Desapegos y otras ocupaciones.

martes, 11 de mayo de 2021

EL DILUVIO UNIVERSAL


 Viruela y plagas. El diluvio universal. El lenguaje reducido a mero balbuceo. La humanidad borrada una y otra vez de la faz de la tierra. La Biblia trata de nuestra pelea contra dios. Y en cierto modo nosotros somos más fuertes, debido simplemente a nuestra fuerza de voluntad, a que somos tenaces. Nos negamos a ser borrados.

   Ha sido una dura pelea. El diluvio. Todos los que perecieron. Ahogados como ratas, sin sepelio, sin disculpas, sin reparación alguna. Dios nos debe eso. Falta mucho para que podamos decir que estamos empatados. Imaginaos aquella muralla de agua descendiendo por un monte, las ovejas huyendo despavoridas y uno sintiendo el frío hálito de la muerte, un prodigio en aquel clima tan seco, el cambio repentino, y sol bajo el agua, haces de luz pálida penetrando en el azul, algo que solo puede ser hermoso, los instantes previos a la aniquilación jamás pueden ser sino los mejores de todos, en suspenso. Esa ola rompiendo en lo alto y el sol atravesándola y hasta el último dibujo del mundo visible a la luz, revelado, y el castigo de dios no significa nada porque uno no siente que haya sido malo, porque uno no empezó en el paraíso, uno simplemente estaba allí en el monte cuando se desencadenó la ola gigante.

   Yo había ido a la escuela dominical desde muy pequeño. La única concesión que mi padre hizo a la religión. Él no iba nunca a la iglesia, pero me enviaba a mí, enviaba en su nombre a su único hijo, menuda broma.

   Mi abuelo jamás hablaba de religión, Tom tampoco. Bueno, en realidad nunca hablaban de nada que no fuera de cazar y pescar.

DAVID VANN - "Goat Mountain" - (2013)


Imágenes: Aykut Aydogdu

sábado, 8 de mayo de 2021

UNA VEZ ME PERDÍ

 


Una vez me perdí. A los seis o siete años. Venía distraído y de repente ya no vi a mis padres. Me asusté, pero enseguida retomé el camino y llegué a casa antes que ellos —seguían buscándome, desesperados, pero esa tarde pensé que se habían perdido. Que yo sabía regresar a casa y ellos no.

   Tomaste otro camino, decía mi madre, después, con los ojos todavía llorosos.

   Son ustedes los que tomaron otro camino, pensaba yo, pero no lo decía.

   Mi papá miraba tranquilamente desde el sillón. A veces creo que siempre estuvo echado ahí, pensando. Pero tal vez no pensaba en nada. Tal vez solo cerraba los ojos y recibía el presente con calma o resignación. Esa noche habló, sin embargo —esto es bueno, me dijo, superaste la adversidad. Mi madre lo miraba con recelo pero él seguía hilvanando un confuso discurso sobre la adversidad.

   Me recosté en el sillón de enfrente y me hice el dormido. Los escuché pelear, al estilo de siempre. Ella decía cinco frases y él respondía con una sola palabra. A veces decía, cortante: no. A veces decía, al borde de un grito: mentira. Y a veces, incluso, como los policías: negativo.



   Esa noche mi madre me cargó hasta la cama y me dijo, tal vez sabiendo que fingía dormir, que la escuchaba con atención, con curiosidad: tu papá tiene razón. Ahora sabemos que no te perderás. Que sabes andar solo por las calles. Pero deberías concentrarte más en el camino. Deberías caminar más rápido.

   Le hice caso. Desde entonces caminé más rápido. De hecho, un par de años más tarde, la primera vez que hablé con Claudia, ella me preguntó por qué caminaba tan rápido. Llevaba días siguiéndome, espiándome. Nos habíamos conocido hacía poco, la noche del terremoto, el 3 de marzo de 1985, pero entonces no habíamos hablado.

   Claudia tenía doce años y yo nueve, por lo que nuestra amistad era imposible. Pero fuimos amigos o algo así. Conversábamos mucho. A veces pienso que escribo este libro solamente para recordar esas conversaciones.

ALEJANDRO ZAMBRA - "Formas de volver a casa" - (2011)

 

Imágenes: Joseph Lu

miércoles, 5 de mayo de 2021

HOMBRES Y MUJERES LA DESEABAN


 Michelle me dejó para siempre por un hombre llamado John Smith, ¿o debería decir que durante una de las veces en que nos separamos se lio con un hombre y poco después de eso tuvo una racha de mala suerte y se murió? En cualquier caso, ella nunca volvió a mi lado.

   Yo lo conocía, a este John Smith. Una vez trató de venderme un revólver en una fiesta, y más tarde en esa misma fiesta le ordenó a alguien que se callara porque yo estaba cantando con la radio y a él le gustó mi voz. Michelle se fue con él a Kansas City, y una noche que él salió, ella se tragó un montón de pastillas después de dejar una nota a su lado, sobre la almohada, para que él pudiera leerla y rescatarla. Pero esa noche él estaba tan borracho al volver a casa que lo único que hizo fue apoyar su mejilla en la nota que ella había escrito y quedarse dormido. Cuando se despertó a la mañana siguiente mi hermosa Michelle estaba fría y muerta.

   Ella era una mujer, una traidora y una asesina. Hombres y mujeres la deseaban. Pero yo fui el único que podría haberla amado.

Durante varias semanas después de su muerte, John Smith le confiaba a sus amigos que Michelle lo estaba llamando desde el otro lado de la vida. Lo seducía. Se le aparecía más real que cualquiera de las personas visibles a su alrededor, personas que seguían respirando, personas que se suponía que estaban vivas.

   Cuando, poco tiempo después de eso, supe que John Smith había muerto, no me sorprendí demasiado.

   Una vez que estábamos discutiendo, el día de mi vigésimo cuarto cumpleaños, ella salió de la cocina y volvió con un revólver y me disparó cinco veces desde el otro lado de la mesa. Pero erró el tiro. No era mi vida lo que ella quería. Era algo más. Quería comerse mi corazón y perderse en el desierto acompañada solo por lo que había hecho, quería caer de rodillas y dar a luz aquello, quería lastimarme como solo un niño puede ser lastimado por su madre.

DENIS JOHNSON - "Hijo de Jesús" - (1992)


Imágenes: Guenter Knop   

domingo, 2 de mayo de 2021

MUNDOS FELICES, MUNDOS DE TERROR

 


Queda por abordar lo que se conoce por «ciencia-ficción». No deja de ser curioso eso de casar a la ciencia con la ficción. La proliferación y el éxito —¿a qué negarlo?— de este género literario ya es de por sí edificante. Pero lo que uno no acaba de comprender es por qué los autores extreman cada vez más la monstruosidad de sus narraciones. Argumentar que «eso es lo que el público quiere» no vale. Cada autor es muy libre de echar a volar su imaginación y su fantasía e inventar todas las historias o leyendas que se le ocurran. Mas, ¿por qué no han de inventarse mundos felices —que los puede haber…, que los hay— en lugar de amedrantar, de atemorizar y de aterrorizar a sus lectores? ¿Por qué esa maligna obsesión en querer trasladar a posibles planetas habitados esos degradantes esquemas terráqueos? En el fondo, al inventarse mundos de terror —ese terror que dicen que viene del cielo—, extremando al máximo las cotas de alarmismo y de desasosiego humano, no demuestran sino tener muy poca imaginación e inventiva, porque, al fin y al cabo, la semilla, la inspiración de esos atormentados mundos, la tienen a mano: está en nuestro propio planeta. Son, literariamente hablando, unos plagiarios de tomo y lomo, que intentan contagiar al mayor número posible de terráqueos su enfermiza tendencia a alejamos de la Vida y acercarnos a la Muerte.

EDUARDO PONS PRADES - "El mensaje de otros mundos" - (1982)

Imágenes: Sarah Detweiler

jueves, 29 de abril de 2021

IGUAL QUE MONOS A LAS RAMAS DE UN BAOBAB

 


Era un día perfecto para que no empezase esta historia. Estábamos en diciembre; hacía un frío de mil demonios que lograba que la ciudad se pareciera a mi vida como un plato roto a otro plato roto y yo acababa de tomarme en la barra del bar Montevideo, junto al instituto donde doy clase, un café de los míos, negro como la tinta, sin azúcar y tan caliente que le hubiera servido a la Santa Inquisición para quemar dentro de él a Galileo. Después había comprado el periódico, había subido a la sala de juntas para intercambiar con el resto de los profesores media docena de frases esponjosas y, finalmente, había ido a mi despacho para trabajar en una conferencia sobre la escritora Carmen Laforet que preparaba desde hacía un tiempo, y a esperar que llegase la primera visita de la mañana. Porque, desgraciadamente, estábamos a lunes y, desde que era jefe de estudios, todos los lunes, miércoles y jueves, de nueve a doce, recibía a los padres de los alumnos problemáticos que hubiesen pedido cita para hablar de sus hijos, que en su opinión eran unos Sócrates y en la mía un hatajo de gandules orgullosos de su pereza y su ignorancia, siempre con sus conversaciones sobre videoconsolas o líneas ADSL y agarrados a sus teléfonos móviles igual que monos a las ramas de un baobab. Un desastre.

BENJAMÍN PRADO - "Mala gente que camina" - (2006)


Imágenes: Ben Giles

lunes, 26 de abril de 2021

ESCUCHANDO LOS PROBLEMAS DE LA GENTE

 


Para tomarse un descanso de Geronimo, Nonc y Relle van a las reuniones de Alcohólicos Anónimos en la iglesia presbiteriana, donde una vieja maw-maw
[1] hace de canguro gratis. Así, por las noches pueden pasar dos horas tomando café y escuchando los problemas de la gente. Hoy Nonc llega primero y, después de dejar al niño, coge un trozo de roscón de Reyes y se sienta en el círculo medio vacío. Las iglesias se comportan siempre como si se llevaran algo increíble entre manos —sobres blancos para donativos, niños vestidos de traje, policías con guantes blancos dirigiendo el tráfico dominical—, pero sus sótanos son todos iguales: sillas plegables, electrodomésticos viejos y cubos llenos de ropa de gente muerta.

   Empiezan a llegar los habituales. Aunque sea «anónimo», Lake Charles tampoco es tan grande y Nonc ha llamado a todas las puertas de la ciudad. Llega Linda Tasso, la hija mayor del alcalde. Cada semana se las apaña para volver a tocar fondo, y luego les da la brasa con ello. Jim Arceneaux saca su termo gigante de té helado. Antes tenía un zoológico de reptiles junto a la interestatal, con serpientes y caimanes a punta pala. Decidió dejar de beber cuando lo acusaron de maltrato animal, después de que lo pescaran adoptando demasiados gatitos y perritos de la perrera. Más tarde se presentan unos tipos de Nueva Orleans. Los distingues al momento: la ropa que parece de otra gente, la mirada perdida…

[1] «Abuela» en cajún.

ADAM JOHNSON - "George Orwell fue amigo mío" - (2015)

Imágenes: Pilar García Merino

viernes, 23 de abril de 2021

EL ESCRITOR Y EL ASESINO


 Volvió a vacilar y en esta ocasión dejó vagar la mirada por la última entrada en la pantalla del ordenador. «¿Qué hace que un libro realmente funcione? —Se planteó de repente—. Tiene que asumir riesgos. Tiene que absorber al lector al interior de la historia. Cada personaje tiene que ser fascinante a su manera. Debe crear la necesidad imperiosa en los lectores de pasar página. Esto sirve tanto para una novela costumbrista como para un thriller de ciencia ficción. Las mismas normas del asesinato se aplican a la escritura. ¿De qué sirve —escribió— contar una historia que no tiene repercusiones mucho después de que se haya leído la última página? ¿Acaso el asesinato no se enfrenta a la misma pregunta? Tanto el escritor como el asesino acometen la tarea de crear algo que perdure. El escritor quiere que el lector recuerde sus palabras mucho después de la última página. El asesino quiere que el impacto de la muerte permanezca. Y no solo para él sino para todos aquellos a quienes la muerte ha afectado.

   »El asesinato no se limita a una sola muerte. Es una onda que se expande en la vida de muchos.»

JOHN KATZENBACH - "Un final perfecto" - (2012)

Imágenes: Javier Aramburu