Desapegos y otras ocupaciones.

jueves, 18 de junio de 2009

viernes, 15 de mayo de 2009

APRIETA MAYO.

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I

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R. tenía miedo.

Miedo por su hermano. Y miedo por él mismo.

Era primavera. Con suerte, su hermano viviría su último verano, su último otoño; puede que sus últimas navidades, su último invierno.-



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"Los milagros para las películas", le había dicho su hermano en la última conversación telefónica que habían tenido -tensa, corta, con muchos silencios- cuando le confirmaron el diagnóstico y le informaron acerca del tratamiento.

Seis meses. Con suerte, un año con cierta "calidad de vida". De nada le sirvió tener un hijo médico. En esos casos, casi nada sirve de nada.

Un año y medio antes, la madre de ambos.
Dos años y medio antes, la hermana de ambos.
Muchos años antes, el padre.
Ya sólo quedaban los dos. A todos se los había ido llevando la enfermedad con nombre de crustáceo: el cangrejo de picadura dolorosa, dañina, mortal...
Y ahora, R. tenía miedo. Por su hermano, aunque se lo hubiese buscado: más de 40 años fumando, tabaco rubio, sin filtro, de dos a tres paquetes al día...

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Y por él mismo. ¿Cuándo le llegaría la hora de contar, de "vivir" sus últimas estaciones? ¿Por dónde atacaría esta vez el crustáceo?



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II
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La muerte corre. La muerte vuela y no respeta estaciones.
El dolor se va apoderando de todo.
Mientras, Javier Corcobado canta:


Hoy te echo mucho de menos,

sin ti no soy nada.

Y aunque aún no has llegado

quisiera pedirte, por favor,

mi amor nunca te vayas.

Y aunque aún no has llegado

quisiera pedirte, por favor,

mi vida nunca te vayas...



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Tantos abandonos, tantas pérdidas...

Se coagulan en mi garganta y me nublan la vista y el entendimiento nublados.

Y no rezo, aunque me lo dijera noséquién en sueños.

Y tengo que salir porque la casa me ahoga.

Y cuando suena el teléfono lo coges o no.

Y por la calle te paran y cuentas la misma historia, abreviada (¿cómo no?), con las dosis justas de dolor y el gesto de nopasanada, tira p'alante que la vida sigue y yo no me obsesiono con el cangrejo y las leyes de Mendel.





Y te cansas de contar lo mismo siempre.

Y puede que te inventes algo más para novelar un poco, aunque en tu fondo pienses que es una falta de respeto.

Pero, ¿qué más da? El respeto, y todo lo demás, volaron en forma de cenicillas.

No sé cómo son esas cenicillas. Ayer, en la tele vi "Elizabethtown", sólo el principio y el final -preciosas canciones-, en medio me tumbaron los efectos de los trankimazines acumulados en los últimos días.
Orlando Bloom va esparciendo las cenicillas de su padre por media Norteamérica.
Y pensé en voz baja y pregunté en voz alta:
"¿Qué recuerdos guardarán mis hijos de mí cuando ya no esté, cuando yo sea sólo ese polvito fino que se lleva el aire y que, si no andas con cuidado y estudios marineros, se puede volver contra ti?" Y eso no, claro...

Alguien me dijo que no era así: que eran casi como cristales. No lo sé.

Uno de los peores momentos de mi vida fue cuando me entregaron a mi madre y a mi padre reducidos a 5 ó 6 kilos dentro de un jarroncito de arcilla -biodegradable, decía el del tanatorio-, y ahí me hundí todo lo que no me habían hundido meses de enfermedad, médicos, medicinas, agonía.
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Ahí me hundí, sí. Y después los enterramos donde había muchas flores -ahora más aún-, que a ellos les gustaban mucho. Pero dentro del jarroncito; yo no hubiera sido capaz de abrirlo y ver -y menos, tocar- las cenizas.

Y aprieta mayo. Mayo bonito que me aprieta y me deja sin fuerzas. Y menos mal que pasa rápido, aunque tenga 31.

La muerte, con máscara de crustáceo, no entiende de primaveras.

Y a mí, me quedan muchos libros por leer.


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sábado, 25 de abril de 2009

NÚMERO DE NUEVE CIFRAS (y 3).






III



En el trabajo me notaron algo, pero no quise dar muchas explicaciones. Simplemente (¡!) dije que llevaba unos días durmiendo mal.
Tenía que hacer algo. Y después de pensar –sin demasiada fluidez, sin ideas, aterrorizado- salí una tarde de casa con el libro maldito dentro de una bolsa de plástico. Caminé sin saber muy bien a dónde dirigirme ni qué hacer con él.
Finalmente, en un impulso sin vuelta atrás, lo dejé caer junto a un banco, en el césped de un parque entre mi domicilio y mi lugar de trabajo.
Sí: hubiese sido más fácil arrojarlo a la basura, a cualquier contenedor, pero una especie de curiosidad morbosa me hizo trazar rápidamente un plan: observaría, a cierta distancia, quién se lo llevaba. En este pueblo-ciudad, más o menos nos conocemos todos. Y así, podría averiguar luego lo que sucedía con el libro y con su nuevo poseedor.
Pocos minutos pasaron. Un anciano, al que conocía sólo de vista, se sentó en el banco y con la contera de goma de su bastón –tienen esa costumbre- empezó a tantear el objeto del suelo. Dificultosamente, se agachó; lo miró por un lado, por otro; lo abrió y lo hojeó (lo ojeó).
Pasados unos minutos más, se marchó llevándolo bajo el brazo.
Al día siguiente por la mañana, pongo la radio local mientras me aseo y me entero de que el anciano ha muerto. De alguna forma, esperaba algo así; pero no por ello deja de invadirme una mezcla de terror y culpabilidad.


Decido que tengo que ir a su casa, hablar con su familia, enterarme de qué ocurrió. Pero tan pronto…
Unos días después del funeral, sabiendo que sólo vivía con su esposa (ahora, su viuda), resuelvo pasar por allí. Le diré que yo había perdido un libro y que alguien me contó que había visto a su difunto esposo y que…
Cuando llego y me presento educadamente, doy el pésame a la viuda –aunque sólo nos conocemos de vista, también- y voy tanteando el terreno.
La pobre señora se desahoga y me cuenta que su marido murió de madrugada cuando, poco antes de las 3, sonó el teléfono, se levantó y lo descolgó. Viendo que no volvía a la cama, ella se acercó y lo halló muerto con un extraño rictus, mezcla de sorpresa y terror, en su cara.
Desde entonces, vive angustiada “soñando” que el teléfono vuelve a sonar de madrugada. Así que, por consejo de su médico, ha empezado a tomar unas pastillitas que le van muy bien y que está más tranquila y que duerme del tirón y que…
Sin pensar en nada más de lo que me está diciendo, la interrumpo. Le digo que tengo cierta prisa y que si me hace el favor de devolverme el libro. Así lo hace y vuelva cuando quiera, ha sido un placer charlar con un joven tan educado y…

Esa misma tarde, lleno el depósito de gasolina y me voy todo lo lejos que me permiten mis nervios destrozados. En un sitio solitario y despejado, aparco el coche. Reúno unas ramas secas y les prendo fuego. El libro arde muy pronto. Demasiado pronto. Me parece mentira.
Vuelvo a casa, quizás más nervioso que antes. Mi esposa tampoco sabe bien qué es lo que me pasa y sospecha que tengo un lío con alguien del trabajo o un problema con algún tipo de adicción o algo así…

Hemos terminado por separarnos. “Por una temporada -dice ella- No podemos seguir así…”
Algunas noches me despierto sobresaltado, soñando con libros que arden, ancianos con bastones, números y llamadas de teléfono. Y no quiero ni mirar la hora que es.
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jueves, 23 de abril de 2009

NÚMERO DE NUEVE CIFRAS (2).

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II



No descolgué el teléfono. No me atreví. Tras los cinco tonos preceptivos, saltó el contestador. Pasaron, envueltos en frío sudor, varios minutos. Mi mano derecha, más que yo, se disparó y descolgó el auricular. Sin acercármelo al oído, a media distancia entre el aparato y mi cara…; respiré enormemente aliviado cuando comprobé que no había mensaje.
Colgué. No hace falta decir que apenas dormí, aunque tiré de somnífero e infusión relajante. Cada rato me parecía oír, entre malos sueños, el sonido del teléfono. Pero no. No volvió a sonar en lo que quedaba de noche.
Por la mañana, deseada y cansina, evité el libro y la caja donde estaba. Los ratos que aprovechaba normalmente para leer, rendido, no los dediqué a ello. No hubiera podido.
Me fui temprano a la cama. Pero antes, con aprensión, casi con asco, saqué el libro de la caja y del dormitorio.
Lo dejé -con pocos miramientos- en un estante poco frecuentado de la librería del cuarto de estar.
Agarré pronto el sueño. Hasta las 2:55: se repitió lo de la noche anterior.
Y a la noche siguiente, se volvió a reproducir la pesadilla.
No quería ni tocar el libro. No quería ni tocar el teléfono. Aunque, finalmente, opté por descolgarlo cuando me iba a dormir (esto es un decir…)



sábado, 18 de abril de 2009

NÚMERO DE NUEVE CIFRAS.




I


Era la primera vez que hacía un pedido de libros "usados". En cuanto me llegó el aviso, me apuré en ir a recogerlos. Alguna rareza de Cortázar que aún no había leído, algo de Bryce Echenique, de Paul Auster... Las pocas cosas que me faltaban de estos y de alguno más.

Mi duda era si los libros vendrían muy deteriorados. A esos precios, una cuarta o quinta parte de su valor, podrías esperar cualquier cosa: humedades, roturas, huellas de insectos... O huelllas de sus anteriores amos-dueños-lectores.

Cuando abrí precipitadamente el paquete, ya en casa, los trece volúmenes aparecieron mucho mejor de lo que esperaba.

Probablemente, restos de librerías ya descatalogados, inencontrables.

Al primer vistazo no aprecié ninguna huella de las que solemos dejar los de oficio lector: marcas, señales, subrayados, fechas... Así que me reafirmé en la teoría de los "fondos de librerías".

Los guardé todos en una caja-sala de espera que duerme bajo la cuna de la niña, no sin cierto temor a que sus "efluvios" de libros usados afectasen de alguna forma al sueño de la pequeña. Y seguí leyendo lo que me traía entre manos desde hacía ya bastantes días: un grueso volumen -900 páginas- de Murakami, para terminarlo cuanto antes y empezar alguno de la nueva remesa, aún sin saber cual.

Al día siguiente, ya terminado -felizmente, tristemente- Murakami, volví a la caja y cuando cogí el primer libro, de un autor ruso que no mencionaré, en su página final vi anotado a bolígrafo un indudable número de teléfono, con el prefijo de una provincia desconocido para mí y que no retuve, aunque sí se me grabó la serie 7474 de su parte central.

Esa noche soñé con diversas combinaciones numéricas plagadas de sietes y de cuatros que formaban números telefónicos imposibles, abrumadores.

He olvidado mencionar que, en lugar del libro que tenía el fatídico número anotado, me decidí a última hora por otro, con lo cual no había vuelto a vislumbrar la serie numérica. Y, con el escarmiento de la pesadilla "cifrada", desde luego que no volví a mirar aquella anotación a bolígrafo. Es más, traté -inútilmente- de no pensar más en ello.

Una noche o dos más volvieron a aparecer en mis obnubilaciones oníricas los sietes y los cuatros rodeados de diferentes cifras. Pero fueron pasando los días -y los libros- y no volví a pensar en el asunto.

No sé si intencionadamente, el libro del autor ruso se fue quedando para el último. Me hallaba enfrascado en una lectura de Justo Navarro que me entusiasmó más de lo que en un principio hubiera imaginado. Me faltaban pocas páginas y no tenía mucho sueño, así que seguí y seguí leyendo hasta el final. El reloj marcaba las 2:55. Ya sólo me restaba el libro del autor ruso, que empezaría al día siguiente.

Justo cuando apagué la luz, sonó el teléfono. Extrañado, alarmado por una llamada a esas horas, me apresuré a descolgar, casi temblando. En la pantalla del aparato aparecían las nueve cifras, con prefijo de una provincia desconocida y la serie central 7474.

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viernes, 17 de abril de 2009

LA AUSENCIA DE INFELICIDAD.

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Toda su vida soñó con ser un millonario, con ser el hombre más rico del mundo. En realidad no era dinero lo que quería, sino lo que éste representaba: no sólo éxito a los ojos del mundo, sino una forma de hacerse inalcanzable. Tener dinero significa algo más que poder comprar cosas, significa que nada en el mundo puede afectarte.
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En ese caso el dinero es un medio de protección, no de placer. Había vivido en la pobreza en su infancia, sintiéndose vulnerable a los caprichos del mundo; por lo tanto la riqueza para él era sinónimo de la idea de huida del peligro, del sufrimiento, del papel de víctima.
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No intentaba comprar la felicidad, sino simplemente la ausencia de infelicidad. El dinero era la panacea de todos los males, la representación material de sus más profundos e inexpresables deseos como ser humano.
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No quería gastarlo, quería tenerlo, saber que estaba ahí. El dinero para él no era un elixir, sino un antídoto: el pequeño frasco de medicina que uno lleva consigo en el bolsillo cuando se mete en la jungla, sólo si lo pica una serpiente venenosa.
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"La invención de la soledad" - Paul Auster (1982).
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