Me habían educado para tener un solo hombre y yo no quería más. Ni siquiera me preguntaba si podía ser de otro modo. Pero en cambio me habría decepcionado que el único hombre que yo iba a tener en mi vida resultara insulso… Mil veces mejor que fuera un experto. Que supiera qué hacer conmigo. Cómo tratarme en la cama o donde se le ocurriera. No me importaba que su experiencia la hubiera adquirido con otras. Yo estaba satisfecha con ser la última. Es decir, la primera. Su esposa. Y desde esa posición me parecía ridículo sentir celos por lo que hubiera pasado antes de mí… Los problemas surgieron más tarde. Cuándo exactamente, no sé. Quizá empezaron con mis embarazos. Sería lógico. Tres hijos eran pocos para esa época, pero a mí se me volvieron eternas las temporadas en que no podía hacer nada salvo recuperarme del parto y amamantar a mis bebés… Donde ya no me quedaron dudas de que algo había pasado fue en Washington. Cuando Miguel iba y venía para trabajar en la creación del Fondo Monetario Internacional. Ya sabes cómo son las gringas y él era un hombre atractivo. Economista, inteligente, maduro aunque todavía joven. Además de que yo desde México, atareada con los niños y la casa, no tenía manera de vigilarlo… ¿Mande? Después. Yo me enteré después. Como siempre. Casi siempre… Miguel acababa de regresar a México para tomar posesión como subsecretario en Hacienda. A mí, por supuesto, me tocó desempacar sus maletas. En una caja que traía libros y papeles encontré un atado de cartas. Más bien tarjetas con recados íntimos… Claro que las leí. Ninguna mujer que yo conozca habría dejado de leerlas. Eran de varias tipas. Una tal Lynn y otra Bárbara y dos o tres más. No recuerdo sus nombres ni me importan.
Pero no había posibilidad de equivocarme. Todas se habían acostado con él… Cada vez que releía esas notas se me subía la sangre a la cabeza. Pensé en aventárselas a la cara a Miguel. Pensé en quemarlas. Al final las metí en lo más hondo de un archivero y no las volví a tocar… No. Nunca le dije a Miguel que las había leído. ¿Para qué?… De ahí en adelante pensé que tampoco ganaba nada con preguntarle de dónde venía cuando me llegaba tarde a la casa. Yo sabía que no era el marido ideal y no quería seguirlo confirmando. Mientras regresara bañado y dispuesto a tomarse un coñaquito conmigo, lo demás no me incumbía… Como ves, yo tenía una idea absolutamente higiénica del matrimonio. Era Miguel quien se ensuciaba cuando iba a hacer sus cochinadas a otra parte. Yo, siempre que no supiera nada a ciencia cierta, me sentía limpia… ¿Feliz? Digamos que los momentos buenos eran más que los malos. Pero yo no pensaba en la felicidad o en la infelicidad, sino en el arrepentimiento. Y no me arrepentía de haberme casado con Miguel… No. Tampoco me arrepiento ahora que está muerto. Si fuera posible regresar al pasado, lo viviría todo otra vez.
ÁLVARO URIBE - "El taller del tiempo" - (2003)



