyenda, corre un oscuro rumor, por los más bajos fondos, por los antros de los asentamientos humanos: este Dios es sólo UNO de una infinita cadena de dioses sucesivos. No se prestará el menor crédito a dichas habladurías. Si estas fuesen ciertas, ¿qué sería de mí?




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