Pero he aquí que en nuestra fuga dimos con una tierra si cabe más fabulosa, de la que según nos consta no se ha escrito nada hasta la fecha, por quedar muy distante de las principales rutas. Tal es el caso de la tierra de los biroches, que se llaman a sí mismos comerciantes de palabras y que, en su ignorancia, se tienen por el pueblo más justo sobre la tierra. Es su isla no mucho más grande que la de Trinidad, si bien más dotada de riquezas y población, la cual es por cierto tan gentil y hospitalaria que las tres semanas que pasamos entre ellos lo hicimos honrados como sus huéspedes. Al principio nos sorprendió en el trato la parquedad de sus palabras, sobre todo entre los muy pobres. Más tarde averiguamos que ello era debido a una insólita costumbre según la cual el Emperador es el único dueño y señor de la lengua biroche, no pudiendo sus súbditos disponer libremente de las palabras sin antes pagar por cada una de ellas un precio convenido. Pues consideran que, de entre todos los patrimonios humanos, es con mucho el lenguaje el más valioso y útil, por lo que los biroches exigen que las palabras sean tasadas como una mercancía más, e intercambiadas y vendidas de tal manera que los compradores puedan hacer uso de ellas. Tan grave como el asesinato o el robo es emplear en un discurso una palabra cuyos derechos no se han adquirido, y existen magistrados imperiales que velan por que tal no suceda y cada biroche pronuncie únicamente aquellas palabras que por su economía le correspondan. Son en esta prohibición inflexibles, de tal manera que desde antaño se castiga a los infractores con la muerte.
De ahí que nuestro intérprete se viera obligado a emplear nuestras arcas en la compra de un vocabulario básico, para ser así uno más entre ellos y poder transmitir rudimentariamente nuestras preguntas y deseos.
Otra peculiaridad de los biroches es que, si bien estipulan con gran precisión el valor de cada palabra, no tasan el precio de objeto alguno, pues consideran que saber nombrar algo es equivalente a poseerlo —cuando nos interesamos por el precio de una túnica bordada en oro, respondieron que su valor era el resultado de comprar las palabras «túnica» y «oro»—. De lo que fácilmente dedujimos que las palabras tienen valores muy dispares; así, mientras que las preposiciones, ciertos verbos y algunos nombres de valor ínfimo como «mazorca» o «guijarro» se pagan casi a precio de regalo, palabras como «tesoro», «ciudad» o «reino» tienen un valor incalculable. Baste decir que nunca conocimos el nombre del Emperador —aunque nos recibió con gran cortesía en su palacio—, pues ningún gentilhombre era entre los biroches lo suficientemente rico para permitirse pronunciarlo. Por otra parte, parece costumbre entre los muy pobres, cuando ya lo han perdido todo, vender a hombres más poderosos su única posesión: su propio nombre. Así, pasan desde ese mismo momento a ser sus esclavos y a servirlos en todo aquello que sus protectores ordenaren.
JUAN GÓMEZ BÁRCENA - "Los que duermen" - (2012)




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