Desapegos y otras ocupaciones.

jueves, 5 de noviembre de 2026

UN LUGAR SIN DISTANCIA ENTRE EL PASADO Y LO INCIERTO




Pedí un café en la cantina para vencer los resquicios del sueño y para paladear el ambiente fílmico que tienen las estaciones de las ciudades desconocidas. Pensé que había llegado a Lisboa lentamente, a través de la noche, como quien llega a un recuerdo.

    Cuando salí a la fría mañana urbana, la ciudad entera brillaba acharolada de lluvia bajo los tímidos reflejos del sol de otoño y comprendí que era un lugar sin distancia entre el pasado y lo incierto. Levanté las solapas de la gabardina, me aparté el pelo de la cara con un gesto estudiado, encendí un cigarrillo y empecé a caminar hacia un taxi con el convencimiento de estar dirigiéndome hacia un futuro íntimo y sugerente. Desde el primer momento tuve la impresión de que Lisboa era una ciudad tan desamparada y perdida como yo, una ciudad que no quiso o no supo cuidar de sí misma, y fue como descubrir de pronto el marco justo de mis ensoñaciones.



    En el Archivo fui construyendo, con una escenografía turbia y sórdida, el ambiente portuario de Lisboa en los primeros años del siglo XIX. Llegué a percibir el olor a brea entre las redes apiladas y la neblina oceánica. Imaginé figuras retorcidas en los húmedos callejones de tabernas y lupanares, brillos fugaces de arma blanca, y recibí, como una advertencia del pasado, las miradas torvas e impenetrables de la tripulación de los barcos negreros. Los marineros de la trata, que husmeaban en el puerto los gallardetes en demanda de tripulación, eran hombres fugitivos, rendidos a la camorra y al fatalismo, baqueteados por la miseria y la soledad de los puertos, hombres a los que sólo quedaba una oportunidad de doblegar su destino, y ése era el brillo de ambición y crueldad que amparaba sus miradas.



    Gracias a papeles amarillentos y recomidos por la humedad, fui perfilando el trasiego de bergantines y goletas que salían del puerto de Lisboa hacia las costas del Golfo de Guinea, del Congo y de Angola en busca de cargamentos de esclavos para venderlos, después de infernales travesías, en los puertos antillanos y brasileños. A través de los ventanales del Archivo me alcanzaron de lleno los quejidos seculares de los senegaleses, carabalíes, bambaras, quiambas, mandingas, congos, hombres oscuros dueños del viento y de las noches cálidas, amantes temerosos y fieles de la selva y del tambor; y los vi desnudos, rapados, untados en aceite, replegados sobre sí mismos, humillados y enfermos en el hedor de las sentinas de los barcos mientras un temporal oceánico asentaba en las costas africanas la maldición de la codicia.

SUSANA FORTES - "Querido Corto Maltés" - (1994)


Imágenes: Hugo Pratt

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