Desapegos y otras ocupaciones.

martes, 24 de febrero de 2026

MI PADRE ME ENTRENÓ PARA EVITAR LAS LÁGRIMAS




 Mi nombre es Juan de Tartáz. El primer Tartáz que pisó estas tierras en la época colonial fue el fundador del legado familiar. José de Tartáz era su nombre. Dedicaba sus horas de ocio a concurrir a velorios ajenos. No le interesaba el muerto, su único objetivo era evitar las lágrimas. No podía soportarlas bajo ninguna forma. En el libro que dejó como Manifiesto Integral de sus nobles acciones, Velorio, Familia y Tartáz, explica que él jamás derramó una lágrima. Nunca. Mi padre, Joaquín de Tartáz, me leía el Manifiesto de los Tartáz todas las noches, durante la cena, y de esa manera aprendí el arte de hacer reír a aquellos que no pueden dejar de llorar. Lógicamente mi padre me entrenó para evitar las lágrimas. Las mías y las ajenas. Los dos nos enorgullecíamos de no haber llorado jamás. Nunca. Cuando él murió sus últimas palabras fueron: «No abandones la tradición familiar y nunca llores. Nunca». Ese fue su último deseo.


   El nuestro, señores, es un arte, un trabajo de orfebrería, una obra que, si caben las comparaciones, me permito poner como ejemplo a las Puertas del Paraíso de Ghiberti que enaltecen el Baptisterio de Florencia. Porque el nuestro es un trabajo de esa categoría, un trabajo superior y dentro del círculo familiar somos respetados y admirados por el nivel, el compromiso que asumimos en todo momento. Como primera medida hay que lograr que los parientes del muerto no se pregunten qué hace un total desconocido contando chistes en medio del velorio del ser querido. Pero también hay que saber cuándo es el momento para empezar, hay que aprender a leerlo en el aire, en los rostros. Luego uno debe elegir el repertorio adecuado porque los públicos son numerosos, así como también las reacciones. Una sola vez en mi vida, en mi juventud, tuve que correr bajo una lluvia de rosarios, biblias y calas. Claro que yo no podía saber que el muerto se había tirado de un noveno piso cuando conté el chiste del hombre que quería volar. Pero sobre todo hay que aprender a contener la repulsión por las lágrimas, las ganas de vomitar cuando uno ve que ese líquido transparente repta por las caras, moja la ropa, la comida, se mezcla con el humo de los cigarrillos y con los pañuelos sucios, húmedos, se mete en la boca como miles de gusanos blancos, recorre las manos, se mezcla con los mechones de pelo, descansa en las uñas, devora los ojos, nubla la mirada, traspasa la piel entera y deja una mancha permanente, que no se ve, una mancha que va creciendo dentro de las venas, ensuciando la sangre, tiñéndola de tristeza, de muerte. Quizás eso sea lo más difícil.

AGUSTINA BAZTERRICA - "Diecinueve garras y un pájaro oscuro" - (2020)


Imágenes: Butaoxi Kao

sábado, 21 de febrero de 2026

MUJER DE NO POCA PRESTANCIA Y NO MUCHA DECENCIA




Las madejas del azar se enredaron adecuadamente para que el poeta Servando Montes (1904-1937) padeciera un destino del todo distinto al que cualquiera le hubiese pronosticado. Hijo único de un industrial maderero de Asturias favorecido por la fortuna, realizó estudios en Salamanca, ciudad en la que imprevisiblemente se le revelaron las ciencias de la literatura y de los amores venales, a más de las tarumberías y las melancolías propias de la adolescencia, agravadas aquéllas por los versos de Emilio Carrére y éstas por los de Juan Ramón Jiménez. Huérfano a los 23 años, heredó el negocio paterno, dijo adiós a Salamanca con un sonado jolgorio celebrado a su costa en el Mao-Mao, aprendió las rutinas de la contabilidad mercantil y tomó al poco por esposa a Rosario Martos, señorita del lugar que a los dos años de matrimonio tuvo que compartir poeta con Dorita Villalba, la Diosa Sicalíptica, artista de variedades entre las que se contaba la de entonar cuplés de grande picardía amenizados por los vaivenes de su taparrabos de lentejuelas. (En esta señorita Villalba se inspiró al parecer Miguel Villalonga para crear Miss Giacomini). Como es de figurar, era Dorita mujer de no poca prestancia y no mucha decencia, circunstancias ambas que, en su reunión, son célebres por la premura con que conducen a los varones a la ruina, a la amargura, a la lectura de Kierkegaard y al calaverismo.

   Una vez arruinado y abandonado tanto por su esposa como por su amante, marchó a Madrid en busca de fortuna literaria. Logró publicar dos artículos en El Sol (uno contra Felipe Trigo y otro sobre Tórtola Valencia), se hizo amigo de Cansinos-Assens (Montes es una presencia asidua en La novela de un literato) y acabó participando en la diversión preferida de casi todos sus contemporáneos: hablar mal de Juan Ramón Jiménez, su antiguo ídolo, a la sazón reemplazado en su devocionario particular por Tomás Morales, el estruendoso poeta insular.



   Servando Montes cifró su ambición literaria en escribir poemas en los que todos y cada uno de los versos resultasen tan rotundos como memorables. A consecuencia de ello, no llegó a terminar ni un solo poema en su corta vida, ya que si bien lograba concebir un primer verso rotundo, sonoro e imponente, no era fácil que lograra un segundo verso que, a su estricto parecer, no palideciera ante las presuntas magnificencias del primero. Se conocen poemas suyos de hasta dos endecasílabos y medio, logro éste que en cualquier otro poeta resultaría más bien insignificante, pero que en Servando Montes, el intransigente artífice, no deja de ser una empresa titánica. José Santos Chocano, en sus Memorias arduas, nos cuenta que el severo propósito estético de Servando Montes fue motivo de chufletas entre los escritores madrileños. (Julio Camba llegó a escribir: «El joven poeta Montes publicará en breve la totalidad de su obra poética: un adjetivo, dos preposiciones y un verbo. La edición se ha retrasado porque el poeta aún no ha redactado el colofón»).

   Servando Montes se encontró de frente con la Parca, disfrazada de pelotón de fusilamiento —a las órdenes, por cierto, del también poeta Pedro Luis de Gálvez—, en Madrid, en el mes de julio del año 37, dejando inconcluso su poema de amor desgarrado a Dorita Villalba.

FELIPE BENÍTEZ REYES - "Vidas improbables" - (1995)



Imágenes: Narciso Méndez Bringa

miércoles, 18 de febrero de 2026

NO ERA OBSESO, SINO ADICTO

 



Creía saberlo todo sobre sí mismo. Había pasado tanto tiempo a solas, escrutado su alma e intentado rastrear hasta sus orígenes cuanto hacía, pensaba y necesitaba, que habría jurado que jamás volvería a sorprenderse.

   Desde hacía muchísimo tiempo sabía lo que debía hacer y por qué razones. Sabía que lo que le proporcionaba satisfacción siempre era transitorio: las piezas del conocimiento que gradualmente formaban un todo. Jamás le habían interesado demasiado la persecución y la captura. Sólo se trataba de medios para alcanzar un fin. Tenía que encontrar a las personas, seleccionarlas con gran cuidado, acecharlas, rastrearlas, seguirlas por última vez y, por pura necesidad, inmovilizarlas. Evitaba el uso de palabras como asesinato, matanza y muerte. Nada de eso le daba placer. Los sádicos y los psicópatas, seres malos, obtenían gratificación del asesinato y probablemente de todo lo que conducía a ese acto. Él no era así. La mera idea lo horrorizaba.

   Lo que hacía era del todo distinto.



   Se llevó una sorpresa mayúscula al percatarse de que deseaba regresar a la Colina, justo ahora que, provisionalmente, no podía ir. Deseaba desandar lo recorrido, detenerse donde había estado con cada uno y recordarlo todo. Probablemente no lo habría descubierto si la policía no hubiese acordonado la zona. La noche anterior había consultado la lista y otra cuestión lo perturbó. Faltaban tres ejemplares: Hombre maduro, Mujer anciana y Hombre anciano.

   Los demás estaban atrapados y habían sido examinados, diseccionados, registrados y archivados. Su investigación era única. Nadie había experimentado como él, comparando el modo en el que cada uno había muerto y las pequeñas diferencias que los caracterizaban.

   Pronto todo habría terminado. Habría cumplido lo que se había propuesto. No haría falta nada más. Fue entonces cuando comprendió que no era obseso, sino adicto. La idea de quedar privado para siempre de lo que necesitaba y frases como «el fin», «la última vez» y «nunca más» le provocaron un sudor frío y desagradable que descendió por su columna vertebral. Tuvo que ponerse de pie, deambular, salir y caminar por la calle para calmarse.

   ¿Era posible que se acabase alguna vez? En ese caso no tendría motivos para seguir viviendo. Si se acababa el trabajo, debería encontrar otra razón para continuar, ya que necesitaba seguir haciéndolo. Necesitaba el estímulo. Le era imprescindible para seguir vivo y funcionar, para no volverse loco, para mantener el control.

SUSAN HILL - "Las distintas guaridas de los hombres" - (2004)


Imágenes: Lorenz Oken

domingo, 15 de febrero de 2026

LES GUSTABAN TELA LOS COCHES

 



Pesan los años entre cuatro paredes con desconchones. Y si uno entra con veinte parece que sale con cuarenta, aunque salga con veintitrés. Ese tiempo estuvo el cojo Grabiel metido en el penal de Guadix: tres añicos enteros con sus veranos y sus Pascuas. Ni rastro quedó del zagal que era Grabi antes de esos tres años de fatigas.

   El cojo Grabiel no era cojo.

   Aunque su padre sí. Y se quedó con el cojo Grabiel para toda la vida. Era un hombre guapo. Arrugao por el sol. De zagalico se le veía por los alijares. Retorcío como un olivo viejo, recogía judías y berenjenas con el desgraciao de su padre. Otras veces ayudaba con el tropel de ovejas de un tío suyo que era pastor y al que mató un rayo. O doblando el lomo como un peón caminero de los que cultivan cebada.

   A los dieciocho se le hincharon los cojones de tanto sol y tanta espalda reventá y tanta mierda oveja y se fue a Almería con su compadre Rojo el Alparguetero y una escopeta de cañones recortaos.

   Pegaban dos hostias, cuatro tiros al aire y salían por la puerta de donde fuera con una bolsa de Deportes Trevenque llena de billeticos ricos. Cuatro tiros al aire y una bolsa con buenos jurdeles que olían a colonia de señora y a cabello de ángel. Para fundírselos en vinazo, gambas rojas de Garrucha, una furgoneta o en la casa la Petro, que era la que mejores gachís tenía.

   Les daba igual.



   Podía ser un banco en Carboneras, una fonda de un pueblico de esos de interior llenos de degraciaos sin dientes a los que no iban a volver a ver nunca, algún cortijo de un señoritingo cabrón, y una vez una furgoneta con dos despistados de Barcelona que nadie sabe qué hacían por estas tierras secas. Ya no creo que vuelvan después del mal rato que pasaron, le dijo Rojo el Alparguetero al cojo Grabiel partiéndose el culo de risa y empinando otra. Echa ahí ese anís y ponte unas olivas, copón.

   Les gustaban tela los coches.

   Los arrancaban sin usar la llave. Rápido y ligero: juntaban dos cables pelaos y eso prendía candela que daba gusto. Quemando rueda por las calles de los pueblos. A veces por los caminos del desierto. Levantando una polvareda que parecía una tropilla de caballos moros. Ahí van los tropilleros, bromeaban los viejos y los niños. Los tropilleros pacá, los tropilleros pallá y la Guardia Civil hasta el cipote de los tropilleros, ni que fueran Robinjú, me cago en sus muertos, que han dejao ciego de un ojo al dueño de una joyería de Baza, capital de comarca, que es medio cuñao del gobernador civil, me cago en sus muertos los tropilleros.

   Les pirraban los coches.



   El Renault 8 el que más. Eso de que era el coche de las viudas era una mentira como una casa. Quien decía eso no había escuchado el rugido de aquel Renault. Gobernado por el Grabiel dándole misto parecía igualico que un animal salvaje en una jungla como las de Sandokán. Qué rugido. Como un tigre agazapao. Alerta. A punto de atacar.

   A veces el Grabiel se levantaba él solo uno de esos Renaults por el gusto que le daba escucharlo.

   Lo llevaba hasta mitad de un campo seco y allí se quedaba el cojo. Los ojos cerrados y el motor encendío: y venga a darle runrún. Y venga a darle mecha para escuchar el motor, que lo iba adormilando poco a poco. Para él era tan bonito ese runrún como el rumorcillo de las olas en la playa de las Negras. Tan profundo como el levante soplando entre las chumberas. Igualico a aquellas veces, pocas, en que, siendo zagal, se echaba la siesta en el bancal y pasaba una cascada de golondrinas camino de vete a saber dónde. Qué suerte tienen que se van de aquí, pensaba el zagal que una vez fue el cojo.

   Luego Grabiel dejaba el coche arrumbiao de cualquier manera en una rambla. A su suerte. Como abandonan los pastores a los perros.

FERNANDO NAVARRO - "Malaventura" - (2022)


Imágenes: Ichwan Noor

jueves, 12 de febrero de 2026

ERA DE NOCHE Y YO ME GUIABA POR EL MIEDO

 



Mi madre apenas se deshace de las cosas, encuentra tranquilidad en tenerlo todo cerca, perfectamente categorizado. Camino por la casa intentando no hacer ruido para que no despierte. Duerme durante el día y por la noche cambia los muebles de sitio o hace cantidades de comida que luego hay que tirar. Me llama desde su cuarto. {¿No ibas a ver a Abuela?} Sí, pero perdí la guagua y la siguiente no pasa hasta las cinco. Recuerdo la única vez que fui caminando entre los dos pueblos. Era de noche y yo me guiaba por el miedo. No recuerdo cuánto tardé, solo avanzaba sujetándome el corazón con las manos. Me mira desde la cama y me pide un abrazo. El contacto físico con ella siempre me ha dado calambre, pero soy incapaz de negárselo. Así que la abrazo y noto cómo me aprieta contra su cuerpo. El pelo le huele a tabaco y a cerveza. {Levántame en una horita y te hago de comer} Me suelta para volver a quedarse dormida. Cuando voy hacia nuestro cuarto, paso por delante del muro de pladur y la puerta de aluminio que hace años dividió la casa en dos. Al otro lado está papá; en este, mamá. A mí me tienen en las dos partes, una que está vacía y la otra, llena. Una que cree y la otra que no. Yo, traspasando la frontera según lo necesiten. Me tumbo en la litera de abajo y miro las tablas de arriba, donde dormía Aleja.

   Me giro. La cama está blandita, hecha con sábanas de dibujos.



   Miro la sillita de plástico que usábamos cuando éramos pequeñas. Me encanta esa silla y en todo lo que la convertíamos.

   Nos sentábamos en ella cuando queríamos leer.

   O pintar.

   O jugar en la mesa.

   La usábamos de escenario.

   De apoyo para ir más arriba.

   Era la colina de nuestra casa de muñecas.

   Si le poníamos una toalla azul, entonces era una cascada.

   Un túnel para los coches.

   Una mesa para la lamparita cuando una quería dormir y la otra no.

   Un caballo.

   Un perro.

   Una isla.

   Una frontera,

   que apoyábamos contra la puerta cuando ellos bebían.

   Les impedíamos la entrada por unos segundos. Hasta que conseguían entrar y la arrastraban (a veces la tiraban) y nos hablaban con su voz transformada en algo lento y perdido y frustrante y doloroso. Nos dejaban, en un beso, el pringue del ron con refresco. Cuando se iban y apagaban la luz, en esa parte de oscuridad, Aleja y yo continuábamos fingiendo que dormíamos. A mí las noches siempre me costaron. El sueño tardaba tanto en llegarme que podía ver cómo los monstruos se aparecían. Entonces yo sabía que me miraban con pena y movían la silla para que al día siguiente pudiésemos volver a jugar con ella.

LANA CORUJO  - "Han cantado bingo" - (2025)


Imágenes: Blacklillybee

lunes, 9 de febrero de 2026

LA CUCARACHA

                 



                                  Esta es una obra de ficción. Los nombres y personajes son fruto de la imaginación del autor y                                      cualquier parecido con las cucarachas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.


Aquella mañana, al despertar de un intranquilo sueño, Jim Sams, inteligente pero de ningún modo profundo, se vio convertido en una criatura gigantesca. Durante un rato largo permaneció de espaldas (no era su postura favorita) y miró con consternación sus lejanos pies y sus escasas extremidades. Solo cuatro, naturalmente, y del todo inmóviles. Las patitas morenas por las que sentía ya cierta nostalgia se habrían agitado alegres en el aire, aunque inútilmente. Seguía inmóvil, decidido a no caer en la histeria. Un órgano, un bloque de carne resbaladiza, yacía apoltronado y húmedo en su boca, y sintió asco, sobre todo cuando se movió por sí solo para explorar la amplia caverna de la boca y, según advirtió con callada alarma, se deslizó por una inmensa dentadura. Observó la longitud de su cuerpo. Desde los hombros hasta los tobillos era de un azul claro, con ribetes más oscuros alrededor del cuello y las muñecas, y con botones blancos que bajaban en vertical por su no segmentado tórax. Entendió que la ligera brisa que corría por él de manera intermitente, arrastrando un poco atractivo olor a comida descompuesta y alcohol etílico, era su respiración. Su campo visual era ineficazmente angosto —⁠bueno, para un ojo compuesto⁠— y todo lo que veía estaba asfixiantemente coloreado. Empezaba a darse cuenta de que, a causa de una grotesca inversión, su carne vulnerable estaba ahora fuera de su esqueleto, que en consecuencia le resultaba totalmente invisible. Qué tranquilidad si hubiera podido ver aquel moreno nacarado que tan bien conocía.



   Todo esto era ya preocupante de por sí, pero cuando acabó de despertar cayó en la cuenta de que estaba embarcado en una misión importante y exclusivamente personal, aunque por el momento no recordaba cuál era. Voy a llegar tarde, se dijo, mientras trataba de levantar de la almohada una cabeza que debía de pesar por lo menos cinco kilos. No es justo, pensó. No merezco esto. Sus sueños habían sido fragmentarios, profundos y disparatados, acribillados por voces estentóreas y resonantes que no cesaban de discutir. Solo en aquel momento, cuando dejó caer la cabeza, empezó a columbrar el otro lado del sueño y a recordar un mosaico de imágenes, impresiones e intenciones que se dispersaban en cuanto trataba de asirlas.

   Sí, había salido del agradablemente ruinoso Palacio de Westminster sin siquiera despedirse. Así tenía que ser. El sigilo lo era todo. Lo había sabido sin que se lo dijeran. Pero ¿cuándo había salido exactamente? Sin duda después de oscurecer. ¿Anoche? ¿Anteanoche? Debió de salir por el aparcamiento subterráneo. Dejaría atrás las lustradas botas del policía de la entrada. Ahora lo recordaba. Pegado al bordillo de la acera, había corrido por la alcantarilla hasta llegar al aterrador cruce de Parliament Square. Echó a correr en busca de la alcantarilla de la acera opuesta, por delante de una fila de vehículos al ralentí, impacientes por plancharlo contra el asfalto. Le pareció que había transcurrido una semana cuando consiguió cruzar otra calzada aterradora para llegar a la acera de Whitehall que le interesaba. ¿Y después? Ya más seguro, había recorrido muchos metros a buena velocidad y se había detenido. ¿Por qué? Ahora lo recordaba. Jadeando por todos los tubos de su cuerpo, había descansado cerca de un albañal para saborear un trozo de pizza que habían tirado. No pudo comérselo todo, pero lo aprovechó bien. Por suerte era una Margarita. Su segunda favorita. Sin aceitunas. No en aquel trozo.

IAN McEWAN - "La cucaracha" - (2019)


Imágenes: Julie Alice Chappell

viernes, 6 de febrero de 2026

EL FIN DEL MUNDO ES IDÉNTICO A TUS RECUERDOS

 



Hoy se me ha caído el brazo izquierdo. Se me ha desprendido limpiamente a la altura del hombro. Janice 2 lo recogió y lo trajo al hotel. Creía que iba a afectarme al equilibro más de lo que me ha afectado. Es como cortarse el pelo. El movimiento del aire alrededor de las partes que quedan de mí es distinto. Hay también una sensación intermitente de novedad y de merma: yo libre, yo no muerta, no me mires.

   ¿No es raro que no conociera a ninguna Janice viva y ahora conozca a tres?

   Me paso todo el día en la cama. Si me tumbo sobre el costado derecho, puedo mantener el brazo en equilibrio como si todavía formara parte de mí. O puedo fingir que es tu brazo y que estás en la cama conmigo. Pienso en cuando nos llevábamos una manta a las dunas y nos tapábamos con ella. Despertábamos con arena en el pelo y en las dos comisuras de los ojos. El ruido del océano inmenso como el cielo. Echo de menos dormir. Te echo de menos.



   Mitchem dice que estoy en fase de negación. Que estoy deprimida porque me recreo en el sentimiento de pérdida en vez de en el de asombro.

   —Abraza tu nueva existencia —dice.

   Me imagino intentándolo con un solo brazo.

   Cuando estaba viva, imaginaba que el fin del mundo tendría algo de redención. Pensaba que sería una suerte de purificación. O una simplificación, al menos. Rectificación a través de la reducción. Era capaz de imaginar las ciudades vacías, la tierra recuperada.

   Aquello era el futuro. Esto es ahora.

   El fin del mundo es idéntico a tus recuerdos. No intentes imaginar el apocalipsis. Todo es igual.

   Mitchem dice que cuando estás deprimida es importante hacer tareas mínimas, rutinarias. Que debería hacer la cama, aunque sea lo único que haga en todo el día. Esta mañana ha entrado y ha descorrido las cortinas. Se ha plantado frente a mí de espaldas a la ventana, con esa medialuna que tiene por cabeza a contraluz. Ha cogido el brazo del suelo y me lo ha enseñado como si fuese algo por lo que le debiera una explicación.

   —Has sufrido una pérdida significativa —ha dicho—. Esto no es solo tu brazo —ha dicho—. Estás de luto por tu vida —ha dicho.



   Desde que se le cayó el pene es don Sabiduría. Cuando se ha ido, he vuelto a correr las cortinas. Por debajo de la puerta de mi habitación se cuela el resplandor de las luces del pasillo, que siempre están encendidas.

   Ayer, Mitchem predicó en el recibidor. Hoy se ha plantado en la azotea. Se sube a una mesita de una de las habitaciones. Más tarde, vi que Bob lo seguía a todas partes con un poncho impermeable como el de Mitchem. Vaya vaya.

   He intentado hacerme un arnés para el brazo. Es demasiado aparatoso. Un peso muerto. Ja ja.

   Hoy he encontrado una camisa con puños que se abotonan. Es roja. He metido el brazo y me la he abotonado. No se ajusta bien. El brazo se escurre y asoma hasta el codo, me queda colgando y me doy con él. Como la extremidad dislocada de un maniquí. Gira dentro de la manga y me da codazos en el costado. Es raro verlo así. Mi mano. Mi muñeca. Las uñas.

ANNE DE MERCKEN - "Dura una eternidad y en un instante se acaba" - (2024)


Imágenes: Joanna Ambroz

martes, 3 de febrero de 2026

UN COMÚN DESDÉN POR LA MUERTE

 



La mayoría de los estudiantes ansiaban llegar a la sala de disección y hundir el escalpelo en los cadáveres, como si les quedara un fondo atávico de crueldad primitiva.

   En todos ellos se producía un alarde de indiferencia y de jovialidad al encontrarse frente a la muerte, como si fuera una cosa divertida y alegre destripar y cortar en pedazos los cuerpos de los infelices que llegaban allá.

   Dentro de la clase de disección, los estudiantes gustaban de encontrar grotesca la muerte; a un cadáver le ponían un cucurucho en la boca o un sombrero de papel.



   Se contaba de un estudiante de segundo año que había embromado a un amigo suyo, que sabía era un poco aprensivo, de este modo: cogió el brazo de un muerto, se embozó en la capa y se acercó a saludar a su amigo.

   —¿Hola, qué tal? —le dijo sacando por debajo de la capa la mano del cadáver—. Bien y tú, contestó el otro. El amigo estrechó la mano, se estremeció al notar su frialdad y quedó horrorizado al ver que por debajo de la capa salía el brazo de un cadáver.

   De otro caso sucedido por entonces, se habló mucho entre los alumnos. Uno de los médicos del hospital, especialista en enfermedades nerviosas, había dado orden de que a un enfermo suyo, muerto en su sala, se le hiciera la autopsia y se le extrajera el cerebro y se le llevara a su casa.



   El interno extrajo el cerebro y lo envió con un mozo al domicilio del médico. La criada de la casa, al ver el paquete, creyó que eran sesos de vaca, y los llevó a la cocina y los preparó y los sirvió a la familia.

   Se contaban muchas historias como ésta, fueran verdad o no, con verdadera fruición. Existía entre los estudiantes de Medicina una tendencia al espíritu de clase, consistente en un común desdén por la muerte; en cierto entusiasmo por la brutalidad quirúrgica, y en un gran desprecio por la sensibilidad.

   Andrés Hurtado no manifestaba más sensibilidad que los otros; no le hacía tampoco ninguna mella ver abrir, cortar y descuartizar cadáveres.



   Lo que sí le molestaba, era el procedimiento de sacar los muertos del carro en donde los traían del depósito del hospital. Los mozos cogían estos cadáveres, uno por los brazos y otro por los pies, los aupaban y los echaban al suelo.

    Eran casi siempre cuerpos esqueléticos, amarillos, como momias. Al dar en la piedra, hacían un ruido desagradable, extraño, como de algo sin elasticidad, que se derrama; luego, los mozos iban cogiendo los muertos, uno a uno, por los pies y arrastrándolos por el suelo; y al pasar unas escaleras que había para bajar a un patio donde estaba el depósito de la sala, las cabezas iban dando lúgubremente en los escalones de piedra. La impresión era terrible; aquello parecía el final de una batalla prehistórica, o de un combate de circo romano, en que los vencedores fueran arrastrando a los vencidos.

   Hurtado imitaba a los héroes de las novelas leídas por él, y reflexionaba acerca de la vida y de la muerte; pensaba que si las madres de aquellos desgraciados que iban al spoliarium, hubiesen vislumbrado el final miserable de sus hijos, hubieran deseado seguramente parirlos muertos.

PÍO BAROJA - "El árbol de la ciencia" - (1911)


Imágenes: Greg Sand

sábado, 31 de enero de 2026

CREO QUE ESTÁS DESPEDIDA

 



Intento concentrarme en la viñeta en la que trabajo con la tableta gráfica, pero mi mano se mueve sola y termina dibujando con el rotulador como tantas veces, como siempre, avispas en un papel. Las avispas que pueblan mis cuadernos, el corcho de la cocina, las servilletas del desayuno que se van a la basura junto a la corteza del pan de molde. El rotulador amarillo y el negro las trazan solas. La semana pasada dibujé avispas en chándal de tactel, en kimono, en posturas imposibles para una avispa, para el Kamasutra, y esta mañana a una le he puesto bigote y quizá la convierta en nazi. Ni lo pienso, la mano se mueve sola desde que empecé a dibujarlas en clase en lugar de tomar apuntes y aún hoy, como cuando era niña, me siento Batman, que vence su miedo a los murciélagos aliándose con ellos. A golpe de trazos amarillos y negros me crezco frente a esos aguijones afilados que de pequeña eran para mí más que un pinchazo caliente y doloroso, de hecho, representaban el final del juego.

   Mi móvil vibra con insistencia y al final respondo. No es Juan, a pesar del martilleo de mensajes al que me ha sometido a lo largo de la mañana, se trata de un número que desconozco, pero es una voz que he oído antes, desgastada, de hombre mayor, una voz que me dice qué tal Nuria, pero la llamada se corta antes de que me dé tiempo a preguntar quién es, qué quiere, quién habla. Esa breve conversación me deja una sensación extraña, la vista clavada en la pantalla del teléfono, donde el reloj parece detenido, mientras mi mano se queda estancada sobre la ilustración sin acabar.



   Apenas faltan diez minutos para salir, cuando termino la viñeta. ¿Qué tal vas?, pregunta mi jefe. Ya está, le digo. Él la mira en la pantalla del ordenador, el sol, los cráteres planetarios, la pierna trazada con ligereza, como si fuera real aun siendo un dibujo. Mañana a primera hora me pongo con el artículo ese de las madres, le digo. Y hace un gesto raro. Le encanta, sé que el dibujo le encanta, pero ni una palmadita en la espalda, ni un Buen trabajo, Nuria. Bien, bien. Mándame la viñeta y mañana vemos eso. ¿Querías hablar conmigo?, le pregunto. Pero Héctor le zarandea, tira de la manga de su camiseta, KEEP CALM AND LOVE YOUR BOSS. ¿Unas cañitas? Ese zarandeo es el salvavidas al que se aferra mi jefe, que mira el reloj y claro, claro, anda si ya es la hora. Unas cañas, ¿por qué no? Y está incómodo. Bajáis, ¿verdad, Nuria? Y va a decir Lucas, pero siempre se queda en blanco y le llama Nicolás o Luis o tú, sin más, tú. Tú, ¿bajas?

   El bar huele a humo, aunque no se pueda fumar. Quizá sigue allí ahogando los poros de los sillones de escay desde el último cigarrillo que se disfrutó antes de la prohibición. Héctor pide cañas para todos sin preguntar si las queremos, como tampoco preguntó si queríamos salir de la oficina, ni nos pidió permiso para interrumpirnos cuando al fin empezábamos a hablar.



   Lucas, también sin consultarme, le dice al camarero que me traiga un sándwich con mucha mayonesa, con muchos pepinillos. Sabe que es lo único que puede evitar la hecatombe, la explosión de la resaca a media tarde. En la facultad escribí y dirigí un corto bélico, nos cuenta mi jefe al ver mi sándwich, en él los alemanes perdían la Segunda Guerra Mundial porque los Aliados tenían dos botes que parecían de pepinillos, pero en realidad contenían parte de los sesos encurtidos de un espía soviético que había implantado un sistema por el que vivía con solo medio cerebro, mientras la otra mitad estaba en ese bote viscoso y verde y seguía conectado a él, de manera que cuando recibía información la procesaba desde donde estuviera, y gracias a él los soviéticos ganaban la batalla de Stalingrado. Desde entonces no como pepinillos, dice, son resbalosos y siento que al comerlos podría estar cambiando el curso de la historia. ¿Por qué no utilizaste un bote de chucrut?, le pregunta Lucas. Es un plato muy alemán y recuerda a un montón de sesos hechos trizas. Mi jefe cree que el chucrut resultaría predecible y los tres empiezan a enumerar encurtidos, sus múltiples posibilidades en el espionaje. Héctor me pregunta cómo es que el sándwich no se me atraganta. Me gustan los sesos y me gusta perder batallas, ¿qué más se puede pedir?, le respondo antes de dar el último bocado, que me deja los labios llenos de mayonesa.

    Vamos a fumar un cigarro, Nuria, propone mi jefe, y Héctor quiere venir, pero él lo detiene y le dice que le pida otra caña, que ahora entramos.

   Estoy nerviosa, está nervioso, pero sigue hablando de los puñeteros encurtidos. Me cae un poco de tabaco a la acera mientras me lío el cigarrillo porque me tiemblan las manos. ¿Qué pasa?, pregunto. En serio, ¿qué pasa? Mi jefe me mira sin atreverse a mirarme. Mañana te lo dirán, susurra, los de recursos humanos, creo que estás despedida. ¿Crees? Bueno, no, lo estás. Estás despedida.

ELISA FERRER - "Temporada de avispas" - (2019)


Imágenes: Edouard Martinet

jueves, 29 de enero de 2026

¿PARÍS, CORTÁZAR Y YO?

 


¿París, Cortázar y yo? ¿Qué teníamos que ver? Yo era solamente el «curador» de una muestra encargada por el Museo Nacional de Bellas Artes, una tarea que había aceptado pensando menos en Cortázar que en sacar de la agencia Vanity Cars de City Bell mi Volskwagen Vento 2.5 que había señado sin tener la plata para retirarlo. Cortázar me parecía una figura pop inflada como todas las celebridades, de una escala mucho mayor a la obra infantiloide en la que se apoyaba y que solo podía ser leída por jóvenes indefensos o adultos infradotados como Samurai. Y el adulto infradotado o el joven indefenso que lo leyera ya no leería a Cortázar: sería Cortázar. Con el perramus de Cortázar, los Galoises y la forma sobreactuada de fumarlos de Cortázar, la arrogancia melómana de Cortázar, el vanguardismo tardío de Cortázar, el provincianismo francófilo de Cortázar y los aires de superioridad de Cortázar, en los que siempre creí ver agazapado un fantasma de inferioridad social.

   Su triunfo sucedía en el terreno de la cultura general, no en el del arte literario. Con esa idea sencilla (sin una idea sencilla no se obtiene nada) conseguí que me dieran la curaduría sin tener ninguna experiencia, salvo la de haber adorado a Cortázar con pasión juvenil y haberlo defenestrado en la madurez sin tomarme la molestia de releerlo. ¿Para qué? La relectura es una cosa de neuróticos que no conduce a ningún lado. No ayuda a revelar los errores de una primera lectura, ni a alumbrar los aciertos de una segunda. Más bien sirve para la autoafirmación, como cualquier acto que se repite por hábito.

JUAN JOSÉ BECERRA - "¡Felicidades!" - (2019)


Imágenes: Stefano Zanarello

lunes, 26 de enero de 2026

LA SUTIL CLIMATOLOGÍA DE SUS ESTADOS DE ÁNIMO



La semana después de quedar a comer con Xavier fue un período de extraordinaria sintonía en mi matrimonio, un período que posteriormente examinaría, que recordaría. Hacía años que no estaba así con Tomas, con la sutil climatología de sus estados de ánimo, la cartografía de sus gestos. No sería exagerado afirmar que vibraba con su presencia o que valoraba de un modo nuevo su inteligencia y su cortesía. Sin duda esto sucedía porque, por primera vez en muchos años, veía nuestro matrimonio como lo que realmente era, algo frágil que podía apagarse o perderse. Tomas era casi exactamente el mismo de siempre. No volvió a sacar el tema de la infidelidad, y a medida que los días fueron transcurriendo, aunque yo mantenía esa sensación de hipersintonía, empecé a pensar que quizá le había atribuido un sentido falso a su pregunta susurrada. No se interesaba por dónde pasaba yo el día, cosa que sí había hecho antes, como es lógico, ni con quién hablaba: se comportaba como si nada entre nosotros hubiera cambiado.



  Pasó otra semana. Desayunábamos juntos, como siempre, y me estaba preparando para salir a la calle cuando de repente Tomas dijo que me acompañaba, quería que le diera un poco el aire y estirar las piernas antes de sentarse a escribir. Dije que me encantaría que lo hiciera y esbozó una sonrisa leve, distraída. Mientras se ponía el abrigo, noté que estaba ensimismado, estaba en pleno proceso de escritura de un ensayo larguísimo sobre el cubismo checo para el catálogo de una futura exposición. Lo miré con cariño y alargué el brazo para acariciarle la cara. Se sobresaltó, salió de su abstracción, me cogió la mano y me la sostuvo mientras bajábamos las escaleras y salíamos al aire frío. Recuerdo que sentí una felicidad absoluta, recuerdo que no deseaba nada más. Del apartamento se llegaba al teatro con un paseo corto y lamenté que no estuviera más lejos, muchísimo más lejos, para que pudiéramos seguir caminando juntos y no llegar nunca.



  Pero enseguida estuvimos a una manzana del teatro. Tomas se detuvo y dijo: Me despido aquí. Y vi que algo se había desbloqueado en su mente, que ya estaba listo para volver al escritorio, y que el paseo en silencio y el aire frío le habían sentado bien. ¿Me acompañas hasta la cafetería?, pregunté y dijo que no con la cabeza, el café le gustaba tomarlo en casa, tenerlo a mano mientras trabajaba, eso yo ya lo sabía. Prefiero volver, dijo. Accedí con un gesto, le di un beso de despedida con cierta desgana y crucé sola la calle.

  Un ciclista se me cruzó, di un paso atrás y luego seguí, y a lo mejor porque esto me dejó desconcertada no vi a Xavier hasta que yo ya estaba llegando al otro lado de la calle. Estaba en la esquina con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y su aliento humeaba en el aire. Me miraba fijamente, por su postura me pareció que igual llevaba ahí un tiempo, que igual había observado el beso que le había dado a Tomas, el conato de choque con el ciclista.

KATIE KITAMURA - "Audición" - (2025)


Imágenes: Antonín Procházka

viernes, 23 de enero de 2026

PSILOCYBE OS HARÁ CÓSMICOS

 



Aquí tenemos a Psilocybe.

   Psilocybe, que se yergue, se alza sobre la tierra, no muy alto.

   Psilocybe parece poca cosa, el muy discreto. Pasa desapercibido. Un cuerpo flaco, esbelto, de una sola pieza; en lo alto, un simple sombrero marrón beis terroso, un poco desgastado por los bordes. Lo encontraréis a menudo cerca de un maizal o en una pradera, a resguardo del sol. Psilocybe, como todos los demás, se mantiene en la sombra. Y, como todos los demás, solo está ahí unos pocos días, después de la lluvia. Solo está de paso.

   Nada llamativo, Psilocybe. Nada que ver con Amanita muscaria y su sombrero rojo de lunares blancos, salida directamente de un cuento infantil.

   Pero las mata callando bajo esa apariencia de tipo común. Bajo la capa y el sombrero color tierra, pese a su corta estatura y su silueta filiforme, Psilocybe tiene las hechuras de un mago. Higrófano como es, su piel cambia de color según el clima. Si os empeñáis en cruzaros en su camino, ojo: sus poderes son diversos.

   Psilocybe no os concederá deseos de riqueza, no os ofrecerá la juventud eterna. Psilocybe no es ese tipo de genio benefactor. Actuará en vosotros según su propia voluntad, en la oscuridad, en la claridad o en el gris intermedio. No os dejará decidir casi nada.



   Con toda seguridad, os acelerará o ralentizará el corazón, os dilatará las pupilas. Es lo que suele hacer. Sin ningún género de duda, os hará experimentar la euforia y las lágrimas. No os mostrará nada suyo, más bien os hará ver dentro de vosotros mismos.

   Tal vez os enseñe a vuestros muertos, los que os precedieron. Vuestros muertos y también vuestra muerte próxima. Será aterrador o tranquilizador, imposible saberlo de antemano.

   Si tenéis un más allá, Psilocybe os lo hará tocar con los dedos. Os hará tutear a vuestro dios, a vuestros dioses.

   Si creéis en el tiempo de los relojes, en el tiempo regular, resuelto y rectilíneo de los relojes, Psilocybe lo volverá líquido y sinuoso como el arroyo, lo espesará, lo hará sólido, gaseoso, convertirá las horas en segundos.

   Si creéis en los contornos de vuestra persona, Psilocybe los abolirá. Psilocybe os amplificará, levantará las barreras aduaneras de vuestro diminuto ego, hará de vosotros un árbol entre los árboles. Olvidaréis lo que os distingue de la silla que os sostiene, del aire que os llena, de la lluvia que cae sobre vosotros, de la mosca que se os posa encima. Psilocybe os hará cósmicos.

   De todo esto es capaz, a pesar de sus escasos cinco o diez centímetros, a pesar de su apariencia de don nadie. De todo esto no decidiréis nada.

BENOÎT COQUIL - "Cositas" - (2023)


Imágenes: Bella Ormseth

martes, 20 de enero de 2026

HAMNET ES UN CHICO DESPIERTO

 



Hamnet es un chico despierto: en la escuela, entiende bien las lecciones del maestro. Comprende la lógica y el significado de lo que le explican y tiene buena memoria. Se le dan bien los verbos, la gramática, las conjugaciones, la retórica, los números y los cálculos, tanto que a veces despierta la envidia de sus compañeros. Pero también se distrae con facilidad. Si en clase de griego oye un carro que pasa por la calle, enseguida desatiende la pizarra y se pone a pensar en qué llevará el carro y en lo bien que se lo pasaron aquel día sus hermanas y él, cuando su tío los llevó a dar una vuelta en el carro del heno entre pinchazos y olor a hierba recién segada, y las ruedas arrastrándose al ritmo de los cascos de la cansada yegua. En las últimas semanas lo han azotado más de dos veces en la escuela por no prestar atención (su abuela ha dicho que si esto se repite una sola vez más, se lo contará a su padre). El maestro no lo entiende. Hamnet aprende rápidamente, recita de memoria, pero no pone la cabeza en la tarea.



   El aleteo de un pájaro en el aire puede hacerlo callar en mitad de una frase, como si el mismísimo cielo lo hubiera dejado sordo y mudo de un plumazo. Si ve por el rabillo del ojo que entra alguien en una habitación, puede dejar de hacer lo que sea —comer, leer, copiar los deberes— y quedarse mirándolo como si le trajera un mensaje muy importante solo para él. Tiene tendencia a escurrirse por los límites del mundo real y tangible para irse a otro sitio. Puede estar con el cuerpo en una habitación y la cabeza en otro lado, ser otra persona en un sitio que solo él conoce. Despierta, niño, le dice su abuela, chascando los dedos en sus narices. Vuelve, le dice al oído Susanna, su hermana mayor, tirándole de la oreja. Presta atención, le grita el maestro. ¿Dónde estabas?, le susurra su hermana Judith cuando por fin vuelve al mundo, cuando vuelve en sí, mira a uno y otro lado y ve que está otra vez en casa, a la mesa, rodeado por su familia, y que su madre lo observa casi sonriendo, como si supiera exactamente dónde ha estado.

MAGGIE O'FARRELL - "Hamnet" - (2020)


Imágenes: Steeven Salvat