Desapegos y otras ocupaciones.

domingo, 10 de julio de 2022

LA INFIDELIDAD DENTRO DE LA INFIDELIDAD

 


En una antigüedad no tan remota, aquí mismo, en una capital europea, los niños también se enterraban en el mismo sector del campo santo, como si fueran todos hermanitos o una peste se los hubiera llevado de golpe y pasaran a habitar una especie de miniciudad fantasma dentro de la gran ciudad de los muertos, para que si despertaban en medio de la noche pudieran jugar juntos. Siempre que visito un cementerio intento darme una vuelta por la zona kids, voy leyendo entre sobresaltos y suspiros las despedidas que les dejan las familias en sus mausoleos, y me da por imaginar sus vidas frágiles y sus muertes, causadas la mayor parte de las veces por enfermedades insignificantes. Pienso, delante de este sepulcro infantil no encontrado, si el terror que nos produce hoy la muerte de un niño viene de esa antigua fragilidad, y si no será que hemos olvidado la costumbre de sacrificarlos, la normalidad de perderlos. No he visto nunca tumbas de niños muertos contemporáneos. Quién en su sano juicio llevaría el cadáver de su hijo a un cementerio. Hay que estar loco. A quién se le ocurriría enterrar a un niño, vivo o muerto.

Este niño sin tumba, en cambio, esta tumba sin niño, no solo no tiene hermanos ni compañeros de juegos, es que ahora además está perdido. Si estuviera ahí, me imagino a alguien, que podría ser yo, sucumbiendo al impulso de tomar en brazos a la Momie d’enfant, la guagua huaqueada por Wiener, envuelta en un textil con diseños de serpientes bicéfalas y olas de mar roído por el tiempo, para salir corriendo hacia el muelle, dejar atrás el museo, cruzar hacia la torre, sin ningún plan en concreto, solo alejarnos lo más posible de ahí, pegando algunos tiros al aire.



(...) Al llegar a casa, la casa de mi familia, entre el puñado de cosas que mi papá dejó para mí, me desconcierta encontrar el famoso libro escrito por Charles Wiener. Reconozco sobre el grabado marrón del paisaje cusqueño de la cubierta las letras rojas del título y el nombre del tatarabuelo. También está el teléfono de papá, usado por él solo pocas horas antes, y sus gafas, que descansan sobre el tocho de páginas algo amarillentas y ajadas por los años. Me quedo varios minutos instalada en el vacío que el sencillo testamento de mi padre finge llenar. No cojo su teléfono de instalada en el vacío que el sencillo testamento de mi padre finge llenar. No cojo su teléfono de inmediato, como si tratara de dejar la menor cantidad de huellas posibles en la escena del crimen. Mi padre acaba de morir de cáncer terminal en una cama de hospital. Y ahora, para no zozobrar del todo, intento ubicarme en medio de los islotes dispersos y las fosas insondables de su partida. Dicen que las especies más comunes en las profundidades oceánicas son las bioluminiscentes. Siempre pienso en ello cuando más a oscuras me siento. En criaturas que reaccionan químicamente a la penumbra produciendo luz. Me digo que puedo hacerlo, que soy capaz, que si a un molusco solo le hace falta una enzima y algo de oxígeno para brillar y confundir a los depredadores, por qué yo no podría.



(...) Por fin enciendo el teléfono de mi padre. Quiero saber qué hacía en sus últimas horas o estar con una parte de él que no ha muerto. Estoy segura de que hago algo que a la mayoría le parecerá condenable, pero la violación de la intimidad de un muerto que es tu padre siempre será relativa. Es algo que te debe. La verdad, también relativa de algunas cosas, tratándose de mi padre, es parte de un legado que me pertenece.

No dudo, hago una primera búsqueda con el nombre de la mujer con la que mi padre mantuvo una relación paralela y clandestina de más de treinta años y otra hija fuera del matrimonio. Y el primer correo que salta es uno en el que él le reprocha a ella una infidelidad.

La infidelidad dentro de la infidelidad.

Me pruebo las gafas sucias de papá y por primera vez en mi vida, y aún más fuerte desde que me bajé demasiado tarde de ese avión, siento que a lo mejor tengo que empezar a pensar seriamente en que algo de ese ser fraudulento me pertenece. Y ya no sé si me refiero a mi padre o a Charles.

GABRIELA WIENER - "Huaco retrato" - (2021)


Imágenes: Thierry Ardouin

jueves, 7 de julio de 2022

DE NIÑO TENÍA MIEDO

 


Encontré esta confesión entre los papeles dispersos.

De niño tenía miedo.

De quedarme solo, de que se fueran mis padres. De que murieran. De que muriera yo. Tenía miedo.

De mayor tengo miedo. De que haya una catástrofe, de perder el empleo, de resultar inservible, de ofender, de perder amigos; tengo miedo. Siempre tengo miedo. De que alguien muy cercano tenga un accidente, o un disgusto.

Tengo miedo y tengo pena. De niño tenía pena, o compasión; quería que en casa mis padres no se pelearan, quería que no gritaran; por las noches contaba con los dedos las personas que había en casa, como si de ese modo estuviera seguro de no estar solo.

Entonces éramos muy pobres; me daba angustia la miseria, y también me daba vergüenza. No se me quitó hasta muy tarde, cuando me di cuenta de que ese mundo del que venía era motivo de orgullo. Entonces se alivió mi relación con la gente, no tenía que simular ni la pobreza ni la salud. Esto último fue muy importante: dejé de sentir vergüenza de ser un adolescente enfermo cuando mataron al Che Guevara. Entonces supe que ser asmático desde la niñez no me impedía hacer nada, al contrario. Y entonces me fui de casa.

Mi madre me protegió mucho. Demasiado. Cuando enfermó estuve con ella; dejó de hablar desde que intuyó que ya no podía defenderse; dejó de hablarme; ese proceso me llenó de tristeza, pero nunca lo he sabido explicar. Esto ha sido siempre un gran dolor para mí, no ser capaz de decir qué me pasó por dentro en ese periodo de su silencio. Cuando mi padre enfermó también se produjo ese silencio, muchos años después, y siempre he tenido la sensación de que no supe cuidarlo y mimarlo en los últimos días, como si mi vida junto a él no fuera asentada sino volátil. Ese fantasma de mi ausencia cuando él sufría me sigue asustando.

Mi vida familiar ha sido también traspasada por el miedo al accidente, desde que Eva se nos escapó en un noveno piso y la rescatamos, cuando tenía dos años, de los barrotes de un balcón. Esa imagen me sigue produciendo miedo y atraviesa mis noches y mis días. Sigo teniéndolo ahora con el nieto y lo siento no sólo cuando juega conmigo en la azotea sino cuando pienso que juega con otros en otras azoteas.

Creo que tampoco he sabido amar, o decir que amo; las cosas contingentes, las urgencias, pueden más que la reflexión o la caricia.

Y eso llena de descontento mi vida.

JUAN CRUZ RUIZ - "El niño descalzo" - (2015)


Imágenes: Manuel Padorno

 

lunes, 4 de julio de 2022

SE MURIÓ TU PAPÁ

 


La noche en que mi padre moría en el hospital, yo limpiaba el arenero de los gatos. Al menos me gusta imaginar que en el preciso momento en que su corazón dejó de latir, yo levantaba la mierda gatuna sin dedicarle siquiera un pensamiento. Aquella noche salí de mi clase de Sociología de Grupos, en donde estudiábamos a los Oneida, los Amish, y a la familia Manson. Para evitar conversaciones en el transporte público, leí algunas páginas del maltratado paperback de Bugliosi en el camino a la casa de Pepita. Abrí con mi propia llave, puse mi mochila en el piso, y llevé la bolsa de víveres a la cocina. No dije nada porque con frecuencia ella suele dormitar y se sobresalta tanto con cualquier ruido, que temo que su corazón se detenga en una de ésas. Encontré la sala a oscuras e iluminándose con los brillos intermitentes de la televisión. La novela de las ocho de la noche apenas comenzaba: mi hora de llegada.

Este trabajo de cuidar a la anciana no estaba nada mal. Sus hijos, ocupados con sus propias vidas, me contrataron por visitarla a diario. Era mi deber alimentar a los cinco gatos que transitaban con libertad a través de la ventana de la cocina, asegurarme que tuvieran comida y agua, limpiar el arenero y hacerle las compras a la anciana, que era en realidad muy independiente y sólo requería ayuda para cambiar algún foco fundido, mover un objeto pesado o enhebrar una aguja. Supongo que yo daba la impresión de ser una buena chica, paciente y modosa, que no extrangularía a su madre con el cable de la plancha para luego huir con su tarjeta de descuento de la tercera edad, los ahorros dentro de la cajita metálica arriba del piano, la foto autografiada de Juan Pablo II, y la figura del Sagrado Corazón que parece abrazar a quienquiera que entra a la casa. Para mí, el trabajo era sólo un ingreso extra que me permitía gastar sin poner mucha atención a mis caprichos. Después de todo, tenía la beca de la universidad y el dinero culposo de mamá, que aseguraba que era su obligación cerciorarse de que yo tuviera una buena educación sin pasar penurias. Pero cuidar de Pepita también tenía el efecto secundario de hacerme acreedora a elogios de extraños y de conocidos, que alababan mi caridad. Trabajar para una ancianita me volvía un dechado de virtudes ante los ojos de los demás y en algunos días, eso es algo que se aprecia tanto como un buen masaje de pies.



Cuando Pepita escuchó a los gatos maullar por mi presencia, extrajo su cuerpo del sofá con cierta dificultad y encendió la luz. Lo normal es que me salude con un buenas-noches-mijita antes de ofrecerme pan dulce y nescafé con leche, además de agradecerme mi puntualidad. No es sano que una jovencita como tú esté así de flaca, dice. Mi respuesta es enarbolar mi talla nueve como una excusa, pero siempre termino comiendo un cochinito de jengibre con un vaso de leche al final. Luego ella suele comenzar con su diatriba contra la gente que llega tarde a todos lados, y con la decadencia de la juventud de hoy. Pero esa noche vi en la cara de Pepita aquella misma expresión de cuando Milo, el gato naranja con rayas, salió para no volver.

¿Pasa algo?, dije mientras abría una lata de atún.

Pepita tiene el cabello corto y canoso y por lo regular lo lleva en un peinado infantil, con broches con forma de flores. Siempre evito mirarla porque no me gusta pensar en ella como un ser patético, así que me concentré en mezclar el atún con las croquetas para gatos.

Acaban de internar a tu papá en el hospital. Está muy grave.

Puse el plato en el suelo y los gatos se juntaron alrededor con sus colas en alto como los rayos de un sol ondulante. Mi madre había insistido en que dejara un teléfono donde me pudieran localizar. No es una oficina, le dije. Aunque sufre de una compulsión por saber en dónde me encuentro exactamente a cada hora del día, niega lo que sucedió bajo el techo de su misma casa durante tantas noches. No fueron las relaciones sexuales metódicamente arregladas, como en la comunidad Oneida, pero igual se permitían; no con una lista previamente concertada, sino con los ojos cerrados. Al final terminé dándole el número de Pepita, sólo para dejar de escuchar su voz. Siempre estuvo ausente de mi vida y pensé que seguiría siendo así: no creí que fuera a llamar.

Gracias por avisarme, dije y me senté en la mesa, con la libreta de las compras y un bolígrafo. Lo apreté con fuerza hasta que mis dedos se pusieron rojos. ¿Qué cosas va a necesitar que le traiga mañana?

Tu papá está en el hospital. No tienes que venir, dijo tocándome el antebrazo.



Es raro pensar que está sufriendo, dije. Pude ver que algo oscuro y problemático comenzaba a concentrarse en sus ojos, pero eso no me impidió seguir. Uno siempre piensa en los papeles como inamovibles, ¿sabe? Sobre todo cuando duran muchos años. No pude evitar mirar el suelo al decir esto. Pero luego fijé la miré en ella y terminé: Así que la noticia que me da es una revolución para mí, doña Pepita.

Dudo que pudiera entenderme. Tal vez lo único que podía captar era el tono de mi voz y mi reacción, que no era la de una buena hija. Vi las orugas moradas de sus venas y su piel con manchas. Su esposo lleva más de diez años muerto, pero Pepita conserva la argolla matrimonial en el dedo arrugado. Así eran las manos de las brujas en mis libros infantiles.

(...) Me dirigí al baño y comencé a limpiar la caja de arena. Los gatos me vigilaban desde cierta distancia, nerviosos. Escuché sonar el teléfono en la recámara. Caminé lentamente, esperando que sonara varias veces y quien sea que fuera, se diera por vencido y colgara. Pero el timbre no cesaba. Pensé que Pepita me gritaría que me apurara a contestar, pero persistió en su afán de mudez. Levanté la bocina: era la voz de Moira. No me saludó ni me preguntó cómo estaba. Lo primero que me dijo fue que mi madre llamó a nuestro departamento para darme la mala noticia.

¿Se le rompió una uña?

No, se murió tu papá.

Después de eso, mi amiga se quedó callada. No la culpo, lo normal en una conversación sería que yo dijera algo, pero permanecí en silencio escuchando la sangre correr dentro de mi cuerpo, el sonido de mi garganta al tragar saliva, la vida que persistía en mí. No sé cuantas veces deseé escuchar las palabras que Moira recién había pronunciado.

¿Sigues allí, Noelia?

Sí.

No sé qué decirte, se excusó.

Tengo que tirar una bolsa llena de caca de gato, te veo luego.

Colgué con suavidad el auricular para ir al baño a terminar de una vez con la caja de arena. Comencé a experimentar náuseas por el olor del arenero: todos mis sentidos estaban exacerbados y eso no era necesariamente malo. Lo de los gatos era ofensivo para mi nariz, pero mi piel percibía de una forma casi erótica el roce de mi ropa y mis oídos se maravillaban por el sonido de los pájaros afuera, retornando a sus nidos para pasar la noche. La parte fisiológica de mi persona celebraba el milagro de estar viva. Pero no iba a recibir ningún regalo ni siquiera un abrazo: cuando iba a salir, encontré a Pepita de pie en el umbral, con las manos cruzadas sobre el pecho, bloqueándome el paso. A juzgar por la expresión en su rostro, era claro que había estado escuchando mi parte de la conversación.

LILIANA V. BLUM - "No me pases de largo" - (2015)


Imágenes: Sam Rodriguez

viernes, 1 de julio de 2022

LA OBSESIÓN ES UNA FIEBRE

 


La obsesión es una fiebre. Una rabia loca, enfocada hacia un solo punto, que empieza a acelerar sin que nadie pueda detenerla. La obsesión es un deseo multiplicado, y ese deseo me ha llevado hasta aquí.

Estoy volando a 111 km por hora en dirección a un árbol del camping La Ballena Alegre, en la autovía de Castelldefels. Cuando impacte contra él, mi cuello se partirá como un barquillo mojado en champán, pero de momento estoy paralizado en el aire en la postura de volar. Soy una pieza de taxidermista, suspendida del cielo por hilos de oxígeno.

Los ingleses tienen una expresión para eso: in mid-air.

Espero que esta parálisis pasajera me dé el tiempo suficiente para contar lo que tengo que contar; es una historia bastante larga. Estoy volando a 111 km por hora porque hace un segundo estaba subido a una Vespa 160, conduciendo sin manos. Me subí a la Vespa porque antes intenté realizar el Último Vals Salvaje, y falló. Mi Último Vals Salvaje era la única manera que encontré para extirpar la obsesión. Ésta es una historia de obsesiones.

Supongo que, si realmente queremos ir al principio de todo esto, si queremos ganar en el socatira que lleva al presente, tenemos que hablar de mi obsesión y de los vorticistas. A veces las dos cosas son la misma. La obsesión es el gemelo maligno de la pasión; van juntos de la mano hasta que uno asesina al otro, y al final sólo queda el beso solitario y frío de la obsesión.

Supongo que, si tengo que ser honesto, sólo hay un lugar desde donde empezar a contarlo todo.



Mi tía abuela Àngels.

Conocí a mi tía abuela Àngels al poco de que mis padres murieran en el accidente de avión. El representante del consulado español me vino a buscar al colegio, en Crouch End, y me comunicó con suavidad que mis padres se habían ido a dormir. Yo tenía ocho años.

—¿A dormir? —le pregunté.

—A dormir con los ángeles —respondió el funcionario.

—¿Ángeles? —Mis padres eran ateos militantes. Nadie comentó nunca nada de ángeles. Tal vez por eso añadí—: ¿Dónde?

El funcionario levantó un dedo y señaló hacia arriba. Recuerdo haber mirado hacia su dedo, y luego hacia el techo, y no entender nada.

Los ingleses tienen una palabra para eso: puzzled.

Sin embargo, acompañé al señor del consulado hasta donde me dijo, y allí me esperaban unos amigos de mis padres, que me dijeron que mis padres habían ido a un lugar mejor. Luego añadieron que yo también iría a un lugar mejor.

Las primeras horas en este mundo sin mis padres están llenas de confusión. Un poco de ese caos debió de sentirse bien a mi lado, porque me acompañaría toda la vida. La confusión sabe reconocer a los recipientes mullidos, dispuestos, que la acogerán siempre. Sabe seleccionar los huecos de árbol más cálidos donde hibernar.

Aquella noche dormí en casa de los amigos de mis padres, donde por culpa de sus explicaciones pésimas no pegué ojo pensando que yo también iba a morir. A la mañana siguiente me llevaron a Heathrow y me metieron en un avión camino del Prat. Mi madre era catalana, y mi abuela también. Mi abuela había fallecido unos años atrás, así que los dos únicos supervivientes de la familia éramos su hermana y yo. El consulado español me devolvía a mis raíces magras y secas, arrancadas del suelo antes de tiempo como flores cojas.

Para dar una idea de cómo era mi tía abuela voy a transcribir la primera conversación que tuvimos, cinco minutos después de que yo bajara del avión en El Prat en 1984 y nos saludáramos inventando afectos nuevos.



—Y bien, ¿qué querrás hacer a partir de ahora? —preguntó mi tía abuela, sin pasar por el Cuánto has crecido ni Qué mayor estás. Era una mujer pequeña y rechoncha, de piernas arqueadas y mirada roedora. Era la primera vez en mi vida que la veía; supongo que mis padres no eran muy familiares.

—¿Ir al colegio? —dije. Preguntando, por lo que pudiese pasar.

—¿Estás loco? —contestó—. Los maestros son los primeros fascistas que vas a encontrarte en tu vida. Su labor principal es empezar a doblegar a las almas jóvenes para que, al hacerse mayores, acepten las órdenes sin rechistar.

Yo la miré sin hablar, intrigado.

—Hazme caso, Pànic, hijo, todo lo que le enseñaron a tu tía abuela en la escuela tuvo que —Hazme caso, Pànic, hijo, todo lo que le enseñaron a tu tía abuela en la escuela tuvo que desaprenderlo luego.

Asentí.

—Escucha: no irás a la escuela. No irás a ninguna cárcel del intelecto para que te allanen los clavos. Las escuelas son cementerios del pensamiento libre, mausoleos de la autosuficiencia y hornos crematorios de la insurrección.

Asentí con la cabeza otra vez, pero no entendía nada. Tenía sólo ocho años, aunque nadie pareciese comprenderlo.

—Todo lo que has de saber está en mis libros y en los de tus padres. Haz el favor de leerte todos esos libros y tu tía abuela te enseñará lo demás, números y cosas prácticas, así como trucos para que no puedan acceder nunca a tu mente. ¿De acuerdo?

—Sí —mentí.

KIKO AMAT - "Cosas que hacen BUM" - (2007)


Imágenes: Roger A. Deakin

miércoles, 29 de junio de 2022

TODO ESTÁ SIENDO PERVERTIDO AHORA

 



Nosotras nos habíamos ocupado del alimento durante todo el tiempo que duraron las prédicas del Nazareno en tierras de Galilea, un tiempo que en ocasiones recordé larguísimo y en cambio ahora, llegada a este punto de mi escrito, se me antoja un instante. Ana y las doctoras, sus pupilas, María, Salomé y también las mujeres de Magdala y Cafarnaúm nos ocupamos de lo práctico, de la higiene y de cuidar a aquel hombre empecinado, brindarle un lugar donde descansar, dormir y recuperar el cuerpo, ser amado sin estridencias. Yo cedí, como Leví, parte de mi fortuna para su acción. Además.

Así fue también durante su última aparición pública antes de partir hacia Jerusalén, cuando ya las cosas estaban llegando a su fin.

Teníamos todo listo la mañana en la que Leví corrió a avisarnos de que aquel era el día. El mar había amanecido bajo un cielo tierno que no amenazaba lluvia ni mudanza. Aquello nos alivió en parte. Temíamos desmayos o golpes fatales. Las fuerzas de aquellas gentes estaban ya muy machacadas tras meses, en algunos casos más de un año, malviviendo en los campamentos. No estábamos preparadas para eso. Había soñado que Ana no era Ana sino un monte grande de olivos y yo lloraba por no poder abarcarlo, me abrazaba a su ladera como un lagarto confundido con la arena y que era arena.



Aunque nos repitiéramos lo contrario, no estábamos preparadas para nada de lo que iba a suceder a partir de aquella misma jornada. ¿Quién puede prever los pensamientos, las decisiones de un hombre dispuesto a todo, a lo más enloquecido, tras haber comprobado que su pensamiento y sus palabras mueven montañas y destripan las leyes? Un hombre alimentado de sí mismo que hace de su existencia fantasía o nada. No cabe punto medio.

Aquella vez los discípulos que seguían al Nazareno, sus hombres, con el Gigante a la cabeza, nos ayudaron. El alimento procedía siempre de algún lugar al que ellos no creían pertenecer. Aquellos hombres predicaban el amor, como el propio Nazareno, y me pregunto qué pensaban que significa el amor. ¿De qué se trataba amar, según ellos, si no se alimenta, se cría y se teje, si no se cuida de la higiene y la enfermedad? Sigo preguntándome ahora qué amaban y cómo, en qué pensaban o si siquiera pensaban en algo. Recuerdo la enseñanza, también del Nazareno de amar al otro como a uno mismo. Quizás podría haber dicho amar como eres amado, lo cual sería impropio de alguien que me arrebató a mis pescadores, proveedores de alimento, para convertirlos en hombres dependientes de la generosidad ajena. Dependientes. Pero estas son cosas mías que no me he dicho hasta que han pasado muchos, muchísimos años. Quizás, quién sabe, también se refería él a esto. Todo está siendo pervertido ahora.

CRISTINA FALLARÁS -  "El Evangelio según María Magdalena" - (2021)


Imágenes: Victoria Kalachi

lunes, 27 de junio de 2022

UNA VERSIÓN EDULCORADA DE LOS RAMONES


A estas alturas de mi vida, las únicas injusticias que todavía me exaltan, las únicas que son capaces de avivar las brasas casi extinguidas de mi resentimiento social, son las que cometen las compañías telefónicas. A todos los demás abusos me he vuelto insensible; para poder sobrevivir en este mar de atrocidad en el que vivimos he tenido que desarrollar una efectiva capacidad de distanciamiento. Ahora bien, durante el calvario al que hay que someterse para resolver una incidencia o para cancelar un contrato, noto cómo me nace en el plexo solar aquella vieja ira revolucionaria que ya creía extinguida. ¡Cuántos ensayos políticos incendiarios he esbozado mentalmente durante los tiempos de espera, con el auricular en la oreja, oyendo una versión edulcorada de los Ramones! Mi última teoría es que los servicios de atención al cliente son una metáfora de las estructuras económicas del poscapitalismo: organismos opresivos sin centro, es decir, sin motor, es decir, sin corazón, es decir, invencibles, en los que no hay jefes responsables de nada ni jerarquía de mando, pero que funcionan perfectamente desactivando por agotamiento al consumidor.  Me gustaba la idea, pero nunca la desarrollé porque en un determinado momento de mi vida sentí que había perdido la alegre energía que se necesita para ponerse a escribir.

ANTONIO OREJUDO - "Los Cinco y yo" - (2017)


Imágenes: Steeven Salvat

sábado, 25 de junio de 2022

LA APARICIÓN DEL ÁNGEL

 


Toda historia tiene un tiempo y un lugar, sin embargo, lo que voy a contar ahora no ocurre en ninguna parte, y si tuviera que buscarle un tiempo debería decir que sucede a veces, en la madrugada, cuando la oscuridad es total y mi cabeza busca algo a qué aferrarse; algo sólido, que me tire hacia adentro, muy hondo, hasta dormirme.

Lo que quiero contar es la aparición del Ángel. En sí misma, la aparición no tiene nada de particular. Hay noches en las que muchas personas desfilan por mi cabeza. Las atrae un recuerdo de la infancia, una de esas pequeñas zonas áureas que quedan para siempre en el interior de cada uno: un cuento. El cuento dice que los seres que han muerto esperan, melancólicos, que alguien de este lado de acá los recuerde para no estar así definitivamente muertos. Entonces, en esas noches en las que busco algo que estire el tiempo hasta dormirme, hago vivir gente muerta. Fue por eso que la aparición del Ángel, luminosa entre tantas apariciones grises, me sobresaltó. Porque el Ángel no está muerto. Lo vi en la puerta de la casa del cuento. Mi imaginación domesticada repite esa convencional casita de ilustración, llena de cortinas a cuadros y tejas, donde los del otro lado esperan a que un recuerdo los vaya a buscar. No soy imparcial.


 Invariablemente, la que primero hace su aparición por la puerta de madera con tréboles calados es mi abuela, de traje oscuro, bastón y rodete inmaculado. La hago vivir un rato: conversamos, nos acordamos de momentos compartidos, nos reímos. Después, desaparece. Sigue mi otra abuela y, luego, por riguroso turno, personas a las que he querido mucho, poco o nada. Cuando los elegidos ya han hecho su parte (y son pocos) se me presenta un dilema moral: ¿por qué unos sí y otros no? ¿Puedo yo discernir, acaso, entre muertos buenos que merecen vivir un rato y malos que no lo merecen? Ni qué decir malos, sino simplemente chocantes, como aquella tía abuela Clota, que cuando nos besaba nos pinchaba toda la cara y a la que vi solamente dos veces. Es seguro que nadie se acuerda de ella ahora. La conciencia me hostiga y me rindo ante el imperativo del deber. En este punto, cómo no preverlo, por la puerta calada sale mi tía Prosperina, tan fea como fue en vida. Lo curioso es que no aparece vieja y marchita como yo la conocí sino que sale como era en 1928. Este extraño anacronismo se produce a causa de una foto suya pegada al álbum de mi abuela que suelo mirar: Prosperina de capelina, guantes y estola, mira la cámara sentada en un banco del Botánico. Ha querido perpetuarse en pose y tiene la cabeza ladeada y la sonrisa torcida. Del otro lado de la foto se lee: «A mi querido hermano Poroto desde este Buenos Aires maravilloso. 21/5/1928». Mi tía sale por la puerta verde con tréboles calados así, como en el Botánico. A veces, damos una vuelta alrededor de la casa. La hago vivir a desgano. No tengo mucho que decirle. Parece agradecida y no es para menos: nadie de este lado de acá debe acordarse de ella. Era odiosa y malpensada. No sé cuánto tiempo pasa porque ése es un tiempo diferente. Casi siempre el sueño me vence y me duermo. Por eso anoche, hace unas horas, la aparición del Ángel me sorprendió y me inquietó.



Antes que nada, debo decir que el Ángel no es ningún ángel con alas. Aunque muchas veces, en la casa grande de mi abuela, en aquellos veranos increíblemente largos, cuando nos quedábamos mirando en el comedor el cuadro del ángel dormido en el bosque, yo creía encontrar secretas correspondencias entre la imagen pintada y su cara. Pero bien, él quedó allá, él vive allá ahora, en aquel pueblo somnoliento y remoto de los veranos. Aquí y ahora, en la oscuridad, volví a cerrar los ojos y apareció otra vez en la puerta de la casita, el cuerpo frágil, la sonrisa enorme de siempre, las manos en los bolsillos. Abrí los ojos de par en par en la oscuridad: no debía permitir que el Ángel apareciera por esa puerta. Alguien puede pensar que éstas son fantasías, locuras mías. Para mí son cosas serias y tan reales como el sol de cada mañana o un tren que cruza la noche. No me quedé en la cama. Me puse un chal sobre el camisón y caminé descalza por la casa. Quería acordarme apropiadamente del Ángel. Vine a sentarme al patio. Me gusta sentarme aquí y mirar las estrellas entre las hojas de los árboles.

SYLVIA IPARRAGUIRRE - "En el invierno de las ciudades" - (1988)


Imágenes: Amanda (AKA Lola)