Desapegos y otras ocupaciones.

viernes, 8 de septiembre de 2023

NIÑOS DE LA LLAVE


Nació en Madrid en 1991. Su padre era uno que le daba igual a todo el mundo. Su madre, que lo mismo, era la hermana de mi exmujer, a la que no veo desde hace ya ni sé. No tenía más tíos que yo.

   Impresionaba verle, con once años, buscando trabajo en Internet. Ni se lo iban a dar ni él lo iba a pedir, por su edad. Pero desde crío, Manuel ya estaba indagando sobre cómo sería verse a sí mismo metido en el mundo.

   Manuel es nombre falso. Pero es que no debo dar el verdadero.

   Era uno de esos críos a los que ahora llaman «niños de la llave». Sus padres, por trabajo o relaciones, nunca estaban en casa. Manuel llevaba la llave de su domicilio colgada al cuello porque no tenía a nadie que se ocupara de él a la salida del colegio. Se supone que esta es situación carencial y penosa. Muchos, en su tesitura de desasistencia, se tirarían con los años por la autolesión, el juego de rol insano, el ostión en moto, la anorexia o el romanticismo salido de rosca.

   No fue el caso de Manuel. Él alineó los pros y los contras de la incuria de la que era objeto y luego reflexionó. Para él, la falta de atenciones era una clara tajada de suerte. Agradecía con fuerza la incomparecencia paterna, porque así no tenía que aguantar bobadas. Encontraba en la casa vacía un espacio de control, un rancho con él de mayoral, y a edad bien temprana.



   Le daban pena los niños «sin» llave, a quienes a cambio de una merienda puesta en la mesa les escamoteaban la ocasión de estar solos dándole vueltas a sus asuntos y a los que negaban la oportunidad de ensayar mañas por cuenta propia. Él, en su independencia sobrevenida, aprendió pronto a hacer tortilla francesa, a forrarse los libros con papel de regalo y a atajar una mancha de grasa en la ropa con una pizca de harina.

   Un día arregló el empalme del enchufe de una lámpara. Mantuvo en secreto la reparación porque sabía que papá y mamá le iban a reprender por haber andado metiendo los dedos en trastos de corriente. En casa, la lámpara se había arreglado sola, que a veces estos chismes no hay quien los entienda. Empezó a callarse las cosas que le salían bien. Se aficionó a los aparatos. Adoptó el destornillador que utilizó para el remiendo como amuleto no mágico, sino útil, pero que también le daba suerte. Era una herramienta de tamaño mediano, con un mango amarillo semitransparente de una luminosidad irresistible. Manuel era un pequeño manitas que luego fue creciendo.

   Cuando sí se cruzaba con los padres condescendía con ellos, intentaba entender sus meteduras de pata, pasaba por alto sus pequeñas ridiculeces. Si los veía desanimados los alentaba, procuraba confortarlos cuando volvían a casa, se quitaba de en medio cuando los veía del todo decaídos. Resumiendo, y hablando en plata: sus padres le daban pena. A los demás, no nos andemos con dengues, pues también bastante.

SANTIAGO LORENZO - "Los asquerosos" - (2016)


Imágenes: Seth Globepainter


miércoles, 6 de septiembre de 2023

MUY PEQUEÑO PARA ENTENDER Y PARA RECORDAR


Se acordó de un baúl de castaño en el que se escondió una tarde cuando tenía cuatro o cinco años, y de las voces que lo buscaban llamándolo por todas las habitaciones: Ismaíl, Ismaíl… Había permanecido allí escondido sin contestar, oliendo el aroma de la lavanda en un corpiño negro de encaje que lo tenía fascinado y que no había visto nunca antes, porque era la primera vez que exploraba las prendas íntimas de su madre: una enagua de raso, las medias de seda con costura, un abanico de madera de sándalo y un echarpe azul con flecos que estaba envuelto en papel de regalo. Pero por más que lo intentaba no conseguía acordarse con precisión del rostro ni del cuerpo que llevaba aquellas ropas, como suele suceder con aquellas imágenes que uno necesita recordar perentoriamente y se empeña en recordar a toda costa, pero que la memoria, caprichosa o selectiva, oculta tras una cinta de niebla, convirtiéndolas en una sensación vaga, como prendida de alfileres. Apenas podía retener el escorzo fugaz de una mujer muy pálida asomada a una ventana, mirando siempre hacia afuera, despidiéndose de alguien con la mano desde el balcón de la casa, quizá de algún vecino, de alguna visita que se había prolongado más de la cuenta, canturreando después risueña con el balcón entornado. Ese canto inconsciente de las mujeres que no saben que son observadas bajo su felicidad íntima y secreta, pero que alguien espía, el marido desde el otro lado de la puerta de doble hoja, o el niño escondido en un baúl que escucha y oye, pero todavía es muy pequeño para entender y para recordar.

SUSANA FORTES - "El amante albanés" - (2003)


Imágenes: L. M. Glasson

lunes, 4 de septiembre de 2023

LIBRE DE TODA SOSPECHA


En esa época, él viaja bastante. Busca y ficha a especialistas, a los que él mismo llama «la escoria», antiguos combatientes, legionarios que han colgado el uniforme y se han pasado al crimen remunerado, y para él es muy difícil, porque encontrar a un buen profesional resulta poco menos que imposible, siempre hay algún pero. Hay poca gente eficaz en quien se pueda confiar de verdad.

   La idea se le ocurre en 1961. No sabe cómo, aunque es una obviedad. Una genialidad. ¿Qué mejor colaboradora que aquella viuda acomodada con un indiscutible pasado en la Resistencia? Se lo propone: a ella se le saltan las lágrimas. Primer trabajo, perfecto. El director de recursos humanos está muy contento. A partir de entonces, ya casi no se ven. Precaución básica. Compartimentación. Mathilde lo comprende.

   Hablan de vez en cuando, desde cabinas. Los trabajos se suceden, tres al año, cuatro, rara vez más. Algunos, en el extranjero.

   A veces Mathilde se lleva con ella a Françoise, su hija. La deja en la piscina del hotel, va a pegarle un tiro en la cabeza a una mujer que está inclinada buscando las llaves del coche, y regresa tan campante con bolsas de la compra y con regalos para llevar a París.

   En los últimos veinte años se han visto en tres ocasiones. Henri siempre atribuye esos encuentros al azar, como si el azar tuviera cabida en su vida. Coinciden en París en 1962 y en 1963, es un período complicado, hay que establecer protocolos nuevos. «Empezamos de cero», dice el director de recursos humanos. Sus representantes quieren ver a todos los proveedores, revisan los expedientes de todo el mundo… Hay gente a la que Henri no volverá a ver jamás, Mathilde, en cambio, pasa sin problemas. 



   Se reencuentran en 1970. Ella es una cincuentona espectacular, continúa teniendo esa figura grácil y esos andares tan suyos, la cintura se contonea ligeramente del lado de la pierna que se extiende, hay algo líquido en esa forma de moverse. Cenan en el Bristol. Mathilde está radiante. Para Henri es un misterio insondable. Dos días antes estaba en Fráncfort, misión urgente, ni un segundo que perder, la tarifa triplicada, el cliente estaba desesperado… De acuerdo, mandaremos a alguien, y quien se encarga es Mathilde. Entró en una habitación de hotel donde había tres personas —un hombre y dos mujeres—, tres balas en tres segundos, menos de cuatro minutos después está fuera, y el arma y el guante que la sostenía descansan en la papelera de recepción.

   —¡Pues cogiendo el ascensor! —responde a Henri, que le ha preguntado cómo pudo salir de allí sin problemas—. ¡No iba a bajar los cuatro pisos con tacones de aguja, ¿no?! —añade, riendo de buena gana.

   Está irresistible. Para Henri, es el gran día. Nunca ha tenido una sensación tan clara de que al fin va a pasar algo, de que van a decirse… Sin embargo, nada de nada. Cuando ella se subió al taxi para volver a casa, Henri se dijo tierra trágame. De eso hace quince años.

   Y cuanto más envejece ella, más perfecta demuestra ser su tapadera.

   Gruesa y lenta, con la vista no tan buena como antes, sudando en cuanto llega el calor, conduciendo a cincuenta centímetros del parabrisas, parece cualquier cosa menos lo que realmente es.

   Libre de toda sospecha.

   Hasta hace poco.

PIERRE LEMAITRE - "La gran serpiente" - (2021)


Imágenes: Viktoria Savenkova

sábado, 2 de septiembre de 2023

LOS ESPAÑOLES SIEMPRE HEMOS SIDO POBRES


Así, los niños de entonces aprendimos a no preguntar, aunque a los españoles de hoy no les gusta recordarlo. Tampoco acordarse de que vivían en un país pobre, aunque eso no era ninguna novedad. Los españoles siempre hemos sido pobres, incluso en la época en que los reyes de España eran los amos del mundo, cuando el oro de América atravesaba la península sin dejar a su paso nada más que el polvo que levantaban las carretas que lo llevaban a Flandes, para pagar las deudas de la Corona. En el Madrid de mediados del siglo XX, donde un abrigo era un lujo que no estaba al alcance de las muchachas de servicio ni de los jornaleros que paseaban por las calles para hacer tiempo, mientras esperaban la hora de subirse al tren que los llevaría muy lejos, a la vendimia francesa o a una fábrica alemana, la pobreza seguía siendo un destino familiar, la única herencia que muchos padres podían legar a sus hijos. Y sin embargo, en ese patrimonio había algo más, una riqueza que los españoles de hoy hemos perdido.

   Por eso los mayores tienen menos miedo. Ellos hacen memoria de su juventud y lo recuerdan todo, el frío, los mutilados que pedían limosna por la calle, los silencios, el nerviosismo que se apoderaba de sus padres si se cruzaban por la acera con un policía, y una vieja costumbre ya olvidada, que no supieron o no quisieron transmitir a sus hijos. Cuando se caía un trozo de pan al suelo, los adultos obligaban a los niños a recogerlo y a darle un beso antes de devolverlo a la panera, tanta hambre habían pasado sus familias en aquellos años en los que murieron todas esas personas queridas cuyas historias nadie quiso contarles.

ALMUDENA GRANDES - "Los besos en el pan" - (2017)


Imágenes: Heather Brunetti


jueves, 31 de agosto de 2023

ESE TELÉFONO ES UNA REPRESENTACIÓN DEL ALEPH


Paula consulta su reloj de pulsera y se levanta.

   —Vas a quedarte sola una hora —dice muy seria, sin entrar en el juego de suspense que le propone su madre—. La batería del teléfono está cargada. Si te encuentras mal o te pasa algo llámame enseguida.

   Celia mira la pantalla del teléfono con una mueca de fastidio. Su hija no se lo ha dado porque ella lo haya pedido. Pensaba devolvérselo de todos modos con el único fin de tenerla controlada.

   —¿Sabes cómo funciona?

   Por toda respuesta Celia levanta la vista sin mover el ángulo de su cuello, lo que significa que la conversación ha terminado. Paula llama a Charlie chasqueando los dedos dos veces, como si de pronto tuviera mucha prisa, pero antes de salir se vuelve un momento para comprobar que todo está en orden y le hace un último gesto a su madre acercando la mano a su mejilla como si fuera un teléfono.

   Celia agita su mano a modo de despedida. O de hartazgo. Es la primera vez que se queda sola desde que despertó del coma y tiene una sensación en cierta forma adolescente, como si acabara de descubrir la libertad. Observa la pantalla del teléfono con curiosidad pero no se atreve a tocarla. Supone que en ese pequeño aparato están todos sus contactos, sus registros de llamadas y un acceso al resto del mundo a través de su conexión a Internet. Ese teléfono es una representación del Aleph que describió Borges, lo recuerda perfectamente, el lugar donde las cosas son infinitas porque pueden verse desde todos los puntos del universo.



   Lo deja sobre la mesa y se recuesta en el sillón con los ojos cerrados a la espera de que vuelvan Paula y Alba. Cree que va a poder relajarse como otras veces pero no soporta la inacción. Si al menos estuviera Charlie, podría acariciarle la cabeza y sentir la humedad de su hocico. La soledad resuena en sus oídos como si el teléfono no dejara de sonar.

   Se incorpora y lo toma entre sus manos. El fondo de la pantalla es una foto de un mar recto y azul sobre el que se disponen los iconos que dan acceso a las aplicaciones. No sabe para qué sirven y por eso mismo los va tocando todos. Las últimas llamadas registradas son de principios del mes de julio, seguramente del mismo día que sufrió el ictus. Hay llamadas de Tobias, Luisa, Paula y otras de números no grabados en la memoria que muestran todos sus dígitos. En la sección de contactos descubre un verdadero universo de amigos, compañeros y familiares.

   Respira aliviada. Estaba casi segura de que Paula habría eliminado todos esos contactos y esas últimas llamadas recibidas. Tiene la permanente sensación de que su hija quiere modificar el mundo que la rodea para ayudarle a recobrar la salud. El hecho de encontrar intacta la información de su teléfono la hace dudar de su inquietud. Tal vez es ella quien está siendo víctima de una paranoia por otra parte inevitable si se ha perdido la memoria con que poder combatirla.

JOAQUÍN BERGES - "Una sola palabra" - (2017)


Imágenes: Brock DeBoer

martes, 29 de agosto de 2023

ALGÚN PROTOCOLO DE EMERGENCIA FEMENINO


El joven Ted jamás, ni siquiera en sus fantasías más descabelladas, se había permitido creer que sus enamoramientos pudieran ser correspondidos. No era estúpido. Podía ser muchas cosas, pero estúpido nunca había sido. Lo único que siempre había querido era que tolerasen su amor, tal vez incluso que lo apreciasen: quería que se le permitiera estar cerca de sus amores, poder reverenciarlos, encontrarse con ellas de vez en cuando como quien no quiere la cosa, de la misma manera que una abeja puede rozar una flor.

   En vez de eso, lo que ocurría era que en cuanto Ted se obsesionaba con un nuevo amor, empezaba a fantasear con ella y la miraba fijamente y le sonreía como un tonto e inventaba razones para tocarle el pelo, la mano. Y entonces, inevitablemente, la chica reculaba: porque por algún motivo impenetrable, la afectuosidad de Ted provocaba en sus destinatarias una reacción de asco intenso y visceral.



   No eran crueles con él estos amores. Ted se sentía atraído por el tipo de chicas soñadoras que aborrecían la crueldad en cualquiera de sus manifestaciones. En lugar de eso, tal vez comprendiendo que sus pequeñas atenciones previas habían sido la puerta de entrada por la que Ted había accedido sin que nadie lo hubiera invitado, las chicas se apresuraban a echar el cerrojo. Instauraban algún protocolo de emergencia femenino universalmente implícito y se negaban a establecer contacto visual con él, le hablaban solo cuando era necesario y se apartaban de él tanto como era posible, al otro lado de la habitación. Se atrincheraban en fortalezas de fría amabilidad y se acomodaban allí dentro dispuestas a esperar todo el tiempo que fuese necesario hasta que él se marchara.

   Dios, era espantoso. Décadas más tarde, el recuerdo de todos esos enamoramientos hacía que Ted quisiera morirse de la vergüenza. Porque la peor parte era que, incluso después de que fuera obvio que las chicas a las que adoraba no soportaban sus atenciones, aún deseaba desesperadamente estar cerca de ellas y hacerlas felices. Luchó por encontrar una solución a este dilema tratando de aplicar un autocontrol en forma de brutal castigo (frente a un espejo, de pie, desnudo, obligándose a contemplar las piernas delgadas, el pecho cóncavo, el pene pequeño: Te odia, Ted, acéptalo, todas las chicas te odian, eres feo, das asco, eres repugnante) y luego se le iba de las manos y se despertaba a las tres de la mañana llorando de frustración y tecleando estados en los que es legal casarte con tu prima en la barra de búsqueda de internet, como en una partida interminable de ese juego que consiste en matar topos, pero en vez de topos lo que machacaba era sus esperanzas.

KRISTEN ROUPENIAN - "Lo estás deseando" - (2019)


Imágenes: Nick Gentry

sábado, 26 de agosto de 2023

LA PENSIÓN MALABO


Quienes entraban por primera vez en la pensión Malabo no podían evitar un sobresalto mayúsculo al descubrir a un negro descomunal tirado en el suelo. Parecía un cadáver al que alguien se hubiera olvidado de amortajar; sus ojos estaban clavados en el techo, con la mirada inane de los decapitados, y el labio inferior, enorme y ceniciento, le colgaba fláccido sobre un lado de la cara. El negro, en realidad, estaba vivo, y respondía al nombre de Moisés Ndongo; era un auténtico bubi, de la isla de Bioko (o Fernando Poo) y se decía que tenía más de ochenta años. Reacio a los mullidos lechos de Occidente, prefería dormitar largas siestas en el piso del vestíbulo, disuadiendo con su presencia turbadora a todo huésped en ciernes que no estuviera dispuesto a vérselas con una fauna humana de lo más variopinta e inquietante, de la que Ndongo era sólo la muestra inaugural.

   La pensión Malabo era, en efecto, un invernadero en el que se criaban las flores más raras, y el jardinero a cargo era don Niceto Altagracia, regente de aquel edificio cochambroso y decadente que se levantaba en las afueras de la ciudad como un vestigio de la era jurásica. Refugio de una cohorte de psicópatas, degenerados y artistas que jugaban a una bohemia trasnochada, los precios escandalosamente bajos la hacían asequible a los bolsillos esquilmados de los perdedores, quienes acudían a ella como delincuentes medioevales que se acogieran a sagrado en una iglesia.



   Algo de ámbito catedralicio tenía la pensión, pues las estancias eran de techos muy altos y todo olía a humedad de cripta. La luz natural penetraba a duras penas en aquella penumbra de queroseno, ahogada por un filtro múltiple de cortinajes, visillos y celosías. El paisaje oculto tras las ventanas carecía, por lo demás, de todo atractivo: era un descampado en el que se erguían, como osamentas de monstruos prehistóricos, los armazones de fábricas abandonadas. El edificio de la pensión constaba de tres pisos y lo cercaban una verja herrumbrosa y un jardín abandonado que desprendía un nauseabundo olor a aguas estancadas.

   Don Niceto Altagracia, el gerente, era un hombre de barba taheña y mirada contrita que caminaba como si llevara un fardo de treinta kilos atado al pescuezo. Misterioso como un galeón hundido, hacía gala de una amabilidad que no descendía nunca a la confianza. Había sido misionero jesuita en Fernando Poo (según otra versión, no había pasado de seminarista con los claretianos) y estando allí había colgado el hábito talar para contraer matrimonio con una indígena. De vuelta a España, fallecida su madre, había tomado las riendas del negocio familiar, trayendo consigo a su parentela africana. Nadie había visto nunca a la señora de Altagracia, que al parecer vivía recluida en una estancia del último piso; en los mentideros de la pensión se especulaba con todo tipo de hipótesis para explicar su aislamiento: una fealdad desmesurada, deformaciones craneanas procuradas por algún rito bubi, o la mera incapacidad de adaptación al medio de vida europeo. Se suponía —pues los implicados jamás habían hecho ninguna aclaración en este sentido— que Moisés Ndongo era el suegro de don Niceto, y Carlota su hija.



   Carlota frisaba en los veinte años pero aparentaba cuarenta. Era una mujerona de raza indefinida que se aclaraba las guedejas de cabello ensortijado con agua oxigenada y se pintaba los labios a brochazos. Fea de solemnidad, tan parca en palabras que parecía muda, poseía sin embargo unos senos y unas caderas propias de una primitiva diosa de la fecundidad. En el ámbito estrictamente varonil y castrense de la pensión Malabo, donde sólo ocasionalmente acudía alguna puta desnortada para regresar enseguida al arroyo, abrumada de saliva y de otros flujos, la tal Carlota había alcanzado la estatura de un mito erótico. Los ojos vidriosos de los huéspedes la asediaban mientras fregaba las escaleras dándoles el culo, o trataban de vislumbrar sus pezones como cerezas maduras cuando se agachaba a recoger un plato roto. Nadie, sin embargo, osaba propasarse con ella, pues había algo salvaje en Carlota, una transpiración animal o un fulgor de ferocidad irracional en su mirada que echaba para atrás a los más gallitos. Sólo el coronel Ursúa había tenido una vez el atrevimiento de palpar sus nalgas, y de la experiencia conservaba una cicatriz como de mordedura de leona hambrienta en su única mano.

MANUEL MOYANO - "El amigo de Kafka" - (2001)


Imágenes: Tawny Chatmon