Desapegos y otras ocupaciones.

jueves, 13 de junio de 2024

ABANDONAR DE REPENTE UNA CASA AJENA

 


Abandonar de repente una casa ajena es un agravio. El invitado debe hacer su mejor esfuerzo para que no parezca que se da a la fuga. Por ejemplo, conviene llegar con un pretexto que prepare la retirada. El expediente del hijo enfermo es el más socorrido, aunque está probado que de tanto enfermarlos en la imaginación los niños acaban por contagiarse en la realidad.

Tampoco es muy útil inventar algún urgente asunto mañanero. Esto amenaza con prolongar la reunión hasta el desayuno: «¡Te vas de aquí a tu compromiso, hombre!» La mejor estratagema consiste en simular un problema vago, intrincado y algo humillante: «Dejamos a los niños con Juanita, mi prima que se trató de suicidar; lo hicimos para que recuperara la confianza en sí misma, pero la verdad es que me da mucho pendiente que mis hijos estén con ella.»

Un relato de este tipo inquieta lo suficiente para que el desprecio por salir temprano se transforme en lástima por ir al sitio donde Juanita se hace cargo de los niños.

Eso sí, una vez tomada la decisión de partir, no es lícito ponerse de pie sin más trámite que sacudir las migajas del saco. Cuando la pareja o los amigos que llegaron juntos cruzan esas miradas que en las novelas se llaman «de entendimiento» y en la realidad son de angustia, el más elocuente del grupo debe iniciar el lento protocolo de la despedida.


Estamos ante un género literario moroso, que repudia la claridad y lo explícito, dominado por la alusión barroca.

Los pasos para salir sin gran demérito de una casa hospitalaria son los siguientes: 1) elogiar la comida y recordar que comimos mucho, algo insólito desde nuestra última amibiasis, 2) aprobar con oportunismo la tesis más molesta del anfitrión («fue muy iluminador lo que dijiste sobre Hitler»), 3) insistir en que vivimos lejísimo, 4) (en caso de vivir cerca) mencionar los desperfectos del coche que amenazan nuestra travesía, 5) decir: «Qué trasnochada» (a la hora que sea), 6) proponer un encuentro tan próximo que resulte un descanso que nos vayamos, 7) añadir algún dato escabroso sobre Juanita. Éste es el programa básico para decepcionar de un modo amable a los amigos. Uno parte sin quórum pero con el honor intacto.

Ciertos recursos pueden mejorar o arruinar la despedida. Por ejemplo, fingir un malestar repentino (nunca relacionado con el menú) o dividir a los anfitriones. Esto último requiere de maña conspiratoria. De pronto te acercas al amigo cuya generosidad se parece tanto a un arresto domiciliario y le dices al oído: «Mañana nos vemos en el vapor y te cuento de la Chata.» Obviamente esta complicidad depende de qué tan interesante sea la Chata. Si el anfitrión necesita ese informe, acallará las protestas de su mujer como si ella profiriera una desubicada letanía musulmana.



Después de tres cuartos de hora dedicados a crear consenso, sobrevienen esos abrazos de andén o de aeropuerto, tan largos que deberían dar millaje para regresar por el recalentado.

Estamos, al fin, a un paso eterno de salir. La canción ranchera, siempre atenta a nuestro dolor, supo resumir el momento de umbral en que el invitado es ya un intruso: «Te vas y te vas y no te has ido.»

Quizá porque los mexicanos somos impuntuales hemos hecho de la permanencia una virtud. Una vez que se produce el milagro de que la gente llegue, no hay que dejarla ir.

El huésped perfecto debe estar dispuesto a cambiar de huso horario en la sala de sus amigos. A las 3 a.m. acepta un digestivo y a las cuatro un totopo con un puré inclasificable. Cuando sus anfitriones se quedan dormidos en la sala, en posturas de entierro zapoteca, escribe una nota en la anfitriones se quedan dormidos en la sala, en posturas de entierro zapoteca, escribe una nota en la que pide disculpas por haberlos desvelado tanto. Al día siguiente, ellos le hablarán, mortificados por la culpa: «¡Ni adiós te dijimos!» En las reuniones que aspiran a la eternidad, el más amable apaga la luz.

JUAN VILLORO - "¿Hay vida en la Tierra?" - (2014)


Imágenes: Ekaterina Popova

martes, 11 de junio de 2024

ESO ES LO QUE MÁS NECESITAMOS RECORDAR EN TIEMPOS DE GUERRA


Vimos en la televisión que una de las bombas explotó en el zoológico. Vimos a los rinocerontes en la calle, a las personas corriendo en todas direcciones, Ben dijo esto no puede ser y tres días después estaba en la zona de guerra con tres veterinarios en un jeep cargado de medicinas. De las trescientas especies que había en el zoológico sobrevivieron treinta y cinco. Ben era de la idea de que había que hacer lo posible, por pequeño que fuera, para solucionar un problema mayor. Eso hizo, eso hacía, lo que estaba en sus manos. Los animales son, los animales eran todo para él. El conflicto armado continúa, pero Ben consiguió que el zoológico ahora esté protegido. Me acuerdo, esa noche me llamó desolado. Todo era pestilencia, nubes de moscas, cadáveres y el olor a hierro de las cantidades de sangre que había por todas partes. No, nunca le importó poner su vida en riesgo. Rescató a los animales que escaparon, entre ellos, rescató a los rinocerontes que vimos en la televisión. Los rastreó, estaban en un zoológico privado, entre las especies exóticas de un político. 



Al ataque sobrevivieron algunas especies grandes en muy malas condiciones. Consiguió comida, se encargó de dejar las jaulas en buenas condiciones, y, con ayuda de algunos organismos que apoyan nuestra reserva, enviaron otros animales al zoológico para mantener a cada especie como corresponde. Pronto lo reinauguraron. En los zoológicos y en las bibliotecas nuestros hijos aprenden qué es la empatía, eso es lo que más necesitamos recordar en tiempos de guerra, dijo cuando recibió la medalla, en negritas está lo que dijo allá, en la nota que recorté de la prensa enmarcada a la izquierda allá, al lado de esa foto con Ana, nuestra nieta, unos meses antes de que Ben muriera. A veces me parece una frase extraña, una frase falsa, como si fuera a volver esta noche, como si volviera de pronto para abrir la puerta del refrigerador y ver qué quedó de la tarde. Porque eso es lo que hacía por las noches, cuando comenzaba a oscurecer, antes de la cena le gustaba picar las sobras de la tarde que quedaban en el refrigerador. 


 

(...) Nada era como ahora es, hoy todo es de fácil acceso, todo se comunica fácilmente con un botón, con un clic haces lo que antes no imaginabas siquiera. Hace poco, hace no demasiado tiempo era distinto. Antes había que estar, había que ir, trasladarse, viajar y también había que tener un teléfono fijo. Uno de esos teléfonos pesados, con cable espiral, uno de esos objetos ahora jubilados, emancipados de la vida útil. Así pasa con los objetos en desuso, se van inutilizando, se jubilan de la vida diaria, se independizan de la realidad. Me imagino que todos esos teléfonos ahora deben ser una curiosidad en alguna tienda, una rareza en alguna casa. Pero en ese entonces era un aparato necesario, era la única forma de comunicarme con mi familia en México, y fue necesario durante décadas para comunicarnos con los amigos, algo muy lejano a lo que le tocará a Ana, mi nieta.

BRENDA LOZANO - "Cómo piensan las piedras" - (2017)


Imágenes: Sofía Crespo

domingo, 9 de junio de 2024

DIOS NO VA AL HIPÓDROMO

 


Veíamos la novela de las ocho, un culebrón infinito, nos besábamos en el parque, dábamos una vuelta.

   —Amor eterno —suspiró Renata—. ¿No es una canción?

   —De Juan Gabriel, insigne filósofo mexicano.

   —¿Cómo pudieron inventar tantos cuentos de una sola canción?

   —Ciento cincuenta capítulos y esa novela nada que se acaba. Mamá no se pierde ni las propagandas.

   —La abuela tampoco. Ya viste que discute con los personajes.

   —Como nosotros cuando vemos fútbol y le mentamos la madre al árbitro.

   —Hay muchos que le gritan a un caballo en una carrera. ¿Cómo puede oírlos un caballo metido en un televisor? Y si los oyera, ¿te imaginas al caballo deteniéndose a analizar lo que le dicen? Pensará que es la voz de Dios y torcerá el pescuezo con la ilusión de verlo.

   —Dios no va al hipódromo.

   —Exacto, Antonio. El pobre caballo creerá que tiene voces en la cabeza y que necesita un siquiatra.

   —Caballo loco no gana carreras.

   —Así es, Antonio.

   —En casa, de ocho a nueve no tenemos mamá. Podrían entrar los ladrones y no se daría cuenta de nada.

   —A menos que se llevaran el televisor. ¿Tú crees que Miguel Fernando se queda con Dolores?

   —Se queda —dije—. Tendrán hijos y serán felices, pero no veremos esos capítulos.



   —¿Significa que la dicha no es rentable?

   —No en la televisión —dije—. Pero la desgracia sí: muertos, terremotos, inundaciones, telenovelas con lágrimas. Como dice doña Jerónima, «para qué sufrimos si van a terminar bien».

   —Dolores es pobre.

   —Vas a ver que no. Es hija del millonario…

   —Julio Adolfo Monteverde.

   —Es hija de ese señor. La va a reconocer en su lecho de muerte y le heredará toda su fortuna.

   —Entonces será digna del amor de Miguel Fernando.

   —En las novelas, el amor es para los ricos y los bonitos.

   —¿Y nosotros qué, Antonio?

   —Tú eres bonita.

   —Pero no soy rica.

   —Riquísima.

   Renata enrojeció.

   —Antonio, descarado.

   Había una casa abandonada. El óxido cubría el candado del portón. Más allá de las rejas crecía el jardín como una selva. En uno de los cuartos dormiría la bella durmiente esperando a que acabaran los cien años y el príncipe atravesara el bosque que espantó a los cobardes.

   —La despertará con su espada desenvainada —dijo Renata, feliz, en mi oreja—. La despertará y entonces la pobre sentirá que se muere otra vez.



   El fuego inmóvil en la cocina, el chorro de agua suspendido en la eternidad y el cocinero dormido con una mano en el pescuezo de la gallina y en la otra el cuchillo. Cien años después la gallina despertaría sólo para morir.

   —Princesa y gallina comparten destino —observó Renata.

   Más de una vez sentimos el impulso de colarnos a la casa. Renata había oído que tocaban un piano.

   —Se oye tan triste —dijo.

   Luego supe que en esa casa había muerto una profesora de francés, enamorada de un alemán que vino a escribir una novela y jamás regresó. Otra versión cambiaba al alemán por un militar que murió en una emboscada. Chismes.

   —Murió de amor —dijo Renata.

   Una noche empujé la puerta entreabierta, seguí por el breve zaguán de baldosas coloradas que terminaba en un patio y desde ahí vi a Renata, acompañada, en la sala. Me detuve en seco, como si me hubiera estrellado contra una lámina de acero. No dije nada. El hombre no me vio. Continuó sentado, ensimismado. No pude ver su cara. Renata abrió la boca como si viese un fantasma, y tampoco dijo nada. Retrocedí hasta la puerta. Al rato, cuando alcanzaba la esquina, oí que Renata me llamaba. Me pareció que Renata me llamaba.

TRIUNFO ARCINIEGAS - "Dulce animal de compañía" - (2019)


Imágenes: Nicolás V. Sánchez

viernes, 7 de junio de 2024

LOS AHOGADOS SON DICHOSOS

 


Me embarqué rumbo a Ciudad del Cabo hace tres meses en el barco Anacreonte, para reunirme con la parte menos tediosa de mi familia: un cónsul y su mujer, primos que siempre me protegieron. Todo lo que se espera con demasiada ansiedad se cumple mal o no se cumple. Enferma, tuve que volverme en cuanto llegué, por culpa de un accidente que tuve en el viaje de ida. Caí al mar. Resbalé de la cubierta en el sitio donde están los botes de salvataje cuando me inclinaba sobre la baranda para alcanzar un broche que se me había caído y que pendía de mi bufanda. ¿Cómo? No lo sé. Nadie me vio caer. Tal vez tuve un desmayo. Me desperté en el agua atontada por el golpe. No me acordaba ni de mi nombre. El barco se alejaba imperturbablemente. Grité. Nadie me oyó. El barco me pareció más inmenso que el mar. Felizmente soy buena nadadora, aunque mi estilo sea bastante deficiente. Pasado el primer momento de frío y de terror me deslicé lentamente en el agua. El calor, el mediodía, la luz me acompañaban. Casi olvidé mi situación angustiosa porque amo los deportes y ensayé todos los estilos en mi natación.



Simultáneamente pensé en los peligros que me depararía el agua: los tiburones, las serpientes de mar, las aguas vivas, las trombas marinas. Me tranquilicé con el vaivén de las olas. Nadé o hice la plancha ocho horas consecutivas, esperando que el barco volviera a buscarme. A veces me 
pregunto cómo pude alimentar esa esperanza. Tampoco lo sé. Al principio el miedo que sentía no me dejaba pensar, luego pensé desordenadamente: acudían a mi mente maestras, tallarines, films cinematográficos, precios, espectáculos teatrales, nombres de escritores, títulos de libros, edificios, jardines, un gato, un amor desdichado, una silla, una flor cuyo nombre no recordaba, un perfume, un dentífrico, etc. ¡Memoria, cuánto me hiciste sufrir! Sospeché que estaba por morir o muerta ya en la confusión de mi memoria. Luego advertí, al sentir un ardor agudo en mis ojos debido al agua salada, que estaba viva y lejos de la agonía puesto que los ahogados, es sabido, a punto de morir son dichosos y yo no lo era. Después de desvestirme o de haber sido desvestida por el mar, pues el mar desviste a las personas como si tuviese enamoradas manos, llegó un momento en que el sueño o el deseo de dormir se apoderó de mí. Para no dormirme, impuse un orden a mis pensamientos, una suerte de itinerario que ahora aconsejo seguir también a los presos, a los enfermos que no pueden moverse o a los desesperados que están por suicidarse.

SILVINA OCAMPO - "La promesa" - (2011)


Imágenes: Asya Kozina

miércoles, 5 de junio de 2024

UNA TEORÍA SOBRE LAS CANCIONES DE ÉXITO



Porque lo que Gilbert intentaba hacer era encontrar el fundamento científico para llegar a una teoría sobre las canciones de éxito. Por supuesto, no pensaba en el asunto en esos términos: él lo consideraba como un simple proyecto de investigación y su única ambición consistía en publicar su trabajo en las
 Actas de la Asociación de Física. Pero yo reconocí las implicaciones financieras enseguida. Eran asombrosas.

   Gilbert estaba seguro de que una melodía o una canción de moda impresionaba la mente porque de algún modo se adapta a los ritmos eléctricos fundamentales del cerebro. Utilizaba una analogía para explicarlo: «Es como meter una llave en una cerradura. Las guardas de una tienen que acoplarse a las de la otra para que funcione».

   Enfocó el problema desde dos ángulos. En primer lugar, recogió cientos de melodías populares y clásicas y analizó su estructura o, como él decía, su morfología.

Un analizador de armonías realizaba esta operación automáticamente, clasificando las frecuencias. Por supuesto, era mucho más complicado, pero estoy seguro de que habréis entendido la idea básica.

   Al mismo tiempo, trataba de ver la adecuación entre las ondas resultantes y las vibraciones eléctricas naturales del cerebro. La teoría de Gilbert consistía —y aquí nos adentramos en aguas filosóficas más profundas— en que todas las melodías existentes son aproximaciones burdas a una melodía ideal. Los músicos de todos los tiempos han buscado a ciegas, porque ignoraban la relación entre música y mente. Una vez revelada esta relación, sería posible descubrir la Melodía Ideal.

ARTHUR C. CLARKE - "Cuentos de la Taberna del Ciervo Blanco" - (1957)


Imágenes: Noam Oxman

lunes, 3 de junio de 2024

¿SABES DE QUÉ COLOR ES EL MAR?


 - ¿Cuánto cuesta? -le preguntó Lola.

—¿Cómo? —Necesitó unos segundos para entender que aquella joven pretendía comprarle su pintura.

   —Que por cuánto lo vendes.

   —Pues no sé, no lo he pensado… Ni siquiera lo he terminado todavía.

   —No importa, puedo esperar a que lo termines. Bueno, si aceptas que te lo compre, claro.

   —Y… ¿cuánto crees que puede valer? —preguntó Sabina movida por la curiosidad de saber en cuánto lo valoraría ella. Nunca antes había vendido un cuadro. Se ganaba la vida como camarera o cuidando niños, cualquier trabajo que le surgiera, no como artista.

   —Tienes talento, en realidad, creo que tienes mucho talento, pero resulta difícil cuantificar económicamente algo tan etéreo como el talento, ¿no crees? ¿Hay dinero suficiente para pagar la genialidad?

   —¿De verdad te gusta? Tengo muchos más —comentó emocionada. Y se apresuró a mostrarle una carpeta de grandes dimensiones, cerrada con una cinta anudada en un lazo, en la que guardaba sus trabajos. Lola se entretuvo un rato admirándolos, uno a uno, con sumo interés, mientras Sabina esperaba impaciente la aprobación de una desconocida—. ¿Y bien? —Interrumpió presa de la impaciencia.



   —Son muy buenos, realmente buenos. ¿Siempre pintas el mar?

   —Casi siempre.

   —Y… ¿no temes que tu obra sea repetitiva? —Sabina puso cara de extrañeza y levantó una ceja.

   —¿Repetitiva? El mar nunca es el mismo, el mar es distinto a cada segundo que lo contemplas. El mar es un lienzo que tiene vida y jamás es igual que el instante anterior y nunca se repite. Ninguna ola del mar vuelve a ser la misma en ningún mar del mundo. El mar se reinventa y nunca cansa. —Lola sonrió al escuchar la vehemencia de sus palabras—. ¿Sabes de qué color es el mar?

   —Azul, por supuesto.

   —No lo es. En realidad, el agua del mar es incolora, transparente, no tiene color alguno. Ese azul que vemos es el reflejo del cielo en sus aguas. El mar es el mayor espejo que existe, la mayor inmensidad y el único que sabe dibujar la línea del horizonte —le explicó.

   —Vaya, empiezo a comprender por qué siempre pintas el mar… Creo que a partir de hoy lo miraré con otros ojos —comentó con una sonrisa. 

PAZ CASTELLÓ - "Dieciocho meses y un día" - (2017)


Imágenes: Ray Collins

sábado, 1 de junio de 2024

LLEVABA CINCO AÑOS...

 


A esas horas del día, cuando ya no se sabe si es tarde o noche, y no tenía nada que hacer, me aplastaba la sensación de que todos los obituarios que llevaba escribiendo eran el mío. Llevaba cinco años sin beber alcohol, cinco años sin cenar fuera de casa, cinco años haciendo bicicleta estática. Cinco años escuchando Juan Luis Guerra y cantando a gritos, mientras daba pedales, «no me digan que los médicos se fueron, / no me digan que no tienen anestesia, / no me digan que el alcohol se lo bebieron / y que el hilo de coser / fue bordado en un mantel». Cinco años limpio de drogas, de amistades tóxicas, de sexo anónimo, gratis y de pago. Cinco años hirviendo agua. Cinco años ahorrando dinero y energías. Cinco años sin necesitar escitalopram para levantarme de la cama, ondasentrón para comer, diazepam contra el dolor del alma, Astenolit para escribir, Orfidal para dormir. Cinco años callado y sin reprobaciones; salud, familia y trabajo, la oscura tríada de una biografía.



 Cinco años, desde el 27 de febrero de 2018, un impresionante día de sol y cielo sin nubes en Madrid, desde que perdí a Valentina Barreiro cuando le ofrecí matrimonio sagrado y me rechazó, lo mucho que me ofendió, que casi me tiro por la ventana al escucharlo, lo mucho que me ofendió tras tantos años de relación: hablarme como si aún comprásemos pitillos sueltos en el quiosco de Las Palmeras. Cinco años sin saber si seguía enamorado de ella; cinco años obsesionado con sus pasos sin saber si era por quererla con locura o sin locura. Cinco años sin tener curiosidad por nada, ni terminar de leer un libro o ver una película, ni siquiera de mantener una conversación interesante; cinco años reiniciándome todo el rato, cada semana. Cinco años con mi vida en estado de excepción. Cinco años de cuando conocí por fin, del todo, a Valen, y entendí o quise entender con quién y por qué hablaba a veces a solas, por qué se sumía en estados depresivos y en otras ocasiones expectantes, la manera tan divertida que tenía de arreglarse mirando a ninguna parte como si una cámara la enfocase, la manera menos divertida de ausentarse cuando estaba conmigo, como si ninguna me enfocara a mí, tampoco la de ella; cinco años sin verla sonreír sin venir a cuento, sin divertirse porque sí aparentando un estado de ánimo que dos segundos antes no tenía, y cinco años desde que descubrí por qué siempre —todos los porqués de pronto, como un ejército fantasma rodeando mi vida— tenía la sensación de que en casa vivía alguien además de nosotros dos, broma que yo contaba a todo el mundo porque solo yo intuía que no era broma, presencias que sentía y que se movían con ella o conmigo, como esos perros de los que no se sabe quién de los dos es el dueño hasta que empiezan a correr cada uno en dirección contraria.



Cinco años desde que me quedé solo en un piso de la calle Infantas, ese primero derecha grande, de techos altos y patio interior sin plantas, y un portero amable y bueno llamado Julián. Y por tanto cinco años desde que sospeché que, si había fantasmas, no estaban con ninguno de los dos, sino que pertenecían, como tantos otros en la historia, a la casa, o la casa a ellos; cinco años desde que me equivoqué por completo, también con esto. Cinco años sin recibir ninguna queja vecinal, cinco años creyendo vivir bajo la amenaza de convertirme en presidente de la comunidad por buena conducta. Cinco años viendo el fútbol sin que necesariamente jugase mi equipo. Cinco años pensando, todos los días entre las 19.30 y las 21.30, que al día siguiente las cosas cambiarían. Cinco años sintiéndome un buen tipo, quizá siéndolo. De los peores buenos tipos que puede ser alguien, el buen tipo de relleno, alguien sin impacto en la sociedad: bueno para nada y para nadie, ni siquiera para sí mismo, pero bueno al fin y al cabo.

MANUEL JABOIS - "Mirafiori" - (2023)


Imágenes: Duke Riley