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martes, 4 de agosto de 2026

NADIE LE HABÍA DICHO EL MOTIVO POR EL QUE CAVABA



Nadie le había dicho el motivo por el que cavaba. No le importaba. Sólo le importaba que la paga fuera suficiente y de eso no podía quejarse. Desde que su mujer había caído enferma, Abel necesitaba de todo el dinero que pudiera conseguir, y si el doctor Andrade le hubiera pedido que cavara un pozo hasta el centro de la tierra, él sólo hubiera preguntado qué tan ancho lo quería.

   Hacía muchos años, el abuelo de Abel había ayudado a levantar el casco de la estancia de los Andrade. Eran los tiempos en que ambas familias eran numerosas y la región parecía augurar un gran futuro a sus habitantes. Luego la peste alteraría drásticamente los planes, reduciendo a menos de un tercio la población del lugar. El doctor Andrade estaba lejos cuando aquello ocurrió.



 Desde muy joven había mostrado una lucidez y una originalidad asombrosas en la comprensión de los fenómenos del mundo físico, y su precoz y meteórica carrera lo había llevado con honores hasta la Universidad de Leipzig. Fue allí donde, bajo la tutela del doctor Armand Güber von Selles, tuvo lugar el primer acercamiento a las disciplinas que más tarde lo harían poseedor del secreto que hoy guardaba y que, como el mismo doctor gustaba de aclarar, tenían más que ver con la fe que con otra cosa. Cuando la peste asoló sus tierras, él se encontraba tan ocupado en desenredar los misterios del cosmos que para cuando quiso darse cuenta ya sólo su padre quedaba. Decidió entonces volver junto con su esposa a la casa familiar, pero al llegar la encontró vacía; nadie había sobrevivido. El golpe fue duro para el doctor, y su carácter acusó el recibo. A excepción de su esposa Estela, prácticamente no volvió a hablar con nadie, y refugiado en la soledad de la gran casona —⁠una soledad que se transformó en el más absoluto de los aislamientos luego de la muerte de Estela⁠—, se abocó a sus estudios con la devoción de un monje, para lo cual se proveyó de un cuarto de trabajo y voló el techo de la habitación de sus padres con el fin de instalar allí el observatorio.



  Y es que era allí, en el cielo, donde el doctor buscaba las respuestas, donde hallaba las compuertas que le permitían escapar del laberinto imposible al que sus juegos lo habían conducido. Porque no eran más que eso y el doctor lo sabía: juegos estelares, mecánicas caprichosas que cobraban forma y vida de pronto en su cabeza. Relatos afortunados que hablaban de la historia de la historia del universo, y que en alguna época gustaba de relatar con la pasión de un violinista a quien los quisiera escuchar; alumnos, colegas o cualquiera que se le pusiera enfrente. Ahora el silencio se había quedado con todo. Con todo, excepto con ese murmullo celeste que no cesaba de susurrarle al oído los más inquietantes secretos. Y ninguno tan inquietante como este que lo había embarcado en la empresa de la cual sólo Abel estaba enterado. «Estricta reserva» habían sido las palabras del doctor al contratarlo. «Sólo usted sabrá los detalles de la obra y no los comentará con nadie». Es verdad que el doctor podría haber intentado advertir a la humanidad acerca de lo que sabía, pero ocurre que, más allá de que su salud mental había sido puesta en duda —⁠y no sin algo de razón⁠— en más de una oportunidad, la humanidad para él se había terminado el día en que Estela había dejado este mundo.

JAVIER ARGÜELLO - "Siete cuentos imposibles" - (2002)


Imágenes: M. C. Escher

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