Momentos después de que la niebla bañara el Nimrod, Henry Wriothesley, Shakespeare y otros miembros destacados del pasaje se reunieron con el capitán junto a la caña del timón. Las nubes seguían cubriendo el cielo, sin que hubiera cambios en ellas.
Al frente del grupo se hallaba William Stanley, sexto conde de Derby, hijo de Lady Margaret Clifford —que hasta su muerte había aspirado a suceder a la reina Isabel— y principal dignatario de la misión diplomática. Stanley había sido escogido para el cargo por su experiencia como viajero por Europa y África y su participación en otra misión similar, en aquel caso ante Enrique III de Francia. A pesar de haber cumplido los cuarenta, se mantenía en forma; presumía de pesar lo mismo que veinte años atrás, cuando partió de Inglaterra por primera vez. Era fácil distinguirlo cuando ponía el pie en cubierta, por su afición a los jubones de color escarlata y la insistencia con que preguntaba a otros pasajeros si deseaban cruzar amigablemente sus espadas con la suya. En el Nimrod se sentía enjaulado y siempre buscaba una ocasión de ejercitarse.
En la travesía a Dinamarca lo acompañaba, sin despegarse de él en ningún momento, su criado; aunque eran muchos a bordo los que sospechaban que bajo aquellas ropas masculinas se escondía en realidad la última amante de Stanley, llevada para servirle de entretenimiento durante el viaje. Basándose en su experiencia, Shakespeare podría jurar que las nalgas ocultas tras aquellas calzas no tenían nada de varoniles.
A la pregunta de qué iban a hacer a continuación, el capitán respondió que, mientras no regresara el viento, la única alternativa era esperar.
Acababa de pronunciar estas palabras cuando les sorprendió un estampido a popa, como si un cuerpo de gran tamaño hubiera caído al agua. Se volvieron a tiempo de ver una columna de espuma que se alzaba a media milla de distancia. El contramaestre preguntó a gritos al grumete subido a la cofa qué era lo que veía. Después de un tiempo que a todos les pareció innecesariamente prolongado, el grumete respondió que se trataba de una ballena. El capitán, para quien un encuentro con una ballena distaba de ser un hecho notable, intercambió unas palabras indiferentes con el piloto y se encaminó a su camarote. Pero apenas había avanzado unos pasos cuando dio media vuelta y volvió junto a la borda con expresión perpleja. Este cambio de actitud sorprendió al piloto, que le preguntó, bajando la voz, si todo se hallaba en orden. El capitán, con la vista fija en el mar respondió:
Ahora lo veremos.
Los pasajeros se apelotonaron contra la borda. Al principio no alcanzaron a ver nada, pero pronto distinguieron una cuña de espuma que surcaba la superficie, y en su vértice una giba que subía y bajaba, gris parduzca, el lomo de la ballena. La cuña avanzaba hacia el Nimrod.
A medida que se aproximaba sin variar su rumbo y aumentaban las exclamaciones de asombro de los pasajeros, creció el número de personas asomadas a la borda. Cuando el leviatán parecía a punto de embestir la popa del galeón, frenó su marcha y se desvió para desfilar junto al costado de estribor, a un cable de distancia de la nave, permitiendo que todos lo contemplaran en detalle.
Medía más de noventa pies, desde el morro hasta el extremo de su gran cola plana; casi un tercio de esa longitud lo abarcaba la pesada cabeza rectangular, coronada por el espiráculo.
Era un ejemplar de avanzada edad; la piel de su espalda estaba arrugada y descolorida, salpicada de abundantes marcas circulares, como las que dejaría una potente ventosa.
El lomo se hallaba erizado por infinidad de arpones, muchos de ellos retorcidos como sacacorchos. Algunos colgaban flojos, a punto de desprenderse. Debían de llevar largo tiempo allí clavados, pues la carne alrededor del hierro estaba ulcerada. Varios arpones arrastraban restos de cabo. Otros llevaban tras de sí algo más.
JON BILBAO - "Shakespeare y la ballena blanca" - (2013)





















