Desapegos y otras ocupaciones.

jueves, 24 de agosto de 2023

NO SOY UNA COBARDICA, ¿Y TÚ?


Así pasan los días y seguirán pasando —la propia Cassie solía decir «todo es cuestión de tiempo, y el tiempo pasa»— y llegaremos al fin de este verano como llegamos al fin del anterior, como pasamos por todo lo que sucedió hace ya más de dos años. Cada día que transcurre pone cierta distancia entre el ahora y el entonces, así que puedo creer —tengo que creer— que llegará el momento en que mire atrás y ese «entonces» será sólo una mota en el horizonte.

   La historia varía según el lugar donde comience: quién es bueno, quién es malo, qué significa todo eso. Todos moldeamos nuestras historias para que tenga algún sentido ser quienes creemos que somos. Puedo empezar hablando de cuando Cassie era mi mejor amiga, o puedo empezar a contar la historia cuando ya no lo era. O puedo empezar por lo más oscuro del final, y comenzar a contarla hacia atrás.

   Pero no puedo empezar a contarla «antes»: Cassie y yo nos conocimos en el jardín de infancia, así que no recuerdo los tiempos en los que no la conocía, en los que no detectaba su pelo liso, rubio blanco, entre una multitud y sabía exactamente en qué parte de la habitación estaba. Tiempos en los que pensaba en ella como algo mío, en cierto sentido. Cassie era diminuta, tenía los huesos como los de un pájaro. Siempre fue la niña más pequeña de la clase: su tobillo abultaba lo mismo que mi muñeca. Tenía el pelo de un rubio casi blanco, reluciente, tan claro que parecía albina. Y la piel translúcida, un poco rosa. Pero que nadie se crea que su tamaño y palidez eran síntoma de fragilidad. Si uno la miraba a los ojos, aún azules —aunque se volvían grises cuando hacía mal tiempo, como el agua de la poza de la cantera— no había duda de lo dura que era. Fuerte, más bien: es un término más adecuado. Claro que al final no lo fue bastante, pero hasta cuando éramos pequeñas tenía algo, no sé… un pronto así como «¡Qué demonios! No soy una cobardica, ¿y tú?».

CLAIRE MESSUD - "La niña en llamas" - (2017)


Imágenes: Karen Navarro

lunes, 21 de agosto de 2023

UNA CONSIGNA PARA ENCARAR EL NUEVO DÍA


El almanaque que cuelga de la manija de la alacena atrasa. Nadie arranca las hojas desde el dos de marzo y estamos a veinte o diecinueve de abril, ya ni sé. No tengo a quién preguntarle. Es bien de noche, deben faltar unas pocas horas para que amanezca. Jaime ronca en el cuarto, no es un ronquido fuerte pero sí persistente, que nunca se apaga. A veces crece, va del agudo al grave, se enoja, después se apacigua, pero enseguida recobra aliento y se acelera. Cuando no ronca, silba, y cuando no silba, sopla. De alguna manera habla, dice cosas en ese idioma básico y universal, cosas difíciles, fragmentos de algo que Jaime lleva bien adentro, en las entrañas, y suelta de noche sin hacerse cargo, para que yo lo escuche, y lo comprenda un poco más, o para que empiece a despreciarlo. Estoy desvelada por completo y más proclive al odio que a la comprensión.

   Ahora, en la cocina, trago sorbos de ginebra para poder dormirme. Entonces me fijo en este almanaque que nunca había notado hasta hoy y cuyas hojas nadie saca desde hace tiempo. Arranco una por una, del dos de marzo al diecinueve de abril.



  Estoy a punto de hacer un bollo con todos los días y tirarlos al tacho de basura pero un descubrimiento me detiene. A cada hoja le corresponde una frase entrecomillada al dorso de la fecha. Están firmadas por personajes célebres, escritores, artistas, filósofos, estadistas, hombres y mujeres notables, a primera vista muchos más hombres que mujeres. Algo así como una consigna para encarar el nuevo día. Algunas son confusas o están mal traducidas, las más proponen conductas impracticables, hay proverbios chinos, refranes criollos, versículos bíblicos, fragmentos de la literatura universal. Uno de los temas más recurrentes es la codicia. Otro es la relación entre cuerpo y alma.

   Retengo dos citas, una por ingeniosa, la otra porque me deja pensando. La primera es de Schopenhauer, al menos el almanaque se la adjudica, y dice: «La mujer es un animal con cabello largo e ideas cortas». Horacio firma la otra: «No sacar de la luz humo, sino humo de la luz». Me encanta, no sé por qué.

IOSI HAVILIO - "Opendoor" - (2006)


Imágenes: Calvin Sprague

sábado, 19 de agosto de 2023

NO SÉ ADÓNDE VOY


Viajo solo, a lomos de mi coche, atento al murmullo del motor y a la intermitencia con que se traga la línea que divide la carretera en dos sentidos. Está hambriento de asfalto. Digiere los segmentos que va comiendo y evacua los excrementos en forma de humo por el tubo de escape. Es un ser vivo de sangre caliente. Respira irregularmente, se excita y se calma, inspira ante una curva y suspira en las rectas, como cualquier animal. Como yo.

   No es así como suelo viajar. La mayoría de las veces lo hago en compañía de mi esposa o con mi hijo, mi nuera y mi nieto. A veces incluso todos juntos, los cinco. Entonces el coche no me parece un ser vivo sino una simple máquina de tracción haciendo su trabajo. En cambio, cuando estamos a solas, la máquina se convierte en un dócil animal y me conduce por carreteras desconocidas, como un caballo que tuviera los ojos vendados y cabalgara sin rumbo, llevando sobre su grupa a un jinete con los ojos descubiertos pero igualmente perdidos.



   No sé adónde voy. No voy a ningún sitio. Quizá esté huyendo, aunque sea inconscientemente. Tan sólo conozco el lugar al que no quiero volver, nada más. Ignoro si tomar el sentido contrario es forzosamente una huida. No tengo vocación de fugitivo pero tampoco me incomoda serlo. Al fin y al cabo huir es una forma de moverse, no importa en qué dirección ni en qué sentido, un modo de no permanecer, de no perpetuarse en el espacio. Ni en el tiempo.

   Tal vez esté dirigiéndome hacia el horizonte, aunque tampoco sabría decir exactamente a cuál de ellos, porque sospecho que hay tantos horizontes como direcciones. A lo lejos, en cualquier dirección, siempre hay un horizonte. Puede ser una línea recta al final del mar, la suave loma de una meseta, las aristas de unos edificios o los relieves de unas montañas como las que se ven desde la ventana de mi dormitorio. Son unas sombras lejanas y por ello minúsculas, blancas en invierno y grises en verano, detrás de las cuales no parece haber nada más, salvo quizá otro horizonte. Siempre he creído que esas montañas señalaban la frontera de la libertad y tal vez me esté dirigiendo hacia ellas por ese motivo. Por qué no. Todo el mundo sabe que los fugitivos huyen hacia las fronteras.

JOAQUÍN BERGES - "La línea invisible del horizonte" - (2014)


Imágenes: Kirsty Elson

jueves, 17 de agosto de 2023

AHÍ NO HAY MARGINACIÓN POSIBLE


—Si está usted en lo cierto, Cano —dijo más tranquila—, pero no es nuestra función. Y en lo estricto del terreno personal le digo que de vez en cuando pienso que nos estamos volviendo tan políticamente correctos que vamos a perder la individualidad. Se está llegando a límites demenciales; en Holanda se hablaba de denominar a todos los niños de las guarderías con el género neutro, para evitar el sexismo. De prohibir a las modelos delgadas, para evitar la anorexia. De prohibir las tallas pequeñas, con el mismo fin. Creo que es un error; un día prohibimos las tallas pequeñas y el siguiente las grandes, en aras de la salud. ¿Para acabar cómo? ¿Como algunos japoneses, que tienen que teñirles el pelo a las niñas para que entren en el canon y las admitan en un colegio? Todos iguales, ahí no hay marginación posible. Y, no se equivoque, no me parece bien que las modelos pesen cuarenta y cinco kilos. Pero ¿qué es de la mujer que mide uno cincuenta y está delgada? ¿Vamos a suprimir su talla? ¿No la marginamos a ella? Y, sí, sé que hay marginación, sé que hay racistas. Pero no creo que la solución a ello sean prohibiciones. Creo que hay que educar, dialogar y, sobre todo, convivir. El miedo siempre está en lo desconocido. Es un error evitar el diálogo, evitar la discusión. Estamos perdiendo la capacidad de hablar; lo ve en las tertulias políticas, que cada vez son más monólogos y menos discusiones. Siempre me ha encantado la frase de Voltaire, que dijo que podía no estar de acuerdo con otra opinión, pero lucharía hasta la muerte para que pudiese ser expresada.

   El aire del coche era asfixiante y la tensión todavía era palpable. La teniente abrió la ventana y lo miró.

   —Y espero que comparta usted mi opinión…

   Cano la observó interrogante.

   —… Nos hemos ganado una caña.

TERESA CARDONA - "Los dos lados" - (2022)


Imágenes: Amy Sherald
 

martes, 15 de agosto de 2023

A BUSCAR TRABAJO PARA TRAER COMIDA


La estación abandonada, una de tantas. En medio de su meditación, Jonás se percató del anciano que estaba sentado en un corroído banco de hierro en el terraplén, o en lo que quedaba de este. Miraba a Jonás con unos mostachos poblados de blanco y la cara agrietada. Sus ojos se escondían detrás de unas grandes cejas. Una boina marrón lavado y el sonido de los pájaros levantar vuelo. Se acercó con la cámara entre sus manos y, agachándose lentamente, le tomó una foto a las alpargatas terrosas.

   Clic.

   —¿Esperando el tren, amigo?

   Dicho esto, Jonás se arrepintió completamente de cómo había comenzado su intento de conversación… una estupidez que podía llevar a una respuesta cortante y sin ánimos de dialogo. Tenía interés en la historia de aquel lugar perdido. Era domingo en plena hora de la siesta. Todo estaba cerrado y eran tan pocas las casas habitadas en esas escasas cuadras. Exceptuando al viejo, no habría ni una persona despierta con quien hablar sobre la vida. El anciano movió los labios sutilmente.

   —El próximo tren se olvidó de venir. Y el último tren se llevó a mi padre.

   El dialogo que Jonás buscaba entró pesado por las vías auxiliares y se detuvo en aquel banco de hierro oxidado. Jonás dejó colgar la cámara en su vientre y se sentó junto al viejo.



   —¿Y adónde fue?

   —Adonde el tren iba, a buscar trabajo para traer comida. Pero el tren no regresó, y mi padre tampoco. Así que no hubo comida para nadie. Se olvidó de mi madre enferma al poner un pie sobre ese vagón… y de mí al sentarse… y de mis hermanas al dejarse llevar.

   —¿Usted era muy chico?

   —Era tan chico, que nadie podía verme. Esperé dentro de mi madre en la estación, con una hermana en cada mano, a que el tren se perdiera en el horizonte. El sol y las montañas se lo tragaron completo.

   —¿Y esa fue la última vez?

   —Usted habla conmigo… por hoy yo existo. Mañana volveré al olvido y volverá la «última vez» que usted menciona…

   Jonás guardó silencio, pensó en aquel pueblo, en la hierba mala que todo lo cubría, hasta las alpargatas gastadas del anciano a su lado. Se sintió una cámara, el instrumento que era una parte suya era ahora él. Y sus ojos guardaban el momento para siempre. Hasta que él fuera un anciano cansado y recordara aquel pueblo, entonces, pensó Jonás, el anciano de la estación existiría nuevamente por unos instantes… para caer en el olvido una «última vez» más. Clic.



   —Hoy tampoco vendrá… —Se paró lentamente, aferrando sus rodillas y quitándose la boina en el proceso— y Rascó sus canas sudorosas con la mano que apretaba la boina. El sol, cubierto por una nube pasajera, lanzaba halos luminosos hacia el rostro vencido del viejo. Las palabras salían de su boca cuarteada como una formación del ferrocarril. —Mañana moriré, me lo ha dicho Miáfara, el viejo que ve los mañanas.

   Jonás notó el revólver en la cintura, la culata sobresalía sutilmente fuera de la bombacha de campo. El anciano miró a Jonás fijamente.

   —Lo voy a matar ni bien aparezca.

   Una brisa movió las hojas y Jonás sintió frío. Contemplando al hombre y detrás de él, el sol queriendo escaparse de aquella nube.

   —¿A quién?

   —Al tren ese que me quitó la vida.

   Y miró una vez más su horizonte… y en ese momento, instintivamente, Jonás alzó su cámara y fotografió la imagen más profunda que en su vida había visto. Y el anciano existió por un tiempo más, esperando que el sol le devolviera su pasado. Edgardo Mistre murió en su cama la mañana siguiente, derrotado por el tiempo. Murió de viejo y amargado, con una mano sobre la culata en su cintura. Esperando escuchar a lo lejos aquel traqueteo mecánico y el silbato de una locomotora desguazada mucho antes que él.

   Esa tarde Jonás supo que el verano había terminado… estaba en la estación del olvido, que comienza un día, y se extiende al infinito.

FABIÁN BEVILACQUA - "Un cuarto de historias" - (2016)


Imágenes: Kathleen Vance

sábado, 12 de agosto de 2023

CUANDO SE CASÓ, MI MADRE AÚN NO TENÍA MIEDO


Mi padre era un hombre enorme, ancho de espaldas, con complexión de leñador y manos de gigante. Unas manos capaces de decapitar a un polluelo como quien desenrosca una botella de Coca-Cola. Además de la caza, mi padre tenía dos pasiones en la vida: la tele y el whisky. Y cuando no estaba persiguiendo animales a lo largo y ancho del planeta, cogía una botella de Glenfiddich y encendía la tele, conectada a unos bafles que habían costado lo que cuesta un coche de gama baja. Fingía hablarle a mi madre, pero si la hubiéramos cambiado por un ficus ni se habría enterado.

   Mi madre le tenía miedo a mi padre.

   Y creo que, aparte de su obsesión por la jardinería y las cabras enanas, eso es todo lo que puedo decir de ella. Era una mujer delgada con el pelo largo y aplastado. No sé si existía antes de encontrarlo a él. Supongo que sí. Debía de parecerse a una forma de vida primitiva, unicelular, ligeramente translúcida. Una ameba. Un ectoplasma, un endoplasma, un núcleo celular, una vacuola digestiva. Y con los años pasados junto a mi padre aquella poquita cosa se había ido llenando de miedo.



   Siempre me han intrigado las fotos de su boda. En mis recuerdos más antiguos, me veo buscando algo en el álbum. Algo que justificase aquella extraña unión. Amor, admiración, estima, alegría, una sonrisa… No sé, algo… Nunca lo encontré. En las imágenes, mi padre tenía la misma actitud que en las fotos de caza, pero sin el orgullo. Es evidente que una ameba no impresiona mucho como trofeo. No es muy difícil atraparla: un vaso, un poco de agua estancada ¡y hala!

   Cuando se casó, mi madre aún no tenía miedo. Parecía sencillamente que la hubieran puesto allí, al lado de aquel tipo, como un florero. Al hacerme mayor, me empecé a preguntar cómo habían podido concebir dos hijos, mi hermano y yo. Pero pronto dejé de preguntármelo porque la única imagen que me venía a la cabeza era una acometida después de cenar, sobre la mesa de la cocina, con olor a whisky. Unas cuantas embestidas brutales, no demasiado consentidas y venga…

   La función principal de mi madre era preparar la comida, cosa que hacía como una ameba, sin creatividad, sin gusto, con mucha mayonesa. Sándwiches de jamón y queso, melocotones con atún, huevos rellenos y palitos de pescado con puré de patatas. Básicamente.

ADELINE DIEUDONNÉ - "La vida verdadera" - (2018)


Imágenes: Damien Cifelli

jueves, 10 de agosto de 2023

CASA REQUETETOMADA

 


Vivimos en una casa muy grande (bastante más de la media). Aunque así sea, hubo (llegó) un momento en que no cabíamos...

Cuando éramos sólo (?) mi mujer, los dos niños mayores (una parejita, je, qué graciosos; con estos ya va que chuta, que están las cosas muy malas...) y, algunas veces mi madre, que pasaba largas temporadas con nosotros; en primavera y otoño, que aquí los veranos son muy calurosos y los inviernos muy fríos (puritito clima continental a pocos kilómetros de la Costa Malaya), pues se podía decir que teníamos espacio vital, como en el anuncio ese de los coches...

Pero cuando ya no la esperábamos, vino ese regalito del Cielo que ya ha aparecido por estas páginas algunas veces, la pequeña Lucía: se abren nuevos plazos; el tiempo corre de otra manera, a paso de tacatá (¿o se dice tacataca?).

Desde que empezó a caminar (no, a correr), de pronto, dejándonos a todos pasmados, con siete meses, sí siete, hasta pocos meses después, perdí diez kilos. Todo el mundo me preguntaba qué mágico régimen había seguido. Nada de régimen, una niña muy "sinquieta" (como alguien me dijo una vez), que no paraba. Y había que agacharse a recoger los restos del huracán Lucía. El tacataca (¿o se dice tacatá?), lo teníamos amarrado con una cuerda a una mesa para que sólo cubriera el "radio de seguridad" estipulado.

Y esos regalitos, como bien se sabe, no vienen solos... "Vienen con un pan debajo del brazo"; y con una cuna que hubo que "repescar" (ya se la habíamos cedido a un familiar); y con unos paquetones de pañales que no sabes dónde poner; y con un cargamento de leches, biberones, colonias, gotitas, toallitas, medicinas, zapatitos (patucos ¡qué chulos!), carrito..., y más tarde el parque, el tacatá o tacataca (que de las dos formas se puede decir, que lo he mirado en el Diccionario de la R.A.E.).



Y ropa (ropita...; hemos entrado en un mundo en el que todo acaba en -ito o en -ita), montones de ropita. Ropita comprada (la menos); ropita regalada (bastante más) y ropita "heredada" (la que más, con mucho). No sólo de mis niños anteriores, no. Resulta que mis suegros tuvieron 13 hijos, 11 de ellos chicas. Y de esos polvos vinieron estos lodos: 29 nietos.

Y la ropita se va "pasando" de unos a otros. Ya se sabe, los niños crecen tan rápido... Y la ropita ¿no pasa de moda? Bueno, ya se sabe también: las modas son cíclicas y vuelven y van y vuelven pendularmente ellas.

La casa se ha tenido que "rehacer", como si de un ser vivo se tratara, encogerse, estirarse, como perro que se despereza. Nuestra salita favorita de cara al sol (¡qué mona, ella!), decorada en verde "relajante", con mueblecitos de bambú y caña, donde yo tenía mis minerales, mis libros, mis discos (vinilos y cedés), una chimenea muy coqueta,... Todo ha sido reconvertido, como si de un suelo rústico en manos de un político cruel (???) se tratara.

Allí se ha instalado el dormitorio de mi hijo que, desde entonces, sufre crisis de identidad mobiliaria. El pobre quiere tener un cuarto a su gusto, con sus pósters, sus juguetes, sus trofeos,... pero aquello es una barahúnda, una mezcolanza sin nombre, donde se apilan objetos irreconciliables entre sí en el más puro caos. ¿Y quién le dice al niño, en esas condiciones, el famoso: "O arreglas tu cuarto o no sales"?

Su hermana mayor está algo mejor, aunque también algún mueble no demasiado afianzado en su primitivo asentamiento ha ido a parar allí. Para este verano queremos ponerle allí una cama (perdón, camita) a la pequeña. Ya va siendo hora.

Aún duerme en el dormitorio paterno, en la cunita, por decirlo así, ya que es bien grande y todas las noches la tenemos que poner paralela a nuestra cama. Al amanecer, siempre está con nosotros sin que nadie sepa exactamente cómo ni cuándo "se ha pasado". No sé cómo lo hará la gente que sale en las películas y series de la tele... pero, desde muy pequeños, ya tienen a los bebés durmiendo en su cuarto propio, pintadito con nubecitas y borreguitos y ellos, ¡hala!, tan tranquilos en sus camas matrimoniales.



Como decía, este verano queremos que Lucía pase a sentar plaza con su hermana mayor. Mas ésta, aunque la quiere mucho, es de buen dormir y preferiría que el asentamiento fuera en el cuarto-sin-nombre de su pobre hermano que, iluso, está encantado con la idea.

Y ahora paso al asunto más "espinoso": la habitación de la abuela. Es la más pequeña de la casa, pero lo justo para ella..., hasta ahora. Mi madre pasaba como la mitad del año residiendo en otra localidad, en casa de mi hermana, donde tenía un dormitorio más amplio en el que iba acumulando, además de docenas de marcos con fotos de todos nosotros, toda la ropa que compraba. Su único vicio (o manía): comprar ropa que, luego, casi nunca se volvía a poner. (Bueno, tiene otro vicio: el cuidado excesivo de su cabello, que ya abordaremos en otra ocasión...).

Este "simulacro" de síndrome de Diógenes ha producido que, ahora que mi hermana nos ha dejado, mi madre haya arrastrado con todas sus pertenencias (cajas y más cajas de cartón, grandes, pesadas, amenazantes...) y haya invadido el poco espacio que nos quedaba libre.

Su cuarto, que habitualmente era adonde iba a parar todo lo que no sabíamos dónde colocar (cuando no estaba ella, claro): una diana electrónica, la impresora y otros aditamentos del ordenata, un balancín de madera, una butaca, muñecos y libros múltiples,... Pues ya se acabó este "desahogo". Ahora todo lo ocupan los innombrables paralelepípedos, ominosos, repletos de no-se-sabe-qué. Algunas noches se oyen extraños sonidos, mezcla de quejidos, suspiros y crepitar de papeles ardiendo y suena una música como muy lejos, parecida a los "riffs" más salvajes de Jimi Hendrix ("All along the watchtower"...)

Se me olvidaba decir que también tenemos una tía (no, esta no se queda en casa: sería insoportable), que siempre viene cargada de multiplicidad de objetos. Es como lo de mi madre, pero al revés. Ella no "recoge", sino que "aporta" a los demás (seguramente lo que recogió en otra etapa anterior de su "desarrollo").

Hace poco se presentó (a pie), con un oso de peluche horrendo de un tamaño casi natural: "Para los niños". Ropa usada, agendas de años anteriores, todo tipo de "chupilitrinas",... ¿Que dónde van a parar? Al cuarto de la abuela,... hasta ahora.



Y ustedes dirán que por qué no tiramos todo estos excedentes. Muy sencillo: por falta de tiempo y por una cierta dosis de pereza. En el caso de mi hijo, añadiremos también un mucho de nostalgia. Un día buscando algo en su habitáculo encontré una caja con unos trozos astillados de conglomerado de madera (resultaron ser restos de un tablero de su primera canasta de baloncesto), pedacitos de piedra y cemento (que no he podido saber de qué eran), y otras fruslerías por el estilo que, cuando se enteró que yo se las había tirado, le produjeron un ataque de ansiedad nostálgica de mucho cuidado...

Pero algún día habrá que liarse la manta a la cabeza, echarle valor y arremeter contra los montones acumulados de existencia.

Ahora he engordado un poco, no mucho; entre 2 y 3 kilos. Ya no me agacho a recoger los juguetes y zarandajas de Lucía. Ni yo ni nadie... Vivimos a gusto así, entre restos de juguetes, pañales usados, ropitas de muñecas mutiladas, trocitos pegajosos de plastilina de todos los colores, lápices y pilas usadas.

Siempre salimos a pasear de noche. Antes de salir, cerramos bien la puerta. No sea que a algún pobre diablo se le ocurra robar y se meta en la casa, a esa hora y con la casa requetetomada.

There must be some way out of here / Debe de haber alguna forma de salir"

Said the joker to the thief / Dijo el bromista al ladrón

There's too much confusion/ Hay demasiada confusión"

I can't get no relief/ No encuentro consuelo

Jimi Hendrix - "All along the watchtower"


(Publicado originalmente por El Secretario en su desaparecido blog "La Zona Libre" el viernes 25 de abril de 2007).


Imágenes: Keita Miyazaki