Una de las escuelas a las que fui de niña organizó para nuestra clase una visita al matadero. El objetivo era prepararnos para lo que las autoridades llamaban el mundo real, y también para enseñarnos en qué consistía un trabajo real frente a lo que suele caracterizar a la actividad intelectual. Nos llevaron en autocar, pero no bien llegamos alguien con más cabeza puso orden y no nos permitieron entrar. No vimos ni oímos a ningún cerdo, pero sí vimos unas enormes lagunas marrones que, según nos dijeron, formaban parte del funcionamiento de aquel sitio, así como varios camiones refrigerados relucientes, con los motores al ralentí. También notamos un olor al que nunca antes habíamos sido expuestos.
Ese mismo semestre alguien nos comentó que el periódico traía un artículo sobre una cerda que había salvado a un hombre de ahogarse. La cerda, que era una mascota, estaba nadando en un lago con su ama. Había varias personas jugando en el lago en aquel momento, porque era un fin de semana de vacaciones.
La cerda, al ver a aquel hombre en apuros, nadó hasta llegar a su lado y con sus movimientos le dio a entender que se agarrara a su arnés, que siempre llevaba puesto, pues era un animal de compañía. Luego arrastró al tipo hasta un lugar seguro.
El periódico, que era de los fiables, sostenía que la historia era cierta. Más adelante, el reportero planteaba pícaramente esta pregunta:
¿La cerda habría rescatado a aquel hombre si hubiera sabido que él y sus acompañantes acababan de disfrutar de una merienda de sándwiches de jamón?
La dueña de la cerda respondía que los cerdos son inteligentes, más que los perros, pero que no son omniscientes.
IGNORANCIA
JOY WILLIAMS - "Noventa y nueve cuentos divinos" - (2016)




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