Desapegos y otras ocupaciones.

sábado, 18 de octubre de 2025

SIN MÍ EL MUNDO FUNCIONARÍA PEOR



 —Sí, igual que cuando te dio a luz.

   —Estaba de guardia en el hospital y cuando empezaron las contracciones se limitó a seguir trabajando. Hasta que no sintió las contracciones de presión no se tumbó en una habitación libre, y cuando salí, pinzó el cordón umbilical a la altura del ombligo y se concentró en echar la placenta. Tiró del cordón y le dijo a una enfermera que se ocupara de mí. Después siguió trabajando.

   —No.

   —Sí. Había que hacer varias cesáreas esa noche y mi parto no tuvo complicaciones.

   —Es una historia increíble.

   —Y eso no es todo. Cuando acabó la guardia a la mañana siguiente, se le había olvidado que había tenido un bebé. Al menos eso es lo que lleva diciendo todos estos años, y yo me lo creo. Me creo que se le hubiera olvidado. Solo se acordó cuando la enfermera entró en la sala de guardia conmigo en brazos.



   —Pero entonces llamó a tu padre, ¿no?

   —Sí, entonces llamó por fin a mi padre. Él no sabía nada. Él quería divorciarse y venir a vivir con nosotras, pero mi madre no quiso. Desde el primer momento, contrató a una estudiante que me cuidaba a cambio de alojamiento y manutención, y así siguieron las cosas, una estudiante después de otra, hasta el día en que mi madre descubrió que yo llevaba varios meses yendo y viniendo sola del colegio, y entonces no contrató a nadie más, y desde ese momento, yo tendría unos cinco años, me las he arreglado sola. Cuando se fue la última estudiante, ya nadie hacía las tareas domésticas, y cuando cumplí siete u ocho años me empecé a fijar en que las casas de los demás estaban mucho más limpias y ordenadas. Si nunca hubiera salido de Oscars gate, tal vez no me habría dado cuenta de nada, pero cada vez que iba a casa de unos amigos y a ver a mi padre en Drammen y volvía a casa, sentía el fuerte olor a suciedad y a polvo y a basura. La comida del frigorífico a menudo estaba verde de moho. En el alféizar de las ventanas había una capa de polvo tan gruesa que yo creía que era gris, hasta que lo limpié con un trapo húmedo y descubrí que en realidad era blanco.



   Bjørn me mira recostado. De vez en cuando niega con la cabeza y profiere algún sonido de incredulidad.

   —Mucha gente no se lo cree. Creen que exagero o que me lo invento. Pero cuando veo reportajes del Tercer Mundo, con fotos de niños que llevan a sus hermanos a la espalda, hay algo en sus rostros en lo que me reconozco. Un gesto serio y formal, porque se les ha confiado un puesto importante, una tarea fundamental. Pienso en ello a menudo cuando vienen pacientes jóvenes y deprimidos a la consulta; jóvenes que aparentemente lo tienen todo, unos padres que los quieren más que a nada en el mundo y que los cubren de amor, de atenciones, de dinero y de ayuda, y, sin embargo, a estos jóvenes les falta algo que yo sí tenía: la sensación fundamental de que «sin mí el mundo funcionaría peor».

NINA LYKKE - "Estado del malestar" - (2020)


Imágenes: Brooke DiDonato

jueves, 16 de octubre de 2025

SOMOS LA PRIMERA GENERACIÓN QUE VIVE PEOR QUE SUS PADRES

 




Me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad. Cuando lo digo en alto siempre hay quien pone cara de extrañeza y me responde cosas como que a mi edad mis padres habían viajado la mitad que yo o que a ellos envidia ninguna, que tienen que hacer muchas cosas «antes de asentarse». Que ahora somos más libres y que nuestros padres no pudieron estudiar dos carreras y un máster en inglés ni se pegaron un año comiendo Doritos y copulando desordenadamente en Bruselas gracias a eso que llaman Erasmus y que no es sino una estrategia de unión dinástica del siglo XXI, una subvención para que las clases medias europeas se crucen entre ellas y pillen ETS europeas y celebren que eso era Europa y eso era la europeidad y que para eso hemos quedado los nietos de Homero y Platón.

   El caso es que con mi edad mis padres tenían una cría de siete años y un adosado en Ontígola, provincia de Toledo. La Ana Mari acababa de dejar de fumar y con el dinero que se ahorró en tabaco se compró la Thermomix y eso a mí me da envidia, y cuando lo digo la gente piensa con frecuencia que soy gilipollas y en respuesta lo que pienso yo es «tienes treinta y dos, cobras mil euros al mes, compartes piso y las muchas cosas que tienes que hacer “antes de asentarte” son ahorrar durante un año para irte a Tailandia diez días aunque en la vida te hayas interesado por qué pasa o qué hay en Tailandia, comerte una pastilla y hacerle arrumacos a tus colegas en festivales en los que no conoces ni a medio cartel pero tienes que fingir que sí y creer que las series que eliges ver y los libros de Blackie que eliges leer forman parte de tu identidad como individuo». Esto no lo digo, claro, esto me lo callo.



   Lo que sí digo es que nuestros padres parecían mayores de lo que eran en las fotos y mayores que nosotros a su edad. Hay mucho treintañero convencido de que es lícito llevar gorra en interior, de que es lícito, incluso, llevar gorra con treinta, poniéndome ya rigorista. También digo que seguramente nuestros padres se casaron y tuvieron hijos y se metieron en hipotecas por eso que se ha convenido en llamar «imperativo social», porque «era lo que había que hacer», pero que creer que sobre nuestras cabezas no sobrevuelan otros imperativos igual es la mayor prueba de que lo hacen y de que quizá nos hemos creído lo de la libre elección y lo del progreso y lo de la democracia liberal como única arcadia posible. Y menuda arcadia.

   Nos lo llevan diciendo diez años y nos negamos a creerlo. Somos la primera generación que vive peor que sus padres, somos los que se comieron 2008 saliendo de o entrando a la universidad o al grado o al instituto y lo del coronavirus cuando empezábamos a plantearnos que igual en unos años podríamos incluso alquilar un piso para nosotros solos.



   Nuestros imperativos existen y son materiales y a menudo hablo con mi amiga Cynthia de que para mí o para ella o para nuestra amiga Tamara era sencillo lo del ascensor social, era fácil superar el estilo de vida de nuestros padres carteros y camareros y limpiadoras y barrenderos y de nuestros abuelos obreros industriales o campesinos o feriantes, pero no es así para el resto de nuestros amigos, para los de clase media, para los hijos de profesores y médicos y abogados y empresarios. Y, aun así, aunque nuestros padres tenían menos papeles académicos que un galgo, sí que tenían, con nuestra edad, hijos e hipotecas y pisos en propiedad. Porque era lo que había que hacer, seguramente. Pero también porque podían hacerlo.

   Nosotros, sin embargo, ni tenemos hijos ni casa ni coche. En propiedad no tenemos nada más que un iPhone y una estantería del Ikea de treinta euros porque no podemos tener más y ese es nuestro imperativo y es material. Pero nos autoconvencemos pensando que la libertad era prescindir de críos y casa y coche porque «quién sabe dónde estaré mañana». Nos han hecho creer que saber dónde estaremos mañana es una imposición con la que menos mal que hemos roto, que la emigración y la inmigración son oportunidades para aprender nuevas culturas y para convertir el mundo en un crisol de lenguas y colores en lugar de una putada, y que compartir piso es una experiencia de vida en lugar de, llegada una edad, un detalle denigrante que da vergüenza confesar.

ANA IRIS SIMÓN - "Feria" - (2020)


Imágenes: Ana Iris Simón
 

martes, 14 de octubre de 2025

ÉL ES TAN SOLO UN PERUANO



Josefina lo mira y él hace una pausa porque al principio se resiste a decirlo y luego comprende que es inevitable, pero aprovecha el silencio para darle un efecto artificial. De modo que lo pronuncia suavemente, como si se tratara de un secreto. Y ella lo recibe con los ojos abiertos.

     —Sí que es un nombre —dice—. Tiene misterio… Y además suena marino, más allá de que sea claramente literario. El nombre de un hombre que ha hecho un largo viaje por el mar.

     —Por eso quizás he llegado hasta aquí —dice él.

     —¿Y para qué has venido desde tan lejos? —dice Josefina.

     —Para vivir esto —se lanza él—, para estar aquí.

     Josefina parpadea y se toma la nuca con una de sus manos, luego se acaricia la oreja desnuda. Él se está arrepintiendo mientras ella se lleva la copa a la boca más para cubrírsela que para beber. Después la ve dejarla sobre la mesa para decirle que la espere un momento, que ya viene. Él piensa cómo retroceder, pero ella coge su cartera y su chaqueta algo apurada y se pierde hacia los baños. Al verla de espaldas se da cuenta de lo femenina que es y siente también cómo el terror se apodera de todos los nervios de su columna vertebral. No hay música en el local a pesar de todas las alusiones al jazz. Josefina se ha ido y apenas se queda solo en la mesa absorbe el remanente del olor que ella ha dejado sobre el ambiente. Una chica caribeña crecida en Venezuela y obligada a hacerse en los Estados Unidos, con sangre india, latina, francesa, quizás negra, y al menos el dominio de tres idiomas que habla a la perfección. Él es tan solo un peruano. Es todo lo que es.



     El mozo se acerca a la mesa y él descubre que su copa está casi vacía y también la de Josefina, no recuerda en qué momento se las tomaron. Atina a hacer un gesto nervioso con la mano de dos más y el mozo se retira. Al cabo de unos minutos, Josefina sigue sin aparecer y él se los ha pasado mirando los carteles de los músicos cercanos y de aquellos que se encuentran más lejos —Sonny Rollins, Chet Baker— mientras se pregunta qué ha podido ocurrirle a su compañera. Se dice que tal vez ha tenido un percance en el baño, o se ha encontrado con alguien en el camino, o le ha provocado salir a fumar como a él le provoca ahora y lo hizo sin llamarlo, o si lo llamo él no lo notó porque observaba como un tarado los pósteres. Todo eso es posible. Podría haberle pasado también que la mezcla de este trago con otros que tomó antes en el Trilogy le sentó mal y por eso ha sufrido un accidente; quizás sería mejor levantarse y preguntarle a alguien dónde quedan los baños. ¿Y si se cruzaban? Se queda donde está porque además el mozo le trae las dos copas de margarita. Luego de un par de minutos se forma en su mente la idea absurda de que tal vez ella ha huido por una puerta oculta, una de escape, con su cartera y su chaqueta y todo por razones que él no se quiere imaginar. Se dice que no, pero con el paso del tiempo la idea absurda ya no lo parece tanto y siente un miedo sólido y sobre todo una humillación anticipada ante la posibilidad de que algo así ocurra. Trata de sonreír, pero no puede. Piensa en uno de esos cuentos derrotados de Julio Ramón Ribeyro que leía en la universidad cuando tenía la edad de ella. El cuento le está pasando a él y terminaría con la triste perspectiva de tener que pagar los tragos no bebidos. Posiblemente Ribeyro le habría quitado la billetera al personaje y él no tendría cómo saldar la deuda. Cierra los ojos. Tremendo recorrido hasta tan lejos para vivir una aventura nocturna patéticamente limeña. Ha llegado a la mitad de su primera copa y ha decidido tomarse la de ella e irse a casa caminando. Tiene la vista hundida en la superficie de la mesa a la espera de que —como en un cuento de Ribeyro— aparezca un insecto de alas rotas que se arrastre penosamente por la mesa para lanzarse al vacío desde el borde.

JEREMÍAS GAMBOA - "Animales luminosos" - (2021)


Imágenes: Issa Watanabe

domingo, 12 de octubre de 2025

ARRASANDO




Y ya veo cómo pasa el tiempo:

A R R A S A N D O .

Y ya lo voy viendo pasar,

pájaro traicionero,

leche que se derrama,

los días como fuego:

H I R V I E N D O .





Lava de volcán

que todo lo entierra

bajo segundos que son cenizas,

manchas, arrugas, duelos...


Huesos que ya no aguantan,

tantos años, tanto peso...

Piel sacrificada,

dolor concentrado,

inoculado como veneno.


Estamos hechos de paja

y el tiempo es nuestro fuego.

19/03/2023


Imágenes: Stuart Palley


viernes, 10 de octubre de 2025

SUEÑO CON CIELOS BELLÍSIMOS PLAGADOS DE ESTRELLAS TERRIBLES



Sueño con cielos bellísimos plagados de estrellas terribles, cielos negros y hermosos en los que aparecen estrellas que me dan miedo. Sueño que miro cielos conocidos en los que descubro de repente estrellas que no conozco. Esta noche sueño con asteroides que amenazan con caer y acaban cayendo cerca, aunque no tanto como para despertarme, caen y estallan sin llegar a tocarme, no me hacen daño pero queman y destruyen todo lo que hay a mi alrededor. Me despierto tarde, pero agotada, y miro, como cada mañana, mi cuerpo desnudo y flaco en el espejo del armario y me avergüenzo y me refugio en un pantalón de pijama que me queda grande y un jersey viejo y gastado que recojo de la montaña de ropa que hay en el suelo.



 Ayer puse a marinar unas costillas y tendría que haberme despertado antes, requieren mucho tiempo de horneado y me doy cuenta de que hay que cubrir la bandeja con papel albal y no queda, así que bajo al chino en pijama y chanclas y la luz de esta mañana de mayo es tan clara que duele. Y la mujer que me atiende me pregunta, ¿hoy no trabaja?, y yo, no, hoy no, y me dice, ¿mañana?, y yo, sí, mañana sí. Y es mentira y salgo llorando con el rollo de papel albal bajo el brazo. Llego a casa y cubro las costillas, programo el horno una hora, luego les daré la vuelta. Llega Ari, viene a por la cazadora que me dejó el otro día, y la invito a quedarse un rato, nos sentamos en el sofá y me enciendo un cigarro tras otro, trato de mantener una conversación ligera. Tengo resaca, tengo sueño y no quiero hablar de nada importante, en realidad, preferiría no hablar en absoluto, pero de repente ella me agarra de una muñeca con fuerza y me dice, Inés, tu vida lleva parada desde que te conozco y te conozco desde hace mucho, haz algo, retoma la carrera o al menos ve a psicoterapia, por favor. Y no sé qué decir. Ojalá cayera ahora un asteroide. Ella tiene razón y yo tengo unas costillas en el horno.

LUCÍA ALBA MARTÍNEZ - "Animalitos" - (2024)


Imágenes: Mihoko Ogaki

miércoles, 8 de octubre de 2025

ERA UNA ANSIEDAD TEÓRICA Y PRECAVIDA



 ¿Qué más compró? Pasta de dientes, pañuelos de papel, detergente para vajillas, bacon, una pierna de cordero, carne, pimientos verdes y rojos, patatas, una lata de aceite y una botella de scotch. ¿Y quién estaba allí cuando su mano cogía esas cosas? ¿Alguien que le seguía mientras empujaba a Kate a lo largo de los atestados pasillos, que permanecía varios pasos por detrás cuando él se detenía, y que fingía interesarse en una etiqueta para luego continuar andando cuando él lo hacía? El había regresado mil veces para ver su propia mano, una estantería y la acumulación de objetos, o para oír la charla de Kate; y había tratado de mover los ojos, levantarlos contra el peso del tiempo para ver en la periferia de su campo visual la velada figura que siempre permanecía a un lado y ligeramente atrás y que, imbuida de un extraño deseo, acechaba la oportunidad o, sencillamente, aguardaba. Pero el tiempo había congelado para siempre sus miradas durante aquel día, y en torno a él formas indefinibles desaparecían y se disolvían sin posibilidad de categorizarlas.



   Quince minutos más tarde estaban en la caja. Había ocho colas paralelas. Se puso en la que estaba más cercana a la puerta porque sabía que la chica de esa caja trabajaba deprisa. Había tres personas delante de él cuando detuvo el carrito, y no vio a nadie detrás cuando se volvió para bajar a Kate. Ella se estaba divirtiendo y se mostró reacia a ser interrumpida. Protestó y encajó los pies contra el asiento. Tuvo que levantarla mucho para sacarla de allí. Advirtió su irritación con distraída satisfacción: era un claro síntoma de cansancio. Cuando acabaron esa pequeña escaramuza, sólo quedaban delante dos personas, y una de ellas estaba a punto de irse. Él se puso en la parte delantera del carrito para descargar el contenido sobre la cinta transportadora de la caja. Kate se agarraba a un travesaño del carrito haciendo como que empujaba desde el otro lado. No había nadie detrás de ellos. En ese momento, la persona que tenían delante en la cola, un hombre encorvado, se disponía a pagar varias latas de comida para perros. Stephen fue poniendo las cosas en la cinta. Cuando se incorporó, es posible que fuera consciente de una figura con un abrigo negro detrás de Kate. Pero a duras penas podría considerarse una percepción consciente, sino más bien la levísima sospecha urdida por una memoria desesperada. El abrigo podría haber sido un traje o una bolsa de la compra, o un producto de su imaginación. Estaba concentrado en gestos cotidianos, absorto en llevarlos a cabo. Su nivel de consciencia era muy bajo.



   El hombre con la comida para perros estaba saliendo. La chica de la caja ya trabajaba, deslizando los dedos de una mano sobre el teclado mientras con la otra atraía hacia sí los paquetes de Stephen. Al recoger el salmón del carrito, miró a Kate y guiñó un ojo. Ella le imitó, pero desmañadamente, arrugando la nariz y cerrando ambos ojos. Puso el salmón en la cinta y le pidió a la cajera una bolsa. Ella buscó bajo un estante y sacó una. El la tomó y se volvió. Kate había desaparecido. No había nadie en la cola detrás de él. Empujó sin prisas el carrito pensando que estaría escondida al final del mostrador. Luego dio varios pasos y miró en dirección al único pasillo que ella podía haber alcanzado. Retrocedió y miró a derecha e izquierda. A un lado había hileras de compradores y al otro un espacio vacío, luego las barras giratorias cromadas y más allá las puertas automáticas que daban a la calle. Es posible que hubiera una figura con abrigo alejándose aprisa, pero en ese momento Stephen buscaba una niña de tres años, y su temor más inmediato era el tráfico.



   Era una ansiedad teórica y precavida. Mientras se abría paso a empujones entre los clientes y emergía a la ancha acera, sabía que no iba a encontrarla allí. Kate no era de esa clase de aventureros. No era de las que se perdían. Además, era demasiado sociable y prefería la compañía de quien estuviera con ella. Por otra parte la aterrorizaba la calle. Dio media vuelta y se tranquilizó. Tenía que estar en el súper y allí no podía correr verdadero peligro. Esperaba verla aparecer por detrás de las filas de clientes ante las cajas. Era fácil pasar por alto a un niño en la primera oleada de preocupación, buscar demasiado y sin fijarse bien. Sin embargo, al regresar seguía sintiendo una náusea y un endurecimiento en la garganta, y una desagradable ligereza en los pies. Cuando recorrió todas las cajas, ignorando a la chica de la suya que trataba de llamarle la atención, irritada, sintió frío en la boca del estómago. Corriendo controladamente —aún no había llegado al punto en que no le importaría parecer un atolondrado— recorrió todos los pasillos entre montañas de naranjas, rollos de papel higiénico y sopas. Hasta que no regresó al punto de partida, no abandonó el decoro: hinchó los oprimidos pulmones y llamó a Kate a gritos.

IAN McEWAN - "Niños en el tiempo" - (1987)


Imágenes: José Luis Ceña

lunes, 6 de octubre de 2025

SIEMPRE ODIÓ EL KITSCH

  

Su cuñada acomodaba la mesa con unos mantelitos individuales de hule que Marcela odiaba. Siempre odió el kitsch, desde mucho tiempo antes de que en la facultad le enseñaran el kitsch como un valor. Nunca le había encontrado la gracia a esas flores en los manteles, a los angelitos de los calendarios o a esas novelas argentinas en que las mujeres tejían en punto cruz mientras hablaban de cualquier cosa.

   Pero sobre todo, odiaba a su cuñada a quien conocía bien, mejor de lo que la conocía su hermano. Había sido novia del mejor amigo de Marcela de la adolescencia. Era de esas chicas absorbentes, esponjas de amor que chupan el alma de sus parejas. Difícil ver a alguien más enamorado que a esa clase de mujeres: llaman a sus novios con las expresiones más edulcoradas, hablan de ellos con una pasión que hace sentir un témpano a sus interlocutores, parecen vivir por los ojos de sus parejas y son terriblemente celosas.



   Celosas de las otras mujeres, de los amigos, de los familiares, hasta del club de fútbol del que el novio es hincha. Pero llega un día en que se cansan o cambian de objeto de deseo. Así hizo su cuñada. Un día dejó a su amigo y se puso de novia con su hermano. Casi termina en tragedia porque su amigo tomó pastillas en un patético intento de suicidio y su hermano intentó pegarle a su vez en un par de reuniones en las que se cruzaron. El resultado fue que Marcela terminó perdiendo a su amigo (cada vez resultaba más difícil verse sin que surgiera el tema de su cuñada) y su hermano se convirtió en la muestra más acabada de la estupidez masculina siguiéndole el jueguito de apelativos azucarados, de miradas apasionadas hasta para pasarse el salero, de no poder despegarse ni un segundo.

SERGIO OLGUÍN - "Filo" - (2003)


Imágenes: Magnhild Kennedy