Presento el primer programa químico del mundo. A buen seguro me habréis visto en mi chemical show en YouTube, donde no rigen las leyes francesas y donde la televisión tiene todos los derechos, sin la menor censura. Es un programa de debate en el que organizo discusiones sobre temas de actualidad. La originalidad del concepto es que todos los invitados están obligados a tomarse un comprimido una hora antes de la emisión: Ritaline, metadona, Captagon, Xanax, Synapsyl, Rohypnol, LSD, MDMA, Modafinil, Cialis, Solupred, ketamina o Stilnox, al azar. Extraen la píldora de una vasija cubierta con seda negra sin saber qué molécula van a ingerir. Anfetaminas, opiáceos, cortisona, somníferos, ansiolíticos, excitantes sexuales o alucinógenos psicodélicos: ignoran en qué estado abordarán la conversación más mediática de su vida. El resultado alcanza millones de visualizaciones en todas las plataformas. En el estilo de presentación, me sitúo entre Yann Moix y Monsieur Poulpe, intelectual pero cachondo (la nota de prensa dice «pertinente e impertinente»). Tengo una pátina de cultura general pero no alardeo de ella para no provocar la huida de los incultos: soy el tipo de cabrón capaz de navegar cómodamente entre la teología y la escatología.
La semana pasada, un ministro se durmió sobre mi hombro chupándose el pulgar en lugar de defender su proyecto de ley, una actriz deslizó su lengua en mi boca mostrando sus pechos (tuve que llamar al servicio de orden para impedirle que se masturbara con un dedo frente a la cámara 3) y un cantante se echó a llorar y luego se meó encima hablando de su madre. En cuanto a mí, depende: una vez me llevó diez minutos articular «Buenas noches, señoras y señores», en otra ocasión entrevisté a mi sillón durante media hora (yo hacía las preguntas y daba las respuestas) y el mes pasado vomité sobre mis blue suede shoes. El programa más famoso es uno en el que azoté a los invitados con mi cinturón Gucci y, a continuación, regué el decorado con champán mientras anunciaba que mi madre había sufrido un infarto. No recuerdo en absoluto ese largo monólogo paranoico que ha alcanzado cuatro millones de visualizaciones en YouTube: me niego a verlo; al parecer, yo babeaba. Cuando mis invitados no se pelean bastante, consulto mis fichas: mi asistente prepara antes de cada programa una lista de preguntas embarazosas para desestabilizarlos. Siempre se marchan furiosos. Algunos me piden que lo «arregle» en el montaje. Entonces les digo, con sincera compasión, que el programa se emite en directo.
FRÉDÉRIC BEIGBEDER - "Una vida sin fin" - (2018)
Imágenes: Leah Yerpe




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