Desapegos y otras ocupaciones.

jueves, 8 de enero de 2026

LA CARNE DE CRISTIANO ME PODÍA CAER PESADA

 



Me llamo Juan Domingo Benjamín. Juan Domingo, por ser ahijado de Juan Domingo Perón, que fue tres veces presidente de la Argentina. Y Benjamín por ser el menor de mis hermanos.

   Benjamín es nombre de hijo menor. Yo digo: si mis padres me pusieron así es porque ya habían decidido que no iban a tener más hijos. Entonces ¿no podían haberlo decidido antes de tenerme a mí? Como séptimo hijo varón, mi vida no fue fácil.

   Por ejemplo, fue un problema tener de padrino a Perón, un presidente argentino al que muchos querían y muchos odiaban. Una ley nacional decía que el séptimo hijo varón tenía que ser ahijado del presidente, para que no lo trataran mal por lobisón. Pero mi familia era antiperonista. En el fondo, todos hubieran preferido que me convirtiera en lobo las noches de luna llena y no que me llamara Juan Domingo.

   Lo más triste es que yo me convertía en lobo de todas maneras. No exactamente en lobo, sino en un perro negro y enorme, siempre muerto de hambre. En realidad, tampoco era en las noches de luna llena, sino todos los viernes a la noche y algunos martes.



   Dice mamá que cuando era bebé me convertía en un cachorro peludito, suave y muy cariñoso, y con un poco de carne picada me calmaba, aunque no fuera carne humana. Todos tenían la esperanza de que criándome así, domesticado, de grande me iba a conformar con cualquier cosita que encontrara en la heladera.

   Pero a partir de los diez años las noches de los viernes ya empezaron a ser un desastre. Ustedes tienen que entender que un lobisón es un bicho de campo. Vivir en la ciudad era para mí un motivo de tortura constante. Mamá había dispuesto que mis tres hermanos mayores tenían que turnarse para cuidarme y asegurarse de que no me pasara nada cuando andaba por ahí.

   Ahora, imagínense lo que debe haber sido para un muchacho de dieciocho o veinte años, que hubiera querido ir al cine con la novia o salir a bailar, tener que pasarse la noche del viernes corriendo detrás de su hermanito lobisón. Lo más natural hubiera sido que me odiaran y así pasó con Ariel y Marcos. En cambio siempre me llevé muy bien con Jonathan, que le encontró la vuelta al asunto de mis transformaciones y llegó a divertirse mucho conmigo en las correrías de los viernes.



   Vivir conmigo en la ciudad era un problema constante para todos, pero papá no quería mudarse porque trabajaba en la construcción. «Si nos vamos a las afueras, me voy a tener que pasar la mitad del día arriba del auto», decía cuando mamá insinuaba que la familia podía vivir en el campo mientras él trabajaba en la ciudad.

   Mientras tanto para mí era un problema tremendo el asunto de los cementerios. Los lobisones somos mansitos y nunca atacamos a la gente. Pero no nos queda más remedio, cuando somos perro, que alimentarnos de dos cosas: carne humana y caca de gallina. Yo sé que para la gente común suena repugnante, pero después de todo es una costumbre bastante inofensiva. Por eso en el campo se escuchan tantas historias de lobisones rondando los gallineros o el cementerio.

   Como nuestra familia es judía, mamá, que no quería verse en problemas, les había aclarado muy bien a mis hermanos que no me dejaran meterme en cementerios católicos. Yo creo que un poco por protegerme, un poco porque consideraba que lo correcto era que cada uno se dedicara a lo suyo, y otro poco, porque pensaba que la carne de cristiano me podía caer pesada. En fin, todo el mundo tiene sus prejuicios.

ANA MARÍA SHUA - "Contra el tiempo" - (2013)


Imágenes: Kendra Haste

lunes, 5 de enero de 2026

HASTA QUE LLEGÓ LA PANDEMIA

 



Y bueno, Juli quería que, si le pasaba algo, yo viniera a verte. Le pasó, y acá estoy. Somos vecinas de puertas contiguas. Muy buenas vecinas. Nos conocimos el día en que se mudó al edificio, se equivocó de puerta y quiso meter las llaves en la mía. Me pegué un susto tremebundo. Casi le parto una silla en la cabeza. Después nos reímos. Yo al principio le tenía idea, porque por ese departamento habían pasado muchas chicas, vos me entendés, y duraban poco. No es que yo tuviera prejuicio alguno, para mí el trabajo que sea es tan honrado como cualquier otro. Y tampoco es que entraran muchos hombres al edificio, sino más bien que ellas salían. Pero cuando te encariñabas, se iban. Así que yo las prefería lejos. Hasta que llegó la pandemia y ahí la soledad nos pegó a las dos; un día me tocó el timbre para pedirme fósforos, otro día yo le golpeé la puerta para pedirle que me trajera algo de la farmacia. Así fuimos entrando en confianza. Y ya después nos veíamos con cualquier excusa; con barbijo, distancia, ventanas abiertas, porque ella tenía miedo de contagiarme. Juli un poco salía y un poco entraban también, te soy franca, porque los hombres con poder siempre encontraban excepciones al aislamiento.



   No te lo tengo que contar a vos, sos periodista, qué te voy a decir yo que no sepas de cómo se manejan algunos en este país. Fue un tiempo difícil el del covid, y nos sostuvimos entre las dos. Ella me asistía con las compras afuera de casa, yo la asistía con la comida adentro. Y la compañía. Nos hacíamos linda compañía, eso fue fundamental para subsistir. Juliana extrañaba mucho a su mamá, ¿sabés? Está en un geriátrico, una pena, porque tan vieja no es, debe ser más joven que yo, pero dada su condición tenía que estar cuidada las veinticuatro horas del día. Alzheimer o demencia senil precoz, nunca supe bien qué. Y Juli trabajaba mucho. En la pandemia casi no se pudieron ver, eso le dolió profundamente, la entristeció. Tenía un amigo que cada tanto le conseguía permisos de visita, algo medio trucho, y ella tampoco quería abusar. Bueno, no te quiero robar más tiempo, sé que sos una persona ocupada. Tengo algo para vos. Tu hermana me dijo que si le pasaba algo te buscara y te lo diera. Por eso estoy acá, cumpliendo con mi palabra.

CLAUDIA PIÑEIRO - "La muerte ajena" - (2025)


Imágenes: Rafael Gonzales Jr.

viernes, 2 de enero de 2026

LAS PUERTAS PROMETEN MÁS DE LO QUE DAN



 Por el interior de los túneles del seminario sonaban los acordes del Dies irae, dies illa, el famoso himno medieval cuya traducción venía a ser la siguiente:

  

    Día de ira, aquel día

    en el que los siglos serán reducidos a cenizas,

    como lo atestiguan David y la Sibila.  


  Me gustaba ese himno fúnebre, esa amenaza, lo que quiera que fuera. Los pasillos o túneles del seminario, como cabe esperar, estaban llenos de puertas. Las había de todos los tamaños y para todos los gustos. Puertas convencionales y puertas raras, misteriosas. Las puertas prometen más de lo que dan. Incluso las impenetrables o enigmáticas decepcionan al abrirlas, porque ninguna da a donde debería. Ninguna da a Dios, ni siquiera al diablo, las puertas dan a lo previsible, lo esperable: al cuarto de baño, al dormitorio, a la cocina. Tengo para mí que el objetivo de las puertas, de los cientos o miles de millones de puertas que hay en el ancho mundo, no es otro que desviar la atención de la única que valdría la pena abrir y cuya ubicación desconocemos. Me viene entonces a la memoria un libro que leí de joven en el que un preso norteamericano contaba que había logrado fugarse de la cárcel a través de una puerta mental. Llevo toda la vida intentando dar con esa puerta mental, aunque sin renunciar a encontrar la física.

  Necesito fugarme.



  Cuando te movías de un pasillo a otro, de un túnel a otro de aquel gran internado, ibas en realidad de un sitio a otro de ti mismo. De tu presente a tu futuro.

  ¿Qué ocurrió allí dentro, durante aquellos tres años? No lo sé, lo tengo borrado, aunque asoman fragmentos: el de la lectura de Crimen y castigo, por ejemplo, que ya hemos señalado. Lo demás viene a ser como un agujero negro y estático, una oquedad (mi pobre madre, hueca) abierta en medio de mi realidad biográfica, un vacío semejante a aquel que se produce en la visión tras un desprendimiento de retina. Un desprendimiento de retina de la memoria. Hay un boquete en medio de mi existencia.

  Soy un hombre aturdido. Percibo la realidad con un ruido de fondo y lo peor es que no sé si el mensaje importante es el que procede de la realidad o el del ruido de fondo. Es así desde la infancia, de ahí mi opacidad y mi dificultad para pagar las multas de tráfico en las que me descuentan la mitad si hago los trámites antes de treinta días. Nunca llego. Los trámites me matan, aunque procuro someterme a ellos por si en su interior apareciera la verdad de súbito. En el silencio me percibo mejor, con mayor nitidez.

  En el silencio. ¿Dónde hallarlo?

JUAN JOSÉ MILLÁS - "Ese imbécil va a escribir una novela" - (2025)


Imágenes: Karen Anderson