Desapegos y otras ocupaciones.

viernes, 2 de enero de 2026

LAS PUERTAS PROMETEN MÁS DE LO QUE DAN



 Por el interior de los túneles del seminario sonaban los acordes del Dies irae, dies illa, el famoso himno medieval cuya traducción venía a ser la siguiente:

  

    Día de ira, aquel día

    en el que los siglos serán reducidos a cenizas,

    como lo atestiguan David y la Sibila.  


  Me gustaba ese himno fúnebre, esa amenaza, lo que quiera que fuera. Los pasillos o túneles del seminario, como cabe esperar, estaban llenos de puertas. Las había de todos los tamaños y para todos los gustos. Puertas convencionales y puertas raras, misteriosas. Las puertas prometen más de lo que dan. Incluso las impenetrables o enigmáticas decepcionan al abrirlas, porque ninguna da a donde debería. Ninguna da a Dios, ni siquiera al diablo, las puertas dan a lo previsible, lo esperable: al cuarto de baño, al dormitorio, a la cocina. Tengo para mí que el objetivo de las puertas, de los cientos o miles de millones de puertas que hay en el ancho mundo, no es otro que desviar la atención de la única que valdría la pena abrir y cuya ubicación desconocemos. Me viene entonces a la memoria un libro que leí de joven en el que un preso norteamericano contaba que había logrado fugarse de la cárcel a través de una puerta mental. Llevo toda la vida intentando dar con esa puerta mental, aunque sin renunciar a encontrar la física.

  Necesito fugarme.



  Cuando te movías de un pasillo a otro, de un túnel a otro de aquel gran internado, ibas en realidad de un sitio a otro de ti mismo. De tu presente a tu futuro.

  ¿Qué ocurrió allí dentro, durante aquellos tres años? No lo sé, lo tengo borrado, aunque asoman fragmentos: el de la lectura de Crimen y castigo, por ejemplo, que ya hemos señalado. Lo demás viene a ser como un agujero negro y estático, una oquedad (mi pobre madre, hueca) abierta en medio de mi realidad biográfica, un vacío semejante a aquel que se produce en la visión tras un desprendimiento de retina. Un desprendimiento de retina de la memoria. Hay un boquete en medio de mi existencia.

  Soy un hombre aturdido. Percibo la realidad con un ruido de fondo y lo peor es que no sé si el mensaje importante es el que procede de la realidad o el del ruido de fondo. Es así desde la infancia, de ahí mi opacidad y mi dificultad para pagar las multas de tráfico en las que me descuentan la mitad si hago los trámites antes de treinta días. Nunca llego. Los trámites me matan, aunque procuro someterme a ellos por si en su interior apareciera la verdad de súbito. En el silencio me percibo mejor, con mayor nitidez.

  En el silencio. ¿Dónde hallarlo?

JUAN JOSÉ MILLÁS - "Ese imbécil va a escribir una novela" - (2025)


Imágenes: Karen Anderson

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.