Desapegos y otras ocupaciones.

miércoles, 8 de julio de 2026

PERO ESTE CADÁVER ERA DIFERENTE

 



Dalgliesh empezó a despejar su escritorio, rápida pero metódicamente, y después comprobó el contenido de la bolsa que se llevaba en casos de asesinato. Le había dicho a Massingham cuatro minutos y estaría allí puntualmente. Se había trasladado ya, como por un acto consciente de su voluntad, a un mundo en el que el tiempo era medido con precisión, los detalles eran observados obsesivamente y los sentidos se mostraban sobrenaturalmente alerta ante los sonidos, los olores, las imágenes, un simple parpadeo o el timbre de una voz. Había tenido que abandonar aquella oficina para ver numerosos cadáveres, en diferentes lugares y distintos estados de descomposición, jóvenes, viejos, patéticos, horripilantes y todos ellos con un solo hecho en común, el de que habían encontrado una muerte violenta a manos de otra persona. Pero este cadáver era diferente. Por primera vez en su carrera, la víctima era alguien a quien él había conocido y apreciado. Se dijo que era inútil especular sobre la diferencia, en caso de haberla, que esto introduciría en la investigación. Sabía ya que la diferencia estaba presente.



   El jefe de policía había dicho:

   —Tiene la garganta cortada, posiblemente por él mismo. Pero hay un segundo cadáver, el de un vagabundo. Es probable que este caso resulte complicado en más de un sentido.

   Su reacción ante la noticia había sido en parte previsible y en parte compleja y perturbadora. Se había producido ese impulso inicial de incredulidad tan lógico cuando uno se entera de la muerte inesperada de cualquier persona conocida, aunque sea casualmente. Habría experimentado lo mismo si le hubieran dicho que Berowne había muerto a causa de un infarto o de un accidente de coche. Sin embargo, a esta primera sensación la había seguido otra de afrenta personal, una vaciedad seguida por una oleada de melancolía, no lo suficiente intensa como para calificarla de dolor, pero más aguda que una mera pena, y le había sorprendido por su misma intensidad. Sin embargo, había tenido la fuerza suficiente para decir:

   —No puedo aceptar este caso. Estoy demasiado implicado, demasiado comprometido.

   Mientras esperaba el ascensor, se dijo que no estaba más implicado en este caso que en cualquier otro. Berowne había muerto. Su tarea consistía en averiguar cómo y por qué. Su compromiso residía en su trabajo con los vivos, no con los muertos.

P. D. JAMES - "Sabor a muerte" - (1985)


Imágenes: Caitlin McCormack

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.