Hoy se me ha caído el brazo izquierdo. Se me ha desprendido limpiamente a la altura del hombro. Janice 2 lo recogió y lo trajo al hotel. Creía que iba a afectarme al equilibro más de lo que me ha afectado. Es como cortarse el pelo. El movimiento del aire alrededor de las partes que quedan de mí es distinto. Hay también una sensación intermitente de novedad y de merma: yo libre, yo no muerta, no me mires.
¿No es raro que no conociera a ninguna Janice viva y ahora conozca a tres?
Me paso todo el día en la cama. Si me tumbo sobre el costado derecho, puedo mantener el brazo en equilibrio como si todavía formara parte de mí. O puedo fingir que es tu brazo y que estás en la cama conmigo. Pienso en cuando nos llevábamos una manta a las dunas y nos tapábamos con ella. Despertábamos con arena en el pelo y en las dos comisuras de los ojos. El ruido del océano inmenso como el cielo. Echo de menos dormir. Te echo de menos.
Mitchem dice que estoy en fase de negación. Que estoy deprimida porque me recreo en el sentimiento de pérdida en vez de en el de asombro.
—Abraza tu nueva existencia —dice.
Me imagino intentándolo con un solo brazo.
Cuando estaba viva, imaginaba que el fin del mundo tendría algo de redención. Pensaba que sería una suerte de purificación. O una simplificación, al menos. Rectificación a través de la reducción. Era capaz de imaginar las ciudades vacías, la tierra recuperada.
Aquello era el futuro. Esto es ahora.
El fin del mundo es idéntico a tus recuerdos. No intentes imaginar el apocalipsis. Todo es igual.
Mitchem dice que cuando estás deprimida es importante hacer tareas mínimas, rutinarias. Que debería hacer la cama, aunque sea lo único que haga en todo el día. Esta mañana ha entrado y ha descorrido las cortinas. Se ha plantado frente a mí de espaldas a la ventana, con esa medialuna que tiene por cabeza a contraluz. Ha cogido el brazo del suelo y me lo ha enseñado como si fuese algo por lo que le debiera una explicación.
—Has sufrido una pérdida significativa —ha dicho—. Esto no es solo tu brazo —ha dicho—. Estás de luto por tu vida —ha dicho.
Desde que se le cayó el pene es don Sabiduría. Cuando se ha ido, he vuelto a correr las cortinas. Por debajo de la puerta de mi habitación se cuela el resplandor de las luces del pasillo, que siempre están encendidas.
Ayer, Mitchem predicó en el recibidor. Hoy se ha plantado en la azotea. Se sube a una mesita de una de las habitaciones. Más tarde, vi que Bob lo seguía a todas partes con un poncho impermeable como el de Mitchem. Vaya vaya.
He intentado hacerme un arnés para el brazo. Es demasiado aparatoso. Un peso muerto. Ja ja.
Hoy he encontrado una camisa con puños que se abotonan. Es roja. He metido el brazo y me la he abotonado. No se ajusta bien. El brazo se escurre y asoma hasta el codo, me queda colgando y me doy con él. Como la extremidad dislocada de un maniquí. Gira dentro de la manga y me da codazos en el costado. Es raro verlo así. Mi mano. Mi muñeca. Las uñas.
ANNE DE MERCKEN - "Dura una eternidad y en un instante se acaba" - (2024)





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