Desapegos y otras ocupaciones.

martes, 23 de junio de 2026

NO ESTARÍA BIEN AFINADO EL PIANO

 



Fue entonces cuando Cadafells, sentándose al piano, comenzó a improvisar unas divagaciones que el onorevole Gelli identificó en seguida con un suspiro de pesar.

   —Oliveira —dijo—. El concierto de Berna. El del setenta y siete.

   —Lástima que ese piano no sea un Fujisutmi —se apresuró a decir el concejal Gómez Ochoa, que era un risueño ignorante educado en el ramo de la peluquería.

   —Cada vez que oigo esa música se me eriza el pelo —dijo el segundo regente del Auditorio de Valladolid—. Si yo les contara el calvario que me hizo pasar Oliveira hace tres años…

   —¿A eso lo llama usted música? —rugió el comodoro Hoffmann Goicoechea—. El tipo llega y se sienta, sin partitura ni nada, con esas gafas, con esas zapatillas de deporte. Me dio un sofoco cuando lo vi aparecer así en el escenario del Nacional. Imagínense que mi señora lo tomaba por un electricista. ¿Y lo han visto cómo toca? Parece un miope que está aprendiendo mecanografía. Con dos horas de retraso empezó el concierto. Y lo peor fue que luego estuvo tocando casi cuatro horas. El presidente de la República se marchó de su palco y me dio una orden terminante: «Hoffmann, que ese indeseable no vuelva a poner los pies en el Paraguay».

   —Tuvo usted suerte, comodoro —dijo el onorevole Gelli—. En Parma no tocó ni veinticinco minutos.

   —Qué alivio —murmuró el concejal Gómez Ochoa.

   —¿Alivio? —dijo Gelli—. ¿Con el cachet de prima donna que cobra? El teatro estaba lleno. Tuve que llamar a los carabinieri para que contuvieran el tumulto.

   —No estaría bien afinado el piano. —Cadafells se había acercado a nosotros—. Ahí nunca transige.



   —No me hable de afinación —dijo Gelli—. Oliveira atormentó durante un día entero al mejor afinador de Parma, y ya sabe usted que allí los tenemos magníficos. El pobre hombre se fue llorando a su casa aquella noche, presa de un ataque de nervios. No. Ése no fue el problema.

   —Estaría muy fuerte la calefacción —apuntó el segundo regente de Valladolid—. Si hace calor, dice que le sale un sarpullido.

   —Un caramelo —dijo Gelli, suspirando—. El papel de un caramelo. Había alguien en la tercera fila que tomaba caramelos para la tos. Ya conocen la acústica del Liceo de Parma. Cuando oí por segunda vez el ruido del envoltorio me dio un sudor frío. Ese hombre, Oliveira, tiene un oído sobrehumano. Levantó la cabeza y puso cara de dolor o de rabia, ya saben, con los ojos cerrados, mostrando los dientes. A la tercera vez ya supe que se avecinaba la catástrofe. Oliveira se levantó, miró al hombre de la tercera fila y lo insultó en inglés. Luego dio media vuelta y se fue del escenario tan tranquilamente como si saliera de su casa. Imaginen los gritos.

   Por momentos la conversación se acaloraba, rozando ese estado colectivo de ánimo que preludia las apelaciones a la ley de Lynch. El comodoro Hoffmann Goicoechea contó el rumor de que en Cochabamba, Bolivia, Oliveira fue arrestado en 1979, y lamentó que una llamada telefónica de la embajada estadounidense lo salvara in extremis de recibir una sesión de picana. Disgustado por ciertas colgaduras que decoraban el teatro, se había negado a tocar si no las retiraban, y no lo hicieron, porque era la fiesta de la Raza, y Oliveira no tocó. En Valladolid, dijo el segundo regente del Auditorio, Oliveira notó minutos antes del concierto que el escenario tenía una ligera inclinación hacia el público, lo cual es muy común en los teatros antiguos. Urgentemente hubo que evacuar la sala y pasaron tres horas hasta que los carpinteros municipales instalaron una tarima de dos centímetros de espesor que corregía la pendiente. Pero Oliveira, aburrido, no tocó ni una hora, limitándose a una serie de desganados ejercicios, y luego, cuando salía del teatro, le dio una certera patada en la espinilla al fotógrafo de un periódico local, y trató con una frialdad rayana en el desprecio al alcalde de Valladolid, diciéndole —mediante intérprete, aunque es bien sabido que habla español— que no podía asistir a la recepción organizada en su honor porque tenía sueño.

   —Gente rara, los artistas —concluyó el onorevole Gelli.

ANTONIO MUÑOZ MOLINA - "Nada del otro mundo" - (2011)


Imágenes: Dan McPharlin

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