Descorrí parte de la cortina y entré.
Estaba sentado sonriente en la cama, con la cabeza vendada y un camisón azul del hospital.
—Ya he oído que estás haciendo la ronda —dijo.
—¿Cómo te encuentras? —pregunté.
—Muy bien, gracias —contestó—. Con bastante dolor de cabeza, pero supongo que es normal. Estuvieron hurgando dentro de ella bastante tiempo. Y la parte de arriba me la serraron. Es algo que nadie me había hecho hasta ahora.
—Eso espero de verdad —dije—. ¿Y por lo demás no has notado nada raro?
—No —contestó—. Ni ataques epilépticos ni alucinaciones. Solo un aburrido día normal y corriente de hospital.
—Eso está muy bien —dije y sonreí, en contra de mi deseo.
—Sí —dijo él—. Mientras dure.
Hubo una pequeña pausa.
—¿Qué era lo que realmente veías?
—¿Cuando tenía alucinaciones, quieres decir?
—Sí.
—En una ocasión vi dos árboles volar junto a la carretera. Me dirigía al trabajo, así que era temprano, el sol brillaba y los árboles volaban sobre los campos con raíces y todo colgando por el aire. Pero lo raro fue —dijo mirándome—, lo raro fue que no lo viví como una alucinación. ¡Lo vi! ¡Era algo real!
Sacudió la cabeza.
—En otra ocasión vi un coche ardiendo. También entonces había sol y nieve. El coche estaba en medio de la carretera, completamente envuelto en llamas. Frené en seco, salí, y no había ningún coche. Pensé que me había vuelto loco. ¡Porque lo había visto! No eran imaginaciones mías, estaba allí, delante de mí. Al final no sabía qué creer y qué no.
—Tuvo que ser horrible —dije.
—Sí que lo fue —dijo él.
Hubo otra pausa.
—Mañana te darán el alta —dije—. ¿Estás preparado para ello?
—En cierto modo —contestó—. Me hace ilusión volver a casa.
En la mesilla, al lado de la radio, había una foto enmarcada. No de su mujer o hijos, sino de un búho con las alas extendidas, sacada en el instante antes de posarse. Como las alas paraban el vuelo, y no lo facilitaban, daba la impresión de que el pájaro colgaba contra natura en el aire.
Era una foto espectacular.
—¿Te gusta? —preguntó.
Asentí con la cabeza.
—¿La has hecho tú?
—¡Ojalá! No, fue un fotógrafo. Colocó un palo en un llano, y un disparador automático. Dijo que quería bajar los pájaros del cielo. Y eso hizo. Ese es un búho. ¿A que es fantástico?
—Sí —asentí.
Me pregunté si sabría que antiguamente la gente asociaba los búhos con la muerte. Si se oía un búho gritar cerca de una casa, alguien en ella iba a morir pronto. Se creía que los búhos se movían en la zona fronteriza entre la noche y el día, la vida y la muerte.
Si no lo sabía, no sería yo quien se lo contara.
KARL OVE KNAUSGARD - "La estrella de la mañana" - (2020)




