Desapegos y otras ocupaciones.

martes, 8 de agosto de 2023

PUNTOS SUSPENSIVOS

 


Porque contrariamente a lo que creen tantos, no se escribe para entretener, aunque la literatura sea de las cosas más entretenidas que hay, ni se escribe para eso que se llama «contar historias», aunque la literatura está llena de relatos geniales. No. Se escribe para atar al lector, para adueñarse de él, para seducirlo, para subyugarlo, para entrar en el espíritu de otro y quedarse allí, para conmocionarlo, para conquistarlo…

  (...) ¿Hubo alguna vez mejor dibujo de la condición humana que los puntos suspensivos con su alegre suspensión de aquello que, a fin de cuentas, sólo puede aspirar a quedar eternamente suspendido?

   Para mí la imagen más relacionada con lo perpetuamente suspendido siempre será el patio del colegio cuando por la tarde los escolares marchábamos a casa y poco a poco caían las sombras y el patio quedaba abandonado como una eternidad cuadrangular, ofreciéndonos así, pulcra y para siempre ya inquietante, la perla condensada del hastío escolar.

ENRIQUE VILA-MATAS - "Kassel no invita a la lógica" - (2014)


Imágenes: Marc Bourlier

sábado, 5 de agosto de 2023

ÉL SABÍA QUE ERA CUESTIÓN DE TIEMPO


Matías conocía al Tigre desde antes que fuera su cuñado. Era amigo de sus hermanos mayores desde chico. Pero nunca había llegado a quererlo. Lo envidiaba un poco, eso sí. El Tigre parecía vivir en el kiosco de Rafael; estaba siempre sentado en la puerta tomando cerveza, y todos los pibes del barrio que pasaban lo saludaban con una mezcla de euforia y respeto. Desde ese trono de rey suburbano había enamorado a Carla, y le había costado bastante. Carla lo había vuelto loco: sabía que, aunque no era la más linda del barrio, era la más deseada sólo porque el Tigre estaba enamorado de ella. Él salía y se acostaba con todas las otras, las morochas de labios gruesos y caderas aprisionadas en los jeans, las tanas de ojos claros y padres estrictos, las altas y delgadas que trabajaban como promotoras en el shopping los fines de semana. Pero se moría por la Rusita —así le decían a Carla—, esa chica que probaba todo lo que le daban, cualquier droga, cualquier trago, cualquier boliche, cualquier tipo. Esa chica que, cuando Rafael subía la radio porque pasaban a los Rolling Stones, bailaba en la vereda con los pantalones tiro bajo que dejaban ver una rosa tatuada sobre el hueso de la cadera, tomando cerveza del pico. Carla tenía el pelo larguísimo, rubio, y cuando se lo ataba en una alta cola de caballo, su rostro desnudo, siempre sin maquillaje, se iluminaba. Esos atardeceres de verano, cuando bailaba borracha con la panza al aire, parecía la chica más linda del mundo. Nunca rechazaba a los que la invitaban a salir, a pasear en auto, a dar una vuelta manzana. Pero cuando se iba del kiosco con otro, saludaba al Tigre con un beso húmedo, y le sonreía. Él sabía que era cuestión de tiempo, y esperó.



   Matías no había estado presente la noche cuando el Tigre dejó de ser el amigo de la infancia de su hermana para ser el hombre de su vida, pero los había visto juntos una noche en la Sociedad de Fomento del barrio tan contentos que ahora siempre trataba de recordarlos así. Esas fiestas que los vecinos hacían en la Sociedad de Fomento era otra de las cosas que el barrio había perdido. Todos se emborrachaban y había que aguantarlos contando anécdotas repetidas, pero igual no eran fiestas aburridas. Tomaban como bestias en el barrio, y la entrada costaba sólo un peso. Cantaban zambas y tangos, pero era divertido, porque las mujeres aparecían con unos peinados rarísimos de peluquería, y hasta usaban vestidos brillantes, como si fuera una velada de gala. Sobre un escenario improvisado —apenas unos tablones— Gerardo el gasista anunció que iba a cantar «Calle angosta» y de repente Matías vio que el Tigre, se ponía romántico y le cantaba a Carla, y ella se reía pero también estaba emocionada. Y el Tigre le acarició la mejilla y le dijo, bajito, «cómo podés ser tan hermosa, hija de puta». Matías había podido leerle los labios, siempre los miraba cuando ellos no podían verlo. Cuando el Tigre terminó la serenata se rio, de pelotudo y enamorado que estaba. Y Matías no podía olvidarse de él esa noche, el Tigre, diecinueve años, remera cortita y pelo grasoso, ojos chiquitos y brillantes cantándole «Calle angosta» a Carla. Se la había llevado a algún pasillo para besarla y tocarla con las guitarras de fondo, con los vecinos desafinando a los gritos. A Matías le pareció que todo era hermoso, que iban a estar bien, que todo se iba a arreglar, algún día.

MARIANA ENRÍQUEZ - "Cómo desaparecer completamente" - (2004)


Imágenes: Flor Garduño

jueves, 3 de agosto de 2023

HABRÍA QUE TOMAR FOTOS DE LOS MOMENTOS TRISTES


Nunca me han gustado los álbumes de fotografías: en ellos la gente tiende a parecer más feliz de lo que es, porque sólo fotografiamos las fiestas, las celebraciones, las ocasiones en las que estamos con amigos, los viajes, e incluso en los momentos en los que no estamos del todo felices, cuando nos ponemos ante la cámara tendemos a sonreír, a estrechar el cuerpo que tenemos al lado con más fuerza o más emoción de la que sentimos. Habría que tomar fotos de los momentos tristes; decir: «Espera, no te muevas», a esa mujer que llora por alguna culpa nuestra o que nos insulta por no darle lo que a ella le parece justo, autorretratarnos en ese momento cuando estamos mintiendo, o apretando las mandíbulas para no decir lo que pensamos, o cuando nos sale ese gesto de desprecio en el que nos costaría tanto reconocernos. Supongo que los álbumes, o las colecciones de fotos que guardamos en nuestro ordenador, tienden a compensar el trabajo injusto de nuestra memoria, pues ella suele quedarse más bien con lo doloroso, con traumas y frustraciones, con lo que no hemos conseguido, con la situación en la que no reaccionamos como habríamos deseado.

JOSÉ OVEJERO - "La invención del amor" - (2013)


Imágenes: Rima Day

lunes, 31 de julio de 2023

LA HUMANIDAD ES UN EXPERIMENTO


La humanidad es un experimento. La humanidad ha sido diseñada, como la mayor parte de lo que existe en la creación. El Creador Principal empezó a experimentar con la creación en este universo hace ya mucho tiempo, con el propósito de una mayor autoexploración, autogratificación y autoexpresión. El Creador Principal trajo a este universo energías y esencias de vida —extensiones de sí mismo— y obsequió a esas extensiones con los dones que él poseía. Entregó sus capacidades de buena gana y sin pedir nada a cambio. Existen muchos otros universos y muchas otras formas de diseñar universos; éste, en particular, fue diseñado como una zona de libre albedrío, en la cual todo estaría permitido.

   El Creador Principal les dijo a estas extensiones de sí mismo: «Salid y cread, y devolvédmelo todo». Era una tarea bastante sencilla ¿no es así? En otras palabras, lo que el Creador Principal estaba diciendo era: «Os daré mis dones. Salid y dad de vosotros sin pedir nada a cambio, de manera que todo lo que creéis en este universo comprenda que su esencia es mi identidad».



   Estas extensiones del Creador Principal, a las que llamamos dioses creadores, salieron y empezaron a experimentar con la energía del Creador Principal, ya que existía en ellos mismos. Empezaron a crear su propia jerarquía, que a su vez creó otras jerarquías. Cada jerarquía creó otra jerarquía, y así sucesivamente, para dotarlas de su propia esencia y para participar del desarrollo de este universo. Finalmente, en uno de los sistemas galácticos, se planeó diseñar a la Tierra como centro intergaláctico de intercambio de información. Era un plan increíble. La Tierra era un lugar hermoso, situado en el límite de uno de los sistemas galácticos y de fácil acceso desde otras galaxias. Estaba cerca de muchos portales de paso: las carreteras por las que viajan las energías a través del espacio.

   Hubo mucha actividad para crear una representación individual de todas las galaxias en este planeta. Algunos de los dioses creadores eran expertos en genética. Eran capaces de unir moléculas por medio de sus jerarquías —moléculas de identidad, frecuencia y carga eléctrica codificadas—, para crear vida.



 Muchas civilizaciones sensibles dieron su ADN para tener una representación de su codificación en este planeta. Luego, los expertos en genética diseñaron diversas especies, unas humanas, otras animales, jugando con las variedades de ADN que las civilizaciones sensibles habían donado para convertir la Tierra en este centro de intercambio de información, este centro de luz, esta Biblioteca Viviente. El plan para la Tierra era grandioso.

   Los Planificadores Originales de la Tierra eran miembros de la Familia de Luz, seres que trabajaban para, y estaban asociados con, un aspecto de la consciencia llamado Luz. La Luz es información. La Familia de Luz creó el centro de información que había concebido; diseñaron un lugar donde las galaxias contribuirían con su información y donde todos podrían participar y compartir sus conocimientos específicos. La Tierra había de convertirse en una biblioteca cósmica, un lugar de una belleza increíble que experimentaría cómo almacenar la información mediante frecuencias y mediante el proceso genético.

BARBARA MARCINIAK - "Mensajeros del alba" - (1992)


Imágenes: Luciano Polverigiani

viernes, 28 de julio de 2023

¡CONGELA, MEMORIA!


Daane hacía documentales para la televisión que ideaba y producía él mismo, alquilaba sus servicios como cámara cuando le interesaba el tema y, alguna que otra vez, si le venía bien o si realmente necesitaba dinero, también hacía algún que otro anuncio para la empresa de un amigo. Como era infrecuente resultaba emocionante, luego no volvía a hacer nada durante un tiempo. Había tenido una mujer y un hijo, pero ambos habían muerto en un accidente de avión y ahora sólo le quedaban fotos en las que ellos se alejaban algo más de él cada vez que las miraba. Habían pasado diez años; una mañana partieron sin más hacia Málaga y ya nunca regresaron. Una toma hecha por él mismo pero nunca vista. La mujer rubia con el niño a la espalda. El aeropuerto de Schiphol, en la cola del control de pasaportes. Bien mirado, el niño es demasiado mayor para llevarlo a la espalda. Él la llama, ella se gira. ¡Congela, memoria! Allí están ellos, vueltos hacia él noventa grados durante un segundo. Ella ha levantado la mano, el niño se despide gesticulando con sus bracitos menudos. Otra persona filmará su llegada, que desaparecerá junto con el bungaló, la piscina y la playa en la masa grumosa, negra y coagulada en la que desaparecieron sus vidas. Él recorre la fila y le entrega a ella la pequeña cámara portátil. Eso fue lo último, luego desaparecen. Le resulta incomprensible el enigma que plantean las fotos; es demasiado grande, no puede desentrañarlo. Sucede con algunos sueños: tienes la necesidad de gritar muy fuerte y no puedes; un sonido que no emites pero que oyes, un sonido de cristal. Vendió la casa, se deshizo de la ropa y de los juguetes, como si todo estuviera infectado. Desde entonces se ha convertido en un viajero sin equipaje, con ordenador y cámara portadles, teléfono móvil, radiorreceptor de alcance mundial y un par de libros. Tiene contestador en su apartamento de Amsterdam Norte; es un hombre con máquinas, con fax en la oficina de un amigo. Hilos invisibles, sueltos y fijos, le unen con el mundo. Voces, mensajes. Amigos, casi siempre de la profesión, que llevan la misma vida. Pueden usar su apartamento y él los de ellos. Por lo demás, hoteles o pensiones de modestos precios y tamaño: un universo en movimiento. Nueva York, Madrid, Berlín, en todas partes —piensa ahora— hay un nicho. Todavía no se ha deshecho de esa palabra; ni de la simple, Geschichte, ni desde luego tampoco de la compuesta, geschiedenis.

CEES NOOTEBOOM - "El día de todas las almas" - (1998)


Imágenes: Lindzeanne


martes, 25 de julio de 2023

NO TENGO TELE Y YA NO LEO LOS PERIÓDICOS


Ellos no lo saben pero aquí estoy bien, con el huerto y los perros, las trochas y mis piernas. La cancela siempre está abierta. No les tengo miedo. Chismorrean. Saben que escondo una escopeta en la cámara del grano, una vieja Sarasqueta del calibre doce. Creen que estoy loca porque frecuento el cementerio, hablo en voz alta frente a la tumba de mi madre, bebo, me río sola y apenas tengo trato con nadie. Tampoco me corto el pelo desde que murió mi vieja. Que estoy mal de la cabeza, dicen. Si acaso estoy loca de puro cuerda. Yo conozco mi sombra y mi verdad.

   Aquí no toman afecto a los extraños como no se lo tomes tú primero a ellos, y a mí nunca me convino el esfuerzo. Prefiero tenerlos a raya. Ellos no saben nada pero hablan, hablan, hablan. Cuchichean. Yo, en cambio, he visto cosas y me las callo. Me han puesto motes. Lo sé porque me lo cuenta Ibrahima, mi mejor amigo, el único; solo él me llama Angie, como me puso el pintor inglés. La de los Marotos, me dicen, por el apellido de mi familia paterna. En estas serranías llaman maroto al carnero padre que ha servido para la propagación. También me llaman la chalada de la casona. La guillada de El Hachuelo, porque así se conocían estas tierras que habían sido nuestras hace años, muchos años. También me dicen la puta inglesa.



   No tengo tele y ya no leo los periódicos; a veces, por la noche, pongo la radio por escuchar canciones y otras voces que no sean la mía. Ellos creen que saben, pero están equivocados. Los veo cuando bajo al pueblo, algún viernes, el día en que llega la camioneta del pescado, y los domingos. Si se cruzan conmigo, la mayoría aparta la mirada; otros sonríen como los gatos, se dan codazos, me acechan por el rabillo del ojo, me miran los zapatos de cordones que usaba mi madre; no me gusta que me miren los pies. La sacristana se santigua. Algunos me saludan y me preguntan qué tal, si necesito algo, como si nada, como si yo no supiese lo que cominean a mis espaldas. Otros corren los visillos. Unos pocos me aprecian. Aquí, aunque prefieran no echar cuentas, todos somos medio parientes. Hijos del incesto. Primos con primos, tíos con sobrinas deslavazadas.

   Puedo imaginar lo que dicen. En el bar. En la almazara. En los corros de sillas que las comadres sacan a la fresca, frente a la casa de la sacristana. En la iglesia. Que deberían encerrarme. Que desde que falta mi madre estoy peor. Que fueron las drogas, como pasó con mi hermano. Que habría que derribar la casa porque está hecha una ruina. Que si fulanito me vio bañándome desnuda en la poza del río.

OLGA MERINO - "La forastera" - (2020)


Imágenes: Lee Madgwick

domingo, 23 de julio de 2023

EL ARTE ALTÍSIMO DEL ACECHO


A mi abuelo no le gustaba salir de casa, «Viajar es de bárbaros», decía rabioso entre dientes, mientras Adela le preparaba las maletas cuando un imperativo lo obligaba a pasar la noche lejos de la mansión. «Nosotros somos bravos e inmóviles; feroces y civilizados». A veces se daba el insolente el lujo de pasar un fin de semana en París. «El Concorde —me dijo en la primera y única ocasión en que asistí a uno de esos infames maratones— es como un barco». Lo comentó cuando, de regreso, me arrellanaba con ostentosa incomodidad en el asiento. «Me parece —le señalé— que lo dices sólo para justificar esta sangronada». «¿Y?», me respondió. También salía en expediciones de caza. Afortunadamente —nada me horroriza más que la viril procacidad de los campamentos— nunca asistí a ninguna de ellas porque, cuando tuve suficiente edad para hacerlo, él ya no resistía los rigores de la intemperie.

   De joven, en los años del burdel de Zapopan, mi abuelo había aprendido el arte altísimo del acecho. «Los rarámuri creen que para cazar a un animal tienes que ser habitado por su espíritu. Si piensas y actúas como tu presa, tarde o temprano darás con ella. No me parece una técnica desdeñable, aunque, como tú sabes, yo prefiero a los clásicos: una bola de cabrones a caballo echando tiros». Más o menos así comenzó exhorto a favor de la cacería.



   Íbamos caminando por un lado del mercado de San Cosme. Se apoyaba en el bastón de mango de perico a cada paso. Yo estaba cerca de cumplir los 16. «Lo que más disfruto de una sesión de caza —siguió— es la mirada aterrada de la presa al momento en que se descubre acorralada por la violencia y el ruido de sus perseguidores. Es la culminación de una tragedia: el asesinato impune de un animal que ya nada puede hacer para protegerse; un sacrificio ritual; la última posibilidad de la orgía en nuestros días, sin contar las corridas de toros, que me parecen de una cursilería atroz». Pasábamos en ese momento por la puerta de entrada al pasillo de las carnicerías. Un perrito minúsculo y callejero tuvo la idea fatal de ladrarnos, seguramente por aburrición. Mi abuelo se quedó quieto, mirándolo. El animal se acercó gruñendo y mostrando los dientes. Con una agilidad inopinada en un hombre de su edad, tomó el bastón por su base y le partió la cabeza con el perico de oro. Sacó un pañuelo del parche del saco y limpió la sangre del mango con el gesto mecánico con que aseaba los vidrios de sus anteojos. «Murió como perro», añadió con sorna. «Con un felino nunca hubiera sido tan fácil». Y seguimos avanzando.

ÁLVARO ENRIGUE - "La muerte de un instalador" - (2008)


Imágenes: Claire Droppert