Las dos personas que estaban bajo el árbol hacían ruidos furiosos como si se pelearan. En particular la mujer gorda gritaba ahora como una lechuza y Lok oía que Tuami jadeaba como un hombre que lucha con un animal y no cree que vencerá. Los miró y vio que Tuami no sólo estaba acostado con la mujer gorda, sino que además la comía, pues del lóbulo de la oreja de ella manaba una sangre negra.
Lok se sintió excitado. Tendió una mano y la puso sobre Fa, pero ella sólo tuvo que volver hacia él unos ojos de piedra para que inmediatamente quedase envuelta en aquella misma sensación incomprensible, aquella sensación peor que la de Oa y que Lok reconocía pero no podía entender. Se apresuró a retirar la mano del cuerpo de Fa y abrió de nuevo las hojas para mirar el fuego y el claro. La mayoría de la gente había entrado en las cuevas. Del anciano sólo se veían los pies, apoyados en los lados del tronco hueco. El hombre que se había arrastrado alrededor del fuego estaba tendido de bruces entre las piedras redondas que contenían el agua de abejas, y el cazador que hacía la guardia seguía en pie junto a la cerca de espinos apoyado en un palo. Mientras Lok lo observaba ese hombre comenzó a dejarse caer hasta que quedó tendido e inmóvil cerca de los espinos, y la luz de la luna se le reflejó débilmente en la piel desnuda. Tanakil había desaparecido y las mujeres arrugadas también; el claro era poco más que un espacio alrededor de un montón de madera rojiza.
Lok se volvió y miró a Tuami y la mujer gorda, quienes habían llegado a la culminación de la lucha y en aquel momento estaban inmóviles, y los cuerpos brillantes de sudor olían a carne y a miel de las piedras. Lok miró a Fa, que seguía silenciosa y terrible y contemplaba una imagen que no estaba en la oscuridad de la hiedra. Lok bajó la vista y automáticamente se puso a palpar la madera podrida en busca de comida. Pero de pronto descubrió su sed, y una vez descubierta ya no podía ignorarla. Impaciente, volvió a mirar a Tuami y la mujer gorda, pues de todos los acontecimientos pasmosos e inexplicables que se habían producido en el claro ellos eran el más comprensible y al mismo tiempo el más interesante.
La batalla feroz y como de lobos había terminado. Al parecer no sólo se habían acostado juntos; habían luchado entre ellos y se habían devorado mutuamente, pues había sangre en la cara de la mujer y en la espalda del hombre. Ahora, terminada la pelea y restablecida entre ellos la paz, o lo que fuera, jugaban juntos. El juego era complicado y absorbente. No había animal en la montaña o la llanura, ni criatura en los matorrales y el bosque bastante flexible y hábil y con la sutileza y la imaginación necesarias para inventar juegos como aquéllos, ni con el ocio y la vigilia imprescindibles para jugarlos. Perseguían el placer como los lobos persiguen a los caballos; parecían seguir las huellas de la presa invisible, escuchar con la cabeza inclinada y el rostro concentrado y retirarse a la luz pálida de los primeros pasos de un acercamiento secreto. Jugaban con el placer cuando lo alcanzaban como juega una zorra con un pájaro gordo, aplazando la muerte de la presa para gozar doblemente del placer de comérsela. Guardaban silencio aparte de los gruñidos y jadeos y un gorgoteo ocasional de risa oculta de la mujer gorda.
WILLIAM GOLDING - "Los herederos" - (1955)























