Desapegos y otras ocupaciones.

sábado, 21 de febrero de 2026

MUJER DE NO POCA PRESTANCIA Y NO MUCHA DECENCIA




Las madejas del azar se enredaron adecuadamente para que el poeta Servando Montes (1904-1937) padeciera un destino del todo distinto al que cualquiera le hubiese pronosticado. Hijo único de un industrial maderero de Asturias favorecido por la fortuna, realizó estudios en Salamanca, ciudad en la que imprevisiblemente se le revelaron las ciencias de la literatura y de los amores venales, a más de las tarumberías y las melancolías propias de la adolescencia, agravadas aquéllas por los versos de Emilio Carrére y éstas por los de Juan Ramón Jiménez. Huérfano a los 23 años, heredó el negocio paterno, dijo adiós a Salamanca con un sonado jolgorio celebrado a su costa en el Mao-Mao, aprendió las rutinas de la contabilidad mercantil y tomó al poco por esposa a Rosario Martos, señorita del lugar que a los dos años de matrimonio tuvo que compartir poeta con Dorita Villalba, la Diosa Sicalíptica, artista de variedades entre las que se contaba la de entonar cuplés de grande picardía amenizados por los vaivenes de su taparrabos de lentejuelas. (En esta señorita Villalba se inspiró al parecer Miguel Villalonga para crear Miss Giacomini). Como es de figurar, era Dorita mujer de no poca prestancia y no mucha decencia, circunstancias ambas que, en su reunión, son célebres por la premura con que conducen a los varones a la ruina, a la amargura, a la lectura de Kierkegaard y al calaverismo.

   Una vez arruinado y abandonado tanto por su esposa como por su amante, marchó a Madrid en busca de fortuna literaria. Logró publicar dos artículos en El Sol (uno contra Felipe Trigo y otro sobre Tórtola Valencia), se hizo amigo de Cansinos-Assens (Montes es una presencia asidua en La novela de un literato) y acabó participando en la diversión preferida de casi todos sus contemporáneos: hablar mal de Juan Ramón Jiménez, su antiguo ídolo, a la sazón reemplazado en su devocionario particular por Tomás Morales, el estruendoso poeta insular.



   Servando Montes cifró su ambición literaria en escribir poemas en los que todos y cada uno de los versos resultasen tan rotundos como memorables. A consecuencia de ello, no llegó a terminar ni un solo poema en su corta vida, ya que si bien lograba concebir un primer verso rotundo, sonoro e imponente, no era fácil que lograra un segundo verso que, a su estricto parecer, no palideciera ante las presuntas magnificencias del primero. Se conocen poemas suyos de hasta dos endecasílabos y medio, logro éste que en cualquier otro poeta resultaría más bien insignificante, pero que en Servando Montes, el intransigente artífice, no deja de ser una empresa titánica. José Santos Chocano, en sus Memorias arduas, nos cuenta que el severo propósito estético de Servando Montes fue motivo de chufletas entre los escritores madrileños. (Julio Camba llegó a escribir: «El joven poeta Montes publicará en breve la totalidad de su obra poética: un adjetivo, dos preposiciones y un verbo. La edición se ha retrasado porque el poeta aún no ha redactado el colofón»).

   Servando Montes se encontró de frente con la Parca, disfrazada de pelotón de fusilamiento —a las órdenes, por cierto, del también poeta Pedro Luis de Gálvez—, en Madrid, en el mes de julio del año 37, dejando inconcluso su poema de amor desgarrado a Dorita Villalba.

FELIPE BENÍTEZ REYES - "Vidas improbables" - (1995)



Imágenes: Narciso Méndez Bringa

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.