Citas con los libros.

Desapegos y otras ocupaciones.

viernes, 23 de enero de 2026

PSILOCYBE OS HARÁ CÓSMICOS

 



Aquí tenemos a Psilocybe.

   Psilocybe, que se yergue, se alza sobre la tierra, no muy alto.

   Psilocybe parece poca cosa, el muy discreto. Pasa desapercibido. Un cuerpo flaco, esbelto, de una sola pieza; en lo alto, un simple sombrero marrón beis terroso, un poco desgastado por los bordes. Lo encontraréis a menudo cerca de un maizal o en una pradera, a resguardo del sol. Psilocybe, como todos los demás, se mantiene en la sombra. Y, como todos los demás, solo está ahí unos pocos días, después de la lluvia. Solo está de paso.

   Nada llamativo, Psilocybe. Nada que ver con Amanita muscaria y su sombrero rojo de lunares blancos, salida directamente de un cuento infantil.

   Pero las mata callando bajo esa apariencia de tipo común. Bajo la capa y el sombrero color tierra, pese a su corta estatura y su silueta filiforme, Psilocybe tiene las hechuras de un mago. Higrófano como es, su piel cambia de color según el clima. Si os empeñáis en cruzaros en su camino, ojo: sus poderes son diversos.

   Psilocybe no os concederá deseos de riqueza, no os ofrecerá la juventud eterna. Psilocybe no es ese tipo de genio benefactor. Actuará en vosotros según su propia voluntad, en la oscuridad, en la claridad o en el gris intermedio. No os dejará decidir casi nada.



   Con toda seguridad, os acelerará o ralentizará el corazón, os dilatará las pupilas. Es lo que suele hacer. Sin ningún género de duda, os hará experimentar la euforia y las lágrimas. No os mostrará nada suyo, más bien os hará ver dentro de vosotros mismos.

   Tal vez os enseñe a vuestros muertos, los que os precedieron. Vuestros muertos y también vuestra muerte próxima. Será aterrador o tranquilizador, imposible saberlo de antemano.

   Si tenéis un más allá, Psilocybe os lo hará tocar con los dedos. Os hará tutear a vuestro dios, a vuestros dioses.

   Si creéis en el tiempo de los relojes, en el tiempo regular, resuelto y rectilíneo de los relojes, Psilocybe lo volverá líquido y sinuoso como el arroyo, lo espesará, lo hará sólido, gaseoso, convertirá las horas en segundos.

   Si creéis en los contornos de vuestra persona, Psilocybe los abolirá. Psilocybe os amplificará, levantará las barreras aduaneras de vuestro diminuto ego, hará de vosotros un árbol entre los árboles. Olvidaréis lo que os distingue de la silla que os sostiene, del aire que os llena, de la lluvia que cae sobre vosotros, de la mosca que se os posa encima. Psilocybe os hará cósmicos.

   De todo esto es capaz, a pesar de sus escasos cinco o diez centímetros, a pesar de su apariencia de don nadie. De todo esto no decidiréis nada.

BENOÎT COQUIL - "Cositas" - (2023)


Imágenes: Bella Ormseth

martes, 20 de enero de 2026

HAMNET ES UN CHICO DESPIERTO

 



Hamnet es un chico despierto: en la escuela, entiende bien las lecciones del maestro. Comprende la lógica y el significado de lo que le explican y tiene buena memoria. Se le dan bien los verbos, la gramática, las conjugaciones, la retórica, los números y los cálculos, tanto que a veces despierta la envidia de sus compañeros. Pero también se distrae con facilidad. Si en clase de griego oye un carro que pasa por la calle, enseguida desatiende la pizarra y se pone a pensar en qué llevará el carro y en lo bien que se lo pasaron aquel día sus hermanas y él, cuando su tío los llevó a dar una vuelta en el carro del heno entre pinchazos y olor a hierba recién segada, y las ruedas arrastrándose al ritmo de los cascos de la cansada yegua. En las últimas semanas lo han azotado más de dos veces en la escuela por no prestar atención (su abuela ha dicho que si esto se repite una sola vez más, se lo contará a su padre). El maestro no lo entiende. Hamnet aprende rápidamente, recita de memoria, pero no pone la cabeza en la tarea.



   El aleteo de un pájaro en el aire puede hacerlo callar en mitad de una frase, como si el mismísimo cielo lo hubiera dejado sordo y mudo de un plumazo. Si ve por el rabillo del ojo que entra alguien en una habitación, puede dejar de hacer lo que sea —comer, leer, copiar los deberes— y quedarse mirándolo como si le trajera un mensaje muy importante solo para él. Tiene tendencia a escurrirse por los límites del mundo real y tangible para irse a otro sitio. Puede estar con el cuerpo en una habitación y la cabeza en otro lado, ser otra persona en un sitio que solo él conoce. Despierta, niño, le dice su abuela, chascando los dedos en sus narices. Vuelve, le dice al oído Susanna, su hermana mayor, tirándole de la oreja. Presta atención, le grita el maestro. ¿Dónde estabas?, le susurra su hermana Judith cuando por fin vuelve al mundo, cuando vuelve en sí, mira a uno y otro lado y ve que está otra vez en casa, a la mesa, rodeado por su familia, y que su madre lo observa casi sonriendo, como si supiera exactamente dónde ha estado.

MAGGIE O'FARRELL - "Hamnet" - (2020)


Imágenes: Steeven Salvat

sábado, 17 de enero de 2026

ES UNA EMANACIÓN NATURAL DE LAS PAREDES



Sucede así: ve al niño el primer día de venta de la casa, mientras limpia la cocina entre las visitas de dos clientes. Abre el grifo para aclarar el trapo y, al cerrarlo y darse la vuelta, se lo encuentra en una de las sillas. Tiene unos siete años, aspecto embobado y un uniforme de escuela marrón. No es una entelequia, sino un cuerpo tan real como la balda o el fregadero. A primera vista le produce el leve rechazo que siempre le ha producido la gente rica; ese aire teatral, de figurín, aunque suavizado por la infancia. Las manos reposan sobre las rodillas y lleva unos botines negros, sin calcetines, el flequillo le cae sobre la frente con una pulcritud distante. Parece un ladrón, un ladrón pequeño cuyo ideal secreto fuera ser admitido, pero no hace ningún intento por parecer simpático, ni por disculparse. Tras la primera sorpresa, sin poder determinar qué tiene de extraño, se concentra en su mirada. El niño parece tan familiarizado con el espacio que resulta absurdo preguntarle de dónde ha salido, es una emanación natural de las paredes, de ese aire repleto de polvo dorado en suspensión. Ni siquiera se mueve, como si esperara la merienda desde un tiempo remoto. Por su parte, ella no siente ningún miedo, solo un leve estremecimiento. Un abejorro de verano golpea el cristal desde el interior y durante unos segundos eso es lo único que ocurre: la insistencia del abejorro, la cocina vacía de una casa vacía, la sorpresa de una agente inmobiliaria de treinta y seis años ante un niño de siete que la observa. Un niño, lo descubre ahora, que no ha pestañeado una sola vez.

   Piensa que es una señal de que esta casa no se venderá nunca. Es como ese niño: demasiado refinada y poco práctica, una casa para ese tipo de ricos de mediados del siglo XX que privilegiaban la arquitectura racionalista sobre la comodidad y la ostentación. Hoy nadie estaría dispuesto a pagar tanto dinero por una casa que ni es cómoda ni muestra abiertamente el dinero que vale. Se lo dijo a su jefe de la inmobiliaria la primera vez que se la enseñó, que la casa era un hueso, que se iban a pasar meses enseñándola a estudiantes de arquitectura y al final la iban a dar por imposible. Ahora, tras una semana arreglando las dos plantas, el garaje y el jardín, estudiándose el dosier del arquitecto y dando instrucciones a los pintores para que la dejen impecable, esto. Casi está a punto de echarse a reír, pero hay algo en la mirada del niño que se lo impide. No es solo el anacronismo de su ropa; el hecho de que no pestañee le da a su mirada una condición neutralizante, como si todo lo que captaran esos ojos quedara inmediatamente impregnado de algo desnudo, reducido a un esquema elemental. Y sin embargo no es siniestro, aunque podría serlo, como un muñeco demasiado realista no es siniestro cuando se lo confunde con lo que parece pero sí cuando se descubre lo que es. Su misma presencia, a pesar de ser sólida, tiene algo inestable. También sus sentimientos hacia él son inestables.



   Es la primera vez que le ocurre algo así y, paradójicamente, no le produce la inquietud que había imaginado. Durante años, en otras casas, la sensación de ser observada a veces la ha llevado a caminar con el corazón en la boca hacia la salida, ahora este niño la mira sin pestañear y ella no siente ningún temor, solo un vago rechazo por sus privilegios.

   —¿Qué quieres? —le dice. Y como el niño no contesta, vuelve a preguntarle, casi de mal humor—: ¿Qué quieres?

   Entonces él hace ademán de levantarse y ella da un paso atrás. Todavía tiene en las manos los guantes de goma con los que ha repasado la cocina y eso le da un aspecto entre oficinista y empleada del hogar que hace sonreír al niño, o eso le parece a ella.

   —Escucha —continúa un poco absurdamente, como si hablara a un perro—, no puedes estar aquí, ¿entiendes? Van a venir unas personas.

   Piensa que tal vez, aunque lo está viendo, la distancia entre los dos es infinita, y eso le produce cierto alivio. Hay tantas formas de no responsabilizarse que esa no parece la peor de todas. Y sin embargo el niño sí reacciona. Se incorpora y alza la mano para despedirse. Ella hace lo mismo. Y en ese último instante, en el breve intervalo en que se da la vuelta y sale hacia el pasillo y ya no lo ve más, a ella le parece que en ese cuerpo diminuto hay una angustia animal, una angustia casi insoportable.

ANDRÉS BARBA - "El último día de la vida anterior" - (2023)


Imágenes: Lene Kilde

miércoles, 14 de enero de 2026

¿POR QUÉ ESTÁ SENTADO CON LA GENTE DE COLOR?

 



En un rincón alejado de la plaza, los negros estaban sentados en silencio bajo el sol comiendo sardinas y galletas saladas, entre los aromas, más intensos, de Nehi-Cola. El señor Dolphus Raymond estaba sentado con ellos.

   —Jem —dijo Dill—, está bebiendo de una bolsa.

   Efectivamente, el señor Dolphus Raymond parecía estar haciendo eso: dos pajitas amarillas iban desde su boca hasta las profundidades de una bolsa de papel marrón.

   —Nunca había visto a nadie hacer eso —murmuró Dill—. ¿Cómo no se le cae lo que hay dentro?

   —Dentro tiene una botella de Coca-Cola llena de whisky —se rio Jem. Lo hace para no alarmar a las señoras. Le verás dando sorbos toda la tarde, se irá durante un rato y volverá a llenarla.

   —¿Por qué está sentado con la gente de color?

   —Siempre lo hace. Le caen mejor que nosotros, creo. Vive solo cerca de los límites del condado. Tiene una mujer de color y muchos hijos mestizos. Te enseñaré a alguno de ellos si los vemos.

   —Él no parece gentuza —dijo Dill.

   —No lo es. Es dueño de toda una ribera del río, y proviene de una familia verdaderamente antigua.



   —Entonces, ¿por qué hace eso?

   —Así es él —dijo Jem—. Dicen que nunca se recuperó de su boda. Iba a casarse con una de las señoritas de los… los Spender, creo. Iban a celebrar una gran boda, pero no lo hicieron… Después del ensayo, la novia subió a su cuarto y se voló la cabeza. Con una escopeta. Apretó el gatillo con los dedos del pie.

   —¿Y llegaron a saber por qué?

   —No —dijo Jem—, nadie llegó a saber el motivo salvo el señor Dolphus. Dicen que fue porque ella descubrió que tenía una mujer de color, y él pensaba que podría seguir con ella y también casarse. Desde entonces ha estado medio borracho. Sin embargo, es muy bueno con esos niños…

   —Jem —le pregunté—, ¿qué es un niño mestizo?

   —Mitad blanco y mitad de color. Tú los has visto, Scout. Ya conoces a ese de pelo rojizo y rizado que reparte para la droguería. Es mitad blanco. Son realmente tristes.

   —¿Tristes? ¿Y eso?

   —No pertenecen a ninguna parte. La gente de color no los quiere porque son medio blancos; la gente blanca no los quiere porque son de color, de modo que están entre medias y no pertenecen a ninguna parte.



   Dicen que el señor Dolphus envió a dos al norte, porque allí no les importa. Un niño pequeño, cogido de la mano de una mujer negra, caminaba hacia nosotros. A mí me parecía totalmente negro: era de un intenso color chocolate, tenía la nariz ancha y hermosos dientes. A veces daba saltos alegremente, y la mujer negra tiraba de su mano para que se estuviera quieto.

   Jem esperó hasta que hubieron pasado.

   —Ese es uno de esos pequeños —dijo.

   —¿Cómo puedes saberlo? —preguntó Dill—. A mí me parece negro.

   —A veces no se puede saber, no a menos que sepas quiénes son. Pero él es mitad Raymond, seguro.

   —Pero ¿cómo puedes saberlo? —insistí.

   —Ya te lo he dicho, Scout, tienes que saber quiénes son.

   —¿Y cómo sabes que nosotros no somos negros?

   —El tío Jack Finch dice que en realidad no lo sabemos. Dice que hasta donde ha podido rastrear a los Finch, no lo somos, pero, que por lo que él sabe, bien podríamos provenir directamente de Etiopía en tiempos del Antiguo Testamento.

   —Bueno, si provenimos del Antiguo Testamento, ha pasado ya mucho tiempo y no importa.

   —Eso pensé yo —dijo Jem—, pero por aquí, cuando tienes una gota de sangre negra, eso te hace completamente negro. Eh, mirad…

HARPER LEE - "Matar a un ruiseñor" - (1960)


Imágenes: CreativeSoul Photography

domingo, 11 de enero de 2026

QUE LLUEVE DE LAO Y LLUEVE P'ARRIBA



 Y ahora paseo por aquí por el pueblo y ni m’atrevo a preguntar «¿viste a Mariuca?» o «¿viste a la cría?», por miedo a que me digan «qué va». Paseo por aquí por el pueblo con la que está cayendo pero to dios está paseando. Caminamos por la plaza del ayuntamiento, cuando llueve. Caminamos pa comprar fruta, hacia la bodeguca, caminamos incluso por la playuca de la ría con los perros, que ai queda siempre arena pa caminar sea cual sea la marea. Caminamos cuando llueve porque cuándo caminaríamos si no. He oído decir, lo dicen los que vienen de la meseta, que aquí la gente es dura y es fría pero sobre to que es dura, como las rocas, como las rocas que aguantan el romper de las olas y que por eso se vuelven cortantes. Cagondios, que si ellos están de buen humor na más es porque están de vacaciones. Habría que verlos en sus casas. Además, yo creo que no tiene na que ver con el mar, sino con la lluvia. Míranos, tos por las calles, tos caminando, tos en sus praos aunque esté lloviendo, sin paraguas, sin katiuskas. Porque somos más duras las personas en el norte que la hostia, dicen, y eso no s’hace a base de tormentas ni chaparrones. Eso es esta lluvia, que llueve de lao y llueve p’arriba y esta puta lluvia, pocuco a pocuco, que se va metiendo hasta los huesos pa encharcarlos, que te empoza hasta las tripas y entonces luego caminas y ya ni te enteras. Ni te enteras que está lloviendo hasta que para. Y como si eso iría a pasar algún día.

   Eso sí.

   Las gentes del norte igual no s’enteran que van empapadas, pero las caladuras en los otros sí que las ven, sí. Y no dejan de señalarlas. Si es que tócate los huevos.

   No es que seamos duras, las personas d’estos pueblucos, es más bien que nos llovió demasiao y siquiera nos dimos cuenta. Que dicen que en otros sitios las gentes s’enteran de la lluvia mucho antes de que llueva. Que lo sienten en la rodilla o en el codo.

   Cagondios.

   Pos aquí al Viejo le está doliendo to el puto día el codo y la rodilla y la madre que lo parió, y no s’entera de la lluvia ni cuando le cae com’un juramento en la cabeza.

LUIS MARIO - "Calabobos" - (2025)


Imágenes: Jacques Raymond Brascassat

jueves, 8 de enero de 2026

LA CARNE DE CRISTIANO ME PODÍA CAER PESADA

 



Me llamo Juan Domingo Benjamín. Juan Domingo, por ser ahijado de Juan Domingo Perón, que fue tres veces presidente de la Argentina. Y Benjamín por ser el menor de mis hermanos.

   Benjamín es nombre de hijo menor. Yo digo: si mis padres me pusieron así es porque ya habían decidido que no iban a tener más hijos. Entonces ¿no podían haberlo decidido antes de tenerme a mí? Como séptimo hijo varón, mi vida no fue fácil.

   Por ejemplo, fue un problema tener de padrino a Perón, un presidente argentino al que muchos querían y muchos odiaban. Una ley nacional decía que el séptimo hijo varón tenía que ser ahijado del presidente, para que no lo trataran mal por lobisón. Pero mi familia era antiperonista. En el fondo, todos hubieran preferido que me convirtiera en lobo las noches de luna llena y no que me llamara Juan Domingo.

   Lo más triste es que yo me convertía en lobo de todas maneras. No exactamente en lobo, sino en un perro negro y enorme, siempre muerto de hambre. En realidad, tampoco era en las noches de luna llena, sino todos los viernes a la noche y algunos martes.



   Dice mamá que cuando era bebé me convertía en un cachorro peludito, suave y muy cariñoso, y con un poco de carne picada me calmaba, aunque no fuera carne humana. Todos tenían la esperanza de que criándome así, domesticado, de grande me iba a conformar con cualquier cosita que encontrara en la heladera.

   Pero a partir de los diez años las noches de los viernes ya empezaron a ser un desastre. Ustedes tienen que entender que un lobisón es un bicho de campo. Vivir en la ciudad era para mí un motivo de tortura constante. Mamá había dispuesto que mis tres hermanos mayores tenían que turnarse para cuidarme y asegurarse de que no me pasara nada cuando andaba por ahí.

   Ahora, imagínense lo que debe haber sido para un muchacho de dieciocho o veinte años, que hubiera querido ir al cine con la novia o salir a bailar, tener que pasarse la noche del viernes corriendo detrás de su hermanito lobisón. Lo más natural hubiera sido que me odiaran y así pasó con Ariel y Marcos. En cambio siempre me llevé muy bien con Jonathan, que le encontró la vuelta al asunto de mis transformaciones y llegó a divertirse mucho conmigo en las correrías de los viernes.



   Vivir conmigo en la ciudad era un problema constante para todos, pero papá no quería mudarse porque trabajaba en la construcción. «Si nos vamos a las afueras, me voy a tener que pasar la mitad del día arriba del auto», decía cuando mamá insinuaba que la familia podía vivir en el campo mientras él trabajaba en la ciudad.

   Mientras tanto para mí era un problema tremendo el asunto de los cementerios. Los lobisones somos mansitos y nunca atacamos a la gente. Pero no nos queda más remedio, cuando somos perro, que alimentarnos de dos cosas: carne humana y caca de gallina. Yo sé que para la gente común suena repugnante, pero después de todo es una costumbre bastante inofensiva. Por eso en el campo se escuchan tantas historias de lobisones rondando los gallineros o el cementerio.

   Como nuestra familia es judía, mamá, que no quería verse en problemas, les había aclarado muy bien a mis hermanos que no me dejaran meterme en cementerios católicos. Yo creo que un poco por protegerme, un poco porque consideraba que lo correcto era que cada uno se dedicara a lo suyo, y otro poco, porque pensaba que la carne de cristiano me podía caer pesada. En fin, todo el mundo tiene sus prejuicios.

ANA MARÍA SHUA - "Contra el tiempo" - (2013)


Imágenes: Kendra Haste

lunes, 5 de enero de 2026

HASTA QUE LLEGÓ LA PANDEMIA

 



Y bueno, Juli quería que, si le pasaba algo, yo viniera a verte. Le pasó, y acá estoy. Somos vecinas de puertas contiguas. Muy buenas vecinas. Nos conocimos el día en que se mudó al edificio, se equivocó de puerta y quiso meter las llaves en la mía. Me pegué un susto tremebundo. Casi le parto una silla en la cabeza. Después nos reímos. Yo al principio le tenía idea, porque por ese departamento habían pasado muchas chicas, vos me entendés, y duraban poco. No es que yo tuviera prejuicio alguno, para mí el trabajo que sea es tan honrado como cualquier otro. Y tampoco es que entraran muchos hombres al edificio, sino más bien que ellas salían. Pero cuando te encariñabas, se iban. Así que yo las prefería lejos. Hasta que llegó la pandemia y ahí la soledad nos pegó a las dos; un día me tocó el timbre para pedirme fósforos, otro día yo le golpeé la puerta para pedirle que me trajera algo de la farmacia. Así fuimos entrando en confianza. Y ya después nos veíamos con cualquier excusa; con barbijo, distancia, ventanas abiertas, porque ella tenía miedo de contagiarme. Juli un poco salía y un poco entraban también, te soy franca, porque los hombres con poder siempre encontraban excepciones al aislamiento.



   No te lo tengo que contar a vos, sos periodista, qué te voy a decir yo que no sepas de cómo se manejan algunos en este país. Fue un tiempo difícil el del covid, y nos sostuvimos entre las dos. Ella me asistía con las compras afuera de casa, yo la asistía con la comida adentro. Y la compañía. Nos hacíamos linda compañía, eso fue fundamental para subsistir. Juliana extrañaba mucho a su mamá, ¿sabés? Está en un geriátrico, una pena, porque tan vieja no es, debe ser más joven que yo, pero dada su condición tenía que estar cuidada las veinticuatro horas del día. Alzheimer o demencia senil precoz, nunca supe bien qué. Y Juli trabajaba mucho. En la pandemia casi no se pudieron ver, eso le dolió profundamente, la entristeció. Tenía un amigo que cada tanto le conseguía permisos de visita, algo medio trucho, y ella tampoco quería abusar. Bueno, no te quiero robar más tiempo, sé que sos una persona ocupada. Tengo algo para vos. Tu hermana me dijo que si le pasaba algo te buscara y te lo diera. Por eso estoy acá, cumpliendo con mi palabra.

CLAUDIA PIÑEIRO - "La muerte ajena" - (2025)


Imágenes: Rafael Gonzales Jr.