Citas con los libros.

Desapegos y otras ocupaciones.

jueves, 3 de abril de 2025

ALICIA NO VOLVIÓ A HABLAR

 


Alicia Berenson tenía treinta y tres años cuando mató a su marido.

   Llevaban siete casados. Ambos eran artistas: Alicia era pintora, y Gabriel, un fotógrafo de moda muy conocido. Él tenía un estilo característico, fotografiaba a mujeres medio anoréxicas y medio desnudas desde ángulos extraños y nada favorecedores. Desde su muerte, el precio de sus fotografías ha aumentado astronómicamente. A mí su obra me parece ingeniosa pero insustancial, para ser sincero. Carece por completo de la calidad visceral del mejor trabajo de Alicia. Desde luego, no entiendo lo suficiente de arte para decir si Alicia Berenson superará la prueba del tiempo como pintora. Su talento siempre quedará ensombrecido por su leyenda negra, así que es difícil mostrarse objetivo. Y bien podrías acusarme de no ser imparcial. Lo único que puedo ofrecerte es mi opinión, por si sirve de algo, y para mí Alicia era una especie de genio. Más allá de su habilidad técnica, sus cuadros poseen una capacidad asombrosa para atrapar tu atención —casi como si la agarraran de la garganta— y mantenerla atenazada.

   Gabriel Berenson fue asesinado hace seis años. Tenía cuarenta y cuatro. Lo mataron un 25 de agosto. Fue un verano de un calor excepcional, tal vez lo recuerdes, con algunas de las temperaturas más altas jamás registradas. El día en que murió fue el más caluroso del año.



   Su último día de vida, Gabriel se levantó temprano. Un coche fue a recogerlo a las cinco y cuarto de la mañana a la casa que compartía con Alicia en el noroeste de Londres, junto al gran parque de Hampstead Heath, y lo llevó a una sesión fotográfica en Shoreditch. Pasó el día fotografiando a modelos en una azotea para Vogue.

   No se sabe mucho acerca de los movimientos de Alicia. Tenía próxima una exposición e iba algo retrasada con el trabajo. Es probable que pasara el día pintando en el cenador que tenían al fondo del jardín y que ella había reconvertido en estudio hacía poco. Al final, la sesión de Gabriel se alargó y no lo llevaron de vuelta a casa hasta las once de la noche.

   Media hora después, su vecina, Barbie Hellmann, oyó varios disparos. Barbie llamó a la policía, y desde la comisaría de Haverstock Hill enviaron un coche a las 23.35. Llegó a casa de los Berenson en poco menos de tres minutos.

   La puerta de entrada estaba abierta. La casa se encontraba sumida en una oscuridad total; ninguno de los interruptores de la luz funcionaba. Los agentes avanzaron por el pasillo y llegaron al salón. Iluminaron la habitación con sus linternas, de modo que la vieron con haces intermitentes y descubrieron a Alicia junto a la chimenea. Su vestido blanco relucía con un brillo fantasmagórico a la débil luz. No parecía advertir la presencia de la policía. Estaba inmovilizada, paralizada; una estatua esculpida en hielo con una extraña expresión de espanto en el rostro, como si se enfrentara a un terror oculto.



   En el suelo había un arma. Junto a ella, en la penumbra, estaba sentado Gabriel, inmóvil, atado a una silla con un alambre que le rodeaba los tobillos y las muñecas. Al principio los agentes creyeron que estaba vivo. La cabeza le caía un poco ladeada, como si estuviera inconsciente, pero entonces la luz de una linterna reveló que había recibido varios disparos en la cara. Sus apuestos rasgos habían desaparecido para siempre y no habían dejado más que un amasijo calcinado, ennegrecido y sanguinolento. La pared de detrás había quedado rociada de fragmentos de cráneo, cerebro, pelo… y sangre.

   Había sangre por todas partes: salpicaba las paredes, corría por el suelo en oscuros regueros que seguían las vetas de los tablones de madera. Los agentes dieron por hecho que era sangre de Gabriel. Pero había demasiada. Y entonces algo destelló a la luz de la linterna: un cuchillo, en el suelo, a los pies de Alicia. Otro haz de luz mostró la sangre que manchaba su vestido blanco. Un agente le tomó las manos y se las levantó para iluminarlas. Tenía cortes profundos que le cruzaban las venas en las muñecas, cortes recientes que sangraban copiosamente.



   Alicia se resistió a los esfuerzos por salvarle la vida; hicieron falta tres agentes para dominarla. La llevaron al Royal Free Hospital, que estaba a solo unos minutos de allí. Por el camino sufrió un colapso y quedó inconsciente; había perdido mucha sangre, pero sobrevivió.

   Al día siguiente despertó en la cama de una habitación individual del hospital, donde la policía la interrogó en presencia de su abogado. Ella guardó silencio durante toda la entrevista. Tenía los labios pálidos, exangües; se estremecían de vez en cuando, pero no formaban palabras, no emitían sonidos. La mujer no respondió a ninguna pregunta. No podía hablar, no quería. Ni siquiera dijo nada cuando la acusaron del asesinato de Gabriel. Tampoco habló cuando la detuvieron, no quiso negar ni confesar su culpabilidad.

   Alicia no volvió a hablar.

ALEX MICHAELIDIS - "La paciente silenciosa" - (2019)


Imágenes: Mariana Dobreva

martes, 1 de abril de 2025

ESTOY EN CASA, ES DE NOCHE, ALGUIEN GOLPEA LA PUERTA


He llegado a una edad y a un estado en que cada noche antes de acostarme debería lavarme los pies y arreglarme a conciencia por si tuviera que venir a buscarme la ambulancia.

   Si aquella noche hubiera consultado el libro de las efemérides para saber qué sucedía en el cielo, jamás me hubiera ido a acostar. Pero en lugar de eso caí en un sueño profundo, gracias a una infusión de lúpulo que acompañé con dos grageas de valeriana. Por eso, cuando a mitad de la noche me despertaron los golpes en la puerta —violentos y desmesurados, y por lo tanto de mal augurio—, me costó recuperar la conciencia. Salté de la cama y me puse de pie con el cuerpo tembloroso, tambaleante y a medio dormir, incapaz de pasar del sueño a la vigilia. Sentí que me mareaba y di un traspié, como si fuera a desmayarme de un momento a otro —algo que, por desgracia, solía sucederme últimamente y tenía relación con mis dolencias—. Tuve que sentarme y repetir varias veces: «Estoy en casa, es de noche, alguien golpea la puerta», y solo así logré controlarme. Mientras buscaba las zapatillas en la oscuridad oí que la persona que llamaba a la puerta daba la vuelta a la casa y murmuraba algo. Abajo, en el hueco que hay entre los contadores de la luz, guardo una botella de gas paralizante que me dio Dionizy por si me agredían los cazadores furtivos, y justo en aquel momento me acordé de ella. Aunque me hallaba a oscuras conseguí dar con la forma fría y familiar del aerosol, y armada de aquel modo encendí la luz del exterior. Eché un vistazo al porche por la ventanita lateral. La nieve emitió un crujido y en mi campo de visión apareció Pandedios, uno de mis vecinos. Este estrujaba con ambas manos el viejo abrigo de piel de cordero con el cual lo había visto trabajar cerca de mi casa, a fin de que se mantuviera apretado alrededor de su cuerpo. Por debajo de este se veían sus piernas, enfundadas en un pijama a rayas y unas pesadas botas de montaña.



   —Abre —me dijo.

   Sin disimular su extrañeza observó el veraniego traje de lino que yo usaba como pijama (suelo dormir con un traje que el profesor y su esposa pensaban tirar el verano anterior, el cual me recuerda las modas de antes y los años de mi juventud, de manera que sumo lo práctico a lo sentimental) y, sin encomendarse a Dios ni al diablo, entró en mi casa.

   —Vístete, por favor: Pie Grande está muerto.

   La impresión me quitó el habla durante unos segundos; incapaz de decir palabra, cogí unas botas altas para la nieve y me eché encima el primer forro polar que encontré en una de las perchas. Al pasar por el halo de luz de la lámpara del porche, la nieve del exterior se transformaba en una lenta y somnolienta ducha. Pandedios estaba a mi lado en silencio; alto, delgado, huesudo, como una figura esbozada con un par de trazos a lápiz. A cada uno de sus movimientos la nieve caía de él como de un dulce espolvoreado con azúcar glas.

OLGA TOKARCZUK - "Sobre los huesos de los muertos" - (2009)


Imágenes: Erin Mars

domingo, 30 de marzo de 2025

DESPERTANDO



Los centros descentrados.

Los miembros desmembrados.

Los trozos destrozados,

destazados,

troceados,

atrofiados.

.

.

.

Los corazones rotos.

Rompedoramente

estimulados,

destripados,

destapados.

.

.

.

Las manos abiertas.

Las sonrisas despiertas.

Despertando

con los brazos abiertos,

cubiertos

de sargazos de sueños

tatuados de placer.

.

.

.

Movimientos

a ritmo de blues:

azul no triste

(no te despistes...)

Si me lavas a besos

termino antes.

Azul que no existe

ni en tus más locos sueños.

11 -05- 2008



Imágenes: Sam Weber

viernes, 28 de marzo de 2025

ESA MUJER ERA MI MALDICIÓN Y EL AMOR DE MI VIDA


De todas maneras no es así, si empiezo así no se lo voy a contar nunca. La verdad es que me tenía harto. Compraba plantitas y las dejaba sobre mi escritorio, doblaba las páginas de los libros, silbaba. No distinguía a Mozart de Bartók, pero ella silbaba, sobre todo a la mañana, carecía por completo de oído musical pero se levantaba silbando, andaba entre los libros, las macetas y los platos de mi departamento de soltero como una Carmelita descalza y, sin darse cuenta, silbaba una melodía extrañísima, imposible, una cosa inexistente que era como una czarda inventada por ella. Tenía, ¿cómo puedo explicárselo bien?, tenía una alegría monstruosa, algo que me hacía mal. Y, como yo también le hacía mal, cualquiera hubiese adivinado que íbamos a terminar juntos, pegados como lapas, y que aquello iba a ser una catástrofe. ¿Sabe cómo la conocí? Ni usted ni nadie puede imaginarse cómo la conocí. Haciendo pis contra un árbol. Yo era el que hacía pis, naturalmente. Medio borracho y contra un plátano de la calle Virrey Meló. Era de madrugada y ella volvía de alguna parte, qué curioso, nunca le pregunté de dónde.



  Una vez estuve a punto de hacerlo, la última vez, pero me dio miedo. La madrugada del árbol ella llegó sin que yo la oyera caminar, después me di cuenta de que venía descalza, con las sandalias en la mano; pasó a mi lado y, sin mirarme, dijo que el pis es malísimo para las plantitas. En el apuro me mojé todo y, cuando ella entró en su casa, yo, meado y tembloroso, supe que esa mujer era mi maldición y el amor de mi vida. Todo lo que nos va a pasar con una mujer se sabe siempre en el primer minuto. Sin embargo es increíble de qué modo se encadenan las cosas, de qué modo un hombre puede empezar por explicarle a una muchacha que un plátano difícilmente puede ser considerado una plantita, ella simular que no recuerda nada del asunto, decimos señor con alegre ferocidad, como para marcar a fuego la distancia, decir que está apurada o que debe rendir materias, aceptar finalmente un café que dura horas mientras uno se toma cinco ginebras y le cuenta su vida y lo que espera de la vida, pasar de allí, por un laberinto de veredas nocturnas, negativas, hojas doradas, consentimientos y largas escaleras, a meterla por fin en una cama o a ser arrastrado a esa cama por ella, que habrá llegado hasta ahí por otro laberinto personal hecho de otras calles y otros recuerdos, oír que uno es hermoso, y hasta creerlo, decir que ella es todas las mujeres, odiarla, matarla en sueños y verla renacer intacta y descalza entrando en nuestra casa con una abominable maceta de azaleas o comiendo una pastafrola del tamaño de una rueda de carro, para terminar un día diciéndole con odio casi verdadero, con indiferencia casi verdadera, que uno está harto de tanta estupidez y de tanta felicidad de opereta, tratándola de tan puta como cualquier otra.



 Hasta que una noche cerré con toda mi alma la puerta de su departamento de la calle Meló, y oí, pero como si lo oyera por primera vez, un ruido familiar: la reproducción de Carlos el Hechizado que se había venido abajo, se da cuenta, una mujer a la que le gustaba Carlos el Hechizado. Me quedé un momento del otro lado de la puerta, esperando. No pasó nada. Ella esa vez no volvía a poner el cuadro en su sitio: ni siquiera pude imaginármela, más tarde, ordenando las cosas, silbando su czarda inexistente, la que le borraba del corazón cualquier tristeza. Y supe que yo no iba a volver nunca a esa casa. Después, en mi propio departamento, cuando metí una muda de ropa y las cosas de afeitar en un bolso de mano, también sabía, desde hacía horas, que ella tampoco iba a llamarme ni a volver.

ABELARDO CASTILLO - "Las maquinarias de la noche" - (1992)


Imágenes: Dominique Issermann

martes, 25 de marzo de 2025

PREGÚNTALE SI TE AMA COMO ANTES


 
Que pasen dos años. Apáñatelas para que pasen dos años y sigáis juntos. Pensad que la gente envidia vuestra relación y que ningún ser humano se conoce con otro tanto como vosotros. Anímala a que persiga sus sueños y se apunte a clases de teatro. Escúchala mientras te habla de Sófocles, de Bertolt Brecht, de Angélica Liddell, de Stanislavski. Asiste a su primera obra y miéntele diciendo que te ha fascinado y que ha nacido para eso. Tened peleas ocasionales y dramatizadlas para añadirle aún más intensidad e interés a lo que tenéis. Empieza a gestar una intuición de que hay algo que se te escapa de ella. Obcécate con esa intuición e intenta darle forma, explicártela a ti mismo. Obsérvala mientras duerme o está en silencio y sustituye la ternura que antes sentías al hacerlo por un temor a algo abstracto que piensas que amenaza lo que tenéis. Pregúntale si te ama como antes, duda cuando te diga que sí. Sé consciente de que es tu propio temor el que está enfriando las cosas y al mismo tiempo consuélate y convéncete a ti mismo de que ese temor no puede surgir de la nada. Celebrad vuestros veintitrés años yendo irónicamente a Benidorm. Compraos flotadores, bañadores iguales y montaos en un hidropedal.



  Presiónale para que te confiese en qué está pensando. Presiónale tanto y con tanta constancia hasta conseguir que te diga que se siente insatisfecha, que siente que necesita algo más aunque no sepa qué. Llora. Solucionadlo. Tened una breve ilusión de concilio y después volved al conflicto. Llora otra vez. Solucionadlo otra vez. Agótate, agótala. Llegad a la conclusión de que tenéis que dejarlo. Quédate en el sur, deja que se cambie de país. Desdibújate. Sufre. Confía en que ella esté sufriendo. Proyecta su sufrimiento.

   Pasa un año entero preguntándote qué estará haciendo en ese momento. Cada vez que estés sentado en la taza del váter, fantasea con la posibilidad de que ella esté haciendo lo mismo en cualquier otra parte. Niégate que la echas de menos. Reconócetelo algunos días a las cuatro de la mañana. Pregunta por ella a conocidos comunes. Siéntete ridículo y arrepiéntete de haberle pedido que no mantuviéseis ningún contacto cuando rompisteis. Entérate de que es profesora de español en Burdeos y le va bien. Cuestiónate si te va bien a ti. Busca imágenes de Burdeos e imagínatela mirando las columnas griegas en la Casa de las Cariátides o alzando la vista para ver la aguja de Saint Michel.



  Pasa por las cinco etapas del duelo y haz que cada una de ellas coincida con un corte de pelo diferente: melena en la negación, mullet en la ira, rapado en la negociación, seta en la depresión, garçon en la aceptación. Matricúlate en un máster de Recursos Humanos y acábalo. Ten una entrevista de trabajo en la que te describas a ti mismo como una persona proactiva, innovadora, eficaz, creativa y estratégica. Di que no conoces la pereza. Haz que te contraten y a modo de supervivencia identifica a cada uno de tus compañeros con un personaje de The Office. Siéntete realizado, siéntete vacío. Ve quitándole peso al romanticismo y conviértete en una persona más seria, menos ingenua. Deja de escuchar flamenco.

LAURA CHIVITE - "Gente que ríe" - (2022)


Imágenes: Denis Roche

domingo, 23 de marzo de 2025

COMPRENDÍ QUE EL MUNDO ESTÁ MAL, MUY MAL

 


 LUNES. Huelo la depresión como un buitre la carroña. He ahí un hombre deprimido. Se encuentra en la estación de Atocha, en Madrid, a unos pasos de mí, que finjo leer el periódico mientras lo observo. Tiene en los párpados la pesadez que proporciona un cóctel de ansiolíticos. Se ha levantado a las siete de la mañana (ahora son las diez), se ha sentado en el borde de la cama y ha observado el día que tenía por delante como si fuera un túnel negro, negro, negro, cuya luz aparecería al cerrar de nuevo los ojos, por la noche. Lleva un traje gris que se le ha quedado estrecho (está un poco hinchado por la medicación) y sostiene en la mano izquierda (es zurdo) una cartera absurdamente amarilla. El hombre va de un lado a otro sin separarse más de tres o cuatro metros del panel de información, que consulta con ansiedad en cada una de las vueltas, como si no se fiara de él. También mira el reloj cada poco, casi receloso por su modo de dar la hora. Desconfía del reloj, del panel de información y de su propia capacidad para sincronizar los movimientos de su cuerpo y de su mente con los de una realidad que se ha tornado líquida, aunque espesa, como el mercurio, una realidad mercurial. Todo a su alrededor se mueve con la pereza de un metal blando, a punto de fundirse en frío. En esto anuncian la salida de mi tren y abandono el seguimiento.



   MARTES. Regreso de Barcelona, donde he participado en una mesa redonda titulada «Literatura e infierno». El tipo al que se le ocurrió el título nos llevó a cenar después del acto y nos dio su propia conferencia sobre el asunto de la mesa redonda. Se notaba a la legua que estaba deprimido, como el de la estación de Atocha, pero en este caso se trataba de una depresión eufórica, valga la contradicción. Sus invitados lo escuchábamos sin intervenir porque daba un poco de miedo su grado de desesperación. En los postres se vino abajo y nos pidió consejo acerca de su madre, a quien no sabía si ingresar o no ingresar en una residencia. Comprendí que el mundo está mal, muy mal, y me juré (en vano) que el mundo no lograría contagiarme su malestar. En el tren ponen una película sin gracia con la que mi compañero de asiento, sin embargo, se muere de la risa.



   JUEVES. Me deja un mensaje mi psicoanalista. Sigue enferma y tampoco podrá atenderme hoy. Tengo un amigo cuya psicoanalista falleció en mitad del tratamiento. No es lo mismo, pero también molesta, claro. Le resta omnipotencia y yo, hoy por hoy, necesito una psicoanalista omnipotente, como mi madre. Sé que lo analizaremos en la próxima sesión, si no se muere (cruzo los dedos), y que ella me dirá por qué necesito recordar a mi madre como una mujer que todo lo podía. Yo le diré que mi madre lo podía todo y ella me preguntará si estoy seguro de lo que digo y entonces yo diré, al borde de las lágrimas, que no, que en realidad mi madre era muy frágil, pero que reconocerlo me fragiliza a mí. Para sustituir la sesión, me voy al baño turco, donde permanezco más tiempo del aconsejado. El baño turco me trae recuerdos del útero materno.

JUAN JOSÉ MILLÁS - "La vida a ratos" - (2019)


Imágenes: Henrietta Harris

viernes, 21 de marzo de 2025

PENSABA QUE EL CIELO NO ERA PARA MÍ


No estaba cansado, por eso no dormía. A veces sentía ciertos efectos durante el día. Uno o dos mareos, una serie de bostezos o calambres en las pantorrillas. Pero nada que justificara una noche de descanso. Nada en mí necesitaba descansar. Los demás hacían deporte. Iban andando al trabajo. Quedaban con amigos. Almorzaban y cenaban. Hacían senderismo los fines de semana. Se ocupaban de los hijos, que requerían mucha atención. Tenían esposa, a veces más de una. Leían. Sacaban entradas para el teatro. Iban al teatro. Hablaban en abundancia de lo que veían y lo que oían. Solían tener madre, o un padre enfermo en alguna parte. Visitaban a otra gente. Se invitaban unos a otros. Cocinaban. Discutían. Se peleaban. Se guardaban rencor. Se reconciliaban. Compraban teléfonos. Fundas para proteger esos teléfonos. Fundas que podían ser reflejo o al menos expresión de su personalidad: «¡Soy esta funda! ¡Esta funda es divertida como yo! ¡Estas lentejuelas doradas que flotan en el agua de mi funda me representan perfectamente!». Tomaban autobuses para encontrar las fundas adecuadas. Para arreglar los teléfonos estropeados. Hablaban de ello. En el trabajo. En el autobús. En las cenas. A sus esposas. Antes de dormirse por fin. En sus sueños.



   Se cansaban.

   Yo me levantaba de noche, iba a la cocina y esperaba a que amaneciera, como algunos solitarios observan a las parejas quererse en las terrazas de los cafés. Veía llegar el día comentando silenciosamente su aspecto: «Está bonito hoy… Parece templado…». Me sentía solo en mi cita con la inmensidad.

   Pensaba que el cielo no era para mí. Que ningún fenómeno climático me estaba destinado.

   «Hoy no disfrutaré del sol».

   Me sentía solo.

   Escribía en mi cuaderno: «Tener amigos».

   Tachaba y volvía a escribir: «Tener un amigo».

   Tachaba y volvía a escribir: «No esperar nada de los demás». 

   Tachaba y volvía a escribir: «No esperar más que de uno mismo».

   Tachaba y volvía a escribir: «No esperar nada de nadie».

SAMUEL BENCHETRIT - "Vuelve" - (2019)


Imágenes: David Opdyke