Desapegos y otras ocupaciones.

viernes, 27 de febrero de 2026

EL ROSTRO RECUBIERTO POR UNA PÁTINA EXTRAÑA




Hasta su incorporación a la policía, el único cadáver que Leo Caldas había visto de cerca era el de su madre en el interior del ataúd. Ni siquiera había pedido verla, se había limitado a asentir cuando alguien sugirió la posibilidad de despedirse de ella. De repente fue alzado del suelo y se encontró en los brazos de alguien, como levitando, encaramado a la caja de madera oscura en la que reposaba el cuerpo inerte de su madre amortajada. Confundido, había mirado el rostro recubierto por una pátina extraña que le pareció de cera, y algunas de sus lágrimas habían estallado en el cristal que cerraba el féretro durante aquellos segundos escasos que recordaba como si hubiesen durado una eternidad. Su madre tenía los ojos cerrados, muy hundidos en sus cuencas, y los labios pálidos apenas se destacaban del resto de la cara, tan distintos de la tonalidad con que ella se había acicalado incluso en los últimos días de su enfermedad.

   Durante años, esa imborrable imagen de cera le había visitado en sueños. También había recordado con frecuencia a su padre sentado en una esquina del velatorio, con el rostro devastado por el dolor, sin derramar una lágrima.



   En la academia, tiempo después, cuando todavía era un aspirante a policía, asiduamente había oído advertencias al respecto de la crudeza de hallarse en primer plano ante una muerte violenta. Leo Caldas se había sentido temeroso pero expectante ante aquel futuro primer encuentro cara a cara con la muerte, incapaz de prever cuál sería su reacción.

   La ocasión de comprobarlo había tenido lugar muy pronto, cuando en una de sus primeras guardias nocturnas había acompañado a un agente veterano al parque donde había aparecido apuñalado un vagabundo. No sin cierta sorpresa, comprobó que el encuentro con el cadáver de aquel desconocido no le producía impresión alguna. Ni siquiera dudó al acercarse. Desde aquella primera vez, los muertos anónimos eran para Leo Caldas poco más que objetos sin dueño. Cuando se hallaba en la escena de un crimen se abstraía sin esfuerzo del hecho de que los restos hubiesen contenido el aliento de una vida, independientemente de que se tratase de un cadáver en descomposición o de un cuerpo todavía caliente. Se concentraba en obtener las pistas que pudieran ayudarle a determinar los motivos del fallecimiento, en buscar las piezas revueltas del puzle que debía recomponer.

   Sin embargo, era al revelársele la identidad de los muertos cuando sentía un estremecimiento íntimo; como si conociendo los nombres o algunos rasgos, aunque imprecisos, de sus vidas permitiese que aparecieran, junto a la materia de observación criminal, los seres humanos.

DOMINGO VILLAR - "Ojos de agua" - (2006)


Imágenes: Lisa Ericson

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.