Desde que empezaron a aparecer los cuerpos ya no bajo tanto a ver al Celador. Él me reclama: ¡Me tiene abandonado!, y yo le respondo con alguna excusa: Mucho trabajo, o: Mucha maleza. Mucha lluvia, todo inundado. Mucho viento, otra vez tocó arreglar el techo. Guardo el secreto de los cuerpos porque él no lo entendería. El secreto queda en mí como las fotos en la cámara (digámoslo así), porque mientras la imagen está adentro, sin revelar, no es lo uno ni lo otro: todavía no es una fotografía pero existe como una anticipación. Igual pasa con los cuerpos.
Pienso mucho en estas cosas ahora que no bajo tanto a ver al Celador y que los cuerpos ocupan buena parte de mi tiempo.
Si uno aparece, debo levantarlo en la carretilla y buscar un pedazo de tierra que no esté demasiado duro y lleno de roca. A veces empiezo a cavar y tengo que abandonar la tarea porque el terreno se revela como una maraña impenetrable.
Mucho se aprende cavando, conociendo el interior de la montaña. Su olor a oscuridad… y el crujido de la arenisca. Brilla como si se hubiera derramado un poco de sol ahí adentro. Después debo acomodar el cuerpo, que no siempre entra estirado en el hueco, y cubrirlo bien para no atraer a la jauría. La tierra se resiste a ser agujereada, eso también lo aprendí cavando. Pero una vez que recibe su alimento la tierra es agradecida. No se queda yerma, quejándose de la intrusión de la pala: enseguida se va brotando de pasto.
El otro día le pregunté al Celador:
Cuando alguien muere, ¿de quién es el cuerpo?
¿De quién?, dijo él, haciendo puchero con el labio, De los hijos, será.
Y si es de los hijos, ¿por qué no pueden venderlo? ¿Por qué no pueden guardarlo en el placar?
Él no supo qué responder.
Yo pensé: si me cortan una mano, ¿de quién es la mano? ¿Y por qué, si me cortan una mano, mi yo se queda en el cuerpo y no se va con la mano? ¿La mano no soy yo? ¿O yo sigo siendo sin mi mano? Y si mi mano no soy yo, ¿dónde se aloja realmente la persona?
¿Y qué pasa si esa persona no tiene familia?, le dije al Celador. ¿De quién es el cuerpo, entonces?
Él agitó la cabeza. Seguía dele que te dele moviendo la antena para sintonizar algún canal.
Entonces es basura, dijo.
Ahora, cada vez que aparece uno le limpio la cara con el trapo que até al mango de la carretilla. No me gusta mezclar el trapo de los cuerpos con los trapos de la casa. Sería como decir que los cuerpos son cosas. No me gusta que los cuerpos se confundan con basura. Cuando no aparece ninguno me dedico a aprontar las herramientas: afilo la pala (porque si le saco filo entra mejor en la tierra), limpio la carretilla, lavo los trapos, rastrillo las protuberancias que fueron quedando sobre la superficie y emparejo el terreno.
El otro día apareció uno que era distinto. Para empezar, no tenía el pelo negro sino clarito tirando a rojo, aunque a la altura de la nuca estaba mochado (una lástima). Lo giré para que quedara bocarriba y le pasé el trapo por la cara. La tierra se le había endurecido sobre la piel y no salía. Lo mismo en las manos, donde no faltaba ningún dedo. Froté duro con el trapo y por un segundo pensé: lo voy a lastimar. Después hice toda la maniobra de subirlo a la carretilla, pero en vez de enfilar para los lados de la quebrada me lo llevé al jardín. Quería sacarle ese negro de la cara y para eso necesitaba humedecer el trapo con un poquito de jabón.
En el jardín, por la cercanía con la casa, el cuerpo parecía más una persona. Era chico y no pesaba tanto como los anteriores. De largo le calculé un metro cincuenta. Extendí una manta en la entradita del jardín y lo bajé con cuidado de la carretilla. Pasé el trapo húmedo alrededor de los ojos y sobre el puente de la nariz. Tenía pecas, tal cual me imaginé. La piel se sentía irreal, gomosa y fría, como si rezumara algún tipo de sebo, pero excepto por esa sensación el cuerpo era lindo. Ojalá pudiera guardarlo clarito en la memoria, me dije. Pero ¿cómo iba a hacer para recordarlo? Ya los cuerpos se me confundían, en parte porque no había pasado tanto tiempo con ellos como para grabármelos en la mente, y en parte porque siempre estaban demasiado sucios, envueltos en barro como una mortaja negra, vestidos con esas ropas desencajadas y también mugrientas.
FERNANDA TRÍAS - "El monte de las furias" - (2025)


























