Cuando ella regresaba del internado y pasaba alguna temporada en la ciudad, solía verla casi todos los días porque la casa en la que vivía estaba justo enfrente del anexo del ayuntamiento. Salía y entraba con su hermana pequeña, acompañada a menudo de otros chicos jóvenes, cosa que, como es lógico, no me agradaba. Cuando las carpetas y los libros me daban un respiro me ponía de pie junto a la ventana y miraba sobre la carretera esperando encontrarla. A última hora de la tarde lo consignaba en mi diario de notas, al principio con una X y luego, cuando supe su nombre, con una M. También la vi en la calle varias veces. En una ocasión estuve justo detrás de ella en una cola en la biblioteca pública de Crossfield Street. No me miró ni una sola vez, pero pude observar su cabeza por detrás y su pelo recogido en una larga coleta. Era muy pálido y sedoso, como los capullos de Burnet[1]. Siempre llevaba el pelo recogido en una única coleta que casi le llegaba hasta la cintura y que a veces le caía por la espalda, otras de lado y otras por delante. Hubo sólo una ocasión, antes de que viniera aquí como mi huésped, en la que tuve el privilegio de vérselo suelto. Era tan hermoso que casi me dejó sin respiración; parecía una sirena.
Hubo también otra ocasión, un sábado libre, en que fui al Museo de Historia Natural y regresamos en el mismo tren. Se sentó a tres filas de distancia de donde yo estaba sentado y en el mismo lado y se puso a leer un libro. Pude observarla durante treinta y cinco minutos. Siempre que tenía ocasión de observarla tenía la sensación de estar atrapando un ejemplar muy raro, de que mis movimientos debían ser muy cautelosos. Tenía siempre el corazón en la boca, como suele decirse. Una amarilla pálida[2], por poner un ejemplo. Siempre pensé en ella de esa forma; utilizando palabras y formas esporádicas y elusivas, y muy refinadas también…, no como las otras, ni siquiera las hermosas, palabras de verdadero conocedor.
El año que todavía iba al colegio no sabía quién era, sólo que su padre era el doctor Grey y que una vez escuché por casualidad en una de las reuniones de la Sección de Insectos algo acerca de que su madre bebía demasiado. El comentario consistía en que alguien la había visto en una tienda y que tenía todas las señales típicas de la gente que bebe; la voz pastosa, demasiado maquillaje, etc.
En fin, luego apareció aquello del periódico local en donde se decía que había ganado una beca y lo inteligente que era, y también su precioso nombre: Miranda. Así fue como me enteré de que vivía en Londres y de que estudiaba arte. Aquel pequeño artículo marcó un antes y un después. Fue como si de pronto nos hubiésemos vuelto íntimos, aunque, por supuesto, ni siquiera nos conocíamos en la realidad.
No podría decir qué fue lo que sucedió exactamente, pero desde la primera vez que la vi supe que era ella la que yo había estado esperando. No estoy loco, por supuesto, ya entonces sabía que era un sueño inalcanzable, y habría seguido siéndolo si no hubiese sido por el dinero. Solía fantasear con ella, imaginaba episodios en los que nos conocíamos de pronto, situaciones en las que yo me comportaba de una manera admirable, me casaba con ella y todo eso. Nada de cosas desagradables, eso no sucedió hasta lo que explicaré luego.
Ella pintaba sus cuadros y yo cuidaba de mi colección (hablo de mis fantasías). Ella me amaba tanto a mí como a mi colección, no dejaba de dibujarlas y colorearlas y los dos trabajábamos juntos en una habitación de esas casas modernas que tienen unos ventanales enormes. Íbamos juntos a las reuniones de la Sección de Insectos y en vez de estar callado por temor a equivocarme y hacer el ridículo, los dos hablábamos mucho y éramos de lo más populares. Ella estaba preciosa con su pelo rubio platino y sus ojos grises, y el resto de los hombres, por supuesto, estaban verdes de envidia.
Sólo había cierta situación en la que no tenía bonitos sueños con ella; cuando la veía con cierto joven, el típico gallito de colegio de ricos con coche deportivo. Recuerdo una ocasión en la que estaba a su lado en el Barclays esperando para hacer un ingreso y que le oí decir: «Démelo todo en billetes de cinco». La gracia era que estaba cobrando un cheque de diez libras. Todos se comportan de la misma forma. En fin, la vi varias veces subiéndose a su coche, o a los dos en él cruzando la ciudad, y cuando eso ocurría me comportaba muy secamente con mis compañeros de trabajo en la oficina y no ponía la X en mi diario de notas entomológicas. Todo eso sucedió antes de que ella se fuera a Londres y lo dejara. Aquéllos eran los días en los que me permitía a mí mismo tener sueños malos. Ella casi siempre lloraba y estaba arrodillada. Hubo una ocasión en la que incluso me permití soñar que le cruzaba la cara igual que un tío que había visto en una obra de teatro que pusieron en la tele. Tal vez empezó todo en ese instante.
Notas:
1.- Pimpinella Saxifaga.
2.- Colias Alfacariensis.
JOHN FOWLES - "El coleccionista" - (1963)






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