En ocasiones, vuelvo a preguntarme qué fue lo que desapareció de nuestra isla en primer lugar.
—Mucho antes de que vinieras a este mundo —me decía mi madre cuando yo no era más que una niña—, la isla estaba repleta de cosas que han desaparecido paulatinamente y que ya no se encuentran entre nosotros. Se trataba de objetos, conceptos e incluso seres vivos de lo más variado y con las más diversas características: transparentes, aromáticos, zigzagueantes como culebrillas o brillantes como diamantes… Cosas maravillosas que ni siquiera tú, mi niña, eres capaz de imaginar.
Yo escuchaba embelesada, con los ojos bien abiertos y sin perder detalle, cada una de las palabras de mi madre.
—Desgraciadamente, tras su desaparición, el recuerdo de cada uno de esos objetos va escurriéndose poco a poco de nuestra memoria y desbordándose, como gotas de agua, para precipitarse al profundo pozo del olvido. Si vives aquí, ten por seguro que a ti también te sucederá, y lo único que cabe preguntarse es qué será lo primero que olvides.
—Pero dime, mamá, ¿sentiré miedo cuando eso suceda? —preguntaba yo, llena de aprensión.
—Ni lo más mínimo —replicaba ella—. Sucede sin que apenas te enteres. No sentirás dolor ni fatiga. Una mañana de un día cualquiera, al despertar, algo se habrá esfumado de tu vida, dejando intacto lo demás, y, entonces, tan solo percibirás un tibio desajuste con respecto al día anterior. Te recomiendo cerrar los ojos y aguzar el oído, captar la sutil diferencia que vibra en el aire como una especie de señal. Y si prestas suficiente atención, es posible que se te desvele la identidad de aquello que habrá dejado de existir en la isla y, por tanto, habrá salido también de tu vida para siempre.
YOKO OGAWA - "La policía de la memoria" - (1994)




No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.