Desapegos y otras ocupaciones.

sábado, 27 de julio de 2024

VE A PASÁRTELO BIEN EN EL LUNA PARK

 


Casi todos los días paseaba con el perro por los alrededores de la puerta de Maillot. Había allí aún por entonces una feria, el Luna Park. Una tarde mi madre me había preguntado si me gustaría ir al Luna Park. Yo creí que tenía la intención de ir conmigo. Pero qué va. Cuando lo recuerdo ahora creo que, sencillamente, quería que la dejara sola aquella tarde. Tal vez había quedado con el individuo cuyo nombre nunca supo nadie y merced al cual vivíamos en aquel piso. Abrió la puerta empotrada en la pared del salón, me alargó un billete grande y me dijo: «Ve a pasártelo bien en el Luna Park.» Yo no entendía por qué me daba todo aquel dinero. Parecía tan preocupada que no me atreví a llevarle la contraria. Ya en la calle, me planteé no ir al Luna Park. Pero existía el riesgo de que a la vuelta me pidiera que le enseñase la entrada o los tickets de las atracciones, porque con frecuencia tenía ideas fijas y no había que intentar mentirle. Y yo por entonces no sabía mentir.

   Cuando compré la entrada, en la puerta, al señor pareció sorprenderle que le pagase con un billete tan grande. Me dio el cambio y me dejó pasar. Un día de invierno. Parecía que fuera de noche. En medio de esa feria, me daba la impresión de estar metida en un mal sueño. Lo que más me llamaba la atención era el silencio. La mayoría de las casetas estaban cerradas. Los tiovivos giraban en silencio y no iba nadie en los caballitos de madera. Y nadie por los paseos. Llegué al pie del tiovivo grande y me fijé en tres chicos mayores que yo. Llevaban zapatos viejos y agujereados y que no eran iguales en ambos pies. Y batas grises demasiado cortas y rotas. Habían debido de entrar en el Luna Park a escondidas, porque miraban a derecha e izquierda como si los persiguieran. Pero tenían cara de querer subir al tiovivo grande. Me fui hacia ellos. Le di al mayor los billetes de banco que me quedaban. Y eché a correr con la esperanza de que me dejasen salir.

PATRICK MODIANO - "Joyita" - (2017)


Imágenes: Micaël Reynaud

jueves, 25 de julio de 2024

EL BUTACÓN AZUL


Es un hecho bien conocido (aunque no abiertamente admitido), que los objetos captan, absorben las energías de las personas que están en contacto con ellos. Actúan como esponjas. Y como tales, vuelven a soltar, a "escurrir" esas energías a otras personas que, posteriormente, los usen.

¿Por qué, si no, casi nadie se pondría la ropa, los zapatos de un muerto? Y más si este alcanzó su estado de forma violenta, cruel, dolorosa.

Esos objetos, tan íntimos, se hallan empapados de ese dolor, esa crueldad, esa violencia.

Así mismo, el caso contrario: los creyentes gustan de recolectar y llevar consigo en estrecho contacto las llamadas "reliquias" de personas consideradas santas, con la nada fútil esperanza de que parte de esa dudosa santidad pase a ellos o, al menos, los proteja.

Cuando, hace años, estuve visitando a una psicóloga y ella me pidió que me sentase en un butacón de aspecto muy cómodo, tapizado en azul oscuro que reinaba sobre un rincón de su consulta, tuve mis reparos. Me indicó que aquel día íbamos a practicar una relajación.



Habitualmente, yo me sentaba frente a ella, en una butaquita tipo "director de cine", sin muchas pretensiones, y hablaba y contestaba a todo lo que me inquiría, con dosis variables de mentira, cachondeo y burla que lograba mantener con la más encantadora de mis miradas. Cuarenta y cinco, cincuenta minutos, 6.000 pelas y adiós.

Pero aquel día tocaba "relajación". Ya dije que aparecieron mis "reparos". Cuánto majara no se habría sentado allí. 

Sí. En la otra butaquita de a diario, también. Pero esta era como más aséptica, menos "esponjosa".

Cuántas fobias, paranoias, esquizofrenias y dislexias habrían asentado sus posaderas en el butacón azul. Estaría infectado (¿infestado?) hasta lo más hondo de sus comodísimas médulas maderianas.

¿Cómo pretendía esa señora con vestimentas de aspecto hindú (pero de los ricos) que yo me relajase allí?

Fue imposible. Se lo comenté. Me rebatió científico-cognoscitivamente. Ella, tan ricamente, sí se había relajado. La cinta, el cedé o lo que fuera, hacía todo el trabajo.

Achaqué (achacamos) mi falta de relajo a que el primer día, en un sitio relativamente desconocido...



Pero así, varias veces más. Yo seguía empapándome de todas las dolencias psíquicas allí depositadas y nada de relajación ni de visualización positiva ni de caminitos de colores.

Posiblemente, seguramente, yo también dejase allí mis historias: en aquel empapadero psíquico. Y otros, pobres, se "beneficiarían" de ellas.

De los "otros" yo sólo conocía a alguno con el que coincidía en la sala de espera: casi siempre una madre con su hijo de unos 10 años con problemas de esos que siempre ha habido, pero que ahora...

Bueno, miento: cuando alguien la llamaba por teléfono (a la psicóloga) y salía de la consulta, yo curioseaba en una gran torre de carpetillas con expedientes de los "otros". Algún nombre conocido (e inesperado) hallé en la pila que, afortunadamente, nunca llegó a desplomarse.

No nos conocíamos, pero a través de (gracias a) aquel butacón azul se creó una suerte de ósmosis psíquica entre todos nosotros: los afectados.

   -Hoy haremos relajación.

   -La harás tú, so bruja (pensaba yo con la boca y sólo lo decía con la mirada).

Y son 6.000.

(Publicado originalmente por El Secretario en su desaparecido blog "La Zona Libre" el día 8 de julio de 2008)

Imágenes: Brooke DiDonato

martes, 23 de julio de 2024

¿QUIERE SABER CÓMO TRABAJO?


Se había sentado en el borde de la cama. La habitación no tenía más luz que la de una bombilla sin pantalla colocada en la punta de un trípode alto. La bombilla era muy pequeña y de un voltaje demasiado bajo. Al lado de la cama, en vez de mesilla de noche, un aparato de radio enorme con frente de tela. Yo había visto uno así en Fossombronne-la-Forêt. Se percató de la mirada que le eché.

   —Me gusta mucho este aparato —me dijo—. A veces lo uso para el trabajo. Cuando puedo hacerlo en casa…

   Se inclinó y giró el botón. Se encendió una luz verde.

   Se oía una voz sorda que hablaba en una lengua extranjera.

   —¿Quiere saber cómo trabajo?

   Había cogido un bloc de papel de cartas y un bolígrafo que estaban encima del aparato de radio y escribía mientras escuchaba la voz, sobre la marcha.

   —Es muy fácil… Lo cojo todo en taquigrafía.

   Se acercó y me alargó el papel. A partir de aquella noche, siempre he llevado ese papel conmigo.



   Ponía, algo más debajo de los signos taquigráficos:

   Niel lang geleden slaagden matrozen er in de sirenen, enkele mijlen zuidelijd van de Azoren, te vangen.

   Y la traducción: «Hace poco, unos marineros consiguieron atrapar unas sirenas a pocas millas al sur de las Azores.»

   —Está en neerlandés. Pero lo ha leído con un leve acento flamenco de Amberes.

   Giró el botón para que dejásemos de oír la voz. Había dejado la luz verde. Bueno, pues en eso consistía su trabajo. Le daban una lista de los programas que tenía que oír, de día o de noche, y tenía que traducirlos para el día siguiente.

   —A veces son programas que llegan desde muy lejos…, locutores que hablan lenguas muy raras.

   Los oía de noche, en su cuarto, para practicar. Me lo imaginaba tendido en la cama, en la oscuridad que perforaba aquella luz verde.

   Se había vuelto a sentar en el borde de la cama. Me dijo que desde que vivía en aquel piso no utilizaba casi la cocina. Había otra habitación, pero la tenía vacía y no entraba nunca en ella. Por lo demás, a fuerza de oír todas esas lenguas extranjeras, acababa por no saber muy bien en qué país estaba.

PATRICK MODIANO - "Joyita" - (2017)


Imágenes: Cent LDN

sábado, 20 de julio de 2024

TODAS LAS GUERRAS SE HACEN POR LAS PROPIEDADES

 


Todas las guerras se hacen por las propiedades. También la guerra pasada se hizo por las propiedades, al menos es lo que queda demostrado después de sumar y restar. Algunos las han perdido, otros las han conquistado, unos se han metido dentro, otros han salido fuera, unos derribaron los monumentos de los otros, los otros quemaron las casas de esos unos, unos, al echar a los otros, conquistaron fábricas, bancos, medios de comunicación, posiciones políticas, minas, astilleros, puestos de embajador, ferrocarriles, carreteras… La sangre se derramó por las propiedades. Los directores de la guerra llamaron patria a las propiedades, para que la gente no se sintiera incómoda. ¿Por qué decir «cayó por la propiedad» cuando suena mucho mejor «cayó por la patria»? Por trapichear con las propiedades se recibe una comisión y por defender la patria, una condecoración. Los hábiles participantes en la contienda pasada recibieron las dos cosas, y también la tercera, es decir, la propiedad.

DUBRAVKA UGRESIC - "Zorro" - (2017)


Imágenes: Travis Durden

viernes, 19 de julio de 2024

TOAS QUERÍAMOS EL CUERPO IDEAL

 


 El miedo a los médicos es lo único que no he heredao de mi padre, eso y lo de pegar a las niñas. A mí me flipan. Tú dame un hospital con su consulta, su sala de espera, su silla de espera, su revista de espera, su silloncito de piel que se echa patrás, su guante blanco que hace plas, su médico bueno con su bata buena y su caligrafía de escándalo, tú dame de eso y dame un cubo pa la baba que ya me tienes contenta pa rato. Pina Pina Pina. ¿Por qué te dan tanto miedo, papá? ¿Por lo de las amígdalas? ¿Tanto te dolió? ¿De verdá te las rebanaron con un cuchillo? Al pobre le dan pánico, yo por suerte no he heredao eso. Pura potra, porque las fobias se heredan igual que se heredan las orejas saltonas. Eso he heredao yo, la cara duende triste con unas orejas que asoman pa fuera queriendo ver mundo. No entienden que ellas no tienen que ver na, que ellas tienen que escuchar na más, que bien pegaítas al cráneo están más bonitas. Mis orejas rebeldes buscan la independencia y no me extrañaría que algún día se fugasen y me dejaran sola, si es que en parte las entiendo, ¿qué ganan estando conmigo?



 Cuando las niñas de mi clase de balé me pellizcaban hasta hacerme llorar yo ni me quejaba ni na. Porque la verdá es que nos metíamos mucha caña entre toas. Ninguna callaba y ninguna se escapaba sana y salva. A una por gafotas, a otra por ecuatoriana, a otra por guarra, a otra por pelirroja, a otra por fea, a otra por pelúa, a otra por mormona y a mí por orejona. Pero porque toas escudriñábamos nuestros cuerpos abiertamente durante horas y horas buscando la perfección y lo hacíamos mejor que cualquier máquina de rayos equis ultravioleta y suprawachinai. Toas queríamos el cuerpo ideal, ese cuerpo delgadísimo volátil flexible prieto suave afilao con las nalgas en forma de T. Al principio odiaba la forma de T. Me negaba a apretar el culo en las clases, me gustaba verlo en forma de u, relajao. Desde luego, así como iba a conseguir yo saltar, siempre se me han dao fatal los padechás y me costaba la vida abrirme de piernas en el aire con el tombé padeburé glisá granyeté. Saltar, en general, yo, fatá. Tendría que haber entendío desde pequeña que saltar es cosa de gente alegre y que yo no tengo tanta alegría en mí como para levitar unos segundos y estafar al alma humana. Por eso, en los saltos, reconozco que a veces me escaqueaba.

GRETA GARCÍA - "Solo quería bailar" - (2023)


Imágenes: Melika Dez

miércoles, 17 de julio de 2024

UNOS POETAS DEVORAN ESPACIO Y OTROS, TIEMPO

 


Entonces llegó el nuevo maestro de Literatura, aunque nadie supo quién había sido el anterior. Se los presentaron. Ninguna alumna habló, contemplaban como foto o estatua su cabello negro a lo beatnik, la sonrisa indeleble, casi irónica. Su mirada traspasó a Artemisa. Cuando ella le platicó a su hermano Félix del maestro ya estaba enamorada de él. Era un poeta incomprendido, cual debían ser todos los poetas, según le contó a ella y a sus amigas cuando les invitó nieves en el Kiko’s de avenida Hidalgo, donde se multiplicaban las librerías de viejo. Mientras el incrédulo Félix escuchaba a su hermana soltar nombres —Kerouak, Burroughs— que había apuntado en su cuaderno junto con el teléfono del profesor, sonreía tratando de entender el Binomio de Newton en sus propios apuntes. Estaban en casa, sentados a la mesa del comedor y la luz del ocaso se reflejaba en la vitrina de madera blanca, distorsionada desde el cristal cortado, herencia de Carmelita Guerrero, la bisabuela, descendiente directa del héroe Vicente Guerrero, según decía el abuelo, culpable genética de los ojos casi verdes de Artemisa y azulosos de su hermano. Ese guapo maestro les había encargado leer La verdad sospechosa de Juan Ruiz de Alarcón, pero a ella no le importaba. Sin poderse concentrar en la edición de Porrúa, con torturantes dobles columnas, Artemisa se veía desbordada por las tesis del poeta: quería tomar de la calle sus recodos sorprendentes y buscaba «mantener el equívoco». Lo citaba: «Unos poetas devoran espacio y otros, tiempo; los espaciales hacen poemas pájaros y los temporales hacen poemas gatos». Ejemplo del primero es Whitman, del segundo tipo es el más gatuno: Poe, cuyos poemas se trepan a rasguños, aunque los habite un cuervo. ¿Le parecía a Félix si debía ver al maestro fuera del aula?



   ¡Nunca jamás! Se burló su hermano.

   En contra del programa oficial, el maestro los hizo leer La bruja, de Michelet (a Félix le sonaba a nombre de calle). Para Michelet las mujeres son algo muy diferente de los hombres: piensan hablan y actúan de otra manera; tienen otros gustos; su sangre se precipita como tormenta; respiran con las cuatro costillas superiores, de ahí su seno ondulante; y su pelvis es mar de variables emocionales. Los peces e insectos permanecen mudos, el ave canta. El hombre tiene un lenguaje distinto, la palabra clara y luminosa; pero la mujer, con algo de gato, posee un lenguaje enteramente mágico: el silencio.

   También le contó del profesor a la tía Lolita: casi un prodigio, fusionaba la aburrida preparatoria con la magia de fugas a otros planetas. Al escuchar a su sobrina hablar con tanto entusiasmo del profesor surrealista trasnochado, licuado con existencialismo, olvidadas las etimologías, Lolita le recomendó la píldora anticonceptiva. Nunca se la venderían a su sobrina, pero ella tenía de sobra en un cartoncito plateado con flechas y guía.

ENRIQUE RENTERÍA - "En los ojos de los gatos" - (2008)


Imágenes: Rein Kooyman

lunes, 15 de julio de 2024

ODIABA SU NOMBRE

 


Odiaba su nombre: Casandra. En su cuaderno, en lugar de escribir la historia de María Alacoque, nacida en Borgoña, y fundadora del Sagrado Corazón de Jesús, destripaba su nombre: Ardnasac, Casi anda, Sandraca, Sandra acá, Saca draga, Casada, Daga casa, Sangra hada. Esperaba ver la sangre opaca de su nombre brotar de la hoja, caer en cascada del pupitre, en medio de las alumnas del Colegio Francés del Pedregal. Sangre saturnina, según la profesora de anatomía, Mirelle.

   Tenían dos tipos de profesoras en ese colegio de paga: las monjas y Mirelle. Ella también era monja, aunque debía ocultar una cola demoniaca, con remate puntiagudo, pues les abría otras dimensiones. Satán, les explicaba, es el principio masculino de rebeldía y la hechicera es su vía de venganza. La risa es poder, destruye, estalla las cosas, germina, por eso el macho casi nunca sonríe, nada más se burla o su risa deriva de alguna intoxicante sustancia, reír le parece femenino, sin darse cuenta de su poder. La mujer hada, sibila, hechicera, es iniciación, suelta la risa loca, agita sus pechos. La perfección de un pecho y sus vasos es el lugar más delicado para sentir dolor. Y más a ellas, pues les crecían día a día. Si tuvieran raíz de beleño o mandrágora, se curarían ellas mismas, masticando leves dosis, pues en demasía serían veneno.



   Por suerte para Mirelle, ya todas menstruaban y ejercían ese tabú genético. Sangre menstrual con la que se rocían aún sembradíos en el África más oscura, para lograr buena cosecha; ofrenda del sexo femenino sobre la tierra. Les mostraba en el proyector de opacos los esquemas anatómicos de sus órganos genitales. En el siglo XVI, Falopio le descubrió a la mujer la fons viventum, el órgano de la matriz. Tiene la función procreadora pero da la crisis sagrada en ciclo lunar. Un órgano que contiene el misterio. ¿Trasplante de corazón, de hígado, de páncreas, de pulmón, de riñón? Sí, nunca de matriz. Sus alumnas ya eran mujercitas.

   Casandra salía de esa clase con los ojos más abiertos y compartía su nuevo saber con su amiga Roxana. Le contaba también a su mamá, quien se sorprendía de la monja liberal.

   —¿No será lesbiana? —escandalizaba a la hija, mientras comían en una fonda de San Cosme, pues la mamá quería contactarla con la realidad. Si estaba en ese colegio de niñas bien era porque el abuelo pagaba. Él también era responsable, según su mamá, de su nombre, aunque ella lo hubiera decidido. El bisabuelo de Casandra era fanático de griegos y romanos. Aunque para rebajarle años de edad había quedado en «el abuelo». Murió por un trastorno sanguíneo a los setenta y nueve.

ENRIQUE RENTERÍA - "En los ojos de los gatos" - (2008)


Imágenes: Lola Dupré