—Céntrense, por favor —llamó de nuevo al orden el pintor surrealista.
Todos los clientes y los artistas del bar se colocaron alrededor de la mesa. Se creó un silencio teatral y Dalí orquestó sus esqueléticas manos:
—¿Ven estos siete castillos de naipes? Cada uno de ellos es una ciudad de Barcelona, pero pertenecen a épocas diferentes. He elegido cartas de colores diferentes para que los distingan bien. Así, una Barcelona pertenece a hace dos mil años, otra al Medievo, esta de aquí, a la época actual… ¡Bueno, a lo que cada uno considera su época actual! Esta, incluso, al futuro. Claro que, para algunos, será el pasado. Esto de los tiempos es relativo. ¿Entienden lo que digo?
—Más o menos…
—Pues observen con atención.
El pintor dio un brinco y se echó sobre la mesa. Derribó los siete castillos de naipes. El público reunido enmudeció y esperó antes de opinar, siguiendo las indicaciones de las manos imponentes de Dalí, que les pedían que permanecieran callados y fueran pacientes. El surrealista comenzó a construir de nuevo un castillo, pero solo uno y no con las cartas de un solo color, sino de diferentes barajas. Cuando acabó, dijo:
—Creo que sobran las palabras. Esta es, damas y caballeros, la Barcelona en la que nos encontramos: formada por partes de otras muchas y muy diferentes.
Los reunidos aplaudieron emocionados. Parecían haber sacado algo en claro. Las ovaciones fueron interrumpidas por la sufragista del grupo.
—Es todo muy elocuente, pero… ¿y la oscuridad? ¿A qué se debe?
—Para eso me temo que no tengo explicación alguna, aunque sí sé que una cosa se debe a la otra. Digamos que la oscuridad soy yo echándome sobre la mesa.
—Mal presagio es ese.
Mientras aquella tertulia de la bohèmia daurada discutía las posibles causas del caos en la ciudad, en otro restaurante, La Puñalada, otro grupo de intelectuales, para dilucidar el origen de la oscuridad, se había reunido con la finalidad de encontrar formas de mejorar la situación de la ciudad y de que los barceloneses pudieran orientarse en el caos. Ambas reuniones estaban bien comunicadas gracias a los ágiles pies de un huésped de la pensión Els Quatre Gats que se había prestado a llevar la información de un restaurante al otro. Un tal Fermín, que decía estar en la ciudad para unas Olimpiadas de las que los comensales nada habían oído hablar.
El grupo encabezado por Dalí escribió en una carta la hipótesis sobre la llegada de la oscuridad que más fuerza tenía de entre todas, que resultó ser la de los castillos de naipes, y se la dieron a Cacho.
DAVID UCLÉS - "La ciudad de las luces muertas" - (2026)




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