En la Unidad Cultural Terapéutica CHANGÜÍ, concretamente en su apartado RADIO FARMACIA, se produce el programa “Filosofía Barata”. En él se van abordando temas tan dispares (y disparatados) como Flores de plástico, Lavadoras, Dinosaurios, Herencias, Bidés, Dinero...
Todos ellos se englobaron, luego, en un maxi-tema: REGALOS, con el cual se confeccionó el primer número del Fanzine “SALA DE ESPERA”.
Mi contribución al mismo consistió en escribir un relato en el que apareciesen todos los tópicos anteriores. Este es:
MIS-ANTROPÍA
He recibido en herencia un dinosaurio.
Como venía un poco sucio, lo metí en la lavadora.
Esta lavadora fue el único regalo que me dejaron mis padres antes de abandonarme a mi suerte.
Diréis:
-¡Qué tío más afortunado! Regalos, herencias, ...
Pero no. No es oro todo lo que reluce. Hay herencias, regalos más que envenenados. Sólo los recuerdos que me traen, me dejan en un estado que roza la catatonia más delirante.
No nos enredemos en el manglar del pasado; volvamos al dinosaurio y la lavadora del rígido, seco presente. [Por cierto, presente: sinónimo de regalo].
Ella sola se programó. Yo, en realidad, no sé. No venía con instrucciones y, por supuesto, no sabía a quién consultar. Pero es de penúltima generación y, supongo, lleva incorporado un programa para lavar dinosaurios de color rosado.
Cuando terminó, me avisó con la intermitencia de sus pitidos cuasi acusatorios.
Al abrir la portezuela, sólo encontré unas escamas: del mismo color rosáceo que el dinosaurio.
Extraje un puñado de ellas y, al verlas más de cerca, pude comprobar que se trataba de lo más parecido a pétalos: pétalos de una flor de plástico desconocida.
Los recogí con sumo cuidado: tenían aspecto de ser muy frágiles y, además, se ve que la lavadora no había terminado de acertar con el programa que eligió: salieron cubiertos de una espuma un poco asquerosa. (¿Veis? No era tan bueno el regalo.... Ya me la ha jugado más de una vez, especialmente cuando sabe -de alguna manera, sabe- que estoy intentando lavar algo preciado para mí...)
Haciendo cuenco con las dos manos, los deposité en el cercano bidé para proceder a un prolijo lavado.
Y he aquí el milagro:
Cada uno de los pétalos se fue transformando graciosamente en un pequeño dinosaurio que emitía dulces gemiditos.
Adorables, encantadoras crías antediluvianas de una especie extinta hace no sé cuántos millones de años.
Se acabó mi soledad, mi abandono. A todas horas me veía rodeado por esos diminutos monstruitos que parecían sonreírme y agradecerme mis cuidados como si de crías gatunas o cachorrillos del más simpático ejemplar canino se tratase.
Al poco tiempo, su belleza y amabilidad llegó a oídos de mis pocos y “alejados” amigos que, ahora, ahora sí, se fueron acercando a mí.
Me daba pena desprenderme de los animalillos, pero la insistencia de los interesados fue tanta y, ¿por qué no decirlo?, mis carencias económicas tan apremiantes, que terminé por ceder, empujado por las cantidades generosas de dinero que me iban ofreciendo.
Yo me quedé con una parejita. Crecieron. Claro que crecieron.
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A los pocos meses empezaron a volver a mi humilde morada todos los que habían salido con diferentes destinos. Y, sin rencores, me volvieron a demostrar su cariñoso apego. Se alegraron de verme tanto como yo a ellos.
De aquellos amigos -falsos amigos-, no supe nada. De momento.
Con el tiempo, me fui enterando de que todos ellos habían fallecido, de muerte violenta por más señas. No quise indagar demasiado.
Ahora soy feliz con mis rosadas mascotas. Y en el planeta, cada vez hay menos gente. Mucha menos gente...





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