Citas con los libros.

Desapegos y otras ocupaciones.

domingo, 6 de septiembre de 2026

EL LOMO SE HALLABA ERIZADO POR INFINIDAD DE ARPONES

 



Momentos después de que la niebla bañara el Nimrod, Henry Wriothesley, Shakespeare y otros miembros destacados del pasaje se reunieron con el capitán junto a la caña del timón. Las nubes seguían cubriendo el cielo, sin que hubiera cambios en ellas.

   Al frente del grupo se hallaba William Stanley, sexto conde de Derby, hijo de Lady Margaret Clifford —que hasta su muerte había aspirado a suceder a la reina Isabel— y principal dignatario de la misión diplomática. Stanley había sido escogido para el cargo por su experiencia como viajero por Europa y África y su participación en otra misión similar, en aquel caso ante Enrique III de Francia. A pesar de haber cumplido los cuarenta, se mantenía en forma; presumía de pesar lo mismo que veinte años atrás, cuando partió de Inglaterra por primera vez. Era fácil distinguirlo cuando ponía el pie en cubierta, por su afición a los jubones de color escarlata y la insistencia con que preguntaba a otros pasajeros si deseaban cruzar amigablemente sus espadas con la suya. En el Nimrod se sentía enjaulado y siempre buscaba una ocasión de ejercitarse.

   En la travesía a Dinamarca lo acompañaba, sin despegarse de él en ningún momento, su criado; aunque eran muchos a bordo los que sospechaban que bajo aquellas ropas masculinas se escondía en realidad la última amante de Stanley, llevada para servirle de entretenimiento durante el viaje. Basándose en su experiencia, Shakespeare podría jurar que las nalgas ocultas tras aquellas calzas no tenían nada de varoniles.



   A la pregunta de qué iban a hacer a continuación, el capitán respondió que, mientras no regresara el viento, la única alternativa era esperar.

   Acababa de pronunciar estas palabras cuando les sorprendió un estampido a popa, como si un cuerpo de gran tamaño hubiera caído al agua. Se volvieron a tiempo de ver una columna de espuma que se alzaba a media milla de distancia. El contramaestre preguntó a gritos al grumete subido a la cofa qué era lo que veía. Después de un tiempo que a todos les pareció innecesariamente prolongado, el grumete respondió que se trataba de una ballena. El capitán, para quien un encuentro con una ballena distaba de ser un hecho notable, intercambió unas palabras indiferentes con el piloto y se encaminó a su camarote. Pero apenas había avanzado unos pasos cuando dio media vuelta y volvió junto a la borda con expresión perpleja. Este cambio de actitud sorprendió al piloto, que le preguntó, bajando la voz, si todo se hallaba en orden. El capitán, con la vista fija en el mar respondió:

   Ahora lo veremos.



   Los pasajeros se apelotonaron contra la borda. Al principio no alcanzaron a ver nada, pero pronto distinguieron una cuña de espuma que surcaba la superficie, y en su vértice una giba que subía y bajaba, gris parduzca, el lomo de la ballena. La cuña avanzaba hacia el Nimrod.

   A medida que se aproximaba sin variar su rumbo y aumentaban las exclamaciones de asombro de los pasajeros, creció el número de personas asomadas a la borda. Cuando el leviatán parecía a punto de embestir la popa del galeón, frenó su marcha y se desvió para desfilar junto al costado de estribor, a un cable de distancia de la nave, permitiendo que todos lo contemplaran en detalle.

   Medía más de noventa pies, desde el morro hasta el extremo de su gran cola plana; casi un tercio de esa longitud lo abarcaba la pesada cabeza rectangular, coronada por el espiráculo.

   Era un ejemplar de avanzada edad; la piel de su espalda estaba arrugada y descolorida, salpicada de abundantes marcas circulares, como las que dejaría una potente ventosa.

   El lomo se hallaba erizado por infinidad de arpones, muchos de ellos retorcidos como sacacorchos. Algunos colgaban flojos, a punto de desprenderse. Debían de llevar largo tiempo allí clavados, pues la carne alrededor del hierro estaba ulcerada. Varios arpones arrastraban restos de cabo. Otros llevaban tras de sí algo más.

JON BILBAO - "Shakespeare y la ballena blanca" - (2013)


Imágenes: Jono Allen

jueves, 3 de septiembre de 2026

FUE ENTONCES CUANDO LA CHICA SE CONVIRTIÓ EN UN FANTASMA

 



Fue entonces cuando la chica se convirtió en un fantasma. No en una de esas presencias que menean cuadros y hacen saltar el tostador en mitad de la noche, más bien en un fantasma lesionado, un espectro inmóvil que se arrebujaba en el sofá y miraba a través de los muebles y las paredes sin llegar a ver nada excepto su pena.

   Una noche, insomne, encendió la cadena local. Quería saberlo todo sobre la mujer desaparecida, recabar información, pero las palabras de la compañera de la tienda —ahora se refería a ella como la idiota— se le habían quedado a vivir en los oídos, atascadas entre el yunque y el martillo. Las escuchaba en cuanto la imagen del lago Milagro llenaba de sopetón la pantalla, y se obligaba a apagar la tele antes de volverse loca. Luego tenía sueños protagonizados por la mujer desaparecida —Ángela Wisniéwska, Wisniewská, repetía sin saber dónde colocar el acento—, cuyo aspecto, al margen de aquella pierna atrofiada, ni siquiera recordaba: en unos sueños era elegante como una actriz de los años cincuenta y caminaba apoyada en un bastón por la pasarela del lago, embutida en una falda de tubo y una chaqueta cruzada, algo que nadie en su sano juicio se pondría para pasear por allí; en otros se trataba de una señora apresurada, con zapatos ortopédicos y pasitos cortos, empeñada en llegar a un destino que —oh— nunca alcanzaría.



  A veces una gran ola brotaba del agua calma del lago y se tragaba a la mujer; otras, la propia Ángela Wisniewska se agachaba y reptaba, palpando el pasto, hasta hallar una fisura por la que meterse debajo de la tierra, que luego latía y temblaba como si la masticara. Casi siempre, una inmensa criatura de piel grisácea emergía del agua estancada de las orillas y engullía a Ángela, y luego el lago se teñía de rojo y unas cuantas burbujas anunciaban su fin.

   La chica emergía de estos sueños empapada en sudor y ahí acababa su supuesto descanso y comenzaba su vigilia, siempre alerta y a la vez adormilada, incapaz de hilar más de dos frases sin bostezar.

   La Madre, por su parte, se hizo experta en el silencio. Preparaba el desayuno sin hacer un solo ruido: prescindía del tostador para evitar el salto de las rebanadas desde la rejilla, usaba una pequeña sartén pulida y una espátula de madera que eludía cualquier chirrido. Caminaba de puntillas y respiraba imperceptiblemente, como si estuviera en busca y captura y un alma caritativa la hubiera escondido en un desván.



  Se aguantaba el pis para que el chorro no quebrara el mutismo doméstico. Se recogía el moño con cuidado, preocupada de que la pinza de plástico pudiera caer al suelo y el sonido del impacto interrumpiera el escaso sueño de la chica, a la que escuchaba rondar por la casa y trajinar hasta las tres o las cuatro de la madrugada. Abría cajones, encendía y apagaba la televisión como presa de una epilepsia, sollozaba y se sonaba los mocos con furia.

   —Parece que quieras echar el cerebro por la nariz —le dijo una vez la Madre.

   —Ojalá —contestó lacónica la chica.

   Además, la chica salía al patio y entraba en el despacho del padre, una construcción prefabricada, más pequeña, situada junto a la valla. Luego volvía a la casa; sollozaba de nuevo, llenaba el salón de tazas usadas y pañuelos de papel manchados de lágrimas. La Madre se levantaba de vez en cuando y le ofrecía tilas, hasta unas pastillas naturales para conciliar el sueño que había comprado para ella en un herbolario.

   La chica las rechazaba, terca.

   —No intentes cambiarme —le decía.

MARÍA BASTARÓS  - "Criaturita" - (2025)


Imágenes: Kelogsloops

lunes, 31 de agosto de 2026

LAS "PERSONAS NORMALES" NO EXISTÍAN




 Según le dictaba su propia experiencia como psiquiatra, la categoría «personas normales» era una falacia. Las «personas normales» no existían. Nunca habían existido. Ni antes ni después de la guerra. En todo caso, había dos clases de seres: los que prevalecían sobre sus demonios, encerrándolos bajo siete llaves en las regiones más remotas de sus psiquis, y aquellos que terminaban por ceder a su influjo. Las situaciones extremas —un hecho en apariencia anodino, una tragedia personal o, por caso, un holocausto como el que recientemente había sacudido al mundo, horadando los cimientos de supuestas sociedades civilizadas— favorecían el desmoronamiento de esa fachada de normalidad debajo de la cual maduraba otro, un parásito en estado larval. Pierce solía referirse a la guerra como «La gran cerrajera del abismo». Desde aquella noche en la que Anne le había mostrado por primera vez las ilustraciones de Alicia en el país de las maravillas realizadas por John Tenniel, Pierce ya no lograba representársela como un dios griego o romano —armado de yelmo, lanza y escudo—, sino más bien como una niña de bucles y ojos alucinados que, con un tintineante manojo de llavecitas, iba abriendo las recámaras mentales que mantenían encerradas vociferantes legiones de demonios.

DIEGO MUZZIO - "El ojo de Goliat" - (2024)


Imágenes: John Tenniel

viernes, 28 de agosto de 2026

CADA RINCÓN ERA UN EXTRAÑAMIENTO

 



Los amigos no me dejaron volver a casa durante muchos días pero tarde o temprano tenía que suceder y el piso entero era una gran pregunta, cada objeto me miraba espantadísimo de ausencia y cada rincón era un extrañamiento, nada de aquello tenía derecho a existir sin André, era necesario revelar a cada cojín que de ahí en adelante ya no existiría su abrazo, a las toallas, a las sábanas, era necesario explicárselo a nuestras bebidas guardadas, era necesario que yo me quedara paralizada al descubrir nuevos detalles de André, detalles que me asaltaban, André muerto de repente y revelándome una obsesión por acumular pasta de dientes, por guardar calcetines dentro de los zapatos, es menester que el apartamento muera con él, no se puede permitir que sobreviva porque todo adquiere un aire fantasmagórico, las paredes, las escuadras, yo, el vértigo de las ventanas las plantas deshojadas los tallos encrespados los tiestos agrietados deshaciéndose en avalanchas de tierra seca. La espalda de su camisa vestida sobre los hombros de la silla.



   El apartamento y yo tuvimos que presentarnos de nuevo, esta soy yo, soy yo sin André, ya, yo tampoco me reconozco, no sé cómo será, y tú también estás distinto, ya no tienes música, los culantrillos no han resistido, tienen muchas manías, lo siento mucho, no se me dan bien, él nunca me explicó lo que necesitaban. Conversé con el apartamento, el sol del salón calentando la mitad de mi rostro, yo me llamo Ana, si haces el esfuerzo te acordarás de mí, querido hogar, yo solía reír mientras me duchaba, ¿te acuerdas? Me ponía más champú de la cuenta en la mano y apretaba el bote encima del excedente para que hiciera vacío y lo absorbiera, y a mí eso me parecía la bomba, siento mucho no estar sabiendo vivir en ti, pero mira, tú tampoco me estás ayudando, esa corriente que de pronto vuelca un vaso de encima del fregadero, el alboroto como metralla dentro de mi soledad, como si pudiera haber alguien en la cocina, no debes hacer esos simulacros, el ascensor vacío no puede pararse en esta planta como si fuera André llegando, tienes que dejar de abrir en mi mesilla de noche los libros que él subrayó, no puedes matar una por una las plantas que no saben vivir sin él, tenemos que aprender, ¿entiendes?

MARIANA SALOMAO CARRARA - "Si no fuera por las sílabas de los sábados" - (2022)


Imágenes: Kenny Harris

martes, 25 de agosto de 2026

COMO UN TIGRE SIN HAMBRE



Ella entró así, entonces, atraída por esa música que era como una catedral hecha de descartes atraídos a su vez por una mosca. La vi entrar y me pasó lo que a tanto negro: me gustó por alta, por rubia, por musculosa, por llevar la ropa de lino con la elegancia con la que Aquiles llevaría la bandera griega cabalgando una yegua negra acerada a la orilla del mar azul profundo de Troya, quiero decir que me gustó y se me armó de atardecer en el mar con poema rosa y con música de fondo, con otra, no con la de la catedral-mosca, con una música de esas que ponen en las comedias románticas cuando lo que se va a precipitar es un intercambio de fluidos cuya inminencia seguramente se venía sosteniendo o más bien inflando capítulos y capítulos como un globo cada vez más lleno de flujos con ganas de estallar mezclados: le flameaban las pilchas de lino a la chica y ella avanzaba ligera y fuerte, como un tanque ultraliviano, como un tigre sin hambre, como una Napoleona de vacaciones en Cancún, como Walt Disney navegando hacia un glaciar, como un misil que atraviesa la atmósfera certero pero apenas arañándola como si fuera un barquito y no un arma de destrucción masiva. Algo de eso tenía Elena: algo de barquito de papel con torpedera. Para mí, claro, que podría decirse que me enamoré en cuanto la vi. Y no solo para mí, para muchos que no se le enamoraban también pero de eso voy a hablar después.

GABRIELA CABEZÓN CÁMARA - "Romance de la negra rubia" - (2014)


Imágenes: Patrick Cabral

sábado, 22 de agosto de 2026

ELLOS NO ADVIRTIERON NADA EXTRAÑO



Mientras regreso a la cama, los miro alternativamente, pero soy incapaz de descifrarlos.

   —¿El senador está fuera? —pregunto.

   —Anna, el senador no es un problema —contesta Hollinger en tono paternalista. Aparta la vista de la ventana y me mira largamente, como si quisiera decirme algo que no puede—. Voy a hablarte de lo que sucedió esa noche.

   Asiento, sin entender realmente a qué se refiere con esa noche.

   —Todo irá bien —me anima la doctora Katz.

   Hollinger inspira profundamente antes de empezar.

   —Oliver Cohen, el hijo del senador Cohen, era tu novio. Te invitó una noche a la casa de la familia, donde ocurrió la tragedia que le costó la vida. El senador y su esposa tenían un compromiso, así que se despidieron de vosotros y os dejaron solos. Ellos no advirtieron nada extraño, al igual que el resto de las personas que te vieron ese día. El consenso general es que erais una pareja que no discutía ni tenía mayores problemas; os conocíais desde hacía menos de un año, así que es probable que todavía no hubiera tensiones entre vosotros.

   Mientras el comisario habla, repito en mi cabeza el nombre de Oliver Cohen una y otra vez. No hay ningún rostro asociado a ese nombre, ni recuerdo alguno. Nada.

   —¿Qué sucedió?

   —La casa de la familia Cohen tiene un sistema de cámaras, así que las pruebas eran muy claras. Estabais en la cocina. A Oliver Cohen le gustaba cocinar y esa noche te preparó tu comida favorita. Tú estabas sentada en la isla, donde había una botella de vino que os bebisteis casi completamente.



   —Lasaña —digo de repente.

   Hollinger y la doctora Katz se miran.

   —Lasaña es mi comida favorita.

   —Exacto —dice Hollinger—. La lasaña ya estaba en el horno y Oliver Cohen fue hasta donde tú estabas sentada y empezó a besarte. Primero en la boca, después en el cuello. No sabemos si él te dijo algo al oído, pero lo que se observa en la grabación es cómo en ese momento tú tenías los ojos cerrados y de repente los abres, sobresaltada. A continuación cogiste un cuchillo del soporte que estaba a tu lado.

   Un escalofrío me recorre el cuerpo.

   —¿Lo maté?

   Hollinger suspira.

   —Me temo que sobre eso no hay duda —dice el comisario—. Lo apuñalaste primero en el costado y luego repetidas veces cuando él cayó al suelo. Parecías bajo algún tipo de emoción violenta. No sabemos qué lo desencadenó. Diez minutos después saliste de la casa, manchada de sangre y en estado de shock. Una vecina te asistió y avisó a la policía.

   —No puede ser —digo—. Tiene que haber una explicación. Tuvo que haberme hecho algo antes, tengo golpes en el cuerpo.

   Exhibo mis brazos a modo de prueba.

   Otra vez las miradas suspicaces.

   —¡¿Qué?! —digo levantando el tono de voz—. ¿Doctora?

   —Anna, eso sucedió hace poco más de dos años —dice la doctora Katz con calma—. Estamos en el año dos mil veintidós.

FEDERICO AXAT - "El día de mi muerte" - (2025)


Imágenes: Francesco Pirazzi

miércoles, 19 de agosto de 2026

MEZCLA DE MARAVILLA Y PRESENCIA INEXPLICABLE



 Había llegado a Stanford después de que las olas de su novela debut la arrojaran a las playas de cierto prestigio impetuoso, en un momento en el que ser “mujer y de color” constituía, en el vademécum del racismo bondadoso de Estados Unidos, una forma de capital. Las universidades compartían valores esenciales con los zoológicos clásicos, donde la diversidad marcaba su atracción y prestigio; en su rol de latina sobreeducada en plena administración Trump, Mona experimentaba su sereno cautiverio como una forma de libertad. A todos los doctorandos se les preguntaba, al ingresar, por su ethnicity: Mona había clickeado, debajo de Hispánica, Indígena y debajo había tipeado Inca, pensando que anclar su persona a un brutal y exquisito imperio del que tan poco se sabía era el antifaz ideal para el baile de máscaras tribales de la universidad. Aunque había nacido en Perú, en cualquier otra circunstancia le hubiera parecido delirante asumirse de ascendencia incaica, así como tampoco hubiera dicho de sí misma, antes de llegar a Estados Unidos, que era una “persona de color”.



  Tenía el glamour de ser un animalito en extinción, como si su misterioso ADN fuera una lujosa diadema nacarada y la universidades elite fueran arcas masivas navegando el diluvio de Estados Unidos, llevando heroicas su misión de albergar dos de cada, aunque en rigor Mona se sentía más bien una sirena, mezcla de maravilla y presencia inexplicable cuyo destino real era vivir bajo el agua, flotando junto a los muertos. Por lo demás, no podía evitar sentirse una observadora
externa, una sirena turista: todo el asunto le parecía una burocracia más o menos pintoresca, y la elección de subtipos raciales debajo de hispánica era obligatoria.

POLA OLOIXARAC - "Mona" - (2019)


Imágenes: Alejandro Aguilar Canela