Fue entonces cuando la chica se convirtió en un fantasma. No en una de esas presencias que menean cuadros y hacen saltar el tostador en mitad de la noche, más bien en un fantasma lesionado, un espectro inmóvil que se arrebujaba en el sofá y miraba a través de los muebles y las paredes sin llegar a ver nada excepto su pena.
Una noche, insomne, encendió la cadena local. Quería saberlo todo sobre la mujer desaparecida, recabar información, pero las palabras de la compañera de la tienda —ahora se refería a ella como la idiota— se le habían quedado a vivir en los oídos, atascadas entre el yunque y el martillo. Las escuchaba en cuanto la imagen del lago Milagro llenaba de sopetón la pantalla, y se obligaba a apagar la tele antes de volverse loca. Luego tenía sueños protagonizados por la mujer desaparecida —Ángela Wisniéwska, Wisniewská, repetía sin saber dónde colocar el acento—, cuyo aspecto, al margen de aquella pierna atrofiada, ni siquiera recordaba: en unos sueños era elegante como una actriz de los años cincuenta y caminaba apoyada en un bastón por la pasarela del lago, embutida en una falda de tubo y una chaqueta cruzada, algo que nadie en su sano juicio se pondría para pasear por allí; en otros se trataba de una señora apresurada, con zapatos ortopédicos y pasitos cortos, empeñada en llegar a un destino que —oh— nunca alcanzaría.
A veces una gran ola brotaba del agua calma del lago y se tragaba a la mujer; otras, la propia Ángela Wisniewska se agachaba y reptaba, palpando el pasto, hasta hallar una fisura por la que meterse debajo de la tierra, que luego latía y temblaba como si la masticara. Casi siempre, una inmensa criatura de piel grisácea emergía del agua estancada de las orillas y engullía a Ángela, y luego el lago se teñía de rojo y unas cuantas burbujas anunciaban su fin.
La chica emergía de estos sueños empapada en sudor y ahí acababa su supuesto descanso y comenzaba su vigilia, siempre alerta y a la vez adormilada, incapaz de hilar más de dos frases sin bostezar.
La Madre, por su parte, se hizo experta en el silencio. Preparaba el desayuno sin hacer un solo ruido: prescindía del tostador para evitar el salto de las rebanadas desde la rejilla, usaba una pequeña sartén pulida y una espátula de madera que eludía cualquier chirrido. Caminaba de puntillas y respiraba imperceptiblemente, como si estuviera en busca y captura y un alma caritativa la hubiera escondido en un desván.
Se aguantaba el pis para que el chorro no quebrara el mutismo doméstico. Se recogía el moño con cuidado, preocupada de que la pinza de plástico pudiera caer al suelo y el sonido del impacto interrumpiera el escaso sueño de la chica, a la que escuchaba rondar por la casa y trajinar hasta las tres o las cuatro de la madrugada. Abría cajones, encendía y apagaba la televisión como presa de una epilepsia, sollozaba y se sonaba los mocos con furia.
—Parece que quieras echar el cerebro por la nariz —le dijo una vez la Madre.
—Ojalá —contestó lacónica la chica.
Además, la chica salía al patio y entraba en el despacho del padre, una construcción prefabricada, más pequeña, situada junto a la valla. Luego volvía a la casa; sollozaba de nuevo, llenaba el salón de tazas usadas y pañuelos de papel manchados de lágrimas. La Madre se levantaba de vez en cuando y le ofrecía tilas, hasta unas pastillas naturales para conciliar el sueño que había comprado para ella en un herbolario.
La chica las rechazaba, terca.
—No intentes cambiarme —le decía.
MARÍA BASTARÓS - "Criaturita" - (2025)






















